Página dedicada a mi madre, julio de 2020

Traducción

Crainquebille, Putois, Riquet y otros muchos relatos provechosos

Versión 2011

Textos: Crainquebille, Putois, Riquet, Pensamientos de Riquet

 

 

CRAINQUEBILLE

I

     La majestad de la justicia reside completamente en cada sentencia dictada por el juez en nombre del pueblo soberano. Jérôme Crainquebille, vendedor ambulante, conoció lo augusta que es la ley cuando lo llevaron a la policía correccional por ultraje a un agente del orden público. Habiendo tomado asiento, en la sala magnífica y sombría, en el banco de los acusados, vio a los jueces, a los escribanos, a los abogados con sus togas, al ujier que traía la cadena, a los policías y, detrás de un antepecho, las cabezas desnudas de los espectadores silenciosos. Y se vio a sí mismo sentado en un asiento elevado, como si, al aparecer ante los magistrados, el acusado mismo recibiera un funesto honor. Al fondo de la sala, entre los dos consejeros, estaba sentado el Sr. presidente Bourriche. Las insignias de oficial de la academia estaban abrochadas en su pecho. Un busto de la República y un Cristo crucificado coronaban la sala de audiencia, de modo que todas las leyes divinas y humanas estaban suspendidas sobre la cabeza de Crainquebille. Por ello, sintió un justo terror. Al no tener ningún espíritu filosófico, no se preguntó lo que querían decir ese busto y ese crucifijo y no indagó si Jesús y Marianne, en el Palacio, estaban de acuerdo. Era, sin embargo, una materia para reflexionar, pues, en fin, la doctrina pontificia y el derecho canónico se oponen en bastantes puntos a la Constitución de la República y al código civil. Las decretales pontificias no han sido abolidas, que se sepa. La Iglesia de Cristo enseña como antes que solos son legítimos los poderes que ella ha investido. Ahora la República francesa pretende, sin embargo, no ser del dominio del pontificado.  Crainquebille podía decir con alguna razón:

     – Señores jueces, al no estar consagrado el presidente Loubet, este Cristo, que pende sobre vuestras cabezas, os rechaza por el órgano de los Concilios y de los papas. O él está aquí para recordaros el derecho de la iglesia, que anula el vuestro, o su presencia no tiene ningún significado razonable.

     A lo que el presidente Bourriche quizás habría respondido:

     – Inculpado Crainquebille, los reyes de Francia han estado siempre enfrentados con el papa. Guillaume de Nogaret fue excomulgado y no por tan poca cosa dimitió de su cargo. El Cristo de la sala de audiencia no es el Cristo de Gregorio VII o de Bonifacio VIII. Es, si así lo quiere, el Cristo del Evangelio, que no sabía ni una palabra del derecho canónico y nunca había oído hablar de las sagradas decretales.

     Entonces, tendría Crainquebille la posibilidad de responder:

     – El Cristo del Evangelio era un bousingot.[i] Además, sufrió una condena que, después de diecinueve siglos, todos los pueblos cristianos consideran como un grave error judicial. Le desafío, señor presidente, a condenarme, en su nombre, siquiera a cuarenta y ocho horas de prisión.

     Pero Crainquebille no se entregaba a ninguna consideración histórica, política o social. Él permanecía en su asombro. El aparato del que estaba rodeado le hacía concebir una alta idea de la justicia. Penetrado de respeto, sumergido en el espanto, estaba listo a rendirse a los jueces sobre su propia culpabilidad. En su conciencia, no se creía criminal; pero sentía lo poco que es la conciencia de un vendedor de verduras ante los símbolos de la ley y los ministros de la vindicta pública. Ya su abogado casi lo había persuadido de que no era inocente.

     Una instrucción sumaria y rápida había realzado los cargos que pesaban sobre él.

II. LA AVENTURA DE CRAINQUEBILLE

     Jérôme Crainquebille, vendedor de verduras, iba por la ciudad empujando su pequeño carro y gritando: ¡Coles, nabos, zanahorias! Y cuando tenía puerros, gritaba: ¡Manojos de espárragos!, porque los puerros son los espárragos del pobre. Ese día, 20 de octubre, a mediodía, cuando bajaba por la calle de Montmartre, madame Bayard, la zapatera, salió de su tienda y se acercó al carro de las verduras. Levantando desdeñosamente un manojo de puerros:

     – No son nada hermosos sus puerros. ¿A cuánto el manojo?

     – A setenta y cinco céntimos, señora. No los hay mejores.

     – ¿Setenta y cinco céntimos tres tristes puerros?

     Y arrojó el manojo en el carro, con un gesto de disgusto.

     Fue entonces cuando el agente 64 sobrevino y le dijo a Crainquebille:

     – ¡Circule!

     Crainquebille, desde hacía cincuenta años, circulaba de la mañana a la noche. Tal orden le pareció legítima y conforme a la naturaleza de las cosas. Todo dispuesto a obedecer, le dio prisas a la señora para que cogiera lo que le convenía.

     – Es necesario que elija la mercancía, respondió con aspereza la zapatera.

     Y ella tanteó de nuevo los manojos de puerros, luego se guardó el que le pareció mejor y se lo acercó al pecho como las santas en los cuadros de la iglesia, apretando contra su pecho la palma triunfal.

     – Le daré setenta céntimos. Es bastante. Y aún es necesario que vaya a buscarlos a la tienda, porque no los llevo encima.

     Y con los puerros abrazados, regresó a la zapatería, donde una clienta, que llevaba a un niño, la había precedido.

     En ese momento el agente 64 le dijo por segunda vez a Crainquebille:

     – ¡Circule!

     – Estoy esperando mi dinero, respondió Crainquebille

     – No le digo que espere su dinero; le he dicho que circule, respondió el agente con firmeza.

     No obstante, la zapatera, en la tienda, le probaba unos zapatos azules a un niño de dieciocho meses cuya madre tenía prisas. Y las cabezas verdes de los puerros reposaban en el mostrador.

     Después de medio siglo empujando su carro por las calles, Crainquebille había aprendido a obedecer a los representantes de la autoridad. Pero esta vez se encontraba en una situación particular, entre un deber y un derecho. Él no tenía espíritu jurídico, no comprendía que el disfrute de un derecho individual no lo dispensaba de cumplir un deber social. Consideró demasiado su derecho, que era recibir setenta céntimos, y no se ocupó bastante de su deber, que era empujar su carro e ir hacia adelante y siempre hacia adelante. Él permaneció.

     Por tercera vez, al agente 64, tranquilo y sin cólera, le dio la orden de circular. Contrariamente a la costumbre del brigadier Montaucil, que amenaza sin cesar y no castiga nunca, el agente 64 es sobrio en advertencias y rápido en multar. Ese es su carácter. Aunque un poco socarrón, es un excelente servidor y un leal soldado. La valentía de un león y la dulzura de un niño. Solo conoce su consigna.

     – ¿Usted no entiende, pues, cuando le digo que circule?

     Crainquebille tenía, para permanecer en su lugar, una razón tan considerable a sus ojos, que la creía suficiente. Expuso simplemente y sin arte:

     – ¡Pardiez! ¿Pues no le he dicho que espero mi dinero?

     El agente 64 se contentó con responder:

     – ¿Quiere que yo le clave[ii]… una denuncia? Si lo quiere, no tiene más que decírmelo.

     Al oír estas palabras, Crainquebille levantó los hombros, y le lanzó al agente una mirada dolorosa que él elevó enseguida hacia el cielo. Y esta mirada decía:

     “¡Que Dios me juzgue! ¿Denigro yo las leyes? ¿Acaso me río yo de los decretos y de las órdenes que rigen mi estado ambulante? A las cinco de la mañana estaba en el mercado exterior de las Halles. Desde las siete, me quemo las manos en mis varas gritando; ¡Coles, nabos, zanahorias! Tengo sesenta años bien cumplidos. Estoy cansado, y usted me pregunta si yo llevo la bandera negra de la revuelta. Usted se burla y su broma es cruel.”

     Ya fuera que la expresión de esa mirada se le hubiera escapado, ya fuera que él no encontrara una excusa para desobedecer, el agente le preguntó con una voz cortante y ruda si lo había comprendido.

     Ahora, en ese preciso momento, el embotellamiento de los coches era extremo en la calle Montmartre. Los coches de caballos, las carretas, los carromatos, los autobuses, los camiones, apretados los unos contra los otros, parecían indisolublemente juntos y ensamblados. Y en su inmovilidad temblorosa se levantaban juramentos y gritos. Los cocheros de los coches de caballo intercambiaban, desde lejos, con los muchachos de las carnicerías injurias heroicas, y los conductores de los autobuses, considerando a Crainquebille como la causa del embotellamiento, lo llamaban “sucio puerro”.

     Sin embargo, en la acera, unos curiosos se apresuraban, atentos a la querella. Y el agente, viéndose observado, no pensó en otra cosa que en lucir su autoridad.

     – Está bien, dijo.

     Y sacó de su bolsillo un bloc grasiento y un lápiz muy corto.

     Crainquebille seguía su idea y obedecía a una fuerza interior. Por lo demás, le era imposible ahora avanzar o retroceder. La rueda de su carro estaba desgraciadamente enganchada en la rueda del carro de un lechero.

     Arrancándose los cabellos bajo la gorra, exclamó:

     – Pero ¿no le estoy diciendo que espero mi dinero? ¿Es un delito? ¡Miseria! ¡Maldita sea!

     Por estas frases que, sin embargo, expresaban menos la rebelión que la desesperación, el agente 64 se consideró insultado. Y como, para él, todo insulto revestía necesariamente la forma tradicional, regular, consagrada, ritual y por así decirlo litúrgica de “Mort aux vaches!”,[iii] es bajo esta forma como espontáneamente recogió y concretó en sus oídos las palabras del delincuente.

     – ¡Ah!, ha dicho “Mort aux vaches!” Está bien. Sígame.

     Crainquebille, en el exceso del estupor y del desamparo, miraba con sus grandes ojos abrasados por el sol al agente 64, y con la voz rota, que le salía ya por encima de la cabeza, ya de debajo de los talones, exclamó, con los brazos cruzados sobre su camisa azul:

     – ¿Yo he dicho “Mort aux vaches!”? ¿Yo?… ¡Oh!

     Esta detención fue acogida por las risas de los empleados de los comercios y de los muchachos. Ella contenía el gusto que todas las muchedumbres sienten por los espectáculos indignos y violentos. Pero, tras abrirse paso a través del corro popular, un anciano muy triste, vestido de negro y con un sombrero de copa, se acercó al agente y le dijo muy despacio y firme, en voz baja:

     – Se ha equivocado. Este hombre no lo ha insultado.

     – Ocúpese de sus asuntos, le respondió el agente, sin proferir amenazas, pues le hablaba a un hombre vestido de modo adecuado.

     El anciano insistió con mucha calma y tenacidad. Y el agente le notificó la orden de que se explicara en comisaría.

     Sin embargo, Crainquebille exclamó:

     – Entonces ¿yo he dicho “Mort aux vaches!”? ¡Oh!…

     Pronunciaba estas palabras de asombro cuando la señora Bayard, la zapatera, se llegó a él con los setenta céntimos en la mano. Pero ya el agente 64 lo agarraba, y la señora Bayard, pensando que no le debía nada a un hombre al que llevan a comisaría, se metió los céntimos en el bolsillo del delantal.

