Página dedicada a mi madre, julio de 2020

Traducción

Relatos para un año I, III, V

Versión 2006-2011

Textos del primer volumen, Mantón negro

        1. Mantón negro
        2. Primera noche
        3. El humo
        4. La capilla
        5. Defensa de Mèola
        6. Los afortunados
        7. Visto que no llueve…
        8. Formalidades
        9. Lapo Vannetti
        10. El pequeño abanico
        11. ¡Y dos!
        12. Muy amigos
        13. Si…
        14. Remedio: la geografía
        15. Respuesta
        16. El murciélago

 

1.1 Mantón negro

I

– Espera aquí, – le dijo Bandi a D´Andrea.- Voy a avisarla. Si se obstina aún, entrarás a la fuerza.

Miopes los dos, hablaban muy cerca, en pie, uno frente al otro. Parecían hermanos, de la misma edad, de la misma complexión: altos, delgados, rígidos, de esa rigidez angustiosa de quien lo hace todo con puntos y comas, con meticulosidad. Y era raro el caso de que, hablando así entre ellos, uno no le ajustase al otro con el dedo las gafas en la nariz, o el nudo de la corbata bajo la barbilla, o bien, al no encontrar nada que ajustar, no le tocara al otro los botones de la chaqueta. Hablaban, por lo demás, poquísimo. Y la tristeza taciturna de su índole se mostraba claramente en la tristeza de sus caras.

Habían crecido juntos y habían estudiado ayudándose mutuamente hasta la universidad, donde luego uno se había licenciado en leyes, y el otro, en medicina. Separados ahora, durante el día, por sus trabajos, cada día al atardecer daban aún juntos su paseo por la alameda, a la salida del pueblo.

Se conocían tan a fondo, que bastaba una ligera señal, una mirada, una palabra, para que uno comprendiera en seguida el pensamiento del otro. Así, ese paseo suyo comenzaba siempre con un breve intercambio de frases y luego seguían en silencio, como si uno le hubiera dado al otro que rumiar para un rato. E iban con la cabeza baja, como dos caballos cansados, ambos con las manos detrás de la espalda. Ninguno de los dos sentía nunca la tentación de volver la cabeza hacia la baranda de la alameda para gozar de la vista del campo abierto de abajo, con su variedad de colinas y valles y llanuras, con el mar al fondo, que se encendía entero con los últimos fuegos del ocaso. Vista de tanta belleza, que incluso parecía increíble que ellos dos pudieran pasar por delante así, sin siquiera volverse a mirar.

Días atrás, Bandi le había dicho a D´Andrea.

– Eleonora no está bien.

D´Andrea había mirado a los ojos al amigo y había comprendido que el mal de la hermana tenía que ser leve:

– ¿Quieres que vaya a visitarla?

– Dice que no.

Y los dos, paseando, se pusieron a pensar con el ceño fruncido, como por rencor, en esa mujer que les había hecho de madre y a quien se lo debían todo.

D´Andrea había perdido de muchacho a los padres y había sido acogido en casa de un tío que no habría podido de ningún modo facilitarle una salida. Eleonora Bandi, que también se había quedado huérfana a los dieciocho años con el hermano mucho más pequeño que ella, ingeniándoselas primero con minuciosas y sabias economías sobre lo poco que les habían dejado los padres, y luego trabajando, dando clases de piano y de canto, había podido mantener en los estudios al hermano, e incluso a su inseparable amigo.

– En compensación, sin embargo, – solía decirles riendo a los dos jóvenes – me he quedado con toda la carne que os falta a vosotros dos.

Era, de hecho, una mujerona que no terminaba nunca; pero todavía tenía dulcísimas las líneas de la cara y el aire inspirado de los angelotes de mármol que se ven en las iglesias, con las túnicas vaporosas. Tanto la mirada de los hermosos ojos negros, casi aterciopelados por las largas pestañas, como el sonido de la voz armoniosa parecían que querían atenuar, con cierto estudio que la atormentaba, la impresión de altivez que ese cuerpo suyo tan grande podía despertar a la primera; y sonreía por ello tristemente. 

Tocaba y cantaba, quizás no muy correctamente, pero con fuelle apasionado. Si no hubiera nacido y crecido entre los prejuicios de una pequeña ciudad y no hubiese tenido el impedimento de ese hermanito, se habría aventurado quizás a la vida del teatro. Había sido ese, un tiempo, su sueño; solo un sueño, sin embargo. Tenía ahora cerca de cuarenta años. La consideración, por lo demás, de la que gozaba en el pueblo por sus dotes artísticas la recompensaba, al menos en parte, del sueño fracasado, y la satisfacción de haber realizado otro, el de haberles abierto con su propio trabajo el futuro a dos pobres huérfanos, la recompensaba del largo sacrificio de sí misma.

El doctor D´Andrea esperó un buen rato en el salón que el amigo volviese a llamarlo.

Ese salón lleno de luz, aunque de techo bajo, decorado con muebles ya gastados, de antiguo diseño, respiraba casi un aire de otro tiempo y parecía que se contentase, en la quietud de los dos grandes espejos frontales, con la inmóvil visión de su antigüedad descolorida. Los viejos retratos de familia colgados en las paredes eran, allí dentro, los verdaderos y únicos inquilinos. Nuevo solo había un piano de media cola, el piano de Eleonora, que parecía que miraban hostiles las figuras representadas en esos retratos.

Impaciente, al fin, por la larga espera, el doctor se levantó, fue hasta el umbral, asomó la cabeza, oyó llanto en la habitación de al lado, a través de la puerta cerrada. Entonces, se movió y fue a llamar con los nudillos en esa puerta.

– Entra, – le dijo Bandi, abriendo. – No logro comprender por qué se obstina de este modo.

– ¡Pues porque no tengo nada! – gritó Eleonora entre lágrimas.

Estaba sentada en un amplio sillón de cuero, vestida como siempre de negro, enorme y pálida; pero siempre con esa cara suya de muñecona, que ahora parecía más extraña que nunca, y quizás más ambigua que extraña, por cierto endurecimiento de los ojos, casi de loca fijeza, que ella, sin embargo, quería disimular.

– No tengo nada, os lo aseguro, -repitió más calmada. – Por caridad, dejadme en paz: no os preocupéis por mí.

– ¡Está bien! – concluyó el hermano, duro y tozudo. – Entretanto, aquí está Carlo. Él dirá lo que tienes. – Y salió de la habitación, cerrando con furia la puerta tras sí.

Eleonora se llevó las manos a la cara y estalló en violentos sollozos. D´Andrea se quedó un rato mirándola, entre enfadado y embarazado; luego preguntó:

– ¿Por qué? ¿Qué tiene? ¿No puede decírmelo ni siquiera a mí?

Y como Eleonora seguía sollozando, él se acercó, intentó separarle con fría delicadeza una mano de la cara:

– Cálmese, vamos. Dígamelo a mí. Estoy aquí.

Eleonora sacudió la cabeza; luego, de pronto, aferró con sus manos la de él, contrajo la cara, como por un dolor punzante, y gimió:

– ¡Carlo! ¡Carlo!

D´Andrea se inclinó sobre ella, un poco azorado en su rígida actitud.

– Dígame…

Entonces, ella apoyó una mejilla en la mano de él y le rogó desesperadamente, en voz baja:

– Ayúdame a morir, Carlo; ¡ayúdame tú, por caridad!, no encuentro el modo, me falta el valor, las fuerzas.

– ¿Morir? – preguntó el joven, sonriendo. – ¿Qué dice? ¿Por qué?

– ¡Morir, sí! – continuó ella, sofocada por los sollozos. – Enséñame tú el modo. Tú eres médico. ¡Líbrame de esta agonía, por caridad! Debo morir. No hay remedio para mí. Solo la muerte.

Él la miró, asombrado. También ella levantó los ojos para mirarlo, pero en seguida los cerró, contrayendo de nuevo la cara y encogiéndose, casi atrapada por un improvisto, intensísimo asco.

– Sí, sí, – dijo luego, con resolución. – Yo, sí, Carlo. ¡Perdida!, ¡perdida!

Instintivamente D´Andrea retiró la mano, que ella tenía aún entre las suyas.

– ¡Cómo! ¿Qué dice? – balbució.

Sin mirarlo, se puso un dedo en la boca, luego indicó la puerta:

– ¡Si él lo supiese! No le digas nada, ¡por piedad!  Hazme antes morir; dame, dame algo, lo tomaré como una medicina, creeré que es un medicina que tú me das, ¡basta que sea rápido! ¡Ay, no tengo valor, no tengo valor! Desde hace dos meses, ves, me debato en esta agonía, sin encontrar la fuerza, el modo de acabar. ¿Qué ayuda puedes darme, Carlo, qué dices?

– ¿Qué ayuda? – repitió D´Andrea, aún confuso en el estupor.

Eleonora extendió de nuevo las manos para cogerle un brazo y, mirando con ojos suplicantes, añadió:

– Si no quieres ayudarme a morir, ¿no podrías…  de algún modo… salvarme?

D´Andrea, ante esta propuesta, se puso más tenso que nunca, y frunció con severidad las cejas.

– ¡Te lo suplico, Carlo! –insistió ella. – No por mí, no por mí, sino para que Giorgio no lo sepa. Si tú crees que yo he hecho algo por vosotros, por ti, ¡ayúdame ahora, sálvame! ¿Tengo que terminar así, tras haber hecho tanto, tras haber sufrido tanto?, ¿así, en esta ignominia, a mi edad? ¡Ay, qué miseria!, ¡qué horror!

– Pero ¿cómo, Eleonora? ¡Usted! ¿Cómo ha sido? ¿Quién ha sido? – dijo D´Andrea, no encontrando, frente a la tremenda angustia de ella, sino esta pregunta para su curiosidad aturdida.

De nuevo Eleonora indicó la puerta y se cubrió la cara con las manos:

– ¡No me hagas recordarlo! ¡No puedo recordarlo! Entonces, ¿no puedes ahorrarme esta vergüenza?

– ¿Y cómo? – preguntó D´Andrea. – ¡Es un delito, usted lo sabe! Sería un delito doble. Mejor, dígame, ¿no podríamos… remediarlo de otro modo?

– ¡No! – respondió ella, con brusquedad, ensombreciéndose.- Basta. He comprendido. ¡Déjame! No puedo más…

Abandonó la cabeza en el respaldo del sillón, relajó los miembros, agotada.

Carlo D´Andrea, con los ojos fijos detrás de las gruesas lentes de miope, esperó un rato, sin encontrar palabras, sin poder creer aún esa revelación, sin lograr imaginar cómo esa mujer, hasta ahora ejemplo, espejo de virtud, de abnegación, había podido caer en la culpa. ¿Era posible? ¿Eleonora Bandi? Pero ¡si en su juventud, por amor al hermano, había rechazado tantos partidos, a cual más ventajoso! ¿Cómo podía ser que ahora, ahora que la juventud había llegado a su ocaso…?  ¡Eh!, quizás por esto…

La miró, y la sospecha, frente a ese cuerpo tan voluminoso, asumió de improviso, a los ojos de él, delgado, un aspecto horriblemente deforme y obsceno.

– ¡Vete, pues! – le dijo de pronto, irritada, Eleonora, quien sin siquiera mirarlo, en ese silencio, sentía encima de ella el inerte horror de esa sospecha en los ojos de él. – Vete, ve a decírselo a Giorgio para que haga en seguida conmigo lo que quiera. Vete.

D´Andrea salió, casi automáticamente. Ella levantó un poco la cabeza para verlo salir; luego, apenas cerrada la puerta, volvió a caer en la misma postura de antes.

II

Tras dos meses de horrenda angustia, la confesión de su estado la alivió, inesperadamente. Le pareció que la mayor parte ya estaba hecha.

Ahora, no teniendo más fuerzas para luchar, para resistir a ese tormento, se abandonaría así a la suerte, fuese la que fuese.

El hermano, dentro de poco, ¿entraría y la mataría? Pues bien, ¡tanto mejor! Ya no tenía derecho a ninguna consideración, a ninguna compasión. Había hecho, ciertamente, por él y por el otro ingrato, más de cuanto era su obligación, pero luego, en un momento, había perdido el fruto de todos sus beneficios.

Cerró los ojos, atrapada de nuevo por el asco.

En el fondo de su propia consciencia, se sentía miserablemente responsable de su falta. Sí, ella, ella que durante tantos años había tenido la fuerza de resistir a los impulsos de la juventud, ella que había abrigado siempre sentimientos puros y nobles, ella que había considerado el propio sacrificio como un deber, ¡en un momento, perdida! ¡Oh, miseria, miseria!

La única razón que sentía poder aducir en su disculpa, ¿qué valor podía tener ante el hermano? ¿Podía decirle: – “Mira, Giorgio, quizás he caído por ti”? – Y, sin embargo, la verdad quizás fuera esta.

Le había hecho de madre, ¿no es verdad?, a ese hermano. Pues bien, como premio de todos los beneficios alegremente prodigados, como premio del sacrificio de su propia vida, no le había sido concedido ni el placer de descubrir una sonrisa, aunque leve, de satisfacción en los labios de él y del amigo. Parecía que ambos tenían el alma envenenada por el silencio y el aburrimiento, oprimida como por una idiota angustia. Conseguida la licencia, en seguida se lanzaron al trabajo, como dos bestias, con tanta aplicación, con tanto tesón, que en poco tiempo lograron bastarse a sí mismos. Ahora, esta prisa por saldar la deuda de algún modo, como si ambos no vieran la hora, precisamente le había herido el corazón. Casi de golpe, así, se había encontrado sin más finalidad en la vida. ¿Qué le quedaba por hacer, ahora que los dos jóvenes no la necesitaban ya? Y ella había perdido irremediablemente la juventud.

Ni siquiera con las primeras ganancias de la profesión había vuelto la sonrisa a los labios del hermano. ¿Acaso sentía aún el peso del sacrificio que ella había hecho por él?, ¿se sentía aún vinculado por este sacrificio para toda la vida, condenado a sacrificar a su vez su propia juventud, la libertad de sus propios sentimientos por la hermana? Y había querido hablarle abiertamente:

– ¡No te preocupes por mí, Giorgio! Solo quiero verte alegre, contento… ¿comprendes?

Pero le había cortado en seguida las palabras:

– ¡Calla, calla! ¿Qué dices? Sé lo que tengo que hacer. Ahora me toca a mí.

– Pero ¿cómo?, ¿así? – hubiera querido gritarle ella, quien, sin pensárselo dos veces, se había sacrificado con la sonrisa siempre en los labios y el corazón ligero.

Conociendo su cerrada, dura obstinación, no insistió. Pero, entretanto, no se sentía con fuerzas para soportar esa tristeza sofocante.

Él redoblaba cada día las ganancias de la profesión; la rodeaba de comodidades; quiso que ella dejara de dar clases. En ese ocio forzado, que la envilecía, todavía había acogido, desgraciadamente, un pensamiento que desde el principio casi le había hecho reír:

“¡Si encontrase marido!”

Pero ya tenía treinta y nueve años, y además ese cuerpo… ¡oh, vamos! – el marido habría tenido que fabricárselo a propósito. Y, sin embargo, habría sido el único medio para librarse a ella misma y al hermano de esa opresiva deuda de gratitud.

Casi sin quererlo, se había puesto entonces insólitamente a cuidar su persona, asumiendo cierto aire de soltera que antes nunca se había dado.

Los dos o tres que tiempo atrás le habían pedido matrimonio ya tenían mujer e hijos. Antes, no se había preocupado; ahora, pensándolo, sentía despecho; sentía envidia por tantas amigas suyas que habían logrado procurarse un estado.

Ella sola se había quedado así…

Pero quizás aún había tiempo, ¿quién sabe? ¿Tenía que cerrarse así su vida siempre activa?, ¿en ese vacío?, ¿tenía que apagarse así esa llama despierta de su espíritu apasionado?, ¿en esa sombra?

Y un profundo rencor la había invadido, exacerbado a veces por ansias que alteraban sus gracias espontáneas, el sonido de sus palabras, de sus risas. Se había vuelto hiriente, casi agresiva en sus conversaciones. Se daba cuenta ella misma del cambio de su propia índole; sentía en algunos momentos casi odio por sí misma, repulsión por su cuerpo vigoroso, asco por los deseos insospechados en que, ahora, de improviso, aquel se le encendía turbándola profundamente.

El hermano, entretanto, con los ahorros, había adquirido recientemente una finca y había construido en ella una hermosa casa.

Empujada por él, había ido primero a pasar un mes de vacaciones; luego, pensando que el hermano quizás había adquirido esa finca para desembarazarse de vez en cuando de ella, había deliberado retirarse allí para siempre. Así, lo dejaría completamente libre: no lo molestaría con su compañía, con su vista, y también a ella, allí, poco a poco, se le quitaría de la cabeza esa idea extraña de encontrar marido a su edad.

Los primeros días habían transcurrido bien, y había creído que le sería fácil seguir así.

Ya había cogido la costumbre de levantarse cada día al alba y dar un largo paseo por el campo, parándose de vez en cuando, encantada, ya para escuchar en el atónito silencio de los llanos, donde alguna brizna de hierba cercana se estremecía con el frescor del aire, el canto de los gallos, que se llamaban de una a otra era; ya para admirar algún peñasco atigrado de tártaros verdes, o el terciopelo de líquenes en el viejo tronco retorcido de algún olivo sarraceno.

Ah, allí, tan cerca de la tierra, se le formaría pronto otra alma, otro modo de pensar y de sentir; llegaría a ser como esa buena mujer del arrendatario que se mostraba tan alegre de hacerle compañía y que ya le había enseñado tantas cosas del campo, tantas cosas tan simples de la vida y que revelaban, sin embargo, un nuevo sentido profundo, insospechado.

El arrendatario, en cambio, era insoportable. Se vanagloriaba de tener grandes ideas; había corrido mundo, había estado en América, ocho años en Benosarie, y no quería que su único hijo, Gerlando, fuera un vil labrador. Desde hacía trece años, por tanto, lo mantenía en la escuela; quería darle un poco de letras, decía, para luego enviarlo a América, allá, a la gran ciudad, donde sin duda haría fortuna.

Gerlando tenía diecinueve años, y en trece de escuela apenas había llegado a tercero de técnica. Era un mozalbete rudo, de un bloque. La fijación del padre constituía para él un verdadero martirio. Con el trato de los compañeros de escuela, había llegado a tener, sin quererlo, cierto aire de ciudad que, sin embargo, lo volvía más torpe.

A fuerza de agua, cada mañana, lograba doblegar los cabellos hirsutos y sacarse la raya a un lado; pero luego esos cabellos, ya secos, se le erizaban compactos y tiesos aquí y allá, como si le brotasen de la piel del cráneo; incluso las cejas parecían brotarle, un poco más abajo, de la frente baja, y ya sobre el labio y en el mentón comenzaban a brotarle los primeros vellos de los bigotes y de la barba, a matojillos. ¡Pobre Gerlando!, daba compasión, tan grande, tan duro, tan hirsuto, con un libro abierto delante. El padre tenía que sudar, ciertas mañanas, para sacudirlo de los sabrosos sueños profundos, de cerdito harto y satisfecho, y encaminarlo aún atontado y tambaleante, con los ojos embelesados, a la ciudad vecina, a su martirio.

Cuando llegó al campo la señorita, Gerlando le había hecho llegar a través de su madre el ruego de que persuadiera al padre para que dejara de atormentarlo con esta escuela, ¡con esta escuela, con esta escuela! ¡No podía más!

Y, de hecho, Eleonora había intentado interceder, pero el arrendatario, – ah, no, no, no, no – homenaje, respeto, todo el respeto por la señorita, pero también le rogaba que no se entrometiera. Y entonces, ella, un poco por piedad, un poco por reír, un poco por entretenerse, se había puesto a ayudar a ese pobre jovenzuelo, en lo que podía.

Después del almuerzo, lo hacía venir con sus libros y sus cuadernos de la escuela. Él subía azorado y avergonzado, porque se daba cuenta de que la señora comenzaba a disfrutar con su necedad, con su dureza de mente, pero ¿qué podía hacer?, el padre lo quería así. Para el estudio, sí, era un animal; no tenía dificultad en reconocerlo; pero si se hubiera tratado de abatir un árbol, un buey, eh, por todos los santos… – y Gerlando mostraba los brazos musculosos, con ojos tiernos y una sonrisa de dientes blancos y fuertes…

Improvisamente, de un día para otro, ella cortó con esas lecciones; no quiso verlo más; mandó que le trajeran de la ciudad el piano y durante bastantes días se encerró en la casa a tocar, a cantar, a leer, sin control. Una tarde, al fin, se dio cuenta de que aquel jovenzuelo, privado así de pronto de su ayuda, de la compañía que ella le daba y de las bromas que se permitía con él, la espiaba para escucharla cantar y tocar, y ella, cediendo a una mala inspiración, quiso sorprenderlo, dejando de pronto el piano y bajando precipitadamente la escalera de la casa.

– ¿Qué haces ahí?

– Estoy escuchando…

– ¿Te gusta?

– Mucho, sí, señora… Me siento en el paraíso.

Ante esta declaración estalló de risa; pero, de improviso, Gerlando, como abofeteado por esa risotada, se tiró encima de ella, allí, detrás de la casa, en la oscuridad densa, al otro lado de la zona de luz que llegaba del balcón abierto arriba.

Así fue.

Vencida de ese modo, no había sabido rechazarlo; sintió que se desmayaba – no sabía ya cómo – ante ese ímpetu brutal y se había abandonado, sí, cediendo aun sin querer concederlo.

Al día siguiente volvió a la ciudad.

¿Y ahora?, ¿cómo no entraba Giorgio para avergonzarla? Quizás D´Andrea aún no le había dicho nada, quizás pensaba cómo salvarla. Pero ¿cómo?

Se ocultó la cara entre las manos, como para no ver el vacío que se le abría delante. Pero también en su interior estaba ese vacío. Y no había remedio. Solo la muerte. ¿Cuándo?, ¿cómo?

La puerta, de pronto, se abrió, y Giorgio apareció en el umbral descompuesto, palidísimo, con los cabellos desordenados y los ojos aún rojos de llanto. D´Andrea lo tenía del brazo.

– Quiero saber solo esto, – le dijo a la hermana, con los dientes apretados, con voz silbante, casi separando las sílabas: – Quiero saber quién ha sido.

Eleonora, con la cabeza inclinada, con los ojos cerrados, sacudió lentamente la cabeza y comenzó a sollozar.

– Me lo dirás, – gritó Bandi, acercándose, sujetado por el amigo. – Y con quienquiera que sea, ¡te casarás!

– ¡No puede ser, Giorgio! – gimió aún ella, bajando más la cabeza y retorciéndose en el seno las manos. – ¡No!, ¡no es posible!, ¡no es posible!

– ¿Está casado? – preguntó él, acercándose más, con los puños apretados, terrible.

– No, – se apresuró a responderle ella. – Pero no es posible, ¡créelo!

– ¿Quién es? – continuó Bandi, todo tembloroso, asediándola de cerca.- ¿Quién es?, ¡pronto, el nombre!

Sintiendo encima la furia del hermano, Eleonora se encogió, intentó levantar un poco la cabeza y gimió bajo los ojos fieros de él:

– No puedo decírtelo…

– ¡El nombre, o te mato! – rugió entonces Bandi, alzando un puño sobre la cabeza de ella.

Pero D´Andrea se interpuso, apartó al amigo, luego le dijo severamente:

– Vete. Me lo dirá a mí. Vete, vete…

Y lo hizo salir, a la fuerza, de la habitación.

III

El hermano fue inamovible.

En los pocos días que fueron necesarios para las publicaciones de rito, antes del matrimonio, se ensañó en el escándalo. Para prevenir las bromas que se esperaba de todos, tomó ferozmente el partido de ir proclamando su vergüenza, con horribles crudezas de lenguaje. Parecía enloquecido; y todos lo compadecían.

Le tocó, sin embargo, tener que luchar un poco con el arrendatario, para hacer que este condescendiera a las bodas del hijo.

Aunque de ideas abiertas, el viejo, al principio, pareció caer de las nubes: no quería creer que fuera posible una cosa semejante. Luego dijo:

– No lo dude su señoría. Lo pisaré con mis propios pies, ¿sabe cómo?, como se pisa la uva. O mejor, hagamos así: se lo entrego, atado de pies y manos; y su señoría se tomará toda la satisfacción que quiera. El látigo, para los latigazos, se lo procuro yo, y se lo tengo antes a propósito tres días en remojo, para que golpee mejor.

Pero cuando comprendió que el señor no pretendía esto, sino que quería otra cosa, el matrimonio, se sorprendió de nuevo:

– ¡Cómo! ¿Qué dice, su señoría? ¿Una señorona de esa clase con el hijo de un vil campesino?

Y opuso un duro rechazo.

– Perdóneme. Pero la señorita tenía el juicio y la edad; conocía el bien y el mal, no tenía que haber hecho con mi hijo lo que hizo. ¿Tengo que hablar? Se lo llevaba arriba a la casa todos los días. Su señoría me entiende… Un mozalbete… A esa edad, no se razona, no se presta atención… ¿Ahora puedo perder así a mi hijo, que Dios sabe cuánto me cuesta? La señorita.  Hablando con respeto, puede ser su madre…

Bandi tuvo que prometer como dote la cesión de la finca y una asignación diaria a la hermana.

Así se estableció el matrimonio; y, cuando tuvo lugar, fue un verdadero acontecimiento para ese poblacho.

Pareció que todos sintieran un gran placer destrozando públicamente la admiración, el respeto durante tantos años tributados a esa mujer; como si entre la admiración y el respeto, de lo que ya no la estimaban digna, y el escarnio con que ahora la acompañaban a esas bodas vergonzosas, no pudiera haber sitio para un poco de compasión.

La compasión era completamente para el hermano; el cual, se entiende, no quiso participar en la ceremonia. No participó ni siquiera D´Andrea, excusándose con que tenía que acompañar, ese triste día, a su pobre Giorgio.

Un viejo médico de la ciudad, que ya lo había sido de los padres de Eleonora, y al que D´Andrea, recién llegado fresco de los estudios, con todas las luces y las sofisticaciones de la novísima terapéutica, le había quitado gran parte de la clientela, se ofreció como testigo y llevó consigo a otro viejo, un amigo suyo, como segundo testigo.

Con ellos, Eleonora llegó en coche cerrado al Ayuntamiento; luego, a una pequeña iglesia apartada, para la ceremonia religiosa.

En otro coche iba el esposo, Gerlando, turbio y enfurruñado, con los padres. Estos, vestidos de fiesta, mostraban su orgullo, inflados y serios, porque, al final, el hijo se casaba con una verdadera señora, hermana de un abogado, y traía como dote un campo con una magnífica casa, y encima, dinero. Gerlando, para hacerse digno del nuevo estado, continuaría con los estudios. La finca la atendería él, el padre, que entendía de ello. ¿Que la esposa era un poco vieja? ¡Tanto mejor! El heredero ya estaba en camino. Por ley natural ella moriría antes, y Gerlando entonces se quedaría libre y rico.

Estas y otras reflexiones semejantes hacían también, en un tercer coche, los testigos del esposo, campesinos amigos del padre, en compañía de dos viejos tíos maternos. Los otros parientes y amigos del esposo, innumerables, esperaban en la casa, todos vestidos de fiesta, con trajes de paño turquesa, los hombres; con capitas nuevas y pañuelos de los colores más vistosos, las mujeres. Pues el arrendatario, de grandes ideas, había preparado una recepción precisamente excepcional.

En el ayuntamiento, a Eleonora, antes de entrar en la sala del estado civil, la asaltó una convulsión de llanto; el esposo, que se mantenía aparte, en corro con los familiares, acudió empujado por estos; pero el viejo médico le rogó que no se dejara ver, que se apartara, por el momento.

Aún no repuesta de esa crisis violenta, Eleonora entró en la sala; vio a su lado a ese muchacho, cuyo empacho y vergüenza lo volvían más híspido y ridículo; tuvo un ímpetu de rebeldía; estuvo a punto de gritar: – ¡No! ¡No! – y lo miró como para empujarlo a gritar así también a él. Pero poco después dijeron que sí los dos, como condenados a una pena inevitable. Despachada con mucha prisa la otra función en la pequeña iglesia solitaria, el triste cortejo se dirigió a la casa. Eleonora no quería separarse de los dos viejos amigos; pero tuvo que subir al coche con el esposo y con los suegros.

Por el camino, no intercambiaron ni una palabra en el coche.

El arrendatario y la mujer parecían aturdidos, levantaban la mirada de vez en cuando para mirar de pasada a la nuera; luego, se miraban a su vez y bajaban los ojos. El esposo miraba afuera, completamente encerrado en sí mismo, ceñudo.

En casa los acogieron con un estrepitoso disparo de morteros, gritos festivos y palmadas. Pero el aspecto y la actitud de la esposa helaron a todos los invitados, aunque ella intentara incluso sonreírle a esa buena gente que procuraba festejarla a su manera, como es costumbre en las bodas.

Pidió pronto permiso para retirarse sola; pero en la habitación en la que había dormido durante las vacaciones, al encontrar preparada la cama de matrimonio, se detuvo de pronto, en el umbral: – ¿Ahí?, ¿con él? ¡No! ¡Nunca! ¡Nunca! – Y, dominada por la repulsión, huyó a otra habitación, se encerró en ella con llave, cayó en una silla, apretándose muy fuerte el rostro con las dos manos.

Le llegaban, a través de la puerta, las voces, las risas de los invitados, que incitaban allí a Gerlando, a quien felicitaban, más que por la esposa, por el buen parentesco que había contraído y por el buen campo.

Gerlando estaba asomado al balcón y, por toda respuesta, lleno de vergüenza, sacudía de vez en cuando los poderosos hombros.

Vergüenza, sí, sentía vergüenza de ser marido de ese modo, de esa señora, ¡así era! Y toda la culpa era de su padre, quien, por esa maldita fijación con la escuela, había hecho que la señorita lo tratara como a un muchachote estúpido e inepto, cuando ella vino de vacaciones, al favorecer que ella le gastara bromas que lo habían herido. Y he ahí, en tanto, lo que había sucedido. El padre no pensaba sino en el buen campo. Pero él ¿cómo viviría de ahora en adelante con esa mujer que le infundía tanta sumisión y que ciertamente lo odiaba por la vergüenza y el deshonor? ¿Cómo se atrevería a levantar la mirada ante ella? Y, por añadidura, ¡el padre pretendía que él continuara con los estudios! ¡Figurémonos cómo se mofarían de él los compañeros! Su mujer tenía veinte años más que él, y parecía una montaña, parecía…

Mientras Gerlando se torturaba con estas reflexiones, el padre y la madre esperaban los últimos preparativos del almuerzo. Finalmente, los dos entraron triunfantes en la sala, donde la mesa ya estaba dispuesta. El servicio de mesa había sido preparado para el acontecimiento por un chef de la ciudad que también había enviado a un cocinero y a dos camareras para servir el almuerzo.

El arrendatario fue a buscar a Gerlando al balcón y le dijo:

– Ve a avisar a tu mujer que dentro de poco todo estará listo.

– ¡No voy, no, señor! – gruñó Gerlando, dando un zapatazo. – Vaya usted.

– ¡Te corresponde a ti, animal! – le gritó el padre. – ¡Tú eres el marido, ve!

– Muchas gracias… ¡No, señor! ¡No voy! – repitió Gerlando, duro, evadiéndose.

Entonces, el padre, airado, lo agarró por la solapa de la chaqueta y le dio un empujón.

– ¿Te avergüenzas, animal? ¿Te has liado con ella antes, y ahora te avergüenzas? ¡Ve! ¡Es tu mujer!

Los invitados acudieron a poner paz, a persuadir a Gerlando a ir.

– ¿Qué tiene de malo? Le dirás que venga a tomar un bocado…

-¡Pero si no sé siquiera cómo tengo que llamarla! – gritó Gerlando, exasperado.

Algunos invitados estallaron de risa, otros se dispusieron para sujetar al arrendatario que se había lanzado a abofetear al imbécil del hijo que le estropeaba así la fiesta preparada con tanta solemnidad y tanto gasto.

– La llamarás por su nombre de bautismo, – le decía en tanto, lenta y persuasiva, la madre. – ¿Cómo se llama? Eleonora, ¿no es verdad?, pues tú, llámala Eleonora. ¿No es tu mujer? Ve, hijo mío, ve… Y, hablándole así, lo llevó al dormitorio de matrimonio.

Gerlando fue a llamar a la puerta. Golpeó una primera vez, lento. Esperó. Silencio. ¿Cómo le hablaría? ¿Tenía precisamente que tutearla, así, la primera vez? ¡Ah, maldito lío! ¿Y por qué, en tanto, no respondía ella? Quizás no había oído. Volvió a llamar más fuerte. Esperó. Silencio.

Entonces, todo azorado, intentó llamar en voz baja, como le había sugerido la madre. Pero le salió un Eleonora tan ridículo, que pronto, como para borrarlo, llamó fuerte, franco:

– ¡Eleonora!

Oyó al fin la voz de ella que preguntaba tras la puerta de otra habitación.

– ¿Quién es?

Se acercó a esa puerta, con la sangre toda revuelta.

– Yo, -dijo – yo Ger… Gerlando… Está listo.

– No puedo, – respondió ella. – Continuad sin mí.

Gerlando volvió a la sala, aliviado de un gran peso.

– ¡No viene! ¡Dice que no viene! ¡No puede!

– ¡Viva el animal! – exclamó entonces el padre, que no lo llamaba de otro modo. – ¿Le has dicho que estaba puesta  la mesa? ¿Y por qué no la has forzado a venir?

La mujer se interpuso, hizo que el marido entendiera que sería mejor, quizás, que dejaran en paz a la esposa ese día. Los invitados aprobaron.

– La emoción… el malestar… ¡ya se sabe!

Pero el arrendatario, que se había empeñado en demostrarle a la nuera que, en esa ceremonia, él sabía cumplir su obligación, se quedó ceñudo y ordenó de mala manera que se sirviera el almuerzo.

Había un deseo de platos finos, que ahora llegarían a la mesa, pero había también en todos esos invitados una seria consternación por todo lo superfluo que veían lucir en el mantel nuevo, que los cegaba: cuatro vasos de diversa forma y tenedores y tenedorcitos, cuchillos y cuchillitos, y ciertas plumillas, además, dentro de los envoltorios de papel de seda.

Sentados muy separados de la mesa, sudaban también por los pesados trajes de paño de la fiesta, y se miraban las caras duras, secas, transformadas por la insólita limpieza; y no osaban levantar las grandes manos deformadas por los trabajos del campo para coger esos tenedores de plata (¿el pequeño o el grande?) o esos cuchillos, bajo la mirada de los camareros que, dando vueltas con los servicios, con esos guantes de hilo blanco, despertaban en ellos un terrible embarazo.

El arrendatario, en tanto, mientras comía, miraba al hijo y sacudía la cabeza, con una expresión en la cara de irrisoria conmiseración.

– ¡Miradlo, miradlo! –mascullaba. – ¿Qué papel está haciendo ahí solo, desparejado, presidiendo la mesa? ¿Cómo va a tener la mujer consideración con tal armatoste? Tiene razón, tiene razón al avergonzarse de él. ¡Ah, si hubiera estado yo en su lugar!

Acabado el almuerzo en medio del enfado general, los invitados, con una excusa o con otra, se fueron. Era ya casi de noche.

– ¿Y ahora? – le dijo el padre a Gerlando, cuando los dos camareros acabaron de recoger la mesa, y todo en la casa estuvo tranquilo. – ¿Qué harás, ahora? ¡Te las arreglarás tú!

Y le ordenó a su mujer que lo siguiera a la casa de labranza, donde vivían, poco distante de la casa principal.

Ya solo, Gerlando miró a su alrededor, ceñudo, sin saber qué hacer.

Sintió en el silencio la presencia de la que estaba encerrada allí. Quizás, ahora, al no oír ningún ruido, saldría de la habitación. ¿Qué debería hacer él, entonces?

Ah, con qué placer huiría a dormir a la casa de labranza, junto a la madre, o incluso allí a la intemperie. ¡Quizás bajo algún árbol!

¿Y si ella, entretanto, esperaba que la llamara? Y si, resignada a la condena que había querido infligirle el hermano, se retenía en poder de su marido, y esperaba que él… sí, la invitara a…

Tendió el oído. Pero no, todo era silencio. Quizás se había dormido. Estaba ya oscuro. La luz de la luna entraba, por el balcón abierto, en la sala.

Sin pensar en encender la luz, Gerlando cogió una silla y fue a sentarse al balcón, que miraba a todo su alrededor, desde lo alto, el extendido campo que bajaba hasta el mar allá al fondo, lejos.

En la noche clara brillaban límpidas las estrellas mayores; la luna encendía en el mar una viva cenefa de plata; de los vastos llanos de rastrojos se levantaba trémulo el canto de los grillos, como un denso, continuo campanilleo. De pronto, un ruiseñor, allí cerca, emitió un pío lánguido, acongojado; desde lejos otro le respondió, como un eco, y los dos siguieron un rato piando así, en la clara noche.

Con un brazo apoyado en la baranda del balcón, él, entonces, instintivamente, para librarse de la opresión de esa inseguridad ansiosa, detuvo el oído en esos dos píos que se respondían en el silencio encantado de la luna; luego, descubriendo allí en el fondo un trozo del muro que rodeaba toda la finca, pensó que ahora toda aquella tierra era suya; suyos, aquellos árboles: olivos, almendros, algarrobos, higueras, moreras; suya, esa viña.

Tenía razón el padre al estar contento, pues de ahora en adelante no estaría sometido a nadie.

Al final, no era tan estrambótica la idea de hacerle continuar los estudios. Mejor allí, mejor en la escuela, que aquí todo el día, junto a la mujer. En cómo poner en su lugar a esos compañeros que quisieran reírse a sus espaldas ya pensaría él. Era un señor, ahora, y no le importaba si lo echaban de la escuela. Pero esto no sucedería. Es más, él se proponía estudiar de ahora en adelante con aplicación, para poder un día, dentro de poco, figurar entre los caballeros del pueblo, sin sentir embarazo, y hablar y tratar con ellos, de igual a igual. Le bastaban cuatro años de escuela para tener la licencia del instituto técnico: y luego, perito agrónomo o administrativo. Su cuñado, entonces, el señor abogado, que parecía que había arrojado allí, a los perros, a su hermana, tendría que saludarlo con el sombrero. Sí, señor. Y entonces él tendría todo el derecho de decirle: “¿Qué me has dado? ¿A mí, esa vieja? ¡He estudiado, tengo una profesión de señor y podía aspirar a una hermosa joven, rica y de buena familia como ella!”

Pensando esto, se quedó dormido con la frente en el brazo apoyado en la baranda.

Los dos píos continuaban, uno aquí cerca, el otro lejos, su alterno lamento voluptuoso; la noche clara parecía que hacía temblar en la tierra su velo de luna sonoro de grillos, y llegaba ahora desde lejos, como una oscura zampoña, el murmullo profundo del mar.

En medio de la noche, Eleonora apareció, como una sombra, en el umbral del balcón.

No esperaba encontrar al joven dormido. Sintió pena y temor al mismo tiempo. Se quedó un rato pensando si sería conveniente despertarlo para decirle lo que había decidido y quitarlo de ahí; pero, a punto de sacudirlo, de llamarlo por su nombre, sintió que le faltaban las fuerzas y se retiró lentamente, como una sombra, a la habitación de la que había salido.

IV

El entendimiento fue fácil.

Eleonora, la mañana siguiente, le habló maternalmente a Gerlando. Lo dejó dueño de todo, libre de hacer lo que le gustara, como si entre ellos no hubiera ningún vínculo. Para ella pidió que la dejaran allí, aparte, en esa habitación, junto a la vieja sirvienta de casa, que la había visto nacer.

Gerlando, que ya avanzada la noche se había retirado del balcón todo entumecido por la humedad para irse a dormir al diván del comedor, ahora, así sorprendido en el sueño, con un gran deseo de restregarse los ojos con los puños, abriendo la boca por el esfuerzo de fruncir las cejas, porque quería mostrar no tanto que comprendía, cuanto que estaba convencido, dijo que sí, sí con la cabeza. Pero el padre y la madre, cuando conocieron ese pacto, se encolerizaron, y en vano Gerlando intentó hacerles entender que le convenía así, que además estaba más que contento.

Para tranquilizar en cierto modo al padre, tuvo que prometer formalmente que, a principios de octubre, volvería a la escuela. Pero, por desquite, la madre le impuso que eligiera la habitación más hermosa para dormir, la habitación más hermosa para estudiar, la habitación más hermosa para comer… ¡Todas las habitaciones más hermosas!

– ¡Y lleva tú la batuta, ya sabes! Si no, vengo yo para que te obedezcan y te respeten.

Juró al final que no volvería a dirigirle la palabra a esa melindrosa que despreciaba así a su hijo, un buen muchachote, a quien ella no era ni siquiera digna de mirar.

Desde aquel mismo día, Gerlando se puso a estudiar, a retomar la preparación interrumpida de los exámenes de recuperación. Ya era tarde, verdaderamente: tenía apenas veinticuatro días por delante; pero ¡quién sabe!, aplicándose un poco, quizás lograra finalmente esa licencia técnica, por la que se torturaba desde hacía tres años.

Habiéndose sacudido el aturdimiento angustioso de los primeros días, Eleonora, por consejo de la vieja sirvienta, se puso a preparar la canastilla del  niño que iba a nacer.

No había pensado en ello, y lloró.

Gesa, la vieja sirvienta, la ayudó, la guió en ese trabajo, en el que era inexperta; le dio las medidas para los primeros batones, para los primeros gorritos…  Ah, la suerte le guardaba este consuelo, y ella aún no había pensado en ello; tendría a un pequeñín, a una pequeñita a quien atender, ¡a quien consagrarse por completo! Pero Dios tenía que hacerle el favor de enviarle un varoncito. Ya era vieja, moriría pronto, y ¿cómo le iba a dejar a ese padre una niña a quien ella le inspiraría sus pensamientos, sus sentimientos? Un varoncito sufriría menos con ese tipo de existencia, en la que dentro de poco la mala suerte lo pondría.

Angustiada por estos pensamientos, cansada del trabajo, para distraerse, cogía uno de esos libros que había hecho que le enviase el hermano la otra vez, y se ponía a leer. De vez en cuando, señalando con la cabeza, preguntaba a la criada:

– ¿Qué hace?

Gesa encogía los hombros, sacaba los labios, luego respondía:

– ¡Uf! Está echado sobre el libro. ¿Duerme? ¿Piensa? ¡Quién sabe!

Gerlando pensaba. Pensaba que, a fin de cuentas, su vida no era muy alegre.

Pues tenía la finca, y era como si no la tuviera; la mujer era como si no la tuviese; estaba en guerra con la familia; enfadado consigo mismo, pues no lograba retener nada, nada, nada de lo que estudiaba.

En ese ocio inquieto, entretanto, sentía dentro de él como un fermento de ásperos deseos; entre ellos, el de la mujer, porque se le había negado. No era ya deseable esa mujer, es verdad. Pero… ¿qué pacto ere ese? Él era el marido, y tenía que decirlo él, si acaso.

Se levantaba, salía de la habitación, pasaba por delante de la puerta de la habitación de ella, pero pronto, entreviéndola, sentía que se le derrumbaba todo propósito de rebelión. Resoplaba y, para no reconocer que entonces le faltaban las fuerzas, se decía a sí mismo que no valía la pena.

Uno de esos días, finalmente volvió de la ciudad derrotado, suspendido, suspendido otra vez en los exámenes de licencia técnica, ¡Y ahora basta! ¡Basta de verdad! ¡No quería saber nada más de ello! Cogió libros, cuadernos, dibujos, escuadras, estuches, lápices y los llevó abajo, delante de la casa para hacer una hoguera. El padre acudió para impedírselo; pero Gerlando, enfurecido, se rebeló:

– ¡Déjeme! ¡Soy el dueño!

Sobrevino la madre, acudieron incluso los campesinos que trabajaban en el campo. Una hoguera al principio rala, luego poco a poco más densa se liberó, en medio de los gritos de los presentes, de ese montón de papeles; luego un resplandor; luego crepitó la llama y se levantó. Con los gritos, se asomaron al balcón Eleonora y la sirvienta.

Gerlando, lívido e hinchado como un pavo, arrojaba a las llamas, descamisado, furioso, los últimos libros que tenía bajo el brazo, los instrumentos de su larga e inútil tortura.

Eleonora se esforzó por no reírse ante ese espectáculo, y se retiró deprisa del balcón. Pero la suegra se dio cuenta y le dijo al hijo:

– Con esto se alegra la señora, ¿sabes? Le causas risa.

– ¡Llorará! – gritó entonces Gerlando, amenazante, levantando la cabeza hacia el balcón.

Eleonora oyó la amenaza y palideció. Comprendió que la cansada y triste quietud, de la que había gozado hasta entonces, se había acabado para ella. Solo un momento de tregua le había concedido la suerte. Pero ¿qué podía querer de ella ese bruto? Ella ya estaba exhausta, otro golpe, aunque leve, la abatiría.

Poco después, se vio delante a Gerlando, hosco y jadeante.

– ¡Hoy mismo cambiamos de vida! – le anunció.- Me he hartado. Me pongo a trabajar como un campesino, como mi padre; y por tanto tú dejarás de ser la señora aquí. ¡Fuera, fuera toda esta lencería! Quien nazca será también campesino, y por tanto sin tantos afeites y tantas galas. Despide a la sirvienta: tú harás de comer y cuidarás de la casa, como hace mi madre. ¿Entendido?

Eleonora se levantó, pálida y vibrante de desdén:

– Tu madre es tu madre, – le dijo, mirándolo fieramente a los ojos. – Y yo soy yo, y no puedo volverme contigo, villano, villana.

– ¡Eres mi mujer! – gritó entonces Gerlando, acercándose violento y agarrándola por un brazo. – Y harás lo que yo quiera, aquí mando yo, ¿comprendes?

Luego se volvió a la vieja sirvienta y le indicó la puerta:

– ¡Fuera! ¡Váyase enseguida! ¡No quiero sirvientas por la casa!

– ¡Voy contigo, Gesa! – gritó Eleonora tratando de liberar el brazo que él le tenía aún agarrado.

Pero Gerlando no se lo soltó; se lo apretó más fuerte; la obligó a sentarse.

– ¡No! ¡Aquí! ¡Tú te quedas aquí, encadenada conmigo! Por ti se han burlado de mí, ¡ahora basta! Ven, sal de esta guarida tuya. Ya no quiero estar solo llorando mi pena. ¡Fuera! ¡Fuera!

Y la empujó fuera de la habitación.

– ¿Y qué has llorado tú hasta ahora? – le dijo ella con lágrimas en los ojos. – ¿Qué he pretendido yo de ti?

– ¿Qué has pretendido? ¡No ser molestada, no tener contacto conmigo, como si yo fuese… como si no mereciese tu confianza, señora! Me ha servido la mesa una asalariada, mientras te correspondía a ti servirme, completamente, como hacen las esposas.

– Pero ¿qué vas a hacer conmigo? – le preguntó, humillada, Eleonora. – Te serviré, si quieres, con mis manos, de ahora en adelante. ¿Está bien?

Diciendo esto rompió a llorar, luego sintió que se le doblaban las piernas y se abandonó. Gerlando, perdido, confuso, la sostuvo junto con Gesa, y los dos la pusieron en una silla.

Por la tarde, improvisamente, le llegaron los dolores. Gerlando, arrepentido, espantado, corrió a llamar a la madre. Un muchacho fue enviado a la ciudad por una matrona. Mientras, el arrendatario, viendo ya en peligro la finca, si la nuera abortaba, maltrataba al hijo:

– Animal, animal, ¿qué has hecho? ¿Y si se te muere ahora? ¿Y si no tienes más hijos? ¡Te quedas en la calle! ¿Qué harás? Has dejado la escuela y no sabes siquiera tener el azadón en la mano. ¡Estás arruinado!

– ¿Qué me importa? – gritó Gerlando. – ¡Con tal de que a ella no le pase nada!

Llegó la madre con los brazos levantados:

– ¡Un médico! ¡Necesitamos rápido un médico! ¡La veo mal!

– ¿Qué tiene? – preguntó Gerlando, desconcertado.

Pero el padre lo empujó fuera:

– ¡Corre! ¡Corre!

Por el camino, Gerlando, todo tembloroso,  se vino abajo, se echó a llorar, esforzándose sin embargo por correr. A mitad del camino se encontró con la matrona que venía en una carroza con el muchacho.

-¡Vaya! ¡Vaya! – gritó. – Voy por el médico, ¡se muere!

Tropezó, se cayó; cubierto de polvo, volvió a correr, desesperadamente, mordiéndose la mano que se había desollado.

Cuando volvió con el médico a la casa, Eleonora estaba a punto de morir, desangrada.

– ¡Asesino! ¡Asesino! – se lamentaba Gesa, atendiendo a la señora. – ¡Él ha sido! Ha osado ponerle las manos encima.

Eleonora, sin embargo, negaba con la cabeza. Sentía que, poco a poco, con la sangre, se le iba la vida, que poco a poco las fuerzas se le debilitaban; estaba ya fría… Pues bien, no le daba pena morir; era dulce la muerte así, un gran alivio, después de los atroces sufrimientos. Y con la cara como de cera, mirando el techo, esperaba que los ojos se le cerraran solos, despacio, para siempre. Ya no  distinguía nada. Como en sueños, volvió a ver al viejo médico que le había hecho de testigo, y le sonrió.

V

Gerlando no se separó de los pies de la cama, ni de día ni de noche, durante todo el tiempo que Eleonora estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte.

Cuando finalmente pudieron sentarla en el sillón, parecía otra mujer: diáfana, casi exangüe. Se vio delante a Gerlando, que parecía salir también él de una mortal enfermedad, y preocupados a su alrededor a los familiares de él. Los miraba con los hermosos ojos negros, más grandes y dolientes en la pálida delgadez, y le parecía que ahora ninguna relación existía ya entre ellos y ella, como si ella hubiera vuelto ahora, nueva y diversa, de un lugar remoto, donde todo vínculo se hubiera roto, no solo con ellos, sino con toda la vida de antes.

Respiraba con dificultad; con el mínimo ruido el corazón le saltaba en el pecho y le latía con tumultuosa violencia; un cansancio grave la oprimía.

Entonces, con la cabeza abandonada en el respaldo del sillón, los ojos cerrados, lamentaba interiormente no haber muerto. ¿Qué estaba haciendo ya allí?, ¿por qué aún esa condena para los ojos de ver esas caras alrededor y esas cosas, de las que ya se sentía tan lejos? ¿Por qué ese acercamiento a las apariencias opresoras y nauseabundas de la vida pasada, acercamiento que a veces le parecía hacerse más brusco, como si alguien la empujase por detrás, para obligarla a ver, a sentir la presencia, la realidad viva y moribunda de la vida odiosa, que ya no le pertenecía?

Creía firmemente que no se volvería a levantar nunca más de ese sillón; creía que de un momento a otro moriría de pena. Pero no fue así, pues unos días después pudo ponerse en pie, dar unos pasos, sujetada, por la habitación; luego, con el tiempo, incluso pudo bajar la escalera e ir al aire libre, del brazo de Gerlando y de la sirvienta. Se habituó, en fin, a ir al atardecer hasta el borde del precipicio que limitaba la finca al sur.

Se abría al otro lado la magnífica vista de la llanura que estaba bajo el altiplano, hasta el mar allá al fondo. Fue los primeros días acompañada, como de costumbre, por Gerlando y por Gesa; luego, sin Gerlando; al final, sola.

Sentada en una piedra, a la sombra de un olivo centenario, miraba toda la ribera lejana que apenas se curvaba, con leves arcos, con leves senos, rompiéndose en el mar que cambiaba según la dirección del viento; veía el sol ya como un disco de fuego ahogarse lentamente entre las brumas enmohecidas apoyadas sobre el mar completamente gris, a poniente, ya bajando ahora en triunfo sobre las olas en llamas, entre una pompa maravillosa de nubes encendidas; veía en el húmedo cielo crepuscular fluir líquida y tranquila la luz de Júpiter, avivarse apenas la luna diáfana y líquida; se bebía con los ojos la triste dulzura de la tarde inminente, y respiraba, feliz, sintiéndose invadida hasta el fondo del alma, por el fresco, por la quietud, como un consuelo sobrehumano.

En tanto, al otro lado, en la casa de labranza, el viejo arrendatario y su mujer volvían a desearle algún daño, instigando al hijo a que atendiera a sus asuntos.

– ¿Por qué la dejas sola? – se cuidaba de decirle el padre. – ¿No te das cuenta de que ella, ahora, después de la enfermedad, te agradece el afecto que le has mostrado? No la dejes ni un momento, intenta entrarle cada vez más en el corazón; y luego… luego procura que la sirvienta no se acueste más en la misma habitación que ella. Ahora está bien y ya no la necesita, de noche.

Gerlando, irritado, se sacudía por completo, ante estas sugerencias.

– Pero ¡ni siquiera en sueños! Pero si no se le pasa por la cabeza que yo pueda… ¡Qué va! Me trata como a un hijo… ¡Hay que escuchar lo que me dice! Se siente vieja, pasada y acabada para este mundo. ¡Qué va!

– ¿Vieja? – preguntaba la madre. – Cierto, ya no es una niña; pero tampoco vieja, y tú…

– ¡Te quitan la tierra! – acosaba el padre. – Te lo he dicho ya: estás arruinado, en medio de la calle. Sin hijos, muerta tu mujer, la dote vuelve a su familia. Y tú habrás obtenido esta buena ganancia; habrás perdido la escuela y todo este tiempo, así, sin ninguna compensación… ¡Con  un palmo de narices! Piensa, piensa a tiempo, ya has perdido demasiado… ¿Qué esperas?

– Por las buenas, – continuaba, modosa, la madre. – Tú debes ir por las buenas, y quizás decirle: “¿Ves?, ¿Qué he tenido de ti?, te he respetado, como has querido; pero ahora piensa tú un poco en mí: ¿Cómo quedo yo?, ¿qué haré si tú me dejas así?” ¡Al final, santo Dios, no debe ir a la guerra!

– Y puedes añadir, – volvía a acosar el padre, – puedes añadir: “¿Quieres alegrar a tu hermano que te ha tratado así?, ¿hacer que él me eche de aquí como a un perro?”. ¡Esta es la santa verdad, atento! Como a un perro te echarán, a puntapiés, y a tu madre y a mí, pobres viejos, contigo.

Gerlando no respondía nada. Ante los consejos de la madre sentía casi un alivio, pero irritante, como una titilación; las previsiones del padre le removían la bilis, lo encendían de ira. ¿Qué hacer? Veía la dificultad de la empresa y veía también la necesidad imperiosa. Era necesario intentarlo de cualquier modo.

Eleonora, ahora, se sentaba en la mesa con él. Una tarde, en la cena, al verlo con los ojos fijos en el mantel, pensativo, le preguntó:

– ¿No comes?, ¿qué tienes?

Aunque desde hacía unos días él se esperara esta pregunta provocada por su misma actitud, no supo en el momento responder tal como había decidido, e hizo un gesto vago con la mano.

– ¿Qué tienes? – insistió Eleonora.

– Nada, – respondió, azorado, Gerlando. – Mi padre, como siempre…

– ¿De nuevo con la escuela? – preguntó ella sonriendo, para obligarlo a hablar.

– No, peor, – dijo él. – Me pone… me pone delante tantas sombras, me aflige con… con el pensamiento de mi futuro, puesto que él es viejo, dice, y yo así, sin arte ni parte. Mientras estés tú, bien; pero luego… luego, nada, dice…

– Dile a tu padre, – respondió entonces, con gravedad, Eleonora, entrecerrando los ojos, casi para no ver el rubor de él, – dile a tu padre que no se preocupe. Ya lo he arreglado todo, dile, que esté por tanto tranquilo. Es más, ya que estamos en este tema, óyeme: si yo faltara de pronto – somos de la vida y de la muerte – en el segundo cajón del cantarano, en mi habitación, encontrarás en un sobre amarillo una carta para ti.

– ¿Una carta? – repitió Gerlando, sin saber qué decir, confuso de vergüenza.

Eleonora afirmó con la cabeza, y añadió:

– No te preocupes.

Aliviado y contento, Gerlando, la mañana siguiente, refirió a los padres cuanto le había dicho Eleonora; pero estos, especialmente el padre, no se quedaron satisfechos en modo alguno.

– ¿Una carta? ¡Líos!

¿Qué podía ser esa carta? El testamento: la donación de la finca al marido. ¿Y si no estaba hecha en regla y con todas las formas? La sospecha era fácil, visto que se trataba de la escritura privada de una mujer, sin asistencia de un notario. Y luego, ¿no se tenía que ver con el cuñado, mañana, un hombre de leyes, un liante?

– ¿Procesos, hijo mío? ¡Que Dios te guarde y te libre! La justicia no es para los pobres. Y ese, por la rabia, será capaz de hacerte ver blanco lo negro, y negro lo blanco.

Y además, esa carta, ¿estaba de verdad en el cajón del cantarano? ¿O se lo había dicho para que no la molestara?

– ¿La has visto tú? No. ¿Entonces? Pero, admitido que te la deje ver, ¿qué comprendes tú?, ¿qué comprendemos nosotros? Mientras que con un hijo… ¡eso! No te dejes embaucar. ¡Escúchanos! ¡Carne!, ¡carne!, ¡y no una carta!

Así, un día, Eleonora, mientras estaba bajo ese olivo, al pie del precipicio, vio a su lado de pronto a Gerlando, que había llegado furtivamente.

Estaba completamente envuelta en un amplio mantón negro. Tenía frío, aunque febrero era tan delicado, que ya parecía primavera. La vasta llanura, abajo, estaba toda verde de forraje; el mar, al fondo, placidísimo, compartía con el cielo un color rosado un poco apagado, pero muy suave, y los campos en sombra parecían esmaltados.

Cansada de mirar, en el silencio, esa maravillosa armonía de colores, Eleonora había apoyado la cabeza en el tronco del olivo. En el mantón negro echado sobre la cabeza se descubría solo la cara que parecía aún más pálida.

– ¿Qué haces? – le preguntó Gerlando. – Pareces la Virgen de los Dolores.

– Miraba… – le respondió ella, con un suspiro, entrecerrando los ojos.

Pero él retomó:

– Si vieses lo… lo bien que estás así, con este mantón negro…

– ¿Bien? – dijo Eleonora, sonriendo tristemente.- ¡Tengo frío!

– No, digo, bien de… de… de aspecto, – le explicó él, balbuciendo, se sentó en el suelo al lado de la piedra.

Eleonora, con la cabeza apoyada en el tronco, volvió a cerrar los ojos, sonrió para no llorar, asaltada por el lamento de la juventud perdida tan míseramente. A los dieciocho años, sí, había sido incluso hermosa, y mucho.

De pronto, mientras estaba tan absorta, sintió que la sacudían ligeramente.

– Dame una mano, – le pidió él desde el suelo, mirándola con ojos brillantes.

Ella comprendió; pero fingió no comprender.

– ¿La mano? ¿Por qué? – le preguntó. – Yo no puedo levantarte, ya no tengo fuerza, ni siquiera para mí… Ya es tarde, vamos.

Y se levantó.

– No lo decía para que me levantaras, – explicó de nuevo Gerlando, desde el suelo. – Quedémonos aquí, en la oscuridad, es tan hermoso…

Diciendo esto, fue rápido en abrazarle las rodillas, sonriendo nerviosamente, con los labios secos.

– ¡No! – gritó ella. – ¿Estás loco? ¡Déjame!

Para no caer, se apoyó con los brazos en los hombros de él y lo empujó hacia atrás. Pero el mantón, en ese momento, se le soltó y, como ella estaba inclinada sobre él erguido sobre las rodillas, lo envolvió, lo escondió dentro.

– ¡No, te quiero!, ¡te quiero! – dijo él, entonces, como ebrio, apretándola más con un brazo, mientras con el otro le buscaba la cintura, envuelto en el olor del cuerpo de ella.

Pero ella, con un esfuerzo supremo, logró soltarse, corrió hasta el borde del precipicio, se volvió, gritó:

– ¡Me arrojo!

Entonces se lo vio encima, violento; se dobló hacia atrás, cayó en el precipicio.

