Página dedicada a mi madre, julio de 2020

Traducción

Piel de alma

Versión febrero-abril de 2022

A A.G., a M.C., a M.S. y a D.V., filósofos.

NOTA INICIAL: Catherine Pozzi (1882-1934) no logró terminar este libro, aunque trabajó en él durante los últimos veinte años de su vida; se publicó en 1935, Éditions R. A. Corrêa, y en 1990, Éditions La Différence. El título con el que se refiere a él en su Journal es De libertate, pero finalmente adopta el título actual, que remite al de un cuento de Charles Perrault: Peau d´âne.

Algunos de sus poemas se encuentran en edición bilingüe en Catherine Pozzi – Poemas. (eldigoras.com)

* En algunos párrafos del prólogo, se ha optado por sustituir el VOUS del original (destinatario primero del texto) por la primera persona plural, dado que la tercera persona singular creaba ciertos equívocos.

*  Mi agradecimiento a M.C.O.L que amablemente ha respondido a todas las dudas que le he planteado sobre el original.

***

.

«Y en fin, el idealismo mágico…»
NOVALIS

PREFACIO

He escrito este libro para todos,
sabiendo que nadie lo leería.
Esto explica su lenguaje
y su tema.

.

PRÓLOGO

«¡Pasen, pasen, en el nombre de todos!»
JULES ROMAINS

¿Quién escribe esto?, no es nadie. El que tiende a no ser nadie; del mismo modo usted tiende a ello, obsesionado, sin embargo, por un aspecto adherido a un nombre, pues al final de todo no es al superhombre al que quiere la vida, sino al yo-no-me quiero. ¡Qué hermosura este ángel sin rostro!

No obstante, Persona, fracción aproximada, en vano se retira, diferencia tras diferencia, complacencia tras complacencia, error exquisito tras orgullo, en vano arroja sus fotografías, en vano borra su nombre por la inicial y ahoga el estilo de las palabras del altavoz: aún habla alguien.

¡Haga que Persona no sea nadie! ¡Saque de sí mismo todos esos discursos!

Si usted es un joven, Persona es un estudiante; si es un adulto acomodado, Persona es un acomodado mejor que comparte; si es una joven, Persona es una bailarina que hace que baile el secreto del mundo, eso se hace mucho. Si no es acomodado, Persona es un desesperado. Si es una mujer, Persona, con las manos blancas de la física y las manos negras de la química, le ha buscado el amor.

.

«Pero el más sabio de entre vosotros no es más que algo discordante, un híbrido hecho de una planta y de un fantasma.»
NIETZSCHE

Usted está lleno de propósitos para hacer que florezca el Futuro, y que este se extienda y cubra la tierra, y el futuro sería usted, y usted, más alto: el manual lo escribe, se sube. El superhombre está en todos los campos, está al final del hilo o al final de la película que se despliega hacia él, es el sentimiento de la conciencia, pues entre la edad media y esta edad ha cambiado el extremo del Paraíso.

Quizás este juego fatal se repita. ¿Dónde están los hombres?, todo el mundo desciende.

«… y, sin levantar las manos vanamente implorantes hacia un cielo vacío, seguiremos, a través de las Fuerzas indiferentes, hacia un Porvenir quizás igual al mayor de nuestros Sueños, un camino que aún nada parece tener que detener.»
JEAN PERRIN, Física

Todos animales.

No se trata de la parte de usted digestiva, de la que respira, excreta, se reproduce, circula: ni que decir tiene que ese es un perro, un buey, un gusano, un mono, un pollo, el resobrino del pez, el hijo del resobrino del molusco, ¡y viva el Progreso!, aprendemos que somos animales; el sabio padre jesuita lo acepta, en ello no hay ofensa: el progreso es un buen billete para usted, que solo tiene un sentido, que lleva a las vacaciones; el Progreso, viaje sin retorno. ¿Quién no acepta que salió de lejos?, ¿quién no se ha vanagloriado al verse despierto, bajo el sombrío sol del pasado, en esa cosa verde cuyo débil deseo contenía los siglos y su rostro? Entendámonos: no existe ni siquiera un hombre que crea que su raza pueda regresar a los helechos. Sin embargo, no es hoy cuando usted es humano: era ayer.

Era ayer cuando planteaba, como hacen los hombres, una pregunta que no sirve para nada.

Mañana, de ningún sistema nervioso abstraído del mundo un instante, ninguna voluntad dirigida en sentido contrario al todo surgirá para extrañarse de su existencia. Ya no hay más cuestión humana que la del recién nacido: aún es un grito. Pero no podemos equivocarnos en ello: ese grito contiene la pregunta.

«ALGO me hiere y me molesta, ¿qué es? – ¿con qué derecho ALGO me molesta, no es yo

Un escándalo está en el origen, llamado lo otro: «El Universo», para haber extraído la pregunta de lo Real de los vagidos que oye una nodriza; es a esas personas políticamente desinteresadas a las que es necesario, ay, abandonarles la función de Espíritu. Pero estas no tienen este lenguaje y, cuando el pequeño llora, nunca dicen, sin razón, que se trata de Mí y del Mundo.

.

En alguna parte, en algunos lugares aún no alcanzados por el estrépito, los metafísicos continúan planteando bien la cuestión humana, preguntándose por «lo que es real» en términos convenientes, es decir, oscuros; y se encuentran, con menos pasión y un acento más débil que el recién nacido, frente a las dos mismas Existencias, una de las cuales molesta a la otra.

Pero el pinchazo del alfiler que se hundía en sus primeros pañales está lejos, y la existencia de Ese-que-no-es-yo se debilitó. Ya no es intelectualmente decente creer en ello; el-Otro-con-respecto-a-mí no está de moda entre los pensadores, el Universo ya no se lleva, se lleva el YO. Incluso el YO puro, el desnudo integral. El Universo sería una niñería, y las razones más serias harían que se dudara de su realidad.

Es así como uno de esos espíritus a los que reverenciamos leyendo este cuento casi en verso, le contestaba con mucha tristeza: «¡Pero, querido, se permite el universo!…»

Y el cuento habría tenido que comenzar así: Historia de la cuestión humana que ya no será planteada. –

*
**

«La naturaleza copia al pintor.»
OSCAR WILDE

EL PRIMER ASALTO ES PARA YO

«Necesitamos lo real, aunque ya no existiera en el mundo»…

Pues bien, he aquí. Que el universo exista o no, no les interesa a los comerciantes de coches, pues siempre habrá bastantes universos para rodar por encima o para simularlo. Pero es muy importante para los pintores, hijo mío.

¡Y qué decir de los literatos! Sin universo, están solos; no pueden hablar legítimamente de nada, le-gí-ti-ma-men-te; da-dá.

Es necesario, pues, decidir lo antes posible acerca de la existencia del Universo, antes de comprar un Juan Gris que solo pinta YO, o leer a André Breton.

Esto es grave; no se escabulla, no se contente sin reflexionar; no mire el Universo sin razón, a pig in a poke.

Tarde o temprano habrá que tomar partido. No se deje vivir en un universo dudoso que acepta a medias.

Desgraciadamente, no cree que esto sea urgente, el Universo le parece ciertamente inatacable; no compra cuadros de Braque, de Gris, no lee a André Breton. Pero lee a Léon-Paul Fargue, lee a Joyce, y estos escriben palabras sin universo correspondiente, lo que se hará cada vez más: macarelas, pitalolas, palabras-YO; pero quién sabe qué obrero hace, quién sabe dónde los poemas de la Revolución en los que YO subsiste solo (incluso si es un YO-NOSOTROS).

El siglo XX es muy malo para el Universo.

En el XIX, en cambio, el Universo estaba allí un poco: gordo, del color de la manzana sólida, marino, monstruoso, feliz, la materia de Maupassant, la materia al modo de Zola. Coubert tampoco tenía dudas en cuanto a su existencia. Sin embargo, sin embargo, Baudelaire dudaba. Como crítico, tenía que dirigirse a los pintores, y era la época en que los pintores amenazaban con volverse inteligentes. (En el presente, todos lo son: esto es justamente lo que adelgaza el Mundo.)

Así pues, Baudelaire, estudiando a un pintor realista, lo caracterizaba con esta frase: «Quiero representar las cosas tal como son, o tal como serían, suponiendo que yo no existiera… el Universo sin hombre». Suponiendo que no existía en modo alguno, ese realista se ponía diligentemente a trabajar y pintaba lo que tenía ante sus ojos: el azul del cielo, los árboles verdes, pero se prohibía el dragón y la quimera, estos no eran «verdaderos». Aparte de tales invenciones artísticas, nada había cambiado, estábamos ante el mismo Universo – excluido el dragón.

¡Qué quimera!

También el poeta y crítico repetía al revés: «Para hablar con exactitud, en la naturaleza no hay ni línea ni color. Es el hombre quien crea la línea y el color. Son dos abstracciones que sacan su [misma] nobleza de un mismo origen.»

El término «abstracción» estaba lindamente mal elegido. Pero, gracias a la fisiología, era muy necesario reconocer desde antes de 1860 que las sensaciones no eran sucesos científicamente indiscutibles… Es así como Baudelaire, dudando a medias sobre el Universo, dejando aún que persistiera, le retiraba la línea y el color que el materialista siglo XIX, sin embargo, tenía la obligación de devolverle a su Opuesto, a la otra Existencia cada vez más exigente, a YO.

La historia de los asaltos de YO sobre todo el resto es una historia extraña: es muy simple bajo una falsa apariencia de complicación. YO solo se ha dado cuenta de que sus sentidos le engañaban, de que su testimonio no era excelente; ahora bien, al ser sus sentidos la única garantía de la existencia del mundo, YO rechaza al mundo como en una trampa que se tiende a sí mismo.

Ha ido tan lejos, que hoy está completamente desprovisto de universo.

Si este cuento fuera filosofía, pero ¡librémonos de ello!, es aquí donde los nombres de las personas sutiles se situarían, quienes, por el honor humano, planteaban asiduamente la cuestión que ya no se planteará.

*
**

El rey Menandros, que se llamaba Milinda en la India, Protágoras, saltemos algunos siglos, Berkeley, el obispo inglés, tan molesto por su pregunta, que la escondió en un cuento sobre el alquitrán, Malebranche, que decía: «De la idea que tenemos de una cosa, no se sigue… que esta sea conforme a la idea que tenemos de ella» (él todavía no mataba la cosa, la volvía dudosa); Descartes (haga el saludo militar), que creaba a un YO-DIOS, y el Universo ya solo era una Extensión para su trasero; Kant (¡Oh!, un síncope a Maurras), que, el primero entre estos señores, escribió que nunca ningún sentido le presentaría a Yo el Universo.

Y en fin Husserl, que enseña ahora que «el objeto se constituye en el interior del ego», e Ivanov, que, en un rincón de una habitación de Rusia, escribe su ilustre carta a su amigo: «El mundo exterior es una ilusión o un sueño: evidentemente no existe.»

Esta vez, el Universo es absorbido.

Fuera cuento, fuera objetivo.

¡Cuidado!, abramos los ojos. Entre un siglo y otro, hay un juego de prestidigitación: nos han quitado el mundo, es necesario volver-a-tenerlo. Quizás no sea tan difícil.

Respiremos.

No habría Universo porque los sentidos son infieles: para ser sinceros, YO no cree en los testimonios indirectos. Dado que YO tiene un testimonio directo de sí mismo, porque YO piensa, y dado que no tiene necesidad más que de sí mismo para pensar, incluso si pensara que sueña, está tranquilo con respecto a su propia existencia.

.

EL SEGUNDO ASALTO ES PARA EL MUNDO EXTERIOR

«Mis ideas me resisten.»
MALEBRANCHE

«Estoy convencido de que a las especulaciones más abstractas del análisis les corresponden unas realidades que existen fuera de nosotros.»
CHARLES HERMITE

La Idea, no soy dueño de ella,
Está en el hombre, en el aire
O en el éter,
La encuentro, la sirvo,
Ay, le dirijo plegarias
Y la pierdo.

Pero ¿YO piensa?

No es tan seguro. Lo que le da a YO un billete de vida, un tique de realidad, ¡entre!, ¡entre!, no es «pensar».

Pensar, quizás, no necesite a YO.

Este quizás es penetrante. Quizás piense como llueve; los inventores lo saben, pues ven su misma verdad descender a la vez sobre puntos distantes. Ahora bien, si piensa a través de YO como si lloviera sobre una esponja, YO no es totalmente existente, YO apenas se mantiene en pie.

No es el pensamiento, es el sentir lo que necesita a YO: y para sentir es necesario que sean dos, querido maestro. No se turbe, el otro quizás solo sea una mesa, o una piedra, o el primer pinchazo que se encuentra muy lejos de usted. El otro es el resto; es todo.

SIENTO-LUEGO-SOY

Rechaza la mesa, esa apariencia; rechaza la piedra, esa concepción; rechaza el mar y los montes. ¿Y luego? Se los devolvemos. Pero no dejaremos que nos quiten el Universo porque todo está vestido por los sentidos. ¡Qué desgracia! Llaman a esto «universo», a ese paseo literario; creen que dialogan sobre el mundo exterior.

Creen que solo ellos existen, pues no creen ya en sus ojos.

¡Ah!, si este cuento le aburre, si tiene otra cosa en la cabeza, sígala, se trata de todo, y todo lleva a usted.

Que la salida haya tenido lugar en la calle de La Boétie no hará que nos equivoquemos de objetivo; siga un poco si no quiere desaparecer y tenga cuidado con la pintura. – Precisamente son los pintores los que rechazan el Universo. Y ahora, un pequeño esfuerzo.

*
**

«Es un largo camino el que Braque ha recorrido desde la etapa negativa del cubismo hasta su obra de madurez. A la proscripción de la realidad derribada le sucede ahora la creación poética de lo real.» ¡Que nadie salga! No se deje intimidar, Carl Einstein no ha tenido tiempo para dejarle su modesto texto, pero ahí está todo. Carl Einstein no es el físico, sino el crítico, que está tan lejos de la física como puede estarlo un filósofo.

He aquí la traducción para quienes no se preocupan por la filosofía.

El cubismo representa el estado de la pintura en el momento en que el testimonio de los sentidos comenzaba a ser generalmente rechazado, por tanto, allí donde YO sentía el derecho de «ver» el universo tal como quería.

Este universo que era la consecuencia, parece ser, de un falso testimonio, es la «realidad derribada» de la frase anterior.

Universo nada. El pintor Braque sustituye este universo falaz, nuestros árboles, nuestros montes, nuestra nariz en medio de nuestra cara, por la «creación poética de lo real», es decir, por su propio universo, completamente inventado. De ello se deriva, de ahí en adelante, que es YO quien hace el mundo, y YO no es el de los sentidos «mentirosos», sino el YO del espíritu, el fiel, el querido. Su mundo no tiene ninguna relación con los sentidos, aunque por una injusticia horrible sean los sentidos, a pesar de todo, los que reciben los cuadros de Braque en plena cara.

«Creación poética de lo real.» Nada de paisajes, evidentemente; nada de retratos; nada de cielos; esas ficciones pertenecían a la realidad derribada.

La realidad del espíritu es el ritmo; esta verdad que conocían los griegos y que no desdeñaban aplicar a la escultura ya no puede servir sino para trazar el arabesco que busca la naturaleza a la que YO le prohíbe que forme nada.

 

¿Ha notado en este asunto de la existencia o de la no-existencia del mundo la importancia concedida a los ojos? Espanta hasta qué punto pensamos por los ojos.

Es por los ojos por los que los hombres llegan al estado sentimental inaudito que llamamos «certeza». Por los ojos dudamos. A causa de los ojos no podemos ya ser cristianos: los fundamentos de la incredulidad no están en la razón, sino que están en las representaciones visuales de un pasado tan desplazado, que nos deja sin mirada.

(Convertirme no sería hacerme hablar como usted, padre mío, sino darme sus ojos; soy pez, soy marciano para ellos.)

Y ahora he aquí el Universo perdido por culpa de los ojos de esos señores. Pero seremos menos cándidos que ellos; el Universo no está fundado en la retina, querido. El Universo no es esta imagen que sirve para cualquier cosa.

No dejaremos que nos quiten el Universo porque veamos, en un ilusionismo del sentir, los emplazamientos mobiliarios o marinos, de lo artístico, de lo cotidiano, – llamamos «Universo» a otra cosa. ¿A qué? A lo que los sentidos ignoran y a lo que hace que sientan. Un no-man´s lans es el objeto de nuestro viaje.

*
**

EL PSICÓLOGO APUESTA Y PIERDE

Siento, luego el Otro existe; ese algo exterior existe, verdad de verdad; el sentido común no tiene nada que cambiarle a la seguridad de los sentidos, en efecto somos dos, eso es lo importante, precisamente, he aquí al señor que está encargado de concluir la unión de YO y del resto. Es para el psicólogo para quien la composición de las dos Existencias – cuya discordia le ha sacado al recién nacido su primera lágrima – es el asunto de un instante.

Ahora bien, este cuento, que no ha sido escrito por Persona, es arrojado al futuro a través de los vientos, pues el tiempo ha acabado por encontrar a la vez a YO y a otro real, al íntimo y al extranjero. A pesar de que, en el irremediable dolor, sepamos que para YO resulta vano; que él nada alcanza, que no siente, que no es sobre él sobre el que brilla el cielo, no es quien respira la rosa, no es YO quien hace las gamas del placer con los ojos del sol.

Que el otro sea electrón, mesa u onda, si YO vive solo frente al otro, está tan lejos de sentir como un muerto.