     Y viendo de golpe su carro secuestrado, su libertad perdida, el abismo bajo sus pasos y el sol apagado, Crainquebille murmuró:

     – ¡Da igual!…

     Ante el comisario, el anciano declaró que, detenido en su camino por un embotellamiento de coches, había sido testigo de la escena y que afirmaba que el agente no había sido insultado, y que se había equivocado totalmente. Dio su nombre y sus señas: doctor David Matthieu, médico jefe del hospital Ambroise-Paré, oficial de la Legión de honor. En otros tiempos, un testigo tal habría esclarecido con suficiencia al comisario. Pero entonces, en Francia, los sabios eran sospechosos.

     Crainquebille, cuyo arresto fue mantenido, pasó la noche en la celda de seguridad y, por la mañana, lo trasladaron en el furgón al calabozo.

     La prisión no le pareció ni dolorosa ni humillante. Le pareció necesaria. Lo que le impresionó al entrar fue la limpieza de las paredes y del enlosado. Dijo:

     – Como limpio, este lugar está limpio. ¡Verdaderamente! Se podría comer en el suelo.

     Una vez solo, quiso retirar su taburete, pero se dio cuenta de que estaba sellado a la pared. Expresó en voz alta su sorpresa:

     – ¡Qué extraña idea! He aquí una cosa que yo no habría inventado, seguro.

     Tras sentarse, giró sus pulgares y permaneció en su asombro. El silencio y la soledad lo agobiaban. Se aburría y pensaba con inquietud en su carro secuestrado, aún todo cargado de coles, zanahorias, apios, milamores y diente de león. Y se preguntaba angustiado:

     – ¿Dónde habrán dejado mi carro?

     Al tercer día recibió la visita de su abogado, el señor Lemerle, uno de los miembros más jóvenes del foro de París, presidente de una de las secciones de la Liga de la Patria francesa.

     Crainquebille intentó contarle su caso, lo que no le resultaba fácil, pues no tenía la costumbre de hablar. Quizás lo habría conseguido con un poco de ayuda. Pero su abogado sacudía la cabeza con aire desconfiado ante todo lo que él decía, y hojeando sus papeles, murmuraba:

     – ¡Hum! ¡Hum! No veo nada claro en este dossier…

     Luego, con un poco de cansancio, dijo rizándose su bigote rubio:

     – Por su interés, quizás sería mejor confesar. Por mi parte, estimo que su sistema de negaciones absolutas es de una insigne torpeza.

     Y desde entonces Crainquebille habría confesado si hubiera sabido lo que tenía que confesar.

III. CRAINQUEBILLE ANTE LA JUSTICIA

     El presidente Bourriche consagró seis minutos completos al interrogatorio de Crainquebille. Este interrogatorio habría dado más luz si el acusado hubiera respondido a las preguntas que se le habían planteado. Pero Crainquebille no tenía la costumbre de la discusión, y en tal compañía, el respeto y el espanto le cerraban la boca. Así, guardaba silencio, y el presidente pronunciaba él mismo las respuestas; estas eran abrumadoras. Concluyó:

     – En fin, reconoce que ha dicho “Mort aux vaches!

     – Yo he dicho “Mort aux vaches!” porque el señor agente ha dicho “Mort aux vaches!”. Entonces, yo he dicho “Mort aux vaches!”.

     Él quería dar a entender que, asombrado por la más imprevista imputación, había repetido, en su estupor, las palabras extrañas que se le atribuían falsamente y que él no había pronunciado. Había dicho “Mort aux vaches!” como si hubiera dicho “¡Yo!, ¿decir frases injuriosas?, ¿ha podido creerlo?

     El Sr. presidente Bourriche no se lo tomó así:

     – ¿Pretende, dijo, que el agente ha proferido antes ese grito?

     Crainquebille renunció a explicarse. Era demasiado difícil.

     – No insiste. Es lo más razonable, dijo el presidente.

     Llamó a los testigos.

     El agente 64, de nombre Bastien Matra, juró que diría la verdad y nada más que la verdad. Luego declaró en estos términos:

     – Estando de servicio el 20 de octubre, a mediodía, observé en la calle Montmartre, a un individuo que me pareció un vendedor ambulante y que tenía su carro indebidamente estacionado a la altura del número 328, lo que ocasionaba una aglomeración de coches. Le notifiqué tres veces la orden de circular, que él se negó a acatar. Y al advertirle que iba a redactar la denuncia, él me respondió gritando “Mort aux vaches!”, lo que me pareció injurioso.

     Esta declaración, firme y mesurada, fue escuchada con un evidente favor del tribunal. La defensa había citado a la señora Bayard, la zapatera, y al Sr. David Matthieu, médico jefe del hospital Ammbroise-Paré, oficial de la Legión de honor. La señora Bayard no había visto ni oído nada. El doctor Matthieu se encontraba en el gentío reunido alrededor del agente que le ordenaba al vendedor circular. Su declaración causó un incidente.

     – He sido testigo de la escena, dijo. Me percaté de que el agente se había equivocado: no había sido insultado. Me acerqué y se lo hice saber. El agente mantuvo al vendedor en estado de arresto y me invitó a seguirlo a la comisaría. Lo que hice. Reiteré mi declaración ante el comisario.

     – Puede sentarse, dijo el presidente. Ujier, llame al testigo Matra.

     – Matra, cuando ha procedido al arresto del acusado, ¿el señor doctor Matthieu no le ha hecho la observación de que estaba confundido?

     – Señor presidente, él me ha insultado.

     – ¿Qué le ha dicho?

     – Me ha dicho “Mort aux vaches!”

     Un rumor y risas se elevaron en el auditorio.

     – Puede retirarse, dijo el presidente con precipitación.

     Y le advirtió al público que si esas manifestaciones indecentes se repetían, haría evacuar la sala. Sin embargo, la defensa agitaba triunfalmente las mangas de la toga, y en ese momento se pensaba que Crainquebille sería liberado.

     Restablecida la calma, el señor Lemerle se levantó. Comenzó su arenga con el elogio de los agentes de la prefectura, “esos modestos servidores de la sociedad que, con un sueldo irrisorio, soportan fatigas y afrontan peligros incesantes, y que practican el heroísmo cotidiano. Son antiguos soldados, y siguen siendo soldados. Soldados, esa palabra lo dice todo…”

     Y el abogado Lemerle se elevó, sin esfuerzo, a unas consideraciones muy altas sobre las virtudes militares. Él era de los “que no permiten, dijo, que se toque a la armada, a esta armada nacional a la que estaba orgulloso de pertenecer”.

     El presidente inclinó la cabeza.

     El abogado Lemerle, en efecto, era lugarteniente en reserva. Era también candidato nacionalista en el barrio de Vieilles-Haudriettes.

     Y prosiguió:

     –  En efecto, no desconozco los servicios modestos y preciosos que prestan diariamente los guardianes de la paz a la valerosa población de París. Y yo no habría consentido presentarles, señores, la defensa de Crainquebille, si yo viera en él al agraviador de un antiguo soldado. Se acusa a mi cliente de haber dicho “Mort aux vaches!” El sentido de esta frase no es dudoso. Si hojean el Dictionnaire de la langue verte, leerán: “Vachard, perezoso, holgazán; quien se tiende perezosamente como una vaca, en lugar de trabajar. – Vache, quien se vende a la policía; chivato.” Mort aux vaches! Se dice en cierto mundo. Pero la cuestión es esta: ¿Cómo lo ha dicho Crainquebille? Es más, ¿lo ha dicho? Permítanme, señores, dudarlo.

     «Yo no sospecho que el agente Matra tenga ninguna mala intención. Pero él realiza, como hemos dicho, una tarea penosa. Algunas veces, está cansado, sobrepasado, agotado. En esas condiciones puede haber sido víctima de una suerte de alucinación del oído. Y cuando él viene a decirnos, señores, que el doctor David Matthieu, oficial de la Legión de honor, médico jefe del hospital Ambroise-Paré, un príncipe de la ciencia y un hombre educado, ha gritado “Mort aux vaches!”, nosotros nos vemos forzados a reconocer que Matra estaba dominado por la enfermedad de la obsesión, y, si el término no es muy fuerte, por un delirio de persecución.

     «Y, por tanto, aunque Crainquebille hubiera gritado “Mort aux vaches!”, quedaría por saberse si esa palabra tiene, en su boca, el carácter de un delito. Crainquebille es hijo natural de una vendedora ambulante, perdida por el desorden de su vida y por la bebida. Él ha nacido alcohólico. Aquí lo ven, embrutecido por sesenta años de miseria. Señores, dirán que él es irresponsable.»

     El abogado Lemerle se sentó y el Sr. presidente Bourriche leyó entre dientes la sentencia por la que se condenaba a Jérôme Crainquebille a quince días de prisión y a una multa de cincuenta francos. El tribunal había basado su convicción en el testimonio del agente Matra.

     Conducido por los largos pasillos del Palacio, Crainquebille sintió una inmensa necesidad de simpatía. Se volvió hacia el guardia de París que lo llevaba y lo llamó tres veces:

     – ¡Guardia!… ¡Guardia!… ¿Eh? ¡Guardia!…

     Y suspiró:

     – ¡Si solo hace quince días me hubieran dicho que me iba a ocurrir lo que me está ocurriendo!…

     Luego hizo esta reflexión:

     – Esos señores hablan demasiado rápidos, hablan bien, pero hablan demasiado rápidos. Uno no puede explicarse con ellos… Guardia, ¿usted no ve que hablan demasiado rápidos?

     Pero el soldado caminaba sin responderle y sin girar la cabeza.

     Crainquebille le preguntó:

     – ¿Por qué no me responde?

     Y el soldado guardó silencio. Y Crainquebille le dijo con amargura:

     – Se le habla hasta a un perro. ¿Por qué no me habla? ¿Usted no abre nunca la boca, no tiene miedo de que le apeste?

IV. APOLOGÍA DEL SR. PRESIDENTE BOURRICHE

     Algunos curiosos y dos o tres abogados abandonaron la audiencia después de la lectura de la detención, cuando ya el escribano llamaba para otra causa. Los que salían en modo alguno reflexionaban sobre el caso Crainquebille, que apenas les había interesado, y en el que ya ni pensaban. Solo el Sr. Jean Lermite, grabador de aguafuerte, que había venido por casualidad al palacio, meditaba sobre lo que acababa de ver y de oír.

     Puso su brazo en el hombro del abogado Joseph Aubarrée:

     – Lo que hay que alabar en el presidente Bourriche, le dijo, es haber sabido defenderse de las vanas curiosidades del espíritu y guardarse de este orgullo intelectual que quiere conocerlo todo. Si hubiera opuesto, la una a la otra, las declaraciones contradictorias del agente Matra y del doctor David Matthieu, el juez habría entrado en un camino en el que solo se encuentra la duda y la incertidumbre. El método que consiste en examinar los hechos según las reglas de la crítica es irreconciliable con una buena administración de la justicia. Si el magistrado tuviera la imprudencia de seguir ese método, sus juicios dependerían de su sagacidad personal, que casi siempre es pequeña, y de la invalidez humana, que es constante. ¿Qué pasaría con la autoridad? No se puede negar que el método histórico es completamente inapropiado para procurarle las certezas que necesita. Basta con recordar la aventura de Walter Raleigh.