Él se retuvo con dificultad, desconcertado, gritando, con los brazos levantados. Oyó un golpe terrible, allá abajo. Asomó la cabeza. Un montón de ropas negras, en el verdor de la llanura de abajo. Y el mantón, que se había abierto al viento, cayó blandamente, abierto así, más lejos.

Con las manos en los cabellos, se volvió  a mirar hacia la casa de labranza; pero de improviso en sus ojos se clavó la amplia cara pálida de la luna que había surgido apenas de la densidad de los olivos de allá abajo; y se quedó aterrorizado mirándola, como si esta, desde el cielo, hubiera visto y lo acusara.

1.2 Primera noche

     cuatro camisas,

     cuatro sábanas,

     cuatro faldas,

cuatro, en suma, de todo. Y ese ajuar de la hija, hecho así, una puntada hoy, una puntada mañana, con la paciencia de una araña, no se cansaba de enseñárselo a las vecinas.

– Cosas de pobres, pero limpias.

Con esas pobres manos descoloridas y ásperas que conocían todos los cansancios sacaba de la vieja arca de abeto, larga y estrecha como un ataúd, lentamente, como si tocase la hostia consagrada, la hermosa lencería, pieza por pieza, y los vestidos y los mantones dobles de lana: el de la boda, con las puntas bordadas y el festón de seda hasta el suelo; los otros tres, también de lana, pero más modestos; lo ponía todo a la vista sobre la cama, repitiendo, humilde y sonriente:  Cosas de pobres, y la alegría le temblaba en las manos y en la voz.

– Me he encontrado sola, -decía. – Todo con estas manos, que ya ni me las siento. Bajo el agua, bajo el sol; lavando en el río y en la fuente; ablandando almendras, recogiendo aceitunas, aquí  y allá por el campo; trabajando como criada y como aguadora… No importa. Dios, que ha contado mis lágrimas y conoce mi vida, me ha dado fuerza y salud. He hecho tanto, que lo he conseguido; y ahora puedo morir. A ese santo hombre que me espera en el otro mundo, si me pregunta por nuestra hija, podré decírselo: “Tranquilízate, pobre, no pienses más en ello: a tu hija la he dejado bien; penurias no sufrirá. Ya he padecido yo tantas por ella…” Lloro de alegría, no os preocupéis…

Y se secaba las lágrimas, Mamá Antó, con una punta del pañuelo negro que tenía en la cabeza, anudado bajo el mentón.

Casi casi no parecía ella misma, ese día, vestida completamente de nuevo, y causaba una curiosa impresión  escucharla hablar como siempre.

Las vecinas, a cual más, la alababan, la compadecían. Pero la hija Marastella, ya arreglada de novia con el traje gris de raso (¡una finura!) y el pañuelo de seda celeste en el cuello, en un rincón de la habitacioncilla preparada como mejor se pudo para el acontecimiento de ese día, viendo llorar a la madre, también  rompió en sollozos.

– Marasté, Marasté, ¿qué haces? – Las vecinas la rodearon, amables, dando cada una su opinión:

– ¡Tienes que estar alegre! ¿Qué haces? Hoy no se llora… ¿Sabes cómo se dice? Cien liras de melancolía no pagan la deuda de un céntimo.

– ¡Pensaba en mi padre! – dijo entonces Marastella, con la cara escondida entre las manos.

¡Muerto de mala muerte, siete años atrás! Aduanero del puerto, iba con la barca, de noche, vigilando. Una noche de tempestad, bordeando de cerca las Dos Riberas, la barca se había volcado y luego había desaparecido, con los tres hombres que la gobernaban.

Estaba aún vivo, en toda la gente de mar, el recuerdo de este naufragio. Y recordaban que Marastella, que acudió con la madre, las dos gritando, con los brazos levantados, entre el viento y las salpicaduras de las oleadas, al fondo de la escollera del nuevo puerto, sobre los cuales los cadáveres de los tres ahogados habían sido sacados tras dos días de búsquedas desesperadas, en lugar de echarse de rodillas sobre el cadáver del padre, se había quedado como petrificada delante de otro cadáver, murmurando, con las manos cruzadas sobre el pecho:

– ¡Ah! ¡Amor mío!, ¡amor mío! Ah, cómo has terminado…

Mamá Antó, los parientes del joven ahogado y la gente que acudió se habían detenido ante aquella inesperada revelación. Y la madre del ahogado, que se llamaba Tino Sparti (una verdadera joya de joven, ¡pobrecito!), al escucharla gritar así, le había echado los brazos al cuello en seguida y la había estrechado contra su corazón, muy fuerte, en presencia de todos, como para hacerla suya, suya y de él, del hijo muerto, llamándola con fuertes gritos:

– ¡Hija! ¡Hija!

Por esto, ahora, las vecinas, escuchando decir a Marastella: “Pienso en mi padre”, se intercambiaron una mirada de entendimiento, compadeciéndola en silencio. No, no lloraba por el padre, pobre muchacha. O quizás lloraba, sí, pensando  que el padre, vivo, no aceptaría ese partido que a la madre, en la miserable condición en que había quedado, le parecía ahora una fortuna.

¡Cuánto había tenido que luchar Mamá Antó para vencer la obstinación de la hija!

– ¿Me ves?, ya soy vieja, más de la muerte que de la vida. ¿Qué esperas?, ¿qué harás sola mañana, sin ayuda, en medio de la calle?

Sí. La madre tenía razón. Pero tantas otras consideraciones hacía ella, Marastella, por su parte. Sí era un buen hombre ese don Lisi Chírico que le querían dar por marido, no lo negaba, pero casi viejo, y viudo además. Se volvía a casar, pobrecillo, más por fuerza que por amor, tras un año apenas de viudez, porque necesitaba una mujer que cuidara la casa y le cocinara por la tarde. Era por eso por lo que volvía a casarse.

– ¿Y qué te importa? – le había respondido la madre.- Es más, eso debe darte confianza, pues piensa como hombre prudente. ¿Viejo? Aún no tiene cuarenta años. Con él no te faltará nada: tiene un sueldo fijo, un buen empleo. Cinco liras al día: ¡una fortuna!

– ¡Ah, sí,  un buen empleo!, ¡un buen empleo!

Este era el escollo, Mamá Antó lo había comprendido desde el principio: el tipo de empleo de Chírico.

Y un buen día de mayo había invitado a algunas vecinas, ella, ¡pobrecita!, a un paseo al altiplano que dominaba el pueblo.

Don Lisi Chírico, desde la cancela del pequeño cementerio blanco que se levanta arriba, sobre el pueblo, con el mar delante y el campo detrás, al ver la comitiva de las mujeres, las había invitado a entrar.

– ¿Ves? ¿Qué es? Parece un jardín, con muchas flores… – le había dicho Mamá Antó a Marastella, tras la visita al camposanto.- Flores  que no se marchitan nunca. Y aquí, todo  alrededor, campo. Si te asomas un poco por la cancela, ves todo el pueblo a tus pies; escuchas sus ruidos, sus voces… ¿Y has visto qué hermosa habitacioncita blanca, limpia y llena de aire? Por la tarde, cierras la puerta y la ventana, enciendes la luz, y estás en tu casa, una casa como cualquier otra. ¿Qué estás pensando?

Y las vecinas, por su parte:

– ¡Ya se sabe! Y además, todo es costumbre; ya verás, tras un par de días, ya no te impresionará. Los muertos, por lo demás, hija, no hacen daño; de los vivos tienes que guardarte. Y tú que eres menor que nosotras, nos tendrás a todas aquí, una tras otra. Esta casa es grande, y tú serás la dueña y la buena guarda.

Esa visita allá arriba, ese hermoso día de mayo, se había quedado en el alma de Marastella como una visión consoladora, durante los once meses de noviazgo: a ella volvía con el recuerdo en las horas de desconsuelo, especialmente al anochecer, cuando el alma se le ensombrecía y le temblaba de miedo.

Aún estaba secándose las lágrimas cuando don Lisi Chírico se presentó en la puerta con dos grandes cartuchos en los brazos, casi irreconocible.

– ¡Virgen Santa! –gritó Mamá Antó. – ¿Qué ha hecho, santo cristiano?

– ¿Yo? Ah, sí… La barba… – respondió don Lisi con una sonrisa escuálida que le temblaba perdida en los anchos y lívidos labios desnudos.

Pero no solo se había afeitado, don Lisi, se había incluso herido completamente, tan híspidas y fuertes tenía las raíces de la barba en esas mejillas huecas que ahora le daban el aspecto de una vieja cabra despellejada.

– Yo, yo, he sido yo quien ha hecho que se afeite, – se apresuró a entrometerse, cuando llegó, completamente acalorada, doña Nela, la hermana del esposo, gorda e impetuosa.

Llevaba bajo el mantón algunas botellas, y pareció, al entrar, que ocupaba todo el cuartucho, con ese vestido de seda verde guisante, que murmuraba como una fuente. La seguía el marido, delgado como don Lisi, taciturno y enfadado.

– ¿He hecho mal? – continuó aquella, quitándose el mantón. – Debe decirlo la esposa. ¿Dónde está? Mira, Lisi: ¿no te lo decía yo? Llora… tienes razón, hija mía. Hemos tardado demasiado. Por su culpa, por culpa de Lisi. “¿Me la afeito? ¿No me la afeito?” Dos horas para decidirse. Dime, ¿no te parece más joven así? Con esa pelambre blanca, el día del matrimonio…

– Me la dejaré crecer, – dijo Chírico interrumpiendo a la hermana y mirando triste a la joven esposa. – Parezco un viejo de todas formas y, además, más feo.

– ¡El hombre es hombre, so asno, y no es ni guapo ni feo! – sentenció airada la hermana. – Mira en cambio ¡el traje nuevo! ¡Lo estás estrenando ahora, qué lástima!

Y comenzó a darle manotazos en las mangas para sacudirle la harina de las pastas que aún llevaba en los dos cartuchos.

Ya era tarde; tenían que ir primero al ayuntamiento, para no hacer esperar al concejal, luego, a la iglesia; y el convite tenía que terminar antes de que anocheciera. Don Lisi, celosísimo de su trabajo, lo imploraba, angustiado especialmente por la hermana intrigante y charlatana, máxime después del almuerzo y las abundantes libaciones.

– ¡Aquí falta música! ¿Se ha visto alguna vez una boda sin música? ¡Tenemos que bailar! Llamad a Sidoro el ciego… ¡Guitarras y mandolinas!

Gritaba tanto, que el hermano debió llamarla aparte.

– ¡Déjalo, Nela, déjalo! Tendrías que haber entendido que no quiero jaleo.

La hermana lo miró con los ojos completamente abiertos:

– ¿Cómo? Pero … ¿Por qué?

Don Lisi frunció el ceño y suspiró profundamente:

– Piensa que hace apenas un año que la pobrecilla…

– ¿Piensas aún en ello verdaderamente? – le interrumpió doña Nela con una risotada. – ¡Si te estás casando de nuevo! ¡Ay, pobre Nunziata!

– Me vuelvo a casar, – dijo don Lisi entrecerrando los ojos y palideciendo, – pero no quiero ni música ni bailes. Algo bien distinto es lo que quiero.

Y cuando a él le pareció que estaba a punto de anochecer, le rogó a la suegra que lo dispusiera todo para la despedida.

– Ya sabe, tengo que tocar el avemaría, allí.

Antes de dejar la casa, Marastella, agarrada al cuello de la madre, rompió de nuevo a llorar y a llorar, y parecía que no terminaría nunca. No se veía con fuerzas, no se sentía con fuerzas para marcharse allí arriba, sola con él…

– Te acompañaremos todos nosotros, no llores, – la consolaba la madre.- ¡No llores, tonta!

Pero lloraba también ella y lloraban incluso todas las vecinas. ¡Despedida amarga!

Solo doña Nela, la hermana de Chírico, más rubicunda que nunca, no se había conmovido. Decía que había asistido a doce bodas y que las lágrimas, al final, como los confetis, nunca habían faltado.

– Llora la hija al dejar a la madre; llora la madre al dejar a la hija. ¡Esto se sabe! Otro vasito para calmar la conmoción, y nos vamos, que Lisi tiene prisas.

Se pusieron en camino. Parecía más un entierro que un cortejo nupcial. Y al verlo pasar, la gente, asomada a las puertas, a las ventanas, o parándose por la calle, suspiraba: – ¡Pobre novia!

Allí arriba, en el pequeño claro delante de la cancela, los invitados se entretuvieron un poco, antes de despedirse, para pedirle a Marastella que se animase. El sol se ponía ya, y el cielo estaba todo rojo, en llamas, y el mar, abajo, parecía arder. Desde el pueblo, allá abajo, subía un vocerío incesante, indistinto, como de un tumulto lejano, y esas olas de voces pendencieras se desvanecían contra la pared blanca, basta, que rodeaba el cementerio perdido allá arriba en el silencio.

El tañido aéreo y plateado de la campanilla tocada por don Lisi para anunciar el avemaría fue como la señal de la partida para los invitados. Al oír la campanilla, a todos les pareció más blanca esa pared del camposanto. Quizás porque el aire se había hecho más oscuro. Era necesario irse para que no se les hiciera muy tarde. Y todos empezaron a despedirse, deseándole mucha felicidad a la novia.

Se quedaron con Marastella, aturdida y helada, la madre y dos de entre las más íntimas amigas. Allá arriba, las nubes, antes de llamas, se habían vuelto ahora oscuras, como de humo.

– ¿Queréis entrar? – les dijo don Lisi a las mujeres, en el umbral de la cancela.

Pero en seguida Mamá Antó con una mano le indicó que callara y esperara. Marastella lloraba, suplicándole entre lágrimas que se la llevara a la ciudad con ella.

– ¡Por caridad! ¡Por caridad!

No gritaba, se lo decía así, despacio y con tanto temblor en la voz, que la pobre madre sentía que le arrancaban el corazón. El temblor de la hija, lo comprendía ella, era porque por la cancela había entrevisto el interior del camposanto, todas aquellas cruces allí, sobre las que caía la sombra de la tarde.

Don Lisi fue a encender la luz en la habitación a la izquierda de la entrada; volvió alrededor una mirada para ver si todo estaba en orden, y se quedó un poco incierto entre ir o esperar que la esposa se dejase persuadir por la madre, y entrara.

Comprendía y compadecía. Era consciente de que su persona triste, envejecida y afeada no podía inspirar en la esposa ni afecto ni confianza. Sentía incluso el corazón lleno de lágrimas.

Hasta la noche anterior se había arrodillado a llorar como un niño ante una crucecilla de ese camposanto, para despedirse de su primera esposa. No tenía que pensar más en ella, ahora sería todo de esta otra, padre y marido a la vez; pero los nuevos cuidados a la esposa no le harían descuidar los que desde hacía tantos años se tomaba amorosamente por todos ellos, amigos o desconocidos, que dormían allí bajo su custodia.

Se lo había prometido a todas las cruces durante esa vuelta nocturna la tarde anterior.

Al final, Marastella se dejó persuadir a entrar. La madre cerró en seguida la puerta casi para aislar a la hija en la intimidad de la habitación, dejando fuera el miedo del lugar. Y verdaderamente la vista de los objetos familiares pareció reconfortar algo a Marastella.

– Vamos, quítate el mantón, – dijo Mamá Antó. – Espera, te lo quito yo. Ahora estás en tu casa…

– La señora, – añadió don Lisi, tímidamente, con una sonrisa triste y afectuosa.

– ¿Lo oyes? – continuó Mamá Antó para incitar al yerno a que hablara de nuevo.

– Señora mía y de todo, – continuó don Lisi. – Ella tiene que saberlo ya. Aquí tendrá a uno que la respetará y que la querrá como su propia madre. Y no tiene que tener miedo de nada.

– ¡De nada, de nada, claro! – apremió la madre. – ¿Acaso es ya una niña? ¡Qué miedo! Tendrá tanto que hacer, ahora… ¿No es cierto? ¿No es cierto?

Marastella inclinó varias veces la cabeza, afirmando; pero apenas Mamá Antó y las dos vecinas se dispusieron a irse, rompió de nuevo a llorar y se echó de nuevo al cuello de la madre, agarrándose. Esta, con dulce violencia, se soltó de los brazos de la hija, le dio los últimos consejos para que confiara en el marido y en Dios, y se fue con las vecinas, llorando también ella.

Marastella se quedó cerca de la puerta, que la madre, al salir, había entornado, y con las manos en la cara se esforzaba por sofocar los sollozos que irrumpían, cuando un golpe de aire abrió un poco, silenciosamente, esa puerta.

Aún con las manos en la cara, ella no se dio cuenta. En cambio, le pareció que de pronto, quién sabe por qué, se le abría dentro como un vacío silencioso, de sueño; sintió un lejano, tembloroso campanilleo de grillos, una fresca y embriagadora fragancia de flores. Se quitó las manos de los ojos, entrevió en el cementerio una claridad mayor que la del alba, que parecía que encantase todas las cosas, allí, inmóviles y precisas.

Don Lisi corrió a cerrar la puerta. Pero,  entonces, Marastella, estremeciéndose de pronto y cobijándose en el rincón, entre la puerta y la pared, le gritó:

– ¡Por caridad, no me toque!

Don Lisi, herido por ese movimiento instintivo de repulsión, se detuvo.

– No iba a tocarte, – dijo. – Quería cerrar la puerta.

– No, no, – respondió en seguida Marastella, para mantenerlo lejos. – Déjela abierta. ¡No tengo miedo!

– ¿Y entonces?… – balbució don Lisi, sintiendo que se le caían los brazos.

En el silencio, a través de la puerta medio cerrada, llegó el canto lejano de un campesino que volvía despreocupado al campo, allá, bajo la luna, en el frescor impregnado del olor del heno verde, recién cortado.

– Si quieres que pase, – continuó don Lisi humillado, profundamente entristecido, – voy a cerrar la cancela que se ha quedado abierta.

Marastella no se movió del rincón en que se había cobijado. Lisi Chirico se acercó lentamente a cerrar la cancela; estaba a punto de volver, cuando la vio venir a su encuentro, como enloquecida del todo de pronto.

– ¿Dónde está, dónde está mi padre? ¡Dígamelo! Quiero ir adonde está mi padre.

– De acuerdo, ¿por qué no?, es justo; te llevo allí, le respondió con gravedad. – Cada tarde doy una vuelta antes de acostarme. Es mi obligación. Esta tarde no lo iba a hacer por ti. Vamos. No necesitamos linterna. Hoy tenemos la linterna del cielo.

Y fueron por los senderos de guijarros entre los setos de espino en flor.

Destacaban blancas todo alrededor, bajo la luz de la luna, las tumbas gentilicias, y negras y en el suelo, con su sombra a un lado, como yacentes, las cruces de hierro de los pobres.

Más preciso, más claro, llegaba de los campos vecinos el tembloroso canto de los grillos y, de lejos, el borboteo continuo del mar.

– Aquí, – dijo Chirico, indicando una baja y rústica tumba, en la que estaba colocada una lápida que recordaba el naufragio y las tres víctimas del deber. – Está también Sparti, – añadió viendo a Marastella caer de rodillas ante la tumba, sollozando. – Tú llora aquí… Yo iré a otro sitio; no está lejos…

La luna miraba desde el cielo el pequeño camposanto en el altiplano. Ella sola vio a esas dos sombras negras sobre las guijas amarillas de un sendero cerca de dos tumbas, en esa dulce noche de abril.

Don Lisi, inclinado sobre la fosa de su primera mujer, sollozaba:

– Nunzia, Nunzia, ¿me oyes?

1.3  El humo

I

Apenas los azufreros subían del fondo del agujero extenuados, con los huesos rotos de cansancio, lo primero que buscaban con los ojos era el verde de la colina lejana, que cerraba a poniente el amplio valle.

Aquí, las laderas áridas, lívidas por las tobas abrasadas, no tenían desde hacía tiempo ni una brizna de hierba, agujereadas por las azufreras como por tantos enormes hormigueros y quemadas completamente por el humo.

En el verdor de aquella colina, los ojos inflamados, ofendidos por la luz después de tantas horas de tiniebla allá abajo, descansaban.

A quien esperaba llenar con mineral tosco los hornos o calcheroni,[1] a quien controlaba la fusión del azufre o se aplicaba bajo los mismos hornos a recibir dentro de las artesas que servían de molde el azufre quemado que fluía lento como un denso orujo negruzco, la vista de todo ese verdor lejano le aliviaba incluso la dificultad de la respiración, la agria opresión del humo que se agarraba a la garganta, hasta provocar los espasmos más crueles y las rabias de la asfixia.

Los zagales, dejando caer la carga de sus espaldas aplastadas y desolladas, sentados en los sacos, para tomar un poco de aire, todos sucios con el agua caliza estancada a lo largo de las galerías o a lo largo de la resbaladiza escalera con los peldaños gastados del agujero, rascándose la cabeza y mirando aquella colina a través de la vítrea respiración sulfúrea que temblaba al sol y que se evaporaba de los calcheroni encendidos o de los hornos, pensaban en la vida del campo, una vida alegre según ellos, sin riesgos, sin graves dificultades allí al aire libre, bajo el sol, y envidiaban a los campesinos.

– ¡Felices ellos!

Para todos, en fin, era como un país de sueño aquella colina lejana. De ahí venía el aceite hasta sus antorchas que a duras penas rompían la dura tiniebla de la azufrera; de ahí, el pan, ese pan sólido y negro que los tenía en pie durante todo el día, hasta el cansancio tremendo; de ahí, el vino, su único bien, el bien que les daba el coraje, la fuerza de perdurar en esa vida maldita, si vida podía llamarse, pues parecían, bajo tierra, tantos muertos atareados.

Los campesinos de la colina, en cambio, hasta escupían: – ¡Puh! – mirando esas laderas del valle.

Estaba allí su enemigo: el humo devastador.

Y cuando el viento soplaba de allí, trayendo el hedor asfixiante del azufre quemado, miraban los árboles como para defenderlos y lanzaban imprecaciones contra esos locos que se obstinaban en excavar las fosas a sus fortunas y que, no contentos con haber devastado el valle, casi envidiosos de ese único ojo verde, habrían querido invadir con sus azadones y sus hornos incluso los hermosos campos.

Todos, de hecho, decían que hasta debajo de la colina tenía que haber azufre. Esas crestas en las cimas, de silicio calcáreo y, más abajo, el yeso que afloraba lo dejaban ver; los ingenieros de mina habían confirmado varias veces la noticia.

Pero los propietarios de esos campos, aunque tentados insistentemente con ricas ofertas, no solo no habían querido ceder nunca en alquiler el subsuelo, sino ni siquiera a la tentación de realizar ellos mismos, por curiosidad, alguna prueba, así por encima.

El campo estaba allí, tendido al sol, y todos podían verlo: sometido a las malas cosechas, pero recompensado también por las buenas; la azufrera, en cambio, era ciega, y cuidado con resbalar dentro. Dejar lo seguro por lo inseguro sería negocio de locos.

Estas consideraciones, que cada uno de esos propietarios de la colina corroboraba continuamente en la mente del otro, querían ser como un compromiso de todos para resistir unidos a las tentaciones, sabiendo bien que si uno de ellos cedía, y una azufrera surgía ahí en medio, todos los demás lo padecerían; y entonces, comenzada la destrucción, otras bocas de infierno se abrirían y, en pocos años, todos los árboles, todas las plantas morirían, envenenados por el humo, ¡y adiós a los campos!

II

Uno de los más tentados era don Mattia Scala, quien poseía una pequeña finca con un puñado de almendros y de olivos en medio de la pendiente de la colina, donde, para su desgracia, afloraba con más rica promesa el mineral.

Diversos ingenieros del Real Cuerpo de las Minas habían venido a observar, a estudiar esos afloramientos y a hacer relieves. Scala los había acogido como un marido celoso puede acoger a un médico que viene a su casa para analizar cualquier mal secreto de la mujer.

No podía cerrarles la puerta en la cara a esos ingenieros del gobierno que venían por deber. Se desahogaba, en compensación, maltratando a esos otros que, por cuenta de algún rico productor de azufre o de alguna sociedad minera, venían a proponerle la cesión o el alquiler del subsuelo.

– ¡Un cuerno os cedo! – gritaba. –Ni siquiera si me ofrecierais los tesoros de Creso; ni siquiera si me dijerais: Mattia, escarba aquí con un pie, como  las gallinas, y encontrarás tanto azufre, que te volverás de golpe más rico que… ¿qué digo yo?, ¡que el rey Fàllari![2] ¡No escarbaría, palabra de honor!

Y si esos insistían un poco:

 – En fin, ¿os vais o llamo a los perros?

Le ocurría a menudo eso de repetir la amenaza de los perros, porque la cancela de su finca daba al sendero, es decir, al camino de herradura que atravesaba la colina, cabalgándola, y que servía de atajo a los obreros de las azufreras, a los jefes de obra, a los ingenieros directores, que desde la ciudad vecina venían al valle o volvían. Ahora, estos últimos parecían de modo señalado que le habían tomado gusto a irritarlo; y, al menos una vez a la semana, se paraban delante de la cancela al ver a don Mattia allí cerca, para preguntarle:

– ¿Todavía nada?

– ¡Bonito! ¡Reina!

Don Mattia, de broma, llamaba de verdad a los perros.

Había tenido también él la manía de las azufreras, por lo que se veía – realmente – ¡hundido en la miseria! Ahora no podía ver ni de lejos un pedazo de azufre, que en seguida, hablando con respeto, no sintiese que se le rompía el estómago.

– ¿Y qué es, el diablo?

Y él:

-¡Peor! ¡Porque este os condena el alma, pero os hace ricos, si quiere! Mientras que el azufre os hace más pobres que al Santo Job, ¡y el alma os la condena lo mismo!

Hablando parecía el telégrafo. (El telégrafo, se entiende, como el que se usaba antes, el de brazos.) Muy alto, enjuto, siempre con el sombrerucho blanco en la cabeza, echado hacia atrás, como una aureola; y llevaba en las orejas un par de zarcillos de oro, que mostraban lo que él, por lo demás, no se preocupaba por esconder, a saber, que procedía de una familia medio rural y medio burguesa.

En la cara lampiña, pálida, de la misma palidez que los biliosos, resaltaban extrañamente las cejas enormes, lacias, como un gran par de bigotes que se hubiese desahogado creciendo allí, visto que sobre el labio ni siquiera le había permitido que asomara. Y debajo, a la sombra de las pestañas, le centelleaban los ojos claros, cortantes, muy vivaces, mientras los orificios de la gran nariz aguileña, enérgica, se le dilataban continuamente y temblaban.

Todos los dueños de la colina lo querían.

Recordaban cómo él, muy rico un día, había llegado allí a tomar posesión de esas pocas hectáreas compradas tras su ruina, con el dinero recabado de la venta de la casa de la ciudad y de todo el ajuar de esta y de las joyas de la mujer muerta de pena; recordaban cómo se había encerrado en las cuatro habitaciones de la casa rústica anexa a la finca, sin querer ver a nadie, con una muchacha de unos dieciséis años, Jana, que todos en principio creyeron su hija y que luego se supo que era la hermana menor de un tal Dima Chiarenza, es decir, precisamente del infame que lo había traicionado y arruinado.

Había ahí una historia escondida.

Scala había conocido a Chiarenza cuando este era un muchacho, y lo había ayudado siempre, sabiendo que era huérfano de padre y madre y que tenía a su cargo a esa hermanita mucho menor que él; es más, lo había asumido para darle trabajo; luego, al comprobar que era hábil y amante del trabajo, lo había hecho incluso su socio en el alquiler de una azufrera. De todos los gastos del trabajo  se había hecho cargo él; Dima Chiarenza solo tenía que estar allí, en el lugar, y controlar la administración y los trabajos.

En tanto, Jana (Januzza, como la llamaban) crecía en su casa. Pero don Mattia tenía también un hijo (¡único!) casi de la misma edad, que se llamaba Neli. Ya se sabe, pronto el padre y la madre se dieron cuenta de que los dos muchachos habían comenzado a quererse, no como hermanos; y para no tener la paja al lado del fuego y dar tiempo al tiempo, pensaron juiciosamente alejar de casa a Neli, quien aún no tenía dieciocho años, y lo mandaron a la azufrera, para que acompañara y ayudara a Chiarenza. En dos o tres años los casarían, si todo, como parecía, iba bien.     

¿Podía acaso sospechar don Mattia Scala que Dima Chiarenza, del que se fiaba como de sí mismo, que Dima Chiarenza, a quien él había recogido de la calle, a quien había tratado como a un hijo y a quien le había encargado los negocios, que Dima Chiarenza podía traicionarlo, como Judas a Cristo?

¡Precisamente así! Se había puesto de acuerdo, el infame, con el ingeniero director de la azufrera, con los encargados, con los pesadores, con los carreteros, para robarle sin freno en los gastos de la administración, en el azufre extraído, incluso en el carbón que tenía que servir para alimentar las máquinas que absorbían las aguas subterráneas. Y la azufrera, una noche, se le inundó, irreparablemente, pues destruyó la instalación del plano inclinado, que a Scala le costaba más de trescientas mil liras.

Neli, que esa noche de infierno se encontraba en el lugar y participó en los inútiles esfuerzos desesperados para impedir el desastre, presintiendo el odio que el padre desde ese momento sentiría por Chiarenza, y en el que quizás incluiría a Jana, la hermana inocente, su Jana; temiendo que lo consideraría también a él, quizás, responsable de la ruina por no darse cuenta o por no haber denunciado a tiempo la traición de ese Judas que tendría que ser en poco su cuñado; esa misma noche huyó como un loco, en medio de la tempestad; y desapareció, sin dejar ninguna huella tras sí.

Pocos días después, la madre murió, asistida amorosamente por Jana, y Scala se encontró solo en casa, arruinado, sin mujer, sin hijo, solo con esa muchacha, quien, como enloquecida por la vergüenza y la aflicción, se pegó a él, no quiso dejarlo, y amenazó con tirarse por una ventana si él la expulsaba a la casa del hermano.

Vencido por esa firmeza y reprimiendo la repulsión que su vista le despertaba ahora, Scala condescendió a llevársela con él, vestida de negro, como una hija dos veces huérfana, allá, a la finca comprada entonces.

Saliendo poco a poco, con el paso del tiempo, de su luto, comenzó a intercambiar algunas palabras con los vecinos y a hablar de él y de la muchacha.

-¡Ah!, ¿no es su hija?

– No. Pero como si lo fuese.

Se avergonzaba ante todo de decir quién era verdaderamente. Del hijo no decía nada. Era una espina demasiado grande. Por lo demás, ¿qué noticia podía contar de él? No tenía ninguna. Mucho lo había intentado la comisaría, pero sin resultado.

Pero unos años después, Jana, cansada de aguardar así sin esperanza el regreso del novio, quiso volver a la ciudad, a casa del hermano, quien, habiéndose casado con una mujer mayor de mucho dinero, una afamada usurera, se había dedicado también él a la usura, y era ahora uno de los más ricos del pueblo.

Así Scala se quedó solo, allí, en la finca. Ocho años habían pasado ya y, al menos aparentemente, había recuperado el humor de antes; se había hecho amigo de todos los propietarios de la colina que, a menudo, al atardecer venían a visitarlo desde las fincas vecinas.

Parecía que los campos querían recompensarlo de los daños de la azufrera.

Había sido,  por lo demás, una fortuna haber podido comprar esas pocas hectáreas, porque a uno de los propietarios de las seis fincas en que estaba dividida la colina, Butera, un ricachón, se le había metido en la cabeza hacerse con el tiempo dueño de todas esas tierras. Prestaba dinero e iba poco a poco alargando los límites de su finca. Ya se había anexionado casi media finca de un tal Nino Mo; y había reducido a otro propietario, Labiso, a vivir en un pedacito de tierra del tamaño de un pañuelo de la nariz, anticipándole la dote para cinco hijas; desde hacía tiempo le echaba el ojo también a las tierras de Lopes, pero este, por berrinche, teniendo que deshacerse tras una serie de malas cosechas de una parte de su propiedad, se había contentado con vendérsela, incluso a menor precio, a un extraño: a Scala.

En pocos años, entregado completamente al trabajo, para distraerse de sus desgracias, don Mattia había beneficiado de tal modo esas pocas hectáreas, que ahora los amigos, incluido el mismo Lopes, casi no podían reconocerlas, y se sorprendían.

Lopes, en verdad, se roía por dentro de los celos. Con el pelo rojo y la cara pecosa, completamente desordenado, tenía generalmente el sombrero echado sobre la nariz, como para no ver nada ni a nadie; pero, por debajo del ala de ese sombrero, se le escapaba de vez en cuando alguna mirada oblicua, como nadie se esperaba de esos grandes ojos verdosos que parecía que albergaban el sueño.

Tras dar una vuelta por la finca, los amigos se reunían en el claro, frente a la alquería.

Allí, Scala los invitaba a sentarse en la tapia que limitaba al alrededor, por delante, la pendiente donde la alquería estaba edificada. Al pie de la pendiente, por atrás, sobresalían, como para proteger la alquería, algunos chopos negros, muy altos, y, pensando en la razón por la que Lopes los había plantado allí, don Mattia no lograba tranquilizarse.

– ¿Qué hacen ahí? ¿Me lo podéis decir? No dan fruto y estorban.

– Pues échelos a tierra y haga carbón, – le respondía, indolente, Lopes.

Pero Butera aconsejaba:

– Mire un poco, antes de echarlos a tierra, si alguien se los lleva.

– ¿Y quién quiere que se los lleve?

– ¡Pues los que hacen las imágenes de madera!

– ¡Ah! ¡Las imágenes! ¡Mira, mira! ¡Ya comprendo, – concluía don Mattia – si las hacen con esta madera, por qué no hacen más milagros!

En esos chopos, al anochecer, se daban cita todos los pájaros de la colina, y con sus densos y  ensordecedores gorjeos molestaban a los amigos que se entretenían allí hablando, como de costumbre, de las azufreras y de los daños de los negocios  mineros.

Empezaba casi siempre el discurso Nocio Butera, quien, como era el propietario más rico, era también la panza más gorda de todas esas partes. Era abogado, pero una sola vez en su vida, poco después de licenciarse, había intentado ejercer su profesión: se había enredado en mitad de su primera arenga; perdido, con las lágrimas asomándole, como un niño, allí, delante de los jueces y del tribunal, había levantado los brazos, con los puños cerrados, contra la justicia representada en la bóveda con una balanza en la mano, gimiendo, exasperado: – ¡Eh, cómo! ¡Dios Santo! – porque, pobre joven, había sudado la gota gorda para aprenderse la arenga de memoria, y creía que podía recitarla muy bien, de un tirón, sin titubear.

De vez en cuando, todavía, alguien le recordaba aquel chasco famoso:

– ¡Eh, cómo, don No, Dios Santo!

Y Nocio Butera parecía sonreír también, ahora, masticando: – Ya… ya… – mientras se rascaba con las manos regordetas las patillas negras en las mejillas rubicundas o se colocaba bien las gafas de oro en la nariz en forma de ñoqui o en las orejas. Verdaderamente, habría podido reírse de corazón, porque, si como abogado había dado esa mala imagen, como agricultor y administrador de los bienes se llevaba la palma. Pero el hombre, ya se sabe, el hombre no se contenta nunca, y Nocio Butera parecía que disfrutaba solo sabiendo que otros, al igual que él, habían fracasado en algún negocio. Venía a la finca de Scala únicamente para anunciar la próxima o la pasada ruina de este o de aquel, o para explicar las razones y demostrar así que a él ciertamente no le habría pasado.

Tino Labiso, altísimo, enjuto, sacaba de los bolsillos de los pantalones un pañuelo de dados rojos y negros, se sonaba en él la nariz que parecía una bocina marina, luego doblaba diligentemente el pañuelo, se lo pasaba varias veces así doblado bajo la nariz, y se lo volvía a meter en el bolsillo; en fin, como hombre prudente, que no deja que se le escapen juicios temerarios, decía:

– Puede ser.

– ¿Puede ser? ¡Es y es! – saltaba Nino Mo, que no podía sufrir ese aire flemático de Labiso.

Lopes intentaba sacudirse el melancólico tedio y, bajo el sombrerucho echado sobre la nariz, aconsejaba con voz somnolienta:

– Deje hablar a don Mattia que entiende de eso más que usted.

Pero don Mattia, cada vez que iba a ponerse a hablar, se llegaba antes a la cantina para ofrecerles a los amigos una buena jarra de vino.

– ¡Vinagre, envenenaos!

Bebía también él, se sentaba, se enredaba las piernas y preguntaba:

– ¿De qué se trata?

– Se trata, -prorrumpía habitualmente Nino Mo – de que son unas bestias, ¡todos, uno tras otro!

– ¿Quién?

– ¡Pues esos hijos de perra! Los azufreros. Excavan, excavan, y el precio del azufre ¡baja, baja y baja! Sin comprender que causan su ruina y la nuestra; porque todo el dinero va a acabar allí, en esos agujeros, en esas bocas del infierno siempre hambrientas, ¡unas bocas que nos comen vivos!

– ¿Y el remedio, perdone?- volvía a preguntar Scala.

– Limitar – respondía entonces plácidamente Nocio Butera – limitar la producción de azufre. Lo único, para mí, sería esto.

– ¡Virgen Santa, qué loco! – exclamaba en seguida don Mattia Scala levantándose para gesticular con más libertad: – Perdone, don Noccio mío, ¡loco, sí, loco y os lo pruebo! Diga, ¿cuántas azufreras cree que han sido explotadas directamente, sin recurrir a otros, por los propietarios? ¡Apenas doscientas! Todas las demás han sido arrendadas. Tú, Tino Labiso, ¿estás de acuerdo?

– Puede ser – repetía Tino Labiso, atento y serio.

Y Nino Mo:

– ¿Puede ser? ¡Es y es!

Don Mattia extendía las manos para que se callara.

– Ahora, don Noccio mío, ¿cuánto cree que durará, con la avidez y la prepotencia de los propietarios barrigones como usted, el arrendamiento de una azufrera? ¡Dígalo! ¡Dígalo!

– ¿Diez años? – se arriesgaba, inseguro, Butera, sonriendo con aire de condescendiente superioridad.

– Doce – admitía Scala – es más, veinte, alguna vez. Bien, ¿qué hace usted así, qué fruto puede recoger en tan poco tiempo? Por muy rápido y afortunado que se sea, en veinte años no hay modo de reponerse de los gastos que se requieren para cultivar como Dios manda una azufrera. Esto para deciros que, cuando se da en el comercio una menor demanda, si es posible que el propietario frene la producción para no estropear el producto, no lo será nunca  para el arrendatario, a corto plazo, el cual, si lo hiciera, sacrificaría sus propios intereses a beneficio del sucesor. Por tanto, el empeño, el esfuerzo del arrendatario para producir la mayor cantidad posible, ¿me explico? Luego, desprovisto como está casi siempre de medios, tiene que malvender por fuerza su mercancía, a cualquier precio, para seguir con el trabajo; porque, si no trabaja –vosotros lo sabéis – el propietario le quita la azufrera. Y, en consecuencia, como dice Nino Mo: el azufre baja, baja y baja, como si fuera un pedrusco vil. Pero, por lo demás, usted, don Nocio, que ha estudiado, y tú, Tino Labiso: ¿me podríais decir qué diablos es el azufre y para qué sirve?

Hasta Lopes, ante esta pregunta falaz, se volvía a mirar con ojos desencajados. Nino Mo se metía en el bolsillo las manos nerviosas, como si allí quisiera buscar rabiosamente la repuesta;  mientras Tino Labiso sacaba, como de costumbre, el pañuelo para sonarse la nariz y ganar tiempo, como hombre prudente.

– ¡Esta sí que es buena! – exclamaba entre tanto Nocio Butera, azorado también él. – Sirve… sirve para… para llenarnos de azufre las viñas, para eso sirve.

– Y… y también para… ya, para los fósforos de madera, creo, – añadía Tino Labiso doblando con suma diligencia el pañuelo.

– Creo… creo… – se ponía a burlarse don Mattia Scala. – ¿Qué creéis? ¡Es precisamente así! Solo estos dos usos conocemos nosotros. Preguntadle a quien queráis: nadie sabrá deciros para qué otra cosa sirve el azufre. Y en tanto trabajamos, nos matamos excavándolo, luego lo transportamos a los puertos, donde muchos vapores ingleses, americanos, alemanes, franceses, y hasta griegos están preparados con las bodegas abiertas como bocas para tragárselo; nos dan un buen silbido, ¡y adiós! ¿Qué harán con él allá,  en sus países? Nadie lo sabe; ¡nadie se preocupa por saberlo! Y nuestra riqueza, entre tanto, la que tendría que ser nuestra riqueza, se va así de las venas de nuestras montañas destripadas, y nosotros nos quedamos aquí, como  ciegos, como bobos, con los huesos rotos y los bolsillos vacíos. Única ganancia: nuestros campos quemados por el humo.

Los cuatro amigos, ante esta vivaz, brillantísima demostración de la ceguera con que se realizaba la industria y el comercio de ese tesoro concedido por la naturaleza a su región y en torno al cual bullía tanto incordio, tanta guerra de lucro, insidiosa y despiadada, se quedaron mudos, como oprimidos por una condena a perpetua miseria.

Entonces, Scala, retomando el primer tema, se ponía a explicarles todos los demás gravámenes a los que tenía que hacer frente un pobre arrendatario de azufreras. Él los conocía todos porque, desgraciadamente, los había soportado. Pues, además de la renta neta, estaba el impuesto sobre la producción, es decir, la cuota de renta que hay que pagarle en especie, sobre el producto total, al propietario del suelo, a quien no le importaba de hecho si el yacimiento era rico o pobre, si las zonas estériles eran raras o frecuentes, si el subsuelo estaba seco o anegado por las aguas, si el precio era alto o bajo, si, en definitiva, el negocio era rentable o no. Y, además de este impuesto, tasas al gobierno de toda índole; y luego la obligación de construir no solo galerías inclinadas para acceder a la azufrera y para ventilarla, y los pozos para la extracción y absorción de las aguas; sino también los calcheroni, los hornos, las calles, las casas y cuanto se necesitara en la superficie para la actividad de la azufrera. Y todas estas construcciones, al final del contrato, se las tenía que quedar el propietario del suelo, el cual, por añadidura, exigía que todo fuese consignado en buen orden y buen estado. Como si los gastos hubieran corrido a su cargo. ¡Faltaría más! Ni siquiera dentro de las galerías subterráneas el arrendatario era libre de trabajar a su manera, sino con arcos, o con columnas, o con pastos, como el propietario impusiera, y a veces incluso contra las mismas exigencias del terreno.

Se tenía que estar loco o desesperado, ¿no?, para aceptar tales condiciones, para dejarse poner así los pies en el cuello. ¿Quiénes eran, de hecho, en su mayor parte los productores de azufre? Pobres diablos, sin un céntimo en el bolsillo, obligados a buscarse los medios, para cultivar la azufrera arrendada, entre los mercaderes de azufre de la marina, quienes los sometían a otras usuras, y a otras supercherías.

Hechas las cuentas, ¿qué les quedaba, pues, a los productores? ¿Y cómo habrían podido darles ellos un menos triste salario a esos desgraciados que se esforzaban allí abajo, expuestos continuamente a la muerte? Guerra, por tanto, odio, hambre, miseria para todos; para los productores, para los picadores, para esos pobres muchachos oprimidos, aplastados por una carga superior a sus fuerzas, subiendo y bajando las galerías y las escaleras del agujero.

Cuando Scala terminaba de hablar y los vecinos se levantaban para volver a sus casas rurales, la luna, alta y como perdida en el cielo, casi como si no fuese de esa noche, sino la luna de un tiempo muy lejano, después de la narración de tantas miserias, iluminando las dos laderas del valle, hacía que surgiese más escuálida y más lúgubre la desolación.

Y cada uno, dirigiéndose a su casa, pensaba que allí, bajo esas laderas tan escuálidamente esclarecidas, a cien, a doscientos metros bajo tierra, había gente que se afanaba aún excavando y excavando, pobres picadores sepultados ahí abajo, a los que no les importaba si arriba era de día o de noche, puesto que noche era siempre para ellos.

III

Todos, cuando lo escuchaban, creían que Scala ya había olvidado los dolores pasados y no se preocupaba ya de nada, excepto de su pedazo de tierra, del que no se separaba desde hacía años, ni siquiera un día.

Del hijo desaparecido, perdido por el mundo – si alguna vez hablaba porque alguien le preguntara – se desahogaba hablando mal, por la ingratitud que le había mostrado, por el duro corazón del que había dado prueba.

– Si está vivo, – concluía – está vivo para él; para mí ha muerto, y ya ni pienso en él.

Hablaba así, pero, en tanto, no emigraba a América un campesino de todos aquellos alrededores, a casa del cual no se llegase a escondidas, la vigilia de su marcha, para entregarle en secreto una carta dirigida a ese hijo suyo.

– ¡No es por nada especial, oh! Si así como así te lo encontraras o supieras de él allí.

Muchas de esas cartas le llegaron de vuelta, con los emigrados repatriados tras cuatro o cinco años, estropeadas, amarillentas, ya casi ilegibles. Nadie había visto a Neli, ni había logrado saber nada de él, ni en Argentina, ni en Brasil, ni en los Estados Unidos.

Él escuchaba, luego sacudía los hombros.

– ¿Y qué me importa? Trae, trae. Ya ni siquiera me acordaba de haberte dado esta carta para él.

No quería mostrarles a los extraños la miseria de su corazón, el engaño en que aún necesitaba persistir: que el hijo, a saber, estaba allí, en América, en cualquier lugar remoto, y que un día u otro volvería y se enteraría de que su padre se había adaptado a su nueva condición y poseía un campo, donde vivía tranquilo, esperándolo.

Era poca, en verdad, esa tierra; pero desde hacía años don Mattia abrigaba, a escondidas del Butera, el proyecto de agrandarla, comprando la tierra de un vecino, con quien ya había establecido y acordado el precio. ¡Cuántas privaciones, cuántos sacrificios se había impuesto para ahorrar lo necesario para realizar ese proyecto! Era poca, sí, su tierra; pero desde hacía tiempo él, al asomarse al balcón de la alquería, se había acostumbrado a saltar con  los ojos al otro lado de la tapia que separaba su finca de la del vecino y a considerar suya toda esa tierra. Recogida la suma convenida, solo esperaba que el vecino se decidiese a firmar el contrato y a trasladarse de allí.

Le sabía a mil años, a Scala; pero, por desgracia, ¡le había tocado tener que tratar con un bendito! Bueno, ¡atentos!, tranquilo, amable, dócil era don Filippino Lo Cícero, pero desde luego un poco ido de cabeza. Leía de la mañana a la noche unos libros latinos, y vivía solo en el campo con una mona que le habían regalado.

La mona se llamaba Tita; era vieja y tísica por añadidura. Don Filippino la cuidaba como a una hija, la acariciaba, se sometía sin protestar a todos sus caprichos; con ella hablaba todo el día, segurísimo de ser comprendido. Y cuando ella, triste por la enfermedad, se quedaba encaramada en el pabellón de la cama, que era su sitio preferido, él, sentado en el sillón, se ponía a leerle algún fragmento de las Geórgicas o de las Bucólicas:

Tityre, tu patulae...

Pero esa lectura era de vez en cuando interrumpida por ciertos sobresaltos de admiración curiosísimos: ante una frase, ante una expresión, a veces incluso ante una simple palabra, de la que don Filippino comprendía la exquisita propiedad o apreciaba la dulzura, dejaba el libro sobre sus rodillas, cerraba los ojos y decía velozmente: – ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! – abandonándose poco a poco sobre el respaldo, como si se desmayara de placer. Tita, entonces, bajaba del pabellón y se le subía en el pecho, angustiada, consternada; don Filippino la abrazaba y le decía, en el colmo de la alegría:

– Escucha, Tita, escucha… ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! Hermoso…

Ahora don Mattia Scala quería el campo: tenía prisa, comenzaba a cansarse y tenía razón: la suma convenida estaba ya lista – y hay que observar que ese dinero a don Filippino le vendría muy bien; pero, Dios bendito, ¿cómo podría disfrutar en la ciudad de la poesía pastoril y campestre de su divino Virgilio?

– ¡Ten paciencia, querido Mattia!

La primera vez que Scala sintió que le respondía así, se le desencajaron los ojos:

– ¿Se burla de mí o habla en serio?

¿Burlarse? ¡Ni en sueños! Lo decía muy en serio, don Filippino.

Ciertas cosas, en fin, Scala no podía comprenderlas. Y además estaba Tita, Tita se había acostumbrado a vivir en el campo, y quizás no podría ya vivir sin ello, pobrecita.

Cuando hacía buen día don Filippino la llevaba de paseo, un poco haciendo que caminara lentamente con sus pies, un poco llevándola en brazos, como si fuese una niña; luego se sentaba en algún pedrusco al pie de un árbol; Tita, entonces, trepaba a las ramas y colgándose, aferrada por la cola, intentaba arrancarle el birrete por la borla y despeinarle la peluca o  quitarle el Virgilio de las manos.

– ¡Sé buena, Tita, sé buena! ¡Hazme el favor, pobre Tita!

Pobre, pobre, sí, porque estaba condenado ese querido animal. Y Mattia Scala, por tanto, tenía que tener aún un poco de paciencia.

– Espera al menos, – le decía don Filippino – que este pobre animal se vaya. Luego, el campo será tuyo. ¿De acuerdo?

Pero había pasado ya más de un año fuera de plazo, y ese bruto animal no se decidía a morir.

– ¿Queremos hacer que se cure de una vez? – le dijo un día Scala.- ¡Tengo una receta excepcional!

Don Filippino lo miró sonriente, pero con cierta ansiedad, y preguntó:

– ¿Te burlas de mí?

– No. En serio. Me la ha dado un veterinario que ha estudiado en Nápoles: excelente.

– ¡Ojalá, querido Mattia!

– Bueno, se hace así. Coja un litro entero de aceite fino. ¿Tiene aceite del fino, pero del fino, precisamente del fino?

– Lo compro, incluso si tuviera que pagarlo son sangre de papa.

– Bien. Un litro entero. Póngalo a hervir con tres dientes de ajo dentro.

– ¿Ajo?    

– Tres dientes. Escúcheme a mí. Cuando el aceite comience a moverse, antes de que se levante el hervor, retírelo del fuego. Coja un buen puñado de harina de Mallorca y échesela dentro.

– ¿Harina de Mallorca?

– De Mallorca, sí señor. Mézclela; luego, cuando se haya hecho una pasta blanda, aceitosa, aplíquesela, aún caliente, en el pecho y en los hombros a ese feo animal; cúbralo muy bien con algodón, con mucho algodón, ¿comprende?

– Muy bien: con algodón, ¿y después?

– Después abra la ventana y tírela por allí.

– ¡Ayyy! – maulló don Filippino.- ¡Pobre Tita!

– ¡Pobre campo, digo yo! Usted no le presta atención; y yo tengo que mirarlo desde lejos, y entretanto ya no hay viña; los árboles esperan desde hace al menos una decena de años la escamonda; los frutales crecen sin injertos, con los brotes desparramados, chupándose la vida los unos a los otros, y parecen pedir ayuda por todos lados; de muchos olivos ya no se puede hacer sino leña. ¿Qué voy a comprar al final? ¿Es posible seguir así?

Don Filippino, ante estas quejas, ponía una cara tan afligida, que don Mattia no se sentía ya con fuerzas para añadir nada más.

¿Con quién estaba hablando, por lo demás? Ese pobre hombre no era de este mundo. El sol, el sol verdadero, el sol del día quizás nunca había nacido para él: para él nacían aún los soles del tiempo de Virgilio.

Había vivido siempre allí, en ese campo, primero junto al tío cura que, al morir, se lo había dejado en herencia, luego siempre solo. Huérfano desde los tres años, había sido acogido y  criado por ese tío, apasionado latinista y cazador en esta vida. Pero la caza a don Filippino nunca le había  deleitado, quizás por la experiencia hecha por su tío, quien, aunque cura, era terriblemente fogoso: a saber, la experiencia de dos dedos que al difunto le saltaron de la mano izquierda al cargar el fusil. Él, en cambio, se entregó completamente al latín, con pasión tranquila, contentándose con desmayarse de placer, varias veces, durante la lectura; mientras el otro, el tío cura, se ponía en pie, en sus sobresaltos de admiración, con la cara encendida, con las venas de la frente tan hinchadas, que parecía que le quisieran estallar, y leía en voz muy alta y al fin prorrumpía, tirando el libro al suelo o a la cara alelada de don Filippino:

– ¡Sublime, santo diablo!

Muerto de golpe este tío, don Filippino quedó dueño del campo; aunque dueño es un modo de hablar.

En vida, el tío cura había poseído también una casa en la ciudad vecina, y esta casa se la había dejado en el testamento al hijo de otra hermana suya, el cual se llamaba Saro Trigona. Ahora, quizás, este, considerando su propia condición de desafortunado corredor de azufre, de desafortunadísimo padre de familia con una caterva de hijos, se esperaba que el tío cura se lo dejaría todo a él, la casa y el campo, con la obligación, se comprende, de hacerse cargo, de por vida, del primo Lo Cícero, el cual, habiendo sido criado siempre como un hijo de la familia, era inepto, por lo demás, para administrar por sí mismo ese campo. Pero, puesto que el tío no había tenido con él esta consideración, Saro Trigona, no pudiendo por derecho, intentaba sacar provecho, de todos los modos, de la herencia del primo, y exprimía despiadadamente al pobre don Filippino. Casi todos los frutos del campo iban a parar a él: trigo, fruta, vino, hortalizas; y si don Filippino vendía una parte a escondidas, como si no fuese suyo, el primo Saro, al descubrir la venta, le caía encima en el campo furioso, como si hubiese descubierto un fraude en su perjuicio,  y en vano don Filippino le explicaba humildemente que ese dinero lo necesitaba para los muchos trabajos que era necesario hacer en el campo. Quería el dinero:

– ¡O me mato! – le decía, haciendo ademán de sacar el revólver del forro de la chaqueta. – ¡Me mato aquí, delante de ti, Filippino, ahora mismo! Porque no puedo  más, ¡créeme! ¡Nueve hijos, Santo Dios, nueve hijos que lloran pidiéndome pan!

¡Y menos mal cuando venía solo, al campo, a montar esas escenas! Algunas veces llevaba consigo a la mujer y la caterva de hijos. A don Filippino, acostumbrado a vivir siempre solo, le parecía que iba a perder la cabeza. Esos nueve sobrinos, todos varones, el mayor de los cuales aún no tenía catorce años, aunque “llorando por el pan” tomaban al asalto, como nueve demonios desencadenados, la tranquila casa campestre del tío; le ponían todo boca abajo: bailaban y bailaban precisamente esas habitaciones con los gritos, las risas, los llantos y las carreras desenfrenadas; luego se oía, sin falta, el alboroto, el fragor de alguna grave rotura, al menos de algún espejo de armario hecho trizas; entonces, Saro Trigona saltaba en pie, gritando:

– ¡Hago el órgano! ¡Hago el órgano!

Perseguía, agarraba a esos granujas; distribuía patadas, bofetones, puñetazos, tortas en el culo; luego, como ellos se ponían a gritar en todos los tonos, los colocaba en fila, de mayor a menor, y así hacían el órgano.

– ¡Quietos ahí! ¡Hermosos… hermosos de verdad, mira, Filippino! ¿No están para un retrato? ¡Qué sinfonía!

Don Filippino se tapaba los oídos, cerraba los ojos y se ponía a patalear por la desesperación.

– ¡Mándalos fuera! ¡Que rompan lo que quieran, que se lleven la casa, los árboles, todo, pero dejadme en paz, por caridad!

Se equivocaba, sin embargo, don Filippino. Porque la prima, por ejemplo, no llegaba nunca con las manos vacías a visitarlo al campo, le llevaba algún birrete bordado, con una gran borla de seda: ¿cómo no?, el que tenía en la cabeza; o un par de babuchas le llevaba, también bordadas por ella: las que tenía en los pies. ¿Y la peluca? Un regalo y una atención del primo, para protegerlo de los continuos resfriados a los que lo exponía la calvicie precoz.  ¡Peluca de Francia! Le había costado un ojo de la cara a Saro Trigona. ¿Y la mona, Tita? También ella era un regalo de la prima: un regalo sorpresa, para alegrar el tiempo de ocio y la soledad del buen primo exiliado en el campo. ¿Cómo no?

– ¡Burro, perdone, burro! – le gritaba don Mattia Scala. – Pero ¿por qué me hace esperar aún para tomar posesión? Firme el contrato, ¡y quítese de esa esclavitud! Con el dinero que le doy yo, usted, que no tiene vicios, usted, que tiene tan pocas necesidades, podría vivir tranquilo, en la ciudad, los años que le quedan. ¿Está loco? ¡Si pierde todavía más tiempo por amor a Tita y a Virgilio, se verá viviendo de  limosna, así se verá!

Porque don Mattia Scala, no queriendo que se malograra la finca que él ya consideraba suya, se había puesto a anticiparle a Lo Cícero parte de la suma convenida.

– Tanto, para la poda; tanto, para los injertos; tanto, para el abono… ¡Don Filippino, esto lo restamos!

– ¡Lo restamos! – suspiraba don Filippino. – Pero déjeme quedarme aquí. En la ciudad, cerca de esos demonios, me moriría en dos días. Además, a ti no te molesto. ¿No eres tú el dueño, querido Mattia? Puedes hacer lo que te parezca y guste. Yo no te diré nada. Basta con que me dejes tranquilo…

– Sí. Pero entretanto, – le respondía Scala – ¡los beneficios los disfruta su primo!

– ¿Y qué importa? – le hacía observar Cicerón.  – Ese dinero me lo tendrías que dar todo junto, ¿no es verdad? Así me lo das poco a poco; y pierdo yo, en el fondo, porque restando hoy y restando mañana, un día me faltará, mientras que tú lo habrás gastado aquí, para beneficiar la tierra que entonces será tuya.

IV

El razonamiento de don Filippino era, sin duda, convincente; pero ¿qué seguridad tenía Scala, entretanto, mientras gastaba ese dinero en su finca? Y si don Filippino faltara de pronto, ¡Dios nos libre!, sin haber tenido tiempo de firmar el acta de venta, por lo que ahora le correspondía, Saro Trigona, su único heredero, ¿reconocería esos gastos y el precedente acuerdo con el primo?

Esta duda surgía de tanto en tanto en el ánimo de don Mattia; pero luego pensaba que, forzando a don Filippino a cederle la posesión de la finca, poniéndolo entre la espada y la pared por el dinero anticipado, podía correr el riesgo de tener que escuchar: “En fin, ¿quién te ha obligado a anticipármelo? Por mí, la finca podía quedarse tal como estaba, e incluso malograrse: nunca me he preocupado por ella. No puedes de ningún modo echarme ahora de mi casa, si yo no quiero”. – Pensaba Scala, además, que tenía que ver con un verdadero caballero, incapaz de hacer daño, ni siquiera a una mosca. En cuando al peligro de que muriese de pronto, ese peligro no existía: sin vicios, viviendo de un modo tan morigerado, siempre sano y lozano, prometía aún durar cien años. Por lo demás, el plazo estaba ya fijado: a la muerte de la mona, que ya poco se haría esperar.

Era tal fortuna, en fin, para él, poder comprar esa tierra a tan módico precio, que le convenía estar callado y confiar; es más, le convenía tener la mano encima con ese dinero que se iba gastando poco a poco, tranquilamente, y como le parecía y le gustaba. El verdadero dueño, allí, era él; estaba más allí, se puede decir, que en su propia finca.

– Haga esto, haga lo otro.

Ordenaba; se ponía más bonito el campo, y no pagaba impuestos. ¿Qué más quería?

Todo podía esperárselo el pobre don Mattia, excepto que esa mona maldita, que tanto le había hecho penar, ¡le hiciera la última!

Tenía la costumbre Scala de levantarse antes del alba, para controlar los preparativos del trabajo preestablecido la tarde antes con el zagal; no quería que este, teniendo, por ejemplo, que atender a la poda, volviese dos o tres veces de la ladera a la alquería ya por la escalera, ya por la piedra de afilar, la podadera o el hacha, ya por el agua, o por el desayuno: tenía que irse preparado y provisto absolutamente de todo, para no perder tiempo inútilmente.