Y he aquí el secreto del ser: sentir prueba YO y el Universo, pero YO solo no puede sentir.

.

Sin embargo, el psicofisiólogo, a pesar del cuento y escarnio de la suerte, creía fabricar la sensación con el mundo exterior.

Cogía YO y el Objeto, – la Cobaya y el Hecho,- el Sujeto y el Estímulo.

El Objeto se correspondía con el Sujeto como la llave a la cerradura; el psicofisiólogo abría la puerta, y el Universo entra en nuestra casa.

 

I. UN MISMO CERO

«En el dominio del conocimiento, el error es de orden científico, solo la confusión no lo es.»
                                                                                               René QUINTON

«A perfect consistency can be nothing but an absolute truth.«
                                                                                                             POE

*

«Dirán: es una cartilla para lectores infantiles… «
Katherine MANSFIELD

ALGO estallaba, a lo que solo le faltaba, para ser ruido, un oído. ALGO aparecía, a lo que, para ser luz, solo le faltaba una mirada. El Universo enviaba signos y solo era signo; pero la vida no existía opuesta al signo, y hubo millones de años de signos perdidos.

¿No es esta su opinión?, es el Universo el que ha comenzado. El mismo auxiliar del laboratorio de psicología lo sabe sin haber pensado nunca en ello: es el Universo el que ha disparado primero.

¿Cuándo hubo un Sujeto opuesto? No se dice cuándo; era nuevo, y de la más fácil impresión. El Universo lo alcanzaba: ¡toma, un olor!, ¡toma, un rayo en el ojo!, ¡toma, el ruido de la tormenta!, ¡toma, lo duro, lo rugoso, lo dulce, lo glacial!

Tan bien, que, en fin, el Sujeto, si miraba dentro de él, veía doble la gran imagen sonora, ardiente, amarga, dulce, agitada.

– La primera edición del Mundo.

¡Ay!

*
**

*

«Todo conocimiento al que no le ha precedido una sensación me resulta inútil.»
GIDE

Esta historia muy lejana y muy lenta se renueva todos los días, lo cual es muy feliz para la psicofisiología.

Todo vuelve a comenzar todos los días para alguien; hay una continua llegada de recién nacidos: esta ciencia lo cree, el sentido común, también, y no hay padre o psicólogo que no asista a la primera impresión del mundo.

Uno,

Dos,

Tres, cuatro, cinco, seis, diez, veinte… cien… mil…

Primer signo, la luz, sensación primera. Segundo signo, sensación segunda, un contacto. A la sensación número ciento cincuenta millones, el recién nacido, sin duda, comienza a conocer. A los treinta años, esta suma se llama, si es delicado, «enriquecer».

Una larga costumbre humana de este funcionamiento tan fiel y tan general ha hecho que se admita que el Universo y el Ser vivo podían corresponderse, y que la distancia entre ellos era la más pequeña posible: tan pequeña, que podía ser franqueada en un segundo; tan pequeña, que podía ser colmada por una mirada.

YO no avanzaría al borde de YO sin esfuerzo, atraparía el signo del mundo como coge una mariposa: es un olor, un color, un sonido…

Bastaría con que el signo fuera bastante fuerte, mediano; por debajo de una cierta importancia, YO no lo atraparía, – y eso no tiene importancia. O el signo enorme caería sobre YO como un sombrero: su ser está lleno de ello, llena  su piel, y la psicofisiología mide.

*

«De un mundo desconocido extraían su voluptuosidad.«
LECONTE DE LISLE

Si los sentidos son un poco engañosos, la estimulación no es menos segura; al psicofisiólogo no le gusta el misterio, solo necesita un instante: «Siento el Universo. Es un asunto convenido entre él y yo.» – Pero no, señor, se calumnia. Usted es para ese Objeto com-ple-ta-men-te extraño. No ocupa el mismo espacio. ¡Mírese!

NO ES VERDAD QUE LA DISTANCIA ENTRE UN SER VIVO Y EL UNIVERSO SEA PEQUEÑA.

NO ES VERDAD QUE ESTA SEA FRANQUEABLE POR EL SER VIVO.

NO ES VERDAD QUE UNA SENSACIÓN PUEDA CORRESPONDERSE NUNCA CON UNA SEÑAL DEL MUNDO.

NO ES VERDAD QUE UN SIGNO PUEDA PASAR NUNCA EL UMBRAL SENSIBLE.

NO ES VERDAD QUE HAYA SIGNOS PERDIDOS.

*

«Pues es necesaria una de estas dos cosas: o aprendemos de los otros lo real, o lo encontramos nosotros mismos.»
PLATON

Siento, luego existo.

¿Qué hace usted para explicar esto?

Coge a un ser vivo, no impresionado. Lo expone al universo, y va a pasearse. Cuando vuelve, el ser vivo está lleno de imágenes, de colores, de música, de formas, de olores y de temperatura. Cuanto más lo exponga, más tendrá él.

¿Acaso hay seres vivos que no se impresionen? No. Los hay indeterminados, pero nunca completamente malogrados; los malogrados no pueden vivir.

No existe nadie sobre quien la exposición no produzca nada. No existe nadie que no sea alcanzado por los signos del universo que el psicofisiólogo llama graciosamente «estímulos».

El Universo de repente da en el blanco sobre el ser vivo, y este siente. Para usted, es natural.

Sin embargo, ¿qué es usted, usted YO? Quítese lo que no es usted, quítese su nombre, sus elementos, y queda una presencia que SE ve. En frente está la diversidad del peso ciego, las «cosas», el Objeto. Lo que llama Universo. Lo que es incapaz de ver. Ahora bien, con usted, que no es objeto, y con él se hace una mágica mezcla, y usted siente.

SIENTE: el universo se casa con usted.

Vamos, ¿encuentra esto natural?

– Todo el mundo encuentra eso natural; los profesores, también.

Ay, sí. Ay, sí. Pero si comienzan por aceptar lo inaceptable, esta correspondencia fantástica entre el Objeto que solo es peso y el YO que solo es voto, para que una fracción del instante resuene, ¿qué otro problema intentan resolver?

*

Había un problema: este.

La metafísica acepta la sensación sin detenerse en ella y busca, aparte de este misterio, a un YO que no se revela, sin desvelarlo; la psicofisiología acepta la sensación como un viajero acepta el tren, y cree que, al medir su velocidad, mide la causa del viaje; el sentido común acepta la sensación como si el Objeto tuviera el deber de proveérsela, y además gratis, y, aunque a la medida, todo hecho.

*
**

*

«Per non dormire…»
Gabriele D´ANNUNZIO

Casi nadie piensa en ello; pero, en fin, todos están de acuerdo para creer que en efecto tiene que existir una ley del sentir. Y sabemos que esta se busca en las Sorbonas.

Aislar una ley es observar unas condiciones, y las del sentir son evidentes. Demasiado, demasiado evidentes. La ciencia pasa de la evidencia, es un estado que no lleva a nada, un estado cerrado. Toda ciencia comienza por una hipótesis dirigida…

Pero las Sorbonas están cegadas por la evidencia: toman las dos condiciones necesarias y suficientes de la sensación, ALGO y alguien.

Y no hacen nada con ello.

Por tanto, es que esas condiciones necesarias no son suficientes y que el encuentro de algo y de alguien no produce un sentir en ningún caso, de ninguna experiencia, si falta un tercer término desconocido.

Y he aquí la hipótesis:

NINGÚN SER VIVO HA SENTIDO NUNCA UN PRIMER SIGNO DEL UNIVERSO.

*

**

*

¿Qué significa esta frase oscura?

Esto. Cojo a un ser vivo, no impresionado; lo expongo al Universo y espero, para ver lo que le hará el universo. ¡Maravilla de las maravillas!, el universo no lo alcanza.

– ¿Será, quizás, que el universo no ha hecho suficiente… ruido?

El profesor dice que por debajo de una cierta intensidad…

– Me habré explicado mal, entonces. En resumen: sujeto nuevo, Universo. ¡Universo, fuego!

– ¿Y bien?

– Y bien, nada.

Pero entonces, ¿por qué sentimos?

Hay un Sujeto; hay un Objeto; si, como intenta hacerlo entender, el universo yerra el sujeto, ¿cómo es que el sujeto es alcanzado?

– Y si es alcanzado, ¿por qué quiere que sea por este universo?

*

«Armarse con su propia sensualidad.»
SANTA  CATERINA DA SIENA.

El jardín de julio se extendía sin límites, pues los campesinos de esta región no elevan muros entre sus viñas, solo unos setos que tienen los pámpanos confundidos.

Un espacio de flores dividido por cuatro caminos derechos, donde dar cien pasos, dejaba volar la fantasía por cien hectáreas, de las cepas al cielo. Pero a sus pies, los amarantos, demasiado numerosos en cada tallo, redondos como mandarinas, con un abejorro en el interior, enviaban hasta sus rodillas un olor naranja; y en su mano el color de su sangre había hecho una sola rosa, y ella hacía más profundo el azul. Usted estaba sentado en un banco.

Eran las dalias lo que miraba, ellas se divertían ya en el otoño, estaban ya, esa mañana, en la fastuosa tarde; acompañaban ya con gritos abiertos las uvas que no estaban maduras, como en el canto de las vendimias pasadas.

De pronto comprendió los días pasados.

Resonaban bajo ese día, y no en su memoria; no estaban en su cuerpo, sino en las cosas, fuera, – mejor, estaban no se sabe dónde, entre las cosas y usted. No era recuerdo, sino sentir. Una fisura, una falla de tiempo, abierta más que en las entrañas de la conciencia, se reunía con un nuevo elemento, inagotable, turbación pura, donde los instantes pasados parecidos a este estaban prendidos.

Siento lo que ya he sentido.

Entonces ha pensado en la ley de Weber.

– ¿Qué ley de Weber? No he experimentado nada de eso. No estaba allí.

¡Oh, usted!, ¿qué importa si fue yo?, era un YO, y la historia es verdadera.

… Y entonces, ha percibido el pasado. (Este verbo y esta palabra nunca se han encontrado.)

En efecto, ante usted estaba el día, que nombraba una fecha, que tenía su edad; estaban, en efecto, la parra y el abejorro; y sobre el silencio lleno de cenizas ebrias y doradas, estaba, en efecto, la más alta nube que pasaba como una melodía de Schumann.

Pero esa cotidianidad terrestre, ese día de verano, no era nada, la magia no venía de su superficie, contenía más de lo que tenía ese día de julio.

No era la nube, tampoco la viña, el ala de oro, ni esas flores; y despertaba, nada más, octava tras octava precedente, otros cielos, otras flores, otros días multicolores que le cedían su color. Eran ellos los que se le mostraban como un signo, a través de un cristal encantado, – ellos, que todo lo teñían. Veo lo que ya he visto.

¿Qué le ha ocurrido? Hacía trampa, se salía del juego, sorprendía la verdadera materia: los universos engullidos recubrían a este. Consideraba este revestimiento del pasado en todas las cosas, que es transparente como el cristal, que es desconocido, que solo devuelve, cuando un corazón lo toca, el sonido que hace decir: «¡presente!», de los pies a la cabeza. En un latido de su corazón los días engullidos resonaban; su corazón era el que latía, los días eran inaccesibles, su corazón golpeaba el presente y el pasado vibraba. Latido de corazón tras latido de corazón, hacía que sus tesoros temblaran.

¿Estás ahí, Universo?

– Sí; me llamo «Ayer»…

En cuanto a la ley de Weber, esta dice que una impresión es más intensa si ha sido precedida de impresiones de su orden, y menos intensa, si impresiones de su orden son simultáneas. Ello sería aún una banalidad si Fechner no se hubiera servido de ello para buscar una ecuación del sentir, que al cabo de 24.576 observaciones estableció, y que es falsa.

Sin embargo, ese día, usted había pensado en Weber y en Fechner con ternura, pues estaba a unos centímetros de su secreto del mundo.

Sentir, sentir más. Sentimos más si hemos sentido. Sentimos lo que hemos sentido. ¿Cómo sentiríamos si nunca hubiéramos sentido?

¿SENTIRÍAMOS?

Un solo día sería agua clara, pero ahí se ha confundido el universo perdido: el agua suave, o bien amarga… ¡Hoy!,  te nombro «Ayer», y te hablo en verso.

Sí; y esos señores han buscado mucho lo que sería Hoy sin Ayer. La flor y nata de los profesores y un poco más: Herbert Spencer, Taine, William James… No entristezcamos a los seres vivos.

Hoy sin ayer, a esto lo llamaban sensación pura.

Incluso si era una sensación – en fin, usted comprende. Sin ayer, esta era pura, hiciera lo que hiciera. Desgraciadamente, era extremadamente difícil quitarle el ayer. En suma, que no se conseguía. Había que decidir coger a otro recién nacido; este, que nunca había sentido, partía de la sensación número uno.

Pero, aún más desafortunadamente, la sensación número uno era imposible.

Y si era imposible que una sensación fuera la primera, es que era imposible que un sujeto sintiera un signo del mundo que fuera el primero.

No hay para nosotros primer signo del universo.

Pues, como decía Perrault, «esta llave estaba encantada.»

*
**

*

«¿Cuándo se arrancará el velo
Que arroja sobre todo el universo una noche tan oscura?»
                                                                                             RACINE

Inclínese más cerca, hay un inconveniente: hoy no se siente. Nadie ha sentido hoy, no hay hoy para nuestro mundo. El primer signo venido de NO-YO es para las especies a las que no pertenecemos. – ¿Animales?, tampoco: «Animales» contiene «ánima».

La psicología cabalga las edades, y no lo sabe. Cree medir Hoy: Hoy, ¿estás aquí? Pero el recién nacido al que aguijonea duerme en milenios de atención, el recién nacido que coge como la primera edición, el recién nacido aglomeración, compilación. –

¿Dónde está hoy?, ¿en un tarro, con la ameba?, ¿junto a una jalea con patas, en el océano?, ¿bajo una sola célula, en su sangre?

No obstante, el recién nacido agitaba un débil puño furioso y se quitaba de encima un velo, ¿era de tul, según la apariencia, era de tiempo…? Había caído ahí dentro desde el vientre de su madre, y como un nadador inexperto flotaba sobre antiguas miradas y seculares rumores. Y la voz del psicólogo solo le llegaba con la resonancia de las voces de la Historia.

*
**

*

«… Y vertió frases sobre termiteros y hormigueros»
Léon-Paul FARGUE

El psicólogo se me acerca y me dice: «Lo que escribe no es divertido.

Sin embargo, corrija, por favor: es falso que ignore los estímulos (no se dice «signos») precedentes; pero estos no cambian nada en cuanto a que la sensación sea un hecho simple, como se establece en mis trabajos. Hay sensación cuando un estímulo de intensidad suficiente golpea los sentidos; la sensación depende de la intensidad del estímulo; un estímulo de intensidad suficiente siempre es percibido. Su asunto es propio de una novela.»

-Amén, amén, señor, ¿así es?, ¿el estímulo está en mi puerta, y entra o no entra?, ¿si no es bastante fuerte, se queda abajo, y me quedo sin conocerlo?

– «Hay un umbral de la conciencia, lo hemos establecido con Fechner. Si se tomara el trabajo de leernos, sabría el mínimo de intensidad que debe tener un determinado estímulo para ser percibido, para atravesar el umbral.»

Oh, señor, no le he leído de modo extensivo, pero lo respiro, usted es estadísticamente millares de individuos, lo único que tiene de más es un dinamómetro. Es el sentido común, está tan acostumbrado a estar vivo, que no comprende nada de ello. Dice que el estímulo golpea el nervio, y que la conciencia está al final del nervio, completamente al final, ¡no en la antecámara, ni en la galería del quinto! «Golpee fuerte». En efecto, es verdad que cuanto más ruido hace el universo, con mayor certeza abre la conciencia. Eso le ha engañado; no encontrará el secreto del mundo.

.

La conciencia está tan lejos, tan lejos, tan lejos del mundo, señor, que nunca le abre la primera vez.

Sin embargo, estaba cerca del secreto, profesor; ¡busquémoslo, pues, en su lenguaje!

He aquí la ley del umbral, de Fechner el ancestro: «Un estímulo solo es percibido si alcanza un cierto punto de intensidad. Por debajo de ese punto de intensidad, no atraviesa el umbral de la conciencia.»

He aquí el corolario peligroso que le ha perdido: «Para que la sensación aumente de intensidad, el estímulo debe aumentar de intensidad.» (Aspecto inocente del corolario peligroso.)

Y, tras haber usado el laboratorio a 24.000 pacientes (casi un sacrificio de aztecas) en la primera parte de la ley de Weber, he aquí, he aquí la segunda de la que hasta ahora nadie se ha ocupado: LA SENSACIÓN AUMENTA DE INTENSIDAD SIN AUMENTO DE INTENSIDAD DEL ESTÍMULO SI EL SUJETO YA HA SUFRIDO ESTÍMULOS ANÁLOGOS. Parece que eso se aplica a un catador de vinos. ¡Oh, profesor! ¿Acaso es una ley que representa ALGO que siente científicamente un asado?

*
**

«… Un cierto punto de intensidad…»

«Por debajo de ese punto de intensidad…»

«… Para que aumente, aumentar la intensidad…»

Así, la comunicación del universo con usted se reduce a una cuestión de intensidad: pero cree que esta intensidad que le permite percibir ALGO solo depende del signo actual.

La intensidad de lo que está ahí (sea lo que sea).