     «Un día en el que Walter Raleigh, encerrado en la Torre de Londres, trabajaba, según su costumbre, en la segunda parte de su Historia del mundo, una pelea estalló bajo su ventana. Fue a ver a esa gente que se querellaba, y cuando volvió al trabajo, pensaba que la había observado bien. Pero, al día siguiente, tras hablarle de este asunto a uno de sus amigos que había estado presente y que incluso había participado en ello, este lo contradijo en cada uno de los detalles. Reflexionando, entonces, en la dificultad de conocer la verdad de los hechos lejanos, cuando él incluso había podido equivocarse en lo ocurría ante sus ojos, echó al fuego el manuscrito de su historia.

     «Si los jueces tuvieran los mismos escrúpulos que sir Walter Raleigh, arrojarían al fuego todos sus expedientes. No tienen derecho a ello. Eso sería, por su parte, una denegación de la justica, un crimen. Hay que renunciar a saber, pero no hay que renunciar a juzgar. Los que quieren que los fallos de los tribunales se basen en la búsqueda metódica de los hechos son unos sofistas peligrosos y unos enemigos pérfidos de la justicia civil y de la justicia militar. El presidente Bourriche tiene un espíritu demasiado jurídico para hacer que sus sentencias dependan de la razón y de la ciencia, cuyas conclusiones están sujetas a eternas disputas. Él las basa en los dogmas y las asienta en la tradición, de modo que sus juicios igualan en autoridad a los mandamientos de la iglesia. Sus sentencias son canónicas. Entiendo que las toma de un cierto número de cánones sagrados. Vea, por ejemplo, que él clasifica a los testigos no de acuerdo con caracteres inciertos y engañosos de la verosimilitud y de la verdad humana, sino de acuerdo con caracteres intrínsecos, permanentes y manifiestos. Él los pesa con el peso de las armas. ¿Hay algo más simple y más sabio a la vez? Considera irrefutable el testimonio de un guardián de la paz, haciendo abstracción de su humanidad y concebido metafísicamente en tanto que es un número de matrícula según las categorías de la policía ideal. No es que Matra (Bastien), nacido en Cinto-Monte (Córcega), le parezca incapaz de error. Él nunca ha pensado que Bastien Matra estuviera dotado de un gran espíritu de observación, ni que hubiera aplicado en el examen de los hechos un método exacto y riguroso. Para decir la verdad, él no considera a Bastien Matra, sino al agente 64. – Un hombre es falible, piensa. Pierre y Paul pueden equivocarse. Descartes, Gassendi, Leibnitz y Newton, Bichat y Claude Bernard han podido equivocarse. Todos en todo momento nos equivocamos. Nuestras razones de error son innumerables. Las percepciones de los sentidos y los juicios del espíritu son fuente de ilusión y causas de incertidumbre. No hay que confiar en el testimonio de un hombre: Testis unus, testis nullus. Pero se puede tener fe en un número. Bastien Matra, de Cinto-Monte, es falible. Pero el agente 64, hecha abstracción de su humanidad, no se equivoca. Es una entidad. En una entidad no hay nada de lo que pertenece a los hombres, y los turba, los corrompe y los engaña. Ella es pura, inalterable y sin mezcla. Así, el tribunal no ha dudado en rechazar el testimonio del doctor David Matthieu, que no es más que un hombre, para aceptar el del agente 64, que es una idea pura, y como un rayo de Dios que ha bajado a estrados.

     «Procediendo de este modo, el presidente Bourriche se asegura una suerte de infalibilidad, la única a la que un juez puede aspirar. Cuando el hombre que testimonia está armado de un sable, es el sable lo que hay que escuchar, y no al hombre. El hombre es falible y puede errar. El sable no lo es y siempre tiene razón. El presidente Bourriche ha penetrado profundamente en el espíritu de las leyes. La sociedad descansa en la fuerza, y la fuerza debe ser respetada como el fundamento augusto de las sociedades. La justicia es la administración de la fuerza. El presidente Bourriche sabe que el agente 64 es una partícula del Príncipe. El Príncipe reside en cada uno de sus oficiales. Arruinar la autoridad del agente 64 es debilitar al Estado. Comerse una hoja de esa alcachofa es comerse la alcachofa, como dijo Bossuet en su sublime lenguaje. (Politique tirée de l’Écriture sainte, passim.)

     «Todas las espadas de un Estado se vuelven en el mismo sentido. Oponiendo las unas a las otras, se subvierte la república. Esa es la razón por la que el inculpado Crainquebille ha sido condenado a quince días de prisión y a una multa de cincuenta francos, con el testimonio del agente 64. Creo escuchar al presidente Bourriche explicar él mismo las altas y hermosas razones que inspiraron su sentencia. Yo creo oírle decir:

     – He juzgado a este individuo de conformidad con el agente 64, porque el agente 64 es la emanación de la fuerza pública. Y para reconocer mi sabiduría, les basta imaginar que he actuado de modo inverso. Verán de inmediato que ello hubiera sido absurdo. Pues si yo juzgara contra la fuerza, mis sentencias no serían ejecutadas. Noten, señores, que los jueces no son obedecidos sino en la medida en que tienen la fuerza con ellos. Sin los gendarmes, el juez no sería más que un pobre soñador. Me perjudicaría si le quitara la razón a un gendarme. Además, el carácter de las leyes se opone a ello. Desarmar a los fuertes y armar a los débiles sería cambiar el orden social que tengo la misión de conservar. La justicia es la sanción de las injusticias establecidas.  ¿Se la ha visto alguna vez opuesta a los conquistadores y contraria a los usurpadores? Cuando se alza un poder ilegítimo, no tiene sino que reconocerlo para hacerlo legítimo. Todo está en la forma, entre el crimen y la inocencia no hay sino el espesor de una hoja de papel timbrado. – Era usted, Crainquebille, el que tenía que ser el más fuerte. Si tras gritar “Mort aux vaches!”, se hubiera declarado emperador, dictador, presidente de la República o solamente consejero municipal, le aseguro que no lo habría condenado a quince días de cárcel y a una multa de cincuenta francos. Le habría absuelto de cualquier pena. Puede creerme.

     «Así, sin duda, habría hablado el presidente Bourriche, pues tiene espíritu jurídico y sabe lo que un magistrado le debe a la sociedad. Él defiende sus principios con orden y regularidad. La justicia es social. Solo los malos espíritus la quieren humana y sensible. Se la administra con reglas fijas y no con los temblores de la carne y las luces de la inteligencia. Sobre todo, no le pidan que sea justa, ella no tiene necesidad de serlo, puesto que es la justicia, y yo incluso les diré que la idea de una justica justa solo ha podido germinar en la cabeza de un anarquista. El presidente Magnaud dicta, es verdad, sentencias equitativas. Pero se las anulan, y eso es justicia.

     «El verdadero juez pesa los testimonios con el peso de las armas. Eso se ha visto en el asunto Crainquebille, y en otras causas más célebres.»

     Así habló el Sr. Jean Lermite, mientras recorría de un extremo al otro el largo vestíbulo.

     El abogado Joseph Aubarrée, que conocía el Palacio, le respondió rascándose la punta de la nariz:

     – Si quiere que le diga mi opinión, yo no creo que el señor presidente Bourriche se haya elevado a tan alta metafísica. A mi juicio, al admitir el testimonio del agente 64 como expresión de la verdad, él simplemente hizo lo que siempre había visto hacer. Es en la imitación donde hay que buscar la razón de la mayor parte de los actos humanos. Si uno se adapta a la costumbre, siempre pasa por un hombre honesto. Se llama gente de bien a quien hace lo que hacen los demás.

V. DE LA SUMISIÓN DE CRAINQUEBILLE A LAS LEYES DE LA REPÚBLICA

     Crainquebille, llevado a prisión, se sentó en su taburete encadenado, lleno de asombro y de admiración. Él mismo no sabía bien que los jueces se hubieran equivocado. El tribunal le había ocultado sus debilidades íntimas bajo la majestad de las formas. No podía creer que tenía razón contra los magistrados cuyas razones no había comprendido: le resultaba imposible concebir que algo no encajara en una ceremonia tan hermosa. Pues, al no ir ni a misa, ni a los Elíseos, no había visto en toda su vida nada tan hermoso como un juicio de policía correccional. Él sabía muy bien que no había gritado “Mort aux vaches!” Y, que él hubiera sido condenado a quince días de cárcel por haberlo gritado, era, en su pensamiento, un misterio augusto, uno de esos artículos de fe a los que los creyentes se adhieren sin comprenderlos, una revelación oscura, brillante, adorable y terrible.

     Este pobre y viejo hombre se reconocía culpable de haber ofendido místicamente al agente 64, como el muchacho que va a la catequesis se reconoce culpable del pecado de Eva. Se le había enseñado, a través de su sentencia, que él había gritado “Mort aux vaches!”. Era, entonces, de una manera misteriosa, desconocida por él mismo como había gritado “Mort aux vaches!”. Lo habían trasladado a un mundo sobrenatural. Su juicio era su apocalipsis.

     Si él no se podía hacer una idea nítida del delito, tampoco se la hacía más nítida de la pena. Su condena le había parecido algo solemne, ritual y superior, algo deslumbrante que no se comprende, que no se discute, y por lo que no hay ni que alabarse ni quejarse. Si él a esta hora hubiera visto al presidente Bourriche, con una aureola en la frente, descender, con alas blancas, desde el techo entreabierto, él no se habría sorprendido de esta nueva manifestación de la gloria judicial. Se habría dicho: “¡He aquí que mi caso continúa!”

     Al día siguiente, su abogado vino a verlo:

     – Y bien, buen hombre, ¿no está muy mal, no? ¡Ánimo!, dos semanas pasan pronto. No tenemos mucho de lo que quejarnos.

     – En eso, se puede decir que estos señores han sido muy dulces, muy amables, ni una palabrota. No lo hubiera creído. Y el guardia se había puesto guantes blancos. ¿No lo ha visto?

     –  En conclusión, hemos hecho bien en confesar.

     – Es posible.

     – Crainquebille, tengo que darle una buena noticia. Una persona caritativa, que he interesado a su favor, me ha entregado para usted la suma de cincuenta francos que será usada para pagar la multa a la que ha sido condenado.

     – ¿Y cuándo me dará los cincuenta francos?

     – Se entregarán en la escribanía. No se inquiete.

     – Da igual. Le doy las gracias igualmente a esa persona.

     Y Crainquebille, meditabundo, murmuró:

     – No es normal lo que me ocurre.

     – No exagere, Crainquebille. Su caso no es raro, al contrario.

     – ¿Podría decirme dónde han metido mi carro?

VI. CRAINQUEBILLE ANTE LA OPINIÓN

     Crainquebille, ya fuera de la prisión, empujaba su carro por la calle Montmartre gritando: ¡Coles, nabos, zanahorias! No estaba ni orgulloso ni avergonzado de su aventura. Guardaba un recuerdo penoso.  Eso se parecía, en su espíritu, al teatro, al viaje y al sueño. Estaba sobre todo contento de caminar en el lodo, en el suelo de la ciudad, y de ver sobre su cabeza el cielo húmedo y sucio como un arroyo, el buen cielo de su ciudad. Se paraba en todas partes para beber un trago; luego, libre y alegre, tras escupir en sus manos para lubrificar sus palmas callosas, empuñaba las varas y empujaba el carro, mientras, delante de él, los gorriones, mañaneros y pobres como él, que se buscaban la vida en la calle, volaban en bandadas con su grito familiar: ¡Coles, nabos, zanahorias! Una vieja ama de casa, que se había acercado, le decía tanteando los apios:

     – ¿Qué le ha ocurrido, padre Crainquebille? Hace tres semanas que no se le ve. ¿Ha estado enfermo? Está un poco pálido.