– El cántaro, ¿lo tienes?, ¿y la comida? Ten, toma una cebolla. Y rápido, te lo ruego.

Pasaba luego, antes de que el sol asomase, por la finca de Lo Cícero.

Ese día, a causa de una carbonera que se tenía que encender, Scala se retrasó. Eran ya las diez pasadas. En tanto, la puerta de la alquería de don Filippino estaba aún cerrada, insólitamente. Don Mattia llamó: nadie le respondió; llamó de nuevo, en vano; miró hacia arriba, a los balcones y ventanas: cerrados aún, como durante la noche.

“¿Qué novedad es esta?” pensó, dirigiéndose a la casa de labranza de al lado, para pedirle información a la mujer del zagal.

Pero también esa la encontró cerrada. La finca parecía abandonada.

Scala, entonces, se llevó las manos a la boca para hacer bocina y, volviéndose hacia el campo, llamó fuerte al zagal. Como este, poco después, desde el fondo de la pendiente, le contestó, don Mattia le preguntó si don Filippino estaba allí con él. El zagal respondió que no se había dejado ver. Entonces, ya con un poco de aprensión, Scala volvió a llamar a la alquería; llamó varias veces: – ¡Don Filippino! ¡Don Filippino! – y, al no tener respuesta ni saber qué pensar, se puso a darse tirones con una mano en su narizota palpitante.

La tarde anterior había dejado al amigo con buena salud. Enfermo, pues, no podía estar, al menos hasta el punto de no poder dejar la cama un minuto. Pero quizás, eso sería, se había olvidado de abrir las ventanas de las habitaciones de la parte delantera, y había salido al campo con la mona: el portón quizás lo había cerrado, al ver que en la casa de labranza no había nadie de guardia.

Habiéndose tranquilizado con esta reflexión, se puso a buscarlo por el campo, pero parándose de vez en cuando aquí y allá, donde el ojo experto y previsor del agricultor descubría al vuelo la necesidad de algún arreglo, llamando de tiempo en tiempo:

– Don Filippino, eh, don Filippííí…

Llegó así hasta el fondo de la pendiente, donde el zagal lo esperaba con tres jornaleros zapando la viña.

– ¿Y don Filippino? ¿Qué ha sido de él? Yo no lo encuentro.

Dominado de nuevo por la consternación, frente a la inseguridad de esos hombres, a quienes les parecía extraño que él hubiera encontrado cerrada la casa, tal como ellos la habían dejado cuando se marcharon al trabajo, Scala propuso que subieran  todos juntos a ver qué había pasado.

– ¡Ya lo he comprendido bien! ¡Esta mañana viene torcida!

– ¡Qué extraño en él! – intentaba decir el zagal. – Habitualmente tan mañanero…

– ¡Seguro que se le ha puesto enferma la mona, ya lo veréis! – La tendrá en los brazos, y no querrá moverse para no molestarla.

– ¿Ni siquiera si oye que lo llaman, como lo he llamado yo, no sé cuántas veces? – observó don Mattia.- ¡Vamos! ¡Algo tiene que haberle sucedido!

Cuando llegaron al claro delante de la alquería, los cinco, ahora uno, ahora otro, intentaron llamarlo, pero fue inútil; dieron la vuelta a la alquería; por el lado norte, encontraron una ventana con los postigos abiertos; volvieron a animarse:

– ¡Ah!, exclamó el zagal. – ¡Por fin ha abierto! Es la ventana de la cocina.

– ¡Don Filippino! – gritó Scala.- ¡Maldita sea! ¡No nos desesperes!

Esperaron un tiempo con la nariz a la intemperie; volvieron a llamarlo de todos los modos; al fin, don Mattia, ya consternadísimo y furioso, tomó una resolución.

– ¡Una escalera!

El zagal corrió a la casa de labranza y volvió poco después con la escalera.

– ¡Subo yo! – dijo don Mattia, pálido y tembloroso como siempre, apartándolos a todos.

Cuando llegó a la altura de la ventana, se quitó el sombrerucho blanco, metió en él el puño y rompió el cristal, luego abrió la ventana y saltó dentro.

La chimenea, allí, en la cocina, estaba apagada. No se oía en la casa ni un ruido. Todo, allí dentro, estaba como si fuese de noche: solo por las fisuras de las puertas se adivinaba el día.

– ¡Don Filippino! – llamó una vez más Scala: pero el sonido de su misma voz, en ese silencio extraño, hizo que se estremeciera de los pelos  a la espalda.

Atravesó, a tientas, algunas habitaciones; llegó al dormitorio, también este a oscuras. Apenas hubo entrado, se paró de pronto. A la tenue luz que se filtraba por las puertas, le pareció distinguir algo, como una sombra, que se movía en la cama, deslizándose, y desaparecía.  Los pelos se le erizaron en la frente; le faltó la voz para gritar. De un salto fue al balcón, lo abrió, se volvió y desencajó los ojos y la boca, por el horror, agitando las manos en el aire. Sin aliento, sin voz, todo tembloroso, contraído por el terror, corrió hasta la ventana de la cocina.

– ¡Arriba… arriba, subid! ¡Asesinado! ¡Asesinado!

– ¿Asesinado? ¡Cómo! ¿Qué dice? – exclamaron los que esperaban ansiosamente, lanzándose los cuatro juntos para subir. El zagal quiso ir primero, gritando:

– ¡Despacio por la escalera! ¡Uno a uno!

Aturdido, desconcertado, don Mattia tenía las manos en la cabeza, aún con la boca abierta y los ojos llenos de esa horrenda vista.

Don Filippino yacía en la cama con la cabeza caída hacia atrás, hundida en la almohada, como por un estiramiento espasmódico, y mostraba la garganta estrangulada y sangrienta: tenía aún levantadas las manos, esas manos pequeñas que no le correspondían siquiera, de vista ahora horrendas, tan descompuestamente rígidas y lívidas.

Don Mattia y los cuatro campesinos lo miraron un tiempo, aterrorizados; de pronto, dieron un respingo los cinco, ante un ruido que vino de debajo de la cama: se miraron a los ojos; luego, uno de ellos se inclinó a mirar.

– ¡La mona! – dijo con suspiro de alivio, y casi estuvo a punto de reír.

Los otros cuatro, entonces, se inclinaron también para mirar.

Tita, cobijada bajo la cama, con la cabeza baja y los brazos cruzados en el pecho, al ver a esos cinco que la examinaban, a todo su alrededor, tan inclinados y descompuestos, tendió las manos a las tablas de la cama y saltó muchas veces dándose golpes, luego puso la boca en forma de o, y emitió un sonido amenazante:

– Chhhh…

– ¡Mirad! – gritó Scala. – Sangre… Tiene las manos… y el pecho ensangrentados… ¡ella lo ha matado!

Se acordó de lo que le había parecido distinguir al entrar, y volvió a afirmar convencido:

– ¡Ella, sí!, ¡la he visto con mis propios ojos! Estaba en la cama…

Y les mostró a los cuatro campesinos horrorizados las huellas en las mejillas y en la barbilla del pobre muerto:

– ¡Mirad!

Pero ¿cómo? ¿La mona? ¿Posible? ¿El animal que él tenía desde hacía tantos años, noche y día?

– ¿Se habría enfadado? – observó uno de los jornaleros, espantado.

Los cinco, a la vez, con el mismo pensamiento, se apartaron de la cama.

– ¡Esperad! Un bastón… – dijo don Mattia.

Y buscó con los ojos en la habitación por si había alguno, o si había al menos algún objeto que pudiera suplirlo.

El zagal cogió por el respaldo una silla y se inclinó; pero los otros, tan inermes, sin protección, tuvieron miedo y gritaron:

– ¡Espera! ¡Espera!

Se proveyeron también ellos de sillas. El zagal, entonces, empujó la suya varias veces bajo la cama: Tita saltó fuera por el otro lado, trepó con maravillosa agilidad hasta lo alto del pabellón, y allí, pacíficamente, como si no pasara nada, se puso a rascarse el vientre, y luego a jugar con las puntas de un pañuelo que el pobre don Filippino le había atado a la garganta.

Los cinco hombres se quedaron mirando esa indiferencia animal, atontados.

– ¿Qué hacemos, en tanto? – preguntó Scala, bajando los ojos sobre el cadáver; pero en seguida, a la vista de esa garganta estrangulada, volvió la cara. – ¿Y si lo cubriéramos con la misma sábana?

– ¡No, señor! – dijo en seguida el zagal. – Usted, escúcheme a mí. Hay que dejarlo como está. Yo soy de aquí, de la casa, y no quiero líos con la justicia. Es más, todos sois testigos míos.

– ¡Qué tendrá que ver eso! – exclamó don Mattia, encogiéndose de hombros.

Pero el zagal continuó, justificándose:

¡Con la justicia, nunca se sabe, señor mío! Nosotros somos pobres, y con nosotros… yo sé lo que me digo…

– Yo, en cambio, pienso, – gritó don Mattia, exasperado, – pienso que él, ahí, pobre loco, ha muerto como un papanatas, por su estupidez, y que yo, en tanto, más loco y más estúpido que él ¡estoy bien arruinado! Oh, pero – todos vosotros aquí sois testigos en verdad – que en este campo yo he gastado mi dinero, mi sangre: lo diréis… ahora id a advertir a ese caballero de Saro Trigona y al pretor y al delegado, que vengan a ver las proezas de esta… ¡Maldita! – gritó, con un arrebato improviso, arrancándose de la cabeza el sombrerucho y lanzándolo contra la mona.

Tita lo cogió al vuelo, lo examinó atentamente, se refregó la cara, como para sonarse la nariz, y luego se lo puso debajo y se sentó encima. Los cuatro campesinos rompieron a reír sin querer.

V

Nada: ni una línea de testamento, ni una nota, aunque solo fuera en algún registro o algún pedazo de papel suelto.

Y no bastaba el daño: le tocaban por añadidura a don Mattia Scala las burlas de los amigos. Claro, porque de hecho, Nocio Butera, por ejemplo, se habría imaginado fácilmente que don Filippino Lo Cícero moriría de ese modo, matado por la mona.

– Tú, Tino Labiso, ¿qué opinas, eh? ¿Puede ser, no? ¡Qué animal! ¡Qué animal! ¡Qué animal!

Y don Mattia se metía hasta los ojos, con las manos aferradas al ala, el sombrerucho blanco, y pataleaba de rabia.

Saro Trigona, hasta que el primo no fue enterrado, después de los exámenes del médico y del pretor, no quiso escucharlo, declarando que la desgracia no le permitía hablar de negocios.

– ¡Sí! ¡Como si la mona no se la hubiera regalado él, aposta! – se desahogaba diciendo Scala, a escondidas.

Habría tenido que acuñarle una medalla a esa mona, y en cambio, ingrato, hizo que la fusilaran: exactamente así, fu-si-la-ran, al día siguiente, a pesar de que el joven médico, que vino al campo junto al pretor, había encontrado una graciosa explicación al delito inconsciente del animal. Tita, enferma de tisis, quizás sentía que le faltaba la respiración, incluso a causa, probablemente, del pañuelo que el pobre don Filippino le había atado al cuello, quizás un poco apretado, o porque se lo hubiera apretado ella misma intentando desatárselo. Pues bien: quizás había saltado a la cama para indicarle al dueño dónde sentía que le faltaba la respiración, allí, en el cuello, y se lo había cogido con las manos; luego, con la presión, al no lograr respirar, exasperada, quizás se puso a clavarle la uñas al dueño allí, en la garganta. ¡Y hecho! Animal era, al fin y al cabo. ¿Qué entendía?

Y el pretor, muy serio, ceñudo, con la cabezota calva, roja, sudada, había hecho repetidas señales de aprobación ante la rara perspicacia del joven médico. ¡Qué lindo!

Basta. Enterrado el primo, fusilada la mona, Saro Trigona se puso a disposición de don Mattia Scala.

– Querido don Mattia, hablemos.

Había poco que hablar. Scala, con esa manera suya de actuar a borbotones, le expuso brevemente su acuerdo con Lo Cícero, y cómo, esperando día tras día que ese maldito animalucho muriera para tomar posesión, había gastado en la finca, en diversas campañas, con el consentimiento del mismo Lo Cícero, por supuesto, bastantes miles de liras, que, en consecuencia, tenían que detraerse de la suma convenida. ¿Claro, eh?

– ¡Clarísimo! – respondió Trigona, que había escuchado con mucha atención la narración de Scala, aprobando con la cabeza, muy serio, como el pretor. – ¡Clarísimo! Y yo, por mi parte, querido don Mattia, estoy dispuesto a respetar el acuerdo. Soy corredor; y usted lo sabe: ¡son malos tiempos! Para colocar una partida de azufre se necesita la mano de Dios: la correduría se va en sellos y en telegramas. Esto, para deciros que yo, con mi profesión, no podría ocuparme del campo, en el que no sabría hacer nada. Tengo, además, como sabe, querido don Mattia, nueve hijos varones, que tienen que ir a la escuela: animales, uno más que el otro, pero van a la escuela. Debo, por tanto, estar por fuerza en la ciudad. Vengamos a nosotros. Hay un problema, lo hay. Eh, querido don Mattia, ¡desgraciadamente! Un problema gordo. Nueve hijos, decíamos, y usted no sabe, no puede hacerse una idea de cuánto me cuestan: solo en zapatos… pero ya, ¡es inútil que se lo cuente!  Enloquecería. Por decirle, querido don Mattia…

– No me diga nada más, por caridad, querido don Mattia, – prorrumpió Scala, irritado por ese interminable discurso que no iba a ninguna parte. – Querido don Mattia… querido don Mattia… ¡basta! ¡He perdido ya demasiado tiempo con la mona y con don Filippino!

– En fin, – continuó Trigona, sin alterarse. – Quería decirle que siempre he necesitado recurrir a ciertos señores, que Dios nos libre de ello, por… ¿me explico?, y se comprende, me han puesto los pies en el cuello. Usted sabe quién se lleva la palma, en nuestra ciudad, en esta especie de operación…

– ¿Dima Chiarenza? – exclamó en seguida Scala, poniéndose en pie de un salto, palidísimo. Arrojó el sombrero al suelo, se pasó furiosamente una mano por los cabellos; luego, con la mano detrás  de la nuca, abriendo de par en par los ojos y apuntando con el índice de la otra mano, como arma, hacia Trigona:

– ¿Usted? – añadió. – ¿Usted, a la casa de ese verdugo?, ¿de ese asesino que me ha comido vivo? ¿Cuánto ha cogido?

– Espere, se lo contaré, – respondió Trigona, con calma doliente, justificándose. – ¡Yo no!, porque ese verdugo, como usted bien dice, nunca ha querido saber nada de mi firma…

– Y entonces… ¿don Filippino? – preguntó Scala cubriéndose la cara con las manos, como para no ver las palabras que le salían de la boca.

– El aval…  – suspiró Trigona, moviendo la cabeza amargamente.

Don Mattia se puso a dar vueltas por la habitación, exclamando, con las manos por el aire:

– ¡Arruinado! ¡Arruinado! ¡Arruinado!

– Espere, – repitió Trigona.- No desespere. Intentemos remediarlo. ¿Cuánto había acordado darle usted a don Filippino por la tierra?

– ¿Yo? – gritó Scala, parándose de pronto, con las manos en el pecho. – Dieciocho mil liras, yo: ¡contantes! Son cerca de seis hectáreas de tierra: ocho fanegas justas, de nuestra medida: dos mil doscientas cincuenta mil liras la fanega, ¡contantes! Dios sabe lo que he penado para juntarlas:  y ahora, ahora veo que se me escapa el negocio, la tierra bajo los pies, ¡la tierra que ya consideraba mía!

Mientras don Mattia se desahogaba así, Saro Trigona se tocaba los dedos, ceñudo, haciendo cuentas:

– Dieciocho mil… oh, por tanto, se dice…

– Despacio, – lo interrumpió Scala. – dieciocho mil, si el difunto me hubiera dejado en seguida la posesión de la finca. Pero más de seis mil ya las he gastado. Y esta es la cuenta que se puede hacer en seguida, en el lugar. Tengo testigos: este mismo año he plantado dos mil vides americanas, ¡espantosas!, y además…

Saro Trigona se puso en pie para cortar esa discusión, declarando:

– Pero doce mil no bastan, querido don Mattia. Le debo más de veinte mil a ese verdugo, ¡figúrese!

– ¿Veinte mil liras? – exclamó Scala, tambaleándose. –  Pero ¿es que han comido dinero usted y sus hijos?

Trigona suspiró profundamente y, tocando con la mano el brazo de Scala, dijo:

– ¿Y mis desgracias, don Mattia? No hace aún un mes que me ha tocado pagar nueve mil liras a un comerciante de Licata, por la diferencia de precio sobre una partida de azufre. ¡Déjeme! Fueron las últimas letras que me avaló el pobre Filippino, ¡Dios lo tenga en su gloria!

Después de otras inútiles protestas, convinieron en llegarse ese mismo día, con las doce mil liras en las manos, a casa de Chiarenza, para intentar llegar a un acuerdo.

VI

La casa de Dima Chiarenza se levantaba en la plaza principal de la ciudad. Era una casa antigua, de dos plantas, ennegrecida por el tiempo, ante la cual solían pararse con sus cámaras fotográficas los forasteros ingleses y alemanes que iban a ver las azufreras, despertando una cierta maravilla, mezcla de deleite y de conmiseración en los habitantes de la ciudad, para quienes esa casa no era sino una oscura y decrépita pocilga que estropeaba la armonía de la plaza, con el ayuntamiento en frente, estucado y brillante, que parecía de mármol, y hasta majestuoso, con ese pórtico de ocho columnas; la Catedral a este lado, el Palacio de la Banca Comercial, al otro, que tenía en la planta baja un espléndido café en una parte, y en la otra, un casino.

El Municipio, según los socios de este casino, debería enmendar esta indecencia, obligando a Chiarenza a darle al menos una mano de pintura decente a su casa. Le vendría bien incluso a él, decían: se le aclararía un poco la cara que, desde que había entrado en esa casa, se le había puesto del mismo color. – Sin embargo –añadían – para ser justos,  era la mujer quien había llevado esa casa en dote, y él, al pronunciar el sí sagrado, quizás se había obligado a respetar la doble antigüedad.

Don Mattia Scala y Saro Trigona encontraron en la vasta antecámara casi oscura a una veintena de campesinos, vestidos todos, más o menos, del mismo modo: con un grave traje de paño turquesa oscuro, zapatones de cuero basto tachonados, en los pies; en la cabeza, una gorra negra de punto con la borla de punta; algunos llevaban zarcillos; todos, por ser domingo, recién afeitados.

– Anúnciame, – le dijo Trigona al criado que estaba sentado junto a la puerta, delante de una mesita cuya superficie estaba completamente llena de cifras y de nombres.

– Tengan paciencia un momento, – respondió el criado, quien miraba asombrado a Scala, pues conocía la antigua enemistad de este con su señor. – Está dentro don Tino Labiso.

– ¿También él? ¡Desgraciado! – borbotó don Mattia, mirando a los campesinos que esperaban, asombrados como el criado por su presencia en esa casa.

Poco a poco, por la expresión de sus caras, Scala pudo fácilmente deducir quién de ellos venía a saldar su deuda, quién venía solo con una parte de la suma tomada en préstamo y tenía ya en los ojos el ruego que dirigiría al usurero para que tuviese paciencia para el resto hasta el mes siguiente; quién no llevaba nada y parecía aplastado bajo la amenaza del hambre, porque Chiarenza, sin misericordia, lo despojaría de todo y lo tiraría en medio de la calle.

De pronto, la puerta del despacho se abrió, y Tino Labiso, con la cara llena de fuego, casi amoratado, con los ojos brillantes, como si hubiera llorado, huyó sin ver a nadie, con el pañuelo de dados rojos y negros, el  emblema de su desafortunada prudencia, en la mano.

Scala y Trigona entraron en la sala del despacho.

Estaba también esta casi a oscuras, con una sola ventana con rejas que daba a una estrecha callejuela. En pleno día, Chiarenza tenía que tener en el escritorio la luz encendida, cubierta por una mantilla verde.

Sentado en un viejo sillón de cuero delante del escritorio, cuyo casillero estaba atiborrado de papeles, Chiarenza tenía en los hombros una toca, un birrete en la cabeza, y un par de medios guantes de lana en las manos horriblemente deformadas por la artritis. Aunque aún no tuviese cuarenta años, aparentaba más de cincuenta, con la cara amarilla, ictérica, los cabellos grises, espesos, áridos que se le alargaban como a un enfermo sobre las sienes. Tenía, en ese momento, las gafas levantadas sobre la estrecha frente, arrugada, y miraba hacia delante con los ojos turbios, casi apagados bajo los párpados grandes y pesados. Evidentemente, se esforzaba por dominar la agitación interior y por parecer tranquilo frente a Scala.

La conciencia de su propia infamia no le inspiraba ahora más que odio, odio oscuro y duro, contra todos y señaladamente contra su antiguo benefactor, su primera víctima. Aún no sabía qué quería Scala de él; pero estaba decidido a no concederle nada, para no parecer arrepentido de una culpa que él siempre, desdeñosamente, había negado, representando a Scala como a un loco.

Este, que desde hacía años no lo había visto más, ni siquiera de lejos, se quedó primero asombrado al mirarlo. No lo habría reconocido, reducido a tal estado, si se lo hubiera encontrado por la calle.

“El castigo de Dios”, pensó; y frunció las cejas, comprendiendo en seguida que, así reducido, ese hombre creería que ya había pagado el delito y que ya no le debía nada, por tanto, ninguna reparación.

Dima Chiarenza, con los ojos bajos, se puso una mano detrás de los riñones para levantarse lentamente del sillón de cuero, con la cara contraída por el dolor; pero Saro Trigona lo obligó a permanecer sentado y, en seguida, con su habitual y oprimente enredo de frases, comenzó a exponer la finalidad de su visita: él, vendiendo el campo heredado del primo al querido don Mattia allí presente, pagaría, en seguida, doce mil liras, con detracción de su deuda, al queridísimo don Dima, el cual, por su parte, tenía que obligarse a no emprender ninguna acción judicial contra la herencia de Lo Cícero, esperando…

– Despacio, hijo, – lo interrumpió en este punto Chiarenza, colocándose las gafas en la nariz. – Ya la he emprendido hoy mismo, rechazando las letras firmadas por su primo, vencidas hace tiempo. ¡Cura en salud!

– ¿Y mi dinero? – saltó entonces Scala.- La finca de Lo Cícero no valía más de dieciocho mil liras; pero ya he gastado más de seis mil; por tanto, haciendo una estimación honesta, tú no podrías tenerla por menos de veinticuatro mil.

– Bien – respondió, tranquilísimo, Chiarenza. – Como Trigona me debe veinticinco mil, quiere decir que yo, al quedarme con la finca, vengo a perder mil, además de los intereses.

– Por tanto… ¿veinticinco? – exclamó entonces don Mattia, vuelto a Trigona, con los ojos abiertos de par en par.

Este se agitó en el sillón, como en una silla de tortura, balbuciendo:

– Pero…¿có… cómo?

– En fin, hijo mío, se lo explico, – respondió sin descomponerse Chiarenza, llevándose las manos de nuevo a los riñones e incorporándose con dificultad. – Hay registros. Hablan con claridad.

– ¡Deja los registros! – gritó Scala, adelantándose.- Aquí ahora se trata de mi dinero: el que he gastado en la finca…

– ¿Y yo qué sé de ello? – dijo Chiarenza, encogiéndose y cerrando los ojos.- ¿Quién le ha obligado a gastarlo?

Don Mattia Scala repitió, fuera de sí, a Chiarenza su acuerdo con Lo Cícero.

– Mal, – añadió, cerrando los ojos, Chiarenza, por el esfuerzo que le costaba la calma que quería demostrar; pero casi no tenía más aliento.- Mal. Veo que usted, como de costumbre, no sabe llevar los negocios.

– ¿Y me lo echas en cara tú? – gritó Scala, – ¡Tú!

– No le echo en cara nada; pero, Dios Santo, habría tenido que saber al menos, antes de gastar este dinero que usted dice, que Lo Cícero ya no podía venderle a nadie la finca, porque me había firmado muchas letras por un valor que superaba el de la misma finca.

– Y así, respondió Scala, ¿tú te aprovecharías también de mi dinero?

– Yo no me aprovecho de nada – respondió, rápido, Chiarenza.- Me parece que le he demostrado que, incluso con la estimación que usted hace de la tierra, yo vengo a perder más de mil liras.

Saro Trigona intentó interponerse, haciendo que relampaguearan ante Chiarenza las doce mil liras contantes que don Mattia tenía en la cartera.

– ¡El dinero es dinero!

– ¡Y vuela! – añadió en seguida Chiarenza. – Donde mejor se puede emplear hoy el dinero es en las tierras, sépalo, querido mío. Las letras son armas de guerra, de doble filo: la renta sube y baja; la tierra, en cambio, está ahí, y no se mueve.

Don Mattia convino y, cambiando de tono y modo, habló a Chiarenza de su gran amor por ese campo contiguo, añadiendo que no sabría adaptarse nunca a ver que se lo quitaban, después de tantas privaciones sufridas por ello. Que se contentase, por tanto, Chiarenza, por el momento, con el dinero que él llevaba encima; le daría el resto, hasta el último céntimo, él mismo, no Trigona, manteniendo incluso firmemente la estimación de veinticuatro mil liras, como si las otras seis mil él no las hubiese dado, y, si quería, llegaría incluso hasta la suma de las veinticinco mil, es decir, de la deuda completa de Trigona.

– ¿Qué más puedo decirte?

Dima Chiarenza escuchó, con los ojos cerrados, impasible, el discurso apasionado de Scala. Luego le dijo, asumiendo también él otro tono, más fúnebre y más grave:

– Oiga, don Mattia. Veo que quiere mucho esa tierra, y de grado se la dejaría, para contentarle, si no me encontrase en estas condiciones de salud. ¿Ve cómo estoy? Los médicos me han aconsejado reposo y aire del campo…

– ¡Ah! – exclamó Scala tembloroso.- ¿Te vienes allí, por tanto, a mi lado?

– Además, – continuó Chiarenza – usted ahora no me dará ni siquiera la mitad de cuanto me corresponde. ¿Quién sabe, pues, cuánto tendría que esperar para que me pagara? Mientras que ahora, con un pequeño sacrificio, al tomar esa tierra, puedo recobrar en seguida lo mío y proveer a mi salud. Yo quiero dejárselo todo en regla a mis herederos.

– ¡No hables así! – prorrumpió Scala, indignado y furioso. – ¿Piensas en tus herederos? ¡Tú no tienes hijos! ¿Piensas en tus sobrinos? ¿Precisamente ahora? Nunca has pensado en ellos. Dilo francamente: ¡Quiero perjudicarte, como siempre te he perjudicado! Ay, ¿no te ha bastado haber destruido mi casa, haber matado a mi mujer y haber provocado la fuga por desesperación de mi único hijo?, ¿no te ha bastado haberme reducido a la miseria como recompensa del bien recibido?, ¿incluso la tierra quieres quitarme ahora, la tierra donde me he dejado la sangre? Pero ¿por qué, por qué eres tan feroz contra mí? ¿Qué te he hecho yo? No he protestado siquiera después de tu traición de Judas: tenía que pensar en mi mujer que se estaba muriendo por tu culpa, en mi hijo que desapareció por tu culpa: pruebas, pruebas materiales del robo no tenía, para mandarte a la cárcel; y por tanto, me callé; me fui de allí, a esos tres palmos de tierra; mientras aquí todos en la ciudad, a una voz, te acusaban, te gritaban: ¡Ladrón! ¡Judas! ¡No yo, no yo! Pero hay Dios, ¿sabes? Y te ha castigado; mira tus manos ladronas cómo están ahora… ¿Te las escondes? ¡Estás muerto! ¡Estás muerto!, ¿y te obstinas aún en hacerme daño? Oh, pero, ¿sabes? Esta vez, no, ¡no lo conseguirás! Te he contado los sacrificios que estaría dispuesto a hacer por esa tierra. En fin, pues, responde: – ¿Quieres dejármela?

– ¡No! – gritó, rápido, rabiosamente, Chiarenza, torvo, descompuesto.

– Pues entonces, ¡ni tú, ni yo!

Y Scala se dispuso a salir.

– ¿Qué hará? – preguntó Chiarenza, permaneciendo sentado y abriendo los labios en una mueca escuálida.

Scala se volvió, levantó una mano para hacer un violento gesto de amenaza y respondió, mirándolo fieramente a los ojos:

– ¡Te quemo!

VII

Tras salir de la casa de Chiarenza y tras librarse, con una furiosa sacudida de espalda, de Trigona que quería demostrarle, muy doliente, su buena intención, don Mattia Scala se llegó primero a casa de un abogado amigo suyo para exponerle el caso del que era víctima, y preguntarle si, al actuar judicialmente por el reconocimiento de su crédito, lograría impedir que Chiarenza se hiciera dueño de la finca.

El abogado no comprendió nada al principio, agotado por el nerviosismo con que Scala había hablado. Intentó calmarlo, pero fue en vano.

– En suma, las pruebas, los documentos, ¿los tiene?

– ¡Un cuerno tengo!

– ¡Entonces vaya a que le bendigan! ¿Qué quiere de mí?

– Espere, – le dijo don Mattia, antes de irse. – ¿sabría acaso indicarme dónde está la casa del ingeniero Scelzi, de la Sociedad de las Azufreras de Comitini?

El abogado le indicó la calle y el número de la casa, y don Mattia Scala, ya decidido, fue rápidamente.

Scelzi era uno de esos ingenieros que, al pasar cada mañana por el camino de herradura delante de su cancela para dirigirse a las azufreras del valle, le habían pedido con mayor insistencia que cediera el subsuelo. ¡Cuántas veces Scala, de broma, lo había amenazado con llamar a los perros para que se fuera!

Aunque Scelzi no recibía visitas de negocio los domingos, se apresuró a dejar pasar al estudio al insólito visitante.

– ¿Usted, don Mattia? ¿Qué viento le trae?

Scala, con las enormes cejas fruncidas, se plantó frente al joven ingeniero sonriente, lo miró a los ojos, y respondió:

– Estoy listo.

– ¡Ah! ¡Muy bien! ¿Cede?

– No cedo. Quiero hacer un contrato. Veamos los pactos.

– ¿Y no los conoce? – exclamó Scelzi. – Se los he repetido muchas veces.

– ¿Necesita hacer otros relieves allí? – preguntó don Mattia, lúgubre, impetuoso.

– ¡No, no! Mire… – respondió el ingeniero indicando el gran mapa geológico colgado de la pared, donde se había trazado a cargo del Real Cuerpo de las Minas todo el campo mineral de la región. Señaló con el dedo un punto en el mapa y añadió: – Es aquí: no se necesita nada más…

– Entonces, ¿podemos hacer el contrato en seguida?

– ¿En seguida?… Mañana. Mañana por la mañana yo mismo hablaré con el Consejo de Administración. En tanto, si quiere, aquí, ahora, podemos redactar la propuesta, que sin duda será aceptada, si usted no pone otras condiciones.

– ¡Necesito comprometerme en seguida! – Saltó Scala.- Todo, todo destruido, ¿no es verdad?… ¿quedará allí todo destruido?

Scelzi lo miró maravillado: conocía desde hacía tiempo la índole extraña, impulsiva de Scala; pero no recordaba haberlo visto nunca así.

– Pero los daños del humo, – dijo – serán contemplados en el contrato y compensados…

– ¡Lo sé! ¡No me importa! – añadió Scala. – Los campos, digo, los campos, todos destruidos… ¿no es verdad?

– Eh… – exclamó Scelzi, encogiéndose de hombros.

– ¡Eso, eso es lo que quiero! – exclamó entonces don Mattia, dando un puñetazo en el escritorio. – Aquí, ingeniero, ¡escriba, escriba! ¡Ni él, ni yo! Lo quemo… Escriba. No se preocupe por lo que digo.

Scelzi se sentó delante del escritorio y se puso a redactar la propuesta, exponiendo primero, una a una, las condiciones ventajosas, antes tantas veces rechazadas por Scala y que ahora, en cambio, oscuro, ceñudo, afirmaba con la cabeza, una a una.

Redactada la propuesta al fin, el ingeniero Scelzi no supo resistirse al deseo de conocer la razón de esa resolución improvisa, inesperada.

– ¿Mala cosecha?

– Pero ¿qué mala cosecha? ¡La que vendrá, – le respondió Scala – cuando usted abra la azufrera!

Sospechó entonces Scelzi que don Mattia Scala había recibido malas noticias del hijo desaparecido: sabía que, unos meses atrás, había dirigido una súplica a Roma para que, por medio de los agentes consulares, se hicieran investigaciones por todos lados. Pero no quiso tocar en esa herida.

Scala, antes de irse, recomendó de nuevo a Scelzi que gestionara el negocio con la máxima diligencia.

– Como un rayo. ¡Y áteme bien!

Pero tuvieron que pasar dos días para la deliberación del Consejo de la Sociedad de las azufreras, para la escritura del auto en el estudio del notario y para el registro del mismo auto: dos días tremendos para don Mattia Scala. No comió, no durmió, fue como un continuo delirio, yendo y viniendo a casa de Scelzi, a quien le repetía continuamente:

– ¡Áteme bien! ¡Áteme bien!

– No lo dudes, – le respondía sonriendo el ingeniero. – ¡Ahora no podrá escapársenos!

Firmado y registrado por fin el contrato de cesión, don Mattia Scala salió como un loco del estudio del notario; corrió hacia el almacén, a la salida de la ciudad, donde, al venir, tres días antes, había dejado la yegua; cabalgó y desapareció.

El sol se estaba poniendo. Por la avenida polvorienta, don Mattia se topó con una larga fila de carros cargados de azufre, los cuales desde las lejanas azufreras del valle, al otro lado de la colina que aún no se divisaba, se dirigían, lentos y pesados, a la estación ferroviaria en la parte baja de la ciudad.

Desde la grupa de la yegua, Scala lanzó una mirada de odio a todo ese azufre que chirriaba y crujía continuamente con los golpes y los saltos de los carros sin amortiguador.

La avenida estaba flanqueada por dos interminables setos de chumberas cuyas palas, por el continuo tránsito de esos carros, estaban completamente empolvadas de azufre.

A su vista, la náusea de don Mattia se acrecentó. ¡No se veía más que azufre, por todos lados, en esa ciudad! El azufre estaba incluso en el aire que se respiraba, y cortaba la respiración, y quemaba los ojos.

Finalmente, en una curva de la avenida, apareció la colina completamente verde. El sol investía con los últimos rayos.

Scala fijó los ojos y apretó en el puño las bridas hasta hacerse daño. Le pareció que el sol saludaba por última vez el verde de la colina. Quizás él, desde lo alto de la avenida, no volvería a ver nunca más la colina tal como la veía ahora. Dentro de veinte años, los que vendrían tras él, desde ese punto de la avenida, verían un cerro calvo, quemado, lívido, agujereado por las azufreras.

“¿Y dónde estaré yo, entonces?” pensó, sintiendo un sensación de vacío, que en seguida le trajo el recuerdo del hijo lejano, perdido, vagabundo por el mundo, si aún estaba vivo. Un ímpetu de conmoción lo venció, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Por él, por él, él había encontrado la fuerza de volver a levantarse de la miseria en que lo había arrojado Chiarenza, ese ladrón infame que ahora le quitaba el campo.

– ¡No, no! – rugió, entre dientes, ante el pensamiento de Chiarenza.- ¡Ni yo, ni él!

Y espoleó la yegua, como para volar allí y destruir de un golpe el campo que ya no podía ser suyo.

Era ya de noche cuando llegó al pie de la colina. Debió rodearla por un tramo, antes de desembocar en el camino de herradura. Pero había salido la luna, y parecía que poco a poco volvía el día. Los grillos, todo alrededor, saludaban frenéticamente a esa alba lunar.

Atravesando los campos, Scala se sintió herido por un agudo remordimiento, pensando en los propietarios de esas tierras, todos amigos suyos, quienes, en ese momento, ciertamente, no sospechaban la traición que él les había hecho.

Ah, todos esos campos desaparecerían dentro de poco: ni siquiera una brizna de hierba crecería más allí; y él, ¡él habría sido el devastador de la verde colina! Pensó en el balcón de su próxima alquería, volvió a ver el límite de su estrecha tierra, pensó que sus ojos tendrían que pararse allí, sin atravesar esa tapia ni mirar la tierra de al lado: y se sintió como en prisión, casi sin aire, sin libertad en ese campito suyo, con su enemigo que vendría a vivir allí. ¡No! ¡No!

– ¡Destrucción!, ¡destrucción! ¡Ni yo ni él! ¡Que lo quemen!

Y miró a su alrededor los árboles, con la garganta atenazada de angustia: esos olivos centenarios, con un gris y poderoso tronco retorcido, inmóviles, como absortos en un sueño misterioso en el claro lunar. Imaginó cómo todas esas hojas, ahora vivas, se fruncirían con los primeros soplos agrios de la azufrera, abierta allí como una boca del infierno; luego caerían; luego los árboles desnudos se ennegrecerían, luego morirían, intoxicados por el humo de los hornos. El hacha, allí, entonces. Leña para quemar, todos esos árboles.

Una brisa leve se levantó, al subir la luna. Y entonces las hojas de todos esos árboles, como si hubieran escuchado su condena a muerte, se sacudieron como por un escalofrío largo, que se contagió hasta la espalda de don Mattia Scala, encorvado sobre la yegua blanca.

 

[1] Voz siciliana ( it. calcaroni). Antiguos hornos donde se fundía el azufre.

[2] Deformación popular siciliana de Falaride, tirano de Agrigento (siglo VI a.C)

1.4   La capilla

I

Habiéndose acostado junto a la mujer, que ya dormía, vuelta hacia el camastro en el que yacían juntos los dos hijos, Espátula dijo primero sus habituales oraciones, luego cruzó las manos detrás de la nuca, entornó los ojos y – sin prestar atención a lo que hacía – se puso a silbar, como era habitual en él cuando una duda o un pensamiento lo roían por dentro.

–  Fififi… fififi… fififi…

No era precisamente un silbido, sino mejor un pitido sordo, a flor de labios, siempre con la misma cadencia.

A un cierto punto, la mujer se despertó:

– ¡Ay!, ¿ya estamos? ¿Qué te ha pasado?

– Nada. Duerme. Buenas noches.

Se tendió, volvió la espalda a la mujer y se acurrucó también él de lado para dormir. Pero ¡qué dormir ni dormir!

– Fififí… fififí… fififí…

La mujer aún le alargó un brazo bajo la espalda, con el puño cerrado.

– ¡Eh!, ¿te callas? Mira que me despiertas a los pequeños.

– Tienes razón. ¡Calla! Ya me duermo.

Se esforzó verdaderamente por echar de su cabeza ese pensamiento atormentado que se convertía así, dentro de él, como siempre, en un grillo cantarín. Pero, cuando ya creía haberlo echado:

– Fififí… fififí… fififí…

Esta vez no esperó siquiera que la mujer le largase otro puñetazo más fuerte que el primero; saltó de la cama, exasperado.

– ¿Qué haces?, ¿dónde vas? – le preguntó ella.

Y él:

– Me visto, ¡maldita sea! No puedo dormir. Me sentaré delante de la puerta, en la calle. ¡Aire! ¡Aire!

– En fin, – continuó la mujer – ¿se puede saber qué diablos te ha pasado?

– ¿Qué? Ese canalla, – estalló entonces Espátula, esforzándose por hablar bajo – ese sinvergüenza, ese enemigo de Dios…

– ¿Quién?, ¿quién?

– Ciancarella.

– ¿El notario?

– Ese mismo. Me ha hecho saber que me quiere ver mañana en la ciudad

– ¿Y bien?

– Pero ¿qué puede querer de mí un hombre como él, me lo puedes decir? ¡Puerco, salvo el santo bautismo!, ¡puerco, y digo poco! ¡Aire! ¡Aire!

Diciendo esto, agarró una silla, volvió a abrir la puerta, la cerró detrás de sí y se sentó con la espalda apoyada en la pared de su casucha.

Una lámpara de petróleo, allí cerca, dormitaba lánguida, reverberando su luz amarillenta en el agua pútrida de un charco, si era agua, abajo entre el empedrado, acá jorobado, allá hundido, todo inconexo y consumido.

Del interior de las casuchas en sombra llegaba un tufo grasiento de establo y, de vez en cuando, en el silencio, las pisadas de algún animal atormentado por las moscas.

Un gato que se deslizaba a lo largo de la pared se detuvo, oblicuo, circunspecto.

Espátula se puso a mirar hacia lo alto, en la línea del cielo, las estrellas que crepitaban; y, mirando, se llevaba a la boca los pelos de la árida barba rojiza.

Pequeño de estatura, aunque desde muchacho hubiera amasado tierra y cal, tenía algo de señorial en su aspecto.

De pronto, los ojos claros vueltos al cielo se le llenaron de lágrimas. Se estremeció en la silla y, secándose el llanto con el dorso de la mano, murmuró en el silencio de la noche:

– ¡Ayúdame, tú, Cristo mío!

II

Desde cuando en el pueblo la camarilla clerical había sido vencida y el partido nuevo, el de los excomulgados, había ocupado el gobierno del municipio, Espátula se sentía como en medio de un campo enemigo.

Todos sus compañeros de trabajo, como tantas ovejas, habían seguido a los nuevos bribones; y, unidos ya en una corporación, mandaban.

Con unos pocos obreros fieles a la santa Iglesia, Espátula había fundado una Sociedad Católica de Mutuo Socorro entre los Indignos Hijos de la Virgen de los Dolores.

Pero la lucha era desigual; y las burlas de los enemigos (e incluso de los amigos) y la rabia por la impotencia habían hecho que Espátula perdiera la calma.

Se había obstinado, como presidente de esa sociedad católica, en promover procesiones, luminarias y tracas con ocasión de las fiestas religiosas, observadas antes y favorecidas por el antiguo concejo municipal, y entre los silbidos, los gritos y las risotadas del partido adversario había sufragado los gastos, para san Miguel Arcángel, San Francisco de Paula, el Viernes Santo, el Corpus Christi y, en fin, para todas las fiestas principales del calendario eclesiástico.

Así, el capitalito que hasta ahora le había permitido asumir cualquier trabajo en subasta, había menguado tanto, que no se imaginaba lejano el día en que de jefe de obras se vería reducido a mísero jornalero.

La mujer, ya desde hacía tiempo, no mostraba por él respeto ni consideración: ella misma se había puesto a satisfacer sus necesidades y las de sus hijos, lavando, cosiendo a la calle, haciendo todo tipo de encargos.

¡Como si él estuviese ocioso por placer! ¡Pero si la corporación de esos hijos de perro asumían todos los trabajos! ¿Qué pretendía su mujer?, ¿que él renunciara a la fe, que renegara de Dios y fuese a inscribirse en el partido de esos? ¡Antes se dejaría cortar las manos!

El ocio, mientras tanto, lo devoraba, y hacía que de día en día crecieran en él la agitación y la obstinación, y lo envenenaba contra todos.

Ciancarella, el notario, nunca se había mostrado partidario de ninguno; pero era, sin embargo, notoriamente enemigo de Dios; hacía profesión de ello, desde que no ejercía la de notario. Una vez, incluso había osado aguzar los perros contra un santo sacerdote, don Lagàipa, que se había dirigido a él para interceder en favor de unos parientes pobres, que se morían de hecho de hambre, mientras él, en su espléndida mansión que se había construido a la salida del pueblo, vivía como un príncipe, con la riqueza amasada quién sabe cómo y acrecentada en tantos años de usura.

Toda la noche, Espátula (por fortuna era verano), ya sentado, ya paseando por la callejuela desierta, meditó (fififí… fififí… fififí…) sobre esa invitación misteriosa de Ciancarella.

Luego, sabiendo que este acostumbraba a dejar la cama temprano, y sintiendo que la mujer ya se había levantado con el alba y se movía por la casa, pensó ponerse en camino, dejando allí fuera la silla que era vieja y que nadie se llevaría.

III

La mansión de Ciancarella estaba toda amurallada como una fortaleza y tenía una cancela que daba a la avenida provincial.

El viejo, que parecía un sapo calzado y vestido, oprimido por un quiste enorme en la nuca, que le obligaba a tener baja y doblada hacia un lado la cabezota calva, vivía solo, con un criado; pero tenía mucha gente de campo a sus órdenes, armada, y dos mastines que asustaban solo al verlos.

Espátula tocó la campana. En seguida esas dos bestias se lanzaron furibundas contra los barrotes de la cancela, y no se tranquilizaron ni siquiera cuando el criado acudió a animar a Espátula que no quería entrar. Fue necesario que el amo, que estaba tomando un café en el pabellón de hiedra, a un lado de la mansión, en medio del jardín, lo llamase con un silbido.

– ¡Ah, Espátula! Muy bien, – dijo Ciancarella. – Siéntate ahí.

Y le indicó uno de los escabeles de hierro dispuestos, acá y allá, en el pabellón.

Pero Espátula se quedó en pie, con el sombrerucho rocoso y enyesado entre las manos.

– ¿Tú eres un indigno hijo, no es verdad?

– Sí, señor, y estoy orgulloso de ello: de la Virgen de los Dolores. ¿Qué órdenes tiene que darme?

– En fin, – dijo Ciancarella; pero en lugar de continuar, se llevó la taza a los labios y bebió tres sorbos de café. – Una capilla – (y otro sorbo).

– ¿Cómo dice?

– Quiero que tú me construyas una capilla – (de nuevo otro sorbo).

– ¿Usted, una capilla?

– Sí, que dé a la avenida, frente a la cancela – (otro sorbo, el último; dejó la taza, y – sin secarse los labios – se puso en pie. Una gota de café le bajaba por la comisura de la boca entre los hirsutos pelos de la barba descuidada desde hacía bastantes días). – Una capilla, sí, no muy pequeña, pues tiene que caber una estatua, de tamaño natural, de Cristo en la columna. En las paredes laterales quiero poner dos cuadros grandes: a este lado, un Calvario; al otro, un Desprendimiento. En suma, como una habitación cómoda, sobre un pedestal de un metro de altura, con la cancela de hierro delante, y la cruz arriba, se entiende. ¿Has comprendido?

Espátula bajó varias veces la cabeza, con los ojos cerrados; luego, reabriendo los ojos y dando un suspiro, dijo:

– Pero usted se burla, ¿no es verdad?

– ¿Que me burlo? ¿Por qué?

– Creo que usted quiere burlarse. Perdóneme. ¿Una capilla, usted, y al Ecce Homo?

Ciancarella intentó levantar un poco la cabezota calva, se la sujetó con una mano y se rio de un modo especial, muy curioso, como si lloriquease, a causa de esa desgracia que le oprimía la nuca.

– ¡Eh, cómo! – dijo. – ¿Quizás no soy digno, según tú?

– ¡Claro que no, señor, perdone! – se apresuró a negar Espátula, fastidiado, alterándose.  – ¿Por qué debería usted cometer así, sin razón, un sacrilegio? Se lo ruego, y perdóneme si hablo con franqueza. ¿A quién quiere usted engañar? A Dios, no, a Dios no lo engaña, Dios lo ve todo, y no se deja engañar por usted.  ¿A los hombres? Pero ellos también ven y saben que usted…

– ¿Qué saben, imbécil? – le gritó el viejo, interrumpiéndolo. – ¿Y qué sabes tú de Dios, gusano de tierra? ¡Lo que te han dicho los curas! Pero Dios… bah, bah, bah, yo me pongo a razonar contigo ahora… ¿Has desayunado?

– No, señor.

– ¡Feo vicio, querido! Debería ofrecerte yo el desayuno, ahora, ¿no?

– No, señor. No tomo nada.

– ¡Ah! – exclamó Ciancarella con un bostezo. – ¡Ah! Los curas, hijo, los curas te han trastornado el juicio. Van predicando, ¿no es verdad?, que yo no creo en Dios. ¿Pero sabes por qué? Porque no les doy de comer. Pues bien, silencio: ya comerán cuando vengan a consagrar nuestra capilla. Quiero hacer una gran fiesta, Espátula. ¿Por qué me miras así? ¿No me crees? ¿O quieres saber cómo he decidido esto? Lo he soñado, la otra noche. Ahora ciertamente los curas dirán que Dios me ha tocado el corazón. Que hablen, ¡no me importa nada! Así que, ¿has entendido, eh? Habla… muévete… ¿Estás sorprendido?

– Sí, señor, – confesó Espátula, abriendo los brazos.

Ciancarella, esta vez, se cogió la cabeza con las dos manos, para reír largamente.

– Bien – dijo luego. – Tú sabes cómo me las gasto. No quiero líos de ningún tipo. Sé que eres un buen obrero y que haces las cosas como es debido y honestamente. Hazlo todo tú solo, gastos incluidos, sin molestarme. Cuando acabes, ajustamos las cuentas. La capilla… ¿has comprendido cómo la quiero?

– Sí, señor.

– ¿Cuándo pones manos a la obra?

– Por mí, mañana mismo.

– ¿Y cuándo podrá estar terminada?

Espátula se detuvo un poco a pensar.

– Eh, – luego dijo, – si tiene que ser tan grande, se necesitará al menos…, no sé, un mes.

– Está bien. Vamos ahora a ver juntos el sitio.

El terreno al otro lado de la avenida pertenecía a Ciancarella, que lo dejaba sin cultivar, abandonado: lo había comprado para no tener estorbos ahí delante de la mansión; y permitía que los pastores condujeran sus rebaños a pastar, como si fuese tierra sin dueño. Para construir ahí la capilla no se tenía, pues, que pedir permiso a nadie. Decidido el sitio, allí, precisamente frente a la cancela, el viejo volvió a la mansión, y Espátula, que se quedó solo, – fififí… fififí… fififí… – no dejaba de silbar. Luego se puso en camino. Camina y camina, se encontró, casi sin saberlo, delante de la puerta de don Lagàipa, que había sido su confesor. Se acordó, después de llamar, de que el cura desde hacía algunos días estaba en cama, enfermo: no debería molestarlo con esa visita matutina; pero el caso era grave; entró.

IV

Don Lagàipa estaba levantado y, en medio de la confusión de las mujeres, la criada y la sobrina, que no sabían cómo obedecer a las órdenes que él impartía, en pantalones y mangas de camisa, en medio de la habitación limpiando los cañones de una escopeta.

La nariz ancha y carnosa, toda agujereada por la viruela como una esponja, parecía que se le había vuelto, después de la enfermedad, más grande. Acá y allá, separados quizás por el miedo a esa nariz, los ojos brillantes, negros, parecían querer escapar de su rostro amarillo, deshecho.

– ¡Me arruinan, Espátula, me arruinan! Ha venido hace poco el muchacho, estúpido, a decirme que mi campo se ha vuelto propiedad común, ¡ya!, de todos. Los socialistas, ¿comprendes?, me roban la uva todavía verde, los higos, ¡todo! Lo tuyo es mío, ¿comprendes? ¡Lo tuyo es mío! Le envío esta escopeta. ¡A las piernas!, le he dicho, dispárales a las piernas: ¡una cura de plomo es lo que se necesita! (Rosina, tonta, tonta, tonta, un poco más de vinagre te he dicho, y un trapo limpio.) ¿Qué querías decirme, hijo mío?

Espátula no sabía ya por dónde comenzar. Apenas le salió de la boca el nombre de Ciancarella, una furia de malas palabras. Ante la alusión a la construcción de la capilla, vio a don Lagàipa maravillarse.

– ¿Una capilla?

– Sí, sí, señor: al Ecce Homo. Quisiera saber de vuestra reverencia si debo hacérsela.

– ¿Me lo preguntas a mí? Pedazo de asno, ¿qué le has respondido?

Espátula repitió cuanto le había dicho a Ciancarella y añadió algo que no había dicho, exaltándose con las alabanzas del cura guerrillero.

– ¡Muy bien! ¿Y él? ¡Qué jeta de perro!

– Que ha tenido un sueño, dice.

– ¡Embustero! ¡No vayas a creerle! ¡Embustero! Si Dios verdaderamente le hubiera hablado en sueños, le habría sugerido mejor que ayudara un poco a esos pobres de los Lechuga, a los que no quiere reconocer como parientes solo porque son devotos y fieles a nosotros, mientras protege a los Montoro, ¿comprendes?, a esos ateos socialistas, a quienes les dejará todas sus riquezas. Basta. ¿Qué quieres de mí? Hazle la capilla. Si no se la haces tú, se la hará otro. Para nosotros, además, estará siempre bien que un pecador dé señales de querer de algún modo reconciliarse con Dios. ¡Embustero! ¡Jeta de perro!

Ya en casa, Espátula, durante todo ese día, dibujó capillas. Por la noche fue a proveerse de los materiales, dos peones, un muchacho calero. Y al día siguiente, al alba, puso manos a la obra.

V

La gente que pasaba a pie o a caballo o con los carros por la avenida polvorienta se paraba a preguntarle a Espátula qué estaba haciendo.

– Una capilla.

– ¿Quién te la ha encargado?

Y él, apesadumbrado, levantando al cielo un dedo:

– El Ecce Homo.

No respondió de otro modo durante todo el tiempo que duró la obra. La gente reía o se encogía de hombros.

– ¿Justo aquí? – le preguntaba alguno, sin embargo, mirando hacia la cancela de la mansión. A nadie se le ocurría que el notario pudiera haber encargado esa capilla: todos, por el contrario, ignorando que aquel trozo de tierra pertenecía también a Ciancarella, y conociendo el fanatismo religioso de Espátula, pensaban que éste, ya por encargo del obispo o por deseo de la Sociedad Católica, construía ahí la capilla para contrariar al usurero. Y se reían.

Mientras tanto, como si Dios verdaderamente estuviese indignado con esa obra, le sucedieron a Espátula, en el trabajo, todas las desgracias. Primero, cuatro días tuvo que excavar hasta encontrar tierra firme para los cimientos; luego, peleas allí en la cantera por la piedra; peleas por la cal; peleas con el tejero, y, en fin, al colocar la cimbra para construir el arco, se cae la cimbra y de milagro no mata al muchacho calero.

Por último, la bomba. Ciancarella, precisamente el día en que Espátula tenía que enseñarle la capilla completamente terminada, un ataque de apoplejía, de los genuinos, y en tres horas, muerto.

Nadie entonces pudo quitarle de la cabeza a Espátula que esa muerte imprevista del notario era el castigo de Dios indignado. Pero no creyó, al principio, que el desdén divino debía precipitarse también sobre él, que, – aunque de mala gana – se había entregado a la edificación de esa obra maldita.

Lo creyó cuando, habiendo ido a casa de los Montoro, herederos del notario, para cobrar su trabajo, vio que le respondían que ellos no sabían nada y que no querían, por tanto, reconocer aquella deuda que no constaba en ningún documento.

– ¿Cómo? – exclamó Espátula. – ¿Y la capilla, pues, para quién la he hecho yo?

– Para el Ecce Homo.

– ¿Por mi propia voluntad?

– Oh, en suma, – le dijeron esos, para quitárselo de en medio. – Nosotros creemos que no respetamos la memoria de nuestro tío si suponemos un solo momento que él haya podido de verdad encargarte algo tan contrario a su modo de pensar y de sentir. No se deduce de nada. ¿Qué quieres, pues, de nosotros? Quédate con la capilla; y, si no estás de acuerdo, recurre al tribunal.

Enseguida, ¿cómo no?, recurrió al tribunal, Espátula. ¿Podía quizás perder? ¿Podían quizás los jueces creer en serio que él había construido por su propia voluntad una capilla? Y además estaba el criado que podía testimoniar, el criado de Ciancarella precisamente, que había ido a llamarlo por encargo de su señor; y estaba don Lagàipa, a quien le había pedido consejo el mismo día; y estaba su mujer además, a quien se lo había dicho, y los obreros que habían trabajado con él durante todo aquel tiempo. ¿Como podía perder?

Perdió, perdió, sí, señores. Perdió, porque el criado de Ciancarella, que había pasado al servicio de los Montoro, fue a declarar que ciertamente había llamado a Espátula por encargo del señor, que en paz descanse; pero no ciertamente porque el señor, que en paz descanse, hubiera ideado encargarle la construcción de esa capilla, sino porque el jardinero, ahora muerto, (¡mira qué coincidencia!) le había dicho que Espátula tenía la intención de construir una capilla precisamente allí, frente a la cancela, y había querido advertirle que el terreno al otro lado de la cancela de la avenida le pertenecía, y que, por tanto, se guardara de construir allí tamaña estupidez. Añadió que incluso, habiéndole dicho un día al señor, que en paz descanse, que Espátula, a pesar de la prohibición, estaba excavando allí con tres obreros, el señor, que en paz descanse, le había respondido:

– Pues déjalo excavar, ¿no sabes que está loco? ¡A lo mejor busca el tesoro para terminar la iglesia de Santa Catalina! – De nada sirvió el testimonio de don Lagàipa, notoriamente inspirador de tantas otras locuras de Espátula. ¿Qué más? Los mismos obreros declararon que nunca habían visto a Ciancarella y que el jornal lo habían recibido siempre del maestro de obras.

Espátula escapó de la sala del tribunal como fuera de sí; no tanto por la pérdida de su capitalito, tirado allí, en la erección de esa capilla; no tanto por los gastos del proceso a los que, por añadidura, había sido condenado; cuanto por el hundimiento de su fe en la justicia divina.

– Pero, entonces, – iba diciendo -, ¿entonces, ya no existe Dios?

Instigado por don Lagàipa, apeló. Fue la ruina. El día en que le llegó la noticia de que también en el Tribunal de apelación había perdido, Espátula ni chistó: con el dinero que le había quedado en el bolsillo compró un metro y medio de franela roja, tres sacos viejos y volvió a casa.

– ¡Hazme una túnica! – le dijo a la mujer, tirándole los tres saco a la falda.

La mujer lo miró, como si no hubiera entendido.

– ¿Qué quieres hacer?

– Te he dicho que me hagas una túnica… ¿no? Me la hago solo.

En menos que se diga, abrió los sacos y los pegó a lo largo; le hizo al de arriba una hendidura delante; con el tercer saco hizo las mangas y las cosió alrededor de dos agujeros realizados en el primer saco, al que le cerró un poco la boca acá y allá, de modo que quedase una parte abierta para el cuello. Hizo un lío con ella, cogió la franela roja y, sin saludar a nadie, se fue.

Una hora después se difundió por todo el pueblo la noticia de que Espátula, enloquecido, había sustituido a la estatua de Cristo en la columna, allá, en la capilla nueva, en la avenida, frente a la mansión de Ciancarella.

– ¿Cómo que ocupa el lugar? ¿Qué quiere decir esto?

– ¡Pues sí, él, de Cristo, allá dentro de la capilla!

– ¿De verdad?

– ¡De verdad!

Y todo el pueblo corrió a verlo dentro de la capilla, detrás de la cancela, ensacado en esa túnica con las marcas del tendero aún estampadas allí, la franela roja sobre los hombros como una capa, una corona de espinas en la cabeza, una caña en la mano.

Tenía la cabeza baja, doblada hacia un lado y la mirada en el suelo. No se descompuso mínimamente ni ante las risas ni ante los silbidos ni ante los gritos endiablados de la muchedumbre que crecía poco a poco. Más de un pilluelo le tiró una cáscara; bastantes, allí, delante de él, le lanzaron crudelísimas injurias: él, sordo, inmóvil, como una verdadera estatua; solo que movía de vez en cuando los párpados.

No lograron moverlo ni los ruegos, primero, ni las imprecaciones, después, de la mujer, que había acudido con las mujeres del vecindario, ni el llanto de los hijos. Fue necesaria la intervención de dos guardias que, para poner fin a esa algazara, forzaron la cancela de la capilla y arrestaron a Espátula.

– ¡Dejadme en paz! ¿Quién puede ser más Cristo que yo? – se puso entonces a gritar Espátula, forcejeando. – ¿No veis cómo se burlan de mí y cómo me injurian? ¿Quién puede ser más Cristo que yo? ¡Dejadme! ¡Esta es mi casa! ¡Me la he hecho yo, con mi dinero y con mis manos! ¡Me he dejado en ella la sangre! ¡Dejadme, judíos!

Pero esos judíos no quisieron dejarlo antes de la noche.

– ¡A casa! – le ordenó el delegado. ¡A casa, y juicio, cuidado!