Usted se comporta humanamente, lo que es natural, y científicamente, lo que es más grave, como si lo creyera, cuando la ley de Weber en la que cree igualmente le demuestra que la intensidad del signo estimulador que va enseguida a ser quemadura, pinchazo, luz, peso, depende extremadamente de lo que no está ahí.

El universo brilla, quema, suena, existe en el instante (¡quién no lo supone!), pero no alcanza al YO con un puñetazo del instante (quién no lo iba a creer): en ningún caso puede alcanzar al YO en un punto en el que este aún no ha atesorado nada, lo que sería la sensación «pura». A quien está intacto no se le alcanza. Quien no está revestido de un depósito de signos precedentes no resuena.

Cualquiera que sea la intensidad del signo presente del universo, si ese signo no encuentra en usted un signo precedente, es igual a cero.

Si no admite que un único signo que viene del mundo, aislado de una suma de innumerables signos anteriores preservados, es igual a cero y no puede en modo alguno ser percibido, intentará constituir la sensibilidad sin esta suma precedente, – es lo que hace, – y fallará, que es lo que le sucede.

De este «mismo cero» depende el hecho de que anime al universo. Le desafiamos a que se vista de una sensibilidad, si no lo admite. Nada de azul, ni de rojo, ni de caricia, señor: se quedará helado, se quedará helada. Es necesario, para asegurar estas delicias, que funde su ciencia como las otras ciencias, en fin, sobre una hipótesis no verificable. Es necesario ir a las consecuencias de la ley que expone que la intensidad del presente es aumentada por un pasado similar, y eso es lo que ha verificado: es necesario que llevemos hasta el extremo las consecuencias del hecho más frecuente, es necesario que escribamos que sin pasado no habría presente.

La hipótesis no es verificable porque no existe sensibilidad alguna sin pasado: esta inexistencia nos permite imaginar literariamente que existe, pero nos autoriza a inducir científicamente, dado que una sensibilidad sin pasado es imposible, que no existe.

Y esta relación entre la inexistencia y la imposibilidad, para el hecho más vital que exista, conduce a un dominio tan existente como desconocido.

«Es usted la que tendrá un cero», respondió él.

En cuanto al sentido común, hacia cualquier punto de interrogación que se girara, aún no había comprendido lo que el cuento buscaba. El cuento le parecía embrollar una cuestión simple. ¿Sentir? En torno al sentido común, en efecto, había algo que sentir, había mucho que sentir, más de lo necesario, más de lo que se quisiera, tanto, que sin el cansancio y algunos venenos no habría habido medio de salir de ello y de dormir. Si estuviera en un medio de abigarrados colores, de ensordecedores sonidos, insidiosamente lleno de sabor, cuya blanda dureza solo lo sostuviera para asaltarlo, que lo agobiara con dulces invitaciones, con presencias poligonales y con neuralgia, pregunta imbécil, ¿acaso se podría dejar de sentir, con ese azul rojo verde pesado afilado frío agudo cálido dulce boom amargo lanzado en serie por el universo? Para no sentir habría sido necesario no entrar dentro, si se estaba dentro, nada que hacer. Si no está contento, no haga que los demás sientan aversión.

Pues el sentido común tenía tanta inclinación por el estímulo como el psicólogo, ya es decir. Y ellos dos no se consideraban separados de ese desorden cualificado sino por un cabello.

No obstante, los instrumentos de la física, controladores de los sentidos, y las negras tablas de la química, en el espacio, indicaban inútilmente que ni el cielo era azul, ni la sangre roja, ni el suelo duro, ni la nieve fría, ni la piel dulce, ni el azúcar azucarado.

Abandonado por el psicólogo, por el metafísico y por el sentido común, el cuento se detuvo. Para proseguir este camino. Ahora bien, el camino pasaba por medio de las circunstancias de la vida, todas incomprensibles: no podíamos comprenderlas porque sentíamos. Al final de este camino estaba la muerte: ya no sentíamos.

II. MI MAL, MI PLACER, MI TODO,
ES UN ASALTO Y HE AQUÍ TODO

*

«Cuando habla, nada crece»
Léon-Paul FARGUE

«Cuando se enfada, cree que piensa..»
Alphonse DAUDET

Las condiciones de la sensación son: un sujeto; un objeto, origen de un estímulo-signo.

Para la psicología, el estímulo-signo alcanzaría directamente la conciencia del sujeto y sería percibido si fuera de intensidad superior a un cierto valor; si fuera inferior, no pasaría el umbral de la conciencia.

Bastaría, pues, en todos los casos, con hacer crecer la intensidad del estímulo-signo hasta sobrepasar el valor límite: y sería percibido, sentido.

No obstante, la experiencia ha establecido que las conciencias que ya han recibido una cantidad (por lo demás, desconocida) de estímulos-signos eran de un umbral más bajo, eran más penetrables.

Pero todas las conciencias sin excepción, por herencia, han recibido un número (incalculable) de estímulos-signos del universo.

Todas las conciencias sin excepción tienen, pues, un umbral bajo ante el signo actual y, para que ese signo no pueda franquear absolutamente ninguna de ellas, bastaría con que ese número (incalculable) de signos precedentes no haya sido.

El catedrático perdió su dinamómetro en su barba y no respondió nada pues esto era hablar en su lenguaje. Y esto indicaba que el factor de intensidad de la sensación no era solo el signo presente, sino la masa precedente de los signos del mundo.

Sin embargo, para él como para el sentido común, esta Masa no importaba. Importaba en calidad de adorno, no importaba en calidad de Causa.

El sentido común y el psicólogo se comportaban completamente como si, una vez retirada la masa de los signos precedentes del universo, se hubieran encontrado de todos modos frente al universo. Pues, para el psicólogo y para usted, la percepción tenía la forma de un agujero.

Un agujero. Un anillo de espesor inapreciable que los signos de las cosas atravesaban antes de desvanecerse. (En contacto con los bordes, era el presente; por encima de los bordes, el futuro; por debajo, nada que retener.) ¿Adónde van los rayos que le alcanzan a usted?, ¿dónde están los olores? Y ¿adónde va la mirada hecha del signo de los rayos?

¿Al agujero, detrás de usted?

Coger, soltar. Coger, – soltar. Usted vive, espera, tiene, pierde. Sentir, olvidar. Lo que es el valor mismo, la importancia misma; eso a lo que está atento; lo que lo tiene prisionero desde sus vísceras hasta su vapor, – su valor decrece hasta nada y su importancia, como su corazón, no ha latido dos veces.

¿Dónde está? ¿Qué ha hecho con ello?

¿O qué ser vivo se encontrará en fin cansado de recibir sin retener?

Olvidar, sentir, olvidar, sentir. Cae, se deshace de usted a cada instante un sonido, un gusto.

……………………………………………………………..

… «Cuantos más estímulos análogos por causas análogas haya recibido el órgano en un tiempo precedente, menos intenso deberá ser el estímulo actual para ser percibido»…

¿Cómo aumenta el sabor pasado este sabor, si se ha perdido?

**

«En medio de ellas [las Parcas]  había
Un cofre en que el Tiempo ponía
Los husos de sus días,
Cortos, grandes, alargados,
Gruesos y muy
finos,
Como les gusta a los Destinos.»
RONSARD

Una condición de cuento de hadas, que por decencia mata a psicólogos, estaba en el origen del sentir: SENTIRÁS A CONDICIÓN DE HABER SENTIDO.

Hoy estaba no sabemos dónde, serpiente infinita, – no este rayo, no la voz de fuera, no el choque tan dulce del tiempo en tu cuerpo; estaba en otro lugar.

Lo que no privaba a la ciencia de las sensaciones de proceder como si algún estímulo primero, sin más, fuera percibido, con tal de que tuviera el acento querido: estimule y sirva caliente. El sujeto sentiría el objeto súbitamente, eso sería un fenómeno directo, el Todo-Presente recibiendo lo Todo-Hecho. Ahora bien, uno no era un YO más que la estatua de Condillac, el otro era un mito; y trabajos considerables, medidas de una precisión exquisita se aplicaban a este inexistente y a este imposible.

El Tratado del anciano catedrático no tenía en cuenta ayer.

Sin embargo, NO SENTIRÁS NADA SI NADA EN TI HA SENTIDO YA. – Ningún final en esta aventura.

Pero como cada uno quería un sentir original, completamente nuevo, un sentir primero, que sirviera una vez, que lo dejara a usted viudo, del que salir desnudo, los más hermosos textos confirmaban el triste manual para pensar, – y no detenían, ay, el hilado de la Parca. «Pero una súbita sensación era de inmediato tan intensa, que no la aumentaba enseguida ninguna repetición», escribía André Gide, a pesar de sus dos mil generaciones de padres.

Súbita.

El ingrato.

*
**

Es así como SENTIR, suceso surgido de la vida, cubriéndola, volviéndola loca, la había ocupado hasta el punto en que los seres vivos más atentos creían sentir por el simple hecho de vivir, cuando sentir era un prodigio, una victoria.

Sentir no era natural.

Por desgracia para la solución del problema, sentir se había vuelto natural. Al menos, para los hombres. Así pues, la biología, tan poco mística, tan evolucionista como sea, colocando en largas tablas las especies que suben desde la primera oscuridad hasta el día, hasta ese milagro que arrojaría un vegetal tranquilo, un alga, un champiñón, al placer, – pero desde el champi-ñón hasta el sentir la biología no dejaba de inscribir tiempos considerables, y esos tiempos eran la expresión y como la confesión científica de que la vida no tiene verdaderamente nada que la una a la sensación.

Y además el hombre, que no tenía que esperar, que sentía inmediatamente, para este el primer golpe era el bueno. El hombre no se asombraba de sentir, y no se asombraba de que su ancestro más extremo, bajo el vaso de un cristalizador, no sintiera.

«Mi primera sensación, decía el hombre, era de inmediato tan intensa, que no la aumentaba enseguida ninguna repetición.»

No obstante, la biología, al poner a Adán fuera de sospecha, había guardado la herencia, ningún hombre era el primero; y la primera sensación actual estaba en el infinito.

Es difícil saber si el hombre «desciende» (¿por qué no, sube?) de especies más simples; la cuestión queda abierta, no importa para la explicación del sentir. Lo que importa es este hecho, tan tonto como la caída de las manzanas: que ningún ser sensitivo es el primero en sentir. La caída de las manzanas le había asombrado al menos a un espíritu, lo superbanal se halla aquí.

Nada avanza pues quien rebasa la experiencia escribiendo:

Todo sentir actual tiene lugar en la carne que ha sentido.

Pero eso se puede escribir mejor, ¿y quién no sabe que el diablo sale de los términos señalados si se los ha puesto en un orden secreto?

Así:

«Para obtener ese fenómeno que se llama sentir, es necesario:
               un estímulo actual,
               una carne que haya sentido

O más aún:

un estímulo actual,
una carne,
cierto valor de sentir acumulado que cargue esta carne.»

Ahora podemos avanzar.

¡Más filósofos, ingenieros!, ¡mecanos, manitas!

Sentir es un asunto de contacto, eso no pasa en la gramática. ¡Hermanos, aquí! Es necesario que hagamos el montaje con lo que está asegurado, es necesario que salgamos adelante con lo que tenemos, sin los viejos señores, a la desesperada…

*
**

Una carne.
Un estímulo actual.
Una carga de sentir en la carne.
*

La carne en principio.

Pues bien, es protoplasma. Pero ¿qué más? Nada nuevo, los mismos cuatro átomos (H, O, C, N), a veces algún otro, pero estos cuatro ante todo, en disposiciones que no hemos terminado de contar, un puzzle abrumador. Están en otro lugar también, no carne, su particularidad en la carne es la de unirse en enormes moléculas. Mientras en una molécula de materia inerte apenas hay más de una docena (19 para las materias colorantes de anilina, es decir, que se repiten 19 veces tantas veces 19 como moléculas hay en la cantidad del producto), en la carne se repiten hasta ciento sesenta mil veces por molécula.

La consecuencia es que estas combinaciones son inestables en ciertas condiciones, más estables en otras: esto concierne a la vida y no al sentir. A su estado se le llama coloidal, se aglutinan alrededor de dos de ellos (H, O). Se aglutinan en una suerte de receta culinaria acuosa: la carne. La carne, puzzle de cuatro átomos que se pegan, repetidos en grupos de cien mil. Ninguna indicación de sensibilidad aquí.

El estímulo enseguida: es lo que viene del Objeto y turba al cuerpo.

Por ejemplo:

          Aria del estímulo
Hay amarillo de Kamtchatka
Y afilado en la valla
Hay sentido común, detrás,
Y donde no estoy, flama.
          Oh la la.

¡Pero no es verdad, tío Tomás!

No hay amarillo donde no hay ojo, hay frecuencias de puntos parecidos; no hay afilado sin tu dedo, sino números que vibran así; no hay perfume sin olfato, etc.

¿Qué hay?, lo ponderable que se da una vuelta, vea la ensalada; cantidad de grano que tiembla. Eso es el estímulo, lo que sientes.

Ahora bien, este grano lo es todo, puesto que la materia está hecha de granos. Dust. Polvo. La física lo sabe, y si la Biblia lo ha escrito, podemos explicar una biblia física por la arena perfecta del desierto que corría entre los dedos de los profetas; cada vez que la Biblia se case con la física las divorciaremos con diligencia, pues nos importa la estima de los colegas. Dicho esto, los granos y los subgranos que son el mundo ponen a los hombres frente a una situación extraordinaria.

Los granos no tienen color. No tienen sabor. No pueden rigurosamente hacer ruido. No son ni calientes ni fríos, ni pueden serlo.

Colega, agárrate, esto se vuelve horrible. Pongámonos todos a buscar el origen del encanto. Hablemos de ello lo más cerca…

Tengo calor, sin embargo, el cielo es azul. Oyes, sin embargo, el altavoz de enfrente; diferencias la sal del azúcar.

Pero los granos no son salados.

*
**

«Legousin a thelousin
A legousin ou melei moi…»
(Canción de griego antiguo.)

Escucha, estamos haciendo el tonto, dirán lo que quieran. Nosotros queremos comprender; para comprender, es necesario ver que no comprendemos. Avanza.

Hay materia, es grano. Eso, eso existe, sea o no introducido; y eso no tendrá nunca color, y nunca hará ruido. Sin embargo, apenas estamos, apenas estoy, – y no necesito ser Velázquez, ni Wagner, – es de color, es sonoro: es blando o resistente, dulce, odioso, encantador. Es estímulo. El psicólogo dice: «El estímulo», lo oyes.

Pero ¿dónde coge el amarillo este niño?, ¿dónde el sonido?

Jeanne compra una bola de azul y tiñe la tela; cree, por lo demás, que existe el azul en estado separado, en cantidad indiferente en la tierra; pero el azul no existe, al menos sin Jeanne y su prójimo; lo que existe es el grano, que nunca es azul ni sonoro.

Usted no parece creerme. Si no cree, como Jeanne, que el color sea una cosa, una cosa más que cubre a las otras con su película, cree, sin embargo, que el color está todo hecho en el rayo de sol. El tapón de la botella, el arco iris… Sin embargo, no hay más pruebas del arco iris que del Cielo. Cuando el grano estimula en usted una emoción azul, es tan extraño, tan poco grano, como si estimulara en usted la semblanza del ángel Gabriel. ¿Este lenguaje horroroso va a suscitar una réplica de la revista Études?, que envíe al físico con sus antepasados, no hemos dicho nada. Queremos saber precisamente dónde está el amarillo, ¡absolutamente! Pues no hay color en la materia.

Si el color está fuera de este universo, – nada de cielo visible; en otro lugar, impensablemente en otro lugar, – puede ser que sea allí donde el ángel es posible; entonces, Langevin y Picasso lo abandonan, eso se comprende.

Pero, como las demás cualidades son del mismo orden y tan ausentes del grano, resultarían pertenecer al mismo Otro lugar, con toda evidencia. ¿Qué otro lugar?

No nos estimulamos con esos estímulos, no están en el grano, única certeza. ¿Están en el Cielo de la revista Études? El  padre superior duda si aceptarlos, no es como el psicólogo,  no le atrae lo rosa, lo sonoro, lo dulce. No comprende nada de la última frase del Credo, ha nacido demasiado temprano.

Bastantes variaciones: lo expuesto.

*

Existe el universo grano de los señores Langevin, Einstein, y el universo músico. A todo el mundo le gusta más, el universo dos… ¿Hay que considerarlo un sueño? Estoy soñando dulce, estoy soñando do sostenido, la bemol; estoy soñando verde.

En absoluto, pues no sueño por mí mismo solo. Para soñar este sueño despierto, se necesita el grano. ¡Cuidado!, he aquí la cuestión. Y mi sueño verde, mi sueño do sostenido, se corresponde siempre con ciertos estados del grano. Admirable observación.

¿Qué estados?

Lo que hace el grano para que lo respire dulce, para que lo sienta pesado, para que lo sienta insípido…

El grano y yo somos dos verdades, dos realidades. En busca de la realidad tercera sin la cual no hay placer… Si dejas de lado la pregunta, estás perdido.

*
**

Para el sentido común no hay pregunta: el estímulo está en todas partes. Para el pensador, lo tienes, como tienes fiebre: tienes un acceso de amarillo, de penetrante, de agudo. Eso vuelve a decir que para unos el estímulo existe en el grano de materia, y para otros, en ti solo.

La primera opinión queda invalidada con tal de que sepamos un poco de física; la segunda lo es con tal de que sepamos mucho.