     – Voy a decírselo, señora Mailloche, he vivido de las rentas.

     Nada ha cambiado en su vida, solo que va más de lo habitual a la taberna, porque tiene la idea de que es fiesta, y ha conocido a gente caritativa. Regresa un poco alegre a su buhardilla. Tendido en el jergón, se arrebuja en los sacos que le ha prestado el vendedor de castañas de la esquina y que le sirven de manta, y él sueña: “La prisión, no hay en ella de lo que quejarse; se tiene allí todo lo que se necesita. Pero, a pesar de todo, se está mejor en la casa de uno.”

     Su contento fue de poca duración. Se percató pronto de que los clientes le ponían mala cara.

     – ¡Buenos apios, señora Cointreau!

     – No necesito nada.

     – ¿Cómo que no necesita nada? Y sin embargo, no vive del aire.

    Y la señora Cointreau, sin responderle, regresaba con orgullo a la gran panadería de la que era dueña. Las tenderas y las porteras, hacía poco asiduas alrededor de su carro verde y florido, ahora se alejaban de él. Cuando llegó a la zapatería del Ange Gardien, que es el punto en que comenzaron sus aventuras con la justicia, llamó:

     – Señora Bayard, señora Bayard, me debe setenta céntimos de la otra vez.

     Pero la señora Bayard, que estaba junto al mostrador, no se dignó a volver la cabeza.

     Toda la calle Montmartre sabía que el padre Crainquebille salía de la prisión, y toda la calle Montmartre no lo reconocía ya. El ruido de su condena había llegado hasta el barrio y la esquina tumultuosos de la calle Richer. Allí, hacia mediodía, él divisó a la señora Laure, su buena y fiel cliente, inclinada sobre el carro del joven Martin. Tanteaba una gran col. Sus cabellos brillaban al sol como abundantes hilos de oro largamente trenzados. Y el joven Martin, un cualquiera, un sucio tipejo, le juraba con la mano en el corazón, que no había mercancía más hermosa que la suya. Ante este espectáculo, el corazón de Crainquebille se desgarró. Empujó su carro sobre el del joven Martin, y le dijo a la señora Laure con una voz quejumbrosa y rota:

     – No está bien que me sea infiel.

     La señora Laure, como ella misma lo reconocía, no era duquesa. No era en el mundo donde se había hecho una idea del furgón y del calabozo. Pero se puede ser honesto en todos los estados, ¿no es cierto? Cada uno tiene su amor propio, y no se desea tener que ver con un individuo que sale de la cárcel. Así, ella no le respondió más que simulando náuseas. Y el viejo vendedor ambulante, sintiendo la afrenta, gritó:

     – ¡Espabilada!, ¡vamos!

     La señora Laura dejó caer su col verde y exclamó:

     – ¡Eh!, ¡vamos!, ¡viejo reincidente! ¡Este sale de la cárcel, y ya está insultando a las personas!

     Crainquebille, si hubiera guardado la calma, nunca le habría reprochado a la señora Laura su condición. Sabía muy bien que no se hace en la vida lo que se quiere, que no se elige el trabajo, y que hay buena gente en todos lados. Tenía la costumbre de ignorar sabiamente lo que hacían en sus casas sus clientes, y no despreciaba a nadie. Pero estaba fuera de sí. Llamó tres veces a la señora Laure espabilada, carroña y furcia. Un círculo de curiosos se formó alrededor de la señora Laure y de Crainquebille, que intercambiaron además otras muchas injurias tan solemnes como las primeras, y que habrían desgranado todas las cuentas del rosario, si un agente que apareció de pronto no los hubiera vuelto de golpe, con su silencio y su inmovilidad, tan mudos e inmóviles como él. Se dispersaron. Pero esta escena acabó de perder a Crainquebille en el espíritu del barrio de Montmartre y de la calle Richer.

VII. LAS CONSECUENCIAS

     Y el viejo hombre iba murmurando:

     – Es una completa zorra. Es más, no hay ninguna que sea más zorra que ella.

     Pero, en el fondo de su corazón, no era eso lo que le reprochaba. No la despreciaba por ser lo que era. Es más, la estimaba, al saberla ahorradora y ordenada. Antes, los dos hablaban muy a gusto.  Ella le hablaba de sus parientes que vivían en el campo. Y los dos abrigaban el mismo deseo de cultivar un pequeño jardín y de criar gallinas. Era una buena clienta. Al verla comprándole unas coles al joven Martin, un sucio tipejo, un cualquiera, había recibido un golpe en el estómago; y cuando la vio poniéndole cara de desprecio, se enojó, ¡rediós!

     Lo peor es que no era la única que lo trataba como a un sarnoso. Nadie quería reconocerlo ya. Como la señora Laure, también la señora Cointreau, la panadera, la señora Bayard del Ange-Gardien lo despreciaban y lo rechazaban. Toda una sociedad, en fin.

     ¡Vaya!, porque había estado quince días a la sombra, ¡ya no servía ni siquiera para vender puerros! ¿Eso era justo? ¿Había sentido común en hacer morir de hambre a un buen hombre porque había tenido dificultades con la pasma? Si él no podía vender ya sus verduras, no tenía más que reventar.

     Como el vino mal tratado, se agriaba. Tras tener unas palabras con la señora Laure, las tenía ahora con todo el mundo. Por una nadería, les hablaba con descaro a las parroquianas, y sin consideración (les ruego que lo crean). Si ellas tanteaban durante largo tiempo la mercancía, las llamaba exactamente gruñonas y miserables; lo mismo en las tabernas, donde con todos los compañeros armaba una bronca. Su amigo, el vendedor de castañas, que ya no lo reconocía, declaraba que ese sagrado padre Crainquebille era un verdadero puercoespín. No se puede negar: se volvía incongruente, violento, malhablado, grosero. Y era así porque, al encontrar imperfecta la sociedad, él tenía menos facilidades que un profesor de la Escuela de ciencias morales y políticas para expresar sus ideas sobre los vicios del sistema y sobre las reformas necesarias, pues sus pensamientos no discurrían en su cabeza con orden ni medida.

     La desgracia lo volvía injusto. Se vengó de los que no le tenían mala voluntad y algunas veces con los que eran más débiles que él. Una vez, le dio una bofetada a Alphonse, el hijo del vendedor de vino, que le había preguntado si se estaba bien a la sombra. Lo abofeteó y le dijo:

     – ¡Golfo!, es tu padre el que debería estar a la sombra en lugar de enriquecerse vendiendo veneno.

     Acto y palabras que no le hacían honor alguno, pues, tal como se lo mostró justamente el vendedor de castañas, no se le debe pegar a un niño, ni reprocharle nada de su padre, al que no ha escogido.

     Se había tirado a la bebida. Cuanto menos dinero ganaba, más aguardiente bebía. Ahorrador y sobrio antes, él mismo se maravillaba de su propio cambio.

     – No he sido nunca despilfarrador, se decía. Habrá que creer que al envejecer se vuelve uno menos razonable.

     A veces juzgaba severamente su desarreglo y su pereza:

    – Mi viejo Crainquebille, ya solo sirves para empinar el codo.

     A veces se engañaba a sí mismo y se persuadía de que bebía por necesidad:

     – Es necesario que de vez en cuando me beba un trago para fortalecerme y refrescarme. Seguro que tengo dentro algo que me quema. Además, la bebida me refresca.

     A menudo le ocurría que faltaba a la subasta matinal y no se proveía ya sino de la mercancía estropeada que le daban a crédito. Un día, al sentirse las piernas débiles y el corazón cansado, dejó su carro en el cobertizo y se pasó todo el santo día dando vueltas alrededor del puesto de la señora Rosa, la casquera, y delante de todas las tabernas de les Halles. Por la tarde, sentado en una cesta, meditó, y tuvo conciencia de su decadencia. Se acordó de su fuerza primera y de sus antiguos trabajos, de sus largas fatigas y de sus ganancias felices, de sus días innumerables, iguales y plenos; los cien pasos de noche, en el mercado alrededor de las Halles, esperando la subasta; las verduras que se llevaba a brazadas y ordenaba con arte en su carro, el café de la madre Théodore que se tomaba de un trago, en el último momento, con las varas empuñadas con fuerza; su grito, vigoroso como el canto del gallo, rasgando el aire matinal, su carrera por las calles populosas, toda su vida inocente y ruda de caballo humano, que durante medio siglo llevó, en su puesto ambulante, a los ciudadanos agotados por las vigilias y las preocupaciones la fresca cosecha de los huertos, y sacudiendo la cabeza, suspiró:

     – ¡No!, ya no tengo el coraje que tenía. Estoy acabado. Tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe. Y además, después de mi caso con la justicia, ya no tengo el mismo carácter. ¡Ya no soy el mismo hombre!

     En fin, estaba desmoralizado. Un hombre en ese estado, es como decir que es un hombre por los suelos e incapaz de levantarse. Todos los que pasan lo pisan.

VIII. LAS ÚLTIMAS CONSECUENCIAS

     La miseria llegó, la miseria negra. El viejo vendedor ambulante, que reunía antes en el barrio de Montmartre quinientos céntimos, llenándose el bolso, ahora no tenía ya ni un chavo. Era invierno. Expulsado de su buhardilla, se acostó bajo las carretas, en un cobertizo. Llovió durante veinticuatro días, las alcantarillas se desbordaron y el cobertizo se inundó.

     Acuclillado en su carro, por encima de las aguas emponzoñadas, en compañía de arañas, ratas y gatos famélicos, reflexionaba sobre la cárcel. Al no haber comido nada durante todo el día y al no tener para cubrirse ni los sacos del vendedor de castañas, se acordó de las dos semanas durante las cuales el gobierno le había dado comida y abrigo. Envidió la suerte de los prisioneros, pues no padecen ni frío ni hambre, y le vino una idea:

     – Dado que conozco el truco, ¿por qué no iba a servirme de él?

     Se levantó y salió a la calle. Era poco más de las once. Hacía un tiempo inclemente y tenebroso. Una llovizna, más fría y más penetrante que la lluvia, caía. Raros viandantes caminaban a ras de los muros.

     Crainquebille bordeó la iglesia de Saint-Eustache y giró a la calle Montmartre. Estaba desierta. Un guardia estaba plantado en la acera, en la cabecera de la iglesia, bajo un farol de gas, y se veía, alrededor de la llama, caer una fina lluvia roja. El agente la recibía en su capucha, parecía aterido, pero sea que prefiriera la luz a la sombra, sea que estuviera cansado de caminar, permanecía bajo el farol, y quizás hacía de él un compañero, un amigo. Esta llama temblorosa era su único entretenimiento en la noche solitaria. Su inmovilidad no parecía del todo humana; el reflejo de sus botas en la acera mojada, que parecía un lago, prolongaba su mitad inferior y le daba desde lejos el aspecto de un monstruo anfibio, que estaba a medias fuera de las aguas. Desde más cerca, encapuchado y armado, tenía un aire monacal y militar. Los fuertes rasgos de su rostro, agrandados más por la sombra de la capucha, eran tranquilos y tristes. Tenía un bigote espeso, corto y gris. Era un viejo sargento, un hombre de unos cuarenta años.