– Sí, señor Pilatos, – le respondió Espátula, inclinándose.

Y, a escondidas, volvió a la capilla; de nuevo allí, se vistió de Cristo; allí pasó toda la noche, y ya no se movió.

Lo tentaron con el hambre. Lo tentaron con el miedo, con el escarnio. En vano.

Finalmente lo dejaron tranquilo, como a un pobre loco que no hacía daño a nadie.

VI

Ahora hay quien le lleva aceite para la lámpara; hay quien le lleva de comer o de beber; alguna mujercita, lentamente, comienza a llamarlo santo y va a recomendarse para que rece por ella y por los suyos; otra le ha llevado una túnica nueva, menos basta, y le ha pedido a cambio tres números para la lotería.

Los carreteros que pasan de noche por la avenida se han acostumbrado a esa lamparita que arde en el tabernáculo, y la ven desde lejos con placer; se paran un poco allí delante, a hablar con el pobre Cristo, que sonríe benévolamente ante algún chiste de ellos; luego se van; el ruido de los carros se apaga poco a poco en el silencio, y el pobre Cristo se vuelve a dormir, o baja a hacer sus necesidades detrás de la pared, sin pensar en ese momento que está vestido de Cristo, con la túnica de saco y la capa de franela roja.

A menudo, sin embargo, algún grillo, atraído por la luz, se le echa encima y lo despierta de sobresalto. Entonces vuelve a rezar; pero no es raro el caso en que, durante la oración, otro grillo, el antiguo grillo cantarín se despierte aún en él. Espátula se quita de la frente la corona de espinas, a la que ya se ha acostumbrado, y – rascándose ahí, donde las espinas le han dejado la señal – con los ojos perdidos, vuelve a silbar:

– Fififí… fififí… fififí 

1.5 Defensa de Mèola
(Sotanas de Montelusa) [3]

Les he recomendado mucho a mis paisanos de Montelusa que no condenen a ciegas a Mèola, si no quieren mancharse con la más negra ingratitud.

Mèola ha robado.

Mèola se ha enriquecido.

Mèola probablemente mañana se pondrá a practicar la usura.

Sí. Pero pensemos, señores míos, a quién y por qué ha robado Mèola. Pensemos que no es nada el bien que Mèola se ha hecho a sí mismo al robar, si lo comparamos con el bien que de su robo se ha derivado para nuestra muy amada Montelusa.

Yo no puedo tolerar en paz que mis paisanos, reconociendo por un lado este bien, sigan por otro lado condenando a Mèola y haciéndole la vida en este pueblo si no imposible, sí muy difícil.

Razón por la que apelo al juicio de las personas liberales, ecuánimes y de buena fe que hay en Italia.

Una pesadilla horrenda pesaba sobre todos nosotros, los montelusanos, desde hacía once años: desde el día nefasto en que monseñor Vitangelo Partanna, a instancias y gracias a malos servicios de poderosos prelados de Roma, obtuvo nuestro obispado.

Habituados como estábamos desde hacía tiempo al fasto, a las maneras alegres y cordiales, a la abundante munificencia del Excmo. nuestro monseñor Vivaldi (¡Que Dios lo tenga en la gloria!), todos nosotros, los montelusanos, sentimos que se nos oprimía el corazón cuando vimos por primera vez bajar desde el alto y vetusto Palacio obispal, a pie entre dos secretarios, frente a la sonrisa de nuestra perenne primavera, el esqueleto engabanado de este obispo nuevo: alto, encorvado sobre su triste delgadez, inclinado el cuello, los hinchados y lívidos labios hacia fuera, con el esfuerzo de mantener derecha la cara de pergamino, con las gafas negras sobre la nariz aguileña.

Los dos secretarios, el viejo don Antonio Sclepis, tío de Mèola, y el joven don Arturo Filomarino (que duró poco en su cargo), estaban un paso detrás y caminaban rígidos y como suspendidos, conscientes de la horrible impresión que Su Excelencia causaba en todo el pueblo.

Y, de hecho, a todos les pareció que el cielo, el alegre aspecto de nuestra blanca ciudad se oscurecía ante aquella aparición hosca, lúgubre. Una agitación sorda, casi de espanto, se propagó a su paso por todos los árboles de la larga y sonriente alameda del Paraíso, orgullo de nuestra Montelusa, rematada por dos azules, el del mar, áspero y denso, y el del cielo, tenue y vano.

Defecto fundamental de nosotros, los montelusanos, es sin duda la impresionabilidad. Las impresiones con las que nos sugestionamos fácilmente vencen durante mucho tiempo a nuestras opiniones, a nuestros sentimientos,  y causan en nuestra alma cambios muy sensibles y duraderos.

¿Un obispo a pie? Desde que el obispado tenía su sede allá arriba como una fortaleza, encima del pueblo, todos los montelusanos habían visto siempre bajar en carroza a sus obispos hasta la alameda del Paraíso. Pero obispado, dijo monseñor Partanna desde el primer día, tomando posesión, es nombre de obra y no de honor. Y dejó la carroza, despidió a los cocheros y lacayos, vendió los caballos y paramentos, inaugurando las más estricta tacañería.

Pensamos al principio:

«Querrá ahorrar. Tiene muchos parientes pobres en su nativa Pisanello.»

Pero un día vino desde Pisanello a Montelusa uno de estos parientes pobres, precisamente un hermano suyo, padre de nueve hijos, a rogarle de rodillas y con las manos juntas, como se ruega a los santos,  que le prestara ayuda, la suficiente al menos como para pagar a los médicos que tenían que operar a la esposa moribunda. No quiso darle siquiera ni con que volver a Pisanello. Y lo vimos todos, todos escuchamos lo que dijo el pobre hombre, con los ojos arrasados de lágrimas y la voz rota por los sollozos, en el Café de Pedoca, apenas bajó del Obispado.

Ahora, la Diócesis de Montelusa – es bueno saberlo – está entre las más ricas de Italia.

¿Qué quería hacer monseñor Partanna con las rentas de ella, si negaba con tanta dureza un socorro tan urgente a su gente de Pisanello?

Marco Mèola nos reveló el secreto.

Lo tengo presente (podría pintarlo) la mañana en que nos llamó a todos, a los liberales de Montelusa, a la plaza delante del Café Pedoca. Le temblaban las manos; los mechones rizados de la cabeza leonina, al erizársele, lo obligaban más de lo normal a aplastarse a manotazos furiosos el sombrerucho flácido, que no quería nunca asentársele en la cabeza. Estaba pálido y furioso. Un temblor de desdén le arrugaba la nariz de vez en cuando.

Vive horrenda todavía en los ánimos de los viejos montelusanos la memoria de la corrupción sembrada en los campos y en todo el pueblo, con la predicación y la confesión, de los Padres Redentoristas,[4] y del espionaje, de las traiciones efectuadas por ellos en los años nefandos de la tiranía borbónica, de la que secretamente se habían hecho instrumento.

Pues bien, los Redentoristas, los Redentoristas quería monseñor Partanna que volvieran a Montelusa, los Redentoristas expulsados por la furia del pueblo cuando estalló la revolución. [5]

Para esto él acumulaba las rentas de la Diócesis.

Y era un desafío para nosotros, los montelusanos, que no habíamos podido mostrar de otro modo el ferviente amor por la libertad, sino con esa expulsión de los hermanos, ya que, a la primera noticia de la entrada de Garibaldi en Palermo, se había disuelto la pandilla de esbirros, y con ella la escasa soldadesca borbónica de presidio en Montelusa.

Ese nuestro único orgullo, pues, quería debilitar monseñor Partanna.

Todos nos miramos a los ojos, temblando de ira y de desdén. Era necesario a toda costa impedir que tal propósito se llevara a cabo. Pero ¿cómo impedirlo?

Pareció que desde aquel día el cielo se enterraba en Montelusa. La ciudad se puso de luto. El obispado, arriba, donde él urdía el plan, y día a día acercaba su realización, lo sentíamos todos como un peñasco sobre el pecho.

Nadie, entonces, incluso sabiendo que Marco Mèola era sobrino de Sclepis, secretario del obispo, dudaba de su fe liberal. Es más, todos admiraban su fuerza de ánimo casi heroica, comprendiendo de cuánta amargura tenía que ser en el fondo la razón de esa fe para él, criado y educado por ese tío cura.

Mis paisanos de Montelusa me preguntaban entonces con aire de broma:

– Pero si verdaderamente le sabía a sal el pan del tío cura, ¿por qué no se liberaba trabajando?

Y olvidan que, por haberse escapado muy joven del seminario, Sclepis, que lo quería a toda costa cura como él, lo había apartado de los estudios; olvidan que todos entonces lamentaban con amargura que por el capricho de un tonsurado airado se tuviese que perder un ingenio de tal suerte.

Recuerdo bien qué coros de aprobación y qué aplausos y cuánta admiración, entonces, desafiando los rayos del obispado y la indignación y la venganza del tío, Marco Mèola, sirviéndose de una mesa del café Pedoca, se puso una hora al día a comentarles a los montelusanos las obras latinas y vulgares de Alfonso María de Ligorio, señaladamente los Discursos sagrados y morales para todos los domingos del año y El libro de las Glorias de María.

Pero nosotros queremos que Mèola pague los engaños de nuestra ilusión, las aberraciones de nuestra muy deplorable impresionabilidad.

Cuando Mèola, un día, con aire feroz, levantando una mano y poniéndosela luego sobre el pecho, nos dijo: – «¡Señores, prometo y juro que los Redentoristas no volverán a Montelusa!» – vosotros, montelusanos, quisisteis a la fuerza imaginar no sé qué diabluras: minas, bombas, trampas, asaltos nocturnos al obispado, y a Marco Mèola como a Pedro Micca, [6] con la mecha en la mano, dispuesto para que saltaran por el aire obispo y Redentoristas.

Ahora esto, con todo el respeto y vuestra paciencia, quiere decir que tenéis una concepción del héroe bastante grotesca. ¿Con tales medios habría podido Mèola alguna vez liberar Montelusa de la invasión de los Redentoristas? El verdadero heroísmo consiste en saber adaptar los medios a la empresa.

Y Marco Mèola lo supo.

Sonaban en el aire embriagador, saturado de todas las fragancias de la nueva primavera, las campanas de las iglesias, entre los gritos festivos de las golondrinas frenéticas en bandadas en el luminoso ardor de esa víspera inolvidable.

Mèola y yo paseábamos por nuestra alameda del Paraíso, mudos y absortos en nuestros pensamientos.

Mèola de pronto se paró y sonrió.

– ¿Oyes – me dijo – estas campanas más próximas? Son de la abadía de Santa Ana. ¡Si supieras quién las toca!

– ¿Quién las toca?

– ¡Tres campanas, tres palomitas!

Me volví para mirarlo, asombrado por el tono y el aire con el que había pronunciado esas palabras.

– ¿Tres monjas?

Negó con la cabeza, y me indicó que esperara.

– Escucha, – añadió bajo. – Ahora, apenas las tres terminen de tocar, la última, la campanita más pequeña y más argentina, dará tres toques, tímidos. Ahí está… ¡escucha bien!

De hecho, lejos, en el silencio del cielo, resonó tres veces – din din din – esa tímida campanita argentina, y pareció que el sonido de los tres tintineos se fundía feliz con la dorada luminosidad del crepúsculo.

– ¿Has entendido? – me preguntó Mèola. – Estos tres toques le dicen a un feliz mortal: «¡Pienso en ti!».

Volví a mirarlo. Había cerrado los ojos, para suspirar, y había levantado la barbilla. Bajo la poblada barba crespa se entreveía el cuello robusto, blanco como el marfil.

– ¡Marco! – le grité, sacudiéndolo por un brazo.

Entonces él estalló de risa; luego, frunciendo las cejas, murmuró:

– ¡Me sacrifico, amigo mío, me sacrifico! Pero estáte seguro que los Redentoristas no vuelven a Montelusa.

No pude arrancarle nada más de la boca por mucho tiempo.

¿Qué relación podía haber entre esos tres toques de campana, que decían «Pienso en ti», y los Redentoristas que no debían volver a Montelusa? ¿Y cuál era el sacrificio por el que se había inmolado Mèola para no permitir que regresaran?

Sabía que en la abadía de Santa Ana tenía una tía, hermana de Sclepis y de su madre; sabía que todas las monjas de las cinco abadías de Montelusa odiaban también de corazón a monseñor Partanna, porque apenas había tomado posesión del obispado, había dado para ellas tres disposiciones, la una más cruel que la otra:

que ya no podían preparar ni vender dulces o licores (¡esos buenos dulces de miel y almendra, aderezados y envueltos en hilos de plata!, ¡esos buenos licores que sabían a anís y a canela!);

que ya no podían bordar (ni siquiera ajuares y paramentos sagrados), sino solo hacer punto;

que ya no podían tener, en fin, un confesor particular, sino que todas, sin distinción,  se servirían del Padre de la comunidad.

¡Cuántos llantos, cuánta angustia desesperada en las cinco abadías de Montelusa, especialmente por esta última disposición!, ¡cuántas intrigas para revocarla!

Pero monseñor Partanna había sido inflexible. Quizás se había jurado a sí mismo hacer todo lo contrario de lo que había hecho su Excmo. Predecesor. Generoso y cordial con las monjas, monseñor Vivaldi (¡Dios lo tenga en la Gloria!), se acercaba a visitarlas al menos una vez a la semana, y aceptaba de muy buena gana sus atenciones, alabando su exquisitez, y se entretenía largamente con ellas en alegres y honestas conversaciones.

Monseñor Partanna, en cambio, nunca se había acercado más de una vez al mes a esa o aquella abadía, siempre acompañado de los dos secretarios, distante y duro, y nunca había querido aceptar no ya una taza de café, sino ni siquiera un vaso de agua. ¡Cuántos reproches habían tenido que hacerles a las monjas y a las educandas las madres abadesas y las vicarias para que se redujesen a la obediencia y para que bajasen al locutorio, cuando la portera, para anunciar la visita de monseñor, sacudía largamente la cadena del campanario que chillaba como un perrito al que alguien le hubiera pisado una pata! ¡Pero si las espantaba a todas con aquellas señales de la cruz!, con aquel vozarrón confuso: – Santa, hija – en respuesta al saludo que cada una le dirigía, acercándose a la doble rejilla, con el rostro rojo y los ojos bajos:

– ¡Vuestra Excelencia me bendiga!

Ningún discurso que no fuera de iglesia. El joven secretario don Arturo Filomarino había perdido el puesto por haberles prometido un día, en el locutorio de Santa Ana, a las educandas y a las monjas más jóvenes, que a través de la rejilla se lo comían con los ojos, una plantita de fresas para plantarla en el jardín de la abadía.

Odiaba ferozmente a las mujeres, monseñor Partanna. Y la mujer, la mujer más peligrosa, la mujer humilde, tierna y fiel, él la descubría bajo el manto y los velos de la monja. Por ello, cada respuesta que les daba era como un golpe de férula en los dedos. Marco Mèola conocía, por su tío secretario, este odio de monseñor Partanna a las mujeres. Y este odio le pareció excesivo y que, como tal, tenía que haber una razón recóndita y particular en el alma y en el pasado de monseñor. Se puso a indagar; pero pronto cortó con las averiguaciones, tras la llegada misteriosa de una nueva educanda a la abadía de Santa Ana, de una pobre jorobadita que ni siquiera podía sostener en su cuello la gran cabeza de ojos ovalados en la debilidad escuálida del rostro. Esta jorobadita era sobrina de monseñor Partanna; pero una sobrina de la que nada sabían los parientes de Pisanello. Y, de hecho, no había venido de Pisanello, sino de otro pueblo del interior, donde hacía años Partanna había sido párroco

El mismo día de la llegada de esta nueva educanda a la abadía de Santa Ana, Marco Mèola nos gritó solemnemente en la plaza a todos nosotros, compañeros de su fe liberal:

– Señores, prometo y juro que los Redentoristas no volverán a Montelusa.

Y vimos, asombrados, poco después de aquel juramento solemne, que Mèola cambiaba de vida; lo vimos cada domingo y todas las fiestas del calendario eclesiástico entrar en la iglesia y escuchar misa; lo vimos de paseo en compañía de curas y viejos beatos; lo vimos muy atareado cada vez que se preparaban las visitas pastorales a la diócesis, que monseñor Partanna hacía con la máxima vigilancia en los tiempos requeridos por los Cánones, a pesar de la gran dificultad de las calles y  la falta de comunicaciones y de vehículos; y lo vimos con el tío tomar parte del séquito en aquellas visitas.

Sin embargo, yo no quise – yo solo – creer en una traición de Mèola. ¿Cómo respondió él a nuestros primeros reproches, a nuestros primeros lamentos? Respondió enérgicamente:

– Señores, ¡dejadme hacer!

Vosotros sacudisteis los hombros, indignados; desconfiasteis de él; os figurasteis y reprendisteis una traición. Yo seguí siendo su amigo y tuve de él esa víspera inolvidable, cuando la tímida campanita dio los tres toques en el cielo luminoso, esa media confesión misteriosa.

Marco Mèola, que nunca había ido más de una vez al año a visitar a esa tía suya monja a Santa Ana, comenzó a visitarla cada semana en compañía de la madre. La tía monja, en la abadía de Santa Ana, era la encargada de la vigilancia de las tres educandas. Las tres educandas, las tres palomitas, querían mucho a su maestra; la seguían siempre como los polluelos a la gallina; la seguían aun cuando a ella la llamaban al locutorio para la visita de la hermana y del sobrino.

Y un día se vio el milagro, monseñor Partanna, que les había negado a las monjas de esa abadía el permiso que ellas siempre habían tenido de entrar dos veces al año en la iglesia, por la mañana, a puertas cerradas, para adornarla con sus manos en las festividades del Corpus Christi y de la Virgen de la  Luz, levantó la prohibición, concedió de nuevo el permiso, ante los ruegos insistentes de las tres educandas y señaladamente de su sobrina, esa pobre jorobadita recién llegada.

Verdaderamente, el milagro se vio después, cuando llegó la fiesta de la Virgen de la Luz.

La tarde de la vigilia, Marco Mèola se escondió en la iglesia, a traición, y durmió en el confesionario del Padre de la comunidad. Al alba, un coche estaba preparado en la plaza delante de la abadía; y cuando las tres educandas, dos hermosas y vivaces como golondrinas enamoradas, la otra jorobada y asmática, bajaron con su maestra para adornar el altar de la Virgen de la Luz…

En fin, decís, Mèola ha robado; Mèola se ha enriquecido; Mèola probablemente mañana se pondrá a practicar la usura. Sí. ¡Pero, pensad, señores míos, pensad que de esas tres educandas no una de las dos hermosas, sino la tercera, la tercera, esa miserable raquítica asmática y legañosa, fue a la que que raptó Marco Mèola, cuando en cambio era amado fervientemente también por las otras dos!, esa, precisamente esa jorobadita, para impedir que los padres Redentoristas volvieran a Montelusa.

Monseñor Partanna, de hecho, – para obligar a Mèola a casarse con la sobrina raptada – debió convertir en dote de esta sobrina el fondo recogido para el regreso de los padres Redentoristas. Monseñor Partanna es viejo y ya no tendrá tiempo de volver a reunir ese fondo.

¿Qué nos había prometido Marco Mèola a los liberales de Montelusa? Que los Redentoristas no volverían.

Pues bien, señores, ¿y no está claro ya que los Redentoristas no volverán a Montelusa?

 

[3] Túnicas de Montelusa: Bajo este subtítulo se recogen este relato y los dos que siguen (Los afortunados y Visto que no llueve). Se trata de un tríptico anticlerical. Montelusa es un topónimo ficticio con el que se refiere a Agrigento.

[4] Comunidad religiosa fundada por Alfonso Maria dei Liguori en 1732. Agrigento fue uno de sus feudos.

[5] La insurrección antiborbónica que siguió al desembarco de 1860 de Los Mil en Sicilia.

[6] El soldado piamontés que en 1706, durante la guerra de sucesión española, salvó Turín, asediada por los franceses, sacrificando su propia vida al hacer que saltara una galería de acceso a la ciudadela.

1.6 Los afortunados
(Sotanas de Montelusa)

Una conmovedora procesión en casa del joven sacerdote don Arturo Filomarino.

Visitas de pésame.

Toda la vecindad estaba espiando, por las ventanas y puertas de la calle, el portoncito desteñido y podrido con una cinta de luto que así, medio cerrado y medio abierto, parecía la cara arrugada de un viejo que guiñaba un ojo para señalarles astutamente a todos los que entraban, después de la última salida – pies hacia delante y cabeza hacia atrás – del señor de la casa.

La curiosidad con que la vecindad espiaba hacía que naciera verdaderamente la sospecha de que aquellas visitas tenían un significado o, mejor dicho, una intención muy diferente de la que querían mostrar.

A cada visitante que entraba por el portoncito, se le escapaba acá y allá exclamaciones de maravilla:

-¡Uf!, ¿también este?

– ¿Quién, quién?

– ¡El ingeniero Franci!

– ¿También él?

Helo ahí que entraba. Pero ¿cómo?, ¿un masón?, ¿uno del treinta y tres? [7] Sí, señores, también él. Y antes y después de él, ese jorobado del doctor Niscemi, el ateo, señores míos, el ateo; y el republicano y libre pensador, el abogado Rocco Turrisi, y el notario Scimè y el caballero Preato y el comendador Tino Laspada, consejero de la comisaría de policía, e incluso los hermanos Morlesi que, apenas sentados, pobrecitos, como si tuvieran las almas envenenadas de sueño, se quedaban los cuatro dormidos, y el barón Cerrella, incluso el barón Cerrella: lo mejor, en definitiva, los peces gordos de Montelusa: profesionales, empleados, comerciantes…

Don Arturo Filomarino había llegado la tarde anterior de Roma, adonde, apenas caído en desgracia del monseñor Partanna, por la plantita de fresas prometida a las monjitas de Santa Ana, se había dirigido para estudiar y doctorarse en letras y filosofía. Un telegrama urgente lo había llamado a Montelusa porque el padre se había sentido mal de imprevisto. Había llegado demasiado tarde. ¡Ni siquiera el amargo consuelo de volver a verlo por última vez!

Las cuatro hermanas casadas y los cuñados, después de haberlo puesto al corriente deprisa y corriendo de la desgracia fulminante y de haberle reprochado con ciertas burlas de desdén que sus compañeros, los curas de Montelusa, habían pretendido del moribundo veinte mil liras, veinte, veinte mil liras para administrarle los santos sacramentos, como si el difunto no hubiese donado ya bastante a obras piadosas, a congregaciones de caridad, y pavimentado con mármol dos iglesias, edificado altares, regalado estatuas y cuadros de santos, ofrendado a manos llenas para todas las fiestas religiosas; se habían ido resoplando, indignados, declarándose muertos de cansancio por todo lo que habían hecho esos dos días tremendos; y lo habían dejado allí solo, allí, solo, Santo Dios, con la criada, ante todo… sí, ante todo joven, a la que el padre, que en paz descanse, había tenido la debilidad de llamar últimamente de Nápoles, y que ya con melosa ternura lo llamaba don Arturí.

Ante cada cosa que le iba mal, don Arturo había cogido la costumbre de apuntar los labios y soplar dos o tres veces, lentamente, pasándose las puntas de los dedos por las cejas. Ahora, pobrecito, a cada don Arturí…

¡Ay, esas cuatro hermanas!, ¡esas cuatro hermanas! Siempre lo habían mirado mal, desde pequeño, es más, justo no habían podido soportarlo nunca, quizás porque era el único varón y el último nacido, quizás porque ellas, pobrecitas, eran las cuatro feas, una más fea que la otra, mientras que él era hermoso, finísimo, de pelo rubio y rizado. Su hermosura tenía que parecerles a ellas doblemente superflua, porque era hombre y porque estaba destinado desde la infancia, con su consentimiento, al sacerdocio. Preveía que se producirían escenas amargas, escándalos y peleas en el momento del reparto de la herencia. Ya los cuñados habían ordenado que sellaran la caja fuerte y el escritorio del banco del suegro, muerto sin testamento.

¿Qué tenía que ver él, mientras tanto, para que le reprocharan lo que los ministros de Dios habían considerado justo y oportuno pretender del padre para que muriese como un buen cristiano? Ay, por muy cruel que pudiera resultarle a su corazón de hijo, tenía, sin embargo, que reconocer que el difunto había practicado durante muchos años la usura, y sin ni siquiera esa discreción que puede al menos atenuar el pecado. Verdad es que con la misma mano con la que había quitado, había luego también dado, y no poco. No era, sin embargo, a decir la verdad, dinero suyo. Y precisamente por esto, quizás, los sacerdotes de Montelusa habían considerado necesario otro sacrificio, en el último momento. Él, por su parte, se había consagrado a Dios para expiar, con la renuncia a los bienes de la tierra, el gran pecado en el que el padre había vivido y muerto. Y ahora, con respecto a lo que le tocaría de la herencia paterna, estaba lleno de escrúpulos y se proponía pedirle luz y consejo a algún superior, a monseñor Landolina, por ejemplo, director del Colegio de los oblatos, hombre santo, antes confesor suyo, cuyo ejemplar y muy fervoroso esmero caritativo conocía bien.

Todas esas visitas, entretanto, lo turbaban.

Por lo que pretendían parecer, dada la calidad de los personajes, representaban para él un honor inmerecido; por el fin recóndito que los guiaba, una humillación cruel.

Temía casi ofender si agradecía esa apariencia de honor que se le hacía; si, en cambio, no lo agradecía nada, temía mostrar demasiado su humillación y parecer doblemente descortés.

Por otra parte, no sabía bien qué querían decirle todos aquellos señores, ni qué debía responder, ni cómo comportarse. ¿Y si se equivocaba?, ¿y si incurría, sin querer, sin saber, en algún fallo?

Él quería obedecer a sus superiores, siempre y en todo. Así, todavía sin consejo, se sentía precisamente perdido en medio de ese gentío.

Tomó, pues, el partido de hundirse en un sofalucho desvencijado al fondo del salón polvoriento y desguarnecido, casi oscuro, y mostrarse al menos en principio tan deshecho por la aflicción y por la fatiga del viaje, como para no poder acoger sino en silencio todas aquellas visitas.

Por su parte, los visitantes, tras haberle estrechado la mano, suspirando y con los ojos cerrados, se sentaban a lo largo de las paredes, y ninguno abría la boca, y todos parecían inmersos en esa gran aflicción del hijo. Evitaban mirarse, entretanto, los unos a los otros, como si a cada uno le encolerizara que los otros hubieran venido allí a demostrar su misma condolencia.

No veían la hora de irse, pero cada uno esperaba que antes se fueran los otros, para decirle bajo, cara a cara, una palabra a don Arturo.

Y así, ninguno se iba.

El salón ya estaba lleno y los recién llegados no encontraban ningún sitio donde sentarse y todos se inflamaban en silencio y envidiaban a los hermanos Morlesi que, al menos, no se daban cuenta del tiempo que pasaba porque, como siempre, apenas sentados, los cuatro se habían dormido profundamente.

Al fin, resoplando, se levantó el primero, o mejor, bajó de la silla el barón Cerrella, pequeño y redondo como una pelota, y cri cri cri, con un irritadísimo crujido de los zapatos de charol, fue hasta el sofalucho, se inclinó ante don Arturo y le dijo en voz baja:

– Con permiso, padre Filomarino, un ruego.

Aunque abatido, don Arturo se puso en pie:

– ¡Vamos, señor barón!

Y lo acompañó, atravesando todo el salón, hasta la entrada. Regresó poco después, soplando, a hundirse en el sofalucho; pero no pasaron dos minutos antes de que otro se levantara y viniera a repetirle:

– Con permiso, padre Filomarino, un ruego.

Dado el ejemplo, comenzó el desfile. Uno a uno, cada dos minutos, se levantaban, y… pero tras cinco o seis, don Arturo no esperó ya que vinieran a pedírselo hasta el sofalucho al fondo del salón; apenas veía que uno se levantaba, acudía pronto y servicial y lo acompañaba hasta la salita.

Por cada uno que se iba, sin embargo, se añadían otros dos o tres a la vez, y ese suplicio amenazaba con no tener fin en todo el día.

Afortunadamente, cuando fueron las tres de mediodía, ya no vino nadie. Quedaban en el salón solo los hermanos Morlesi, sentados uno al lado del otro, los cuatro en la misma posición, con la cabeza caída sobre el pecho.

Dormían allí desde hacía cerca de cinco horas.

Don Arturo no se mantenía ya sobre las piernas. Le indicó con un gesto desesperado a la joven criada napolitana los cuatro durmientes.

– ¿Usted va a comer, don Arturí? – dijo ella.

– Ahora pienso en eso.

Despertados, sin embargo, tras haber echado una mirada a su alrededor con los ojos cerrados y rojos de sueño para encontrarse, los hermanos Morlesi quisieron decirle también a don Arturo una palabra en confidencia, y en vano este intentó hacerles entender que no era necesario; que ya había comprendido y que haría todo por complacerlos, como a los otros, todo cuanto le fuera posible. Los hermanos Morlesi no querían solo rogarle, como los demás, que intentara que su letra le tocara a él en el reparto de los créditos para no caer en las garras de los otros herederos; también tenían que hacerle ver que su letra no era ya, como figuraba, de mil liras, sino solo de quinientas.

– ¿Y cómo?, ¿por qué? – preguntó, ingenuamente, don Arturo.

Se pusieron a responderle los cuatro juntos, corrigiéndose mutuamente y ayudándose para dar fin al discurso.

– Porque su papá, que en paz descanse, por desgracia…

– No, por desgracia… por… por exceso…

– De prudencia, ¡eso es!

– Ya, claro… nos dijo, firmad por mil…

– Ya, verdad es que los intereses…

– Como constará en el registro…

– ¡Intereses del veinticuatro, don Arturí!, ¡del veinticuatro!, ¡del veinticuatro!

– Se los hemos pagado solo por quinientas liras, puntualmente, hasta el quince del mes pasado.

– Constará en el registro…

Don Arturo, como si en esas palabras oyese que se agitaban las llamas del infierno, apuntaba los labios y soplaba, pasándose la punta de las manos inmaculadas por las cejas.

Se mostró agradecido ante la confianza que ellos, como los demás, ponían en él, y les dejó entrever también a ellos casi la esperanza de que él, como buen sacerdote, no pretendería la restitución de ese dinero.

Complacerlos a todos, desgraciadamente, no podía: los herederos eran cinco, y por tanto él no podría disponer a su gusto sino de una quinta parte de la herencia.

Cuando en el pueblo se supo que don Arturo Filomarino, en casa del abogado elegido para el reparto de la herencia, discutiendo con los otros herederos acerca de las innumerables letras, no había querido contentarse con la propuesta de los cuñados, a saber, que se nombrara a un liquidador de común confianza que poco a poco, concediendo humanamente aplazamientos y renovaciones, las liquidara al interés más que honesto del cinco por ciento, mientras que lo menos que el suegro pretendía era el veinticuatro, más que nunca se reforzó en todos los deudores la esperanza de que él, generosamente, como verdadero cristiano y digno ministro de Dios, no solo les descontaría completamente los intereses a quienes tuvieran la suerte de caer en sus manos, sino que quizás incluso les perdonaría y les condonaría las deudas.

Y fue una nueva procesión a su casa. Todos rogaban, todos suplicaban para ser incluidos entre los afortunados, y no acababan de ponerle ante sus ojos y de hacerle tocar con sus propias manos las lastimosas llagas de su existencia.

Don Arturo no sabía cómo defenderse; tenía los labios doloridos de tanto soplar; no encontraba un minuto de tiempo, asediado como estaba, para ir a pedirle consejo a monseñor Landolina, y le parecía que faltaban mil años para volver a Roma a estudiar. Había vivido siempre para el estudio, él, ignorante completamente de todas las cosas del mundo.

Cuando al final se hizo el dificilísimo reparto de todas las letras, y él tuvo en sus manos el montón de letras que le tocaron, sin siquiera ver de quiénes eran para no sufrir por los excluidos, sin siquiera contar a cuánto ascendían, se dirigió al Colegio de los oblados para someterse, en todo y para todo, al juicio de monseñor Landolina.

El consejo de este sería una ley para él.

El Colegio de los oblados se levantaba en el punto más alto del pueblo y era un vasto, antiquísimo edificio cuadrado y tenebroso por fuera, roído completamente por el tiempo y la intemperie; completamente blanco, por el contrario, aireado y luminoso, dentro.

Estaban allí acogidos huérfanos y bastardos de toda la provincia, de seis a diecinueve años, y allí aprendían las distintas artes y los distintos oficios.

La disciplina era dura, señaladamente bajo monseñor Landolina, y cuando esos pobres oblados, por la mañana y por la tarde, cantaban acompañados por el órgano en la capilla del Colegio, sus oraciones sabían a llanto y, al escucharlos desde abajo, provenientes de esa fábrica tenebrosa en la altura, afligían como un lamento de prisioneros.

Monseñor Landolina no parecía en modo alguno que tuviera en sí tanta fuerza de dominio y tan dura energía.

Era un cura alto y delgado, casi diáfano, como si con la gran luz de esa blanca y aireada habitación en que vivía no solo hubiera perdido el color, sino incluso se hubiera enrarecido, y se le hubieran vuelto las manos de una gracilidad temblorosa y casi transparente y, sobre los ojos claros ovalados, los párpados, más sutiles que una binza de cebolla.

Temblorosa y descolorida tenía también la voz, y vanas, las sonrisas sobre los largos labios blancos, entre los cuales a menudo asomaba alguna gota de saliva.

– ¡Oh, Arturo! – dijo al ver entrar al joven; y, como este se le echó en el pecho:

– ¡Ah, claro! Un gran dolor… ¡Bien, bien, hijo mío! Un gran dolor, me gusta. ¡Dale gracias a Dios! Tú sabes cómo soy para todos los estúpidos que no quieren sufrir. ¡El dolor te salva, hijo! Y tú, por suerte, tienes mucho, mucho que sufrir, pensando en tu padre que, pobrecito, eh… ¡hizo tanto, tanto mal! Que sea tu cilicio, hijo, el recuerdo de tu padre. Y dime, esa mujer, esa mujer, ¿aún la tienes en casa?

– Se irá mañana, monseñor – se apresuró a responderle don Arturo, acabando de secarse las lágrimas. – Ha tenido que preparar sus cosas…

– Bien, bien, que se vaya pronto, que se vaya pronto. ¿Qué quieres decirme, hijo?

Don Arturo sacó el montón de letras, y enseguida empezó a exponerle la disputa por ellas con los parientes, y las visitas y los lamentos de las víctimas.

Pero monseñor Landolina, como si esas letras fueran armas diabólicas o imágenes obscenas, apenas sus ojos se posaban sobre ellas, echaba hacia atrás la cabeza y movía convulsamente todos los dedos de sus gráciles manos diáfanas, casi con miedo de quemarse, no al tocarlas, sino solo al verlas, y le decía a Filomarino que las tenía sobre las rodillas:

– Ahí sobre el hábito, no, querido, ahí sobre el hábito, no…

Don Arturo se dispuso a colocarlas sobre la silla de al lado.

– Que no, que no… por caridad, ¿dónde las pones? No las tengas en la mano, querido, no las tengas en la mano…

– ¿Entonces? – preguntó confuso, perplejo, humillado, don Arturo, también él con el rostro disgustado y sujetándolas con dos dedos y separando los otros, como si verdaderamente tuviera en la mano un objeto asqueroso.

– En el suelo, en el suelo, – le sugirió monseñor Landolina.- Querido, un sacerdote, tú lo comprendes…

Don Arturo, con la cara completamente roja, las colocó en el suelo y dijo:

– Había pensado, monseñor, devolvérselas a esos pobres desgraciados…

– ¿Desgraciados? No, ¿por qué? – lo interrumpió enseguida monseñor Landolina. – ¿Quién te ha dicho que son desgraciados?

– Pues… – dijo don Arturo. – Solo el hecho de que, monseñor, han tenido que recurrir a un préstamo…

– ¡Los vicios, querido, los vicios! – exclamó monseñor Landolina. – Las mujeres, la gula, las tristes ambiciones, la incontinencia… ¡Qué desgraciados! Gente viciosa, querido, gente viciosa. ¿Quieres enseñarme a mí? Tú eres un muchacho inexperto. No te fíes. Lloran, ¡pues claro! Es tan fácil llorar… ¡Lo difícil es no pecar! Pecan alegremente; y, después de pecar, lloran. ¡Vamos, vamos! Te muestro yo enseguida quiénes son los verdaderos desgraciados, querido, puesto que Dios te ha inspirado para que vengas aquí. Son todos estos muchachos que están bajo mi custodia, fruto de las culpas y de la infamia de estos señores desgraciados tuyos. ¡Trae, trae!

E, inclinándose, con las manos le indicó a Filomarino que recogiera del suelo el montón de letras.

Don Arturo lo miró, titubeante. ¿Cómo?, ¿ahora, sí? ¿Tenía que cogerlas con las manos?

– ¿Quieres librarte de ellas? ¡Cógelas! ¡Cógelas! – se apresuró a tranquilizarlo monseñor Landolina. – ¡Cógelas con las manos, sí! Les quitaremos enseguida el sello del demonio, y las haremos instrumento de caridad. ¡Ahora, bien puedes tocarlas, si tienen que servirles a mis pobres! Me las das, ¿no? Me las das; y los haremos pagar, los haremos pagar, querido; ¡verás si haremos que paguen estos desgraciados señores tuyos!

Y se rio mientras decía esto, con una risa sin sonido, con los labios blancos apuntados y con una sacudida continua de la cabeza.

Don Arturo notó, ante esa risa, como un temblor por todo el cuerpo, y sopló. Pero frente a la seguridad audaz con que el superior cogía esas letras a título de caridad, no osó replicar. Pensó en todos esos infelices que se creían afortunados por haber caído en sus manos y que tanto le habían rogado y tanto le habían conmovido con la historia de sus miserias. Intentó salvarlos de pagar los intereses.

– ¡Pues no! ¿Por qué? – le llegó la voz de monseñor Landolina. – ¡Dios se sirve de todo, querido mío, para sus obras de misericordia! Dime, dime, ¿qué interés fijaba tu padre? ¡Eh, muy alto, lo sé! Al menos del veinticuatro, creo haber oído. Bien; los trataremos a todos de igual modo. Todos pagarán el veinticuatro por ciento.

– Pero… sabe, monseñor… verdaderamente, pues… – farfulló don Arturo desazonado, – mis familiares, monseñor, han decidido liquidar sus créditos al interés del cinco, y…

– ¡Y hacen bien, claro, hacen bien! – exclamó preparado y persuadido monseñor Landolina. – ¡Ellos, sí, muy bien, porque este dinero es para ellos! El nuestro, en cambio, no. ¡El nuestro será para los pobres, hijo mío! ¡El caso es muy diferente, como ves!  ¡Es dinero de los pobres, el nuestro; no tuyo ni mío! ¿Te parece que actuaríamos bien si les quitáramos a los pobres cuanto pueden pretender según el mínimo de los pactos establecidos por tu padre? ¡Si son pactos de usura, ahora los santifica la caridad! ¡No, no! Pagarán, pagarán los intereses, ¡faltaría más!, los intereses del veinticuatro. ¡No son para ti; no son para mí! ¡Dinero sagrado de los pobres! Vete sin escrúpulos, hijo mío; vuelve pronto a Roma, a tus queridos estudios, y déjame hacer a mí, aquí. Trataré yo con estos señores. Dinero de los pobres, dinero de los pobres… ¡Dios te bendiga, hijo mío! ¡Dios te bendiga!

Y monseñor Landolina, animado por ese ejemplar y muy ferviente esmero caritativo, del que merecidamente tenía fama, llegó hasta el punto de no querer ni siquiera reconocer que la letra de los cuatro pobres hermanos Morlesi que dormían siempre, firmada por mil, era en realidad de quinientas liras; y pretendió de ellos, como de todos los demás, los intereses del veinticuatro por ciento incluso sobre las quinientas liras que nunca habían recibido.

Y, además, quería convencerlos, mientras le asomaban a los labios blancos esas gotas suyas de saliva, que eran afortunados verdaderamente, afortunados de hacer, aun contra su voluntad, una obra de caridad, que ciertamente el Señor tendría en cuenta algún día, en el mundo de allá…

¿Lloraban?

– ¡Eh! ¡El dolor os salva, hijos!

[7] Del grado trigésimo tercero de la Masonería de rito escocés antiguo.

1.7 Visto que no llueve
(Sotanas de Montelusa)

Era cada año un atropello indigno, una indecente prepotencia de todo el campesinado de Montelusa contra los pobres canónigos de nuestra gloriosa Catedral.

La estatua de la Sma. Inmaculada, custodiada todo el año en un armario empotrado en la sacristía de la iglesia de San Francesco d´Assisi, el ocho de diciembre, toda adornada con oros y perlas, con el manto azul de seda, sembrado de estrellas de plata, tras las solemnes funciones en la iglesia, era llevada en andas en procesión por las empinadas calles de Montelusa, entre las viejas casuchas desconchadas, aplastadas casi una por otra;  arriba, arriba, hasta la Catedral, sobre la colina; y allí la dejaban, huésped del patrón San Gerlando.

En la Catedral, la Sma. Inmaculada habría tenido que quedarse desde la tarde del jueves hasta el domingo: dos días y medio. Pero ahora, por costumbre, pareciendo demasiado breve este tiempo, se dejaba durante aquel primer domingo después de la fiesta, y se esperaba hasta el domingo siguiente para devolverla con una nueva y más pomposa procesión a la iglesia de San Francesco.

A no ser, como sucedía casi cada año, que el traslado, ese segundo domingo, no pudiera hacerse por el mal tiempo y tuviera que posponerse a otro domingo; y de domingo en domingo, a veces durante varios meses seguidos.

Esta prolongación de la hospitalidad, por sí misma, no habría importado nada, si la Sma. Inmaculada no hubiera gozado por antiquísimo privilegio de una prebenda durante todo el tiempo en que permanecía en la Catedral. Todos los días en que la Sma. Inmaculada estaba allí, era como si en el capítulo hubiera un canónigo más: recababa, sobre las exequias y sobre todo, justo lo mismo que un canónigo; y los miembros de la congregación vigilaban con atención para que no se Le detrajera nada de cuanto Le correspondía, con el fin de que más espléndida, incluso con los frutos de esa prebenda, pudiese salir bien cada año la fiesta en Su honor.  Esto, además de los demás gastos que gravaban sobre el capítulo por esa permanencia. Gastos y fatigas, es decir, funciones cada día,  predicación cada día, y disparos de mortero y fuegos artificiales, e incluso, para el pobre sacristán, largas campanadas todas las mañanas y todas las tardes.

Quizás, por amor a la Sma. Virgen, los canónigos de la Catedral habrían soportado en paz la sustracción y los gastos y las fatigas, si en el campesinado de Montelusa no hubiera arraigado la creencia de que la Sma. Inmaculada quería quedarse en la catedral uno o dos meses a despecho de ellos; y de que ellos le pidieran cada año con las manos juntas al cielo que no lloviese al menos la semana que tenía que hacerse el traslado.

Justo en ese tiempo sucedía que los campesinos no estaban nunca satisfechos con el agua que el cielo les enviaba a sus sembrados; y si verdaderamente un año no llovía, pues la culpa era de los canónigos de la Catedral, que no veían la hora de quitarse de encima a la Sma. Inmaculada.

Pues bien, con el paso del tiempo y a fuerza de escuchar cómo se les repetía eso, los canónigos de la Catedral se despecharon de verdad, no precisamente contra la Virgen, sino contra esos brutos villanos,  y más contra esos señores de la congregación que, no contentos con mantener despierta esa indecente creencia de su desdén por la Virgen, empujaban la jactancia hasta enviarles a tres o cuatro de entre los más brutos cada sábado, al atardecer,  a la plaza frente a la Catedral, con el encargo de ponerse a pasear con las manos tras la espalda, a la espera de que uno del capítulo saliera de la iglesia, para preguntarle con una risa estúpida en los labios:

– Perdone, señor canónigo, ¿qué se prevé?, ¿lloverá o no lloverá mañana?

Era, como se ve, incluso una intolerable irreverencia.

Monseñor Partanna tendría que haber acabado con ello a cualquier precio. Tanto más, cuanto que era notorio para todos que esos frailengos de la congregación, en el frenesí de hacer dinero de cualquier modo, llegaban incluso a especular indignamente con la Virgen, empeñando en la banca católica de San Cayetano, hasta los oros, las perlas, y hasta el manto estrellado que la Virgen había recibido como regalo de sus fieles devotos.

El señor obispo habría tenido que ordenar que el regreso de la Sma. Inmaculada a la iglesia de San Francesco no se prolongase más allá del segundo domingo después de la fiesta, hiciera el tiempo que hiciera, lloviera o no lloviera. Además, no había peligro de que se mojase bajo el magnífico palio llevado a turno por los seminaristas de más robusta complexión.

Eran, en cambio, las mujeres de los campesinos, las mujeres del pueblo o – como repetían los reverendos canónigos del capítulo – las pelanduscas, las pelanduscas, que tenían miedo de mojarse. ¡Y decían que era por la Virgen! No querían que se les estropearan los vestidos de seda con que se arreglaban para esa procesión dando un espectáculo de sacrílega vanidad, imitando todas a la Sma.  Inmaculada, con las manos un poco levantadas y abiertas delante del pecho, llenos de anillos todos sus dedos, con el mantón de seda abrochado con alfileres en los hombros, los ojos vueltos al cielo, y todos los colgantes y lagrimones de los zarcillos y de los broches y de los brazaletes, oscilando a cada paso.

Pero el señor obispo no quería darse por enterado.

Quizás, ahora que era viejo y decrépito, tenía miedo de mojarse también él y de resfriarse, al seguir con la cabeza descubierta las andas bajo la lluvia; y poco le importaba que el pobre vicario capitular, monseñor Lentini, se hubiera visto reducido, ese año, a fuerza de predicar cada día siempre sobre el mismo tema, a un estado tal, que despertaba compasión incluso en los bancos de la iglesia.

Eran ya once domingos, once, desde el ocho de diciembre, los que el pobre hombre, al levantar la cabeza de la almohada, preguntaba con voz lamentosa a Piconella, su vieja ama, quien cada mañana venía a traerle a la cama el café:

– ¿Llueve?

Y Piconella no sabía ya cómo responderle. Porque parecía verdadera-mente que el tiempo estuviera divirtiéndose al lastimar a este buen hombre con una increíble y refinada crueldad. Algún domingo había amanecido sereno, y entonces Piconella había ido corriendo toda exultante a darle la noticia al señor vicario:

– ¡El sol, el sol! ¡Señor vicario, el sol!

Y el sacristán de la Catedral dale a las campanas con sonido de fiesta, din don dan, din don dan, pues ciertamente esa mañana la Sma. Inmaculada, antes de mediodía, se marcharía.

A no ser que, cuando ya en la plaza de la Catedral había comenzado a llegar la gente para la procesión, e incluso se había abierto la cancela que daba a la escalinata cerca del seminario, por donde la Sma. Virgen solía salir cada año, y del seminario habían llegado de dos en dos en una larga fila los seminaristas arreglados con sotanas bordadas, y cuando alrededor de la plaza se habían colocado los morteros, he aquí que sobreviene con gran furor del mar, entre relámpagos y truenos, una nueva borrasca.

El sacristán, dale de nuevo a las campanas para conjurarla, sobre la agitación de la multitud que entretanto se había puesto a protestar, indignada porque bajo esa eminente amenaza del tiempo los canónigos querían expulsar precipitadamente a la Virgen.

Y silbidos y gritos e invectivas bajo el palacio obispal, hasta que el señor obispo, para que volviera la calma, anunció a través de uno de sus secretarios que la procesión se posponía hasta el domingo siguiente, si el tiempo lo permitía.

Hasta cinco domingos de los once se repitió esta escena.

Ese undécimo domingo, apenas fue despejada la plaza, todos los canónigos del capítulo irrumpieron furiosos en la casa del vicario capitular, monseñor Lentini. ¡A toda costa, a toda costa era necesario encontrar un remedio contra aquella superchería brutal!

El pobre vicario capitular se sujetaba la cabeza con las manos y los miraba a todos a su alrededor como si estuviese aturdido.

Se habían lanzado contra él, más que contra los demás, los silbidos, los gritos, las amenazas de la multitud. Pero no estaba aturdido por esto el pobre vicario capitular. Después de once semanas, ¡una semana más de predicaciones sobre la Sma. Inmaculada! En ese momento el pobre hombre no podía pensar en otra cosa, y con este pensamiento, sentía precisamente que se le iba la cabeza.

El remedio lo encontró monseñor Landolina, el rector terrible del Colegio de los oblatos. Bastó con que él profiriese un nombre para que de improviso se aplacase la agitación de todos los ánimos.

– ¡Mèola! ¡Aquí necesitamos a Mèola! ¡Amigos míos, es preciso recurrir a Mèola!

Marco Mèola, el feroz tribuno anticlerical, que cuatro años atrás había jurado que salvaría a Montelusa de una temida invasión de los padres redentoristas, había perdido por entonces toda la popularidad. Pues, si era cierto por un lado que el juramento se había mantenido, no era, por otro lado, menos cierto que los medios utilizados y las artes que había tenido que usar para mantenerlo, y además aquel secuestro, y la posterior riqueza que se granjeó con ello, no habían servido para dar crédito a la demostración que él quería hacer, es decir, que el suyo había sido un sacrificio heroico. Si la sobrina de monseñor Partanna, de hecho, la educanda secuestrada, era fea y jorobada, hermoso, contante y sonante era el dinero de la dote que el obispo se había visto obligado a darle; y, en el fondo, los peces gordos del clero montelusano, a quienes nunca les había agradado esa promesa de su obispo de hacer que regresaran los padres redentoristas, si no como amigos abiertamente, sí a escondidas, incluso después de esa escapada, es más, precisamente por esa escapada, habían seguido viendo con buenos ojos a Marco Mèola.

Con todo, ahora, a este tenía sin duda que complacerle, sin riesgo de enemistarse con los secretos amigos, que se le ofreciera una ocasión para reconquistar la estima de los antiguos compañeros, el prestigio perdido de tribuno anticlerical.

Por tanto, era necesario enviarle furtivamente a Mèola a dos amigos de confianza para proponerle en nombre de todo el capítulo que diera el domingo siguiente una conferencia contra las fiestas religiosas en general, contra las procesiones sagradas en particular, usando como pretexto los deplorables desórdenes de los domingos pasados, esos gritos, esos silbidos, esas amenazas del pueblo para impedir el traslado de la Sma. Inmaculada a la iglesia de San Francesco.

Divulgada por todo el pueblo con mucho ruido la noticia de esa conferencia, fácilmente se induciría al obispo a que publicara una indignada protesta contra la patente violación de la libertad de culto que tenían intención de perpetrar los liberales de Montelusa, enemigos de la fe, y una invitación sagrada a todos los fieles de la diócesis para que el domingo siguiente, hiciera el tiempo que hiciera, lloviera o no lloviera, se reunieran en la plaza de la Catedral para defender de toda posible injuria a la venerada imagen de la Sma. Inmaculada.

Esta propuesta de monseñor Landolina fue acogida y aprobada unánimemente por los canónigos del capítulo.

Solo ese santo hombre del vicario, monseñor Lentini, se atrevió a invitar a los colegas a considerar si no era imprudente levantar desórdenes también en la otra parte, ir a molestar ese avispero. Pero, habiéndosele sugerido que de esa conferencia de Mèola podría obtener temas para sus predicaciones de la semana siguiente contra la intolerancia que quería impedir que los fieles manifestaran su propia devoción a la Virgen, repitiendo: – “Comprendo, pero… comprendo, pero…”- se rindió al final.

El hallazgo de monseñor Landolina tuvo un efecto muy superior al que los mismos canónigos del capítulo se habían propuesto.

Después de cuatro años de silencio, Marco Mèola se lanzó a la plaza con la furia de un león hambriento. Después de dos días de vociferaciones en el círculo de los empleados civiles, en le café de Pedoca, logró promover una agitación tal, que el señor obispo se vio verdaderamente obligado a responder con una fierísima pastoral y, en la invitación sagrada, convocó para el domingo siguiente no solo a todos los fieles de Montelusa, sino incluso a todos los de los pueblos vecinos.

“Incluso si diluvia – concluía la invitación – estamos seguros de que ni la más fiera tempestad atenuará ni un punto vuestro sagrado y muy fervoroso ardor. Incluso si diluvia, el próximo domingo la Sma. Inmaculada saldrá de nuestra gloriosa catedral, y escoltada y defendida por todos los fieles de la diócesis, la Sma. Huésped regresará a su sede.”

Pero, ni que lo hubiera hecho aposta, ese duodécimo domingo trajo, después de tantas y tan largas intemperies, la risa de la primavera, la primera risa, y con una dulzura tal, que cada turbulencia cayó de los ánimos de golpe, como por encanto.

Al sonido festivo de las campanas, en el aire claro, todos los montelusanos salieron a emborracharse de la voluptuosa tibieza del primer sol de la nueva estación; y había en todos los labios una líquida sonrisa de felicidad y en todos los miembros una deliciosa languidez, un intenso deseo de abandonarse en cordiales abrazos fraternales.

Entonces, el vicario capitular monseñor Lentini, que del lunes al sábado de esa duodécima semana había tenido que hacer otros seis sermones sobre la Sma. Inmaculada, con un hilo de voz les dijo a los canónigos que se acercaran y les preguntó, si no se podía de algún modo impedir el escándalo ya inútil de esa conferencia anticlerical de Mèola, por la que sentía como una espina en el corazón.

Podían estar seguros que no llovería ni ese día, ni durante meses. ¿No podía Meola fingirse enfermo y posponer la conferencia a otro momento, al año siguiente quizás, al segundo domingo de lluvia después del ocho de diciembre?

– ¡Claro! ¡Seguro! – reconocieron enseguida los canónigos. – ¡Así no se estropearía el remedio!

Los dos amigos de confianza de la otra vez fueron enviados de nuevo y de prisa a la casa de Meola. Un resfriado, un constipado, un ataque de gota, una imprevista ronquera:

– Visto que no llueve…

Mèola se opuso, furioso. ¿Renunciar? ¿Posponer? ¡Ah, no, por Dios, se le pedía demasiado, ahora que había logrado volver a ganar el favor de los liberales de Montelusa!

– ¡Está bien! – le dijeron esos dos amigos. – Si lloviera… Pero visto que no llueve…

– Visto que no llueve, – tronó Mèola – ¿qué hace el señor prefecto de la provincia? ¡Ya solo él, solo él y por razones de orden público, podría prohibir la conferencia! ¡Id rápidos a casa del prefecto, visto que no llueve, y yo podré incluso recibir desde la cama, dentro de una hora, con una fiebre de caballo, la noticia de la prohibición!

Así la Sma. Inmaculada regresó, sin ningún desorden, a la iglesia de San Francesco d´Assisi tras doce domingos de permanencia en la Catedral, el 25 de febrero. Y el júbilo del pueblo fue ese año en verdad extraordinario debido a la derrota dada por el buen tiempo a los liberales de Montelusa.

1.8 Formalidades

En el amplio escritorio del Banco Orsani, el viejo empleado Carlo Bertone, con el bonete en la cabeza, las gafas en la punta de la nariz como para expulsar de ella los dos mechones de pelos grises, estaba haciendo una cuenta bastante difícil en pie, delante de una alta escribanía sobre la cual había un gran libro maestro. Detrás de él, Gabriele Orsani, muy pálido y con los ojos hundidos, seguía la operación, azuzando de vez en cuando con la voz al viejo empleado, al que, conforme la suma aumentaba, parecía faltarle la fuerza para llegar hasta el fondo.

– ¡Estas malditas gafas! – exclamó en cierto momento, en un pronto de impaciencia, haciendo que las gafas saltaran, con un golpe de los dedos, de la punta de la nariz al registro.

Gabriele Orsani rompió a reír:

– ¿Qué te dejan ver estas gafas? ¡Pobre viejo mío, vaya! Cero, ¡hombre!, cero, cero…

Entonces, Bertone, irritado, cogió de la escribanía el gran libro:

– ¿Deja que me vaya allí?? Aquí, con usted así, no es posible… ¡Se necesita calma!

– Buen Carlo, sí, – aprobó Orsani irónicamente. – Calma, calma… Y entretanto – añadió, indicando el registro, – te llevas encima este mar en tempestad.

Fue a echarse en una silla reclinable cerca de la ventana y encendió un cigarrillo.

La cortina azul, que mantenía la sala en una agradable penumbra, se hinchaba de vez en cuando con el soplo de aire que llegaba del mar. Entraba más fuerte entonces, con la súbita luz, el fragor del mar que rompía en la playa.

Antes de salir, Bertone le propuso al jefe que escuchara a un «curioso» señor que esperaba allí: mientras tanto, él haría en paz esa cuenta tan complicada.

– ¿Curioso? – preguntó Gabriele. – ¿Y quién es?

– No sé: espera desde hace media hora. Lo manda el doctor Sarti.

– Entonces, hazlo pasar.

Entró poco después un hombrecillo de unos cincuenta años, con los cabellos grises, peinados en dos crenchas, agitados. Parecía un fantoche automático al que alguien le hubiera dado cuerda para que hiciera esas reverencias y gesticulara de modo tan cómico.

Manos, aún tenía dos; ojos, solo uno; pero él tal vez en serio creía insinuar que todavía tenía dos, ocultando el ojo de vidrio tras un monóculo que parecía luchar terriblemente para corregirle ese pequeño defecto de la vista.

Presentó a Orsani su tarjeta de visita, concebida así:

LAPO VANNETTI
Inspector de la
London Life Assurance Society Limited
(Capit. social 4.500.000 liras – Capit. depositado 2.559.400 liras)

– ¡Muy apreciado señor! – comenzó, y no terminaba.

Además del defecto de la vista, tenía otro de pronunciación; y del mismo modo que intentaba disimular aquél tras el monóculo, intentaba esconder éste apoyando una risita en cada g que pronunciaba en lugar de la rr.

En vano Orsani intentó interrumpirlo varias veces.

– Estoy de paso por esta gespetabilísima provincia, – intentaba decir el hombrecillo, con vertiginoso lenguaje, – donde que, por mérito de nuestra Sociedad, la más antigua, la más prestigiosa de cuantas existen de este tipo, he gealizado contratos muy buenos, muy buenos, sí señor, en todas las combinaciones especiales que esta les ofrece a sus asociados, y esto sin hablar de las ventajas excepcionales que brevemente expondré para cada combinación, a su elección.

Gabriel Orsani se sintió humillado; pero el señor Vannetti lo remedió enseguida: él solo comenzó a hacerlo todo, preguntas y respuestas, a plantear dudas y a dar aclaraciones:

– Aquí usted, amabilísimo señor, ¡eh, lo sé! Podría decirme, objetarme: Pues, sí, querido Vannetti, de acuerdo: plena confianza en vuestra compañía; pero, ¿cómo se hace? Para mí es un poco demasiado fuerte, pongamos, esta tarifa; no tengo tanto margen en mi balanza, y entonces… (cada uno conoce los asuntos de su casa, y aquí usted dice muy bien: en este punto, querido Vannetti, no admito discusiones). He aquí que yo, sin embargo, muy amable señor, me permito hacerle una observación: ¿Y las ventajas especiales que ofrece nuestra Compañía? Eh, lo sé, dice usted: todas las Compañías, una más que otra, las ofrecen. No, no, perdóneme, señor, si me atrevo a poner en duda esta afirmación. Las ventajas…

A este punto, Orsani, viéndolo sacar de una carpeta de cuero un haz de prospectos impresos, extendió las manos, como para defenderse:

– Perdone, – gritó. – He leído en un periódico que una Compañía ha asegurado no sé por cuánto la mano de un célebre violinista: ¿es verdad?

El señor Lapo Vannetti se quedó un instante desconcertado; luego sonrió y dijo:

– ¡Americanadas! Sí, señor. Pero nosotros…

– Se lo pregunto, – reanudó, sin perder tiempo, Gabriel, – porque también yo, una vez, ¿sabe?…

E hizo como que tocaba el violín.

Vannetti, aún sin reponerse del todo, creyó oportuno congratularse de ello:

– ¡Ah, muy bien!, ¡muy bien! Pero nosotros, perdone, en verdad, no hacemos estas operaciones.