¿Es necesario que nos volvamos locos?, ¿abrir las puertas de la filosofía? Queremos vivir, ¡evitémoslas!

Vivir es MIRAR, comprender y recrear.

¿Qué te ha sido dado?, el grano y tú.

Repara, arregla, mira cómo eso puede tener calidad…

*

«Plantear el problema de un estímulo, es plantearlo para todos. Rameau lo había comprendido»
Ch. HENRY, Cercle Chromatique.

Es el grano lo que nos ha salvado. En fin, salvado a medias, nos ha dejado entrever el estímulo aún desnudo; o mejor, son algunos estímulos los que se han traicionado: el «sonido», el «color», la «temperatura»… Somos Champollion ante los jeroglíficos: le ha bastado una palabra conocida. Somos el criptógrafo ante el mensaje cifrado: si tiene una letra, lo tiene todo.

¡Y nosotros! ¡Ah, querido idiota, si tienes el do, tienes lo salado, si tienes lo frío, tienes lo afilado! Pues evidentemente basta con reunir los estímulos incomprensibles con los estímulos que se comprenden: estos responden por los otros; con la ayuda de estos, podríamos descifrarlo.

Y he aquí lo que se ha encontrado.

El estímulo sonido es la acción de los granos consagrados al silencio, pero lo que hacen para que el sonido exista, lo sabemos; el estímulo color es la acción de los granos incoloros, pero sabemos lo que hacen para que exista el color; pero sabemos lo que hacen los granos para ser glaciales o tibios, ellos que nunca son calientes ni fríos.

Dan..

¿Qué?

– Tres vueltecitas.

– Te burlas de mí.

– ¿Nos burlamos del secreto del mundo?, ¿y cuando se da la vida por el saber, no comprendes que es preciso hablar sin cumplidos?

El estímulo es un asalto.

*

«¡Oh, perfumes balanceados!»
Anna DE NOAILLES

Sería interesante reunir cada estímulo con lo que es en su origen; desvelar lo real. El estudio del conocimiento comenzaría entonces por una tabla:

Estímulo temperatura: efecto producido en nosotros por la velocidad de las moléculas del medio ambiente (calor, frío, eso no es dado por el universo).

Estímulo peso: efecto producido en nosotros por las duraciones de la vibraciones atómicas (pesado, ligero, eso no es dado por el universo).

Estímulo sonido: efecto producido en nosotros por ciertos valores del movimiento vibratorio de las moléculas del medio ambiente (do, re, mi, – ruido, – eso no es dado por el universo).

Estímulo color: efecto producido en nosotros por ciertos valores de vibraciones no ya de moléculas, no ya de átomos, descendemos, sino de corpúsculos singulares irradiados por los átomos (rojo, azul, eso no es dado por el universo).

Etc, etc, etc.

Reunidos así los diversos estímulos en una particularidad de la materia (y que esa sea, con diferencias de valor, siempre la misma, enseña lo que es el mundo al fin y al cabo), podríamos al menos intentar comprender cómo nos alcanza esta particularidad; pero la psicología no quiere estas investiga-ciones cándidas, ni ocuparse de los montajes, ¡manitas! Ella se ocupa de test. ¿Sabes qué es un test? Es hacerte recitar el alfabeto en orden inverso lanzándote un tiro de revólver entre los pies, lo que permite, en medio de un cálculo simple, establecer que eres un cretino.

Prosigamos el camino. Planteemos las grandes preguntas. El estímulo es un asalto, ¿cómo lo recibimos?

Esta búsqueda solo puede tener un final feliz si nos metemos en la cabeza la prohibición de no llamar nunca al estímulo por su nombre, como hace el psicólogo, ese niño. No decir nunca «sonido» o «color», «do», «pesado», «dulce»: es darse la solución, y esta es falsa. Llamar al estímulo como se quiera con tal de que el nombre no indique que ha resonado. Llamarlo «eso» si se quiere, o hacer que su nombre esté precedido por una duda que lo coloque en el futuro: «Quizás rosa», «quizás do», «quizás duro», pues en cada instante, antes de alcanzarte, no es rosa, no es duro, es una especie de anillo ondulante.

¿Dónde va el anillo? Es simple para todo el mundo: entra en contacto con los sentidos, y ya está.

Tan simple, que si esta opinión correspondiera a la verdad, el Universo sería el caos.

Por ellos mismos, los sentidos no pueden sentir; sin una carga precedente de sentir, al menos, eso no tiene lugar; no sabemos nada sobre si este suceso se realiza en algún otro Universo; como es de este del que se trata, tomaremos las condiciones de aquí:

Una carne de cuatro átomos principales, un estímulo, es decir, un asalto, y una carga extraña, inlocalizable, innombrable, que podemos llamar en neutro «algo ya sentido».

Algo ya sentido… es decir, lo inimaginable, lo gratuito, literatura, todo-lo-que-podemos-imaginar…

De lo cual deslumbrarse, sin nada que explicar.

*
**

Sin nada que resolver. Pues es un problema.

No nos lo planteamos, porque estamos en medio de la danza; incluso los autores de laboriosos trabajos no lo plantean; incluso la admirable paciencia del ANNÉE PSICHOLOGIQUE no lo plantea, – cuando desde la primera molécula hasta el último cuerpo de este Universo de desgracia, todo quisiera saber, pero ¿qué, señor?, ¿la distancia de usted a la nebulosa de Andrómeda?, ¿la acción del neumogástrico en el genio?, ¿por qué 1/2 mv2 se ha perdido? ¿Con qué rayo bombardear la clara del huevo? ¡Oh, hay un punto de interrogación por hombre y tantos investigadores como estrellas, y el Problema, entre las estrellas, sin cabeza-refugio donde ponerse!

Es demasiado simple; nadie lo ha enunciado.

Problema:

El color amarillo no existe fuera de mí,

La nota do no existe fuera de mí,

El calor, el frío no existen fuera de mí,

Etcétera… etcétera…

Pero:

En lugar del color amarillo hay 520 mil millones de kilociclos.

En lugar de la nota do hay 261 vibraciones por segundo.

En lugar del frío, del calor, hay cincuenta metros por segundo de más o de menos, frecuencia y velocidad de granos.

Y como no existe una cualidad, una sola en que yo no sea,

existe rigurosa, exclusiva, absolutamente: 1, 2, 3, 4, 5, etcétera. Y ocurre que exclusiva, rigurosamente cuando aparezco con 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9,

hago do, calor, azul, duro, blando, dulce, etcétera.

Puedo decir que una sensación es una danza de números; que los diferentes valores de la agitación de todos esos corpúsculos-números, y nada más que esos valores de agitación, me turban, me encantan, me deprimen, hacen que me queje. Pero no puedo explicar ese poder de la multiplicidad sobre mí hasta que ella dance, ni mi poder para transfigurarla. En fin, con 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, siento el mundo.

*
*
**

Aquí intervienen Jean y el fonógrafo.

Era hace mucho tiempo, éramos muy pequeños, el que te habla se las daba de listo, ha cambiado mucho.

Los primeros fonógrafos, de inscripción mecánica, eran reversibles; podíamos divertirnos grabando nosotros mismos la cera, cantando ante el pabellón, y luego oyéndonos. Jean no acababa de asombrarse, en lo que sobrepasaba al otro con toda la distancia que hay de la pregunta a la seguridad.

«Lo que no comprenderé nunca, decía, es que estas huellas hagan mi voz…»

– Es muy simple, veamos, respondía el listo, la membrana vibra, las vibraciones son sonoras.

«… ¡Desde luego!… «, suspiraba Jean.

Y tenía mucha razón.

*
**

La carne de Jean era el átomo insensible; el estímulo era un asalto… Resultado: la obertura de Los Maestros Cantores.

Jean no sabía nada de su propio polvo, y no se figuraba nada de un movimiento vibratorio; si se hubiera representado precisamente lo uno y lo otro, su asombro habría aumentado. ¡Una onda hace que unos átomos sientan! ¿Te das cuenta?

– Es que están vivos.

– ¿Cómo, vivos?, ¿acaso un árbol oye El Danubio azul?

– Se necesitan los sentidos… hummm…

Los sentidos serían animalitos muy malignos de secreción encantada, el animal ojo, el animal oreja, la bestia de tu nariz, la bestia de tu gusto comerían exclusivamente asaltos, los digieren en azul, los digieren en dulce. – Esta noción no es cien-tí-fica. Entonces, simplemente constatar: los sentidos, es decir, los átomos mecánicamente dispuestos, si reciben asaltos de cierto valor, escuchan la obertura de Los Maestros Cantores.

Sí. Pero… ¿En virtud de qué? Voy a confesarte una cosa encantadora: es que crees que el ingeniero sabe en virtud de qué; pero el ingeniero cree que el fisiólogo lo sabe, pues él no lo sabe; y el fisiólogo cree que el físico lo sabe; y el físico no lo pregunta.

*
**

Queda por mirar la CARGA.

En cuanto a la carga, sin embargo, estamos en la oscuridad. Una acumulación de sentir es casi tan vaga como esta invención que es tan poco explicable como clásica en la enseñanza: la asociación de ideas. «¡El club de las ideas!», no, nos hacen daño. Ven conmigo, Émile. Escucha un poco, la carga del sentir es lo que hemos sentido, ¿estás de acuerdo?

Hemos sentido el estímulo, esa no es la cuestión. Entonces, la carga del sentir es una acumulación de estímulos. Sígueme bien, esto va a funcionar: el Universo te estimula, ¿con qué?, ¿con lo amarillo, lo salado, lo agudo?, ya no lo crees, es 1880, es cucú. Envía su acción, menda, movimiento, eso es todo.

En consecuencia, la carga del sentir es materialmente una acumulación de movimientos, y si «movimiento material» te molesta, observa que, a propósito de cualquier cosa, dices que «no tienes el tiempo material», lo que aún es más fuerte (tan fuerte, que alcanzas entonces los cálculos más fuertes).

Al prohibirse cualquier imaginación gratuita, es necesario ver a un ser vivo así: es un edificio de átomos, los mismos que los del mundo; una vez asociada una Existencia móvil debemos preguntarnos cómo se encuentra, una vez acumulada, debemos buscar dónde se encuentra; está hecha de torbellinos.

Ahora el ajuste se va a volver muy enojoso para los pensadores, pues se va a volver preciso.

Admitido que existe en toda carne esta carga móvil hecha de estímulos pasados, hay un fenómeno más general, universal que da el modelo de funcionamiento de la sensación. Es la resonancia.- Física, tercer curso.

No se trata de ruido. La resonancia es solo el matrimonio perfecto (y por tanto, la suma) de dos formas semejantes de la energía. Para hablar claro: dos movimientos se pegan. Por ejemplo, dos péndulos de la misma  largura entran en resonancia; un columpio entra en resonancia con el impulso, si el impulso tiene la forma de su movimiento. Que si empujas un columpio cuyo movimiento tiene un cierto periodo, tu movimiento se pegará al suyo, si tiene el mismo periodo; el columpio «resonará», se tragará tu impulso como una foca el pan. Bien. ¿Sabes de dónde viene eso? Viene del gran principio de Maupertuis, de Hamilton, de Einstein, ay. Simplemente. Y en el fondo es triste, compañero. Eso viene de la naturaleza de la naturaleza, pospongo el momento de decírtelo, felizmente has volado al fondo del rincón, nadie sabrá nada. Es el principio de la mínima acción. Expresa una baja aventura, la de la materia, la de lo que ha sido: A LA MATERIA LE GUSTA VOLVER A COMENZAR. No a mí. El hombre cambia sus designios. Ahora bien, en el Universo, todos los designios parecidos se aman: es el mejor medio para no esforzarse: lo que está pre-hecho se hace.

Cualquier cosa ponderable (material) es así esclava, por la mínima acción, de la resonancia, al ser coalescente de dos movimientos que tienen la misma forma, es decir que no tienen, en cierto modo, nada que «hacer» para recubrirse.

Y eso sería el montaje del SENTIR.

Ante todo, incluso cuando su objeto está «inmóvil», toda sensación es un fenómeno debido a una emisión. Y es por eso por lo que su montaje es el de la resonancia. Circuito acordado.

La sensación ha permanecido como un prodigio insoluble a causa de la ilusión de la inmovilidad, eso no podía ser de otro modo en el tiempo de la física precedente; sin duda, la extrema dificultad de la física de hoy disculpa que la psicología de hoy no se interese por sus problemas; el gran Charles Henry solo, tenido por maníaco, trataba, ayudándose de sus conjeturas por fin adquiridas en los movimientos ondulatorios, de encontrar ALGO que en el cuerpo pudiera resonar con los signos del mundo.

Pero creía tener el derecho de representar al resonador como un elemento celular, es decir, exclusivamente ponderable, lo que supondría por un lado dificultades termodinámicas de las que no ha salido, y dificultades… mágicas, por otro lado, que volverán a encontrarse aquí. En todo caso, sabía perfectamente que el estímulo-signo, «eso» que hace sentir, es una pequeña forma danzante, y que sentir es resonar: poseer alguna forma que pueda danzar con… Sabía que todo objeto emite. No solo el radio, no solo el transmisor T.S.F: ¡todo objeto!

El signo de materia, la acción del número, la danza imperceptible revestirá toda animación parecida a ella. Y lo otro, la animación del circuito vivo, resonará; admitirá el encuentro, hará que este dure en el espacio disipándola. El signo del mundo es una forma, la última, o la primera, de todas, emitida por el movimiento de lo que se pesa, sea lo que sea. Nada está inmóvil, ninguna existencia que no emita fuera de ella su anillo extremo; sin embargo, el anillo es recibido: he aquí por qué se equivoca el agujero; ella reviste un anillo-hermano. ¿Dónde, hijo?, en Ti. ¡Te casarás con él, con el mundo exterior!

Su signo ondulante instantáneo, ese menos que nada, ese más que todo, es para tu corazón. Al menos se supone que ahí existe esta carga, carga acumulada que todo instante nuevo alcanza nuevo así como caería una piedra.

Hay una gravitación del sentir.

Lo que vemos es curioso; sin embargo, no estamos tranquilos. Se han alzado, de hecho, una Existencia y un problema; solo la Existencia responde a la pregunta que no planteábamos.

La existencia es el extraño crecimiento acumulado en cada uno y está hecha de asaltos danzantes que indefinidamente enviaba el Universo. Esta cosa-otra-cosa explica el acuerdo entre YO y las cosas: cuando una cosa escupe su asalto, este se pega, y ella suena – («suena» es un modo de hablar, no me dé patadas) – es el espasmo. Oh, un espasmo discreto, un esbozo, una aproximación de espasmo; en fin, una sensación sin cualidad.

¡Tú que te habías ido – o yo – a buscar el do, el azul, lo dulce!

El asalto-de-grano puede, en efecto, atacar los nervios, ¡ve mejor al laboratorio de fisiología!, pero eso resonará sin más singularidad que un péndulo: aunque se lo metas en el oído. El oído recibe n vibraciones, es YO quien recibe do. Pues bien, te lo digo, hermoso: sabes muy bien que el oído no recibe do, por mucho que lo digas en la academia.

¿Por qué?, ¿cómo? Pero el oído es grano, como tu teléfono; pues como él recibe el asalto-de-grano.

¡Ay!, hacer que se encuentren do y el oído es tan malicioso como hacer que se encuentren el átomo y los celos.

III. EL SILLÓN Y EL FOTÓN

*

«Les advertimos a quienes lean estos escritos que deben esperar encontrar, en muchos lugares, materias muy sutiles cuya lectura les podrá fatigar… pero que no puedo poner en el espíritu de los hombres sin que  ellos presten atención, ni hacer que la atención no sea penosa.»
BOSSUET

«Newton estaba persuadido, como casi todos los buenos filósofos, de que el alma es una sustancia incomprensible.»
VOLTAIRE

**

**

*****

«En general, los caminos por los que se alcanza un fin son tanto más inteligentes cuanto más improbables son.»
Charles HENRY

El alma es el sujeto del verbo «amasar». No sabemos nada más. No queremos decir nada más. No estamos ni en filosofía ni en religión; no presentamos una revelación; rechazamos absolutamente hacer que el lector vaya al cielo con un truco nuevo.

No buscábamos el Alma. Hemos tropezado con ella.

El Alma no era el fin…

*

**

El fin era explicar este bien, este mal, este momento que hace de mí su teatro, esta diversidad sobrecogedora que actúa donde estoy, en mi vida, este SENTIR, – esta resurrección segundo a segundo fuera de mí que se me ha impuesto, este azar, este placer; esta amenaza cuya posibilidad comienzo a conocer, este canto de mi carne que no puedo rehuir.

Mi pensamiento me resulta indiferente, lo evito, lo distraeré.

¡Pero cómo! Nada es capaz de distraerme de él; y si de pronto la resonancia de mi cuerpo me hace desgraciado, algunos venenos de algunas plantas la amortiguarán una hora o un día, pero mi música inevitable estará al final.

*

**

Me llegaban estas percepciones mágicas de todos lados. Contactos, luces, gustos; en cada latido de corazón era arponeada, y todo el tiempo me dejaba hacer e incluso ayudaba, – y el arpón es dulce. Son las turbaciones que el Universo me envía; es de ello de lo que dependo; son las causas que el psicólogo mide, los «estímulos».

Me han llevado al alma.

¿Cómo?

Solo porque ha sido necesario reconocer que el estímulo se volvía más intenso al amasarse, – y que, solo, no tenía ninguna resonancia y ninguna cualidad: era, pues, acumulado, luego, transfigurado, en alguna superficie desconocida.