     Crainquebille se le acercó despacio, y con una voz dudosa y débil, le dijo:

     – “Mort aux vaches!”

     Luego esperó el efecto de esta palabra consagrada. Pero no le siguió efecto alguno. El sargento se quedó inmóvil y mudo, con los brazos cruzados bajo su capa corta. Sus ojos, muy abiertos, que brillaban en la sombra, miraban a Crainquebille con tristeza, vigilancia y desprecio.

      Crainquebille, asombrado, pero guardando aún un poco de su decisión, balbució:

     – “Mort aux vaches!” le he dicho.

     Hubo un largo silencio durante el cual caía la lluvia fina y roja y reinaba la sombra glacial. Al fin, el sargento habló:

     – Eso no se debe decir… Verdaderamente, eso no se debe decir. A su edad se debería tener más conocimiento… Siga su camino.

     – ¿Por qué no me detiene? – preguntó Crainquebille.

      El sargento sacudió la cabeza bajo la capucha húmeda:

     – Si se tuviera que prender a todos los borrachos que dicen lo que no se debe decir, ¡bonito trabajo tendríamos!… ¿Y para qué serviría?

     Crainquebille, hundido por ese desdén magnánimo, se quedó largo tiempo atónito y mudo, con los pies en el arroyo. Antes de marcharse, intentó explicarse:

      – No era a usted a quien le he dicho “Mort aux vaches!” No era ni contra uno ni contra otro por lo que lo he dicho. Era por una idea.

     El sargento respondió con una austera dulzura:

     – Sea por una idea o por otra cosa, no es algo que se deba decir, porque cuando un hombre cumple su deber y soporta sufrimientos, no se le debe insultar con palabras fútiles… Le repito que siga su camino.

      Crainquebille, cabizbajo, con los brazos colgando, se adentró bajo la lluvia en la sombra.

 

[i] Bousingot: En la Francia posterior a la revolución de 1830, se usaba dicho término para referirse a jóvenes escritores y artistas románticos que manifestaban opiniones muy liberales.

[ii] F(outre): En el original solo aparece la F-

[iii] Mort aux vaches!: Durante la guerra franco-alemana (1870-1871), los franceses insultaban a los soldados alemanes con esta frase. Este uso del término francés vaches nace como imitación del término alemán Wache (´guardia`) que  estaba ecrito en las garitas de los centinelas alemanes que vigilaban las fronteras. A raíz de ello, la expresión se emplea como insulto a las fuerzas del orden.

PUTOIS

     «Este jardín de nuestra infancia, dijo el señor Bergeret, este jardín que se recorría completo en veinte pasos, fue para nosotros un mundo inmenso, lleno de sonrisas y temores.

     – Lucien, ¿te acuerdas de Putois?, preguntó Zoé sonriendo a su manera, con los labios cerrados y la nariz metida en su labor de costura.

     – ¡Sí, me acuerdo de Putois!… De todas las figuras que pasaron ante mis ojos cuando era niño, la de Putois es la que se ha quedado de modo más nítido en mi recuerdo. Todos los rasgos de su cara y de su carácter están presentes en mi memoria. Tenía el cráneo puntiagudo…

     – La frente baja, añadió la señorita Zoé.

     Y el hermano y la hermana recitaron alternativamente con una voz monótona, con una gravedad barroca, los artículos de una especie de descripción:

     «- La frente baja.

     – Los ojos de colores diferentes

     – La mirada huidiza.

     – Pata de gallos en las sienes.

     – Los pómulos agudos, rojos y brillantes.

     – Sus orejas no estaban nada ribeteadas.

     – Los rasgos de su cara estaban desprovistos de expresión.

     – Sus manos, siempre en movimiento, traicionaban solas su pensamiento.

     – Delgado, un poco encorvado, débil en apariencia…

     – Tenía, en realidad, una fuerza poco común.

     – Doblaba fácilmente una moneda de cien céntimos entre el índice y el pulgar…

     – Que era enorme

     – Su voz era lánguida

     – Y su palabra, melosa.»

     De golpe, el señor Bergeret exclamó vivamente:

     – ¡Zoé!, hemos olvidado «los cabellos amarillos y el vello escaso». Comencemos de nuevo.

     Pauline, que había escuchado con sorpresa esta extraña recitación, les preguntó a su padre y a su tía cómo habían podido aprenderse de memoria ese fragmento en prosa, y por qué lo recitaban como una letanía.

     El señor Bergeret respondió gravemente:

     – Pauline, lo que acabas de escuchar es un texto sagrado, puedo decir litúrgico, de uso en la familia Bergeret. Es necesario que te lo transmitamos para que no perezca con tu tía y conmigo. Tu abuelo, hija mía, tu abuelo Éloi Bergeret, que no se divertía con tonterías, estimaba este fragmento, principalmente por consideración a su origen. Lo tituló: La anatomía de Putois. Y tenía la costumbre de decir que prefería, en cierto modo, la anatomía de Putois a la anatomía de Quaresmeprenant. «Si la descripción hecha por Xénomanes, decía, es más sabia y más rica en temas raros y preciosos, la descripción de Putois le gana mucho por la claridad de las ideas y la limpidez del estilo.» Pensaba de este modo porque el doctor Ledouble, de Tours, aún no había explicado los capítulos treinta, treinta uno y treinta y dos del cuarto libro de Rabelais.

     – No comprendo nada en absoluto, dijo Pauline.

     – Es porque no conoces a Putois, hija mía. Es necesario que sepas que Putois fue la figura más familiar de mi infancia y de la de tu tía Zoé. En la casa de tu abuelo Bergeret se hablaba continuamente de Putois. Cada uno a su vez creía verlo.

     Pauline preguntó:

     – ¿Quién era ese Putois?

     En lugar de responder, el señor Bergeret se echó a reír, y la señorita Bergeret también rio, con los labios cerrados.

     Pauline llevaba su mirada de uno a otro. Encontraba extraño que su tía se riera de tan buena gana, y aún más extraño que se riera de acuerdo y en simpatía con su hermano. Era singular, en efecto, pues el hermano y la hermana no tenían el mismo carácter.

     – Papá, dime quién era Putois. Puesto que quieres que lo sepa, dímelo.

     – Putois, hija mía, era un jardinero. Hijo de honrados labradores de Artois, se estableció como hortelano en Saint-Omer. Pero no contentó a sus clientes e hizo malos negocios. Tras dejar su comercio, se hizo jornalero. Los que lo empleaban no siempre estaban satisfechos con él.

     Ante estas palabras, la señorita Bergeret, aún riendo:

     – ¿Te acuerdas, Lucien, de que, cuando nuestro padre no encontraba en su escritorio su tintero, sus plumas, su cera, sus tijeras, decía: «Sospecho que Putois ha pasado por aquí » ?

     – ¡Ah!, dijo el señor Bergeret, Putois no tenía buena reputación.

     – ¿Eso es todo?, preguntó Pauline.

     – No, hija mía, eso no es todo. Putois lo que tuvo de notable fue que él era conocido, familiar, y sin embargo…

     – … no existía, dijo Zoé.

     El señor Bergeret miró a su hermana con cara de reproche:

     – ¡Qué palabras, Zoé!, ¿por qué tienes que romper así el encanto? Putois no existía. ¿Te atreves a decirlo, Zoé? Zoé, ¿podrías defender eso? Para afirmar que Putois no existía en modo alguno, que Putois no fue nunca, ¿has considerado las condiciones de la existencia y los modos del ser? Putois existía, hermana mía. Pero es verdad que era de una existencia particular.

     – Comprendo cada vez menos, dijo Pauline desanimada.

     – La verdad se te aparecerá claramente en seguida, hija mía. Tienes que saber que Putois nació en la madurez de su edad. Yo era aún un niño, tu tía era ya una muchachita. Vivíamos en una casita a las afueras de Saint-Omer. Nuestros padres llevaban una vida tranquila y retirada, hasta que los conoció una vieja señora de esta ciudad, llamada la señora Cornouiller, que vivía en su casa solariega de Monplaisir, a cinco leguas de la ciudad, y que resultó ser una tía de mi madre. Usó un derecho de parentesco para exigirles a nuestro padre y a nuestra madre que fueran a cenar todos los domingos a Monplaisir, donde ellos se aburrían excesivamente.

     Ella decía que era honesto que se cenara en familia los domingos y que solo la gente mal nacida no respetaba esta antigua costumbre. Mi padre lloraba de aburrimiento en Monplaisir. Su desesperación rompía el alma. Pero la señora Cornouiller no lo veía. Ella no veía nada. Mi madre tenía más valor. Sufría tanto como mi padre, y quizás más, pero sonreía.

     – Las mujeres están hechas para sufrir, dijo Zoé.

     – Zoé, todo lo que vive en el mundo está destinado al sufrimiento. En vano rechazaban nuestros padres esas invitaciones. El coche de la señora Cornouiller venía a recogerlos cada domingo, por la tarde. Era necesario ir a Monplaisir; era una obligación a la que estaba prohibido sustraerse. Era una orden establecida, que solo la sublevación podía romper. Mi padre, al final, se sublevó, y juró que no aceptaría más ninguna invitación de la señora Cornouiller, dejándole a mi madre la tarea de encontrar, para esos rechazos, pretextos decentes y razones variadas, para lo que ella era la menos indicada. Nuestra madre no sabía fingir.

     – Lucien, di que ella no quería. Ella habría podido mentir como las demás.

     – Es verdad que cuando ella tenía buenas razones, las daba antes que inventar malas. ¿Te acuerdas, hermana, de que un día en la mesa dijo: «Felizmente, como Zoé tiene la tos ferina, no iremos durante mucho tiempo a Monplaisir»?

     – ¡Sin embargo, es verdad!, dijo Zoé.

     – Tú te curaste, Zoé. Y la señora Cornouiller vino a decirle un día a nuestra madre: «Preciosa, cuento con que vendrá a cenar con su marido este domingo a Monplaisir.» Nuestra madre, encargada expresamente por su marido de presentarle a la señora Cornouiller un motivo válido de rechazo, imaginó, en este extremo, una razón que no era verdadera. «Lo lamento vivamente, querida señora. Pero eso nos resultará imposible. Mañana espero al jardinero.»

     Ante estas palabras, la señora Cornouiller miró, por la ventana del salón, el jardincito salvaje, donde los evónimos y las lilas parecían desconocer por completo la podadera y tener que desconocerla siempre. «¡Espera al jardinero! ¿Por qué? – Para trabajar en el jardín.»

     Y mi madre, volviendo involuntariamente los ojos hacia ese cuadrado de hierbas locas y de plantas medio salvajes que ella acababa de llamar jardín, reconoció con espanto la inverosimilitud de su invento. «Este hombre, dijo la señora Cornouiller podrá venir a trabajar a su… jardín el lunes o el martes. Por lo demás, será mejor. No se debe trabajar el domingo. – Está ocupado durante la semana.»

     He observado a menudo que las razones más absurdas y más descabelladas son las menos discutidas: desconciertan al adversario. La señora Cornouiller insistió menos de lo que podía esperarse de una persona tan poco dispuesta como ella a dar su brazo a torcer. Levantándose de su sillón, preguntó: «¿Cómo se llama, preciosa, su jardinero? – Putois», respondió mi madre sin dudar.