– ¡Sería muy útil, sin embargo! – suspiró Orsani poniéndose en pie. – Poder asegurar todo lo que dejamos o perdemos a lo largo de la vida: ¡los cabellos o los dientes, por ejemplo! ¿Y la cabeza? La cabeza se pierde tan fácilmente… He aquí: el violinista, la mano; un petimetre, los cabellos; un tragaldabas, los dientes; un hombre de negocios, la cabeza… ¡Piénselo! Es una idea genial…

Se dirigió para tocar un timbre eléctrico en la pared, cerca de la escribanía, añadiendo:

– Disculpe un momento, querido señor.

Vannetti, mortificado, se inclinó. Le pareció que Orsani, para quitárselo de en medio, había querido hacer una alusión, verdaderamente poco amable, a su ojo de cristal.

Volvió a entrar en el escritorio Bertone, con un aire más que perdido.

– En el casillero del estante de tu escribanía, – le dijo Gabriel, – en la letra A…

– ¿Las cuentas de la azufrera? – preguntó Bertone.

– Las últimas, después de la construcción del plano inclinado…

Carlo Bertone bajó varias veces la cabeza:

– Lo he tenido en cuenta.

Orsani escrutó los ojos del viejo empleado; se quedó con el entrecejo fruncido, absorto; luego, le preguntó:

– ¿Y bien?

Bertone, aturdido, miró a Vannetti.

Este comprendió entonces que estaba de más en ese momento; y retomando su actitud ceremoniosa, se despidió.

– No es preciso nada más, conmigo. Comprendo al vuelo. Me retiro. Quiere decir que, si no le molesta, voy a tomar algo aquí cerca, y vuelvo. No se preocupe. No se moleste, ¡por favor! Conozco el camino. Hasta la vista.

Otra reverencia más, y fuera.

II

– ¿Y bien? – le preguntó de nuevo Gabriele Orsani al viejo empleado, apenas Vannetti hubo salido.

– Esa… esa construcción… justo ahora, – respondió, casi balbuciendo, Bertone.

Gabriele se enfureció.

– ¿Cuántas veces me lo has dicho? ¿Qué querías que hiciera, por lo demás? ¿Rescindir el contrato, verdad? Pero si, para todos los acreedores, esa azufrera representa aún la esperanza de mi solvencia… ¡Lo sé! ¡Lo sé! Han sido más de ciento treinta mil liras tiradas ahí, en este momento, sin fruto… ¡Lo sé mejor que tú!… No me hagas gritar.

Bertone se pasó varias veces las manos por los ojos cansados; luego, sacudiéndose la manga, donde no había ni huella de polvo, dijo lentamente, como si se hablara a sí mismo:

– Ojalá hubiera un modo, al menos, de conseguir dinero para mover ahora toda esa maquinaria que… que ni siquiera está completamente pagada. Pero tenemos también los plazos de las letras en el banco…

Gabriele Orsani, que se había puesto a pasear por el escritorio, con las manos en los bolsillos, ceñudo, se detuvo:

– ¿Cuánto?

– Eh… – suspiró Bertone.

– Eh… – repitió Gabriele; luego, estallando: – ¡Oh, en suma! Cuéntamelo todo. Habla francamente: ¿está terminado?, ¿desplome? ¡Sea alabada y agradecida la buena y santa memoria de mi padre! Quiso ponerme aquí, a la fuerza: yo he hecho lo que tenía que hacer: tabla rasa, ¡no se hable más!

– Pero no, no se desespere, ahora… – dijo Bertone, conmovido. – Ciertamente el estado de las cosas… ¡Déjeme hablar!

Gabriele Orsani puso las manos en los hombros del viejo empleado:

– Pero ¿qué quieres decir, viejo mío, qué quieres decir? Estás temblando completamente. No así, ahora; antes, antes, con la autoridad que te daban tus cabellos blancos, tenías que haberte opuesto a mí, a mis proyectos, tenías que haberme aconsejado entonces, tú que sabías que yo era un inepto para los negocios. ¿Quisiste ilusionarme así? ¡Me das pena!

– ¿Qué podía yo?… – dijo Bertone, con las lágrimas en los ojos.

– ¡Nada! – exclamó Orsani. – Ni siquiera yo. Necesito enfadarme con alguien, no te preocupes. Pero ¿es posible?, ¿yo, yo, aquí, metido en negocios? Si no sé ver aún cuáles han sido, en el fondo, mis errores…    Además de esto último de la construcción del plano inclinado, al que me he visto obligado con el agua a la garganta… ¿Cuáles han sido mis errores?

Bertone se encogió de hombros, cerró los ojos y abrió las manos, como para decir: ¿De qué sirve ahora?

– Mejor, los remedios… – sugirió con voz opaca, de llanto.

Gabriele Orsani prorrumpió de nuevo en risas.

– ¡El remedio lo sé! Volver a coger mi viejo violín, el que mi padre me quitó de las manos para condenarme aquí, a esta hermosa diversión, e irme como un ciego, de puerta en puerta, a tocar sonatinas para darles un pedazo de pan a mis hijos. ¿Qué te parece?

– Déjeme hablar, – repitió Bertone, entornando los ojos. – En definitiva, si podemos superar estos próximos plazos, restringiendo, naturalmente, todos, todos los gastos (incluso… ¡perdone!… los de la casa), creo que… al menos durante cuatro o cinco meses podremos hacer frente a los compromisos. Entretanto…

Gabriele Orsani sacudió la cabeza, sonrió; después, suspirando profundamente, dijo:

– ¡El Hermano Tiempo es un monje, viejo mío, que quiere ilusionarme!

Pero Bertone insistió en sus previsiones y salió del escritorio para acabar de precisar el cuadro completo de las cuentas.

– Se lo mostraré. Permítame un momento.

Gabriele fue a tirarse de nuevo en la tumbona, cerca de la ventana y, con las manos cruzadas detrás de la nuca, se puso a pensar.

Nadie sospechaba todavía nada; pero, para él, ya no había ninguna duda: algún mes más de desesperados remedios, y luego, el hundimiento, la ruina.

Desde hacía cerca de veinte días no se alejaba del escritorio. Como si ahí, del estante de la escribanía, de los grandes libros de la caja, esperara alguna sugerencia. La violenta, inútil tensión del cerebro poco a poco, sin embargo, en contra de todo esfuerzo, se le debilitaba, la voluntad se le aturdía; y él se daba cuenta solo cuando, al fin, se encontraba atónito o absorto en pensamientos ajenos, distantes del tormento habitual.

Volvía entonces a lamentarse, con creciente exasperación, de su ciega, supina obediencia a la voluntad del padre que lo había apartado de su amado estudio de las ciencias matemáticas, de la pasión por la música, y que lo había arrojado allí, a ese turbio mar insidioso de los negocios comerciales. Después de tantos años, sentía aún el desgarro que había sentido al dejar Roma. Había vuelto a Sicilia con el título de doctor en ciencias físicas y matemáticas, con un violín y un ruiseñor. ¡Feliz inconsciencia! Había esperado poder dedicarse aún a sus amadas ciencias, a su amado instrumento, en el tiempo libre que los complicados negocios del padre le dejaran. ¡Feliz inconsciencia! Una sola vez, cerca de tres meses después de su llegada, sacó de su estuche el violín, pero para guardar dentro, como en una tumba digna, el ruiseñor muerto y embalsamado.

Y aún se preguntaba a sí mismo cómo el padre, tan experto en sus asuntos, no se había dado cuenta de la absoluta ineptitud del hijo. Quizás le había cegado la pasión que tenía por el comercio, el deseo de que la antigua empresa Orsani no cesara, y quizás se había ilusionado con que, con la práctica de los negocios, con la seducción de las grandes ganancias, poco a poco, el hijo lograría adaptarse y tomarle gusto a ese género de vida.

Pero ¿para qué lamentarse del padre, si él se había doblegado a sus deseos sin oponer la más mínima resistencia, sin arriesgar la más tímida observación, como en un pacto establecido desde el nacimiento y no discutible ya? ¿Si él mismo, precisamente para librarse de las tentaciones que podían llegarle del ideal de una vida tan diferente, soñado hasta entonces, había resuelto casarse, desposar a aquella que le habían destinado desde hacía tanto tiempo: la prima huérfana, Flavia?

Como todas las mujeres de ese odiado pueblo en el que los hombres, en medio de la fatiga y de la consternación habitual de los negocios arriesgados, no encontraban tiempo para dedicárselo al amor, Flavia, que podría haber sido para él la única rosa entre las espinas, se había amoldado rápidamente, sin pesar, como colaborando, a la parte modesta de atender la casa, para que ningún bien material le faltara al marido cuando, cansado, agotado, llegaba de las azufreras o del banco o de los depósitos de azufre a lo largo de la llanura, donde, todo el día, bajo un sol ardiente, había atendido la exportación del mineral.

Muerto el padre casi repentinamente, se había quedado a cargo de la empresa, en la que aún no podía ver claro. Solo, sin guía, había esperado un tiempo para poder liquidarlo todo y retirarse del comercio. ¡Pero sí! Casi todo el capital estaba empeñado en la producción de las azufreras. Y se resignó de nuevo a continuar por ese camino, tomando como guía a aquel buen hombre de Bertone, viejo escribiente del banco, en el que el padre siempre había depositado la mayor confianza.

Qué desorientación bajo el peso de la responsabilidad que se le había desplomado encima de improviso, vuelta aún más grave por el remordimiento de haber puesto en el mundo tres hijos, amenazados ahora por su ineptitud en el bienestar, ¡en la vida! Ah, él, hasta ahora, no había pensado en eso; un animal vendado en la traba de un molino. Había sido siempre doloroso su amor por la mujer, por los hijos, testimonios vivos de su renuncia a otra vida; pero ahora le envenenaba el corazón de amarga compasión. Ya no podía oír a los niños llorar o lamentarse mínimamente; se decía enseguida a sí mismo:

– ¡Esto, por mi culpa! – y la amargura se le quedaba encerrada dentro del pecho, sin desahogo. Flavia no se había preocupado ni siquiera de buscar el modo de entrar en su corazón; pero, quizás, al verlo triste, absorto y taciturno, tampoco había supuesto que él guardase dentro algún pensamiento que no fuera los negocios. También ella, quizás, se lamentaba en su corazón del abandono en que él la dejaba; pero no sabía reprochárselo, suponiendo que se veía obligado a ello por los complicados negocios, por las preocupaciones angustiosas de su empresa.

Algunas tardes veía a la mujer apoyada en la baranda de la amplia terraza de la casa, hasta cuyas paredes el mar casi llegaba azotando.

Desde aquella terraza que parecía el alcázar de un barco, ella miraba absorta la noche centelleante de estrellas, llena del negro y eterno lamento de aquella infinita extensión de aguas, ante la cual los hombres, con confianza valiente, habían construido sus pequeñas casas, poniendo su vida casi a merced de lejanas gentes. Llegaba de vez en cuando del puerto el silbido ronco, profundo, melancólico de algún vapor que se disponía a zarpar. ¿Qué pensaba en esa actitud? Quizás también a ella el mar, con el lamento de las aguas inquietas, le confiaba oscuros presagios.

Él no la llamaba; sabía, sabía bien que ella no podía entrar en su mundo, pues ambos, a la fuerza, habían sido empujados a dejar sus propios caminos. Y allí, en la terraza, sentía que se le llenaban los ojos de lágrimas silenciosas. ¿Así siempre, hasta la muerte, sin cambio alguno?  En la intensa conmoción de esas tétricas tardes, la inmovilidad de la condición de la propia existencia le resultaba intolerable, le sugería pensamientos súbitos, extraños, casi barruntos de locura. ¿Cómo un hombre, sabiendo que solo se vive una vez, podía resignarse a seguir durante toda la vida un camino odioso? Y pensaba en otros muchos infelices, obligados por la suerte a trabajos más duros y más ingratos. Alguna vez, un llanto conocido, el llanto de alguno de sus hijos, le hacía volver en sí de improviso. Incluso Flavia se sacudía de sus fantasías; pero él se apresuraba a decir: – ¡Voy yo! – Sacaba del lecho al niño, y se ponía a pasear por la habitación, meciéndolo entre los brazos, para dormirlo y casi para dormir a la vez su pena. Poco a poco, con el sueño de la criaturita, la noche se volvía más tranquila también para él; y, puesto el niño de nuevo en la camita, se detenía un rato a mirar a través de los cristales de la ventana, en el cielo, la estrella que brillaba más…

Habían pasado así nueve años. Al principio de este año, precisamente cuando la posición financiera empezaba a ensombrecerse, Flavia había comenzado a excederse demasiado en ciertos gastos de lujo; había querido incluso para ella una carroza; y él no había sabido oponerse.

Ahora Bertone le aconsejaba que limitara todos los gastos y también, incluso de modo especial, los de la casa.

Ciertamente el doctor Sarti, su íntimo amigo desde la infancia, le había aconsejado a Flavia que cambiara de vida, que se divirtiera un poco, para vencer la depresión nerviosa que tantos años de encerrada, monótona existencia le habían causado. Ante esta reflexión, Gabriele se sacudió, se levantó de la tumbona y se puso a pasear por el escritorio, pensando ahora en el amigo Luigi Sarti, con un sentimiento de envidia y despecho.

Habían estado juntos en Roma, de estudiantes.

Tanto el uno como el otro, entonces, no podían estar un solo día sin verse; y, hasta poco tiempo atrás, esa unión antigua de fraterna amistad no se había debilitado, de hecho. Él se impedía absolutamente fundar la razón de tal cambio en una impresión que tuvo durante la última enfermedad de uno de sus hijos, o sea, que Sarti hubiera mostrado exageradas atenciones por su mujer: una impresión y nada más, conociendo por experiencia la rigidísima honestidad del amigo y de la mujer.

Era verdadero e innegable, sin embargo, que Flavia concordaba en todo y por todo con el modo de pensar del doctor: en las discusiones, tan frecuentes desde hacía algún tiempo, ella asentía siempre con la cabeza a las palabras de él, ella que habitualmente, en casa, no hablaba nunca. Se había irritado. Si ella aprobaba esas ideas, ¿por qué no se las había manifestado antes? ¿Por qué se había puesto a discutir con él sobre la educación de los hijos, por ejemplo, si aprobaba los rígidos criterios del doctor, antes que los suyos? Y había llegado incluso a acusar a la mujer de querer poco a los hijos. Pero debía hablar precisamente así, si ella, considerando en conciencia que él educaba mal a los hijos, se había callado siempre, esperando que otro iniciara esa conversación.

Sarti, por lo demás, no habría debido entrometerse. Desde hacía algún tiempo, a Gabriele le parecía que el amigo olvidaba demasiadas cosas: olvidaba, por ejemplo, que se lo debía todo, o casi todo, a él.

¿Quién, si no él, de hecho, lo había sacado de la miseria en que las culpas de los padres lo habían arrojado? El padre había muerto en la cárcel, por robos; de la madre, que se lo había llevado consigo a la ciudad vecina, se había escapado apenas pudo entrever con el uso de la razón a qué tristes medios había recurrido para vivir. Pues bien, él lo había quitado de un miserable café en que se había reducido a trabajar y le había encontrado un puesto en el banco del padre; le había prestado sus libros, sus apuntes de la escuela, para que estudiara; en definitiva, le había abierto el camino, le había franqueado el futuro.

Y ahora, en fin, Sarti había logrado una posición tranquila y segura con su trabajo, con sus dotes naturales, sin tener que renunciar a nada: era un hombre; mientras que él… ¡él estaba al borde de un abismo!

Dos golpes en la puerta de cristales que daba a las habitaciones reservadas a la vivienda sacudieron a Gabriele de estas amargas reflexiones.

– Adelante – dijo.

Y Flavia entró.

III

Llevaba un vestido azul oscuro que parecía pintado sobre su flexible y hermosa persona, a cuya belleza rubia le daba un maravilloso resalte. Llevaba en la cabeza un rico pero simple sombrero oscuro; se estaba abotonando aún los guantes.

– Quería preguntarte, – dijo – si necesitas la carroza, porque el bayo no se puede enganchar hoy a la mía.

Gabriele la miró como si ella viniese, tan elegante y ligera, de un mundo ficticio, vaporoso, de sueño, donde se hablara un lenguaje ya para él completamente incomprensible.

– ¿Cómo? – dijo. – ¿Por qué?

– Bah, parece que lo han enclavado, pobrecito. Cojea de un pie.

– ¿Quién?

– El bayo, ¿no oyes?

– Ah, dijo Gabriele, volviendo en sí. – ¡Qué desgracia, por Dios!

– No pretendo que te aflijas, – dijo Flavia, resentida. – Te he pedido la carroza. Iré a pie.

Y se dispuso a salir.

– Puedes cogerla; no la necesito – se apresuró entonces a añadir Gabriele. – ¿Vas sola?

– Con Carluccio. Aldo y Titti están castigados.

– ¡Pobres pequeño! – suspiró Gabriele, casi sin querer.

A Flavia le pareció que esta conmiseración era un reproche para ella, y le rogó al marido que la dejara hacer.

– Claro, claro, si se han comportado mal – dijo él entonces. – Pensaba que, sin haber hecho nada, sentirán quizás, dentro de algunos meses, que sobre sus cabezas cae un castigo más grande.

Flavia se volvió a mirarlo.

– ¿Cuál?

– Nada, querida. Una cosa levísima, como el velo o una pluma de este sombrero. La ruina, por ejemplo, de nuestra casa. ¿Te basta?

– ¿La ruina?

– La miseria, sí. Y quizás peor, para mí.

– ¿Qué dices?

– Pues sí, quizás incluso… ¿Te sorprendes?

Flavia se acercó, turbada, con los ojos fijos en el marido, como dudando que él estuviera hablando en serio.

Gabriele, con una sonrisa nerviosa en los labios, respondió lentamente, con calma, a sus rápidas preguntas, como si no se tratara de su propia ruina; luego, al ver a la mujer trastornada:

– ¡Eh, querida mía! – exclamó. – Si te hubieras ocupado un poquito de mí, si hubieses intentado, en tantos años, entender qué placer me suscitaba este gracioso trabajo, no sentirías ahora tanto asombro. No todos los sacrificios son posibles. Y cuando un pobre hombre se ve obligado a hacer uno superior a sus propias fuerzas…

– ¿Obligado? ¿Quién te ha obligado? – dijo Flavia, interrumpiéndolo, puesto que él había acentuado esa palabra.

Gabriele miró a su mujer, como trastornado por la interrupción y por la actitud de desafío que ella, dominando ahora su agitación interior, asumía frente a él. Sintió que un vómito de bilis le subía a la garganta y le secaba la boca. Sin embargo, abriendo de nuevo los labios con la sonrisa nerviosa de antes, ahora más escuálida, preguntó:

– ¿Espontáneamente, entonces?

– ¡Yo, no! – añadió con fuerza Flavia, mirándole a los ojos. – Si es por mí, habrías podido ahorrártelo, este sacrificio. La miseria más escuálida la habría preferido mil veces…

– ¡Cállate! – gritó él fastidiado.  ¡No hables hasta que no sepas de qué se trata!

– ¿Miseria? ¿Y qué he tenido yo de la vida?

– ¿Ah, tú? ¿Y yo?

Se quedaron un momento encendidos y vibrantes, uno frente al otro, casi aturdidos por su recíproco odio íntimo, encubado durante tantos años a escondidas, y que había estallado ahora, de improviso, sin su voluntad.

– ¿Por qué, pues, te lamentas de mí? – retomó Flavia con ímpetu. – Si yo no me he preocupado por ti, ¿cuándo lo has hecho tú por mí? Me echas en cara ahora tu sacrificio, ¡como si yo no me hubiera sacrificado por ti, y no estuviera condenada aquí a representar para ti la renuncia a la vida que soñabas! ¿Y esta tenía que ser para mí la vida? Tú, ningún deber de amarme. La cadena te aprisionaba aquí, a un trabajo forzado. ¿Se puede amar la cadena? Y yo tenía que estar contenta, ¿no es verdad?, con que tú trabajaras, y no pretender nada más de ti. No he hablado nunca. Pero tú me provocas, ahora.

Gabriele se había escondido el rostro entre las manos, murmurando de vez en cuando: – ¡También esto!… ¡también esto!… – Al fin prorrumpió:

– Incluso mis hijos vendrán aquí ahora a reprocharme, como a un trapo inútil, mi sacrificio, ¿no es verdad?

– Malinterpretas mis palabras – respondió ella, sacudiendo un hombro.

– ¡Claro que no! – continuó Gabriele con aire mordaz. – No merezco otro agradecimiento. ¡Llámalos! ¡Llámalos! ¡Los he arruinado, y con toda razón me lo reprocharán!

– ¡No! – se apresuró a decir Flavia, enterneciéndose por los niños.- Pobres pequeños, no te reprocharán la miseria… ¡ no!

Apretó los ojos, se agarró las manos y las sacudió en el aire.

– ¿Y cómo? – exclamó. – Han crecido así…

– ¿Cómo? – saltó él. – ¿Sin guía, no es verdad? ¿También esto me lo echarán en cara? ¡Ve, ve a aleccionarlos! ¿Incluso los reproches de Lucio Sarti, por añadidura?

– ¿Qué tiene que ver Lucio Sarti? – dijo Flavia, aturdida ante esa imprevista pregunta.

– Repites sus palabras – continuó Gabriele, palidísimo, trastornado. – No te queda sino ponerte en la nariz sus gafas de miope.

Flavia suspiró largamente y, entrecerrando los ojos con tranquilo desprecio, dijo:

– Quienquiera que haya entrado un poco en la intimidad de nuestra casa ha podido darse cuenta…

– ¡No, él! – la interrumpió Gabriele con mayor violencia. – ¡Solo él! Él que ha crecido como un verdugo de sí mismo, porque su padre…

Se detuvo, arrepentido de lo que estaba a punto de decir, y continuó:

– No le echo las culpas; pero digo que él no se equivocaba al vivir como ha vivido, vigilando, temeroso, rígido, su más mínimo acto: tenía que salir, ante los ojos de la gente, de la miseria, de la ignominia, en la que lo habían arrojado sus padres. Pero mis hijos, ¿por qué? ¿Por qué tenía yo que ser un tirano, yo, para mis hijos?

– ¿Qué tirano? – intentó observar Flavia.

– ¡Libres, libres! – prorrumpió él. – ¡Yo quería que mis hijos crecieran libres, puesto que yo había sido condenado por mi padre a este suplicio! Y, como un premio me prometía, ¡como único premio!, gozar de su libertad, al menos, lograda a costa de mi sacrificio, de mi existencia rota… inútilmente, ahora, inútilmente rota…

A este punto, como si la excitación crecida poco a poco se le hubiera roto dentro de pronto, él estalló en irrefrenables sollozos; luego, en medio de aquel llanto extraño, convulso, casi rabioso, levantó los brazos temblorosos, sofocado, y se abandonó, desmayado.

Flavia, perdida, aterrada, pidió ayuda. Acudieron de las habitaciones del banco Bertone y otro escribiente. A Gabriele lo levantaron y lo tendieron sobre el canapé, mientras Flavia, viéndole la cara invadida por una palidez cadavérica y mojada por el sudor de la muerte, se agitaba, desesperada:

– ¿Qué tiene?, ¿qué tiene? Dios, pero mire… ¡Ayuda!… ¡Ay, por mi culpa!…

El escribiente corrió a llamar al doctor Sarti, que vivía allí cerca.

– ¡Por mi culpa!… ¡por mi culpa!… – repetía Flavia.

– No, señora – le dijo Bertone, teniendo amorosamente un brazo bajo la cabeza de Gabriele. – Desde esta mañana… Pero ya desde hace un tiempo, aquí… Pobre hijo… ¡Si usted supiese!

– ¡Lo sé! ¡Lo sé!

– ¿Y qué quiere, entonces? ¡Por fuerza!

Entretanto, urgía, urgía el remedio. ¿Qué hacer? ¿Mojarle la frente? Sí… pero quizás mejor un poco de éter. Flavia tocó el timbre, acudió un criado:

– ¡El éter! ¡El tarro del éter, allí, rápido!

– ¡Qué golpe… qué golpe, pobre hijo! – se lamentaba lentamente Bertone, contemplando entre lágrimas el rostro del señor.

– ¿La ruina… justo? – le preguntó Flavia, con un escalofrío.

– ¡Si me hubiera escuchado!… – suspiró el viejo empleado. – Pero él, pobrecillo, no había nacido para estar aquí…

Volvió corriendo el criado, con el tarro del éter.

– ¿En el pañuelo?

– ¡No, mejor en el mismo tarro! Aquí… aquí… – sugirió Bertone. – Levante el dedo… así, para que pueda aspirar lentamente…

Llegó poco después, jadeando, Lucio Sarti, seguido por el escribiente.

Alto, con aspecto rígido, lo que le quitaba toda la gracia a la fina belleza de sus rasgos casi femeninos, Sarti llevaba, muy pegadas a los ojos agudos, unas gafas pequeñas. Casi sin notar la presencia de Flavia, él los apartó a todos, y se inclinó para observar a Gabriele; luego, volviéndose a Flavia, que colmaba con preguntas y exclamaciones su ansia angustiosa, dijo duramente:

– No esté así, se lo ruego. Déjeme escuchar.

Descubrió el pecho del yacente, y apoyó en él el oído, en la parte del corazón. Escuchó un rato; luego se levantó, turbado, y se tocó el pecho, como buscando algo en los bolsillos interiores.

– ¿Y bien? – preguntó de nuevo Flavia.

Él extrajo el estetoscopio, y preguntó:

– ¿Tiene cafeína en casa?

– No… yo no sé, – se apresuró a responder Flavia. – He pedido que traigan el éter…

– No sirve.

Se acercó al escritorio, escribió una receta, y se la dio al escribiente.

– Tome. Rápido.

Poco después, también Bertone fue enviado deprisa a la farmacia por una jeringa de inyecciones que Sarti no llevaba.

– Doctor… – suplicó Flavia.

Pero Sarti, sin prestarle atención, se acercó de nuevo al canapé. Antes de inclinarse a escuchar al yacente, dijo, sin volverse:

– Disponga para que lo lleven arriba.

– ¡Ve, ve! – le ordenó Flavia al criado: luego, apenas salió este, agarró por un brazo a Sarti y le preguntó, mirándole a los ojos: – ¿Qué tiene? ¿Es grave? ¡Quiero saberlo!

– Aún no lo sé bien ni siquiera yo, – respondió Sarti con calma forzada.

Apoyó el estetoscopio en el pecho del yacente y apoyó el oído para escuchar. Lo tuvo así largo, largo tiempo, entrecerrando de vez en cuando los ojos, contrayendo el rostro, como para impedirse precisar los pensamientos, los sentimientos que lo agitaban, durante ese examen. Su conciencia turbada, trastornada por lo que percibía en el corazón del amigo, era en ese momento incapaz de reflejar esos pensamientos y esos sentimientos, ni quería que se reflejaran, como si tuviera miedo.

Como una persona febril que, abandonada a la oscuridad, en una habitación, siente de improviso que el viento fuerza las hojas de la ventana rompiendo con ruido horrible los cristales, y se encuentra de pronto perdida, delirando, fuera de la cama, contra los relámpagos y la furia tempestuosa de la noche, y, sin embargo, intenta con los débiles brazos volver a cerrar las hojas, él intentaba oponerse para que el pensamiento vehemente del futuro, la luz siniestra de una tremenda esperanza, no irrumpieran en él en ese momento: esa misma esperanza de la que tantos años atrás cuando, libre de la pesadilla horrenda de la madre y halagado por la inconsciencia juvenil, se había hecho como una meta luminosa a la que él creyó que tenía algún derecho a aspirar por todo lo que le había tocado sufrir sin culpa.  Entonces, ignoraba que Flavia Orsani, la prima de su amigo y benefactor, era rica, y que su padre, al morir, le había confiado al hermano la herencia de la hija: la creía una huérfana acogida por caridad en casa del tío. Y por tanto, fortalecido por el testimonio de cada acto de su vida, ideada toda para borrar la marca de infamia que el padre y la madre le habían grabado en la frente, cuando volviera al pueblo, con la licenciatura de medicina, y se formara una honesta posición, ¿no les podría pedir a los Orsani, como prueba del afecto que le habían mostrado siempre, la mano de esa huérfana, de cuya simpatía ya creía gozar? Pero Flavia, poco después de su regreso de los estudios, se había casado con Gabriele, al que él, es verdad, no le había dado nunca ningún motivo para que sospechara de su amor por la prima. Sí, pero de todos modos se la había quitado, y sin lograr siquiera su propia felicidad, ni la de ella. Ah, esa boda había sido un delito, no solo por él, sino por sí misma; se remontaba a entonces la desgracia de los tres. Durante muchos años, como si nada hubiera pasado, él había asistido, en calidad de médico, en cada ocasión, a la nueva familia del amigo, ocultando bajo una rígida máscara impasible el desgarro que la triste intimidad con esa casa sin amor le causaba; la vista de esa mujer abandonada a sí misma, que incluso en los ojos dejaba entender qué tesoro de afectos guardaba su corazón, no solicitados y ni siquiera imaginados por el marido; la vista de esos niños que crecían sin una guía paterna. E incluso se había negado a escrutar en los ojos de Flavia, o a tener por alguna palabra de ella una señal huidiza, una prueba incluso leve de que ella, de muchacha, se hubiera dado cuenta del afecto que le había inspirado. Pero esta prueba, no buscada, no querida, se le había presentado sola en una de esas ocasiones en que la naturaleza humana rompe y sacude toda imposición, destroza todo freno social y se descubre tal cual es, como un volcán sobre el que durante muchos inviernos se ha dejado caer más y más nieve encima, y de pronto vomita ese gélido manto y descubre al sol las feroces vísceras de fuego. Y la ocasión había sido precisamente la enfermedad del niño. Completamente inmerso en los negocios, Gabriele no había sospechado siquiera la gravedad del mal, y había dejado sola a la mujer temiendo por la vida del hijo; y Flavia, en un momento de suprema angustia, casi delirando, había hablado, se había desahogado con él, le había dejado entrever que ella lo había comprendido todo, siempre, siempre, desde el primer momento.

Y ¿entonces?

– ¡Dígame, por caridad, doctor! – insistió Flavia, exasperada, al verlo tan trastornado y taciturno. – ¿Es muy grave?

– Sí – respondió él, preocupado, bruscamente.

– ¿El corazón? ¿Qué enfermedad? ¿Así, de pronto? ¡Dígamelo!

– ¿Necesita saberlo? Términos científicos, ¿qué entendería?

Pero ella quiso saberlo.

– ¿Irreparable? – preguntó luego.

Él se quitó las gafas, apretó los ojos, luego exclamó:

– ¡Ah, así no, así no, créame! Quisiera poder darle mi vida.

Flavia se puso muy pálida, miró al marido y dijo más con la expresión que con la voz:

– Calle.

– Quiero que lo sepa – añadió él.  – Pero ya me entiende, ¿no es verdad? Todo, todo lo que sea posible… Sin pensar en mí, en usted…

– Calle – repitió ella, como horrorizada.

Pero él siguió:

– Tenga confianza en mí. No tenemos nada que reprocharnos. Del mal que me hizo no sabe nada y no lo sabrá. Tendrá todos los cuidados que pueda prestarle el amigo más devoto.

Flavia, jadeando, vibrando, no separaba los ojos del marido.

– ¡Se despierta! – exclamó de pronto.

Sarti se volvió a mirarlo.

– No…

– Sí, se ha movido, – añadió ella lentamente.

Se quedaron un rato suspendidos, vigilando. Luego, ella se acercó al canapé, se inclinó sobre el yacente, le tomó el pulso y llamó:

– Gabriele… Gabriele…

IV

Pálido, aún un poco jadeante por haberse apresurado a respirar apenas había vuelto en sí, Gabriele le rogó a su mujer que se marchara.

– Ya no siento nada. Coge, coge la carroza y da un paseo – dijo, para tranquilizarla. – Quiero hablar con Lucio. Ve.

Flavia, para no dejarle ver la gravedad del mal, fingió que aceptaba la invitación; le recomendó, sin embargo, que no se agitara demasiado, se despidió del doctor y volvió a casa.

Gabriele se quedó un tiempo absorto, mirando la puerta por la que ella había salido; luego, se llevó la mano al pecho, al corazón, y manteniendo los ojos fijos, murmuró:

– Aquí, ¿no? Tú me has escuchado… Yo… ¡Qué ridiculez! Me parecía que ese señor… ¿cómo se llama? Lapo, eso es, ese hombrecillo con un ojo de cristal, me tenía atado, aquí; y no podía soltarme; tú reías y decías: Insuficiencia… ¿no?… insuficiencia de las válvulas aórticas…

Lucio Sarti, al escuchar proferir esas palabras que él le había dicho a Flavia, palideció. Gabriele se sacudió, se volvió a mirarlo y sonrió:

– Te he escuchado, ¿sabes?

– ¿Qué has escuchado? – balbució Sarti, con una sonrisa escuálida en los labios, dominándose con dificultad.

– Lo que le has dicho a mi mujer – respondió, tranquilo, Gabriele, fijando de nuevo los ojos, con la mirada perdida. – Veía… me parecía ver, como si tuviera los ojos abiertos… ¡sí! Dime, te lo ruego – añadió, reanimándose – sin rodeos, sin piadosas mentiras: ¿cuánto puedo vivir aún? Cuanto menos, mejor.

Sarti lo espiaba, oprimido por el estupor y la consternación, turbado especialmente por esa calma. Rebelándose con un esfuerzo supremo ante la angustia que lo atontaba, saltó:

– Pero ¿qué te está pasando por la mente?

– ¡Una inspiración! – exclamó Gabriele, con luz en los ojos. – ¡Ah, por Dios!

Y se puso de pie. Se acercó a abrir la puerta que daba a la habitación del banco, y llamó a Bertone.

– Oye, Carlo: si vuelve ese hombrecillo que vino esta mañana, hazlo esperar. No, manda rápidamente que lo llamen, o mejor, ¡ve tú mismo! Pronto, ¿eh?

Volvió a cerrar la puerta y se volvió para mirar a Sarti, frotándose las manos, alegremente:

– Me lo has mandado tú. Ah, lo agarro por esos pelos agitados y lo clavo aquí, entre tú y yo. Dime, explícame rápido cómo se hace. Quiero estar seguro. Tú eres el médico de la Compañía, ¿no?

Lucio Sarti, angustiado por la tremenda duda de que Orsani hubiera oído todo lo que le había dicho a Flavia, se quedó aturdido ante esa súbita decisión; le pareció sin nexo, y exclamó, aliviado por el momento de un gran peso:

– ¡Pero es una locura!

– No, ¿por qué? – respondió rápido Gabriele. – Puedo pagar, cuatro o cinco meses. No viviré mucho tiempo más, ¡lo sé!

– ¿Lo sabes? – dijo Sarti, esforzándose por reír. – ¿Y quién te ha prescrito los términos de modo tan infalible? ¡Vamos! ¡Vamos!

Una vez sereno, pensó que era una fullería para hacerle decir lo que pensaba de su salud. Pero Gabriele, asumiendo un aire grave, se puso a hablarle de su próxima ruina inevitable. Sarti sintió que se quedaba helado. Ahora veía el nexo y la razón de esa resolución improvisa, y se sintió atrapado por un lazo en una terrible insidia que él mismo, sin saberlo, se había tendido esa mañana, al enviarle a Orsani ese inspector de la compañía aseguradora, de la cual era el médico. ¿Cómo decirle, ahora, que no podía en conciencia prestarle ayuda, sin dejarle entender al mismo tiempo la desesperada gravedad del mal, que se le había revelado así, de pronto?

 – Pero tú, con tu mal – dijo – puedes vivir aún mucho, mucho tiempo, querido mío, con tal de que te cuides un poco…

– ¿Cuidarme? ¿Cómo? – gritó Gabriele. – ¡Te estoy diciendo que estoy arruinado! ¿Y tú consideras que yo puedo vivir aún mucho tiempo? Bien. Entonces, si esto es verdad, no tendrás dificultad…

– ¿Y tus cálculos, entonces? – observó Sarti, con una sonrisa de satisfacción, y añadió, casi por el placer de aclararse a sí mismo esa feliz escapatoria, que se le había ocurrido de improviso: – Si dices que durante tres o cuatro meses solo podrías hacer frente…

Gabriele se quedó un poco preocupado.

– ¡Cuidado, Lucio! No me engañes, no me pongas ante esta dificultad para humillarme, para no dejarme cometer un acto que desapruebas, ¿no?, y en el que no quisieras participar, sea con poca o ninguna responsabilidad…

– ¡Te engañas! – se le escapó a Sarti.

Gabriele sonrió entonces amargamente.

– Así que es verdad – dijo -, así que sabes que estoy condenado, dentro de poco, quizás antes aún de lo que he calculado. Pero ya, te he escuchado. ¡Basta, pues! Se trata ahora de salvar a mis hijos. ¡Y los salvaré! Si me engañas, no lo dudes, sabré procurarme a tiempo la muerte, a escondidas.

Lucio Sarti se levantó, moviendo los hombros, y buscó con los ojos el sombrero.

– Veo que no razonas, querido mío. Deja que me vaya.

– ¿Que no razono? – dijo Gabriele, sujetándolo por un brazo. – ¡Ven aquí! ¡Te digo que se trata de salvar a mis hijos! ¿Has comprendido?

– Pero ¿cómo quieres salvarlos? ¿Quieres salvarlos en serio así?

– Con mi muerte.

– ¡Locuras! Pero disculpa, ¿quieres que yo me quede a escuchar estos discursos?

– Sí – dijo con violencia Gabriele, sin soltarle el brazo. – Porque debes ayudarme.

– ¿A suicidarte? – preguntó Sarti, con un tono burlón.

– No, en esto, si acaso, pensaré yo…

– ¿Y entonces… a engañar?, ¿a… a robar, disculpa?

– ¿Robar? ¿A quién le robo? ¿Robo para mí? Se trata de una Sociedad expuesta por sí misma al riesgo de dichas pérdidas… ¡Déjame hablar! Lo que pierde conmigo, lo ganará con creces con otros cien. Pero llámalo robo… ¡Deja que lo haga! Le rendiré cuentas a Dios. Tú nada tienes que ver con ello.

– ¡Te engañas! – repitió con más fuerza Sarti.

– ¿Acaso te llegará a ti ese dinero? – le preguntó entonces Gabriele, clavándole sus ojos en sus ojos. – Lo tendrán mi mujer y esos tres pobres inocentes. ¿Cuál sería tu responsabilidad?

De pronto, bajo la mirada aguda de Orsani, Lucio Sarti lo comprendió todo: comprendió que Gabriele había oído bien y que se frenaba aún porque quería antes alcanzar su objetivo, es decir, colocar un obstáculo insuperable entre él y su mujer, haciéndolo su cómplice en ese fraude. Él, de hecho, médico de la Compañía, declarando ahora sano a Gabriele, no podría casarse con Flavia, viuda, a la que le llegaría el premio del seguro, fruto de su engaño. La Sociedad actuaría, sin duda, contra él. Pero ¿por qué tanto y tan feroz odio hasta más allá de la muerte? Si había oído, tenía que saber que nada, nada tenía que reprocharles, ni a él ni a su mujer… ¿Por qué, entonces?

Resistiendo la mirada de Orsani, decidido a defenderse hasta el final, le preguntó con voz no muy firme:

– ¿Me preguntas por mi responsabilidad frente a la Compañía?

– ¡Espera! – reanudó Gabriele, como cegado por la eficacia persuasiva de su razonamiento. – Tienes que pensar que yo soy tu amigo desde mucho antes de que tú llegaras a ser médico de esta Compañía. ¿No?

– Es verdad… pero… – balbució Lucio.

– ¡No te turbes! No quiero reprocharte nada; solo quiero hacerte ver que tú, en este momento, en estas condiciones, piensas, no en mí, como deberías, sino en la Compañía…

– ¡En mi engaño! – replicó Sarti, hosco.

– ¡Muchos médicos se engañan! – rebatió en seguida Gabriele. – ¿Quién te puede acusar? ¿Quién puede decir que en este momento no estoy sano? ¡Vendo salud! Moriré de aquí a cinco o seis meses. Tú no lo prevés. Por otro lado, tu engaño, para ti, para tu conciencia, es caridad de amigo.

Anulado, con la cabeza inclinada, Sarti se quitó las gafas, se restregó los ojos; luego, torvo, con los párpados medio cerrados, intentó con voz temblorosa la extrema defensa:

– Preferiría – dijo – demostrar de otro modo eso que tú llamas caridad de amigo.

– ¿Y cómo?

– ¿Recuerdas dónde y por qué murió mi padre?

Gabriele lo miró aturdido; murmuró para sí mismo:

– ¿Eso qué tiene que ver?

– Tú no estás en mi lugar – respondió Sarti, resuelto, áspero, poniéndose de nuevo las gafas. – No puedes juzgarme. Recuerda cómo he crecido. Te lo ruego, déjame actuar correctamente, sin remordimientos.

– No comprendo – respondió Gabriele con frialdad, – ¿qué remordimiento podría causarte haber beneficiado a mis hijos…?

– ¿Con el perjuicio de otros?

– Yo no lo he buscado.

– ¡Sabes que lo estás haciendo!

– Sé otra cosa que me preocupa más y que a ti debería preocuparte más. ¡No hay otro remedio! ¿Por un escrúpulo tuyo, que ya no puede ser mío, quieres que rechace este medio que se me presenta espontáneamente, esta ancla que tú, tú mismo me has arrojado?

Se acercó a la puerta a espiar, indicándole a Sarti que no le respondiera.

– ¡Ya ha llegado!

– ¡No, no, es inútil, Gabriele! – gritó entonces Sarti con resolución. – ¡No me obligues a esto!

Orsani lo aferró por un brazo:

– ¡Ten cuidado, Lucio! Es mi última oportunidad.

– ¡Esta, no; esta, no! – protestó Sarti. – Escucha, Gabriele: que esta hora sea sagrada para nosotros. Te prometo que tus hijos…

Pero Gabriele no lo dejó terminar:

– ¿Una limosna?

–  ¡No! – respondió Lucio rápidamente. – ¡Devolverles a ellos lo que tú me diste!

– ¿En razón de qué? ¿Cómo querrías asistir a mis hijos? ¿Tú? ¡Tienen una madre! ¿En razón de qué? Por simple gratitud, ¿no? ¡Mientes! Por otro fin que no puedes confesar te niegas.

Diciendo tales cosas lo aferró por los hombros y lo sacudió, intimándole a hablar bajo y preguntándole hasta qué punto había osado engañarle. Sarti intentó soltarse, defendiendo a Flavia de la atroz acusación, y negándose aún a ceder a esa violencia.

– ¡Quiero verte! – masculló repentinamente Orsani.

De un salto, abrió la puerta y llamó a Vannetti, enmascarando rápidamente la extrema agitación con una tumultuosa alegría:

– Un premio, un premio – gritó, invistiendo al hombrecillo ceremonioso – un gran premio, señor inspector, a nuestro amigo, a nuestro doctor, que no solo es el médico de la Compañía, sino el más elocuente abogado. Casi me había arrepentido; no quería saber nada de ello… Pues bien, él, él me ha persuadido, me ha ganado… Dele, dele enseguida la declaración médica que debe firmar: tiene prisas, debe marcharse. Luego estableceremos nosotros la cantidad y el modo…

Vannetti, contentísimo, en medio de un chisporroteo de exclamaciones y de felicitaciones, sacó de la carpeta un impreso, y repitiendo: – Pura formalidad, pura formalidad… – se lo extendió a Gabriele.

– Toma, escribe – dijo este, pasándole el impreso a Sarti, quien asistía como ausente a esta escena y veía ahora en ese hombrecillo mezquino, casi artificioso, extremadamente ridículo, la personificación de su infame destino.

1.9  El pequeño abanico

El pequeño jardín público, mezquino y polvoriento, estaba, esa tórrida tarde de agosto, casi desierto, en medio de la vasta plaza ceñida a todo su alrededor por altas casas amarillentas, somnolientas en el bochorno.

Tuta entró con el niño en brazos.

En un banco a la sombra, un viejecito delgado, perdido en un traje gris de alpaca, tenía un pañuelo en la cabeza. Y encima del pañuelo, un sombrerucho de paja amarillento. Se había remangado diligentemente los puños sobre las muñecas, y leía un periódico.

Al lado, en el mismo banco, un obrero desocupado dormía con la cabeza entre los brazos, apoyado de través.

De vez en cuando, el viejecito interrumpía la lectura y se volvía para observar con cierta angustia a su vecino, a quien estaba a punto de caérsele el sombrero grasiento, enyesado. Evidentemente, ese sombrerucho – quién sabe desde cuánto tiempo en vilo, caigo y no caigo – comenzaba a exasperarlo: hubiera querido asegurárselo en la cabeza o tirárselo de un papirotazo. Resoplaba, luego echaba una ojeada a los bancos de alrededor, quién sabe si tendría la suerte de encontrar otro a la sombra. Había solo uno un poco separado, pero en él estaba sentada una vieja gruesa, harapienta que, cada vez que él se volvía a mirarla, abría la boca desdentada en un formidable bostezo.

Tuta se acercó sonriente, muy lentamente, de puntillas. Se llevó un dedo a los labios, como indicando silencio; luego, tranquilamente, le cogió el sombrerucho al durmiente con dos dedos, y se lo puso bien en la cabeza.

El viejo siguió con la mirada todos esos movimientos, primero sorprendido, luego, ceñudo.

– Con su permiso, señor – dijo Tuta, aún sonriente e inclinándose, como si el favor se lo hubiera hecho a él y no al obrero que dormía. –  Dele alguna moneda a esta pobre criatura.

– ¡No! – replicó enseguida el vijecillo con rabia (quién sabe por qué), y hundió los ojos en el periódico.

– ¡Intentamos sobrevivir! – suspiró Tuta. – Dios provee.

Y fue a sentarse al otro asiento, al lado de la vieja harapienta, con la que enseguida empezó a hablar.

Apenas tenía veinte años; bajita, hermosa, de tez blanquísima, con los cabellos luminosos, negros, separados en la cabeza, lisos en la frente y recogidos en apretadas trencitas tras la nuca. Los ojos astutos le brillaban, casi agresivos. Se mordía de vez en cuando los labios. Y la nariz respingona, un poco torcida, le temblaba.

Le contaba a la vieja su desventura. El marido…

Desde el principio, la vieja le dirigió una mirada que establecía las condiciones de la conversación, es decir: un desahogo, sí, estaba dispuesta a ofrecérselo; pero que la engañaran, no, eso no lo quería, así era.

– ¿Marido, no?

– Estamos casados por la iglesia.

– Ah, bien, por la iglesia.

– ¿Y qué pasa?, ¿no es un marido?

– No, hija: no sirve.

– ¿Cómo que no sirve?

– Lo sabes, no sirve.

Pues sí, de hecho, la vieja tenía razón. No servía. Desde hacía tiempo, de hecho, ese hombre quería librarse de ella, y a la fuerza la había mandado a Roma para que buscara trabajo como nodriza. Ella no quería ir; comprendía que era demasiado tarde, pues el niño tenía ya cerca de siete meses. Había estado quince días en casa de un corredor cuya mujer, para rehacerse de los gastos y por haberle pagado el alojamiento, había osado al final proponerle…

– ¿Comprendes? ¡A mí!

Con la cólera había perdido la leche. Y ahora no tenía ni siquiera para su criatura. La mujer del corredor le había quitado los pendientes y se había quedado incluso con el hatillo con que había llegado del pueblo. Desde esa mañana estaba en la calle.

– ¡Y esta es la verdad!

No podía ni quería volver al pueblo: el marido no la aceptaría. ¿Qué iba a hacer, mientras tanto, con ese niño que le ataba los brazos? Cierto, no encontraría trabajo ni siquiera de sirvienta.

La vieja la escuchaba con recelo, porque ella decía esas cosas como si en modo alguno estuviera desesperada; es más, sonreía al repetir a menudo la frase: – ¡Y esta es la verdad!

– ¿De dónde eres? – le preguntó la vieja.

– De Core.

Y se quedó un tiempo como si viera con el pensamiento el pueblo lejano. Luego se sacudió, miró al pequeño y dijo:

– ¿Dónde lo dejo? ¿Aquí en el suelo? ¡Pobre angelito mío!

Lo levantó en brazos y lo besó muy fuerte varias veces.

La vieja dijo:

– ¿No lo has hecho tú? Pues llora por él.

– ¿Yo lo he hecho? – respondió la joven. – Bueno, lo he hecho, y Dios me ha castigado. Pero también sufre él, ¡pobre inocente! ¿Y qué ha hecho él? Vamos, Dios no hace las cosas bien. Y si no las hace él, figúrate nosotros. ¡Intentamos sobrevivir!

– ¡Este mundo, este mundo! – suspiró la vieja, poniéndose en pie con dificultad.

– ¡Es una pena! – añadió, sacudiendo la cabeza, otra vieja asmática, corpulenta, que pasaba por allí, apoyándose en un bastón.

La otra sacó de los harapos una bolsita sucia que le colgaba de la cintura, escondida bajo el vestido, y cogió un pedazo de pan.

– Toma, ¿lo quieres?

– Sí. Dios te lo pague, – se apresuró a responder Tuta. – Me lo como. ¿Crees que estoy en ayunas desde esta mañana?

Hizo dos pedazos: el más grande, para ella; el otro lo puso entre los dedos rosados del niño, que no querían abrirse.

– Es papa, Nino. ¡Sé bueno! ¡Un lujo! Papa, papa.

La vieja se marchó arrastrando los pies, junto a la del bastón.

El jardín ya se había animado un poco. El guarda regaba las plantas. Pero ni siquiera ante las trombas de agua querían despertarse del sueño en que parecían absortos – sueño de una tristeza infinita – esos pobres árboles que brotaban en los escasos parterres, sembrados de mondaduras, cáscaras de huevo, trozos de papel, y protegidos por varas y picas aquí y allá sueltas o por un círculo de roca artificial en donde se hundían los asientos.

Tuta se puso a mirar la pila baja, redonda que surgía en medio, y cuya agua verdosa  estaba estancada bajo un velo de polvo que se rompía de vez en cuando con el golpetazo de alguna mondadura lanzada por la gente que se sentaba a su alrededor.

Ya estaba el sol a punto de ponerse, y casi en todos los bancos daba ahora la sombra.

En uno allí al lado vino a sentarse una señora de unos treinta años, vestida de blanco. Tenía los cabellos rojos, como de cobre, despeinados, y el rostro lleno de pecas. Como si no pudiera más con el calor, trataba de apartar de sus piernas a un chaval malhumorado, amarillo como la cera, vestido de marinero; y mientras tanto miraba aquí y allá, impaciente, apretando los ojos miopes, como si esperara a alguien, y volvía de cuando en cuando a empujar al chaval para que buscara en otro lado a algún compañero de juegos. Pero el chaval no se movía; tenía los ojos fijos en Tuta, que estaba comiéndose el pan. También Tuta miraba y observaba atenta a la señora y al chaval; y de pronto dijo:

– Usted, señora, con su permiso, si alguna vez necesitara una mujer que le hiciera la colada o a medio servicio… ¿No? ¡Bueno!

Luego, viendo que el chaval enfermizo no separaba los ojos de ella y no quería ceder a las repetidas invitaciones de la madre, lo llamó:

– ¿Quieres ver a este muñeco? Ven a verlo, pequeño, ven a verlo.

El chaval, empujado violentamente por la madre, se acercó; miró un poco al niño con los ojos vidriosos como los de un gato fustigado; luego, le quitó el trozo de pan de la manita. El niño se puso a gritar.

– ¡No! ¡Pobre muñeco! – exclamó Tuta. – ¿Le has quitado el pan? Llora, ¿no ves? Tiene hambre… Dale al menos un pedacito.

Alzó la mirada para llamar a la madre del chaval, pero no la vio en el asiento: hablaba allá al fondo, nerviosamente, con un hombretón barbudo que la escuchaba desatento, con una curiosa sonrisa en los labios, las manos en la espalda y el sombrerucho blanco echado en la nuca. El niño, mientras tanto, seguía gritando.

– Bueno, – dijo Tuta – te cojo yo un pedacito.

Entonces el chaval rompió a gritar. Acudió la madre, a quien Tuta, con su permiso, le explicó lo que había pasado. El chaval se apretaba sobre el pecho, con las dos manos, el pedazo de pan, sin querer soltarlo, ni siquiera ante las exhortaciones de la madre.

– ¿Lo quieres de verdad? ¿Vas a comértelo, Ninni? – le dijo la señora roja. – No come nada, sépalo, nada: ¡estoy desesperada! Ojalá lo quiera de verdad… Será un capricho… Déjeselo, por favor.

– Sí, con mucho gusto – dijo Tuta. – Toma, angelito, cómetelo tú…

Pero el chaval se fue corriendo hasta la pila y arrojó allí el pedazo de pan.

– ¿A los pececitos, eh, Ninni? – exclamó entonces Tuta, riendo. – Esta pobre criatura mía que está en ayunas… Yo no tengo leche, no tengo casa, no tengo a nadie… de verdad, sépalo, señora… ¡A nadie!

La señora tenía prisas por volver con aquel hombre que la esperaba allí: sacó de la cartera dos monedas y se las dio a Tuta.

– Dios se lo pague – le dijo detrás, esta. – Vamos, vamos, sé bueno, angelito mío: ¡te compro golosinas! Hemos ganado dos blancas con el pan de la vieja. ¡Calla, Nino mío! Somos ricos…

El niño se tranquilizó. Ella se quedó con las dos monedas apretadas en la mano, mirando a la gente que estaba en el jardín: muchachos, ayas, niñeras, soldados…

Era un barullo continuo.

Entre las muchachas que saltaban a la cuerda, y los chavales que se perseguían, y los niños que gritaban en los brazos de las ayas que charlaban tranquilamente entre ellas, y las niñeras que ligaban con los soldados, había vendedores de altramuces, de rosquillas y otras golosinas.

Los ojos de Tuta se encendían, a veces, y los labios se le abrían en una extraña sonrisa.

¿Nadie quería creer que ella no sabía qué hacer ni adónde ir? Incluso a ella misma le resultaba difícil creérselo. Pero era precisamente así. Había entrado allí, en ese jardincito, para buscar un poco de sombra; se había entretenido allí desde hacía cerca de una hora; podía quedarse hasta por la noche, ¿y después?, ¿dónde pasaría la noche con esa criatura en los brazos?, ¿y el día siguiente?, ¿y el otro? No tenía a nadie, ni siquiera allí en el pueblo, excepto a aquel hombre que no quería saber nada de ella; y por lo demás, ¿cómo podría volver?  – ¿Y entonces? ¿Ninguna salida? Pensó en esa vieja bruja que le había quitado los pendientes y el hato. ¿Volver a su casa? La sangre se le subió a la cabeza. Miró a su pequeño, que se había dormido.

– ¿Eh, Nino, al río los dos? Así…

Levantó los brazos, como para tirarlo. Y ella, después. – ¡Qué va, no! – Alzó de nuevo la cabeza y sonrió, mirando a la gente que pasaba delante.

El sol se había puesto, pero el calor persistía, sofocante. Tuta se desabrochó el busto hasta la garganta, dobló hacia dentro las dos puntas, dejando al descubierto un poco del pecho blanquísimo.

– ¿Calor?

– ¡Me muero!

Tenía delante a un viejecito con dos abanicos de papel clavados en el sombrero, otros dos en la mano, abiertos, vistosos, y una cesta en el brazo, llena de muchos abanicos en desorden, rojos, celestes, amarillos.

– ¡Dos blancas!

– ¡Márchate! – dijo Tuta, haciéndose la desinteresada. – ¿De qué son?, ¿de papel?

– ¿Y de qué lo quieres?, ¿de seda?

– Bueno, ¿por qué no? – dijo Tuta, mirándolo con una sonrisa de desafío; luego, abrió la mano en la que tenía las dos monedas, y añadió: – Solo tengo estas dos blancas. ¿Me lo das por una?

El viejo sacudió la cabeza, con dignidad.

– ¡Dos blancas! ¡Menos, ni de de broma!

– ¡Bien, maldito seas! Dámelo. Me muero de calor. El chico duerme… Intentamos sobrevivir. Dios provee.

Le dio las dos monedas, cogió el pequeño abanico y, echándose hacia abajo el escote, comenzó a echarse viento y más viento en el seno casi descubierto, y a reír y a mirar, descarada, con los ojos brillantes, cautivadores, instigadores, a los soldados que pasaban.

1.10 ¡Y dos!

Tras haber vagado largamente por el barrio somnoliento de Prati di Castello, a ras de los muros de los cuarteles, huyendo instintivamente de la luz de las farolas bajo los árboles de las larguísimas alamedas, y una vez que hubo llegado al final del Paseo de Mellini, Diego Bronner se subió, cansado, al parapeto de la orilla desierta y se sentó, de cara al río, con las piernas colgando en el vacío.

No había ni una luz encendida en las casas de enfrente, en el Paseo de Ripetta, envueltas en la sombra y recortadas con su negrura en la claridad leve y amplia que, al otro lado, la ciudad difundía en la noche. Inmóviles, las hojas de los árboles de la alameda, a lo largo de la orilla. En el gran silencio solo se oía un lejanísimo canto de grillos y, debajo, el oscuro borboteo de las aguas negras del río, en las que, con un temblor continuo, serpentino, se reflejaban las luces de la orilla opuesta.

Corría por el cielo una trama densa de infinitas nubecillas leves, bajas, cenicientas, como si las llamaran de prisa allá, allá, hacia levante, a un misterioso convenio, y parecía que la luna, en lo alto, les pasara revista.

Bronner estuvo un rato con la cara vuelta hacia arriba contemplando esa fuga que animaba con misteriosa vivacidad el silencio luminoso de esa noche de luna. De pronto oyó un rumor de pasos en el vecino puente Margherita y se volvió para mirar.

El rumor de los pasos cesó.

Quizás alguien como él se había puesto a contemplar esas nubecillas y la luna que les pasaba revista, o el río con esos temblorosos reflejos de luces en el agua negra que fluía.

Suspiró profundamente y volvió a mirar al cielo, un poco fastidiado por la presencia de ese desconocido que le turbaba el triste placer de sentirse solo. Pero él, aquí, estaba en la sombra de los árboles: pensó que el otro, por tanto, no habría podido verlo; y casi para asegurarse, volvió a mirar de nuevo.

Junto a una farola, apoyado en el parapeto del puente, descubrió a un hombre en sombra. No comprendió al principio qué estaba haciendo allí, silenciosamente. Vio que colocaba una especie de paquete encima de una cornisa, al pie de la farola. – ¿Un paquete?  No: era el sombrero. Y ¿ahora?, ¡qué! ¿Era posible? Ahora saltaba el parapeto. ¿Era posible? 

Instintivamente Bronner echó la espalda hacia atrás, extendiendo las manos y fijando la mirada; se recogió completamente; oyó la zambullida terrible en el río.

¿Un suicidio? ¿Así?

Volvió a abrir los ojos, hundió la mirada en la oscuridad. Nada. El agua negra. Ni un grito. Nadie. Miró a su alrededor. Silencio, quietud. ¿Nadie lo había visto? ¿Nadie lo había oído? Y ese hombre, mientras tanto, se ahogaba… y él no se movía, anulado. ¿Gritar? Demasiado tarde ya. Encogido en la sombra, todo tembloroso, dejó que la suerte atroz de ese hombre se cumpliese, incluso sintiéndose aplastado por la complicidad de su silencio con la noche, y preguntándose de vez en cuando: ¿Habrá muerto? ¿Habrá muerto? – como si con los ojos cerrados viese al infeliz debatirse en la lucha desesperada con el río.

Al abrir de nuevo los ojos e incorporarse, tras aquel momento de horrible angustia, la quietud profunda de la ciudad somnolienta, velada por las farolas, le pareció un sueño. Pero ¡cómo bailaban ahora esos reflejos de las luces en el agua negra! Volvió con temor la mirada al parapeto del puente: vio el sombrero abandonado allí por ese desconocido. La farola lo iluminaba siniestramente. Lo sacudió un largo estremecimiento en los riñones, y con la sangre que le ardía aún en las venas, presa de un temblor convulso de todos los músculos, como si ese sombrero pudiera acusarlo, bajó y, buscando la sombra, se dirigió rápidamente hacia su casa.