El primer hecho, la psicología lo conoce, y procede desatendiéndolo.

El segundo, toda la física lo grita, y no se ocupa de ello.

En realidad, esta historia está fundada en una noción más precisa del «estímulo», de «esto», «esto» que es sentido. ¿Es amarillo, es agudo, es pesado, amigo mío? Lo creemos, pues vivimos; al menos, simulamos. Sin embargo, «esto» no es nada tan hermoso; en esta triste constatación descansa, además, la fenomenología; – el estímulo que alcanza el cuerpo, que lo hace reaccionar, que se acumula y forma en usted un doble del mundo, una masa resonante sin la que su mundo no existiría, viene en efecto del mundo, pero no es. No es humanamente nada; llamamos nada a uno, dos, tres, cuatro, cinco, aunque llegáramos hasta millones de millones.

Nadie ha sentido nunca quinientos veinte, aunque estos fueran mil millones, – y todo el mundo percibe el amarillo; ahora bien, el amarillo es quinientos veinte mil millones en periodos por segundo, frecuencias de puntos, de número innumerable, idéntico, inhumano, vano; y cualquier cosa que se reúne en tal agitación incalificable: un contacto, un color, (un beso, ¡ah, cállate!), un sólido, un perfume.

El estado verdadero del lugar que usted defiende de la muerte es el torbellino imperceptible del número de fuera: no obstante, alcanza, a golpes discontinuos contados por el corazón y el reloj, un torbellino espejo que no es su cuerpo, que se preserva desde hace siglos, y que hace su suerte.

Entonces…

…………………………………………………………………………………………

*

**

Julio Verne escribía historias que se han hecho realidad: tenía menos ayuda que este cuento, no tenía ejemplos ante él.

¡Gracias a Dios! La T.S.F. existe para que el verbo «emitir» ilustre un acto que viaja; e «irradiar» no se dice solo de la luna y del sol ante esos tubos que estallan lo penetrante y bombardean lo muy poderoso que no podemos mirar.

Emitir, enviar…

Lector, debemos preservarte. No te fatigaremos; quizás seas mi resobrino, un poco perezoso, un poco desafortunado, que quiere de hecho la manzana y no los trabajos.

Los lectores infantiles de Julio Verne tenían una atención más valiente que la tuya, oh, resobrino: estamos perplejos con lo que tragaban; pero tú, si te llevamos a la luna, necesitas que la carga sea ligera.

Te llevamos a tu universo, con precauciones de enfermero…

El Universo es materia-energía, más o menos como el agua es líquido y vapor. Esta imagen no es excelente; el señor Boll, que felizmente ha publicado la nueva enciclopedia, no dejará de señalarlo, pues elimina para usted, con un punto de exclamación en plena cara, a los amantes de la ciencia demasiado apresurados.

Sí; la emanación de la materia en energía tiene efectos violentos, incomparables a la del agua en vapor; y ni el grosor de los elementos en juego ni las velocidades se parecen tampoco, – no obstante, usamos la imagen por lo que tiene de común: basta con que sea parcialmente fiel; la parte considerada es el cambio de estado. Una sustancia se envía lejos de ella misma bajo una forma más sutil y se gasta; podría recuperarse. Que el vapor se haga de nuevo agua es ordinario; que la energía se haga de nuevo materia se admite, aunque no se dé ante nuestros ojos.

Vamos, no es necesario que vayamos tan lejos, resobrino mío. Lo poco que hay que recordar es que la materia, es decir, el grano agitado, se envía constantemente fuera de sí bajo la forma de otros granos más sutiles.

Pero, los primeros, los electrones, Dios mío, están ya en los salones. Los segundos son los fotones de la física ondulatoria.

Se agita el electrón, sale fotón; se calienta el agua (es agitar sus moléculas) sale vapor.

Pues bien, la materia se agita, valiente lector; te envía fotones a millones de millones, y los recibes en algún lado.

Estábamos en el «estímulo». Algo estallaba, a lo que solo le faltaba, para ser ruido, tu oído; algo aparecía, a lo que para ser luz solo le faltaba tu mirada: era energía; era solo energía, era necesario saberlo.

La materia existe; la energía te alcanza: cuidado con la distinción, (el señor Boll retiene, suspendido de un hilo, su punto de exclamación) sin que ellas dejen de ser la misma, (¡cuánto se parece la física, llevada a su extremo, a la religión!)

El punto se ha caído: observe que somos nosotros quienes lo hemos arrojado.

*
*

**

Que do sostenido sea energía, el lector lo quería de hecho. El estímulo sería energía cuando llega al oído; también cuando quema; y cada vez que pincha, empuja, rompe, estalla, pasma.

El lector, dulce, repetía: «El estímulo te alcanza.»

Es energía cuando eso se mueve, en fin; cuando eso me toca pero no se mueve es materia, pensaba el lector y todos tus hermanos y todas sus hermanas, – qué error.

La materia existe, no te alcanza; son sus actos los que te alcanzan cuando Ella se arroja fuera de Ella misma en el estado extraviado. Ninguna materia te ha tocado nunca.

«¡La toco!», insiste el lector.

– No, señor. Al menos, no como lo entiende. Aparte de su espíritu, ante todo, que algo no se mueve; pues si lo inmóvil existiera, usted no sabría nada de ello, por la razón suficiente, aunque extraña, de que no la sentiría.

Quizás sea un postulado; quizás haya un Dios ahí abajo; aquí, lo inmóvil no existe.

El objeto de la sensación es movimiento; y si los átomos del sillón no oscilaran un número calculable de veces por segundo, su trasero estaría precisamente tan inseguro de la existencia del sillón, como lo está de la existencia de la divinidad. Ahora bien, el movimiento no es la Materia: es su Palabra, si así lo quiere.

– ¿El sillón emite fotón?

Para emitir fotón, hijo mío, es necesario estar muy turbado.

He aquí el lugar en el que inscribir algunas indicaciones modestamente primarias, agradablemente superiores… ¡Escribo para Ti, alma mía futura! Lector, te he cansado. No sé si sabrás algo de lo real que la vida disfraza; pierdes tus oídos y pierdes tus ojos: la ciencia le devuelve su desnudez.

*
*

**

La materia no te alcanza nunca. Es una desconocida. Déjala donde está. Es lo que viene de ella lo que conoces.

– Pero ¿y el sillón?, ¿eso donde me siento? ¡No recibo rayos del sillón! Él está ahí, ahí, por mucho que diga.

– Oh, alma mía, tu trasero te engaña. Sientes el sillón por su energía, estás en contacto con su energía; nada tranquilizador que no se mueve te sostiene por abajo.

En cuanto al fotón, es un procedimiento. La materia tira con perdigón pequeño o grande; sus proyectiles son tan sutiles, que solo crees en ellos con dificultad, aunque solo ellos te hieren, – y lo contrario, ay.

Cualquier cosa, eso es.

La energía copia a la materia, su otro estado, está en granos irreductibles, o grandes, – en ese caso lo llamaremos «fragmentos». Y ciertamente «fragmento» no es un término excelente, pues hace pensar en la materia que precisamente la energía no es ya: sin embargo, decimos «fragmento de música»; es en esta acepción como hay que tomar «fragmento de energía».

Tenemos, pues, el grano de materia (electrón, positrón, protón, neutrón), y el grano de energía (fotón).

(El grano de materia constituye un grano por encima, el átomo, que los antiguos creyeron que era el último grano. No nos desviamos.)

Tenemos el fragmento de materia (molécula), y el fragmento de energía que no tiene nombre, o mejor, que tiene todos los nombres de nuestros hechos.

Ahora bien, como en los cuentos policíacos, este cuento tiene un buen final, que no hay que abandonar: un lugar de partida que solo lleva al lugar de llegada. El lugar de partida es el «estímulo»-

El lugar de llegada: explicar «yo siento».

El estímulo es grano o fragmento de energía. Se adquiere para la solución.

La diferencia entre el grano y el fragmento es simple: es la velocidad. El grano tiene una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, o cerca; el fragmento es más lento.

El grano de energía es el estímulo radiante, visible o invisible. Los fragmentos de energía son los estímulos-signos dotados de todas las velocidades inferiores: un choque es un fragmento de energía, también un ruido, un sonido, una temperatura.

Solo el grano de energía te llega directamente, arrojado por el dedo de un dios… «Aparece, pues, luz, la más hermosa de las criaturas…»

El fragmento de energía es indirecto. Se ha perdido cien veces antes de turbarte. Qué cuento, corazón mío.

*
*

**

«Su masa indestructible ha cansado al tiempo.»
DELILLE

¡En fin! ¡En fin, aquí está la puerta del jardín!, aquí está la manzana, querido sobrino, lee aún un poco.

Te he agotado, sin embargo, sabes que donde el profesor solo veía en ti decoración, hay una Masa activa, mucho más parecida a lo que contiene un acumulador, que a lo que presenta un álbum.

Ahora bien, esta Masa había sido puesta en ti por los movimientos del mundo, era su energía: el movimiento-sonido, el movimiento-color, el movimiento-dulzura. La blandura también, la dureza, el frío: y lo que parece cualidad inmóvil: la impenetrabilidad, el peso…

Para que sientas, es necesaria en ti esta acumulación precedente: una sensación es el efecto del contacto del instante con Ella.

Admira la pequeñez de lo poco que amasas como inmensa fortuna: la materia de una diez millonésima parte de miligramo de sal marina, esa nada, su movimiento te alcanza, y la energía infinitesimal que trae, apenas en contacto con la Suma parecida que te viene de los siglos, estalla en color y resuena «amarillo».

Una cien millonésima parte de miligramo de yodoformo por centímetro cúbico de aire, su movimiento te aporta la energía de un «olor» si alcanza en ti a sus semejantes…

En cuanto a la energía que libera, al límite de lo perceptible, el choque de una pequeña bola de corcho que pese un miligramo y que caiga un milímetro sobre un plato de cristal, el oído que esté a noventa y un milímetros «la oye» si se agita el pasado formidable hecho de los mismos instantes.

Entonces, gritemos lo capital: la energía se disipa siempre; ¿con qué, en qué, sobre qué la amasas a lo largo del día?

La energía directa parece ser absorbida de nuevo por el universo que la ha emitido: así los granos que constituyen la luz determinan las reacciones químicas; Perrin lo ha mostrado.

La energía que ya no está en granos, los «fragmentos» de energía más lentos, los fragmentos de acción en cuyo centro vives, son tan débiles, que el Mundo los vomita.

Los acumulas, hijo mío…

Es con lo que no cuenta para el universo con lo que haces el secreto de tu carne.

Todos los choques, todos los encuentros, los «perfumes», las «músicas», los «gustos», lo «penetrante», lo «punzante», lo «sólido», lo «pesado», lo «cálido», lo «sonoro», lo «dulce», lo que es para ti el mundo exterior, ¡es tan poco, corazón mío!

Y si un choque puede ser fuerte con respecto a ti, y un sonido, aunque sus velocidades no sean sino unos metros por segundo, si algunas veces hay que concederles, en relación a ti, alguna velocidad a esas demoras, si hay que excusarte por creer que un puñetazo en la cara o un concierto son más «fuertes» que el amarillo o el verde, – ve, toma el ejemplo del señor Boll, que es tan preciso y al que no le gustan estos versos…

El choque de la pequeña bola de corcho cae un milímetro sobre el plato; si su energía fuera absorbida (pero esta se pierde) por un gramo de agua, sería necesario, para que se elevara un grado la temperatura de esta agua, que el signo se prolongara durante doscientos mil siglos.

Estás ahí, cerca del agua, «la oyes» al instante, ¡esa nada espantosa!

La sientes, porque ella está de acuerdo con una suma agitada innumerable, y porque los signos están en ti y animan la nada, y porque no necesitas esperar para poner unos siglos delante.

Has constituido, cero más cero, un tesoro hecho de todo lo que pasaba; ¿cómo lo has hecho?

Los griegos llamaban al Mundo: «El Otro», porque cambiaba.

A la energía que no es sino la volatilización del mundo la llamamos «la Desaparecida».

Toda la física no es sino un drama en que el sabio busca a esta loca, evaporada abajo, cada vez más cerca del abismo desde donde no se la recupera. Toda la física evalúa la caída. ¿Remontará o no remontará? ¡Proserpina cien veces perdida! Y, sin embargo, ha encontrado su sitio y su paraíso muy estrecho donde no se sumirá más; te ha encontrado a ti, miserable TÚ.

*

«Un fantasma resplandeciente se presenta a su vista.»
VOLTAIRE

Número agitado, número pesado se emite; es sin cualidad, gris. Se emite con una gran velocidad y una gran fuerza en unidades irreductibles y directas; o con menos fuerza en expediciones más confusas y más «grandes», indirectas.

Apenas emitido, se aparta, se pierde, se hunde, nada lo recibe.

Ese número lo es todo. No hay nada más. Todo, pues, va a la nada.

Todo irá a la nada.

Sin embargo, existe una superficie de parada, no parece formar parte de este todo que se aparta de sí y se evapora.

Capta el número. Lo capta en la más extrema nada de su valor; lo preserva; hace de él sumas; y esas sumas terminan por tener un valor extremo, en el otro sentido. La superficie de parada se recubre así de número – el número que es energía del que no hay nada que decir y que no distingue sino por la forma de su movimiento.

No sabemos casi nada de esta superficie, salvo que es necesario que exista para que la acumulación sea posible. La llamamos Superficie, y hemos escrito que «no parece formar parte del Todo», lo que sería contradictorio, pues si es una superficie, está «en» el Todo.

Pero en verdad ELLA parece estar ahí y no estar.

IV. ESTO NO ES MI CUERPO

.

«Algún tiempo después, Voltaire se vio obligado a protestar contra otro defecto quizás mayor, la manía de escribir sobre las ciencias en prosa poética. Este abuso es más peligroso«

Advertencia de los editores de Kehl a los
«Elementos de la filosofía de Newton».

.

«Pero entonces, buen joven, está construyendo una escalera que lleva
a ALGO QUE, mientras lo hace, es incapaz de concebir.»
Tevijga Sutta del Canon Budista.

.

«Contemplo en esos signos puros
La naturaleza que actúa opuesta a mi alma»
GOETHE

.

«Todo se hace por figura y movimiento.»
PASCAL
.

La incertidumbre se dirige. Avanza para todos los que no tienen tiempo ya de ser Fausto. ¿Dónde estoy?

En un baño de materia granulosa que no es yo.

De lo-que-no-es-yo me llega un signo que estimula, que es un asalto.

Este asalto entra en contacto con una acumulación de asaltos que he recibido, que llevo, que no es mi cuerpo.

Llaman al signo «estímulo», es una mala palabra, que presume que el signo me está destinado, que hace que actúe ya en mi teatro; así Bernardin de Saint-Pierre creía que las pulgas eran negras para que se las cogiera en el lienzo blanco. «Signo» implica también una destinación y tendría el mismo error aquí (pues no es necesario que el término que sirve para buscar contenga una respuesta): la acepción verdadera de la palabra signo solo es «que indica la existencia de algo».

De lo-que-no-es-yo llega, pues, esta manifestación, esta emisión, este asalto, esta forma. ¡No escribas «onda» para no equivocarte!

No escribas onda, no sabes bastante, aunque se trate probablemente de un movimiento vibratorio: lo buscarías en las gamas conocidas, recaerías en lo mensurable extendido. Evita «estímulo», que está cargado de un grito, evita «onda» que puedes comparar, no añadas nada a LO que vas a transmutar… El signo, la emisión, el «quid» del que dirás «es rosa», fuera de ti, es número negro.

Escribimos «número» por rigor; seríamos más claros si escribiéramos «movimiento», pero entonces el pensador se levanta y grita que usamos el lenguaje humano: pues no sabe que, al ser los movimientos reductibles a valores enteros de la energía (-quanta-), son números. Que se quede sentado. Nada es más importante que estos movimientos, estos actos del número, del mundo. Pues hay una relación necesaria entre la «realidad» del mundo exterior para nosotros y sus movimientos vibratorios.

Dicho de otro modo: que YO conozco, no, siento, el mundo exterior porque vibra. ¿Entonces? Vibrar es enviar ondas, formas, «asalto».

El mundo emite asaltos, al asalto estoy acordado: poseo un asalto semejante, recibo este asalto del mundo; entonces, siento.

Lo recibo porque estoy «acordado», como un receptor, porque poseo el asalto precedente semejante; el hecho basta.

¡Pues bien! No.

Siento… ¿qué siento? Siento el asalto que viene a tocar mi cota de asaltos, rrrr.

Nada más. No sé qué ni lo que es.

Podemos llamarlo acumulación de asaltos precedentes, vestido de asaltos, cota de asaltos, sistema de signos que viste al ser vivo, «Piel de alma»; hemos comprendido por ello el mecanismo del encuentro grosero de YO y del mundo exterior; si queremos hablar de modo que el psicólogo caiga muerto, pero eso ya está hecho, ¡hemos comprendido «dzing!». ¡Alcanzado!

¡Ay!, esto solo es la mitad del problema.

.

¿Dzing enviado por Chopin?, ¿por Guerlain?, ¿por el sol?, ¿por los átomos que pululan en la mesa? No sabemos, Dzing no tiene identidad.

¿Qué dices?, ¿que soy oscuro como el otro que piensa, que pueden imprimirme en Alcan, que te largas? ¿No quieres ya saber lo que sientes?