     Putois ya estaba nombrado. Desde entonces existió. La señora Cornouiller se fue gruñendo: «¡Putois! Me parece que lo conozco. ¿Putois? ¡Putois! Lo conozco muy bien. Pero no me acuerdo… ¿Dónde vive? – Trabaja como jornalero. Cuando se le necesita, se da el aviso en casa de uno o de otro. – ¡Ah!, ya lo sabía, un holgazán y un vagabundo… un don nadie. Desconfíe de él, preciosa.»

      Putois tenía desde entonces un carácter.

     En esto llegaron los señores Goubin y Jean Marteau, y el señor Bergeret los puso al corriente de la conversación:

     – Hablábamos del que un día mi madre hizo que naciera jardinero en Saint-Omer y llamó por su nombre. Desde entonces él actuó.

     – Querido maestro, ¿podría repetirlo?, dijo el señor Goubin limpiando el cristal de sus quevedos.

     – Por supuesto, respondió el señor Bergeret. No había jardinero. El jardinero no existía. Pero mi madre dijo: «Espero al jardinero.» E inmediatamente el jardinero fue. Y actuó.

     – Querido maestro, preguntó el señor Goubin, ¿cómo actuó, si no existía?

     – Tenía un tipo de existencia, respondió el señor Bergeret.

     – Quiere decir una existencia imaginaria, replicó con desdén el señor Goubin.

     – ¿Acaso no es nada una existencia imaginaria?, exclamó el maestro. ¿Y los personajes míticos no son acaso capaces de actuar sobre los hombres? Reflexione sobre la mitología, señor Goubin, y se dará cuenta que estos son, no precisamente seres reales, sino seres imaginarios que ejercen en las almas la acción más profunda y más duradera. En todas partes y siempre unos seres que no tienen más realidad que Putois han inspirado en los pueblos odio y amor, terror y esperanza, han aconsejado crímenes, han recibido ofrendas, han hecho costumbres y leyes. Señor Goubin, reflexione sobre la eterna mitología. Putois es un personaje mítico, de los más oscuros, estoy de acuerdo, y de la más baja especie. El grosero sátiro, sentado a la mesa de nuestros campesinos del norte, fue considerado digno de aparecer en un cuadro de Jordaëns y en una fábula de La Fontaine. El hijo velludo de Sycorax entró en el mundo sublime de Shakespeare. Putois, menos afortunado, será siempre despreciado por los artistas y los poetas. Le falta la grandeza y la extrañeza, el estilo y el carácter. Nació en mentes muy razonables, entre gente que sabía leer y escribir y no tenía en modo alguno esta imaginación encantadora que siembra las fábulas. Pienso, señores, que he hablado bastante para haceros conocer la verdadera naturaleza de Putois.

     – La entiendo, dijo el señor Goubin.

     Y el señor Bergeret prosiguió su discurso:

     – Putois era. Puedo afirmarlo. Era. Considérenlo, señores, y se convencerán de que ser no implica en modo alguno una sustancia y no significa más que el lazo del atributo con el sujeto, no expresa más que una relación.

     – Sin duda, dijo Jean Marteau, pero ser sin atributo es ser tan poco como nada. No sé quién dijo en tiempos pasados: «Soy quien soy.» Perdonen mi falta de memoria. Uno no puede acordarse de todo. Pero el desconocido que habló de tal modo cometió una rara imprudencia. Dando a entender con esa proposición desconsiderada que él estaba desprovisto de atributos y privado de todas las relaciones, proclamó que no existía y se suprimió aturdidamente. Apuesto que no se ha vuelto a oír hablar de él.

     – Usted ha perdido, replicó el señor Bergeret. Él ha corregido el mal efecto de esta palabra egoísta aplicándose una sopa de adjetivos, y se ha hablado mucho de él, la mayor parte de las veces sin ningún buen sentido.

     – No comprendo, dijo el señor Goubin.

     – No es necesario comprender, respondió Jean Marteau.

     Y le rogó al señor Bergeret que hablara de Putois.

     – Es muy amable pidiéndomelo, dijo el maestro.

     Putois nació en la segunda mitad del siglo XIX, en Saint-Omer. Le hubiera valido más nacer algunos siglos antes en el bosque de las Ardennes o en el bosque de Brocéliande. Habría sido entonces un mal espíritu de un ingenio maravilloso.

     – ¿Una taza de té, señor Goubin?, dijo Pauline.

     – ¿Entonces Putois era un mal espíritu?, preguntó Jean Marteau.

     – Era malo, respondió el señor Bergeret, lo era en cierto modo, pero no lo era en modo absoluto. Lo era como lo son ciertos diablos de los que se dice que son muy malvados, pero en los que se descubren buenas cualidades cuando se les conoce. Y yo estaría dispuesto a creer que se ha tratado mal a Putois. La señora Cornouiller, que, prevenida contra él, había sospechado en seguida que era un holgazán, un borracho y un ladrón, pensó que, puesto que mi madre, que no era rica, lo había empleado era porque él se contentaba con poco. Y ella se preguntó si no saldría ganando si lo hacía trabajar en lugar de su jardinero, quien tenía mejor renombre, pero también más exigencias. Comenzaba la campaña de los tejos. Pensó que si la señora Éloi Bergeret, que era pobre, no le daba gran cosa a Putois, ella misma, que era rica, le daría aún menos, puesto que el uso es que los ricos paguen menos que los pobres. Y ella ya veía sus tejos cortados en murallas, en bolas y en pirámides, sin haber hecho un gran gasto. «Vigilaré, se dijo, para que Putois no pierda el tiempo y no me robe. No arriesgo nada y todo será una ventaja. Estos vagabundos trabajan a veces con más maña que los obreros honestos.» Decidió probar, y le dijo a mi madre: «Preciosa, envíeme a Putois. Lo haré trabajar en Monplaisir.» Mi madre se lo prometió. Lo hubiera hecho con mucho gusto. Pero verdaderamente eso no era posible. La señora Cornouiller esperó a Putois en Monplaisir, y lo esperó en vano. Ella sabía mantener sus ideas y ser constante en sus proyectos. Cuando volvió a ver a mi madre, se lamentó de no tener noticias de Putois «Preciosa, ¿no le ha dicho que yo lo esperaba? -¡Sí!, pero él es tan extraño, tan raro… – ¡Oh!, conozco a esos tipos. Conozco de memoria a tu Putois. Pero no hay obrero tan lunático como para negarse a ir a trabajar a Monplaisir. Mi casa es conocida, creo. Putois se pondrá a mis órdenes, y rápidamente, preciosa. Dígame solo dónde vive; yo misma iré a buscarlo.» Mi madre respondió que no sabía dónde vivía Putois, que no se conocía su domicilio, que no tenía casa. «No he vuelto a verlo, señora. Creo que se esconde.» ¿Podía decir ella algo mejor?

     La señora Cornouiller, sin embargo, no la escuchó sin desconfianza; sospechó que cercaba a Putois, que lo sustraía a la búsqueda, con el temor de perderlo o de hacerlo más exigente. La consideró verdaderamente demasiado egoísta. Muchos juicios aceptados por todo el mundo, y que la historia ha consagrado, están tan bien fundados como este.

     – Sin embargo, es verdad, dijo Pauline.

     – ¿Qué es verdad?, preguntó Zoé, medio dormida.

     – Que los juicios de la historia son a menudo falsos. Me acuerdo, papá, de que un día dijiste : «La señora Roland era muy cándida apelando a la imparcial posteridad y no dándose cuenta de que, si sus contemporáneos eran malos monos, su posteridad también estaría compuesta por malos monos.»

     – Pauline, preguntó con severidad la señorita Zoé, ¿qué relación hay entre la historia de Putois y la que nos cuentas?

     – Mucha, tía.

     – No lo cojo.

     El señor Bergeret, que no era enemigo de las digresiones, le respondió a su hija:

     – Si todas las injusticias se repararan finalmente en este mundo, nunca se habría imaginado otro para esas reparaciones. ¿Cómo queréis que la posteridad juzgue con equidad a todos los muertos? ¿Cómo se les interroga en la sombra a la que ellos huyen? Cuando se puede ser justo con ellos, se les olvida. Pero ¿acaso se puede ser justo alguna vez? ¿Y qué es la justicia? La señora Cornouiller, al menos, se vio obligaba a reconocer, a la larga, que mi madre no la engañaba, y que Putois estaba en paradero desconocido.

     Sin embargo, no renunció a encontrarlo. Les preguntó a todos sus parientes, amigos, vecinos, criados, proveedores, si conocían a Putois. Solo dos o tres respondieron que nunca habían oído hablar de él. La mayor parte creía haberlo visto. «He escuchado ese nombre, dijo la cocinera, pero no logro ponerle una cara. – ¡Putois! Claro que lo conozco, dijo el peón caminero rascándose la oreja. Pero no podría decirle quién es.» Las informaciones más precisas le llegaron gracias al señor Blaise, jefe del registro, quien declaró que había contratado a Putois para cortar leña en su patio, del 19 al 23 de octubre, el año del Cometa.

     Una mañana la señora Cornouiller cayó jadeando en el estudio de mi padre: – Acabo de ver a Putois. – ¡Ah!

     – Lo he visto. – ¿Lo cree así? – Estoy segura de ello. Pasaba rozando la pared del señor Tenchant. Luego ha vuelto por la calle de las Abbesses, caminaba deprisa. Lo he perdido. – ¿Seguro que era él? – Sin duda alguna. Un hombre de unos cincuenta años, delgado, encorvado, con el aire de un vagabundo, con una blusa sucia. – Es verdad, dijo mi padre, que esas características pueden aplicársele a Putois. – ¡Ya ve que es así! Por lo demás, lo he llamado. He gritado: «¡Putois!», y se ha girado. – Ese es el medio, dijo mi padre, que los agentes de Seguridad emplean para asegurarse de la identidad de los malhechores que buscan. – ¡Cuando yo le decía que era él!… He sabido encontrar a su Putois. Pues bien, es un hombre de mal aspecto. Ustedes han sido imprudentes, usted y su mujer, al emplearlo en su casa. Entiendo de fisonomías y, aunque solo lo he visto de espalda, juraría que es un ladrón, y quizás un asesino. Sus orejas no están ribeteadas, y eso es una señal que no engaña. – ¡Ah!, ¿usted se ha dado cuenta de que sus orejas no estaban ribeteadas? – No se me escapa nada. Mi querido señor Bergeret, si usted no quiere ser asesinado con su mujer y sus hijos, no deje entrar nunca más a ese Putois en su casa. Un consejo: haga que cambien todas las cerraduras.

     Pues bien, unos días después de eso, sucedió que le robaron a la señora Cornouiller tres melones de su huerto. Como no se pudo encontrar al ladrón, ella sospechó de Putois. Llamaron a Monplaisir a los guardias civiles, y las indagaciones de estos confirmaron las sospechas de la señora Cornouiller. Bandas de saqueadores asolaban entonces los jardines de la región. Pero esta vez el robo parecía haber sido cometido por una sola persona, y con un ingenio particular. Ningún rastro de forzamiento, ni huellas de zapatos en la tierra húmeda. El ladrón no podía ser más que Putois. Era la opinión del cabo, que conocía bien a Putois y se declaraba capaz de ponerle la mano encima a ese pájaro.