–  Diego, ¿qué tienes?

– Nada, madre. ¿Qué tengo?

– No, creía… Ya es tarde…

– No quiero que me esperes, lo sabes; te lo he dicho muchas veces. Déjame regresar a casa cuando quiera.

– Sí, sí. Pero mira, estaba cosiendo… ¿Quieres que te encienda la lamparilla de noche?

– ¡Por Dios, me lo preguntas todas las noches!

La vieja madre, como fustigada por esta respuesta a su pregunta superflua, corrió, encorvada, arrastrando un poco una pierna, a encenderle la lamparilla y a prepararle la cama.

Él la siguió con la mirada, casi con rencor; pero, apenas desapareció ella tras el umbral de la puerta, suspiró de piedad por ella. Enseguida, sin embargo, lo dominó el fastidio.

Y se quedó allí esperando, sin saber por qué ni qué, en esa tétrica entrada de techo bajísimo y de cortina llena de hollín, aquí y allá desgarrada y con los pedazos colgando, donde las moscas se habían reunido y dormían en racimos.

Viejos adornos decadentes, mezclados con bastos muebles y objetos nuevos de sastrería, llenaban esa salita: una máquina de coser, dos tiesos  maniquíes de mimbre, una mesa lisa y maciza para cortar las telas, con un gran par de tijeras, la tiza, el metro y algunos ñoños periódicos de moda.

Pero, ahora, Bronner apenas se daba cuenta de todo esto.

Se había traído consigo, como un escenario, el espectáculo de aquel cielo recorrido por aquellas nubecillas bajas y leves,  y la del río con aquellos reflejos de las farolas; el espectáculo de aquellas altas casas en sombra, allá al frente recortadas por la claridad de la ciudad, y de aquel puente con aquel sombrero… Y la impresión espantosa, como de sueño, de la impasibilidad de todas aquellas cosas que estaban allí, presentes, más presentes que él, porque él, escondido en la sombra de los árboles, era como si en verdad no estuviera. Pero su horror, su alteración, ahora, eran precisamente por esto, por haberse quedado él en ese instante, como aquellas cosas, presente y ausente, noche, silencio, orilla, árboles, luces, sin gritar socorro, como si no estuviese; y sentirse ahora aturdido y trastornado aquí, como si lo que había oído y sentido lo hubiera soñado.

De pronto vio llegar y colocarse de un salto ágil y neto, allí en la mesa maciza, el gran gato gris de la casa. Dos ojos verdes, inmóviles y vanos.

Sintió un momentáneo terror por esos ojos, y frunció las cejas, irritado.

Algunos días atrás, ese gato había logrado tirar de la pared de esa salita una jaula con el jilguero que su madre cuidaba con tanto cariño. Con industriosa y paciente ferocidad, metiendo las garras entre las barras, lo había sacado fuera y se lo había comido. La madre no lograba aún tranquilizarse; incluso él pensaba todavía en la masacre de aquel jilguero; pero el gato, ahí estaba: ignorante por completo del mal que había hecho. Si él lo hubiese arrojado de esa mesa de mala manera, no habría comprendido por qué.

Y he aquí ya dos pruebas contra él, esa tarde. Otras dos pruebas. Y esta segunda le saltaba delante de improviso, con ese gato; como de improviso le había llegado la otra, con aquel suicidio en el puente. Una prueba; que él no podía ser como ese gato que, cometida una masacre, un momento después no pensaba más en ello; la otra prueba: que los hombres, en presencia de un hecho, no podían permanecer impasibles como las cosas, por mucho que se esforzaran, como él, no solo por no participar, sino por mantenerse ausentes.

La condena del recuerdo en sí, y no poder esperar que los otros olvidaran. Así era. Estas dos pruebas. Una condena y una desesperación.

¿Qué nuevo modo de mirar habían adquirido de un tiempo a acá sus ojos? Miraba a su madre, que había vuelto ya de arreglarle la cama y de encenderle la lamparita de noche, y la veía no ya como a su madre, sino como a una pobre vieja cualquiera, como ella era por sí misma, con esa gran verruga junto a la aleta derecha de la nariz un poco aplastada, las mejillas exangües y fláccidas, estriadas por venitas violáceas, y esos ojos cansados que de pronto, bajo su mirada tan extrañamente despiadada, se le bajaban, sí, tras las gafas, casi avergonzada, ¿de qué? Ah, él sabía bien de qué. Se rio de mala manera; dijo:

– Buenas noches, mamá.

Y fue a encerrarse en su habitación.

La vieja madre, lentamente, para no hacer ruido, volvió a sentarse en la salita y a coser: a pensar.

Dios, ¿por qué estaba tan pálido y alterado esa noche? Beber, no bebía, o al menos por el aliento no se notaba. Pero ¿y si había caído en manos de malos compañeros que lo habían arruinado, o quizás incluso peores?

Este era su mayor miedo.

Tendía el oído de vez en cuando para oír qué hacía al otro lado, si se había acostado, si ya dormía; y mientras tanto limpiaba las gafas que a cada suspiro se le empañaban. Ella, antes de irse a la cama, quería terminar ese trabajo. La mísera pensión que el marido le había dejado no le bastaba ya, ahora que Diego había perdido el empleo. Y además acariciaba un sueño que, sin embargo, sería su muerte: poner aparte, trabajando y ahorrando, para mandar al hijo lejos, a América. Porque, aquí, lo comprendía, su Diego, ahora, no encontraría nada donde colocarse, y en el triste ocio que lo devoraba desde hacía siete meses se perdería para siempre.

En América… allí – ¡oh, su hijo valía tanto!, ¡sabía tantas cosas!, ¡antes escribía incluso en los periódicos!… – en América, allí, – ella quizá moriría – pero su hijo retomaría la vida, olvidaría, borraría el error de la juventud que le causaron sus malas compañías: aquel Ruso, o Polaco o como fuese, loco, calavera, que llegó a Roma para desgracia de tantas honestas familias.  ¡Ya se sabe cómo son los jovenzuelos! Invitados a casa por este forastero, ricachón y disipado, habían hecho locuras: vino, mujerzuelas… se emborrachaban… Borracho, quería jugar a las cartas, y perdía… Se la había buscado él solo, con sus propias manos, la ruina: ¿qué tenía que ver luego la acusación a traición de sus compañeros de crápula, aquel proceso escandaloso, que había levantado tanto ruido y había difamado a tantos jóvenes, atolondrados, sí, pero de familias honradas y buenas?

Le pareció escuchar un sollozo al otro lado y llamó:

– ¡Diego!

Silencio. Se quedó un rato con el oído y los ojos atentos.

Sí, aún estaba despierto. ¿Qué hacía?

Se levantó y, de puntillas, se acercó a la puerta, para espiar; luego se inclinó para mirar a través del ojo de la cerradura: – Leía… ¡Eso era!, ¡de nuevo esos malditos periódicos! El informe del proceso… – ¿Cómo podía ser, cómo, que se hubiera olvidado de destruir esos periódicos que se compraron durante los terribles días del proceso? – ¿Y por qué esa noche y a esa hora, apenas hubo vuelto a casa, los cogía y los leía otra vez?

– ¡Diego! – llamó de nuevo, bajo, y abrió tímidamente la puerta.

Él se volvió de golpe, como con miedo.

– ¿Qué quieres? ¿Todavía estás en pie?

– ¿Y tú?… – dijo la madre. – ¿No ves?, haces que me avergüence todavía de mi estupidez…

– No. Me divierto, – respondió él, estirando los brazos.

Se levantó; se puso a pasear por la habitación.

– ¡Rómpelos, tíralos, te lo ruego!- suplicó la madre con las manos juntas. – ¿Por qué quieres lastimarte más? ¡No pienses más en ello!

Él se paró en medio de la habitación; sonrió y dijo:

– Estupendo. Como si, no pensando yo, no fueran a pensar los demás. Tendríamos que hacernos todos los despistados, todos… para dejarme vivir. Despistado yo, despistados los demás… – ¿Qué ha sido? Nada. He estado tres años “de vacaciones”. Hablemos de otra cosa… – Pero ¿no lo ves, no ves cómo me miras incluso tú?

– ¿Yo? – exclamó la madre. – ¿Cómo te miro?

– ¡Igual que los demás!

– ¡No, Diego!, ¡te lo juro! Miraba… te miraba porque… tendrías que ir al sastre, eso es…

Diego Bronner se miró el traje, y volvió a sonreír.

– Ya, es viejo. Por eso me miran todos… y sin embargo, me lo cepillo bien antes de salir, me lo pongo bien… No sé, me parece que podría pasar por un señor cualquiera, por uno que aún puede indiferentemente participar en la vida… el problema está ahí, ahí… – añadió señalando los periódicos del escritorio. – Hemos ofrecido tal espectáculo, que, bueno, sería demasiada modestia presumir que la gente se haya podido olvidar de ello… espectáculo de almas desnudas, gráciles y sucias, vergonzosas de mostrarse en público, como los tísicos en la quinta. E intentábamos todos cubrirnos las vergüenzas con un faldón de la toga del abogado defensor. ¡Qué risotadas las del público! ¿Quieres que la gente, por ejemplo, olvide que al Ruso, a aquel charlatán, nosotros lo llamábamos Lucullof y que lo vestíamos de romano antiguo, con gafas de oro de patillas en la nariz chata? Cuando lo han visto allí con esa carota roja llena de granos, y han sabido cómo lo tratábamos, que le arrancábamos los coturnos de los pies y le golpeábamos fuerte en la cabeza, y que él, con esos golpes fuertes, reía, se mofaba, feliz…

– ¡Diego! ¡Diego, por caridad! – suplicó la madre.

– … Borracho. Lo emborrachábamos nosotros…

– ¡Tú, no!

– Yo también, vamos, con los otros. ¡Era una diversión! Y luego jugábamos a las cartas. Jugando con un borracho, lo comprenderás, era facilísimo engañar…

– ¡Por caridad, Diego!

– Así, bromeando… Oh, esto te lo puedo jurar. Allí se rieron todos, los jueces, el presidente, hasta los policías, pero es la verdad. Robábamos sin saberlo, o mejor, sabiéndolo y creyendo que bromeábamos. No nos parecía un fraude. Era el dinero de un loco asqueroso, que lo tiraba así… Y por lo demás, ni siquiera un céntimo se quedaba en nuestros bolsillos: también nosotros lo tirábamos, como él, con él, a lo loco…

Se interrumpió, se acercó a la estantería de los libros, cogió uno.

– Este es el único remordimiento. Con ese dinero le compré una mañana a un revendedor este libro.

Y lo tiró sobre el escritorio. Era La corona de olivo silvestre de Ruskin, en la traducción francesa.

– Ni siquiera lo he abierto.

Detuvo en él la mirada, frunciendo el ceño. ¿Cómo podía ser que en esos días se le hubiera ocurrido comprar ese libro? Se había propuesto no leer más, no escribir más ni una línea; y estaba allí, en esa casa, con esos compañeros, embruteciéndose, para matar dentro de él, para ahogar en la juerga un sueño, el sueño juvenil, pues las tristes necesidades de la vida le impedían abandonarse a ello, como habría querido.

La madre estuvo un tiempo mirando también ella ese libro misterioso; luego le preguntó dulcemente:

– ¿Por qué no trabajas?, ¿por qué no escribes ya, como hacías antes?

Él le lanzó una mirada odiosa, contrayendo toda la cara, casi como con asco.

La madre insistió, humilde:

– Si te encerraras un poco en ti… ¿Por qué desesperas? ¿Crees que todo se ha acabado? Tienes veintiséis años… quién sabe cuántas ocasiones te ofrecerá la vida, para recompensarte…

– ¡Ah, sí, una, precisamente esta tarde! – se mofó.- Pero me he quedado allí, como una estatua. He visto a un hombre tirándose en el río…

– ¿Tú?

– Yo. Lo he visto colocando el sombrero en el parapeto del puente; luego lo he visto saltándolo tranquilamente, luego he escuchado la zambullida en el río. Y no he gritado, no me he movido. Estaba en la sombra de los árboles, y allí me he quedado, espiando si alguien me veía. Y he dejado que se ahogara. Sí. Pero luego he descubierto allí, en el parapeto del puente, bajo la farola, el sombrero, y he huido, asustado…

– Por esto… –murmuró la madre.

– ¿Qué? No sé nadar. ¿Tirarme?, ¿intentarlo? La escalera de acceso al río estaba allí, a dos pasos. La he mirado, ¿sabes?, y he fingido no verla. Habría podido… pero ya era inútil… demasiado tarde… ¡Desaparecido!

– ¿No había nadie?

– Nadie. Yo solo.

– ¿Y qué podías hacer tú solo, hijo mío? Ha bastado el susto que te has llevado, y esta agitación… ¿Ves?, aún tiemblas… Vete, vete a la cama, vete a la cama… Es muy tarde… ¡No pienses en eso!

La vieja madre le cogió una mano y se la acarició. Él asintió con la cabeza y le sonrió.

– Buenas noches, madre.

– Duerme tranquilo, ¿de acuerdo? – le recomendó, conmovida por la caricia en esa mano que él había dejado que le hiciera y, secándose los ojos, para no arruinar esa ternura angustiosa, salió.

Cerca de una hora después, Diego Bronner estaba sentado de nuevo en la ribera del río, en el lugar de antes, con las piernas colgando.

Continuaba por el cielo la fuga de las nubecillas leves, bajas, cenicientas. El sombrero de aquel desconocido sobre el parapeto del puente ya no estaba. Quizás habían pasado los guardias nocturnos y se lo habían llevado.

De pronto, se volvió hacia la avenida, retirando las piernas; bajó por la escalera de la orilla y se dirigió allí, hasta el puente. Se quitó el sombrero y lo colocó en el mismo lugar del otro.

– ¡Y dos! – dijo

Pero como si estuviese jugando, por despecho contra los guardias nocturnos que se habían llevado de allí el otro.

Fue al otro lado de la farola, para ver el efecto de su sombrero, allí solo, sobre la cornisa, iluminado como el otro. Y se quedó un rato inclinado sobre el parapeto, con el cuello hacia adelante, contemplándolo, como si él ya no estuviera. De pronto rio horriblemente: se vio allí situado como un gato detrás de la farola: y el ratón era su sombrero… ¡Vamos, vamos, payasadas!

Saltó el parapeto: sintió que se le erizaban los cabellos, sintió el temblor de las manos que se agarraban rígidamente: las abrió, se lanzó al vacío.

1.11 Muy amigos

Gigi Mear, con capa esa mañana (¡eh, después de los cuarenta, no se bromea con el viento del norte!), el pañuelo del cuello levantado y vuelto con cuidado hasta debajo de la nariz, un par de gruesos guantes ingleses en las manos; rollizo, sin arrugas y rubicundo, esperaba en el Paseo Tíber de Mellini el tranvía para ir a Puerta Pía, que debía dejarlo, como todos los días, en la calle Pastrengo, delante del Tribunal de Cuentas, donde era empleado.

Conde de nacimiento, pero por desgracia ya sin condado ni dinero, Gigi Mear, en la feliz inconsciencia de la infancia, le había manifestado al padre su noble propósito de entrar en esa oficina del estado, creyendo entonces ingenuamente que había un Tribunal en el que cada conde [1] tenía el derecho de entrar.

Es sabido ya por todos que los tranvías no pasan nunca cuando los esperamos. Más bien se paran en medio de la calle por interrupción de la corriente, o prefieren investir un carro o aplastar quizás a un pobre hombre. Sin embargo, una gran comodidad, en suma.

Esa mañana, entretanto, soplaba el viento del norte, gélido, cortante, y Gigi Mear caminaba mirando el agua encrespada del río, que también parecía sentir mucho frío, pobrecillo, allí, como en camisa, entre esos diques rígidos, pálidos, de la nueva canalización.

Como Dios quiso, dindín, dindín, llegó el tranvía. Y Gigi Mear se disponía a subir sin avisar que se parara, cuando, desde el nuevo Puente Cavour, oyó que lo llamaban a gritos.

– ¡Gigin! ¡Gigin!

Y vio a un señor que corría a su encuentro gesticulando como un telégrafo de brazos. El tranvía se marchó. En compensación, Gigi Mear tuvo el consuelo de encontrarse entre los brazos de un desconocido, su íntimo amigo, a juzgar por la violencia con que sentía que lo besaba aquí y allá sobre el pañuelo de seda que le cubría la boca.

– Te he reconocido enseguida, ¿sabes, Gigin? ¡Enseguida! Pero ¿qué veo? ¿Ya venerable? ¡Ja, ja, completamente blanco! ¿Y no te avergüenzas? Otro beso, ¿me permites, Gigione mío? ¡Por tu santa canicie! Estabas aquí quieto – me parecía que estabas esperándome. Cuando te he visto levantar los brazos para subir a ese demonio, me ha parecido una traición, ¡eso me ha parecido!

– ¡Ya! – dijo Mear, esforzándose por sonreír. – Iba a la oficina.

– ¡Hazme el favor de no hablar de porquerías en este momento!

– ¿Cómo?

– ¡Así! Te lo ordeno yo.

– Rogando siempre, ¡qué tendrá que ver! ¿Sabes que eres un buen tipo?

– Sí, lo sé. Pero tú no me esperabas, ¿no es verdad? Eh, lo leo en tu cara, no me esperabas.

– No… para decir la verdad…

– Llegué ayer por la tarde. Y te traigo saludos de tu hermano, que… ¡te causo risa!, quería darme un billete de presentación para ti. – ¡Cómo!, le digo. ¿Para Gigione? Pero si lo conocí antes que a usted, por decirlo de algún modo: amigos de infancia, por Dios, nos rompimos tantas veces la cabeza el uno al otro… Luego, compañeros de Universidad… La gran Padua, Gigione, ¿te acuerdas?, la campana que tú nunca escuchabas, nunca, durmiendo como un… digamos lirón, ¿eh?, sin embargo, lo que te convendría es cerdo. Basta. Una sola vez la oíste, ¡y creíste que daban la alarma de fuego! ¡Buenos tiempos! ¿Sabes?, tu hermano está bien, gracias a Dios. Hemos organizado juntos cierto negocio, y estoy aquí por esto. Oh, pero ¿qué tienes? Estás fúnebre. ¿Te has casado?

– ¡No, querido! – exclamó Gigi Mear, sacudiéndose.

– ¿Vas a casarte?

– ¿Estás loco? ¿Después de los cuarenta? ¡Ni en sueños!

– ¿Cuarenta? ¿Y si fueran cincuenta, Gigione, y cumplidos? Pero ya olvidaba que tú tienes la especialidad de no oír el sonido de nada: ni las campanas ni los años. Cincuenta, cincuenta, querido, te lo aseguro yo, cumplidos. ¡Suspiramos!, el asunto comienza a ponerse un poco serio. Has nacido… espera, en abril de 1851, ¿es verdad o no? El 12 de abril.

– Mayo, perdona, y mil ochocientos cincuenta y dos, perdona, – corrigió Mear, silabeando, despechado. – ¿O quieres saberlo ahora mejor que yo? Doce de mayo de 1852. Por tanto, cuarenta y nueve años y algunos meses.

– ¡Y nada de mujer! Muy bien. Yo, sí, ¿sabes? Ah, una tragedia, haré que te desternilles de risa. Se entiende, en tanto, que tú me has invitado a comer. ¿Dónde devoras en estos tiempos? ¿Siempre en el viejo Barba?

– Ah, – exclamó con creciente estupor Gigi Mear, – ¿también conoces el viejo Barba? ¿Quizás estabas también tú?

– ¿Yo? ¿En el Barba? ¿Cómo quieres que estuviera, si vivo en Padua? Me lo han dicho y me han contado las grandes proezas que haces, con los demás comensales, en esa vieja… ¿debo decir tasca, carnicería, mesón?

– Tasca, tascucha, – respondió Mear, – pero ahora… eh, si debes comer conmigo, es necesario que advierta a mi casa, a la criada…

– ¿Joven?

– ¡Eh, no, vieja, querido, vieja! Y a casa Barba, ¿sabes?, no voy ya, y proezas, basta, desde hace ya tres años. A cierta edad…

– ¡Después de los cuarenta!

– Después de los cuarenta, es necesario tener el coraje de volver la espalda a un camino que, si se sigue, llevaría al precipicio. Bajar, está bien, pero muy despacito, muy despacito, sin rodar. En fin, sube. Aquí vivo. Te enseño lo bonita que me he puesto la casita.

Muy despacito… bonita… la casita… – comenzó a decir el amigo, subiendo la escalera, detrás de Gigi Mear. – Pero tú, ahora, me hablas incluso con diminutivos, y estás tan gordo, tan superlativo, ¡pobre Gigione mío! ¿Qué te han hecho? ¿Te han quemado la cola? ¿Quieres hacerme llorar?

– ¡Bah! – dijo Mear, esperando en el rellano que la criada viniese a abrir la puerta. – Es necesario tomarse ya por las buenas esta viducha, acariciarla con diminutivos, o te la juega. No quiero para nada irme a la fosa a cuatro patas.

– ¡Ah! ¿Consideras al hombre bípedo? – saltó el otro en ese momento. – ¡No me lo digas, Gigione! Sé qué esfuerzos hago a veces para mantenerme erguido sobre dos patas solo. Créeme, amigo mío: si dejáramos hacer a la naturaleza, todos seríamos, por inclinación, cuadrúpedos. ¡Lo mejor! Más cómodos, bien colocados, siempre en equilibrio… ¡Cuántas veces me tiraría a caminar por el suelo, apoyando las manos, a gatas! ¡Esta maldita civilización nos arruina! Cuadrúpedo, yo sería una buena bestia salvaje; cuadrúpedo, te daría un par de patadas en el vientre por las bestialidades que has dicho; cuadrúpedo, no tendría mujer, ni deudas, ni pensamientos… ¿Quieres hacerme llorar? ¡Me voy!

Gigi Mear, atontado por la bufonesca habla de ese amigo suyo llovido del cielo, lo observaba torturándose la memoria para saber cómo diablos se llamaba, cómo y cuándo lo había conocido, en Padua, de muchacho o de estudiante de la Universidad; y pasaba y repasaba revista a todos sus íntimos amigos de entonces, en vano: ninguno respondía a la fisonomía de este. No osaba, entretanto, pedirle una aclaración. La intimidad que le mostraba era tanta y tal, que temía ofenderlo. Se propuso lograrlo con la astucia.

La criada tardaba en abrir. No se esperaba al señor de vuelta tan pronto. Gigi Mear llamó de nuevo, y ella vino al fin, chancleteando.

– Vieja mía, – le dijo Mear. – Aquí estoy de vuelta, y en compañía. ¡Pondrás la mesa para dos, hoy, y luego estás libre! ¡Con este amigo mío, que tiene un nombre curiosísimo, no se juega, atenta!

– ¡Antropófago Capribarbacornípedo! – exclamó el otro con una mueca que dejó a la pobre anciana perpleja sobre si sonreír o hacer la cruz. – ¡Y nadie quiere saber ya de este bonito nombre mío, vieja! Los directores de los bancos fruncen la nariz, los usureros se quedan atónitos. Solo mi mujer ha sido felicísima de tomarlo; pero solo el nombre, ¡bah!, he dejado que tome.  ¡A mí, no!, ¡a mí, no! Soy un joven demasiado bueno, ¡por el alma de todos los diablos! Venga, Gigione, puesto que tienes esta debilidad, muéstrame ahora tus miserias. Tú, vieja, en seguida: – ¡Pienso para la bestia!

Mear, vencido, lo llevó a dar una vuelta por los cinco cuartitos del apartamentito arregladas con cuidado amoroso, con el cuidado de quien no quiere encontrar ya nada que desear fuera de la propia casa, hecho el propósito de volverse un caracol. Saloncito, dormitorio, bañito, comedor, estudio.

En el saloncito, su estupor y su tortura aumentaron al oír hablar al amigo de las cosas más íntimas y particulares de su familia, mirando las fotografías colocadas en la mesa.

– ¡Gigione! Quisiera un cuñado como el que tú tienes.  ¡Si supieras lo sinvergüenza que es el mío!

– ¿Trata mal a tu hermana?

– ¡Me trata mal a mí! Y le resultaría tan fácil ayudarme, en una situación tal… ¡Pero!

– Perdona, – dijo Mear, – no recuerdo cómo se llama tu cuñado…

– ¡Olvídalo!, no puedes recordarlo, no lo conoces. Está en Padua desde hace apenas dos años. ¿Sabes qué me ha hecho? Tu hermano, tan bueno conmigo, me había prometido ayuda, si ese canalla me hubiera avalado las letras… ¿Lo creerías? ¡Me ha negado la firma! Y entonces tu hermano, que al fin y al cabo, aunque muy amigo, es un extraño, ha prescindido de ello, por lo mucho que se ha indignado… Es verdad que nuestro negocio es seguro… ¡Pero si te dijera la razón del rechazo de mi cuñado! Soy aún un buen joven, no puedes negarlo, simpaticón, no lo digo por decirlo. Pues bien, la hermana de mi cuñado ha tenido la mala inspiración de enamorarse de mí, pobrecilla. Muy buen gusto, pero poca discreción. Figúrate si yo… basta. Se ha envenenado.

– ¿Muerta? – preguntó Mear.

– No. Ha vomitado un poquito y se ha curado. Pero yo, lo comprenderás, no he podido volver a poner el pie en casa de mi cuñado, después de esta tragedia. Pero ¿comemos, santo Dios, o no? No veo del hambre que tengo. ¡Me como los codos!

Poco después, en la mesa, Gigi Mear, oprimido por las expansiones de afecto del amigo, que lo cargaba de malas palabras y por milagro no le pegaba, comenzó a pedirle noticias de Padua y de este y de aquel, esperando que a este se le escapara su propio nombre, así por azar, o esperando al menos, en la exasperación cada vez más creciente, lograr distraerse de la fijación de encontrarlo, mientras hablaba de otras cosas.

– Y cuéntame, y ese Valverde, director de la Banca de Italia, con esa mujer hermosísima y ese magnífico monstruo de hermana, bizca, por añadidura, si no me engaño ¿está aún en Padua?

El amigo, ante esta pregunta, estalló de risa.

– ¿Qué pasa? – continuó Mear, curioso. – ¿Acaso no es bizca?

– ¡Calla, calla! – rogó el otro que no lograba contener la risa, como en una convulsión.- Muy bizca. Y con una nariz, Dios nos libre, que deja ver el cerebro. ¡Es ella!

– ¿Ella?, ¿quién?

– ¡Mi mujer!

Gigi Mear se quedó aturdido y pudo de mala manera balbucir una estúpida excusa. Pero el otro volvió a reírse más fuerte y más largamente que antes. Al fin se tranquilizó, frunció las cejas, y suspiró profundamente.

– ¡Querido mío, – dijo, – hay heroísmos ignorados en la vida, que la más alocada fantasía de poeta no podrá nunca concebir!

– ¡Eh, sí! – suspiró Mear.- Tienes razón… comprendo…

– ¡No comprendes un cuerno! – negó enseguida el otro. – ¿Crees que yo quiero aludir a mí? ¿Yo, el héroe? Como mucho podría ser la víctima. Pero ni siquiera eso. El heroísmo ha sido el de mi cuñada, la mujer de Lucio Valverde. Oye: ciego, estúpido, imbécil…

– ¿Yo?

– No, yo, yo. Pude hacerme ilusiones con que la mujer de Lucio Valverde se hubiera enamorado de mí, hasta el punto de causarle una ofensa al marido que, en conciencia, puedes creerlo, Gigin, se lo habría merecido. ¡Pero qué! ¡Pero qué! ¿Sabes lo que era, en cambio? Desinteresado espíritu de sacrificio. Escúchame. Valverde se marcha, o mejor, finge que se marcha como se hace habitualmente (de acuerdo, ciertamente, con ella). Y ella entonces me recibe en casa. Llegado el momento trágico de la sorpresa, me echa a la habitación de la cuñada bizca, la cual, acogiéndome toda temblorosa y pudorosa, parecía sacrificarse también ella por la paz y por el honor del hermano. Yo apenas tuve el tiempo para gritar: “Pero tenga paciencia, señora mía, cómo es posible que Lucio crea en serio…”. No pude acabar; Lucio irrumpió, furioso, en la habitación, y el resto te lo puedes imaginar.

– ¿Y cómo? – exclamó Gigi Mear, – ¿tú, con tu espíritu?…

– ¿Y mis letras? – gritó el otro. – ¿Mis letras sin pagar, cuya renovación me aceptaba Valverde por las buenas gracias fingidas de la mujer? Ahora me las contestaría ipso facto, ¿comprendes? Y me arruinaría. ¡Vil rescate! No hablemos más de ello, te lo ruego. A fin de cuentas, visto y considerado que no tengo ni siquiera una moneda mía y que no la tendré nunca, visto y considerado que no tengo intención de casarme…

– ¡Cómo! – lo interrumpió, en este punto, Gigi Mear. – ¡Si te has casado!

– ¿Yo? ¡Ah, no, de verdad! Ella se ha casado conmigo, ella sola. Yo, por mi cuenta, se lo he dicho antes. Pactos claros, queridos amigos: “Usted, señorita, ¿quiere mi nombre? ¡Pues cójalo, que a mí me sobra! Pero basta, ¿eh?”

– Así que, – se arriesgó Gigi Mear, complacido, – no hay nada más; antes se llamaba Valverde y ahora se llama…

– ¡Desgraciadamente! – soltó el otro, levantándose de la mesa.

– ¡Ah, no, escucha! – exclamó Gigi Mear, no pudiendo más y armándose de valor. – Tú me has hecho pasar una mañana deliciosa: yo te he acogido como a un hermano, ahora tienes que hacerme un favor…

– ¿Acaso quieres que te preste a mi mujer?

– ¡No, gracias! Quiero que me digas cómo te llamas.

– ¿Yo?, ¿cómo me llamo yo? – preguntó el amigo, sintiendo que caía de las nubes y poniéndose el índice de una mano en el pecho, como si no creyera en sí mismo. – ¿Qué quieres decir?, ¿no lo sabes? ¿Ya no te acuerdas?

– No – confesó, humillado, Mear. – Perdóname, llámame el hombre más desmemoriado de la tierra, pero yo precisamente podría jurar que nunca te he conocido.

– ¿Ah, sí? ¡Ah, muy bien! ¿Muy bien! –continuó aquel. – Querido Gigione mío, dame la mano. Te agradezco de todo corazón la comida y tu compañía, y me voy sin decírtelo. ¡Figúrate!

– ¡Por Dios que me lo dirás! – saltó Gigi Mear, poniéndose en pie. – ¡Me he torturado el cerebro una mañana entera! No te dejaré salir, si no me lo dices.

– Mátame, – respondió el amigo impasible, – córtame en pedazos, pero no te lo diré.

– ¡Vamos, sé bueno! –continuó, cambiando de tono, Mear. – No había notado antes de ahora… mira, esta falta mía de memoria, y te juro que me causa una penosísima impresión: tú, en este momento, representas una pesadilla para mí. Dime cómo te llamas, ¡por caridad!

– Vete tú a saber.

– ¡Te lo ruego! Mira, el olvido no me ha impedido hacer que te sientes a mi mesa, y, por lo demás, incluso cuando yo no te hubiese conocido, incluso cuando tú no hubieses sido nunca mi amigo, ahora ya lo eres, y queridísimo, ¡créelo!, siento por ti una simpatía fraterna, te admiro, te quisiera siempre a mi lado. Por ello, ¡dime cómo te llamas!

– Es inútil, lo sabes, – concluyó el otro, – no me seduces. Sé razonable: ¿quieres que me prive ahora de este inesperado placer, de hacer que te quedes con un palmo de narices, sin saber a quién le has dado de comer? No, vamos, pretendes demasiado, y se ve precisamente que ya no me conoces. Si quieres que no te guarde rencor por este indigno olvido, deja que me marche así.

– ¡Vete enseguida, entonces, te lo ruego! – exclamó Gigi Mear, exasperado. – ¡No puedo verte ya delante de mí!

– Me voy, sí. Pero antes un besito, Gigione: me marcho mañana…

– ¡No te lo doy! – gritó Mear, – si no me dices…

– Basta, no, no, basta. Y entonces, adiós, ¿eh? – cortó el otro.

Y se fue riendo y volviéndose por la escalera a saludarlo con la mano, una vez más.

[1] ´Conti` se corresponde con los términos españoles ´condes` y ´cuentas`.

1.12 Si…

– ¿Sale o llega? – se preguntó a sí mismo Valdoggi, oyendo el silbido de un tren y mirando desde una mesita, delante del chalet en la Piazza delle Terme, el edificio de la estación ferroviaria.

Se había aferrado al silbido del tren, como se hubiera aferrado al zumbido sordo y continuo que hacen las bombillas de la luz eléctrica, con tal de distraer los ojos de un cliente que, en la mesita de al lado, lo miraba con irritante inmovilidad.

Durante algunos minutos lo consiguió. Se representó con el pensamiento el interior de la estación, donde el fulgor opalino de la luz eléctrica contrasta con la vacuidad hosca y oscuramente sonora bajo el inmenso tragaluz tiznado; y se puso a imaginar todos los aprietos de un viajero, ya sea que se marche, ya sea que llegue.

Inadvertidamente, sin embargo, su mirada se posó de nuevo en el cliente de la mesa de al lado.

Era un hombre de unos cuarenta años, vestido de negro, con los cabellos y los bigotes rojizos, ralos, lacios, la cara pálida y los ojos entre verdes y grises, turbios y hundidos.

A su lado estaba una viejecita medio dormida, a cuya placidez le daba un aire muy extraño el vestido color canela diligentemente adornado con cordoncillo negro en zigzag, y el sombrerito gastado y deslucido en los cabellos lanosos, cuyos lazos negros terminados en punta por una cenefa de entorchado de plata, que hacía que parecieran dos lazos sacados de una corona mortuoria, estaban anudados voluminosamente bajo el mentón.

Valdoggi retiró pronto, de nuevo, la mirada de ese hombre, pero esta vez, presa de una verdadera exasperación que le obligó a girarse en la silla de modo grosero y a resoplar por la nariz.

¿Qué quería en suma ese desconocido? ¿Por qué lo miraba de ese modo?

Se volvió otra vez: quiso mirarlo también él, con la intención de hacer que bajara los ojos.

– Valdoggi – susurró entonces el otro, casi para sí mismo, moviendo ligeramente la cabeza, sin mover los ojos.

Valdoggi frunció las cejas y se echó un poco hacia delante para distinguir mejor la cara del que había murmurado su nombre. ¿O se había engañado? Y sin embargo, esa voz…

El desconocido sonrió tristemente y repitió:

– Valdoggi, ¿no es así?

– Sí… – dijo Valdoggi perdido, intentando sonreír, indeciso. Y balbució: – Pero yo… perdone… usted…

– ¿Usted? ¡Soy Griffi!

– ¿Griffi? Ah… – dijo Valdoggi, confuso, más perdido aún, buscando en el recuerdo una imagen que le reavivara ese nombre.

– Lao Griffi… decimotercer regimiento de infantería… Potenza…

– ¡Griffi!… ¿tú? – exclamó Valdoggi de pronto, desconcertado. – ¿Tú?… así…

Griffi acompañó con un desolado movimiento de cabeza las exclamaciones de estupor del reencontrado amigo; y cada movimiento era quizás a la vez una señal y un saludo conmovido a los recuerdos del buen tiempo perdido.

– ¡Justo yo… así! Irreconocible, ¿no es verdad?

– No… no digo… pero te imaginaba…

– Di, di, ¿cómo me imaginabas? – lo interrumpió en seguida Griffi; y, casi empujado por un ansia extraña, con un movimiento repentino se le acercó, parpadeando varias veces seguidas y cogiéndose las manos, como para reprimir la agitación. – ¿Cómo me imaginabas? Eh, ciertamente… di, di… ¿cómo?

– ¡Yo qué sé! – dijo Valdoggi. – ¿En Roma? ¿Te has licenciado?

– No, dime cómo me imaginabas, ¡te lo ruego! – insistió Griffi vivamente. – Te lo ruego…

– Pues… aún oficial, ¡qué sé yo! – continuó Valdoggi levantando los hombros. – Capitán, por lo menos… ¿Te acuerdas? Oh, ¿y Artaserse?… ¿te acuerdas de Artaserse, el tenientito?

– Sí… sí… – respondió Lao Griffi, casi llorando. – Artaserse… ¡Eh, otro!

– ¡Quién sabe qué es de él!

– ¡Quién sabe! – repitió el otro con solemne y oscura gravedad, abriendo por completo los ojos.

– Yo te creía en Udine… – continuó Valdoggi, para cambiar de tema.

Pero Griffi suspiró, abstraído y absorto.

– Artaserse…

Luego se sacudió de pronto y preguntó:

– ¿Y tú? ¿También tú, licenciado, no es así? ¿Qué te ha pasado?

– A mí, nada, – respondió Valdoggi. – Terminé en Roma el servicio…

– ¡Ah, ya! Tú, alumno oficial… Lo recuerdo muy bien: no me eches cuenta… Lo recuerdo, lo recuerdo…

La conversación languideció. Griffi miró a la viejecita que estaba a su lado dormida.

– ¡Mi madre! – dijo, señalándola con expresión de profunda tristeza en la voz y en el gesto.

Valdoggi, sin saber por qué, suspiró.

– Duerme, pobrecita…

Griffi contempló un rato a su madre en silencio. Los primeros toques de violines de un concierto de ciegos en el café lo sacudieron, y se volvió a Valdoggi.

– En Udine, pues. ¿Te acuerdas?, yo había pedido que me adscribieran o al regimiento de Udine, porque esperaba durante alguna licencia de un mes pasar la frontera (sin desertar), para visitar un poco Viena, ¡dicen que es tan hermosa!… y un poco Alemania; o bien el regimiento de Bolonia para visitar la Italia central: Florencia, Roma… En el peor de los casos, quedarme en Potenza – ¡en el peor de los casos, atiende! Pues bien, el Gobierno me dejó en Potenza, ¿comprendes? ¡En Potenza, en Potenza! Economías… economías… ¡Y se arruina, se asesina así a un pobre hombre!

Pronunció estas últimas palabras con voz tan cambiada y vibrante, con gestos tan insólitos, que muchos clientes se volvieron a mirarlo de las mesas del alrededor, y alguno calló.

La madre se despertó de sobresalto y, acomodándose de prisa el gran nudo bajo el mentón, le dijo:

– Lao, Lao… te lo ruego, sé bueno…

Valdoggi lo observó, entre aturdido y asombrado, no sabiendo cómo comportarse.

– Ven, ven, Valdoggi,- continuó Griffi, fulminando con la mirada a la gente que se volvía. – Ven, levántate, mamá. Quiero contarte… O pagas tú, o pago yo… Pago yo, déjalo…

Valdoggi intentó oponerse, pero Griffi quiso pagar él: se levantaron y se dirigieron los tres hacia la Plaza de la Independencia.

– En Viena, – continuó Griffi, apenas se alejaron del café, – es como si hubiera estado verdaderamente. Sí… He leído guías, descripciones… he pedido noticias, aclaraciones a viajeros que han estado… he visto fotografías, panoramas, todo… puedo, en suma, hablar muy bien, casi con conocimiento de causa, como se dice. Y así de todos esos pueblos de Alemania que hubiera podido visitar, al pasar la frontera, en mi vuelta de un mes. Sí… De Udine, por lo demás, ni te hablo: he estado allí de verdad; he querido ir tres días, y lo he visto todo, todo lo he examinado, he intentado vivir allí tres días la vida que habría podido vivir, si el Gobierno asesino no me hubiera dejado en Potenza. Lo mismo he hecho en Bolonia. Y tú no sabes lo que quiere decir vivir la vida que habrías podido vivir, si un caso independiente de tu voluntad, una contingencia imprevisible, no te hubiese distraído, desviado, despedazado la existencia, como me ha pasado a mí, ¿comprendes?, a mí…

– ¡El destino! – suspiró en ese instante con los ojos bajos la vieja madre.

– ¡El destino!… – se dirigió a ella el hijo, con ira. – Tú repites siempre esta palabra que me pone terriblemente nervioso, ¡lo sabes! Si dijeras al menos imprevisión, predisposición… Aunque sí – ¡la previdencia!, ¿en qué te beneficia? Se está siempre expuesto, siempre, a la discreción de la suerte. Pero mira, Valdoggi, de qué depende la vida de un hombre… quizás no puedas entenderme bien ni siquiera tú; pero imagina a un hombre, por ejemplo, que se vea obligado a vivir, encadenado, con otra criatura, a la cual le guarda un intenso odio, sofocado hora tras hora por las más amargas reflexiones: ¡imagínalo! Oh, un buen día, mientras estás desayunando, tú aquí, ella allí, conversando, ella te cuenta que, cuando era niña, su padre estuvo a punto de marcharse, pongamos, a América, con toda la familia, para siempre; o bien, que faltó poco para que ella se quedase ciega por haber querido un día meter la nariz en ciertos inventos químicos del padre. Pues bien: tú que sufres un infierno a causa de esta criatura, puedes librarte de la reflexión de que, si un caso u otro (probabilísimos ambos) hubiese sucedido, tu vida no sería la que es: “¡Oh, si hubiese sucedido! ¡Tú serías ciega, querida mía; yo no sería ciertamente tu marido!”. E imaginarías, quizás compadeciéndola, su vida de ciega y la tuya de soltero, o en compañía de otra mujer cualquiera…

– Pues por ello te digo que todo es destino –dijo una vez más, convencidísima, sin descomponerse, la viejecita, con los ojos bajos, caminando con paso pesado.

– ¡Me sacas de quicio! – gritó esta vez, en la plaza desierta, Lao Griffi.- ¿Todo lo que sucede tenía, por tanto, que suceder fatalmente? ¡Falso! Podía no suceder, si… Y aquí me pierdo yo: ¡en este si! Una mosca obstinada que te molesta, un movimiento que haces para apartarla, pueden convertirse de aquí a seis, diez, quince años en una causa para ti de quién sabe qué desgracia. ¡No exagero, no exagero! Es cierto que nosotros, viviendo, mira, liberamos – así – lateralmente, fuerzas imponderables, inconsideradas – oh, antepón esto. Por sí mismas, además, estas fuerzas se explican, se desarrollan latentes, y te tienden una red, una insidia que no puedes descubrir, pero que al final te envuelve, te aprieta, y tú entonces te encuentras atrapado, sin saber explicarte cómo y por qué. ¡Así es! Los placeres de un momento, los deseos inmediatos se te imponen, ¡es inútil! La misma naturaleza del hombre, todos tus sentidos te los reclaman tan espontánea e imperiosamente, que no puedes resistirte; los daños, los sufrimientos que se derivan no se te asoman al pensamiento con tal precisión, ni tu imaginación puede presentir estos daños, estos sufrimientos, con tanta fuerza y tal claridad, que tu inclinación irresistible a satisfacer esos deseos, a tomarte esos placeres sea frenada. ¡Si alguna vez, buen Dios, ni siquiera la conciencia de los males inmediatos es un obstáculo que basta contra los deseos! Somos débiles criaturas… ¿Las lecciones, dices, de la experiencia ajena? No sirven para nada. Cada uno puede pensar que la experiencia es fruto que nace según la planta que lo produce y el terreno en que la planta germina; y si yo me considero, por ejemplo, un rosal nacido para producir rosas, ¿por qué debo envenenarme con el fruto tóxico cogido del árbol triste de la vida ajena? No, no. – Somos débiles criaturas… No es el destino, por tanto, ni la fatalidad.  Siempre puedes remontarte a la causa de tus daños o de tus fortunas; a menudo, quizás, no la descubres; pero, a pesar de ello, la causa existe: o tú u otro, o esto o aquello. Así es precisamente, Valdoggi; y escucha: mi madre sostiene que soy aberrante, que no razono…

– Razonas demasiado, me parece… – afirmó Valdoggi, ya medio mareado.

– ¡Sí! ¡Este es mi mal! – exclamó con viva y espontánea sinceridad Lao Griffi, cerrando los claros ojos. – Pero yo quisiera decirle a mi madre: ¡oye, no he sido previsor, oh! – cuanto quieras… – estaba incluso predispuesto, muy predispuesto al matrimonio – ¡lo acepto! ¿Pero está dicho que en Udine o en Bolonia habría encontrado a otra Margarita? (Margarita era el nombre de mi mujer)

– ¡Ah! – dijo Valdoggi.- ¿Ha muerto?

A Lao Griffi se le cambió de pronto la cara y se metió las manos en los bolsillos, encogiendo los hombros.

La viejecita inclinó la cabeza y tosió ligeramente.

– ¡La he matado! – respondió Lao Griffi secamente. Luego preguntó: – ¿No lo has leído en los periódicos?  Creía que lo sabías…

– No… no sé nada… – dijo Valdoggi sorprendido, cohibido, afligido por haber tocado una tecla que no debía, pero curioso por saber.

– Te lo contaré, – continuó Griffi. – Salgo ahora de la cárcel. Cinco meses de cárcel. Pero preventiva, ¡cuidado! Me han absuelto. ¡Eh, lo sabía! ¡Pero si me dejaban dentro, no creas que me habría importado! Dentro o fuera, ¡ahora, todo es una cárcel! Así les he dicho a los jueces: “Hagan conmigo lo que quieran: condénenme o absuélvanme, que para mí es lo mismo. Me duele lo que he hecho, pero en ese instante terrible no supe, no pude hacer otra cosa. Quien no tiene culpa, quien no tiene que arrepentirse, es un hombre libre siempre; incluso si ustedes me condenan, seré siempre libre, interiormente: de lo exterior ya no me importa nada”. Y no quise añadir nada más, ni quise disculpas del abogado. Todo el pueblo, sin embargo, sabía bien que yo, la templanza, la morigeración en persona, había contraído por ella una montaña de deudas… que me había visto obligado a licenciarme… Y además… ah, además… ¿Puedes decirme cómo una mujer, después de haberle costado tanto a un hombre, puede hacer lo que ella me hizo? ¡Infame! ¿Pero sabes?, con estas manos… Te juro que no quería matarla; quería saber cómo lo había hecho, y se lo preguntaba, sacudiéndola, aferrada, así, por la garganta… apreté demasiado. Él se había tirado por la ventana, al jardín… Su antiguo novio…  Sí, antes lo había dejado plantado, como se dice, por mí, por el simpático oficialito… ¡Y mira, Valdoggi! Si ese estúpido no se hubiera alejado durante un año de Potenza, dándome así la oportunidad de enamorarme para mi desgracia de Margarita, en este momento serían sin duda marido y mujer, y probablemente felices… Sí. Los conocía bien a los dos: estaban hechos para entenderse de maravilla. Puedo muy bien, mira, imaginarme la vida que habrían vivido juntos. Es más, me la imagino. Puedo creerlos vivos a ambos, cuando quiero, allí, en Potenza, en su casa… Conozco incluso la casa donde habrían ido a vivir, apenas casados. No tengo sino que poner allí a Margarita, viva, como tantas veces la he visto, figúrate, en los diferentes quehaceres de la vida… Cierro los ojos y la veo por esas habitaciones, con las ventanas abiertas al sol, cantando con su vocecita llena de trinos y gorjeos. ¡Cómo cantaba! Tenía, así, las manos entrelazadas sobre la cabeza rubia. “¡Buenos días, esposa feliz!” – Hijos no tendrían, ¿sabes? Margarita no podía… ¿Ves?  Si hay locura, esta es mi locura… Puedo ver todo lo que habría sucedido, si lo que ha pasado no hubiera pasado. Lo veo, vivo en ello; es más, solo vivo en ello… El si, en suma, el si, ¿comprendes?

Calló un buen rato, luego exclamó con tanta exasperación, que Valdoggi se volvió para mirarlo, creyendo que lloraba:

– ¿Y si me hubieran enviado a Udine?

La viejecita no repitió esta vez: ¡El destino! Pero ciertamente se lo dijo en su interior. Tan verdad era, que sacudió con amargura la cabeza y suspiró dulce, con los ojos siempre en el suelo, moviendo bajo la barbilla todos los entorchados de plata de esos dos lazos de la corona mortuoria.

1.13 Remedio: la geografía

La brújula, el timón… ¡Eh, sí! Si se quiere navegar… Deberíais demostrarme, sin embargo, que también es necesario, quiero decir que lleva a una conclusión cualquiera, tomar una ruta u otra, o atracar mejor en este puerto que en aquel.

– ¡Cómo! – decís, ¿y los negocios?, ¿sin una regla, sin un criterio directivo? ¿Y la familia?, ¿y la educación de los hijos?, ¿y la buena reputación en la sociedad?, ¿y la obediencia que se debe a las leyes del Estado?, ¿y el cumplimiento de los propios deberes?

Con este azul que se bebe líquido, hoy… ¡Por caridad! ¿Acaso no cuido regularmente mis negocios? Mi familia… Ah, sí, os ruego que me creáis, mi mujer me odia. Regularmente y ni más ni menos de cuanto vuestras mujeres os odian a vosotros. E incluso mis pequeños, ¿acaso pretendéis que yo no los educo regularmente, como vosotros a los vuestro? Con un provecho, creedlo, no muy diferente del que vuestra sabiduría logra obtener. Obedezco todas las leyes del Estado y escrupulosamente observo mis deberes.

Sin embargo, a decir verdad, le doy – ¿cómo decirlo? – una cierta elasticidad espiritual a todos estos ejercicios; me aprovecho de todas esas nociones científicas, positivas, aprendidas en la infancia y en la adolescencia, de las que vosotros, que también las aprendisteis igual que yo, demostráis que no sabéis o no queréis aprovecharos.

Con mucho perjuicio, os lo aseguro, de vuestra salud.

Cierto que no es fácil servirse oportunamente de esas nociones que contrastan, por ejemplo, con las ilusiones de los sentidos. Que la tierra se mueve, por ejemplo, podría servirle oportunamente, como una elegante excusa, a un borracho. Nosotros, en realidad, no sentimos que se mueva, sino de vez en cuando, por algún modesto terremoto. Y las montañas, dada nuestra estatura, tan altas las vemos, que – comprendo – considerarlas pequeños pliegues de la corteza terrestre no es fácil.  Pero santo Dios, pregunto y digo ¿entonces por qué hemos estudiado tanto de pequeños? Si constantemente recordáramos lo que la ciencia astronómica nos ha enseñado, el ínfimo, casi incalculable lugar que nuestro planeta ocupa en el universo…

Lo sé; está también la melancolía de los filósofos que admiten, sí, que la tierra es pequeña, pero no pequeña si el alma puede concebir la infinita grandeza del universo.

Ya. ¿Quién lo ha dicho? Blaise Pascal.

Sería necesario, por ello, pensar que esta grandeza del hombre, entonces, si acaso, es solo a condición de entender, frente a esa infinita grandeza del universo, su infinita pequeñez, y, por ello, el hombre es grande solo cuando se siente pequeñísimo, y nunca tan pequeño como cuando se siente grande.

Y entonces, de nuevo, pregunto y digo ¿qué confort y qué consuelo nos puede venir de esta singular grandeza de sabernos aquí condenados a la desesperación de ver grandes las cosas pequeñas (todas nuestras cosas, de aquí, de la tierra) y pequeñas, las grandes, como serían las estrellas del cielo? ¿Y no valdría más entonces para cualquier desgracia que nos suceda, para cada pública o privada calamidad, mirar hacia arriba y pensar que desde las estrellas, señores, la tierra ni siquiera se supone que existe y que al fin y al cabo todo es, por tanto, como nada?

Vosotros decís:

– Muy bien. Pero ¿si entretanto, aquí en la tierra, se me hubiera muerto, por ejemplo, un hijo?

Eh, lo sé. El caso es grave. Y más grave se hará, os lo digo yo, cuando comencéis a salir de vuestro dolor y bajo los ojos que no quisieran ya ver se muestre, ¿qué sé yo?, la gracia tímida de estas florecitas blancas y celestes que brotan ahora en los prados con los primeros soles de marzo; y apenas la dulzura de vivir que, aun sin querer, sentiréis con las nuevas tibiezas embriagadoras de la primavera, se os transforme en una más densa angustia al pensar en él que, entretanto, ya no la puede sentir.

¿Y bien?… Pero ¿qué consuelo, en nombre de Dios, quisierais vosotros tener de la muerte de vuestro hijo? ¿No es mejor nada? Pues, sí, nada, creedme. Esta nada de la tierra, no solo para las desgracias, sino incluso para esta dulzura de vivir que nos da: la nada absoluta, en definitiva, de todas las cosas humanas que podemos pensar mirando al cielo Sirio o el Alfa del Centauro.

No es fácil. Gracias. ¿Es que quizás os estoy diciendo que es fácil? La ciencia astronómica, os ruego que lo creáis, es dificilísima no solo de estudiar, sino incluso de aplicar a los casos de la vida.

Por lo demás, os digo que sois incoherentes. Queréis tener, de este planeta nuestro, la opinión de que merece cierto respeto, y que no es además tan pequeño en relación a las pasiones que nos agitan, y que ofrece muchas hermosas vistas y variedades de vida y de climas y de costumbres; y luego os encerráis en una cáscara y no pensáis ni siquiera en tanta vida que se os escapa, mientras estáis todos abatidos en un pensamiento que os aflige o en una miseria que os oprime.

Lo sé; vosotros ahora me respondéis que no es posible, cuando un afán os apremia de verdad, cuando una pasión os ciega, huir con el pensamiento y confundirse imaginando una vida distinta, en otro lugar. Pero yo no digo que os pongáis con la imaginación a vosotros mismos en otro lugar, ni que finjáis una vida distinta a la que os hace sufrir. Eso lo hacéis comúnmente, suspirando: ¡Ay, si no fuese así! ¡Ay, si tuviese esto o lo otro! ¡Ay, si pudiera estar allí! Y son vanos suspiros. Porque vuestra vida, si pudiese en verdad ser diferente, quién sabe qué sentimientos, qué esperanzas, qué deseos os suscitaría diferentes a estos que ahora os suscita por el solo hecho de que ella es así! Tan cierto es esto, que esos que son como vosotros queréis ser, o que tienen lo que quisierais tener, o que están donde desearíais, os enojan, porque os parece que en esas condiciones envidiadas por vosotros no saben estar alegres como vosotros lo estaríais. Y es un enojo – perdonadme – de estúpidos. Porque esas condiciones las envidiáis porque no son las vuestras, y si lo fueran, no seríais ya vosotros, quiero decir con este deseo de ser diferentes de los que sois.

No, no, queridos míos. Mi remedio es otro. No es fácil ciertamente ni siquiera este, pero posibilísimo. Tanto, que he podido experimentarlo yo mismo.

Lo entreví aquella noche – una de las tantas tristísimas – que me tocó velar una larga, eterna agonía: aquella en la que mi pobre madre durante meses y meses casi se había quedado como un cadáver.

Para mi mujer, era la suegra; para mis hijos moría alguien de quien yo era hijo. Hablo así, porque cuando yo muera, me velará alguno de ellos, eso se espera. ¿Habéis comprendido? Esa vez moría mi madre; y por tanto, no les correspondía e ellos, sino a mí.

– ¡Pero cómo! – decís. – ¡La abuela!

Ya. La abuelita. La querida abuelita… y además también yo, que – os lo aseguro – podía merecerme un poco de consideración, no hacerme estar en pie incluso de noche, con todo ese frío, que me caía a pedazos del cansancio, después de una jornada de fatigosísimo trabajo.

Pero ¿sabéis cómo es? El tiempo de la abuelita, de la querida abuelita se había acabado desde hacía mucho. Se les había estropeado a los nietecitos el juguete de la querida abuelita, desde que la vieron, tras la operación de catarata, con un ojo muy grande y vano en la concavidad del vidrio de las gafas; y el otro, pequeño. En presentar una abuelita así ya no había nada hermoso. Y poco a poco se volvió sorda como una tapia, la pobre abuelita; tenía ochenta y cinco años y ya no comprendía nada; un fardo de carne que jadeaba y apenas se mantenía, pesada y titubeante; y obligaba a cuidados, para los que se requería una adoración como la mía, para vencer la pena y el asco que costaban.

Se pensaba, viéndola, en un espantoso castigo, del que nadie mejor que yo sabía que mi pobre madre no era merecedora; abandonada allí, ya sin nada de lo que un tiempo fue, ni siquiera la memoria; solo carne, vieja carne deshecha que padecía, que continuaba padeciendo, quién sabe por qué…

Pero el sueño, señores míos… No queda ya ningún afecto que se mantenga, cuando una necesidad cruel obliga a descuidar ciertas necesidades, que forzosamente deben ser satisfechas. Intentad no dormir muchas y muchas noches seguidas, después de haber currado todo el día. El pensamiento de mis hijos, que durante todo el día no habían hecho nada y que ahora dormían sabrosamente, al calor, mientras yo temblaba y moría de frío, en esa habitación infectada por el hedor de los medicamentos, me hacía saltar de rabia como un oso, y sentía la tentación de ir corriendo a arrancarles las colchas de sus camitas y de la cama de mi mujer para verlos salir del sueño en pijama con ese frío. Pero luego, al sentir en mí cómo habrían temblado, y al pensar que habría querido estar en su lugar, para que temblaran ellos en el mío, no ya contra ellos, sino que me rebelaba contra la crueldad de esa suerte, que aún tenía allí, agonizante e insensible a todo, el cuerpo, solo el cuerpo ya, y este casi irreconocible, de mi madre; y pensaba, sí, sí, pensaba que, Dios, podía finalmente dejar de agonizar.

Hasta que una vez, en el terrible silencio sobrevenido en la habitación en una momentánea suspensión de ese estertor, me sorprendí en el espejo del armario, volviendo no sé por qué la cabeza, inclinado sobre la cama de mi madre y con la intención de espiar de cerca, si no se había muerto.

Vi con horror en ese espejo mi cara. Precisamente como para dejarse ver por mí, esta conservaba, mientras la miraba, la misma expresión con la que estaba suspendida mientras espiaba, en un pavor casi alegre, la liberación.

La vuelta del estertor me infundió en ese momento tal horror de mí mismo, que me escondí esa cara, como si hubiera cometido un delito. Pero comencé a llorar como un niño: como el niño que había sido para esa madre santa mía, de la que, sí, sí, quería aún la piedad por el frío y el cansancio que sentía, a pesar de haber acabado hacía poco por desear su muerte, pobre madre santa, que cuántas noches había perdido por mí, cuando de pequeño estaba enfermo… ¡Ay! Estrangulado por la angustia me puse a pasear por la habitación.

Pero ya no podía mirar nada, porque me parecían vivos, en su inmovilidad suspendida, los objetos de la habitación: allí la arista iluminada del armario, aquí el pomo de bronce de la cama en el que poco antes había posado la mano. Desesperado, caí sentado ante el escritorio de la más pequeña de mis hijas, la nietecita que hacía aún las tareas de la escuela en la habitación de la abuela. No sé cuánto tiempo me quedé allí. Sé que ya entrado el día, tras un tiempo inconmensurable, durante el cual ya no había advertido mínimamente ni el cansancio, ni el frío, ni la desesperación, me encontré con el tratado de geografía de mi hija bajo los ojos, abierto por la página 75, garrapateado en los márgenes y con una mancha de tinta celeste en la eme de Jamaica.

Había estado todo ese tiempo en la isla de Jamaica, donde están las Montañas Azules, donde la playas del norte se levantan poco a poco hasta unirse con la dulce pendiente de amenas colinas, la mayor parte separadas las unas de las otras por valles espaciosos llenos de sol, y cada valle con su riachuelo y cada colina con su cascada. Había visto bajo las aguas claras las paredes de las casas de la ciudad de Porto Reale hundidas en el mar por un terrible terremoto; las plantaciones de azúcar y de café, del  trigo de India y de Guinea; los bosques de las montañas; había olido y respirado con indecible confort el olor caliente y graso del estiércol en los grandes establos de criadero; pero precisamente olido y respirado, precisamente visto todo, con el sol que hay allí sobre esos prados, con los hombres y con las mujeres y con los muchachos como están allí, llevando con las cestas y volcando a montones en los claros asolados la recolección de café para que se seque; con la certeza precisa y tangible de que todo esto era verdad, en esa parte del mundo tan lejana; tan verdad como para sentirlo y oponerlo como una realidad igualmente viva a la que me rodeaba allí en la habitación de mi madre moribunda.