Está bien. Haremos que lo escuches por los modos ordinarios. Vete a hacer el amor, vete, vete. Solo te pido una cosa: al final piensa en mí (detente antes de llamarme cabrón). Al final es «dzing».

Dzing, Piel de alma resuena entera, pero su resonancia no tiene nombre; la resonancia tiene intensidad; no tiene nombre.

– El nombre: … amargo, rosa…

Lo que es imposible no es sacar un espasmo del encuentro de YO y del mundo: es tan posible, que toda sensación es un espasmo reducido, – ¡luz, pum en el ojo! es un espasmo reducido. Lo que es imposible es sacar de ello un canto.

Naranja es un canto. Lo mismo, si tiene aroma de vainilla.

¿Entonces? Movimiento vibratorio del mundo exterior que envía asaltos; recepción del asalto en el ser vivo sobre un asalto semejante; espasmo-resonancia (tan débil como se quiera, del tipo nervio de rana); espasmo-resonancia, espasmo-acorde, sensación bruta.

La sensación bruta, es decir, la oscilación de un circuito acordado en el ser vivo en el instante en que la onda del objeto llega, está en el orden de todo.

Solo entre esta sensación sin nombre y una sensación humana que canta no hay, parece que no hay, paso.

Solo se puede escribir provisoriamente que no hay. Solo se puede escribir lo que se sabe: cuando el mundo exterior envía vibrando asaltos, el ser vivo entra en resonancia en medio de una masa acordada que aquel lleva – o que lo reviste -, la imagen importa poco.

En ese momento una sensación bruta tiene lugar: tan estúpida, que el magnesio que estalla lo da, aun tan débil como queramos.

Esta especie de espasmo sigue siempre a un contacto entre el mundo exterior y un ser. Es un fenómeno energético, que entra en la física conocida.

En cuanto a la sensación que decimos que canta, es provisoriamente imposible creer:

ni que ella corresponda a la misma emisión que la sensación ciega;
ni que ella sea recibida por el mismo… espacio.

*

**

Es un cierto imperceptible electro-magnético fuera de usted, en usted luz por colores divididos; es la energía cinética del pululante medio en que se mantiene, en usted temperatura; son frecuencias elásticas del discontinuo que lo rodea, en usted sonido; es orientación de puntos reunidos por cadenas, en usted, sabor; son núcleos de fuerza en el vacío, para usted lo sólido. Es siempre el impulso que trae lo móvil sin cualidad.

El instante no propone nada más. El instante no es color ni calor ni sabor ni sonido que llega. Fuera de usted estos signos no están nombrados. Son multiplicidades de unidades, impulso de origen desconocido; son danza de puntos, y el paso de la danza y la cantidad de los danzarines, – y las figuras de la danza, si usted estuviera ahí, tendrían un nombre hecho cuerpo.

Usted es necesario. Sin usted los movimientos son sus ondas, los signos atraviesan el mundo, ninguno es caliente, ninguno es duro, ninguno es do, ninguno el azul…

El sentir es la transformación de esos movimientos en cualidades (¡hola, filosofía!)

Donde se produce esta transformación, SENTIMOS.

¿Dónde? No hay más problemas.

*

**

Sé que los signos emitidos por lo que está fuera de mí siguen en mí a sus precedentes por efecto de la ley del mínimo esfuerzo que llamamos también gravedad, lo que explica la resonancia.

Sé que el signo recibido no se pierde, que él no me atraviesa como atraviesa al resto de la tierra, puesto que, aunque pasado, refuerza el signo que me llega. Se acumula, pues, en el lugar que lo recibe, en mí. Así se constituye una Masa particular, masa de actos emitidos por el mundo, movimiento de formas diversas que tengo, no sabemos cómo, no sabemos dónde, la capacidad de preservar.

Estos movimientos eran los de lo ponderable; todo movimiento de lo ponderable se reduce a un cierto valor de la energía; – el signo recibido, la masa que agrava son energía, lo sé.

Sé que la sensibilidad es un hecho que solo se produce donde tales acumulaciones existen: todo signo nuevo resuena ahí, es decir, los agrava y luego está encantado.

Hay en mí una Masa embrujada; lo que la alcanza brilla y grita.

La he amasado viviendo; la amasamos desde Adán. Sin ella el signo aislado no es sino una debilidad que no vive; se pierde si no la alcanza; no es, si ella no lo detiene, sino una nota que no resonará.

Hay en mí una masa de signos transformada, una materia mezclada de poder, una cantidad que ha hecho el amor con la vida, una medida sin memoria de instantes de universos acabados.

.
.

«… Pero decir cómo, eso es inútil, y de otro orden.»
PASCAL

El movimiento de las moléculas de la atmósfera se ralentiza: un signo.

Me alcanza: tengo frío. Qué transmutación, qué paso. Fuera, solo es un movimiento: allí. Lo he cambiado. ¿Por qué?

Lo he recibido. ¿En qué? ¡En mi materia! Sería demasiado simple: entonces, la tierra sentiría.

¿En mi cuerpo?, pero es tierra.

¿En un espíritu?, qué sé yo si existe. Si existe y no es tierra, ¿lo tocaría la tierra?

La tierra es en sí misma insensible, se atraviesa de parte a parte; ni se opone a ella misma para recibir.

Y si el espíritu tiene la potencia, ciertamente no tiene el poder.

El movimiento alcanza a la Masa precedente.

La transformación del movimiento en calidad se hace al contacto de la acumulación precedente preservada: es ahí donde se ha elevado, ha superado un nivel, ha franqueado un umbral, – a un lado, es número, al otro, es día.

Esta Masa opuesta al mundo, de la que hasta ahora no se ha notado que exponía una suma, algunos creen que es su cuerpo, otros, que es su espíritu.

La COSA que eleva lo real sobre el nivel en que es exclusivamente número, la masa vibrante en que quinientos mil millones de kilociclos van a resonar y después van a volverse amarillo, la ciencia lo admite, y el buen sentido, que es el cuerpo.

La ciencia lo admite, no sin admitir que ahí hay un desconocido: pues sabemos fabricar moléculas de proteínas sin que ninguno de sus constituyentes se reduzca a la sensibilidad, y si hacemos aparatos de sentidos, un Kodak no ve. Nada en la química ni en la física muestra el elemento de esta transformación extraña. Ha sido necesario sustituirlo por una PROPIEDAD como hacíamos en los tiempos oscuros para explicar que el fuego quemaba, y la ciencia les da a las moléculas proteicas organizadas en sistema la «propiedad de sentir» como antes le daba la propiedad de quemar al flogisto. Pero el elemento que es para la sensación lo que es el oxígeno para la combustión, ninguna inducción lo expone. ¿Dónde está esa especie curiosa?

En cuanto al sentido común, este ha creído todo el tiempo que lo amarillo era amarillo fuera de él.

Los mejores apuntan una derrota, y esperan: – no sin esperar, si el cuerpo no es el brujo, que sea el espíritu.

Eddington observa que las ondas penetran en su ojo, que se vuelven de color no sabe en qué superficie más secreta que su ojo, que él renuncia a saber. «Pero el procedimiento por el que el mundo exterior de la física es transformado en mundo familiar para la conciencia humana se encuentra fuera del domicilio de la física», dice.

¡Fuera de la física!, eso comporta que el signo emitido por las cosas cae directamente en esta conciencia que la física no alcanza.

Apenas vi, tuve por natural esta locura. Es necesario apartarse mucho de la vida para extrañarse, pues no podemos verter una idea en un vaso, más de lo que un movimiento de puntos ponderables pueda alcanzar un espíritu.

Son dos espacios irreductibles; el de la materia no parece ser el de la conciencia. Es verdad que para este último el físico deja sus instrumentos y renuncia a entrar. Pero si no entra, ¡la materia, tampoco!

Si la física no alcanza la conciencia, ¿cómo la alcanza una onda corpuscular? ¿Cómo choques de moléculas o su remolino? Si el instrumento de la medida no entra, ¿cómo entra el objeto de la medida?

En verdad, no sería más extraño que le tocáramos a usted la conciencia con un metro.

– ¿Tocar qué?

– Su espíritu.

– ¡Quiere reírse!

– ¿Y con un milímetro? ¿Y si el milímetro fuera muy pequeño? ¿Y con una fracción de él?

– ¡Veamos!

– ¿Está seguro?, ¿se puede?

– Como de mi vida.

– ¿Y con el azul?

– Eso es diferente.

– Es un milímetro, señor.

*

**

A los físicos y a los dioses les resulta posible imaginar muchos espacios; pero si es necesario hacerlos coincidir…

La materia, que solo podría encontrarse con la materia, no puede sentirla.

Y la conciencia, que singularmente podría sentirla, no puede encontrarse con ella.

¿Qué es lo que encuentra  número y siente  calor, canto, color azul?

*

**

Cuál es la superficie de transformación…

Está hecha de ponderable puesto que una emisión de ponderable la alcanza; es antagonista de lo ponderable, puesto que anula al número; forma parte del mundo puesto que el mundo la toca; no forma parte de él puesto que se opone a él.

«He aquí de qué modo. Con la sustancia indivisible e invariable y con la sustancia divisible que está en el cuerpo ha compuesto, mezclándolas, una sustancia intermedia…»

Pero es la opinión de Platón.

.

Quorum nil fieri sine tactu posse videmus,
Nec tactum porro sine corpore: nonne fatendum est.
Corporea natura animum constare animamque..
LUCRECIO

Por un lado el MUNDO.

Por otro una acumulación de movimientos llegados del Mundo: esos movimientos que son energía hacen masa.

Y en el nivel de tales Masas aparece el fenómeno «sentir»: todo movimiento nuevo al alcanzarlos resuena, luego toma un valor incomparable y se metamorfosea. La sensación es la metamorfosis.

¿Eso se hace necesariamente? ¿Se hace sin agente? «Si existe un Yo, decía este texto budista, nada de ello sabría.»

Solo podemos hacer aquí una observación, solo una, es que tales acumulaciones de instantes de energía del mundo, tales masas de signos permanentes solo existen en el ser vivo.

Parece que los movimientos del mundo, cualesquiera que sean, los instantes de energía del mundo, cualesquiera que sean, nunca hacen masa fuera del ser vivo, – por una razón que debe contener la solución del problema.

Si fuera posible que fuera de la vida se permita la formación de tales masas, ¿qué sentirían estas? Cada nuevo instante, en contacto con ellas, ¿resonaría? «¡Cómo!, todo es sensible», escribía Nerval – que estaba loco.

Ahora bien, eso no sucede, pues los signos del Mundo no se acumulan fuera del ser vivo: todo está atravesado por todo.

El espacio, si está alterado alrededor de las cosas por la agitación profunda de su aparente inmovilidad, no guarda nada: la materia que constituye el espacio no guarda nada. Los innumerables circuitos están abiertos, ahí cae la energía. Circula, se dispersa, pasa; es instante; instante nuevo; fracción imperceptible de ella; nunca encuentra su propia suma; añade un número, un número más a una suma imposible; el total nunca estalla como una sorpresa; no se hace día.

La espantosa potencia anulada por su misma acción se envía para reunirse en una superficie desconocida.

No puede recogerse sobre sí misma.

Toda acción que emite el universo solo puede perderse en el universo: lo ponderable es lo permeable.

Es necesario que cada número sea retenido, sin embargo, y cada instante; porque el instante es quinientos mil millones de kilociclos, nada más, y el pasado es el que es amarillo, o azul.

El instante no es nada: es la masa de instantes lo que da la resonancia; el instante no es sino una agitación o una frecuencia. Pero una masa no se constituye a partir de elementos sucesivos sino donde existe una fuerza de suspensión.

.

«Ve, señorita, que eso sobrepasa la broma: de experiencia en experiencia, hemos llegado a tocar el fuego del cielo…»
Abbé NOLLET

Lo quizás rojo, lo quizás azucarado, lo caliente, lo dulce, lo quizás ruido me llega; eso toca mi cuerpo, que lo detiene, lo acumula, ¡hace con ello un tesoro!

¿Cómo?, ¿tu cuerpo?

Tu cuerpo de carbono, de nitrógeno, de hidrógeno, de hierro, ¿cómo?, ¿tu cuerpo?, ¿el Universo?

Sus moléculas son las del universo; está construido con las mismas piedras. ¿Cómo amasarían estas el movimiento, cuando por definición lo pierden?

Lo que hace un sonido es un movimiento: del estremecimiento del aire, quizás de la música, la materia de tu cuerpo no ha retenido nada; su especie química no ha sido alterada; lo que hace lo sólido es un movimiento: ella no lo ha recibido. No ha cambiado; ningún contacto, por lo demás, la ha cambiado: este toque tampoco.

Ningún contacto la ha aumentado

La química del cuerpo es la del mundo: para ella los movimientos que podrían ser ruido, calor, olor, color, resistencia, están universalmente perdidos.

Pues si el Mundo, por tendencia natural, cierra su materia en «cosas» – es incluso una ley de evolución que daría la razón metafísica de la necesidad – no ocurre lo mismo con su energía.

El mundo no se acerca en conjuntos cada vez más considerables sino para apartarse de sus emisiones cada vez más. Se aprieta e irradia; se acentúa y se desvanece; cae sobre sí mismo y se disipa; se reduce al peso y se gasta en signos. Pierde sus actos como nosotros los nuestros; lo prodigioso es que sean recogidos.

– ¿Recogidos como un vaso que retiene vino, como una cesta que retiene fruta?

¿Movimientos perdidos para los elementos de la naturaleza y perdidos para los elementos de la carne, pero preservados, reunidos juntos, en el aire?

– Masas de movimiento son lo azul, son lo amarillo, la música; instantes pasados, persistentes desde el extremo de las edades, son lo duro, lo caliente, son lo amargo.

El equívoco que le atribuye al cuerpo la capacidad de contener masas de instantes resonantes sin las que no hay sensación viene de la evidencia del cuerpo, y de la idea muy antigua de que su materia es diferente a la del Universo. Esta idea se ha abandonado: sus efectos, no; el cuerpo siempre visible y presente previene de la duda; es, para todo el mundo, el que recibe el signo del mundo, el contacto del instante, el que lo retiene, que resuena…

Y el laboratorio es de la opinión del sentido común.

Hemos estudiado en biología los órganos de los sentidos, descuidando saber que no eran ellos, hechos de moléculas de la tierra, los que podían amasar los movimientos de la tierra, esos perdidos.

La biología, que no pone una idea en un vaso, pone los instantes en una célula hecha de átomos conocidos.

*

**

«Es falso que el alma y el cuerpo sean idénticos. Es falso que sean diferentes.»
MAJJHIMA, I
(de la Triple cesta de la ley budista)

Lo que causa las sensaciones son los actos del Universo. Se han perdido en la materia, cualquiera que sea, dondequiera que esté. Por definición, la materia los deja escapar.

La experiencia muestra que, sin embargo, ALGO los recibe puesto que se acumulan en masas, que son preservados.

Lo que los recibe no es el cuerpo.

¡Zigzagueas, investigador!, das un paso adelante, un paso al lado, me das piedad.

Ten el coraje de ser novedoso, describe tu extraña Realidad, describe, en tu lenguaje de altavoz bueno para los hermanos y para las hermanas, espera, espera… Si nadie está de acuerdo, la habrás mostrado, estarás en el puerto; ¡es todo lo que se le puede exigir a un muerto!

Ahora bien, es imposible continuar ignorando científicamente la carga de instantes del universo que el universo no ha recogido; la Sobrerrealidad.

Está ahí, en el estado de segundo universo, entre el universo y YO.

El Universo es grano; el cuerpo de YO, también, pues el cuerpo de YO no se distingue del grano universal. El mismo YO no sabemos qué es, está frente al temblor discontinuo que envía instantes-formas. Y de ello se viste, anillo tras anillo. El alma es el vestido que se constituye.

El alma es una cota de mallas… No es el sistema nervioso, pues el sistema nervioso es grano. El grano no es la carga de instantes. YO estoy cubierto de instantes, YO río bajo su manto, YO veo lo que he visto, YO toco lo que fui. Oh tiempo en el que YO conozco sin reconocer y que lo recubre todo infinitamente, sin memoria.

*

**

Grano universal; YO; anillos sutiles que visten a YO con su carga de turbación, vestido animado, red, piel de tiempo.

.

«… qué bien mantenida la textura de ESTO…»
LUCRECIO

Esto es tiempo, debe ser espacio; por lo demás, expone el principio de la mínima acción que implica tiempo-espacio.

– Una suma de miradas, de contactos, de gustos no es algo.

– Y lo que contiene el cilindro de Faraday, ¿es algo?

– ¡Oh!, ¡nada de comparaciones, se lo ruego!, quédese en su cuento con dignidad, sin llegar como un don nadie a la electricidad. Son las explicaciones de salón las que acaban con esa palabra sagrada.

– Sin embargo, esta-no-cosa es alguna cosa.

– Son estados.

– ¿Los estados no implican una cosa?

– La cosa es su cuerpo.

¡No!, no es mi cuerpo, pues las moléculas de mi cuerpo deben ser como todas las moléculas impropias a las acumulaciones de acciones emitidas por el Mundo que hacen esta no-Cosa: y si, no obstante, fueran propias, aún les quedaría ENCANTARlas.

Y además mi cuerpo fabrica tan poco esta No-Cosa, que es Esta quien lo despierta. Ella preexistía, esta grandeza, este crecimiento; este pulpo de miradas y de contactos, esta alegría, este mal, esta suma de asombros, esta potencia ante la que el instante se detiene. Era la hidra extendida en el más joven de mis cuerpos y cada instante la suscitaba. Ante el más joven de mis cuerpos, vivía. Hay, la ciencia no sabe dónde, una COSA de sentir que sobrevive a todo.