     El periódico de Saint-Omer dedicó un artículo a los tres melones de la señora Cornouiller y publicó, siguiendo las informaciones proporcionadas en la ciudad, un retrato de Putois. «Tiene, decía el periódico, la frente baja, los ojos de colores diferentes, la mirada huidiza, patas de gallo en las sienes, los pómulos agudos, rojos y brillantes. Sus orejas no están ribeteadas. Delgado, un poco encorvado, débil en apariencia, es en realidad de una fuerza poco común; dobla fácilmente una moneda de cien céntimos entre el índice y el pulgar.

     Se tienen buenas razones, afirmaba el periódico, para atribuirle una larga serie de robos realizados con una habilidad sorprendente.

     Toda la ciudad se interesó por Putois. Se supo un día que había sido detenido y encarcelado. Pero se reconoció pronto que el hombre que habían atrapado en su lugar era un comerciante de almanaques llamado Rigobert.

     Como no se pudo señalar ningún cargo contra este, se le liberó tras catorce meses de detención preventiva. Y Putois permanecía en paradero desconocido. La señora Cornouiller fue víctima de un nuevo robo, más audaz que el primero. Cogieron de su aparador tres cucharillas de plata.

     Ella reconoció la mano de Putois, hizo que pusieran una cadena en la puerta de su habitación y ya no durmió más.

     Hacia las diez de la noche, cuando ya Pauline se había ido a su habitación, la señorita Bergeret le dijo a su hermano:

     – No olvides contar cómo sedujo Putois a la cocinera de la señorita Cornouiller.

     – Estaba pensando en ello, hermana, respondió el señor Bergeret. Omitirla sería perder la historia más hermosa. Pero todo tiene que hacerse con orden. Putois fue cuidadosamente buscado por la justicia, pero no se le encontró. Cuando se supo que estaba en paradero desconocido, cada uno puso su amor propio para encontrarlo; los astutos lo lograron. Y como había muchos astutos en Saint-Omer y en sus alrededores, Putois fue visto al mismo tiempo en las calles, en los campos y en los bosques. Otro rasgo se añadió así a su carácter. Se le concedió ese don de la ubicuidad que poseen tantos héroes populares. Un ser capaz de salvar en un momento largas distancias, y que se muestra de pronto en el lugar donde menos se le esperaba, asusta con razón. Putois fue el terror de Saint-Omer. La señora Cornouiller, persuadida de que Putois le había robado tres melones y tres cucharillas, vivía en el espanto, encerrada en Monplaisir. Los cerrojos, las cancelas y las cerraduras no la tranquilizaban. Putois era para ella un ser espantosamente sutil, que pasaba a través de las puertas. Un suceso doméstico redobló su espanto. Su cocinera fue seducida y llegó un momento en que no pudo esconder su falta.

     Pero ella se negó obstinadamente a dar el nombre de su seductor.

     – Ella se llamaba Gudule, dijo la señorita Zoé.

     – Ella se llamaba Gudule y se le creía protegida contra los peligros del amor por la barba que le cubría el mentón, larga y bifurcada. Una barba repentina protegió la virginidad de la santa hija del rey al que Praga venera. Una barba que ya no era adolescente no bastó para defender la virtud de Gudule. La señora Cornouiller presionó a Gudule para que diera el nombre de quien, tras abusar de ella, la dejaba en seguida en un aprieto. Gudule se fundía en lágrimas y guardaba silencio. Los ruegos, las amenazas no dieron ningún resultado. La señora Cornouiller hizo una larga y minuciosa pesquisa. Interrogó con destreza a sus vecinos, vecinas y proveedores, al jardinero, al peón caminero, a los guardias civiles; nada la puso en la huella del culpable. Intentó de nuevo obtener de Gudule una confesión completa. «Por su interés, Gudule, dígame quién es.» Gudule permanecía muda. De pronto un rayo de luz atravesó la mente de la señora Cornouiller. «¡Es Putois!» La cocinera lloró y no respondió.

     «¡Es Putois! ¿Cómo no lo he adivinado antes? ¡Es Putois! ¡Desgraciada!, ¡desgraciada!, ¡desgraciada!»

      Y la señora Cornouiller se quedó persuadida de que Putois le había hecho un hijo a su cocinera. Todo el mundo en Saint-Omer, desde el presidente del Tribunal hasta el gozque del sereno, conocía a Gudule y su xxx. La noticia de que Putois había seducido a Gudule llenó la ciudad de sorpresa, de admiración y de alegría. Putois fue celebrado como un gran tirador de bolos y como el enamorado de las once mil vírgenes. Se le atribuyó, por ligeros indicios, la paternidad de otros cinco o seis niños que vinieron al mundo ese año, y que hubieran hecho mejor no viniendo, por el placer que les esperaba allí y por la alegría que les causaron a sus madres. Se señaló, entre otras, a la criada del señor Maréchal, tabernero del Au Rendez-Vous des Pêcheurs, a una repartidora de pan y a la pequeña jorobada de Pont-Biquet, quienes, por haber escuchado a Putois, se habían encontrado con un niño. «¡Un monstruo!», exclamaban las comadres.

     Y Putois, invisible sátiro, amenazaba con accidentes irreparables a todas las jóvenes de una ciudad en la que, decían las viejas, las muchachas, desde tiempo inmemorial, habían sido siempre tranquilas.

     Esparcido así por la ciudad y sus alrededores, permanecía ligado a nuestra casa por mil lazos sutiles. Pasaba por delante de nuestra puerta y se creía que a veces escalaba el muro de nuestro jardín. Nunca se le veía de frente.

     Pero en todo momento reconocíamos su sombra, su voz, las huellas de sus pasos. Más de una vez creímos ver su espalda en el crepúsculo, volviendo una calle. Con mi hermana y conmigo, cambiaba un poco de carácter. Permanecía malo y malhechor, pero se volvía pueril y muy cándido. Se hacía menos real y, me atrevo a decirlo, más poético. Entraba en el ciclo ingenuo de las tradiciones infantiles. Se acercaba al tío camuñas, al tío del látigo y al tío del carbón que les cierra por la noche los ojos a los niños. No era el duende que, por la noche, en el establo, les lía la cola a los potros. Menos rústico y menos encantador, pero igualmente travieso con candor, les dibujaba con tinta bigotes a las muñecas de mi hermana. En nuestra cama, antes de dormirnos, lo escuchábamos: lloraba en los tejados con los gatos, ladraba con los perros, llenaba de gemidos los graneros e imitaba en la calle los cantos de los borrachos rezagados.

      Lo que nos hacía a Putois presente y familiar, lo que nos interesaba de él, es que su recuerdo estaba asociado a todos los objetos que nos rodeaban. Las muñecas de Zoé, mis cuadernos de la escuela, cuyas páginas él revolvía y pintarrajeaba tantas veces, el muro del jardín por encima del cual habíamos visto brillar sus ojos rojos en la sombra, la maceta de porcelana azul que una noche de invierno él había roto, a menos que no hubiera sido la helada; los árboles, las calles, los bancos, todo nos recordaba a Putois, a nuestro Putois, al Putois de los niños, un ser local y mítico. Él no igualaba en gracia y en poesía al más pesado Egipán, el fauno más grueso de Sicilia o de Tesalia. Pero también él era un semidiós.

      Para nuestro padre, tenía un carácter completamente diferente: era emblemático y filosófico. Nuestro padre sentía una gran piedad por los hombres. No los creía muy razonables; sus errores, cuando no eran crueles, lo divertían y le hacían sonreír. La creencia en Putois le interesaba como un resumen y un compendio de todas las creencias humanas. Como era irónico y burlón, hablaba de Putois como de un ser real. Insistía tanto a veces, y señalaba las circunstancias con tal exactitud, que mi madre estaba por completo sorprendida y le decía con candor: «Se diría que estás hablando en serio, amigo mío; sin embargo, tú bien sabes…»

     Él respondía con gravedad: «Toda Saint-Omer cree en la existencia de Putois. ¿Sería yo un buen ciudadano si la negara? Hay que reflexionar mucho antes de suprimir un artículo de la fe común.»

     Solo un espíritu perfectamente honesto tiene semejantes escrúpulos. En el fondo, mi padre era gasendista. Armonizaba su sentimiento particular con el sentimiento público, creyendo, como la gente de Sain-Omer, en la existencia de Putois, pero sin admitir su intervención directa en el robo de los melones y en la seducción de las cocineras.

     En fin, profesaba su creencia en la existencia de un Putois, para ser un buen conciudadano; y prescindía de Putois para explicar los sucesos que se cumplían en la ciudad. De manera que en esta circunstancia, como en cualquier otra, fue un hombre galante y un gran ingenio.

     En cuanto a nuestra madre, ella se reprochaba un poco el nacimiento de Putois, y no sin razón. Pues, en fin, Putois había nacido de una mentira de nuestra madre, como Calibán de la mentira del poeta. Sin duda, los fallos no eran iguales, y mi madre era más inocente que Shakespeare. Sin embargo, ella estaba espantada y confusa al ver que una mentira suya tan pequeña había crecido desmesuradamente, y que su ligera impostura obtenía un gran aplauso, que no se detenía, que se extendía por por toda la ciudad y amenazaba extenderse por el mundo. Un día incluso palideció, creyendo que iba a ver su propia mentira surgir delante de ella misma. Ese día, una criada que ella tenía, nueva en casa y en la región, vino a decirle que un hombre rogaba verla. Necesitaba, decía él, hablarle a la señora. «¿Qué hombre es ese? – Un hombre en mangas de camisa. Parece un obrero del campo. – ¿Ha dicho su nombre? – Sí, señora. – Pues bien, ¿cómo se llama? – Putois. – ¿Le ha dicho que se llamaba?… – Putois, sí, señora. – ¿Está aquí?… – Sí, señora. Espera en la cocina. – ¿Lo ha visto? – Sí, señora. – ¿Qué quiere? – No me lo ha dicho. Solo quiere decírselo a la señora. – Vaya a preguntarle.»

      Cuando la criada volvió a la cocina, Putois ya no estaba. Este encuentro entre la criada extranjera y Putois no fue nunca esclarecido. Pero creo que a partir de ese día mi madre comenzó a creer que Putois bien podía existir, y que ella bien podía no haber mentido.»

RIQUET

      Llegado el final del contrato, M. Bergeret abandonaba, con su hermana y su hija, la vieja casa arruinada de la calle Seine para instalarse en un moderno apartamento de la calle Vaugirard. Así lo habían decidido Zoé y los destinos. Durante las largas horas de la mudanza, Riquet erraba tristemente por el apartamento devastado. Sus más queridas costumbres eran contrariadas. Hombres desconocidos, mal vestidos, injuriosos y desagradables turbaban su reposo y venían hasta la cocina a pisar con los pies el plato de su comida y su bol de agua fresca. Las sillas se las quitaban a medida que él se echaba en ellas y las alfombras las sacaban bruscamente de debajo de su pobre trasero, que, en su propia casa, no sabía ya dónde ponerse.

     Digamos en su honor que él en principio había intentado resistir. Desde que quitaron el lavabo, él le había ladrado furiosamente al enemigo. Pero a su llamada nadie había acudido. No se sentía animado, e incluso, sin duda alguna, estaba atormentado. La señorita Zoé le había dicho con sequedad: “¡Cállate, vamos!” Y la señorita Pauline había añadido: “¡Riquet, eres ridículo!”