En fin, nada más que esta certeza de una realidad de vida en otro lugar, lejana y diversa, para contraponer, de una en una, a la realidad presente que os oprime; pero así, sin ningún nexo, ni siquiera de contraste, sin ninguna intención, como una cosa que es porque es, y que vosotros no podéis negar que sea. Este es el remedio que os aconsejo, amigos míos. El remedio con el que yo me encontré casualmente esa noche.

Y para no divagar demasiado, y ordenaros de algún modo la imaginación, para que no tengáis que cansaros excesivamente, haced como he hecho yo, que a cada uno de mis cuatro hijos y a mi mujer les he asignado una parte del mundo, en el que me pongo inmediatamente a pensar, apenas ellos me molestan o me afligen. 

Mi mujer, por ejemplo, es Laponia. ¿Que pretende de mí algo que no puedo darle? Apenas comienza a pedírmela, ya estoy en el golfo de Botnia, amigos míos, y le digo seriamente como si nada fuese:

– Umea, Lulea, Pitea, Skelleftea…

– Pero ¿qué dices?

– Nada, querida. Los ríos de Laponia.

– ¿Y qué tienen que ver los ríos de Laponia?

– Nada, querida. No tienen nada que ver de hecho. Pero existen, y ni tú ni yo podemos negar que en este preciso momento desembocan allí en el golfo de Botnia. Y si vieses, querida, si vieses como veo yo la tristeza de ciertos sauces y de ciertos abedules, allí… De acuerdo, sí, no tienen nada que ver tampoco los sauces y los abedules; pero también ellos existen, querida, y tan tristes en torno a los lagos helados entre las estepas. Lap o Lop, ¿sabes?, es una injuria. Los propios Lapones se llaman Sami. ¡Sucios enanos, querida mía! Que te baste saber… – sí, lo sé, todo esto no tiene verdaderamente nada que ver – pero que te baste saber que, mientras yo te estimo tanto, ellos tienen tan poca fidelidad conyugal, que le ofrecen la mujer y las hijas al primer forastero que llega. Por lo que a mí se refiere, puedes estar segura: no me tienta para nada, querida, aprovecharme.

– Pero ¿qué diablo estás diciendo? ¿Estás loco? Yo te estaba preguntando…

– Sí, querida. Tú me estás preguntando, no digo lo contrario. Pero ¡qué triste país es Laponia!…

 1.14 Respuesta

¡Te has desahogado bien, amigo mío!

Verdaderamente es de lamentar que tú, violentando tu natural disposición, no hayas podido dedicarte a las Musas. ¡Cuánto calor en tus expresiones, y con qué transparente evidencia, en pocos toques, haces que salten vivos ante los ojos lugares, hechos y personas!

Estás dolido, estás indignado, pobre Marino mío; y no quisiera que esta respuesta mía aumentara tu dolor y tu indignación. Pero tú quieres que yo te exponga francamente lo que pienso de tu caso. Lo haré para contentarte, aun estando seguro de que no te contentaré.

Sigo mi método, si me lo permites. Primero, resumo brevemente los hechos, luego te expongo, con la franqueza que deseas, mi parecer.

Por tanto, con orden.

I. PERSONAS, CARACTERÍSTICAS Y CONDICIONES.

a) La señorita Anita. – Veintiséis años (apenas demuestra veinte; está bien; pero son en tanto veintiséis, y cumplidos). Morena; ojos nocturnos:

En sus ojos la noche se recoge,
profunda…

Labios de coral; y está bien.

Pero ¿y la nariz, amigo mío? No me hablas de la nariz.  A las morenas, ante todo, mirarles la nariz; y señaladamente las aletas de la nariz.

Estoy seguro de que la señorita Anita la tiene un poco respingona. No digo fea; digamos mejor naricita; pero respingona. Y con dos aletas mejor carnositas, que se le dilatan mucho cuando aprieta los dientes, cuando detiene los ojos en el vacío y echa por la nariz un larguísimo suspiro silencioso.

¿Has observado cómo se le velan los ojos y le cambian de color, cuando echa uno de estos suspiros silenciosos?

Ha sufrido mucho la señorita Anita, porque es muy inteligente. Estaba bien, cuando el padre estaba vivo; ahora, muerto el padre, es pobre. Y veintiséis años. Naricita derecha y ojos nocturnos.

Continuemos.

b) Mi amigo Marino.- Veinticuatro años, dos menos que la señorita Anita, que quizás por ello demuestra apenas veinte.

Pobre también él; huérfano de padre también él. Cosas tristes, pero queridas cuando se tienen en común con una persona querida. ¡Identidades que parecen predestinaciones!

Pero el amigo Marino, huérfano y pobre como es, tiene una madre y una hermana que mantener. Huérfana y pobre, la señorita Anita tiene también madre, pero no la mantiene.

Piensa en el mantenimiento el comendador Ballesi.

Mi amigo Marino odia, naturalmente, a este comendador Ballesi.

Cabeza encendida, corazón ardiente. Facilísima palabra, coloreada, fascinante, como la mirada de los hermosos ojos cerúleos. Digamos que mi amigo Marino es el día y que la señorita Anita es la noche. Él tiene el rubio del sol en los cabellos y el cielo azul en los ojos; ella, en los ojos, dos estrellas, y en los cabellos, la noche. Me parece que, hablando con un poeta, no podría expresarme mejor.

Prosigamos.

Obligado por la necesidad a ser sabio, el amigo Marino no puede cometer la locura, mientras duren las presentes condiciones (¡y durarán un buen tiempo!), de asumir la carga de otra mujer; y debe dejar la que menos le pesaría.

Quizás este tercer peso le haría sentir más leves los otros dos, que él no puede, ni osaría nunca quitarse de encima.

Pero hay quien piensa que tres sobre los hombros de uno no pueden estar cómodamente y de acuerdo. E incluso él, sabio a la fuerza, debe reconocerlo.

c) El comendador Ballesi. – Viejo amigo del difunto. Se entiende del papá de Anita. Sesenta y seis años. Pequeñito, muy fino; piernecitas como dos dedos, pero armadas de taconcitos imperiosos. Cabeza grande, grandes bigotes lacios, bajos los cuales desaparece no solo la boca, sino incluso el mentón, dado que se pueda decir que el comendador Ballesi tiene verdaderamente mentón. Espesas cejas siempre fruncidas, y un dedo a menudo en la nariz. Ese dedo piensa. Piensan incluso los pelos de las pestañas. Es como un cañoncito cargado de pensamientos el comendador Ballesi. La suerte financiera de la nueva Italia está en sus pequeños puños de hierro.

Ahora, no sabe cómo ni por qué, de pronto el comendador Ballesi ha creído que tenía que cambiar el amor paternal por la señorita Anita por un amor de otro tipo. Y la ha pedido como esposa.

La señorita Anita ha destrozado varios pañuelos, con las manos y con los dientes. Más que desdén, ha sentido vergüenza, repugnancia, horror. La mamá ha llorado. ¿Por qué ha llorado la mamá? Por la alegría, ha dicho. Pero de alegría, admitido que se llore, se llora poco, y luego se ríe. La mamá de la señorita Anita ha llorado mucho y no ríe ya. Honni soit qui mal y pense.[1]

Y vengamos al último personaje.

d) Nicolino Respi. – Treinta años, sólido, atlético, nadador y jinete famoso, piragüista, espadachín; y además, descarado, ignorante como un pollo de India, jugador, donjuán… Añade tú, añade, amigo mío: te las acepto todas. Conozco a Nicolino Respi y comparto tus apreciaciones y tu indignación. Pero no creas, por esto, que diga que se equivoca.

¿Te equivocas, por tanto, tú? No. ¿La señorita Anita? Tampoco. Oh, Dios, déjame hablar, pues tu caso es viejísimo. De nuevo, de original, aquí, no hay otra cosa que mi método, y la explicación te la daré.

Prosigamos con orden.

     

II. EL LUGAR Y EL HECHO.

La playa de Anzio, en verano, en una noche de luna.

Me has hecho una descripción tal, que no me arriesgo a describirla también yo. Solo, demasiadas estrellas, querido. Con la luna casi llena, se ven pocas. Pero un poeta puede hasta no prestar atención a estas cosas, que, de hecho, son. Un poeta puede ver las estrellas incluso cuando no se ven, y viceversa, puede no ver muchas otras cosas, que todos los otros ven.

El comendador Ballesi ha alquilado una casa en la playa, y la señorita Anita está con la madre en la playa.

Ocupado en Roma, el comendador va y viene. Nicolino Respi está fijo en Anzio, por los baños y por la casa de juegos; y da cada mañana, en el agua, y cada tarde, en el tapete verde, un espectáculo de sus bravuras.

La señorita Anita necesita apagar la llama del desdén, y se detiene, por ello, mucho en el baño. No puede competir ciertamente con Nicolino Respi, pero, como buena nadadora, una mañana se aleja, compitiendo con él, de la playa. Se alejan y se alejan. Todos los bañistas siguen ansiosos desde la playa esa competición, primero con la vista, luego con los binóculos.

La madre, en cierto momento, no quiere mirar más; comienza a inquietarse, a temer. Oh, Dios, ¿cómo hará ahora la hija para volver nadando desde tan lejos? Cierto que el aliento no le bastará… ¡Oh, Dios, oh, Dios! ¿Dónde está? Dios, qué lejos está… ya no se ve… ¡Es necesario mandar pronto ayuda, por caridad!, ¡una lancha, una lancha!, ¡alguien que la ayude pronto!

Y tanto hace y dice, que al final dos buenos jóvenes saltan heroicamente a una lancha, y adelante a cuatro remos.

¡Santa inspiración! Porque la señorita Anita, poco después de que los jóvenes han salido, siente un calambre en la pierna y da un grito; Nicolino Respi acude en dos brazadas y la sostiene; pero la señorita Anita está a punto de desmayarse y se le agarra al cuello desesperadamente; Nicolino se ve perdido; está a punto de ahogarse con ella; en la rabia, para que lo suelte, le da un mordisco feroz en el cuello. Entonces la señorita Anita se abandona inerte; él puede sostenerla; las fuerzas están a punto de faltarle cuando llega la lancha. El salvamento se ha cumplido.

Pero la señorita Anita debe curarse, durante más de una semana, el mordisco en el cuello de Nicolino Respi.

Hay impresiones que se quedan. ¡Marino mío!

Durante muchos días la señorita Anita, apenas mueve el cuello, no puede negar que Nicolino Respi muerde bien. Y ese mordisco no le desagrada, porque a él le debe la salvación.

Todo esto es, verdaderamente, preámbulo.

Y sin embargo, no, quizás. Es y no es. Porque todo está donde y como se cortan los hechos.

Cuando tú, Marino mío, en la magnífica tarde de luna llegaste a Anzio con la muerte en el corazón, para tener una última entrevista con la señorita Anita, ya oficialmente novia del comendador Ballesi, ella tenía aún en el cuello la impresión de los dientes de Nicolino Respi.

Por tu misma confesión, ella te siguió dócil a lo largo de la playa, se perdió contigo en la lejanía de las arenas desiertas, hasta el gran escollo enarenado, allá abajo, allá abajo. Los dos, bajo la luna, cogidos del brazo, embriagados por la brisa marina, aturdidos por el apagado fragor perpetuo de las espumas de plata.

¿Qué le dijiste? Lo sé, todo tu amor y todo tu tormento; y le propusiste que se rebelara contra la infame imposición de ese viejo odioso y que aceptara tu pobreza.

Pero ella, amigo mío, inflamada, trastornada, desgarrada por tus palabras, no podía aceptar tu pobreza; quería, sí, en cambio, aceptar tu amor y vengarse con él, anticipadamente, esa tarde mismo, de la infame imposición del viejo, que en ella, así, como un usurero, quería cobrar por los grandes beneficios.

Tú, honesta, noblemente, le has impedido esta venganza.

Amigo mío, te creo: habrás huido de allí como un loco. Pero a la señorita Anita, que se quedó sola allí, en la arena, a la sombra del escollo, no le pareciste un loco, te lo aseguro yo, en esa huida descompuesta a lo largo de la playa, bajo la luna. Le pareciste un estúpido y un villano.

Y, desgraciadamente, pobre Marino, en ese escollo, esa tarde, el que disfrutó muy callado, gracias a los bolsillos vacíos, el hermoso claro de luna, y luego incluso el espectáculo de la fuga, fue Nicolino Respi, el del mordisco y el del salvamento.

Le bastaron tres palabras y una risotada, desde arriba:

– ¡Qué estúpido! ¿No es cierto, señorita?

Y bajó de un salto.

Tú tuviste, poco después, la satisfacción de sorprender, junto al comendador Ballesi, que había llegado tarde de Roma en automóvil, a Nicolino Respi, bajo la luna, del brazo de la señorita Anita.

Tú, a la ida, él, a la vuelta. ¿Más dulce la ida o la vuelta?

Y he aquí, amigo mío, ahora viene el punto original.

III. EXPLICACIÓN.

Tú crees, querido Marino, que has sufrido una atroz desilusión, porque has visto de improviso a la señorita Anita horriblemente distinta de la que conocías, de la que era para ti. Estás bien seguro, ahora, que la señorita Anita era otra.

Muy bien. Otra, la señorita Anita seguro que lo es. No solo; sino hasta tantas y tantas otras, amigo mío, cuantos son los que la conocen y que ella conoce. Tu error fundamental, ¿sabes en qué consiste? En creer que, aun siendo otra por lo que crees, y tantas otras por lo que creo yo, la señorita Anita, no sea también, todavía, la que conocías tú.

La señorita Anita es esa, es otra, e incluso muchas otras, porque querrás admitir que la que es para mí, no es la que es para ti, la que es para su madre, la que es para el comendador Ballesi, y para todos los otros que la conocen, cada uno a su manera.

Ahora, mira. Cada uno, por como la conoce, le da – ¿no es cierto? – una realidad. Tantas realidades, por tanto, amigo mío, que hacen “realmente”, y no por decirlo de algún modo, a la señorita Anita una para ti, una para mí, una para la madre, una para el comendador Ballesi, etcétera; incluso teniendo la ilusión cada uno de nosotros de que la verdadera señorita Anita es solo la que conocemos nosotros; e incluso ella, sobre todo ella, la ilusión de ser una, siempre la misma, para todos.

¿Sabes de dónde nace esta ilusión, amigo mío? Del hecho que creemos de buena fe que estamos todos, cada vez, en cada acto nuestro; mientras desgraciadamente no es así. Nos damos cuenta cuando, por un caso muy desgraciado, de improviso nos quedamos enganchados y suspendidos en un acto solo entre tantos como realizamos; nos damos cuenta bien, quiero decir, que no estamos todos en ese acto, y que sería una atroz injusticia que nos juzgaran por ese solo, que nos tuvieran enganchados y suspendidos de él, condenados durante toda la existencia, como si esta fuese la suma de ese solo acto.

Ahora esta injusticia precisamente la estás cometiendo tú, amigo mío, contra la señorita Anita.

La has sorprendido en una realidad distinta de la que le dabas, y quieres creer ahora, que su realidad no es hermosa como la que le dabas tú antes, sino fea como esa en la que la has sorprendido, junto al comendador Ballesi, de vuelta del escollo con Nicolino Respi.

¡No por nada, amigo mío, mira, tú no me has hablado de la naricita respingona de la señorita Anita!

Esa naricita no te pertenecía. Esa naricita no era de tu Anita. Eran tuyos los ojos nocturnos, el corazón apasionado, la refinada inteligencia de ella. No esa naricita atrevida de las aletas más bien carnositas.

Esa naricita temblaba aún con el recuerdo del mordisco de Nicolino Respi. Esa naricita quería vengarse de la odiosa imposición del viejo comendador Ballesi. Tú no le has permitido que se vengue a través de ti, y entonces ella la ha hecho a través de Nicolino.

Quién sabe cómo lloran ahora esos ojos nocturnos, y cómo sangra ese corazón apasionado, y cómo se rebela esa refinada inteligencia: quiero decir todo lo que de ella te pertenece.

Ay, créeme, Marino, fue bastante más dulce para ella la ida contigo al escollo, que la vuelta de él con Nicolino Respi.

Es necesario que te persuadas y te dispongas a imitar al comendador, quien – lo verás – la perdonará y se casará con la señorita Anita.

Pero no pretendas que ella sea una y toda para ti. Será una y toda para ti sincerísimamente; y otra para el comendador Ballesi, no menos sinceramente. Porque no hay una única señorita o señora Anita, amigo mío.

No será hermoso, pero es así.

Y procura que Nicolino Respi, enseñando los dientes, no visite a esa naricita respingona.

 

[1] ´Que sea reprendido el que piensa mal`. Es el lema de la orden de caballería de la Jarretera.

1.15 El murciélago

Todo bien. La comedia, nada nuevo que pudiera irritar o trastornar a los espectadores. Y montada con buen ingenio en los efectos. Un gran prelado entre los personajes, una roja Eminencia que hospeda en casa a una cuñada viuda y pobre, de la que de joven, antes de encaminarse por la carrera eclesiástica, había estado enamorado. Una hija de la viuda, ya en edad de marido, con la que Su Eminencia quisiera casar a un joven, protegido suyo, que ha crecido en su casa desde niño, aparentemente hijo de un viejo secretario suyo, pero en realidad… – en suma, vamos, un antiguo desliz de juventud, que no se le podría ahora reprobar a un gran prelado con esa crudeza que necesariamente derivaría de la brevedad de un resumen, cuando, además, es, por decirlo así, el eje de todo el segundo acto, en una escena de grandísimo efecto con la cuñada, a oscuras, o mejor, al claro de luna que inunda la terraza, puesto que su Eminencia, antes de empezar la confesión, le ordena a su fiel siervo José: “¡José, apaga las luces!” Todo bien, todo bien, en suma. Los actores, todos adecuados; y enamorado cada uno de su papel. Incluso la pequeña Gastina, sí. Contentísima, contentísima con el papel de la sobrina huérfana y pobre, que naturalmente no quiere saber nada de casarse con el protegido de Su Eminencia, y monta ciertas escenas de fiera rebelión, que a la pequeña Gastina le gustaban tanto, porque con ellas esperaba un montón de aplausos.

Para decirlo brevemente, más contento, en la espera ansiosa de un óptimo triunfo por su nueva comedia, el amigo Faustino Perres no podía estar la víspera de la representación.

Pero había un murciélago.

Un maldito murciélago que cada tarde, en esa temporada de teatro en nuestra Arena Nacional, o entraba por las aberturas del techo a cuatro aguas, o se despertaba a una cierta hora del nido que tenía que haber hecho allá arriba, entre las vigas de hierro, los ganchos y los tirantes, y se ponía a revolotear como enloquecido no ya por la enorme cúpula de la Arena sobre la cabeza de los espectadores, puesto que durante la representación las luces de la sala estaban apagadas, sino allí, donde la luz del proscenio, de las candilejas y de los bastidores, las luces de la escena lo atraían: en el escenario, precisamente en la cara de los actores.

La pequeña Gastina sentía un loco terror. Había estado tres veces a punto de desmayarse, las tardes anteriores, al verlo cada vez pasar rasando su cara, sobre sus cabellos, ante sus ojos, y la última vez – ¡Dios, qué asco! – casi rozándole la boca con ese vuelo de membrana viscosa que chirría. No se echó a gritar de milagro. La tensión de los nervios para obligarse a estar allí quieta representando su papel, mientras irresistiblemente quería seguir con los ojos, espantada, el revoloteo de esa bestia asquerosa, para protegerse, o, si no podía más, escapar del escenario para ir a encerrarse en su camerino, la exasperaba hasta hacerle declarar que ella ahora, con ese murciélago allí, si no se encontraba el medio para impedir que viniera a revolotear en el escenario durante la representación, no estaba ya segura de sí misma, de lo que haría una de esas tardes.

Se comprobó que el murciélago no entraba de fuera, sino que precisamente había elegido su domicilio entre las vigas del techo de la Arena, por el hecho de que, la tarde antes de la primera representación de la comedia nueva de Faustino Perres, se mantuvieron cerradas, y a la hora habitual se vio cómo el murciélago se lanzaba, como todas las otras tardes, sobre el escenario con su desesperado revoloteo. Entonces, Faustino Perres, aterrorizado por la suerte de su nueva comedia, les rogó, les suplicó al empresario y al director que mandaran subir al techo a dos, a tres, a cuatro obreros, quizás a cargo suyo, para que quitaran el nido y cazaran esa insolentísima bestia; pero tuvo que oír que lo tacharan de loco. Señaladamente, el director se enfureció ante una propuesta semejante, porque estaba cansado, eso era, muy requetecansado de ese ridículo miedo de la señorita Gastina por sus magníficos cabellos.

– ¿Los cabellos?

– ¡Seguro! ¡Seguro! ¡Los cabellos! ¿No lo ha entendido todavía? Le han hecho creer que, si por casualidad, le golpea la cabeza, el murciélago tiene en las alas no sé qué viscosidad, por lo cual no es posible desenredarlo de los cabellos, si no es cortándoselos. ¿Ha comprendido? ¡No teme nada más! ¡En vez de interesarse por su papel, por meterse en el personaje, al menos hasta el punto de no pensar en semejantes tonterías!

¿Tonterías los cabellos de una mujer? ¿Los magníficos cabellos de la pequeña Gastina? El terror de Faustino Perres ante la furia del director se centuplicó. ¡Oh, Dios!, ¡oh, Dios!, ¡si verdaderamente este era el temor de la pequeña Gastina, su comedia estaba perdida!

Para mostrarle su desdén al director, antes de que comenzara la prueba general, la pequeña Gastina, con el codo apoyado en la rodilla de una pierna cruzada sobre la otra y el puño bajo la barbilla, seriamente le preguntó a Faustino Ferres, si la frase de su Eminencia en el segundo acto:  – “José, apaga las luces” – no podía ser repetida, según la necesidad, otra vez durante la representación, visto y considerado que no hay otro medio que apagar la luz para echar a un murciélago que entra por la tarde en una habitación.

Faustino Perres sintió que se quedaba helado.

– ¡No, no, lo digo muy en serio! Porque, perdone, Perres: ¿quiere dar verdaderamente, con su comedia, una perfecta ilusión de realidad?

– ¿Ilusión? No, ¿por qué dice ilusión, señorita? El arte crea verdadera-mente una realidad.

– Ah, está bien. Pues entonces le digo que el arte la crea y el murciélago la destruye.

– ¡Cómo! ¿Por qué?

– Porque sí. Suponga que, en la vida real, en una habitación donde se está desarrollando un conflicto familiar, entre marido y mujer, entre una madre y una hija, ¡qué sé yo!, o un conflicto de intereses o de otro tipo, entra por casualidad un murciélago. Bien: ¿qué hacen? Yo os aseguro que, durante un momento, el conflicto se interrumpe a causa de ese murciélago que ha entrado;  o se apaga la luz, o se marchan a otra habitación, o alguien incluso va a coger un palo, se sube en una silla y trata de golpearlo para que caiga al suelo; y los demás, entonces, créame, se olvidan, en el acto, del conflicto y acuden a mirar, sonrientes y con asco, cómo es ese odiosísimo animal.

– ¡Ya! ¡Pero eso es en la vida ordinaria! – objetó, con una sonrisa tenue en los labios, el pobre Faustino Perres. – En mi obra de arte, señorita, yo no he puesto ningún murciélago.

– Usted no lo ha puesto; pero ¿y si él se cuela?

– ¡Es necesario no hacerle ningún caso!

– ¿Y le parece natural? Le aseguro, yo que debo vivir en su comedia la parte de Livia, que esto no es natural; porque Livia, lo sé, lo sé mejor que usted, ¡tiene miedo de los murciélagos! Su Livia – preste atención – y no yo. Usted no lo ha pensado porque no podía imaginar el caso de que un murciélago entrara en la habitación mientras ella se rebelaba fieramente contra la imposición de la madre y de Su Eminencia. Pero esta tarde, puede estar seguro de que el murciélago entrará en la habitación durante esa escena. Y entonces yo le pregunto, por la realidad misma que quiere crear, si le parece natural que ella, con el miedo que les tiene a los murciélagos, con la repugnancia que hace que se contorsione y grite solo al pensar en un posible contacto, permanezca como si no pasara nada, con un murciélago que revolotea en torno a su cara, y muestre que no le hace caso. ¡Usted bromea! Livia huye, se lo digo yo; planta la escena y huye, o se esconde bajo la mesita, gritando como una loca. Por ello, le aconsejo que reflexione si precisamente no le conviene más que Su Eminencia llame a José y le repita la frase: – “José, apague las luces.”. – O bien… ¡espere!, o bien… – ¡claro que sí!, ¡mejor!, ¡sería la liberación! – que le ordenara que coja un palo, se monte en una silla, y…

– ¡Ya! ¡Claro!, precisamente interrumpiendo la escena por la mitad, ¿no es así?, en medio de la hilaridad fragorosa de todo el público.

– Pero ¡sería el colmo de la naturalidad, querido mío! Créalo. Incluso para su misma comedia, dado que ese murciélago está y que en esa escena – es inútil – lo quiera o no – se cuela: ¡murciélago verdadero! Si no lo tiene en cuenta, parecerá una ficción, a la fuerza, Livia que no se preocupa, los otros dos que no le echan caso y siguen interpretando la comedia como si él no estuviese allí. ¿No comprende esto?

A Faustino Perres se le cayeron los brazos, desesperadamente.

– Oh, Dios mío, señorita, – dijo. – Si quiere bromear, está bien…

– ¡No, no! ¡Le repito que estoy hablando con usted en serio, en serio, completamente en serio! – rebatió Gastina.

– Pues entonces le respondo que está loca, – dijo Perres levantándose. – Tendría que formar parte de la realidad que he creado yo ese murciélago, para que yo pudiese tenerlo en cuenta y hacer que lo tuvieran en cuenta los personajes de mi comedia. ¡Tendría que ser un murciélago fingido y no verdadero, en definitiva! Porque no puede, así, incidentalmente, de un momento a otro, un elemento de la realidad casual introducirse en la realidad creada, esencial, de la obra de arte.

– ¿Y si se introduce?

– ¡Pero no es verdad! ¡No puede! En modo alguno es en mi comedia donde se introduce ese murciélago, sino en el escenario donde interpretáis.

– ¡Muy bien! Donde yo interpreto su comedia. Y entonces está entre dos: o ahí está viva su comedia, o está vivo el murciélago. El murciélago, se lo aseguro yo, sea como sea, está vivo, vivísimo. Le he demostrado que con él tan vivo allí, no pueden parecer naturales Livia ni los otros dos personajes que tendrían que seguir su escena como si él no estuviese, mientras que está. Conclusión: o fuera su comedia, o fuera el murciélago. Si estima imposible eliminar el murciélago, póngase en las manos de Dios, querido Perres, tanto como en la suerte de su comedia. Ahora le hago ver que mi papel me lo sé y que lo interpreto con todo el empeño, porque me gusta. Pero no respondo de mis nervios esta tarde.

Cada escritor, cuando es un verdadero escritor, aunque sea mediocre, para quien lo mire en un momento como ese en el que se encontraba Faustino Perres la tarde de la primera representación, tiene esto de conmovedor, o hasta, si se quiere, de ridículo: que se deja llevar, él mismo antes que los demás, él mismo alguna vez solo entre todos, por lo que ha escrito, y llora y ríe o pone la cara, sin saberlo, que ponen los actores en escena, con la respiración rápida y el alma suspendida y titubeante, que hace que levante esta mano o la otra como para parar o sostener.

Puedo asegurarle, yo que lo vi y estuve a su lado, mientras estaba escondido entre los bastidores, con los bomberos de guardia y los criados de escena, que Faustino Perres, durante todo el primer acto y parte del segundo, no pensó de hecho en el murciélago, tan metido estaba en su trabajo e identificado con él. Y no hay que decir que no pensaba en él porque el murciélago aún no había hecho su habitual aparición en el escenario. No. No pensaba en él porque no podía. Tan cierto es, que cuando, a la mitad del segundo acto, el murciélago finalmente apareció, él ni siquiera se dio cuenta; no comprendió siquiera por qué lo golpeaba yo con el codo, y se volvió para mirarme a la cara como un insensato.

– ¿Qué?

Comenzó a pensar solo cuando la suerte de la comedia, no por culpa del murciélago, ni por la aprensión de los actores a causa de este, sino por defectos evidentes de la misma comedia, señaló que iría mal. Ya en el primer acto, para decir la verdad, no había obtenido sino escasos y tibios aplausos.

– Oh, Dios mío, ya está, míralo… – comenzó a decir el pobrecito, sudando frío; y levantaba un hombro, se echaba hacia atrás, doblaba hacia un lado, hacia otro la cabeza, como si el murciélago revolotease a su alrededor y quisiera apartarlo; se retorcía las manos; se cubría la cara. – Dios, Dios, Dios, parece enloquecido… ¡Ah, mira, dentro de poco en la cara de Rossi!… ¿Qué hacemos?, ¿qué hacemos? Piensa que justo ahora entra en escena Gastina.

– ¡Calla, por caridad! – lo exhorté, sacudiéndolo por el brazo e intentando arrancarlo de allí.

Pero no lo logré. Gastina hacía su entrada desde los bastidores de enfrente, y Perres, mirándola, como fascinado, temblaba todo.

El murciélago daba vueltas arriba, en torno a la lámpara que pendía del techo con ocho bombillas, y Gastina no mostraba que se diera cuenta, halagada ciertamente por el gran silencio de espera con que el público había recibido su entrada en escena. Y la escena seguía en ese silencio, y evidentemente gustaba.

¡Ay, si ese murciélago no hubiera entrado! ¡Pero estaba!, ¡estaba! No lo percibía el público, completamente concentrado en el espectáculo; pero, allí estaba, allí estaba, como si,  a propósito, hubiera tomado de mira a Gastina, ahora, precisamente a ella que, pobrecita, hacía de todo para salvar la comedia, resistiendo a su terror cada vez más creciente por esa persecución obstinada, feroz, del asqueroso y muy maldito animal.

De pronto, Faustino Perres vio cómo el abismo se le abría ante los ojos en su escena, y se llevó las manos a la cara, ante un grito imprevisto, agudísimo de Gastina, que se abandonaba entre los brazos de Su Eminencia.

Rápidamente me dispuse a arrastrarlo fuera, mientras los actores, a su vez, arrastraban de la escena a Gastina, desvanecida.

Nadie, en el alboroto del primer momento, allí en el escenario en desorden, pudo pensar en lo que entretanto sucedía en la sala del teatro. Se oía como un gran estruendo lejano, del que nadie se ocupaba. ¿Estruendo? Pero no, ¡qué estruendo! Eran aplausos. – ¿Qué? – ¡Pues sí! ¡Aplausos! ¡Aplausos! ¡Era un delirio de aplausos! Todo el público, levantado, aplaudía desde hacía cuatro minutos frenéticamente, y quería que salieran el autor, los actores al escenario, para decretar el triunfo de esa escena del desmayo, que se había tomado en serio como si estuviese en la comedia, y que había visto representar con tan prodigiosa verdad.

¿Qué hacer? El director, enfurecido, corrió a coger por los hombros a Faustino Perres, quien los miraba a todos, temblando de angustiosa perplejidad, y lo echó con un empujón fuera de los bastidores, al escenario. Fue acogido por una clamorosa ovación, que duró más de dos minutos. Y otras seis o siete veces tuvo que presentarse para agradecerle al público, que no se cansaba de aplaudir, porque quería en el escenario a Gastina.

– ¡Que salga Gastina! ¡Que salga Gastina!

Pero ¿cómo hacer que se presentara Gastina, quien en su camerino se debatía todavía en una fierísima convulsión de nervios, en medio de la consternación de los que estaban a su alrededor para socorrerla?

El director tuvo que presentarse en el proscenio para anunciar, muy dolido, que la aclamada actriz no podía comparecer para darle las gracias al electo público, porque esa escena, vivida con tanta intensidad, le había causado un imprevisto malestar, por lo que incluso la representación de la comedia, esa tarde, tenía que ser desgraciadamente interrumpida.

Se pregunta en este momento si ese condenado murciélago podía prestarle a Faustino Perres un servicio peor que este.

Hubiera sido, en cierto modo, un consuelo para él atribuirle el fracaso de la comedia; pero ¡deberle ahora el triunfo, un triunfo que no tenía otro pilar que el loco vuelo de esas alas asquerosas!

Recuperado apenas del primer aturdimiento, aún más muerto que vivo, corrió al encuentro del director que lo había empujado con tanto desagrado al escenario para agradecer al público, y con las manos entre los cabellos le gritó:

– ¿Y mañana por la tarde?

– Pero ¿qué tenía que decir?, ¿qué podía hacer?- le gritó furioso, como respuesta, el director. – ¿Tenía acaso que decirle al público que le correspondían al murciélago esos aplausos, y no a usted? Remédielo, mejor, remédielo pronto; ¡haga que le correspondan a usted mañana por la tarde!

– ¡Ya! Pero ¿cómo? – preguntó, con dolor, perdiéndose de nuevo, el pobre Faustino Perres.

– ¡Cómo! ¡Cómo! ¿A mí me pregunta cómo?

– ¡Pero si ese desmayo en mi obra ni está ni pinta nada, comendador!

– ¡Es necesario que pinte algo, querido señor, a cualquier precio! ¿No ha visto qué grandísimo éxito? Todos los periódicos de mañana hablarán de esto. ¡No podrán eludirlo! No dude, no dude que mis actores sabrán fingir con la misma verdad lo que esta tarde han hecho sin querer.

– Ya… pero, usted comprende, – intentó hacerle observar Perres, – ha ido tan bien porque la representación, ahí, tras ese desmayo, ¡ha sido interrumpida! Si mañana por la tarde, en cambio, debe proseguir…

– ¡Pero es precisamente este, en nombre de Dios, el remedio que usted tiene que encontrar! – volvió a gritarle en la cara el comendador.

Pero a este punto:

– ¿Y cómo?, ¿y cómo? – acabó por decir, hundiéndose, con las dos manos resplandecientes de anillos, el gorro de pelo sobre los magníficos cabellos, la pequeña Gastina ya vuelta en sí. – Pero ¿de verdad no comprende que aquí debe hablar el murciélago, y no vosotros, señores míos?

– ¡Deje ya al murciélago! – bramó el empresario, afrontándola, amenazante.

– ¿Yo, que lo deje? ¡Debe dejarlo usted, comendador! – respondió, calmada y sonriente, Gastina, muy segura de hacerle así, ahora, el mayor desprecio. – Porque, mire, comendador, razonemos: yo podría tener, bajo órdenes, un desmayo fingido, en el segundo acto, si el señor Perres, siguiendo su consejo, lo incluye. Pero, entonces, usted tendría que tener bajo sus órdenes al murciélago verdadero, que no me cause otro desmayo, no fingido, sino verdadero en el primer acto. O en el tercero, o quizás en el mismo segundo, ¡inmediatamente después de ese primero fingido! Porque yo les ruego que me crean, señores míos, que me he desmayado de verdad al sentir que se me acercaba a la cara, ¡aquí, aquí, en la mejilla! Y mañana por la tarde no actúo, no, no, no actúo, comendador, porque ¡ni usted ni los otros pueden obligarme a actuar con un murciélago que se arroja en mi cara!

– ¡Ah, no, vamos! ¡Esto de verá!, ¡esto se verá! – le respondió el director, hundiendo la cabeza enérgicamente.

Pero Faustina Perres, convencido plenamente de que la razón única de los aplausos de esa tarde había sido la intrusión imprevista y violenta de un elemento extraño, casual, que en lugar de poner patas arriba la ficción del arte, como habría debido de hacer, se había insertado en ella milagrosamente, confiriéndole, en un primer momento, en la ilusión del público, la evidencia de una prodigiosa verdad, retiró su comedia, y no se habló más de ello.

Relatos para un año III

Textos del tercer volumen, La cabriola

        1. La cabriola
        2. Canta la epístola
        3. Sol y sombra 
        4. El avemaría de Bobbio
        5. El imbécil
        6. Su majestad
        7. Los tres pensamientos de la pequeña deforme
        8. Arriba y abajo
        9. Un extranjero
        10. La patente
        11. Noche
        12. O de uno o de ninguno
        13. Nana
        14. Nenè e niní
        15. «Requiem aeternam dona eis, domine!»

 

3.1  La cabriola

Apenas se fue el capataz, blasfemando más de lo habitual, Fofo se volvió a Nero, su compañero de pesebre, recién llegado, y suspiró:

– ¡He comprendido! Gualdrapas, borlas y penachos. ¡Comienzas bien, querido mío! Hoy es de primera clase.

Nero volvió la cabeza al otro lado. No babeaba, porque era un caballo bien educado. Pero no quería darle confianza a ese Fofo.

Venía de una caballeriza principesca, donde uno podía verse en las paredes como en un espejo: heniles de haya en cada puesto, campanitas de latón, tabiques acolchados de cuero y columnitas con el remate brillante.

¡Bah!

El joven príncipe, dedicado ahora del todo a esos coches estrepitosos, que expulsan – ¡paciencia!, peste – pero incluso humo por detrás y corren solos, no contento con que ya tres veces le hubieran hecho correr el riesgo de romperse el cuello, inmediatamente después de verse golpeada por la parálisis la vieja princesa (que de esos diablos, ¡oh, bendita!, nunca había querido saber nada), se había apresurado a deshacerse tanto de él, como de Corbino, los últimos que quedaban en la caballeriza y que servían para el plácido landó de la madre.

¡Pobre Corbino, quién sabe adónde había ido a parar, después de tan honrado servicio!

El buen Giuseppe, el viejo cochero, les había prometido que, cuando fuera a besarle la mano con los otros viejos sirvientes confiados a la princesa, relegada ya para siempre a un sillón, intercedería por ellos.

¡Qué va! Por el modo como el buen viejo, que había vuelto poco después, había acariciado sus cuellos y sus costados, en seguida uno y otro comprendieron que toda esperanza estaba perdida y su suerte, decidida. Serían vendidos.

Y de hecho…

Nero no comprendía aún adónde había llegado. Mal, precisamente mal, no. Cierto, no era la caballeriza de la princesa. Pero también esta era una buena caballeriza. Más de veinte caballos, todos moros y todos ancianotes, pero de buena presencia, dignos y llenos de gravedad. ¡Oh, en cuanto a gravedad, quizás tenían demasiada!

Nero dudaba que incluso ellos comprendieran bien el oficio al que estaban destinados. Le parecía que todos estaban pensando en ello constantemente, sin llegar, sin embargo, a ninguna conclusión. Ese balanceo lento de colas prolijas, ese restregar de los cascos, de vez en cuando, ciertamente era de caballos pensativos.

Solo Fofo estaba seguro, muy seguro de haberlo comprendido todo.

¡Animal vulgar y presuntuoso!

Rocín de regimiento, eliminado después de tres años de servicio, porque – según decía él – un paleto jinete de los Abruzzo lo había deslomado, no hacía más que hablar y hablar.

Nero, con el corazón todavía lleno de nostalgia por su viejo amigo, no podía soportarlo. Sobre todo le molestaba esa actitud confidencial, y luego la continua maledicencia contra los compañeros de caballeriza.

¡Dios, qué lengua!

¡De veinte no se salvaba ni uno! Este era así, aquel era asá.

– La cola… mira ahí, por favor, ¡si eso es una cola!, ¡si eso es un modo de mover la cola! Qué brío, ¿eh?

“Un mulo, te lo digo yo.

“Y allí, allí, mira allí ese buen caballito calabrés, cómo hunde con gracia las orejas de cerdo. ¡Y qué buen mechón!, ¡y qué buena barbada! Brioso también él, ¿no te parece?

“De vez en cuando olvida que no está castrado, y quiere cortejar a esa yegua de allá, tres puestos a la derecha, ¿la ves?, con cabeza de vieja, baja por delante y la panza por el suelo.

“Pero ¿esa es una yegua? Esa es una vaca, te lo digo yo. ¡Y si supiese cómo se mueve con paso de escuela! Parece que se quema los cascos cuando toca el suelo. Y sin embargo, ¡vaya sudores, amigo mío! Ya, porque es de boca fresca. Aún tiene que nivelar los incisivos, ¡figúrate!

En vano Nero le mostraba de todos los modos a ese Fofo que no quería escucharlo. Fofo perseveraba cada vez más.

Por desaire.

– ¿Sabes dónde estamos? Estamos en la oficina de expedición. Hay de muchas clases. Esta se llama de pompas fúnebres.

“¿Sabes qué quiere decir pompas fúnebres? Quiere decir tirar de un carro negro de forma curiosa, alto, con cuatro columnitas que sujetan el techo, todo adornado de volantes y paramentos y dorados. En definitiva, una buena carrozona de lujo. ¡Pero todo desperdiciado, no lo creas! Todo desperdiciado, porque dentro verás que no sube nunca nadie.

“Solo el cochero, muy serio, en el pescante.

“Y se va despacio, siempre al paso. ¡Ah, no hay peligro de que sudes y te refrieguen a la vuelta, ni de que el cochero te dé nunca un latigazo o te inquiete de cualquier otro modo!

“Lento- lento- lento.

“Adonde tienes que llegar, llegas siempre a tiempo.

“Y esa carroza – yo lo he comprendido bien – debe ser para los hombres objeto de particular veneración.

“Nadie, como te he dicho, se atreve a subir; y todos, apenas la ven quieta delante de una casa, se quedan mirándola con las caras largas y asustadas; y luego, apenas comenzamos a movernos, muchos la acompañan detrás, muy callados.

“A menudo, incluso, delante de nosotros, va la banda. Una banda, querido mío, que toca una música como para se nos caigan los intestinos por el suelo.

“Tú, escucha bien, tú tienes el vicio de babear y de mover demasiado la cabeza. Pues bien, esos vicios tienes que quitártelos. Si salpicas por nada, ¡figurémonos qué será cuando escuches esa música!

“El nuestro es un servicio lento, no se niega; pero se necesita compostura y solemnidad. Nada de salpicar, nada de cabecear. Es ya demasiado si te conceden que balancees la cola, apenas apenas.

“Porque la carroza de la que tiramos, vuelvo a decírtelo, es muy respetada. Verás que todos, en cuanto nos ven, se quitan el sombrero.

«¿Sabes cómo comprendí que se tiene que tratar de expedición? Lo comprendí por esto:

 “Hace cerca de dos años, estaba quieto, con una de nuestras carrozas de pabellón, delante de la gran cancela que es nuestra meta constante. ¡Ya verás esta gran cancela! Detrás de ella, hay muchos árboles negros, de punta, dispuestos muy derechos en dos filas interminables, dejando aquí y allá buenos prados verdes, con mucha hierba buena y grasa, desperdiciada también, porque ¡ay de ti si, al pasar, alargas los labios!

“Basta. Estaba allí quieto, cuando se me acercó un pobre compañero mío antiguo, de servicio en el regimiento, reducido a muy mal estado: a tirar, figúrate, un remolque herrado, de esos largos, bajos y sin muelle.

“Dice:

“- ¿Me ves? ¡Ah, Fofo, no puedo más!

“- ¿Qué haces?” – le pregunto yo.

“Y él:

“- Transporto cajas todo el día, de una oficina de expedición a la aduana.

“- ¿Cajas? – digo yo. – ¿Qué cajas?

“- ¡Pesadas! – dice él. – Cajas llenas de cosas que hay que expedir.

“Fue para mí una revelación.

“Porque tienes que saber, que una caja muy larga es lo que transportamos también nosotros. La meten lentamente (todo, siempre, lentamente) en nuestra carroza, por la parte de atrás; y mientras se hace esta operación, la gente alrededor se descubre la cabeza y mira aturdida. ¡Quién sabe por qué! Pero ciertamente, si también nosotros trabajamos con cajas, debe tratarse de expedición, ¿no te parece?

“¿Qué diablos contiene ese caja? ¡Pesar pesa, oh, no lo creas! Por fortuna, solo llevamos una a la vez.

“Algo que hay que expedir, cierto. Pero ¿qué?, no lo sé. Parece importante, porque la expedición sucede con mucha pompa y con mucho acompañamiento.

“En cierto momento, habitualmente (no siempre), nos paramos delante de un edificio majestuoso, que quizás sea la oficina de la aduana para nuestras expediciones. Por el portón se adelantan unos hombres vestidos con una falda negra y la camisa por fuera (que serán, supongo, los aduaneros); sacan la caja del carro; todos, de nuevo, se descubren la cabeza; y aquellos señalan en la caja el salvoconducto.

“Dónde va toda esta preciosidad que expedimos – esto, mira – no he logrado comprenderlo aún. Pero sospecho que ni siquiera lo comprenden bien los hombres; y me consuelo.

“Verdaderamente, la magnificencia de las cajas y la solemnidad de la pompa podrían hacer suponer que algo tienen que saber los hombres sobre estas expediciones. Pero los veo demasiado inseguros y aturdidos. Y por la larga costumbre, que ahora tengo con ellos, he deducido esta experiencia: ¡que los hombres hacen muchas cosas, querido mío, sin saber nada de por qué las hacen!”

Como Fofo, esa mañana, con las blasfemias del jefe de caballeriza se había figurado: gualdrapas, borlas y penachos. Tiro de cuatro. Era precisamente de primera clase.

– ¿Has visto? ¿No te lo decía yo?

Nero se encontró atado con Fofo al timón. Y Fofo, naturalmente, siguió molestándolo con sus eternas explicaciones.

Pero estaba molesto también él, esa mañana, con la arrogancia del jefe de la caballeriza, que en los tiros de cuatro lo ataba siempre en el timón y nunca en la balanza.

– ¡Qué perro! Porque, tú entiendes bien, estos dos delante de nosotros, no son más que una comparsa. ¿De qué tiran? ¡Tiran un cuerno! Tiramos nosotros. ¡Se va tan despacio! Ahora se dan un bonito paseo, para estirar las patas, vestidos de gala. ¡Y mira un poco qué raza de animal tengo que ver que prefieren antes que a mí! ¿Los reconoces?

Eran esos dos moros que Fofo había calificado como mulo y caballito calabrés.

– ¡Este calabrés del cuerno! ¡Lo tienes delante tú, por fortuna! Lo verás, querido; te darás cuenta de que de cerdo no solo tiene las orejas, y le darás gracias al jefe de la caballeriza, que lo protege y le da el doble de pienso. Es necesario tener suerte en este mundo, no babees. ¿Ya comienzas? ¡Quieto con la cabeza! Ay, si haces eso, querido mío, hoy, a fuerza de tirones de las bridas, te harás sangre en la boca, te lo digo yo. Hoy hay discursos. ¡Verás qué alegría! Un discurso, dos discursos, tres discursos… ¡Me ha sucedido el caso de una primera clase incluso con cinco discursos! Cosa de locos. Tres horas parados, con todas estas galas encima que te cortan la respiración: las patas maneadas, la cola apresada, las orejas entre dos agujeros. Alegre, ¡con las moscas comiéndote por debajo de la cola! ¿Qué son estos discursos? ¡Bah! Comprendo poco, digo la verdad. Estas expediciones de primera clase tienen que ser muy complicadas. Y quizás, con esos discursos, dan la explicación. Una no basta, pues dan dos; no bastan dos, pues dan tres. Llegan a dar hasta cinco, como te he dicho: me he visto yo allí, que me entraban ganas de dar patadas, a diestro y siniestro, y luego ponerme a rodar por el suelo como un loco. Quizás hoy será lo mismo. ¡Gran gala! ¿Has visto al cochero, cómo se ha arreglado también él? Y están hasta los criados, los candeleros. Di, ¿tú eres espantadizo?

– No comprendo.

– Vamos ¿te espantas con los olores fácilmente? Porque verás que, dentro de poco, las velas encendidas te las pondrán precisamente bajo la nariz… ¡Lento, uf… lento! , ¿qué te pasa? ¿Ves? El primer tirón… ¿Te has hecho daño? Eh, tendrás tú muchos hoy, te lo digo yo. Pero ¿qué haces?, ¿estás loco? ¡No alargues así el cuello! (Estupendo, querido, ¿nadas?, ¿juegas a la morra?). Quédate quieto… ¿Ah, sí? Toma esta otra… ¡Ohé, digo, cuidado, que vas a arrancarme también a mí la boca! ¡Dios, Dios, este está loco de verdad! Jadea, gruñe, relincha, se enrosca, ¿qué pasa? ¡Mira, qué cabriola! ¡Está loco!, ¡está loco!, ¡da saltos de alegría, tirando de una carroza de primera clase!”

Nero, de hecho, parecía enloquecido de verdad: jadeaba, relinchaba, piafaba, temblaba por completo. De prisa, furiosos, del carro tuvieron que bajarse los criados para sujetarlo delante del portón del palacio, donde se habían parado, entre un gran gentío de señores boquiabiertos, con trajes largos y sombreros de copa.

– ¿Qué sucede? – gritaban por todos lados. – ¡Uf, mira, se encabrita un caballo de la carroza fúnebre!

Y toda la gente, en una gran confusión, se puso alrededor de la carroza, curiosa, maravillada, escandalizada. Los criados no lograban aún retener a Nero. El cochero se había puesto en pie y tiraba furiosamente de las bridas. En vano. Nero seguía pataleando, relinchando, se desesperaba, con la cabeza vuelta hacia el portón del edificio.

Se tranquilizó solo cuando llegó por ese portón un viejo sirviente en librea, el cual, apartando a los criados, lo cogió por las bridas, y en seguida, habiéndolo reconocido, se puso a exclamar con lágrimas en los ojos:

– ¡Pero si es Nero!, ¡es Nero! ¡Ay, pobre Nero, seguro que lo hace así! ¡El caballo de la señora!, ¡el caballo de la pobre princesa! ¡Ha reconocido el edificio, siente el olor de su caballeriza! Pobre Nero, pobre Nero… bueno, bueno… sí, ¿ves?, soy yo, tu viejo Giuseppe. Sé bueno, sí… Pobre Nero, te toca a ti llevártela, ¿ves?, a tu señora. Te toca a ti, pobrecito, que te acuerdas aún. Estará contenta con que tú la lleves por última vez.

Se volvió luego al cochero, que, encolerizado por el mal papel que la Casa de pompas estaba haciendo ante todos esos señores, seguía tirando furiosamente de las bridas, amenazando con el látigo, y le gritó:

– ¡Basta! ¡Déjalo ya! Lo sujeto yo aquí. Es manso como una oveja. Siéntate. Lo guiaré yo durante todo el trayecto. Iremos juntos, ¿eh, Nero?, a dejar a nuestra señora. Lentamente, como de costumbre, ¿eh? Serás bueno, para no hacerle daño, pobre viejo Nero, que aún te acuerdas. Ya han cerrado la caja; ahora la llevan abajo.

Fofo, que desde el otro lado del timón estaba escuchando, en este momento preguntó, sorprendido:

“¿Dentro de la caja está tu señora?

Nero le disparó una patada de través.

Pero Fofo estaba demasiado absorto en esa nueva revelación como para sentirse mal.

“Ah, por tanto, nosotros, – siguió diciéndose a sí mismo, – ah, por tanto, nosotros… mira, mira… quería decir… Este viejo llora; a muchos he visto llorar otras veces… y tantas caras espantadas… y esa música lánguida. Lo comprendo todo, ahora lo comprendo todo… ¡Por eso nuestro servicio es tan lento! Solo cuando los hombres lloran, podemos estar contentos e ir tranquilos nosotros…

Y también a él le vino la tentación de hacer cabriolas.

3.2  Canta la epístola

– ¿Había tomado las órdenes?

– Todas no. Hasta el subdiaconado.

– Ah, subdiácono. ¿Y qué hace el subdiácono?

– Canta la Epístola; le sujeta el libro al diácono mientras canta el Evangelio; administra las copas de la Misa; tiene la patena envuelta en el velo durante el tiempo del Canon.

– ¿Ah, por tanto, usted cantaba el Evangelio?

– No, señor. El evangelio lo canta el diácono; el subdiácono canta la Epístola.

– ¿Y usted, entonces, cantaba la Epístola?

– ¿Yo?, ¿precisamente yo? El subdiácono.

– ¿Canta la Epístola?

– Canta la Epístola.

¿Qué motivo de risa había en todo esto?

Y sin embargo, en la plaza aireada del pueblo, toda crujiente de hojas secas, que se oscurecía y aclaraba con una rápida alternancia de nubes y de sol, el viejo doctor Fanti, dirigiéndole esas preguntas a Tommasino Unzio, que acababa de salir del seminario sin sotana porque había perdido la fe, había puesto una cara con tal aire, que todos los desocupados del pueblo, sentados en círculo delante de la Farmacia del Hospital, unos doblándose y otros ocultándose la boca, habían tenido dificultad para no reírse.

Las risas habían prorrumpido groseras, apenas se fue Tommasino seguido por todas esas hojas secas; luego uno se había puesto a preguntarle a otro:

– ¿Canta la Epístola?

Y el otro respondía:

– Canta la Epístola.

Y así a Tommasino Unzio, que había salido como subdiácono del seminario ya sin sotana, porque había perdido la fe, se le había puesto el sobrenombre de Canta la Epístola.

La fe se puede perder por cien mil razones; y, en general, quien pierde la fe está convencido, al menos en el primer momento, de haber ganado algo a cambio; si no otra cosa, al menos la libertad de hacer y decir algunas cosas que, antes, no retenía compatibles con la fe. Cuando, sin embargo, la razón de la pérdida no es la violencia de los apetitos terrenos, sino sed del alma que no logra saciarse en el cáliz del altar y en la fuente del agua bendita, difícilmente quien pierde la fe está convencido de haber ganado algo a cambio. Como mucho, así como así, no se lamenta de la pérdida, pues reconoce que ha perdido al fin una cosa que ya para él no tenía ningún valor.

Tommasino Unzio, con la fe, lo había perdido todo, incluso el único estado que el padre le podía dar, merced a una herencia condicionada de un viejo tío sacerdote. El padre, además, no había dejado de abofetearlo, darle patadas y dejarlo muchos días a pan y agua, y de soltarle a la cara todo tipo de injurias y de vituperios. Pero Tommasino lo había soportado todo con dura y pálida firmeza, y había esperado que el padre se convenciera de que esos no eran precisamente los medios más apropiados para que él recuperase la fe y la vocación.

No le había hecho tanto daño la violencia, como la vulgaridad del acto tan contrario a la razón por la que había colgado el hábito sacerdotal.

Pero por otro lado había comprendido que sus mejillas, sus hombros, su estómago tenían que ofrecerle un desahogo al padre por el dolor que también él sentía, muy ardiente, de su vida irreparablemente hundida y convertida en un estorbo en la casa.

Quiso, sin embargo, demostrarles a todos que no se había exclaustrado por ganas de ponerse a “hacer el cerdo”, como el padre limpiamente había ido publicando por todo el pueblo. Se encerró en sí mismo, y no salió más de su habitación, a no ser para dar algún paseo solitario subiendo por los bosques de castaño, hasta el Pian della Britta, o bajando por el sendero, entre los campos, hasta la pequeña iglesia abandonada de Santa María de Loreto, siempre absorto en la meditación y sin levantar los ojos nunca hacia la cara de nadie.

Es verdad, en tanto, que, incluso cuando el espíritu se fija en un dolor profundo o en una tenaz obstinación ambiciosa, el cuerpo a menudo deja a aquel en su fijación, y, muy callado, sin decir nada, se pone a vivir por su cuenta, a disfrutar del aire libre y de los alimentos sanos.

Sucedió así que Tommasino se encontró en poco tiempo y como por una burla, mientras el espíritu se le entristecía y se le debilitaba cada vez más en desesperadas meditaciones, con un cuerpo harto y florido, de padre abad.

¡Nada de Tommasino, ahora! Tommasone Canta la Epístola. Cada uno, al mirarlo, le hubiera dado la razón al padre. Pero se sabía en el pueblo cómo vivía el pobre joven; ninguna mujer podía decir que él la mirara, ni siquiera de pasada.

No tener ya consciencia de ser, como una piedra, como una planta; no acordarse ya del propio nombre; vivir por vivir, sin saber vivir, como los animales, como las plantas; sin afectos, ni deseos, ni recuerdos, ni pensamientos; sin nada que le diera sentido y valor a la propia vida. Allí estaba tirado en la hierba, con las manos cruzadas detrás de la nuca, mirando en el cielo azul las blancas nubes deslumbrantes, llenas de sol; oyendo el viento que formaba en los castaños del bosque como un fragor de mar, y sintiendo, en la voz de ese viento y en ese fragor, como desde una infinita lejanía, la vanidad de todas las cosas y el tedio angustioso de la vida.

Nubes y viento.

Eh, pero ya era todo advertir y reconocer que las que navegaban luminosas por el interminable vacío azul eran nubes. ¿Acaso sabe la nube que existe? Ni de ellas sabían nada el árbol y las piedras, que se ignoraban incluso a sí mismos.

Y él, advirtiendo y reconociendo las nubes, podía incluso – ¿por qué no? – pensar en el proceso del agua, que se convierte en nube para volver a ser agua de nuevo. Y para explicar este proceso bastaba un pobre y mal profesor de física; pero ¿para explicar el porqué del porqué?

Arriba en el bosque, golpes de hacha; abajo en la cueva, golpes de azada.

Mutilar la montaña; abatir árboles, para construir casas. Dificultades, afanes, fatigas y penas de todo tipo, ¿para qué?, para llegar a una chimenea y para que salga luego de esta un poco de humo, enseguida perdido en la vanidad del espacio.

Y al igual que ese humo, cada pensamiento, cada recuerdo de los hombres.

Pero delante del amplio espectáculo de la naturaleza, de esa inmensa llanura verde de robles y de olivos y de castaños, bajando desde las faldas del Cimino hasta el valle tiberino, sentía poco a poco que se tranquilizaba en una dulce y desmemoriada tristeza.

Todas las ilusiones y todos los desengaños y los dolores y las alegrías de los hombres le parecían vanos y transitorios frente al sentimiento que nacen de las cosas que permanecen y sobreviven a sí mismas, impasibles. Casi sucesiones de nubes le parecían en la eternidad de la naturaleza los singulares hechos de los hombres. Bastaba mirar esos altos montes, al otro lado del valle tiberino, muy lejanos, difuminados en el horizonte, leves y casi etéreos en la puesta de sol.

¡Oh, ambición de los hombres! ¡Qué gritos de victoria porque el hombre se había puesto a volar como un pajarito! Pero he aquí cómo vuela un pajarito: es la facilidad más pura y leve, que se acompaña espontánea de un trino de alegría. ¡Y pensar ahora en el torpe aparato retumbante en el abatimiento, en el ansia, en la angustia mortal del hombre que quiere imitar al pajarito! Aquí, un aleteo y un trino; allí, un motor estrepitoso y maloliente, y la muerte delante. El motor se estropea, el motor se para; ¡adiós, pajarito!

– Hombre, – decía Tommasino Unzio, allí tirado en la hierba, – deja de volar. ¿Por qué quieres volar? ¿Y cuándo has volado tú?

De pronto, como una ráfaga, corrió por todo el pueblo una noticia que los aturdió a todos: a Tommasino Unzio, Canta la Epístola, lo había abofeteado y luego desafiado a duelo el teniente De Venera, comandante del destacamento, porque, sin querer dar ninguna explicación, había confirmado que le había dicho: – ¡Estúpida! – en su propia cara a la señorita Olga Fanelli, novia del teniente, la noche anterior, en el sendero que lleva a la pequeña iglesia de Santa María de Loreto.

Era un aturdimiento impregnado de hilaridad, que parecía que se aferraba a una interrogación sobre este o aquel dato de la noticia, para no hundirse de golpe en la incredulidad.

– ¿Tommasino? – ¿Que lo han desafiado a duelo? – ¿Estúpida, a la señorita Fanelli? – ¿Confirmado? – ¿Sin explicaciones? – ¿Y ha aceptado el desafío?

– ¡Eh, por Dios, abofeteado!

– ¿Y se batirá?

– Mañana, con pistola.

– ¿Con el teniente De Venera y con pistola?

– Con pistola.

Y, por tanto, el motivo tenía que ser gravísimo. A todos les parecía que no podía ponerse en duda una furiosa pasión mantenida hasta ahora en secreto. Y quizás le había gritado a la cara “¡Estúpida!” porque ella, en lugar de a él, amaba al teniente De Venera. ¡Estaba claro! Y verdaderamente todos en el pueblo consideraban que solo una estúpida podía enamorarse de ese ridiculísimo De Venera. Pero no lo podía creer, naturalmente, él, De Venera; y por ello había pretendido una explicación.

