Página dedicada a mi madre, julio de 2020

RIQUET

      Llegado el final del contrato, M. Bergeret abandonaba, con su hermana y su hija, la vieja casa arruinada de la calle Seine para instalarse en un moderno apartamento de la calle Vaugirard. Así lo habían decidido Zoé y los destinos. Durante las largas horas de la mudanza, Riquet erraba tristemente por el apartamento devastado. Sus más queridas costumbres eran contrariadas. Hombres desconocidos, mal vestidos, injuriosos y desagradables turbaban su reposo y venían hasta la cocina a pisar con los pies el plato de su comida y su bol de agua fresca. Las sillas se las quitaban a medida que él se echaba en ellas y las alfombras las sacaban bruscamente de debajo de su pobre trasero, que, en su propia casa, no sabía ya dónde ponerse.

     Digamos en su honor que él en principio había intentado resistir. Desde que quitaron el lavabo, él le había ladrado furiosamente al enemigo. Pero a su llamada nadie había acudido. No se sentía animado, e incluso, sin duda alguna, estaba atormentado. La señorita Zoé le había dicho con sequedad: “¡Cállate, vamos!” Y la señorita Pauline había añadido: “¡Riquet, eres ridículo!”

     Renunciando ya a dar advertencias inútiles y a luchar solo por el bien común, deploraba en silencio las ruinas de la casa y buscaba vanamente de habitación en habitación un poco de tranquilidad. Cuando los mozos de la mudanza penetraban en la pieza donde él se había refugiado, se escondía por prudencia bajo una mesa o bajo una cómoda que permanecía allí todavía. Pero esta precaución le era más perjudicial que útil, pues pronto el mueble se estremecía sobre él, se elevaba, volvía a caer rugiendo y amenazaba con aplastarlo. Huía, azorado y con el pelo de punta, y alcanzaba otro abrigo, que no era más seguro que el primero.

     Y estas incomodidades, incluso estos peligros, eran poca cosa después de las penas que soportaba su corazón. En él, era la moral, como se dice, la que estaba más afectada.

     Los muebles del apartamento no representaban para él cosas inertes, sino seres animados y benevolentes, genios favorables cuya marcha presagiaba crueles desgracias. Platos, azucareros, sartenes y cacerolas, todas las divinidades de la cocina; sillones, alfombras, cojines, todos los fetiches del hogar, sus lares y sus dioses domésticos, se habían ido. No creía que un desastre tan grande pudiera nunca ser reparado. Recibía de ello tanta pena como podía contener su pequeña alma. Felizmente, al igual que el alma humana, ella era fácil de distraer y pronta al olvido de los males.

     Durante las largas ausencias de los mozos alterados, cuando la escoba de la vieja Angélique levantaba el antiguo polvo del parquet, Riquet respiraba un olor a ratones, espiaba la huida de una araña, y su pensamiento ligero se divertía. Pero volvía a caer pronto en la tristeza.

      El día de la partida, viendo las cosas empeorar de hora en hora, se quedó desolado. Le pareció especialmente funesto que se apilase la lencería en oscuras cajas. Pauline, con un apremio alegre, ponía sus ropas en un baúl. Se alejó de ella, como si esta realizara una mala obra. Y, pegado a la pared, pensaba: “¡He aquí lo peor! Es el final de todo.” Y, sea que él creyera que las cosas no estaban ya, si no las veía, sea que evitara solo un penoso espectáculo, tomó cuidado de no mirar hacia el lado de Pauline. La casualidad quiso que yendo y viniendo, ella se percatara de la actitud de Riquet. Esta actitud era triste. Ella la encontró cómica y se echó a reír. Y riendo, lo llamó: “¡Ven! ¡Riquet, ven!” Pero él no se movió de su rincón ni volvió la cabeza. No abrigaba en su corazón la intención de acariciar a su joven dueña y, por un secreto instinto, por una especie de presentimiento, temía acercarse al baúl completamente abierto. Ella lo llamó muchas veces. Y como no respondía, fue a cogerlo y lo levantó en sus brazos. “¡Estás, pues, triste!, le dijo ella, ¿de qué te lamentas?” su tono era irónico. Riquet no comprendía la ironía. Permanecía en los brazos de Pauline inerte y melancólico, y fingía que no veía ni escuchaba nada. “¡Riquet, mírame!”  Ella se lo rogó tres veces, y las tres veces fue en vano. Después de ello, simulando una violenta cólera: “Estúpido animal, desaparece”, y lo arrojó en el baúl y cerró la tapa sobre él. En ese momento, dado que la había llamado su tía, salió de la habitación, dejando a Riquet en el baúl.