*

**

«And make us heirs of all eternity!»
SHAKESPEARE

«Toda sensación es de una presencia infinita» ha escrito el gran inmoralista que solo cree vivir el instante que aparece.

Significaba que la sensación nos acompaña, con lo que quiera que sea, hacia ella; que nos ocupa por entero: a ella, el tiempo que es, todo nuestro territorio; y la extensión de su espacio hace, lo que dura, la extensión del tiempo. Pero, para André Gide, la plenitud de lo actual es precisamente perfecta en su infidelidad.

Ahora bien, quien intenta saber en qué consiste la sensación, está obligado a reconocer que es una suma. Toda noción de pasado, de presente, desaparece aquí; el tiempo como el espacio se vuelve continuo.

Ya no hay Espacio ni Tiempo actuales que la sensación considerada ocupe. Hay un número, evidentemente imposible de determinar, elementos precedentes de espacios y elementos de tiempo, que aparecen, surgen en la sensación instantánea. Respirar una rosa es hacer una integral.

En fin, una sensación, al igual que cualquier suceso, tiene un lugar dado del que es solidaria; tiene un tiempo fuera del cual sería pasado, futuro.

Pero, en verdad, esta sensación precisa está formada por una acumulación de lugares alejados, de momentos fuera de alcance. Todos los elementos de espacio precedente y de tiempo anterior que se actualizan en ella hacen que, durante el tiempo en que resuena, no haya rigurosamente ninguna distinción entre el presente y el pasado.

¿Huir en lo instantáneo? ¡Qué fidelidad!

.
.

… dem Augenblicke sagen
Verweile doch, du bis so schön!»
«Poder decirle al instante que huye: ¡Quédate!, eres tan hermoso…»
GOETHE

«Desgraciada Sion, ¿qué has hecho con tu gloria?»
RACINE

«Non hoc semper eris, perdunt et gramina flores;
Perdit spina rosas nec semper lilia candent;
Nec longum tenet uva comas, nec populus umbras
Donum forma breve est.»
«… pues la viña no guarda mucho tiempo sus pámpanos, ni el álamo, su sombra.»
CALPURNIUS

.

Quedan unas miradas. Todo se desata, todo se abandona, todo se deshace, todo desaparece.

Queda el gusto, el contacto. Queda la mirada. (¡Oh, sustancia! ¡Oh, Masa encantada, tan atenta en recibir! ¡Oh, muy alta suma de signos en que puedo sujetarme, y ver.)

«Se ha reencontrado.
¿Qué?, la eternidad.»

V. «LLAME FUERTE»

.

«… to rot itself with motion.»
SHAKESPEARE

En mí, Sumas de movimiento del universo; qué saber de ello… Saber un hecho importante: que si imagino cualquier cualidad en esos signos cuando me alcanzan, miento. Basta considerarlos como los considera la física, es decir, aislados, aparte de las masas que constituyen en los seres vivos.

.

Fuera…

Una vibración de cosas, un movimiento de conjunto de cosas, o un movimiento desordenado de cosas me ha tocado. ¿Tocado? Todavía no es tocar. Encontrado. No hay cosas. Hay corpúsculo, pueblo oscilante, imperceptible existencia.

¿Es acaso-sonido, un futuro «la» del diapasón? En este caso la confusión agitada en que respiro vibra a 435 vibraciones por segundo en una largura de 76 centímetros renovada a todo su alrededor; y eso gana poco a poco, en 300 metros del mismo dibujo, el tiempo de decir «uno». ¿Es acaso-calor? La agitación de los puntos no sería ya regular; lo llamo «frío» si disminuye, y tengo calor durante cincuenta metros por segundo más. Pero si es acaso-luz, es en el límite de la rapidez, y es ordenado; y los elementos no son ya materia, sino lo que esta ha sido.

No hay «la», no hay «calor», no hay día fuera, no hay ningún color; si la seda es «dulce» al sentirla no es porque tenga «dulzura» (como tiene ternura un corazón). Esas verdades primeras las dicen algunos cronistas de ciencias, héroes impagables, – pero el mundo numérico en que lo pasean a usted en veinte líneas, parece reservado. Su voluntad no lo quiere, – y como el griego, regresa al mundo en el que los más pequeños fragmentos de la cosas tienen CUALIDADES.

Casi todo el mundo yerra aún en el mundo de Anaxágoras… Pero para que los pequeñísimos fragmentos de las cosas sean rojos o azules o dulces, se le necesita a usted. Es necesario YO, es necesaria la Masa móvil y vibrante, el vértigo que YO contiene como el agua. No es el movimiento de los órganos, de las células, de la sangre, (se coloca ahí, no viene), (es muy anterior a mí) (y cuando de pronto yo esté frío, no se detendrá), sino que es movimiento sin cosa, persistente al desnudo, como si el gesto que hacen los brazos continuara animando el aire cuando los brazos ya no están. Este movimiento sin nada más debajo venía del Universo, de Todo, y todo lo que enviaba es pasado. El movimiento se ha quedado. Hace regresos invisibles, me ha encadenado. Un día la cadena se abrirá, y caeré más bajo que la tierra, seré menos que un collar del que al menos persisten las piedras, ni siquiera seré definida como el polvo que me han prometido – pero el Movimiento que me habitaba durará en este universo. Durará, el trabajador, abrumado por mi última hora, vaciará mi felicidad y el último instante de horror, anillo tras anillo, al revés, mezclándome en sus viejos conciertos, sabe Dios sobre qué cosa con nervios…

La respuesta a la pregunta que importa más depende de la existencia permanente en cada uno de una suma de signos pasados, del mundo; pues estos signos no estaban aislados, fuera de cada uno, como están en el estado de suma en cada uno. Cuando cada instante que nos compone llegaba, este instante no era sino una acción de puntos, un número agitado. Así quinientos veinte mil millones de kilociclos, periodos por segundo; nada menos literario, nada menos emocionante, – es un signo que está aislado, lejos de la suma animada (lejos del cielo).

La Suma en cada uno es lo amarillo, está encantada. ¿Qué le ha pasado?

El movimiento del mundo en el instante no es amarillo: es un grano de acción, un reflejo del universo, una medida (el honorable Binet ni siquiera quería que se le llamara «un movimiento», palabra teñida de humanidad; pues no somos nosotros quienes hemos inventado que el universo no es calificado). Mantengámonos firmes en este curioso camino: cualquier instante solo es «eso». He ahí una palabra precisa, la piel del mismo presente.

Y he aquí el secreto del mundo: «eso» no cuenta. Nadie sabe nada de ello, ni usted, ni yo, ni el voluptuoso que se ha consagrado al instante, nadie ha visto «eso», ni lo ha gustado, ni lo ha gritado. Pero «eso» existe (su agitación es grande) y encuentra un cuerpo. Nada aún. Es necesario que turbe, más allá del cuerpo, la Masa hecha de «esos» preservados.

En fin, más kilociclos, palabra que huele a droguería y a garaje. Para nosotros Julio Verne, las hadas, – ¡querida oruga, Literatura, para ti! – para recibir, resonando con millones y millones de instantes desastrosamente pasados, rechazados, arrojados, olvidados, resucitados, – una CUALIDAD.

El presente ha tocado al pasado.

Y bien, ¿qué ha pasado?

Ni un psicólogo del universo se lo pregunta. Con un desvanecimiento tan negro de la atención, este cuento no puede consolarse.

La experiencia da una suma de signos precedentes del mundo en cada uno. Estos signos, los «estímulos» no tienen cualidad fuera de cada uno.

En el estado de suma, están encantados. ¿Quién puede explicarlo?

Que todos los cuerpos vivos contuviesen «acumulaciones de movimiento» universales, ligadas, durables, sumas, masas, cargas vibrantes, era notable, pero no era inaceptable. En resumen, era un fenómeno del universo. Por ejemplo, el accidente que, en el hecho de la sensación, les sucedía a esas masas, no era ya un fenómeno del universo. La definición del universo es que él no es lo que no es número.

Si dice: «Está azucarado», usted no está ya en el universo.

Todo igual, querida. Pensaba que haría falta algo más que una chocolatina, para dar esta carrerilla.

*

**

¿Estoy o no estoy en el espacio? Qué situación.

No podemos sentir sin estar en la extensión, ni sin abandonarla. Sin encontrar puntos, ni sin encontrarnos en el Gusto, en la Música, en el Perfume.

Hay que desvelar estos puntos, incluso si es demasiado fácil, incluso si es poco novedoso, – su vals es el amarillo, su danza es el calor, ¡abrid el fonógrafo!, su corro es el do. Todos los discos se usan para confesárselo: el sonido nunca ha existido. Hay que hablar alto; lo que los discos vaporizan no son «sonidos», son asaltos; los asaltos de aire del disco, pero no están dotados sino de viudez. Excepto si atraviesa (a usted por ejemplo) alguna Masa mágica en proximidad, movimientos parecidos que están encantados…

*

**

No podemos sentir sin encontrar a la vez una vibración ponderable extendida y hacer con ello lo azul, que no tiene ni espacio ni peso; lo «azucarado», que ya no es una largura.

Ahora bien, la psicología, desde el instante en que ha querido ser ciencia, aproximadamente desde Helmholtz, ha encontrado naturalmente el espacio: – era imposible buscar de qué estaba hecha la sensación sin encontrar el universo ponderable y unirse a los sabios. El psicólogo, pues, se ha aliado con todo lo que la fisiología contaba de distinguido, ha instalado algunos instrumentos de física, y se ha puesto a medir, pues el sabio, ¡atención!, se distingue por la medida.

He aquí lo que ha ocurrido:

El psicólogo tenía lo que era necesario para ser un sabio: el generador eléctrico, el galvanómetro, y el sutil aparato con ranura que no tendrá la paciencia de considerar; todo; incluso número, fuera, un mogollón, «estímulo», que medir. Bien. Acciona este número para hacer que alcance a un sujeto, acciona el número, como quizás el colega físico hacía a la misma hora, a su lado.

¿Cómo…? ¡Ay!, el parecido no cesa. El número del físico de al lado no le hace sucias jugarretas: mete número en el tubo vacío, saca número; pero para el número que el psicólogo maneja apenas oso decirlo, es demasiado triste: el psicólogo lo pierde. El número es puesto por el psicólogo en el sujeto – saca azul azucarado dulce duro caliente redondo agudo amarga.

¡Qué caso!

¿Dónde está lo puro ponderable, diablos? Está en lo imponderable. Se ha fundido en el nirvana, se ha dilatado en el Paraíso. Mejor en el Paraíso: desgraciado Foucault, ha entrado en ti el número, ha salido INFINITO.

Entonces, encontramos que la suerte del psicólogo es horrible.

En modo alguno: está muy contento. Tiene tablas de asociaciones y curvas de corrientes nerviosas; está muy contento, señor. Este enorme accidente de la experiencia no lo ha herido; continúa hablando. Continúa publicando, ¡lo entendemos! Continúa MIDIENDO. Había número como «estímulo», ya no lo tiene, no se ha percatado. Su cuenta en el banco se ha cambiado por tabletas de chocolate, no lo ha sentido. Su actitud en la Bolsa no ha cambiado; ni en la FACULTAD.

Un contacto, un perfume de antes, pero estos estímulos no contaban ya puesto que habían huido… El psicólogo (¿me has oído?) no pensaba en la irradiación, pensaba en la geografía. (Eso no es ceguera, es patología.)

El psicólogo no se distinguía por su originalidad en las imaginaciones que tenía sobre el Sentir. Lo llevaba todo al cerebro, y su cerebro no era un circuito, perdón, perdón, era una región. Una región retorcida, un poco blanda, que el estímulo marcaba tristemente, con la mayor frecuencia, y luego, se volvía viento.

¡Desgraciado!, confundía el camino con el coche.

Es tan grave, que es necesario explicar cómo se hizo eso. Antes, el cerebro del señor.

El cerebro del señor era un atlas psicológico de vías de gran comunicación; la estimulación que venía de un nervio llegaba allí. Los fisiólogos franceses Lapicque y Bourguignon en vano han hecho aquí trabajos admirables: pues lo propio de un trabajo admirable es inspirar una seguridad admirable en los espíritus que suben encima para no ver nada.

Y he aquí lo que ve la psicología: cuanto más numerosas son las huellas dejadas por precedentes estímulos, más intensa es la estimulación actual.

Qué extraña región: cuantos más caminos se recorren, más crece el coche.

Enséñelo y salvémonos: «Si la carga crece, no es el camino el que entra en causa.» Confiéselo en lengua absurda; si la estimulación aumenta en el cerebro ya recorrido, es que se le cae una Masa encima. ¿Qué? Pues la gran suma de signos que el señor Foucault ha perdido y que busca desde hace treinta años con un pequeño mondadientes.

Esta Masa les da vida a los centros cerebrales; todo el tejido nervioso está cargado por ella. Esta no tiene sede particular, como creían los antiguos. Ha especializado los matorrales nerviosos de los sentidos, que no hacen más que exponer, cada uno, su suma particular de movimientos pasados del mundo.

Solo en esta acepción podemos decir que el dominio del sentir está a una cierta «altura»; pues es la desigualdad esencial; todo sentido es una pirámide de pasado; no es el cuerpo lo que toca el instante, es la cima del tiempo.

En casa del profesor, sin embargo, todo pasaba sin precedente: y es inmediatamente, con el alma entre los dientes, como ahuecaba el instante y mostraba cómo:

Su conciencia, bajo una carpa de cabellos, bien establecida en su buen cerebro ricamente adornado de recuerdos de viaje, ricordo di Venezia, Gruss aus Tyrol! – y en todo rincón los receptores afectados en cada mensaje, esperaba simplemente que el universo sonara, – pique, ultraje o brille.

Ahora bien, el profesor no había dejado de observar que la disposición del decorado favorecía al fenómeno, y que las cosas pasaban más fácilmente en un cerebro amueblado por Lévitan. El decorado, el decorado, hijos. También, en su Facultad de Midi, desde su boca gris, vertía decoración en los cerebros de quince alumnos atónitos, gentiles, educados, sepultados.

Y el decorado se asociaba con la estimulación.

Sin embargo, la Conciencia del profesor no estaba tranquila.

Le llegaban accidentes a la estimulación, apenas entraba. Crecía, disminuía, y, pasado el umbral, no muy alto, se volvía azul, penetrante, aromatizada, de golpe.

Lo que hacía dos bien contados con el señor Foucault.

Pues no se trataba de ASOCIACIÓN sino de SUMA.

Pues no se trataba, cuando la estimulación le llegaba, de compararla con fotografías ni de presentársela a unos recuerdos: SE TRATABA DE SENTIRLA.

No se trataba de acercar cierto azul de todos sus Mediterráneos, ni de encontrar, en un perfume, al amante difunto, ni de reanimar un viejo aire en un nuevo universo. Se trataba de recibir lo que el instante le sirve.

El instante le sirve el estímulo, de CUALQUIER COSA que oscila.

No se trataba de saber si el estímulo iba a tener un efecto más o menos feliz en el decorado, sino de saber si existía por completo. No es nada, pero lo es todo.

Se trataba de saber si el estímulo se bastaría (perdón, señor) a sí mismo; si era por sí mismo perceptible, y el profesor creía que sí, qué espíritu, – llame fuerte, dice él, llame y basta.

¿Llame fuerte sobre qué? Es un efecto de resonancia; toca sin violín, el inocente, con su estímulo. Pues la resonancia fantástica no es dada por su cuerpo conocido, pobre carbono con piel, pobre nitrógeno de tejido, sino por la SUMA ENCANTADA que tiene precisamente el valor del paraíso perdido.

VI. TENGO DOS CUERPOS

.

«Heme aquí aún en mi prisión, señora.»
Gérard DE NERVAL

Existe, distinta del cuerpo, una superficie viva; recibe al «estímulo», signo que hace sentir; el estímulo, grano o fragmento de energía.

Aproximadamente como una raqueta que recibe la pelota en su red. Pero aquí la pelota no es sólida (es energía): se diría que el estímulo es una burbuja. Y la superficie no la devuelve: la amasa. En su red, anillo tras anillo, las pelotas sutiles de la misma forma que envía el mundo se quedan. Lo inasible se detiene ahí.

*

**

Esta red no es extraña, está en todas partes. La molécula la expone apenas la miras en el curso de química, en una pizarra negra.

Los astros.

Los cristales.

Parece que la materia pasa su tiempo esbozándola. Prueba; – ¿es esto?, ¿es esto?

«¿Estoy ahí, en fin, hermana?»

Dibuja la red nerviosa al fin.

Más lejos, aún más lejos. Algo muy fino…

*

**

– ¡No compre la verdad con cheques sin fondo! ¿Quién le ha dado esa red?, ¿de qué modo la tiene?

¡Ah!, ¡cuento de aprendiz!, hace lo mismo que esos señores; introduce términos gratuitos.

– Red porque circuito.

Cuando estamos en el espacio y en el tiempo, nos las arreglamos como podemos.

El estímulo-signo es movimiento; tiene su propia forma; miles y miles de dibujos entre los que no hay variaciones; – su variedad desafía. Cada uno cae sobre su semejante y lo agrava un poco. Pero su semejante no está en otra parte (se ha perdido) distinta a YO.

Dibuje eso en la pared – una malla.