     Renunciando ya a dar advertencias inútiles y a luchar solo por el bien común, deploraba en silencio las ruinas de la casa y buscaba vanamente de habitación en habitación un poco de tranquilidad. Cuando los mozos de la mudanza penetraban en la pieza donde él se había refugiado, se escondía por prudencia bajo una mesa o bajo una cómoda que permanecía allí todavía. Pero esta precaución le era más perjudicial que útil, pues pronto el mueble se estremecía sobre él, se elevaba, volvía a caer rugiendo y amenazaba con aplastarlo. Huía, azorado y con el pelo de punta, y alcanzaba otro abrigo, que no era más seguro que el primero.

     Y estas incomodidades, incluso estos peligros, eran poca cosa después de las penas que soportaba su corazón. En él, era la moral, como se dice, la que estaba más afectada.

     Los muebles del apartamento no representaban para él cosas inertes, sino seres animados y benevolentes, genios favorables cuya marcha presagiaba crueles desgracias. Platos, azucareros, sartenes y cacerolas, todas las divinidades de la cocina; sillones, alfombras, cojines, todos los fetiches del hogar, sus lares y sus dioses domésticos, se habían ido. No creía que un desastre tan grande pudiera nunca ser reparado. Recibía de ello tanta pena como podía contener su pequeña alma. Felizmente, al igual que el alma humana, ella era fácil de distraer y pronta al olvido de los males.

     Durante las largas ausencias de los mozos alterados, cuando la escoba de la vieja Angélique levantaba el antiguo polvo del parquet, Riquet respiraba un olor a ratones, espiaba la huida de una araña, y su pensamiento ligero se divertía. Pero volvía a caer pronto en la tristeza.

      El día de la partida, viendo las cosas empeorar de hora en hora, se quedó desolado. Le pareció especialmente funesto que se apilase la lencería en oscuras cajas. Pauline, con un apremio alegre, ponía sus ropas en un baúl. Se alejó de ella, como si esta realizara una mala obra. Y, pegado a la pared, pensaba: “¡He aquí lo peor! Es el final de todo.” Y, sea que él creyera que las cosas no estaban ya, si no las veía, sea que evitara solo un penoso espectáculo, tomó cuidado de no mirar hacia el lado de Pauline. La casualidad quiso que yendo y viniendo, ella se percatara de la actitud de Riquet. Esta actitud era triste. Ella la encontró cómica y se echó a reír. Y riendo, lo llamó: “¡Ven! ¡Riquet, ven!” Pero él no se movió de su rincón ni volvió la cabeza. No abrigaba en su corazón la intención de acariciar a su joven dueña y, por un secreto instinto, por una especie de presentimiento, temía acercarse al baúl completamente abierto. Ella lo llamó muchas veces. Y como no respondía, fue a cogerlo y lo levantó en sus brazos. “¡Estás, pues, triste!, le dijo ella, ¿de qué te lamentas?” su tono era irónico. Riquet no comprendía la ironía. Permanecía en los brazos de Pauline inerte y melancólico, y fingía que no veía ni escuchaba nada. “¡Riquet, mírame!”  Ella se lo rogó tres veces, y las tres veces fue en vano. Después de ello, simulando una violenta cólera: “Estúpido animal, desaparece”, y lo arrojó en el baúl y cerró la tapa sobre él. En ese momento, dado que la había llamado su tía, salió de la habitación, dejando a Riquet en el baúl.

     Él sintió una viva inquietud. Estaba a miles de leguas de suponer que había sido colocado en este baúl por simple juego y de broma. Estimando que su situación era ya bastante enojosa, se esforzó por no agravarla con su imprudencia. Se quedó inmóvil unos instantes, sin respirar. Luego juzgó útil explorar su prisión tenebrosa. Tanteó con sus patas las enaguas y las camisas sobre las que lo habían miserablemente precipitado, y buscó algún lugar para salir de ese lugar temible. Se aplicaba a ello desde hacía dos o tres minutos, cuando M. Bergeret, que se disponía a salir, lo llamó:

     – Ven, Riquet, ven. Vamos a pasearnos por los muelles. Es el verdadero país de la gloria. Han construido una estación de una deformidad superior y de una fealdad resplandeciente. La arquitectura es un arte perdida. Se demuele la casa que hacía esquina de la calle de Bac y que tenía buen aspecto. Se la sustituirá, sin duda, por una vulgar construcción. ¡Ojalá nuestros arquitectos no puedan, al menos, introducir en el muelle d´Orsay el estilo bárbaro del que han dado, en la esquina de la calle Washington, en la avenida de los Campos Elíseos, un espantoso ejemplo!… ¡Ven, Riquet!… Vamos a pasearnos por los muelles. Es el verdadero país de la gloria. Pero la arquitectura ha decaído mucho desde los tiempos de Gabriel y de Louis… ¿Dónde está el perro?… ¡Riquet! ¡Riquet!

     La voz de M. Bergeret le llevó a Riquet un gran consuelo. Respondía con el ruido de sus patas que, en el baúl, rascaban con furia la pared de mimbre.

     – ¿Dónde está el perro?, preguntó M. Bergeret a Pauline que volvía trayendo una pila de lencería.

     – Papá, está en el baúl.

     – ¿Cómo es que está en lel baúl?, ¿por qué está ahí?, preguntó M. Bergeret.

     – Porque era estúpido, respondió Pauline.

     Bergeret liberó a su amigo. Riquet lo siguió hastala antesala moviendo la cola. Luego un pensamiento atravesó su espíritu. Volvió al apartamento, corrió hacia Pauline, se levantó contra las faldas de la joven. Y solo después de haberlas abrazado tumultuosamente en señal de adoración, alcanzó a su dueño en la escalera. Habría pensado que le faltaba sabiduría y religión si no le daba esas manifestaciones de amor a una persona cuyo poder lo había sumergido en un baúl profundo.

     En la calle, M. Bergeret y su perro tuvieron el espectáculo lamentable de sus muebles domésticos extendidos por la acera. Mientras los mozos habían ido a beber a una tasca de la esquina, el armario de espejo de la señorita Zoé reflejaba la fila de transeúntes, obreros, alumnos de Bellas Artes, vendedores, y carretas, coches de alquiler y carromatos, y la botica del farmacéutico con sus botes y las serpientes de Esculapio. Apoyado en un poste, M. Bergeret padre le sonreía desde su cuadro, con aire de dulzura y de finura pálida y los cabellos al viento. M. Bergeret consideró a su padre con un respeto afectuoso y lo retiró del poste. Colocó también al abrigo de las ofensas el pequeño velador de Zoé, que parecía avergonzado de encontrarse en la calle.

     Sin embargo, Riquet frotó las piernas de su dueño, levantó hacia él sus bonitos ojos afligidos, y su mirada decía:

     “Tú, hace poco tan rico y poderoso, ¿te habrás vuelto pobre? ¿Te habrás vuelto débil, oh dueño mío? Dejas que unos hombres cubiertos de andrajos viles invadan tu salón, tu dormitorio, tu comedor, se abalancen sobre tus muebles y se los lleven fuera, arrastrando por la escalera tu sillón profundo, tu sillón y el mío, el sillón en el que descansamos todas las tardes, y a menudo por la mañana, al lado el uno del otro. Yo lo he oído gemir en los brazos de los hombres mal vestidos, ese sillón que es un gran fetiche y un espíritu benevolente. No te has opuesto a estos invasores. Si tú no tienes ya ninguno de los genios que llenaban tu morada, si tú has perdido incluso esas pequeñas divinidades que calzabas por la mañana, al salir de la cama, esas pantuflas que yo mordía jugando, si tú eres indigente y miserable, oh, dueño mío, ¿qué será de mí?”

PENSAMIENTOS DE RIQUET

I

     Los hombres, los animales, las piedras crecen conforme se acercan y se hacen enormes cuando están sobre mí. Yo, no. Yo permanezco siempre igual de grande dondequiera que esté.

II

     Cuando mi dueño me tiende bajo la mesa su comida, la que va a llevarse a la boca, es para tentarme y castigarme si sucumbo a la tentación. Pues no puedo creer que se prive de ello por mí.

III

     El olor de los perros es delicioso.

IV

     Mi dueño me da calor cuando me tiendo detrás de él en su sillón. Y ello proviene de que él es un dios. Hay también delante de la chimenea una losa cálida. Esta losa es divina.

V

     Hablo cuando quiero. De la boca de mi dueño también salen sonidos que forman un sentido. Pero esos sentidos son mucho menos claros que los que yo expreso con los sonidos de mi voz. En mi boca todo tiene un sentido. En la de mi dueño hay muchos ruidos vanos. Es difícil y necesario adivinar el pensamiento de mi dueño.

VI

     Comer es bueno. Haber comido es mejor. Pues el enemigo que os espía para coger vuestra comida es rápido y sutil.

VII

     Todo pasa y se sucede. Yo solo permanezco.

VIII

     Estoy siempre en medio de todo, y los hombres, los animales y las cosas se ordenan, hostiles o favorables, a mi alrededor.

IX

     En el sueño vemos hombres, perros, casas, árboles, formas amables y formas terribles. Y cuando despertamos, esas formas han desaparecido.

X

     Meditación. Amo a mi dueño Bergeret porque es poderoso y terrible.

XI

     Una acción por la que nos han golpeado es una mala acción. Una acción por la que hemos recibido caricias o comida es una buena acción.

XII

     Cuando llega la noche, poderes malhechores merodean alrededor de la casa. Yo ladro para que mi dueño, advertido, los expulse.

XIII

     Oración. Oh mi dueño Bergeret, dios de la matanza, yo te adoro. ¡Terrible, alabado seas! ¡Seas alabado, favorable! Yo trepo a tus pies; te lamo las manos. Eres grande y hermoso cuando devoras, delante de la mesa puesta, carnes abundantes. Eres grande y hermoso cuando, al hacer que surja la llama con un simple estallido de madera, cambias la noche por el día. Guárdame en tu casa con exclusión de cualquier otro perro. Y tú, Angélica, la cocinera, divinidad muy buena y muy grande, te temo y te venero con el fin de que me des mucho de comer.

XIV

     Un perro que no tiene piedad de los hombres y que desprecia los fetiches reunidos en la casa del dueño lleva una vida errante y miserable.

XV

     Un día, una jarra agujereada, llena de agua, que cruzaba el salón, mojó el suelo encerado. Creo que a esa jarra indecente le pegaron en el culo.

XVI

     Los hombres ejercen este poder divino de abrir todas las puertas. Yo no puedo abrir sino un pequeño número. Las puertas son grandes fetiches que no obedecen a gusto a los perros.

XVII

     La vida de un perro está llena de peligros. Y para evitar el sufrimiento, hay que vigilar siempre, durante las comidas, e incluso durante el sueño.

XVIII

     Nunca se sabe si se ha actuado bien con los hombres. Es necesario adorarlos sin intentar comprenderlos. Su sabiduría es misteriosa.

XIX.

     Invocación. Oh Miedo, Miedo augusto y materno, Miedo santo y saludable, penetra en mí, lléname en el peligro, para evitar lo que podría dañarme, y con el temor de que, al arrojarme sobre un enemigo, pueda sufrir con mi imprudencia.

XX

     Hay coches que los caballos arrastran por las calles. Estos son terribles. Hay coches que van solos y bocinan muy fuerte. Estos también están llenos de enemistad. Los hombres andrajosos son odiosos, y también los que llevan cestas en las cabezas y los que ruedan toneles. Yo no amo a los niños que, buscándose o huyendo, corren y dan grandes gritos en las calles. El mundo está lleno de cosas hostiles y temibles.

©Todos los derechos reservados. Desarrollado por Centro Informático Millenium