     Él sintió una viva inquietud. Estaba a miles de leguas de suponer que había sido colocado en este baúl por simple juego y de broma. Estimando que su situación era ya bastante enojosa, se esforzó por no agravarla con su imprudencia. Se quedó inmóvil unos instantes, sin respirar. Luego juzgó útil explorar su prisión tenebrosa. Tanteó con sus patas las enaguas y las camisas sobre las que lo habían miserablemente precipitado, y buscó algún lugar para salir de ese lugar temible. Se aplicaba a ello desde hacía dos o tres minutos, cuando M. Bergeret, que se disponía a salir, lo llamó:

     – Ven, Riquet, ven. Vamos a pasearnos por los muelles. Es el verdadero país de la gloria. Han construido una estación de una deformidad superior y de una fealdad resplandeciente. La arquitectura es un arte perdida. Se demuele la casa que hacía esquina de la calle de Bac y que tenía buen aspecto. Se la sustituirá, sin duda, por una vulgar construcción. ¡Ojalá nuestros arquitectos no puedan, al menos, introducir en el muelle d´Orsay el estilo bárbaro del que han dado, en la esquina de la calle Washington, en la avenida de los Campos Elíseos, un espantoso ejemplo!… ¡Ven, Riquet!… Vamos a pasearnos por los muelles. Es el verdadero país de la gloria. Pero la arquitectura ha decaído mucho desde los tiempos de Gabriel y de Louis… ¿Dónde está el perro?… ¡Riquet! ¡Riquet!

     La voz de M. Bergeret le llevó a Riquet un gran consuelo. Respondía con el ruido de sus patas que, en el baúl, rascaban con furia la pared de mimbre.

     – ¿Dónde está el perro?, preguntó M. Bergeret a Pauline que volvía trayendo una pila de lencería.

     – Papá, está en el baúl.

     – ¿Cómo es que está en lel baúl?, ¿por qué está ahí?, preguntó M. Bergeret.

     – Porque era estúpido, respondió Pauline.

     Bergeret liberó a su amigo. Riquet lo siguió hastala antesala moviendo la cola. Luego un pensamiento atravesó su espíritu. Volvió al apartamento, corrió hacia Pauline, se levantó contra las faldas de la joven. Y solo después de haberlas abrazado tumultuosamente en señal de adoración, alcanzó a su dueño en la escalera. Habría pensado que le faltaba sabiduría y religión si no le daba esas manifestaciones de amor a una persona cuyo poder lo había sumergido en un baúl profundo.

     En la calle, M. Bergeret y su perro tuvieron el espectáculo lamentable de sus muebles domésticos extendidos por la acera. Mientras los mozos habían ido a beber a una tasca de la esquina, el armario de espejo de la señorita Zoé reflejaba la fila de transeúntes, obreros, alumnos de Bellas Artes, vendedores, y carretas, coches de alquiler y carromatos, y la botica del farmacéutico con sus botes y las serpientes de Esculapio. Apoyado en un poste, M. Bergeret padre le sonreía desde su cuadro, con aire de dulzura y de finura pálida y los cabellos al viento. M. Bergeret consideró a su padre con un respeto afectuoso y lo retiró del poste. Colocó también al abrigo de las ofensas el pequeño velador de Zoé, que parecía avergonzado de encontrarse en la calle.

     Sin embargo, Riquet frotó las piernas de su dueño, levantó hacia él sus bonitos ojos afligidos, y su mirada decía:

     “Tú, hace poco tan rico y poderoso, ¿te habrás vuelto pobre? ¿Te habrás vuelto débil, oh dueño mío? Dejas que unos hombres cubiertos de andrajos viles invadan tu salón, tu dormitorio, tu comedor, se abalancen sobre tus muebles y se los lleven fuera, arrastrando por la escalera tu sillón profundo, tu sillón y el mío, el sillón en el que descansamos todas las tardes, y a menudo por la mañana, al lado el uno del otro. Yo lo he oído gemir en los brazos de los hombres mal vestidos, ese sillón que es un gran fetiche y un espíritu benevolente. No te has opuesto a estos invasores. Si tú no tienes ya ninguno de los genios que llenaban tu morada, si tú has perdido incluso esas pequeñas divinidades que calzabas por la mañana, al salir de la cama, esas pantuflas que yo mordía jugando, si tú eres indigente y miserable, oh, dueño mío, ¿qué será de mí?”

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