Por lo demás, cada vez es más difícil recordar a propósito de qué se ha pronunciado una palabra histórica: «Te haré pescador de hombres.»

El secreto del mundo quizás esté en un calembur.

Platón lo situaba ahí.

Llamaremos a esta superficie: el alma; no hay que tenerles miedo a las palabras.

Tiene la masa más considerable posible (el ingeniero comprende) como cuerpo, cuyos constituyentes no son elementos de materia, ni cuerpo visible, sino elementos de energía; pues su cuerpo asimila la energía como el cuerpo visible asimila la materia, y, como el cuerpo, la edifica en redes. Piel de alma…

– «¡LA PIEL!»

– ¿Quién ha hablado? No es Fausto…

*

**

«No debemos admitir más causas de las cosas naturales que las que son a la vez ciertas y suficientes para explicar sus apariencias.
… y es tanto «más» vano, cuanto «menos» bastaría, pues la Naturaleza se complace con la simplicidad, y no le gusta nada la pompa de las causas superfluas.»
NEWTON, Principia.

Te pido perdón, ser vivo que vienes de mí. No tengo tiempo para acabar tu libro; el viaje me obliga. El cuerpo se vuelve extraño y quiere llevarme. Es necesario que te deje tan estúpido como después del curso del viejo tipejo, ¡y solo has ganado una Masa, que es una Piel!

¿Me leerás tú mismo, futuro mío? Te arrojo las hojas, voy a partir; una botella en el agua; un secreto del mundo en quinientas palabras.

El libro se revuelve débilmente en el curso del tiempo, nadie lo coge.

En fin, surges, pero estás en otra parte, llevas en triunfo el peso de mis días a algunos amores… Y si el gran fuego que viene del pasado, oh querido mío, pudiera herirte; si lo que fui fuera un momento para tu desesperación «lo que hay que saber» – el libro afligido se hundiría en los confines de una eternidad; el editor bloqueado, lo imprimido apiñado, pero no con honor, no leído, no cortado, bajo unas revistas.

¿Habrías llegado hasta el final? El camino pasaba por la física, ahí casi no se ve… había puesto cintas por todos lados… la física no tiene la voz de Perrault… no entiendes ya… curvas la espalda…

*

**

.

Es por el hecho de que el fenómeno de la Sensación implica dos espacios, y de que los investigadores no saben de cuál hablan, y de que, al medir uno solo, creen que lo miden todo, – por lo que el problema está sin resolver.

Habrá espacio de la sensación bruta (¡dzing!, ¡ay!, ¡oh!)

Y el espacio de la magia (re bemol, rosa, salado).

Esos espacios no solo existen en mí (los investigadores los llaman «cuerpo» y «conciencia», siempre intentando fuertemente reducir el segundo al primero) – sino que existen en el origen del signo, y es esto el hecho revolucionario cuyo conocimiento se le debe al señor de Broglie.

Están inextricablemente imbricados. Es posible subir del espacio de la sensación bruta en mí a su espacio de origen fuera de mí; por ejemplo, una cierta estimulación del nervio del ojo viene de una cierta vibración electro-magnética. Esta relación se señala, y una enorme observación sobreviene: la psicología se contenta con ella. Lo que ella llama «sensación» es eso que no es sino la mitad de una… y que, incluso, no es, humanamente, totalmente una. ¡Pum en el ojo, oh!, boom o dzing no son «sensaciones». Esta palabra significa siempre y sobre todo el otro espacio asociado, la imbricación no explicada: rojo, amargo, do mayor…

El otro espacio que el gran espacio del movimiento material lleva como una flor…

Lo cierto imperceptible electro-magnético fuera de usted, pum en el nervio óptico, lleva el «color».

Pues bien, hay que observar mucho tiempo y no olvidar nunca esto: los psicólogos o sabios que se han ocupado de las sensaciones – no hay ni una excepción, ni una sola, – siempre han admitido que era lo no cualificado, – el asalto – lo que se volvía en el ser vivo, cualificado, cantante.

Ni uno de estos investigadores ha formulado la hipótesis de que pudiera haber ahí dos especies de estímulos para dos especies de emoción sensual absolutamente diferentes. Ni uno solo se ha dicho que el asalto que causa la resonancia sorda y ciega, del tipo nervio de rana, no era – ¿es asalto? – lo que causaba la música, el perfume, el color. Ni uno ha imaginado que a dos emociones del cuerpo, les correspondían quizás dos espacios exteriores.

¡Colega! ¡Colega! ¡El psicólogo ha leído hasta aquí!

Guiando a la dama, atropellando el sentido común, transportando al recién nacido, está en mecánica ondulatoria.

Nada que no emita fuera de sí mismo su anillo extremo…

Escucha: hay dos tipos de anillos, en los movimientos periódicos. Está la onda ponderable, – la que acabas de llamar asalto, la que se mide fácilmente puesto que es la acción de corpúsculos masivos. Y está la onda imponderable, la que se encuentra en los cálculos del señor de Broglie (él en principio). Se le llama también onda de fase y en alemán Materienwelle.

Te propongo esto: solo es una proposición; a la onda ponderable le corresponderá toda sensación.

Sensación bruta. La del nervio de rana estimulado, el espasmo.

A la onda imponderable le corresponderá toda sensación mágica – el canto: lo rojo, lo sonoro, lo azucarado.

Hay que hacer una diferencia de orden entre el sentir bruto y el sentir la cualidad. Hay que quitarle la Masa a la cualidad. Pues la cualidad es sin masa, razón única y suficiente de la derrota de la psicología.

No hay ninguna dificultad en reconocerlo si se es físico: todos aceptan la onda inmaterial: aceptarán, pues, su efecto.

Sí, – ¿su efecto sobre qué?

Sobre qué.

¡Aquí estás, pues, Rostro sin figura!

.

.

«Mi fuerte es el apóstrofe, y apenas hablo de otro modo, nunca digo: Nicole, tráeme las pantuflas; sino que digo: ¡Oh, pantuflas, y tú, Nicole, y tú!»
Paul-Louis COURIER.

¿Cuáles eran los peldaños de esta escalera?

Primer peldaño: cualquier cosa no es percibida.

Es necesario que cualquiera sea bastante grande. ¿Grande como qué? Fechner lo ha buscado. En vano; en vano 24.576 experiencias. ¡Ese poquito!, ese santo Fechner. No sabía que se trataba de miles de millones; no sabía que era necesario contar detrás de él. Creía, como se cree aún, como creen aún el hombre de la calle y el de la Facultad de Montpellier, que si cualquiera es demasiado débil, no pasa, no franquea el umbral sensible de usted, no pica, no quema, no le pesa, no le canta; no le alcanza allí donde está, intacto y sordo. Pero es un pequeñísimo que pica, que quema, que canta, que pesa, sin embargo…

Ahora bien, ¡eso no es sonido!, ¡eso no es luz! Es n vibraciones-segundo. ¡Eso no es el olor! Es movimiento, que es un número. El signo puro.

Y además, no es porque sea demasiado débil por lo que eso se queda fuera, niño mío. Sino porque está demasiado solo. Cuando no sientes, es porque nada hay en ti para recibir este instante, niño mío.

Nada semejante.

El sentido común y el profesor de Montpellier no han dejado nunca de confundir la acción del objeto fuera del cuerpo y su acción en el cuerpo. Si fuera la misma, no habría sino una realidad y sería indiscutible: pero no es la misma, lo que hace, al menos, dos realidades; y tres, si contamos al sujeto; he aquí de lo que hablar.

1) Existen ciertamente acciones del Universo en mí: son calientes, frías, rojas y azules.

2) Ciertamente existen fuera de mí, desgraciadamente sin cualidad. ¡No sin belleza! Belleza totalmente austera, belleza que solo tiene como amantes a estos señores de los laboratorios que hacen el amor con el universo; belleza sin color, sin olor, no sin movimiento, no sin medida; acciones mudas y negras, pero no sin forma: danza. El universo fuera de mí, el danzarín desconocido…

(¿Delante de quién baila?, ¿delante de Dios?)

3) Y luego, yo.

Entonces, EL OBJETO en actividad, – es la causa de la cruel incertidumbre de los pensadores, – es dos veces y muy diferentemente «lo real»: es el universo no preparado, y el universo preparado; o el universo igual, y el universo desigual; o la ecuación, y lo azul-azucarado-do-sostenido-agudo.

A este, puedo decir que lo agravo (¡súbete encima!) o lo adorno; en verdad, me revisto de él. Este largo vestido de naturaleza, PIEL DE ALMA… Entro dentro, y LAS COSAS SON. Los sabios no se ponen la piel de alma; tienen, pues, el universo inodoro, incoloro, sin perspectiva, este error, sin significado, este desprecio; – el nuevo universo no amasado, el universo sin sentido. Precisamente el Objeto Puro que el surrealismo quiere alcanzar como si este objeto pudiera pasar por los sentidos sin dejar de ser número, ser puro, pues.

Con el número discontinuo he hecho el continuo sentido cuyo nombre simple es «cualidad».

Amasándolo – ¿en qué?

Fundiéndolo – ¿en mí?

*

**

Segundo peldaño. ¿Qué diferencia precisa hay entre el Universo fuera de mí y el Universo en mí?

Esta: fuera de mí es instantáneo. En mí, infinito. Es así como toma un valor infinito. En mí, es solo el instante, pero todos los instantes precedentes pasados. En mí no hay universo instantáneo: el universo instantáneo no pasa el umbral de la conciencia, aunque haga el ruido de la trompeta de Jericó.

Este es su error, señor Foucault. (Eres tú quien lo has nombrado.) El universo instantáneo no entra en casa del señor Langevin, del señor Perrin, del señor Brillouin, del señor Schrödinger, del señor de Broglie, del señor Eddington, mi amigo. ¿Y a qué precio?

Al precio de una renuncia ri-gu-ro-sa-men-te inhumana; renuncian al Antes. La comunión de los sabios renuncia a la sucesión de los seres vivos.

La ciencia y solo la ciencia alcanza un objeto puro: pero ha comprado esa Realidad más extrema en la única cima que puede permitirle existir – la cima del pasado.

Entonces, es una Realidad-papel.

.

«El tiempo es un tesoro más grande de lo que se pueda creer.»
CORNEILLE

No obstante, no había habido filósofo para descubrir que la definición del presente era la imperceptibilidad.

He aquí un texto:

… «lo que el señor Bergson llama percepción pura… la que tendría un ser situado donde estoy, viviendo como vivo, pero absorto en el presente, y capaz, por la eliminación de la memoria bajo todas sus formas, de obtener de la materia una visión a la vez inmediata e instantánea.»

El señor Brunschvicg, temiendo sin duda lo que la hipótesis que traía tenía de asombroso, comenzaba declarando que una percepción tal «existía por derecho más que en la realidad.» [Esta frase es de Bergson, no de Brunschvicg] ¡Y cómo! El señor Brunschvicg se daba a Adán. Eso para la realidad. Para el derecho… para el derecho, se le quita.

No hay percepción donde no hay masa resonante, y la masa es tiempo. No limpiamos la percepción de tiempo sin destruirla. Lo real totalmente puro, lo real más verdadero, lo real todo limpio, lo que es real allí, (¡Oh!, ¡qué hermoso es, señor, lo real sin historia!) no lo tendrá. Nadie ha recibido nunca el presente – solo el instrumento del laboratorio.

*

**

«… Therefore, on every morrow, are we wreathing
A flowery band to bind us to the earth…»
KEATS

¡Abre los ojos!, para que este árbol exista son necesarios en tu mirada los árboles de antes. Tienen hojas en sus hojas, siglos de primavera. ¡Oh, fortuna hecha cuerpo!

Pero Sócrates, a punto de morir, hablaba de su cuerpo y no lo amaba. Hablaba de sus sentidos: «Verlo, entenderlo», decía, «esas cosas que solo duran un día…»

¡Abre los ojos! Ayer reverdece en el día.

.

«Inventaron lo instantáneo psíquico.»
André LHOTE

Me admiro en la naturaleza. ¡Qué hermoso soy!

He hecho estos árboles con mis miradas: heme aquí, heme aquí. ¡Me! ¡Me!, adsum qui feci. ¡Qué arte!

Esto se ha tomado algún tiempo, evidentemente, pero el resultado está ahí. ¿Por qué percibiría yo el presente? ¿Qué les pasa, pues, a todos, al querer percibir el presente? El presente no es hermoso: es la vibración de frecuencia n. Prefiero el COLOR a ese número agitado.

¡Qué hermosa es mi alma, verde en este laurel!

*

**

Y de pronto la posteridad de Berkeley, de Malebranche, de Kant, sabía lo que decía.

Estos pensadores que prueban tan bien que el universo es proyectado por nosotros, he aquí que tenían razón, equivocándose, y volvían a caer en algo.

Era verdad: el sujeto componía el universo. Solo, quedaba Todo. Quedaba el imperceptible Presente Puro; el número sin pasado, el Todo inocente, la diversión de los sabios, TODO, ese juguete. Quedaba el movimiento inmediato de algún desconocido pródigo.

El resto éramos nosotros, era usted; los oropeles, el arco iris…

*

**

¡Alma! ¡Alma!, ¡sorpresa necesaria!
¡Oh, el más cercano de mis cuerpos!
¡Oh, todo mi bien amasado en la tierra!
¡Oh, el más estrecho de mis cuerpos!
¡Oh, mi atención!
¡Oh, mi distracción!
Oh, mi fidelidad.

¿Qué es lo más delicado que hay en el mundo?
¿Qué es lo más antiguo que hay?
¿Qué vuelve sólido al mundo si es transparente?
¿Qué es permanente si no es nada?

*

**

«Keiner aber fasset
Allein Gott.»
«¡Pero nadie solo coge a Dios!»
HÖLDERLIN

Pero las respuestas en este camino eran más extrañas que las preguntas.

¿Por qué hay que acumular signo tras signo, movimiento tras movimiento del mundo, hasta un nivel que alcance el valor que no tenemos? ¿Por qué no se coge la unidad de signo que Taine buscaba? ¿Por qué es tan profunda la distancia entre usted y el mundo, de modo que no basta un impulso de su tiempo para colmarla? Y si todo el pasado no tiene oídos, ¿por qué solo nos queda gritar? Y si está sin Antes, ¿cómo es que ninguno de sus instantes viene a ras del día? ¿Quién ha recibido un instante puro?

Si no hubiera un umbral del sentir, ningún movimiento del mundo tendría que despertar ningún pasado, para crecer. El umbral ordena este crecimiento: y la existencia del umbral sensible parece depender de la muerte.

El umbral es función de la muerte que ha permitido la ruptura de lo Único en Innumerables. El umbral expone el pasado: es la línea detrás de la cual se preservan algunos innumerables.

Una sensibilidad sin umbral, que sería igual al instante, ¿sería de un Único Ser Vivo? Es exactamente este personaje enorme con el que todo instante se mide (como si alguna de sus partes que vive fuese demasiado débil para hacer por sí misma lo rojo o el olor de una rosa). Pues un ser vivo no es sino una fracción de la Unidad desaparecida o imposible: el resto, que perfeccionaría la Suma, espera, enredada en la vida: y lo que el instante toca, es lo entero. Así lo humano considerable que ya no es Uno solo en el espacio se encuentra ante un olor.

El instante, gusto en la boca, tela bajo la mano, el instante que arrojarles a las sombras, ¿dónde disuelve, y no es en la boca?, ¿qué toca, y no es la mano?… La física y la química lo rechazan; sin embargo, es captado. (¡Abre los ojos!, tiende ante ti tu velo de mundos que atrapa al número agitado.)

Y el velo detiene el movimiento, y ovilla y ensarta y amasa movimiento, hilo de movimiento en que se coge la alegría, donde se hunde el dolor. Creemos que recogemos con los sentidos, pero estos no están verdaderamente animados más que por la red del pasado: se lo arrojas todo, el instante-olor, el instante-grito, el instante-gusto.

Prosigues hacia otros besos, lo has olvidado; no verás ya, no oirás ya, no cogerás ya más que a través de los sonidos, de las miradas, de los contactos perdidos.

……………………………………………………………………………………………………….

.

.

Tengo dos cuerpos, CARNE-Y-SANGRE y PENA-Y-PLACER: CARNE-Y-SANGRE es un durmiente, PENA-Y-PLACER es como un grito; son siempre inseparables.

CARNE-Y-SANGRE es carburo de hidrógeno con tres grandes moléculas. PENA-Y-PLACER es tan delicado, que Lucrecio le hizo un poema. Todo el mundo le habla a CARNE-Y-SANGRE, yo solo le hablo a PENA-Y-PLACER.

CARNE-Y-SANGRE parece persistir, pero sigue la segunda ley de la termodinámica, y acaba mal. PENA-Y-PLACER parece anularse a la velocidad de la esfera de segundos, y tiene la inmortalidad.

Dejaré un día a CARNE-Y-SANGRE, llevado por PENA-Y-PLACER. Pero ¿hacia dónde, Virgen soberana?

Pero ¿qué hacer para preservarme de los azares de la eternidad?

.

*****

.

.

NOTA FINAL:

El mismo año de la muerte de Catherine Pozzi, también María Zambrano comienza a dedicar parte de su reflexión al tema del sentir y del alma, y anotará el punto intermedio (de conjunción) que estos ocupan entre la persona y la realidad externa a ella: «Entre el yo y el fuera de la naturaleza se interpone lo que llamamos alma» (en «Hacia un saber sobre el alma», Revista de Occidente, 1934).

©Todos los derechos reservados. Desarrollado por Centro Informático Millenium