Por su parte, sin embargo, la señorita Olga Fanelli juraba y perjuraba con las lágrimas en los ojos que esa no podía ser la razón de la injuria, porque ella no había visto sino dos o tres veces a ese joven, quien, por lo demás, ni siquiera había levantado nunca los ojos para mirarla; y nunca jamás, ni siquiera con la más mínima señal, le había hecho ver que alimentara por ella esa furiosa pasión secreta de la que todos hablaban. ¡En modo alguno!, ¡no!, ¡esa no, alguna otra razón tenía que haber escondida! Pero ¿cuál? Por nada no se le grita: – ¡Estúpida! – a la cara a una señorita.

Si todos, y especialmente el padre y la madre, los dos padrinos, De Venera y la misma señorita se atormentaban por conocer la verdadera razón de la injuria, más que todos ellos se atormentaba Tommasino por no poder decirla, seguro como estaba de que, si la dijera, nadie la creería, y de que además a todos les parecería que él quería añadir a un secreto inconfesable la irrisión.

¿Quién habría creído, de hecho, que él, Tommasino Unzio, desde hacía algún tiempo, en su creciente y cada vez más profunda melancolía, era presa de una muy tierna piedad por todas las cosas que nacen a la vida y duran un poco, sin saber por qué, esperando el agotamiento y la muerte? Cuanto más lábiles y tenues y casi inconsistentes eran las formas de la vida, tanto más le enternecían, hasta las lágrimas a veces. ¡Oh!, de cuántos modos se nacía, y solo por una vez, y de esa precisa forma, pues nunca eran iguales dos formas, y por poco tiempo, un solo día a veces, y en un pequeñísimo espacio, teniendo a su alrededor, desconocido, el enorme mundo, el vacío enorme e impenetrable del misterio de la existencia. Hormiguita se nacía, y mosquito, y brizna de hierba. ¡Una hormiguita, en el mundo!, en el mundo, un mosquito, una brizna de hierba. La brizna de hierba nacía, crecía, florecía, se marchitaba; y así siempre; esa, nunca más; ¡nunca más!

Ahora, desde hacía aproximadamente un mes, él había seguido día tras día la breve historia de una brizna de hierba precisamente: de una brizna de hierba entre dos grises piedras atigradas de musgo, detrás de la pequeña iglesia abandonada de Santa María de Loreto.

La había seguido, casi con ternura materna, en su crecimiento lento entre otras más bajas que estaban a su alrededor, y la había visto surgir primero tímida, en su temblorosa delgadez, al otro lado de dos piedras encostradas de musgo, como si tuviera miedo y a la vez curiosidad de admirar el espectáculo que se abría debajo, en la verde e ilimitada llanura; luego, arriba, siempre más alta, osada, intrépida, con un penacho rojizo, como una cresta de gallo.

Y cada día, durante una o dos horas, contemplándola y viviendo su vida, se había agitado con ella ante el más leve soplo de aire; temblando había acudido algún día de fuerte viento, o por miedo de no llegar a tiempo para protegerla de un rebaño de cabras, que cada día, a la misma hora, pasaba por detrás de la pequeña iglesia, y a menudo se entretenía allí un poco arrancando entre los peñascos algún brote de hierba. Hasta ahora, tanto el viento como las cabras habían respetado esa brizna de hierba. Y la alegría de Tommasino al encontrarla allí intacta, con su arrogante penacho en la cima, era inefable. La acariciaba, la alisaba con dos dedos delicadísimos, casi la custodiaba con el alma y con el aliento; y, al dejarla, por la tarde, se la confiaba a las primeras estrellas que asomaban en el cielo crepuscular, para que con todas las demás la velaran durante la noche. Y precisamente, con los ojos de la mente, desde lejos, veía su brizna de hierba, entre dos piedras, bajo las estrellas centelleantes en el cielo negro, que la velaban.

Pues bien, ese día, al llegar a la hora habitual para vivir una hora con su brizna de hierba, cuando ya estaba a pocos pasos de la pequeña iglesia, había descubierto detrás de esta, sentada en una de las dos piedras, a la señorita Olga Fanelli, que quizás estaba allí descansando un poco, antes de retomar el camino.

Se había parado, no atreviéndose a acercarse, para esperar que ella, tras haber descansado, le dejara el sitio. Y de hecho, poco después, la señorita se había puesto en pie, quizás molesta por verse espiada por él: había mirado un poco a su alrededor: luego, distraídamente, alargando la mano, había arrancado justo esa brizna de hierba y se la había metido entre los dientes con el penacho colgando.

Tommasino Unzio había sentido que le arrancaban el alma, e irresistiblemente le había gritado: – ¡Estúpida! – cuando ella había pasado delante de él con ese tallo en la boca. Ahora, ¿podía él confesar que había injuriado así a esa señorita por una brizna de hierba?

Y el teniente De Venera lo había abofeteado.

Tommasino estaba cansado de la inútil vida, cansado del estorbo de esa su estúpida carne, cansado de que todos se burlaran de él; burla que se volvería más acerba y empedernida si él, después de los bofetones, se negaba a batirse.  Aceptó el desafío, pero con el pacto de que las condiciones del duelo fueran muy graves. Sabía que el teniente De Venera era un excelente tirador. Daba prueba de ello cada mañana, durante las instrucciones del Tiro al blanco. Y quiso batirse con pistola, la mañana siguiente, al alba, justo allí, en el recinto del Tiro al blanco.

Una bala en el pecho. La herida, en principio, no pareció tan grave; luego, se agravó. La bala le había horadado el pulmón. Una fiebre alta; el delirio. Cuatro días y cuatro noches de curas desesperadas. La señora Unzio, muy religiosa, cuando los médicos al final declararon que no había nada que hacer, le rogó, le suplicó al hijo que, al menos antes de morir, regresara a la gracia de Dios. Y Tommasino, para contentar a la madre, se doblegó a recibir a un confesor. Cuando este, en el lecho de muerte, le preguntó:

– Pero ¿por qué, hijo mío?, ¿por qué?

Tommasino, con los ojos entrecerrados, con voz apagada, entre un suspiro que también era una sonrisa dulcísima, le respondió simplemente:

– Padre, por una brizna de hierba…

Y todos creyeron que hasta el último momento seguía delirando.

3.3 Sol y sombra

I

Entre las ramas de los árboles que formaban casi un pórtico verde y leve en la alameda larguísima que rodeaba los muros de la vieja ciudad, la luna, apareciendo de pronto, por sorpresa, parecía que le decía a un hombre de altísima estatura que, a una hora tan insólita, se aventuraba solo por esa oscuridad tan insegura:

– Sí, pero yo te veo.

Y como si verdaderamente se viese descubierto, el hombre se paraba y, frotándose el pecho con las palmas, exclamaba con intensa exasperación:

– ¡Yo, claro!, ¡yo!, ¡Ciunna!

Mientras tanto, sobre su cabeza, todas las hojas, crujiendo infinitamente, parecía que se confiaban ese nombre: – Ciunna… Ciunna… – como si, al conocerlo desde hacía tantos años, supieran por qué paseaba a esa hora, tan solo por la temible alameda. Y seguían susurrando de él con misterio y de lo que había hecho… chisss… ¡Ciunna! ¡Ciunna!

Él, entonces, miraba detrás, en la oscuridad larga de la alameda interrumpida aquí y allá por tantas sombras de la luna; tal vez alguien… chisss… Miraba a su alrededor e, imponiéndose silencio a sí mismo y a las hojas… chisss… volvía a pasear, con las manos cogidas tras la espalda.

Muy callado, dos mil setecientas liras. Dos mil setecientas liras sustraídas de la caja del almacén general de tabacos. Por tanto, reo… chisss… de desfalco.

Al día siguiente vendría el Inspector.

– Ciunna, aquí faltan dos mil setecientas liras.

– Sí, señor. Las he cogido yo, señor Inspector.

– ¿Cogidas? ¿Cómo?

– Con dos dedos, señor Inspector.

– ¿Ah, sí? ¡Muy bien, Ciunna! ¿Cogidas como una pizca de rapé? Mis felicitaciones, por un lado; por otro, si no le importa, hágame el favor de pasar por la cárcel.

– Ah, no, ah, discúlpeme, señor caballero. Lo siento muchísimo. Tanto que, si me lo permite, mire: mañana mismo Ciunna bajará en coche a la Marina. Con las dos medallas del Sesenta en el pecho y un buen colgante de diez kilos atado al cuello como un escapulario, se tirará al mar, señor caballero. La muerte es fea; tiene las piernas secas; pero Ciunna, después de sesenta y dos años de vida íntegra, a la cárcel no va.

Desde hacía quince días, estos estrambóticos soliloquios dialogados, acompañados de gestos muy vivaces. Y, al igual que la luna entre las ramas, se asomaban a estos soliloquios un poco todos sus conocidos, que habitualmente se lo tomaban a broma debido a la cómica extrañeza de su carácter y a su modo de hablar.

– ¡Por ti, Niccolino! – seguía, de hecho, Ciunna, dirigiéndose mentalmente a su hijo.- ¡Por ti he robado! Pero no creas que me he arrepentido. ¡Cuatro niños, señor Dios, cuatro niños en medio de la calle! Y tu mujer, Niccolino, ¿qué hace? Nada, se ríe: encinta de nuevo. Cuatro y uno, cinco. ¡Bendita! Prolífica, hijo mío, prolífica; ¡puebla de pequeños Ciunna la ciudad! Visto que la miseria no te concede otra satisfacción, ¡prolífica, hijo! Los peces que mañana se comerán a tu papá tendrán luego la obligación de darte de comer a ti y a tu numerosa prole. ¡Barcas de pesca de la marina, una carga de peces cada día para mis nietos!

Esta obligación de los peces le llegaba ahora; porque, hasta hacía pocos días, en cambio se exhortaba así:

– ¡Veneno!, ¡veneno!, ¡la mejor muerte! ¡Una pildorita, y buenas noches!

Y se había procurado, por medio del mozo del Instituto químico, algunos pedacitos cristalinos de anhídrido arsenioso. Con esos pedacitos en el bolsillo, había ido incluso a confesarse.

– Morir está bien; pero en la gracia de Dios.

– ¡Con el veneno, sin embargo, no! – añadía ahora. – Demasiados espasmos. El hombre es vil; pide a gritos ayuda; ¿y si me salvan? No, no, allí, mejor: en el mar. Las medallas, en el pecho; el colgante, en el cuello, y pataplum. Luego: por completo de panza. Señores, un garibaldino flotando: ¡un cetáceo de una nueva especie! Di, Ciunna, ¿qué hay en el mar? Pececitos, Ciunna, que tienen hambre, como tus nietecitos en la tierra, como los pajaritos en el cielo.

Avisaría el coche para el día siguiente. A las siete de la mañana, con el fresquito, a la calle; una horita para bajar a la Marina; y, a las ocho y media, ¡adiós, Ciunna!

Entretanto, prosiguiendo por la alameda, pensaba en la carta que dejaría. ¿A quién se la dirigiría? ¿A la mujer, pobre vieja?, ¿al hijo?, ¿o a un amigo? ¡No, fuera los amigos! ¿Quién le había ayudado? Para decir la verdad, no le había pedido ayuda a nadie; pero porque sabía de antemano que ninguno tendría piedad con él. Y la prueba era esta: todo el pueblo lo veía desde hacía quince días ir por la calle desnortado; pues bien, ni siquiera un perro se había parado a preguntarle: – Ciunna, ¿qué tienes?

II

A la mañana siguiente, tras ser despertado por la criada a las siete en punto, se asombró de haber dormido profundamente toda la noche.

– ¿Ha llegado el coche?

– Sí, señor, está abajo esperando.

– ¡Ya estoy preparado! Pero, ¡oh, los zapatos, Rosa! Espera, abro la puerta.

Al bajar de la cama para coger los zapatos, otro estupor: la noche anterior había dejado, como de costumbre, los zapatos fuera de la puerta, para que la criada los limpiase. Como si le hubiera importado irse al otro mundo con los zapatos limpios.

Tercer estupor delante del armario, al que se dirigió para coger el traje que solía ponerse en las excursiones, para reservar el otro, el de la ciudad, un poco más nuevo, o menos viejo.

– ¿Y para qué lo reservo ahora?

En definitiva, todo como si él mismo, en el fondo, no se creyera aún que dentro de poco se iba a matar. El sueño… los zapatos… el traje… Y a decir verdad, ahora está lavándose la cara; y ahora se mira al espejo, como de costumbre, para hacerse con cuidado el nudo de la corbata.

– Pero ¿a qué juego?

No. La carta. ¿Dónde la había puesto? Aquí, en el cajón del comodín. ¡Aquí está!

Leyó el encabezamiento: “Para Niccolino”.

– ¿Dónde la pongo?

Pensó ponerla en la almohada de la cama, justo en el sitio donde había puesto la cabeza por última vez.

Aquí la verán mejor.

Sabía que la mujer y la criada no entraban antes de mediodía para hacer la cama.

– A mediodía ya habrán pasado más de tres horas…

No terminó la frase; dio una última mirada en redondo, como para despedirse de las cosas que dejaba para siempre; descubrió en el cabecero el viejo crucifijo de marfil amarillento, se quitó el sombrero y dobló las piernas como para arrodillarse.

Pero en el fondo aún no se sentía ni siquiera despierto del todo. Tenía aún en la nariz y en los ojos, pesado y profundo, el sueño.

– Dios mío… Dios mío… – dijo al final, imprevistamente perdido.

Y se apretó fuerte la frente con una mano.

Pero luego pensó que abajo el coche ya esperaba, y salió precipitadamente.

– Adiós, Rosa. Di que vuelvo antes de la noche.

Cruzando en coche, al trote, la ciudad (el animal del cochero les había puesto los cascabeles a los caballos como para ir a una fiesta campestre), Ciunna sintió, en el aire fresco, que se despertaba enseguida la inspiración cómica que era propia de su naturaleza, e imaginó que los músicos de la banda municipal, con penachos agitados en los yelmos, corrían detrás de él, gritando y haciendo señales con los brazos para que se parara o fuera más despacio, pues querían tocarle  la marcha fúnebre. Detrás, corriendo de ese modo, no podían.

“¡Muchas gracias! ¡Adiós, amigos! ¡Prefiero prescindir de ello! Me basta este estrépito de los cristales del coche, y esta alegría de los cascabeles!”

Pasadas las últimas casas, ensanchó el pecho a la vista del campo que parecía inundado de un rubio mar de mieses, en el que sobrenadaban aquí y allá almendros y olivos.

Vio a su derecha salir de un algarrobo a una campesina con tres niños; contempló un momento el gran árbol enano, y pensó: “Es como la gallina que tiene debajo a sus pollitos”. Lo saludó con la mano. Anhelaba saludar todas las cosas, por última vez, pero sin aflicción; como si con la alegría que sentía en ese momento se viera completamente recompensado.

El coche ahora bajaba con dificultad por el callejón polvoriento, más empinado que nunca. Subían y bajaban largas filas de carretas. No había prestado atención nunca a los característicos arreos de los mulos que tiran de esas carretas. Lo notó ahora, como si esos mulos se hubieran vestido, con todos esos flecos y esos lazos y borlas variopintas, para hacerle a él una fiesta.

A la derecha, a la izquierda, aquí y allá, en los montones de guijos, estaban sentados, descansando, algunos mendigos, tullidos o ciegos, que desde el barrio marino subían hasta la colina de la ciudad, o bajaban desde esta hacia aquel por una moneda o un trozo de pan que les habían prometido para tal día.

A la vista de estos se afligió, y enseguida se le ocurrió invitarlos a que subieran al coche con él: “¡Alegres!, ¡alegres! ¡Vamos a tirarnos al mar todos! ¡Un coche de desesperados! ¡Vamos, vamos, hijos!, ¡subid, subid! La vida es hermosa y no debemos afligirla con nuestra vista”.

Se contuvo, para no desvelarle al cochero la finalidad de la excursión. Sonrió, sin embargo, de nuevo, imaginándose a todos esos mendigos en el coche con él; y, como si verdaderamente estuvieran allí con él, viendo a otro por la calle, se repetía para sí mismo la invitación:

“¡Ven, tú también, sube! ¡Te doy un viaje gratis!”

III

En el barrio marino Ciunna era conocido por todos.

– ¡Gran Ciunna! – sintió, de hecho, que lo llamaban, apenas bajó del coche; y se encontró entre los brazos de un tal Tino Imbrò, su joven amigo, que le zampó dos sonoros besos, golpeándole con una mano la espalda.

– ¿Cómo está? ¿Cómo está? ¿Qué ha venido a hacer aquí a este poblachón de descalzos?

– Un asuntillo… – respondió Ciunna sonriendo con embarazo.

– ¿Este coche está a su disposición?

– ¡Sí, lo he tomado en alquiler!

– Muy bien. Por tanto, ¡cochero, suelta el caballo! Querido Ciunna, por muy mal que se encuentre, ojos pálidos, nariz pálida, labios pálidos, lo secuestro. Si le duele la cabeza, hago que se le pase; ¡y hago que se le pase cualquierísima cosa!

– Gracias, Tino mío, – dijo Ciunna, enternecido por la festiva acogida del alegre joven. – Mira, tengo que solucionar de verdad un asunto muy urgente. Luego es necesario que vuelva de prisa. Por lo demás, no sé, quizás hoy me llegue de golpe, de sopetón, el inspector.

– ¿El domingo? ¿Y eso, cómo?, ¿sin avisar?

– ¡Ah, sí! – replicó Ciunna. – ¿También quieres un aviso? Caen encima de ti cuando menos te lo esperas.

– No lo veo razonable, – protestó el otro. – Hoy es día de fiesta, y queremos reírnos. Yo lo secuestro. Estoy de nuevo soltero, ¿sabe? Mi mujer, la pobrecilla, lloraba noche y día… “¿Qué tienes, querida mía, qué tienes?” “¡Quiero a mi mamá!, ¡quiero a mi papá!” “Oh, ¿me lloras por esto? Tontona, vete con mamá, vete con papá, que te darán un caramelo, cositas muy buenas…” Dígame usted, que es mi maestro, ¿he hecho bien?

Rio incluso desde el pescante el cochero. Y entonces Imbrò:

– ¡Estúpido, aún estás ahí? ¡Marche! Te lo he dicho: ¡Suelta el caballo!

– Espera, -dijo de nuevo Ciunna, sacando del bolsillo del pecho la cartera. – Pago antes.

Pero Imbrò le sujetó el brazo:

– ¡Eso nunca! ¡Pagar y morir, lo más tarde que se pueda!

– No, antes, – insistió Ciunna. – Tengo que pagar antes. Si me quedo, aunque solo sea un poco, en este barrio de caballeros, comprenderás que corro el peligro de que me roben incluso las suelas de los zapatos, apenas levante el pie para caminar.

– ¡Este es mi viejo maestro! ¡Al fin te reconozco! Pague, pague y vámonos.

Ciunna movió levemente la cabeza, con una sonrisa amarga en los labios; le pagó al cochero y luego le preguntó a Imbrò:

– ¿Dónde me llevas? Cuidado, solo media horita.

– Usted bromea. El coche está pagado, puede esperar hasta la noche. No vale decir no: ahora organizo yo el día. ¿Ve?, tengo aquí el bolso, iba a la playa. Venga conmigo.

– ¡Ni por asomo! – se negó enérgicamente Ciunna. – ¿Yo, a la playa? ¡Nada de playa, querido!

Tino Imbrò lo miró maravillado.

– ¿Hidrofobia?

– No, escucha, – replicó Ciunna, asentando los pies como un mulo. – Cuando te he dicho que no, es que no. A bañarme a la playa, si acaso, iré más tarde.

– ¡Pero es esta la hora! – exclamó Imbrò. – Un buen baño, y luego, con el hambre, corriendo al León de oro: ¡comilona y lingotazo! ¡Déjese servir!

– Un festín precisamente. ¡Vamos! Me haces reír. Por lo demás, mira, estoy desprovisto de todo: no tengo bañador, ni albornoz. Yo aún pienso en la decencia.

– ¡Vamos! – exclamó el otro, arrastrando a Ciunna por un brazo. – Encontrará todo lo necesario en el balneario.

Ciunna se sometió a la vivaz, afectuosa tiranía del jovencito.

Encerrado, poco después, en una cabina de la playa, se dejó caer en un silla y apoyó la cabeza doblada en la pared de madera, con todos los miembros abandonados, e impreso en la cara un sufrimiento casi rabioso.

– Una pequeña degustación del elemento, – murmuró.

Oyó unos golpes en las tablas de la cabina de al lado, y la voz de Imbrò:

– ¿Estamos ya? Yo ya estoy en bañador. ¡Tinino de las hermosas piernas!

Ciunna se puso en pie.

– Ya está, me desnudo.

Comenzó a desnudarse. Al sacar del bolsillo del chaleco el reloj, para esconderlo prudentemente dentro de un zapato, quiso mirar la hora. Aún eran las nueve y media, y pensó: “¡Una hora ganada!”. Se puso a bajar la escalera mojada, presa de la sensación de frío.

– ¡Abajo, abajo, al agua! – le gritó Imbrò, que ya se había zambullido, y amenazaba salpicarlo con una mano.

– ¡No, no! – gritó a su vez Ciunna, tembloroso y convulso, con esa angustia que confunde o frena ante la móvil, vítrea densidad del agua marina. – ¡Mira, que vuelvo a subir! No sería una broma… no lo soporto… ¡Brrr, qué fría está! – añadió, rozando el agua con la punta del pie retenido. Luego, como turbado de improviso por una idea, se zambulló por completo bajo el agua.

– ¡Excelente! – gritó el otro, apenas Ciunna se puso en pie, chorreando como una fuente.

– ¿Valiente, eh? – dijo Ciunna, pasándose las manos por la cabeza y por la cara.

– ¿Sabe nadar?

– No, me las arreglo.

– Yo me alejo un poco.

El agua en el recinto era baja. Ciunna se acuclilló, agarrándose con un brazo a un palo y golpeando ligeramente el agua con la otra mano, como si quisiera decirle: ¡sé buena!, ¡sé buena!, ¡más tarde!

Era verdaderamente una irrisión atroz ese baño: él, en calzoncillos, en cuclillas y sujeto a un palo, dialogando con el agua.

Poco después, sin embargo, Imbrò, volviendo al recinto y lanzando una mirada alrededor, ya no lo encontró. ¿Ya había subido? Y se dirigía para cerciorarse a la escalera de la cabina, cuando he ahí que de pronto, se lo vio delante, saliendo de estampía del agua, con la cara roja, babeando estrepitosamente.

– ¡Eh! Pero ¿está loco? ¿Qué ha hecho? ¿No sabe que así se le puede reventar una vena del cuello?

– Deja que reviente, – dijo Ciunna jadeando, medio ahogado, con los ojos fuera de las órbitas.

– ¿Ha tragado agua?

– Un poco.

– Eh, digo, – dijo Imbrò y con la mano señaló de nuevo la duda de que su viejo amigo hubiera enloquecido. Lo miró un poco; le preguntó: – ¿Ha querido probar su respiración o se ha sentido mal?

– Probar mi respiración, – respondió sombrío Ciunna, pasándose de nuevo las manos por los cabellos mojados.

– ¡Matrícula de honor para el muchachito! – exclamó Imbrò. – ¡Vamos, vamos a vestirnos! Además, ya se nos ha despertado el apetito. Dígame la verdad: ¿se encuentra mal?

Ciunna se había puesto a arquear como un pavo.

– No, – dijo, cuando acabó. – ¡Me siento bien! ¡Ya ha pasado! ¡Vamos, vamos a vestirnos!

– Espaguetis con mejillones, y glu, glu, glu… ¡un vinito! Déjeme a mí; pienso yo. Regalo de los familiares de mi mujer, que en gloria esté. Me queda aún un barrilito. ¡Verá!

IV

Se levantaron de la mesa cuando ya eran cerca de las cuatro. El cochero se asomó a la puerta del mesón:

– ¿Tengo que enganchar el caballo?

– ¡Si no te vas! – amenazó Imbrò con la cara encendida, echándose con un brazo a Ciunna sobre el pecho y agarrando con la otra mano una botella vacía.

Ciunna, no menos encendido, se dejó atraer: sonrió, no replicó; feliz como un niño con esa protección.

– ¡Te he dicho que no volvemos hasta la noche! – continuó Imbrò.

– ¡Se sabe! ¡Se sabe! – aprobaron en coro muchas voces.

Porque el comedor se había llenado con una veintena de amigos de Ciunna y de Imbrò, y los demás clientes del mesón se habían puesto a comer juntos, formando así una gran mesa, alegre primero, luego cada vez más ruidosa: risas, gritos, brindis de burla, un jaleo de infierno.

Tino Imbrò subió a la silla. ¡Una propuesta! Todos a bordo del vapor inglés anclado en el puerto.

– ¡Con el capitán nos llevamos peor que con los hermanos!, es un joven de unos treinta años, lleno de barba y de virtud: ¡con unas botellas de Gin que ni os cuento!

La propuesta fue acogida por una turbamulta de aplausos.

Hacia las seis, disuelta la compañía tras la visita al vapor, Ciunna le dijo a Imbrò:

– ¡Querido Tinino, ya es hora de que nos vayamos! No sé cómo agradecértelo.

– Eso ni pensarlo, – lo interrumpió Imbrò. – Piense mejor que tiene que realizar aún el asuntillo del que me ha hablado esta mañana.

– ¡Ah, ya, tienes razón!, – dijo Ciunna frunciendo el ceño y buscando con una mano el hombro del amigo, como si estuviera a punto de caerse. – Sí, sí, tienes razón. Y decir que había bajado para esto. Es necesario que vaya.

– Pero puede dejarlo, – le comentó Imbrò.

– No, – respondió Ciunna, torvo; y repitió: – Es necesario que vaya. He bebido, he comido, y ahora… Adiós, Tinino. No puedo dejarlo.

– ¿Quiere que lo acompañe? – preguntó este.

– ¡No! Ah, ah, ¿querrías acompañarme? Sería curioso. No, no, gracias, Tinino mío, gracias. Voy solo, por mi cuenta. He bebido, he comido, y ahora… ¡Adiós, Tinino, eh!

– Entonces lo espero aquí, con el coche, y nos despediremos. ¡Hágalo rápido!

– ¡Muy rápido!, ¡muy rápido! ¡Adiós, Tinino!

Y se marchó.

Imbrò hizo un gesto de disgusto y pensó: “¡Ay, los años, los años! Parece imposible que Ciunna… A fin de cuentas, ¿qué habrá bebido?”

Ciunna se volvió y, levantando y agitando un dedo a la altura de los ojos que guiñaba con picardía le dijo:

– No me conoces.

Luego se dirigió hacia el brazo más ancho del puerto, el de poniente, aún sin muelle, lleno de escollos amontonados los unos sobre los otros, entre los cuales el mar se lanzaba con oscuras zambullidas, seguidas de profundos remolinos. Se mantenía de pie con dificultad. Pero saltaba de un escollo a otro, quizás con la intención, no precisa, de resbalar, de romperse una espinilla, o de rodar, así casi sin quererlo, en el mar. Jadeaba, resoplaba, sacudía la cabeza como para quitarse de la nariz cierto fastidio, que no sabía si le venía del sudor, de las lágrimas o de los salpicones de las olas que se metían entre los escollos. Cuando estuvo en la punta de la escollera, se cayó sentado, se quitó el sombrero, cerró los ojos, la boca, e hinchó las mejillas, como para prepararse para expulsar, con todo el aliento que tenía en el cuerpo, la angustia, la desesperación, la bilis que había acumulado.

– Ufff…, veamos, – dijo al final, después de resollar, volviendo a abrir los ojos.

El sol se ponía. El mar, de un verde vítreo cerca de la orilla, se doraba intensamente en toda la extensión trémula del horizonte. El cielo estaba todo en llamas, y el aire muy limpio, en la viva luz, sobre todo ese temblor de aguas incendiadas.

– ¿Yo allí? – se preguntó Ciunna poco después, mirando el mar, más allá de los escollos. – ¿Por dos mil setecientas liras?

Le parecieron poquísimas. Como quitarle al mar un barril de agua.

– No tenemos derecho a robar, lo sé. Pero habría que ver si no tenemos el deber, por Dios, cuando cuatro niños te lloran por el pan, y uno tiene este asqueroso dinero entre las manos y lo está contando. La sociedad no nos da ese derecho; pero, tú, padre, tienes el deber de robar en semejantes casos. ¡Y yo soy dos veces padre de esos cuatro inocentes! Y si muero, ¿qué será de ellos? ¿Mendigarán por las calles? Ah, no, señor inspector; le haré llorar con mi caso. Y si usted, señor inspector, tiene el corazón tan duro como este escollo, pues bien, mándeme ante los jueces: quiero ver si tienen el valor de condenarme. ¿Que pierdo el trabajo? ¡Encontraré otro, señor Inspector! No se confunda. ¡Ahí yo no me tiro! ¡Aquí están las barcas! ¡Me compro un kilo de salmonetes grandes, y me vuelvo a casa a comérmelos con mis nietos!

Se levantó. Las barcas entraban a toda vela, virando. Se movió rápido para llegar a tiempo al mercado del pescado. Compró, entre peleas y gritos, los salmonetes aún vivos, saltando. Pero – ¿dónde los metería? Una cesta barata: con algas, dentro; y no lo dude, señor Ciunna, llegarán aún muy vivos a la ciudad.

En la calle, delante del León de oro, encontró a Imbrò, que, enseguida, le hizo con la mano una señal expresiva:

– ¿Evaporado?

– ¿Qué? Ah, el vino… ¿Qué creías? ¡Vamos! – dijo Ciunna. – Ya ves, he comprado salmonetes. Un beso, Tinino mío, y un millón de gracias.

– ¿Por qué?

– Quizás un día te lo diga. Oh, cochero, eche la capota, que no quiero que me vean.

V

Apenas fuera del barrio, comenzó la penosa pendiente.

Los dos caballos tiraban del coche con la capota echada, acompañando con un movimiento de la cabeza inclinada cada paso que daban con dificultad, y los cascabeles que colgaban parecía que medían la lentitud y la pena.

El cochero, de vez en cuando, exhortaba a los pobres animales delgados con una voz larga y lamentosa.

A mitad del camino, ya era noche cerrada.

La oscuridad sobrevenida, el silencio casi a la espera de un leve rumor en la soledad yerma de esos lugares mal guardados, despertaron el espíritu de Ciunna, aún nublado por los vapores del vino y cegado por el esplendor del ocaso en el mar.

Poco a poco, al crecer la sombra, había cerrado los ojos, casi para lisonjearse a sí mismo con la idea de que podía dormir. Ahora, en cambio, se encontraba con los ojos abiertos en la oscuridad del coche, fijos en el cristal de enfrente, que hacía ruido continuamente.

Le parecía que había salido hacía bien poco, inadvertidamente, de un sueño. Y, entretanto, no encontraba la fuerza de sacudirse, de mover un dedo. Tenía los miembros como de plomo y una tétrica gravedad en la cabeza. Estaba sentado casi sobre la espalda, abandonado, con la barbilla en el pecho, las piernas contra el asiento de enfrente, y la mano izquierda hundida en el bolsillo de los pantalones.

¡Oh, cómo! ¿Estaba de verdad borracho?

– Pare, – farfulló con la lengua pesada.

E imaginó, sin descomponerse, que bajaba del coche y se ponía a errar por los campos, en la noche, sin dirección. Oyó a lo lejos ladrar, y pensó que ese perro le ladraba a él errando allí abajo, por el valle.

– Pare, – repitió poco después, casi sin voz, bajando sobre los ojos los párpados lentos.

¡No! – él, muy callado, tenía que saltar del coche, sin hacerlo parar, sin que el cochero se diera cuenta; esperar que el coche se alejara un poco por el empinado callejón, y luego echarse a correr por el campo, correr hasta el mar allí al fondo.

Entretanto no se movía.

– ¡Plum! – intentó hacer con la lengua torpe.

De pronto una vibración en el cerebro hizo que se sobrecogiera, y con la mano derecha convulsa comenzó a rascarse rápidamente la frente:

– La carta… la carta…

Había dejado la carta para el hijo en la almohada de la cama. La veía. A esa hora, en casa lo lloraban muerto. Todo el pueblo, a esa hora, se había hecho eco de la noticia de su suicidio. ¿Y el inspector? El inspector seguro que había venido: “Le habrán entregado las llaves; se habrá dado cuenta del vacío de la caja. La suspensión sin honor, la miseria, el ridículo, la cárcel.”

Y el coche, entretanto, seguía hacia adelante, lentamente, con pena.

No. No. Presa de un temblor angustioso, Ciunna habría querido pararlo. ¿Y entonces? No, no. ¿Saltar del coche? Sacó la mano izquierda del bolsillo y con el pulgar y el índice se cogió el labio inferior, como reflexionando, mientras con los otros dedos apretaba, destrozaba algo. Abrió la mano, sacándola por la ventanilla, al claro de luna, y se miró  la palma. Se detuvo. El veneno. Allí, en el bolsillo, el veneno olvidado. Apretó los ojos, se lo metió en la boca: tragó. Rápidamente volvió a meter la mano en el bolsillo, sacó otros pedacitos: se los tragó. Vacío. Vértigo. El pecho, el vientre se le abrían, desgarrados. Sintió que le faltaba el aliento y sacó la cabeza por la ventanilla.

– Ahora muero.

El amplio valle de abajo estaba inundado de un fresco y leve claro de luna; las altas colinas de enfrente sobresalían negras y se dibujaban nítidamente en el cielo opalino.

Ante el espectáculo de esa deliciosa quietud lunar sintió una gran calma dentro de él. Apoyó la mano en la puerta, apoyó la barbilla sobre la mano y esperó, mirando hacia fuera. Subía desde el fondo del valle un claro y constante campanilleo de grillos, que parecía la voz del tembloroso reflejo lunar en las aguas corrientes de un plácido río invisible.

Levantó los ojos al cielo, sin separar la barbilla de la mano, luego miró las colinas negras y el valle de nuevo, como para ver cuánto les quedaba ahora a los demás, puesto que ya nada era para él. Dentro de poco, no vería, no oiría ya nada. ¿Acaso se había detenido el tiempo? ¿Cómo era que no sentía aún ningún atisbo de dolor?

– ¿No me muero?

Y enseguida, como si el pensamiento le hubiera dado la sensación esperada, se apartó, y con una mano se oprimió el vientre. No, aún no sentía nada. Sin embargo… Se pasó una mano por la frente: ¡ah!, ¡estaba cubierta de un sudor frío! El terror de la muerte, con la sensación de ese hielo, lo venció: tembló entero bajo la enorme, negra, hórrida inminencia irreparable, y se contrajo en el coche, mordiendo un cojín para sofocar el grito del primer espasmo que le cortaba las vísceras.

Silencio. Una voz. ¿Quién cantaba? Y esa luna…

Cantaba el cochero monótonamente, mientras los caballos cansados arrastraban con dificultad el coche negro por el callejón polvoriento, blanco de luna.

3.4  El avemaría de Bobbio

Un caso muy singular le había sucedido, bastantes años atrás, a Marco Saverio Bobbio, notario de entre los más estimados de Richieri.

En el poco tiempo que la profesión le dejaba libre, siempre se había entretenido con estudios filosóficos, y muchos libros de antigua y nueva filosofía había leído, y alguno hasta releído y profundamente meditado.

Sin embargo, Bobbio tenía más de un diente estropeado. Y nada, según él, podía disponerlo más al estudio de la filosofía que el dolor de muelas. Todos los filósofos, a su parecer, habían debido de tener o debían de tener al menos un diente estropeado. Schopenhauer, ciertamente, más de uno.

Del dolor de muelas, al estudio de la filosofía; y el estudio de la filosofía, poco a poco, había tenido como consecuencia la pérdida de la fe, fervorosa un tiempo, cuando Bobbio era un niño y cada mañana iba a misa con la madre y cada domingo tomaba la santa comunión en la pequeña iglesia de la Abadía del Carmen.

Lo que sabemos de nosotros es, sin embargo, solo una parte, y quizás pequeñísima, de lo que somos sin saberlo. Es más, Bobbio decía que lo que llamamos conciencia es comparable con la poca agua que se ve en el cuello de un pozo sin fondo. Y quizás quería decir con esto que, más allá de los límites de la memoria, hay percepciones y acciones que no llegamos a conocer, porque verdaderamente ya no son nuestras, sino de ese que fuimos en otro tiempo, con pensamientos y afectos desde hace mucho tiempo oscurecidos, borrados, apagados en nosotros por un largo olvido; pero que con el reclamo imprevisto de una sensación de sabor, color o sonido, aún pueden dar prueba de vida, mostrando aún vivo en nosotros otro ser insospechado.

Marco Saverio Bobbio, muy conocido en Richieri no solo por la calidad de excelente y muy escrupuloso notario, sino también y quizás más por la gigantesca estatura, que el sombrero de copa, la papada y la panza exorbitante hacían espectacular, ahora sin fe y escéptico, llevaba dentro todavía – y no lo sabía – al niño que cada mañana iba a misa con la madre y las dos hermanitas, y que cada domingo tomaba la santa comunión en la pequeña iglesia de la Abadía del Carmen; y que quizás todavía, sin saberlo él, cuando se iba a la cama con él, por él juntaba las manitas y rezaba las antiguas oraciones, de las que Bobbio quizás no recordaba ya ni siquiera las palabras.

Se había dado cuenta él mismo, hacía bastantes años, cuando precisamente le había ocurrido este caso tan singular.

Se encontraba veraneando con la familia en una finca suya a unas dos millas de Richieri. Iba cada mañana con el burro (¡pobre burro!) a la ciudad, por los asuntos del estudio, que no lo dejaban en paz; volvía por la tarde.

Los domingos, sin embargo, ah, los domingos quería pasarlos enteros, y felizmente, de vacaciones. Llegaban familiares y amigos; y se hacían grandes comidas al aire libre: las mujeres preparaban la comida o chismorreaban; los niños hacían ruido entre ellos; los hombres iban a cazar o jugaban a las bochas.

Era divertido y espantoso ver correr a Bobbio detrás de las bochas, con esa papada y la panza tambaleante.

– Marco, – le gritaba la mujer desde lejos, – ¡no te fatigues! ¡Cuidado, Marco, no vayas a estornudar!

Porque, ¡Dios nos libre si Bobbio estornudaba! Era siempre una explosión por todas partes; y a menudo, chorreando por completo, tenía que correr a buscar un remedio con una mano delante y otra detrás.

No podía controlar ese corpachón suyo. Parecía que este, rompiendo todo freno, se le escapaba, se le precipitaba perdido, dejándolos a todos con el alma en vilo mientras intentaban sujetárselo. Cuando luego lograba dominarlo, estabilizado, le volvía con unos extraños dolores y daños imprevistos, en un brazo, en una pierna, en la cabeza.

Con mayor frecuencia, en las muelas.

¡Las muelas, las muelas eran la desesperación de Bobbio! Había hecho que le extrajeran cinco o seis, no sabía cuántas; pero las pocas que le quedaban parecía que se hubieran encargado de torturarlo por las que ya no estaban.

Uno de esos domingos, cuando había bajado a la casa de Richieri el cuñado con toda la familia, mujer, hijos y parientes de la mujer y parientes de los parientes, cinco coches grandes, y habían estado más alegres que nunca, ¡paf!, de imprevisto, por la tarde, justo en el momento de sentarse a la mesa, uno de esos dolores… ¡pero uno de los grandes!

Para no estropearles a los otros la fiesta, el pobre Bobbio se había retirado a la habitación con una mano en la mejilla, la boca casi abierta, y los ojos como de plomo, rogándoles a todos que comieran y no se preocuparan por él. Pero, una hora después, había reaparecido como uno que no sabía en qué mundo estaba, si un molino de vapor, precisamente un molino de vapor, estrepitoso, retumbante, había podido metérsele en la cabeza y molerle en la boca, sí, sí, en la boca, furiosamente. Todos se habían quedado suspendidos y consternados mirándole la boca, como si de verdad esperaran ver salir harina. ¡Pero qué harina!, baba, baba le salía. No solo esto, sin embargo, era absurdo: todo era absurdo en el mundo, y monstruoso, y atroz. ¿No estaban todos ahí festejando en un banquete, mientras él rabiaba y enloquecía?, ¿mientras el universo se le destrozaba en la cabeza?

Jadeando, con los ojos alterados, la cara congestionada, las manos temblorosas, levantaba como un oso ya una pierna ya la otra del suelo, y movía la cabeza, como si quisiera golpeársela contra la pared. Todos sus actos y sus gestos eran, en su intención, airados y violentos: pero se presentaban suaves y en vano, casi para no molestar al dolor, para no hacerlo rabiar más.

¡Por favor, por favor, siéntense!, ¡siéntense! ¡Oh, Dios! ¿Querían que enloqueciera más, saltándole encima de ese modo? ¡Siéntense!, ¡siéntense! Nada. ¡Nadie podía ayudarle! Tonterías… imposturas… ¡Nada, por favor! No podía hablar… Uno solo… que fuera uno solo a ensillar los caballos de uno de los coches que habían llegado por la mañana. Quería correr a Richieri para que le extrajeran el diente. ¡Enseguida!, ¡enseguida! Entretanto, todos sentados. Apenas estuvo preparado el coche… ¡Que no, quería subir solo! No podía escuchar hablar, no podía ver a nadie… ¡Por favor, solo!, ¡solo!

Poco después, en el coche – solo, como había querido – abandonado, hundido, perdido en el estrépito del espasmo atroz, mientras a lo largo del callejón en pendiente los caballos iban casi al paso, y se había hecho de noche… Pero ¿qué había pasado? En el trastorno de la conciencia, Bobbio de improviso había sentido un temblor, un temblor de ternura angustiosa por sí mismo, que sufría, oh Dios, sufría hasta no poder más. El coche pasaba en ese momento delante de una tosca hornacina de la Santísima Virgen de las gracias, con una vela encendida, colgada delante de la reja, y Bobbio, en ese temblor de ternura angustiosa, con la conciencia trastornada, sin saber ya lo que hacía, había detenido su mirada lagrimosa en esa velita, y…

«Ave María, llena eres de gracia, el Señor es Contigo, bendita entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de Tu vientre, Jesús. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.»

Y, de pronto, un silencio, un gran silencio se le hizo dentro; y, también fuera, un gran silencio misterioso, como de todo el mundo: un silencio lleno de frescura, arcanamente leve y dulce.

Se había quitado la mano de la mejilla, y se había quedado atónito, aturdido, escuchando. Una muy larga respiración de refrigerio, de alivio le había devuelto el alma. ¡Oh, Dios! Pero ¿cómo? El dolor de muelas se le había pasado, precisamente se le había pasado, como por un milagro. Había rezado el avemaría, y… ¿Cómo, él? Pues sí, pasado, había poco que decir. ¿Por el avemaría? ¿Cómo creerlo? Se le había ocurrido rezarla así, de pronto, como una mujercita…

El coche, entre tanto, había seguido subiendo hacia Richieri, y Bobbio, atontado, humillado, no había pensado decirle al cochero que volviera atrás, a la casa del campo.

Una punzante vergüenza de reconocer, en primer lugar, el hecho de que él, como una mujercita, había podido rezar el avemaría, y que luego, verdaderamente, tras el avemaría, el dolor de muelas se le había pasado, lo irritaba y lo desconcertaba; y además, el remordimiento de reconocer incluso, al mismo tiempo, que se mostraba ingrato al no creer, al no poder creer, que se había librado del dolor con esa oración, ahora que había conseguido la gracia;  y, en fin, un secreto temor de que, por esta ingratitud, en seguida el dolor le podía acometer de nuevo.

¡Pues no! El dolor no le había acometido de nuevo. Y, volviendo a la casa del campo, ligero como una pluma, risueño, exultante, a todos los invitados, que corrieron a su encuentro, Bobbio les había anunciado:

– ¡Nada! Se me ha pasado de pronto, solo, a lo largo del callejón, poco después de la hornacina de la Señora de las Gracias. ¡Solo!

Pues bien, en este caso suyo tan singular de hacía bastantes años pensaba Bobbio con una risita escéptica a flor de labios, una sobremesa, tendido en el sofá del estudio, con el primer volumen de los Essais de Montaigne abierto ante sus ojos.

Leía el capítulo XXVII, donde se demuestra que c’est folie de rapporter le vray et le faux à notre suffisance.

Estaba, a pesar de esa risita escéptica, algo inquieto y, leyendo, se pasaba de vez en cuando una mano por la mejilla derecha.

Montaigne decía:

«Quand nous lisons dans Bouchet les miracles des reliques de sainct Hilaire, passe; son credit n’est pas assez grand pour nous oster la licence d’y contredire; mais de condamner d’un train toutes pareilles histoires me semble singulière imprudence. Ce grand sainct Augustin tesmoigne…»

– ¡Claro! – dijo Bobbio en ese punto, acentuando la risita. – ¡Claro! Ese gran San Agustín atestigua, o digamos, acredita que ha visto, en las reliquias de San Gervaso y Protaso en Milán, a un niño ciego recuperar la vista; una mujer en Cartago, curarse de un cáncer con el signo de la cruz que le hizo allí una mujer recién bautizada… Pero del mismo modo, el gran San Agustín habría podido afirmar, o digamos, acreditar con mi testimonio, que Marco Saverio Bobbio, uno de los notarios más estimados de Richieri, se curó una vez de pronto de un feroz dolor de muelas, al rezar un avemaría…

Bobbio cerró los ojos, acomodó la boca en forma de o, como hacen los monos, y expulsó un poco de aire.

– ¡Mal aliento!

Apretó los labios y, doblando hacia un lado la cabeza, siempre con los ojos cerrados, se pasó de nuevo, más fuerte, la mano sobre la mandíbula.

¡Por Dios, el diente! ¿O no le dolía de nuevo el diente? Y mucho, incluso, le dolía. Por Dios, otra vez.

Resopló; se puso en pie con dificultad; arrojó el libro sobre el sofá, y se puso a pasear por la habitación con la mano en la mejilla y la frente contraída y la nariz jadeante. Se puso delante del espejo de la repisa; se metió un dedo en un ángulo de la boca y tiró de ella para mirar dentro el diente cariado. Con la impresión del aire, sintió una punzada más aguda de dolor, y en seguida apretó los labios y contrajo toda la cara por el dolor; luego levantó la cara al techo y sacudió los puños, exasperado.

Pero sabía por experiencia que, rebajándose ante el dolor y enfadándose, haría peor. Se esforzó, por tanto, por dominarse; fue a echarse de nuevo en el sofá y se quedó un rato con los párpados entrecerrados, casi encubando el espasmo; luego los reabrió; retomó el libro y la lectura.

«… une femme nouvellement baptisée lui fit; Hesperius… no, encima… Ah, claro… une femme en une procession ayant touché à la chasse sainct Estienne d’un bouquet, et de ce bouquet s’estant frottée les yeux, avoir recouvré la veuë qu’elle avoit pieça perdue..

Bobbio se rio con sarcasmo. La risa se le contrajo en una mueca, por un tirón imprevisto del dolor, y se aplicó la mano, fuerte, con el puño cerrado. La mueca era de desafío.

– Y entonces, dijo, – veamos un poco: que Montaigne y San Agustín sean mis testigos. Veamos si se me pasa ahora, como se me pasó entonces.

Cerró los ojos y, con la sonrisa fría en los labios temblorosos por el espasmo interior, rezó lentamente, con dificultad, buscando las palabras, el avemaría, esta vez en latín… gratia plena… Dominus tecum… fructus ventris tui… nunc et in hora mortis… Reabrió los ojos. Amen… esperó un poco, interrogando al diente… Amen…

¡Pues no! No se le pasaba. Es más, le dolía más fuerte… Así era, ay, ay… más fuerte… más fuerte…

– ¡Oh, María! ¡Oh, María!

Y Bobbio se quedó aturdido. Esta última y reiterada invocación no había sido suya; le había salido de los labios no con su voz, con su fervor. Claro… eso es… una pausa… un refrigerio… ¿Era posible? ¿Otra vez?… ¡Pues, claro que no! Ay, ay… ay, ay…

– ¡Al diablo Montaigne y San Agustín!

Y Bobbio se puso el sombrero en la cabeza y, ceñudo, feroz, con la mano en la mejilla, se precipitó en busca de un dentista.

¿Rezó o no rezó, durante el trayecto, sin saberlo, de nuevo, el avemaría? Quizás sí… quizás no… el hecho es que, delante de la puerta del dentista, se paró de pronto, más enfadado que nunca, con chorros de sudor por toda la carota, con tan ridícula actitud de estúpida suspensión, que un amigo lo llamó:

– ¡Señor notario!

– Eh…

– ¿Qué hace ahí?

– ¿Yo? Nada… tenía un… un diente que me dolía…

– ¿Se le ha pasado?

– Sí… solo…

– ¿Y así lo dice? ¡Alabado sea Dios!

Bobbio lo miró con una cara de perro rabioso.

– ¡Y un cuerno! – gritó. – ¿Qué tiene que ver Dios? ¡Le he dicho, solo! ¡Pero por decírselo, verá que quizás, de aquí a un momento, me vuelve! Ya no me duele; ¡pero me lo saco igual! ¡Me los saco todos, uno tras otro, ahora mismo me los saco todos! No me gustan estas burlas… ¡no quiero más estas burlas! ¡Todos, uno tras otro, me los saco!

Y se metió, furioso, ante la risa de ese amigo, en el portalito del dentista.

3.5 El imbécil

Pero ¿qué tenía que ver, al fin, Mazzarini, el diputado Guido Mazzarini, con el suicidio de Pulino? – ¿Pulino? Pero ¿cómo? ¿Se había matado? – Lulú Pulino, sí, hace dos horas. Lo habían encontrado en su casa, colgado de la anilla de la lámpara, en la cocina. – ¿Ahorcado? – Ahorcado, sí. ¡Qué espectáculo! Negro, con los ojos y la lengua fuera, y los dedos, contraídos. – ¡Ah, pobre Lulú! – Pero ¿qué tenía que ver Mazzarini?

No se entendía nada. Una veintena de energúmenos gritaban en el café, con los brazos levantados (alguno estaba incluso subido en la silla), alrededor de Leopoldo Paroni, presidente del Círculo republicano de Costanova, quien gritaba más fuerte que todos los demás.

– ¡Imbécil!, sí, sí, lo digo y lo sostengo. ¡Imbécil!, ¡imbécil! ¡Se lo habría pagado yo el viaje! ¡Yo se lo habría pagado! Cuando uno ya no sabe qué hacer con su propia vida, ¡por dios, si no hace eso es un imbécil!

– Perdone, ¿qué ha pasado? – preguntó un recién llegado, acercándose, ensordecido por todos los gritos y un poco perplejo, a un cliente que se había alejado, apartado en un rincón en sombra, encogido por completo, con un mantón de lana en los hombros y una gorra de viaje en la cabeza, con visera ancha que le cortaba con la sombra la mitad de la cara.

Antes de responder, este levantó del pomo del bastón una de las manos esqueléticas, en la que tenía un pañuelo apelotonado, y se lo llevó a la boca, sobre los bigotes escuálidos, lacios. Mostró así la cara consumida, amarilla, en la que había crecido muy rala aquí y allá una barba de enfermo. Con la boca tapada, luchó un poco, sordamente, con su propia garganta, de la que una tos profunda irrumpía, gruñendo entre silbidos; en fin, dijo con voz cavernosa:

– Me ha echado aire, al acercarse. Perdone, usted no es de Casanova, ¿no es cierto?

(Y recogió y escondió algo en el pañuelo.) El forastero, dolido, mortificado, apurado por el asco que no lograba disimular, respondió:

– No, estoy de paso.

– Todos estamos de paso, querido señor.

Y abrió la boca, al decir esto, dejando ver los dientes, en una mueca fría, muda, apretando en densas arrugas, alrededor de los ojos penetrantes, el amarillo cartílago del rostro macilento.

– Guido Mazzarini, – continuó luego, lentamente, – es el diputado de Costanova. Un gran hombre.

Y frotó el índice con el pulgar de una mano, indicando con ello la razón de la grandeza.

– Siete meses después de las elecciones, en Costanova, querido señor, hierve aún furioso, como ve, el desdén contra él, porque, rechazado aquí por todos, ha logrado ganar con el sufragio bien pagado de las otras secciones electorales del colegio. Las furias no se han evaporado, porque Mazzarini, para vengarse, ha hecho que envíen al Municipio de Costanova… – apártese, apártese un poco; me falta el aire – un comisario real. Gracias. ¡Ya!, un comisario real. Cosa… cosa de gran relieve… Eh, un comisario real…

Alargó la mano y, ante los ojos del forastero que lo miraba sorprendido, cerró los dedos, dejando derecho solo el meñique, delgadísimo; frunció los labios y se quedó un rato mirando muy atento la uña lívida de ese dedo.

– Costanova es un gran pueblo, – dijo luego. – El universo, entero, gravita alrededor de Costanova. Las estrellas, desde el cielo, no hacen más que escrutar Costanova; y hay quien dice que se ríen; hay quien dice que suspiran por el deseo de tener cada una dentro de sí una ciudad como Costanova. ¿Sabe de qué dependen las suertes del universo? Del partido republicano de Costanova, el cual no puede beneficiarse de ningún modo, entre Mazzarini de un lado, y el ex-alcalde Cappadona del otro, que actúa como rey. Ahora se ha disuelto el Consejo del ayuntamiento, y en consecuencia, todo el universo se ha trastornado. Ahí están, ¿los oye? El que grita más que los demás es Paroni, sí, el de la perilla, la corbata roja y el sombrero de fieltro; grita así, porque quiere que la vida entera, y también la muerte, estén al servicio de los republicanos de Costanova. También la muerte, sí, señor. Se ha matado Pulino… ¿Sabe quién era Pulino? Un pobre enfermo, como yo. Somos muchos los enfermos así en Casanova. Y tendremos que servir para algo. Cansado de penar, el pobre Pulino hoy se ha…

– ¿Ahorcado?

– De la anilla de la lámpara, en la cocina. Eh, pero así, no, no me gusta. Demasiado esfuerzo, ahorcarse. Tenemos el revólver, querido señor. Una muerte más ligera. Bien; ¿escucha lo que dice Paroni? Dice que Pulino ha sido un imbécil, no porque se haya ahorcado, sino porque, antes de ahorcarse, no ha ido a Roma a matar a Guido Mazzarini. ¡Ya! Para que Costanova, y consecuentemente el universo, volviese a respirar. Cuando uno no sabe qué hacer con su propia vida, si no actúa así, si antes de matarse no mata a un Mazzarini, cualquiera que sea, es un imbécil. Se lo habría pagado él el viaje, dice. Con permiso, querido señor.

Se levantó de un salto; se ajustó, desde abajo, con ambas manos, el mantón en torno a la cara, hasta la visera de la gorra; y arropado así, doblado, lanzando ojeadas al círculo de los que gritaban, salió del café.

Ese forastero de paso se quedó pasmado; lo siguió con los ojos hasta la puerta; luego se volvió hacia el viejo camarero del café y le preguntó muy consternado:

– ¿Quién es?

El viejo camarero movió la cabeza amargamente; se golpeó el pecho con un dedo, y respondió, suspirando:

– También él… eh, poco podrá aguantar. ¡Todos de la misma familia! Antes dos hermanos y una hermana… Estudiante. Se llama Fazio. Luca Fazio. Culpa de una mala madre, ¿sabe? Por dinero, se casó con un tísico. Ahora ella está así, grande y gorda, en el campo, como una abadesa, mientras los pobres hijos, uno tras otro… ¡Lástima! ¿Sabe la cabeza que tiene ese?, ¡y cuánto ha estudiado! Culto; todos lo dicen. Viene de Roma, de estudiar. ¡Lástima!

Y el viejo camarero acudió al círculo de los gritones que, una vez pagada la consumición, se disponían a salir del café con Leopoldo Paroni a la cabeza.

Una tarde fea, húmeda, de noviembre. La niebla se adensaba. Mojado todo el empedrado de la plaza; y alrededor de cada farola bostezaba una aureola.

Apenas fuera de la puerta del café, todos se levantaron el cuello del gabán, y tras despedirse, cada uno tomó su camino.

Leopoldo Paroni, con la actitud que era en él habitual, de desdeñosa, ceñuda fiereza, levantó de través la cabeza, y así, con la perilla al aire cruzó la plaza, dándole vueltas al bastón. Se metió en la calle frente al café; luego giró a la derecha, en el primer callejón, al fondo del cual estaba su casa.

Dos farolillos paliduchos, ahogados en la niebla, iluminaban con dificultad esa asquerosa calleja: uno al principio, otro al final.

Cuando Paroni estuvo a la mitad del callejón, en las tinieblas, y ya comenzaba a suspirar ante el resplandor que llegaba débil del otro farolillo aún lejano, creyó discernir allí al fondo, justo delante de su casa, a alguien quieto. Sintió que se le revolvía toda la sangre y se paró.

¿Quién podía estar allí, a esa hora? Estaba alguien, sin duda, y evidentemente aguardaba; allí, justo delante de la puerta de su casa. Por tanto, por él. No para robar, cierto: todos sabían que él era tan pobre como Cincinato. Por enemistad política, entonces… ¿Alguien enviado por Mazzarini o por el comisario real? ¿Era posible? ¿Hasta ese punto?

Y el fiero republicano se volvió a mirar hacia atrás, perplejo, para ver si no le convenía volver al café o correr a alcanzar a los amigos de los que acababa de separarse; si no por otra cosa, al menos para que fueran testigos de la vileza, de la infamia del adversario. Pero se dio cuenta de que quien lo aguardaba, al oír ciertamente, en el silencio, el rumor de los pasos desde que entró en el callejón, venía a su encuentro, allí donde la sombra era más densa. Allí estaba, ahora se le veía mejor, era uno que estaba arropado. Paroni logró con dificultad vencer el temblor y la tentación de darse a la fuga; tosió, gritó fuerte:

– ¿Quién anda ahí?

– Paroni, – gritó una voz cavernosa.

Una alegría imprevista invadió y alivió a Paroni, al reconocer esa voz:

– Ah, Luca Fazio… ¿tú? ¡Quería decirlo! Pero ¿cómo? ¿Qué haces aquí? ¿Has vuelto de Roma?

– Hoy, – respondió, sombrío, Luca Fazio.

– ¿Me esperabas, querido?

– Sí. Estaba en el café. ¿No me has visto?

– No, en modo alguno. Ah, ¿estabas en el café? ¿Cómo estás, cómo estás, amigo mío?

– Mal, no me toques.

– ¿Quieres decirme algo?

– Sí, grave.

– ¿Grave? ¡Aquí estoy!

– Aquí, no; arriba, en tu casa.

– Pero… ¿qué hay? ¿Qué hay, Luca? Todo lo que yo pueda hacer, amigo mío…

– Te he dicho que no me toques, estoy mal.

Habían llegado a la casa. Paroni sacó del bolsillo la llave; abrió la puerta; encendió una cerilla, y comenzó a subir la breve escalerilla empinada, seguido por Luca Fazio.

– Cuidado… cuidado con los escalones…

Atravesaron una salita; entraron en el estudio, viciado por un acre humo estancado de pipa. Paroni encendió una sucia lucecilla blanca de petróleo, sobre el escritorio lleno de papeles, y se volvió preocupado hacia Fazio. Pero lo encontró con los ojos que se le salían de las órbitas; el pañuelo, apretado fuerte con ambas manos, en la boca. Tuvo un nuevo acceso de tos, terrible, con esa peste a tabaco.

– Oh, Dios… estás verdaderamente mal, Luca…

Este tuvo que esperar un rato para responder. Inclinó varias veces la cabeza. Se había puesto cadavérico.

– No me llames amigo, y sepárate – continuó diciendo finalmente. – No estoy en las últimas… No, me quedo… me quedo de pie… Tú, sepárate.

– Pero… pero yo no tengo miedo… – protestó Paroni.

– ¿No tienes miedo? Espera – se rio Luca Fazio. – Lo dices demasiado pronto. En Roma, al verme en las últimas, te comiste todo lo mío: guardé solo unas pocas monedas para comprarme este revólver.

Se metió una mano en el bolsillo del gabán y sacó un gran revólver.

Leopoldo Paroni, a la vista del arma, en manos de ese hombre en ese estado, se puso pálido como la cera, levantó las manos, balbució:

– ¿Está… está cargada? Oye, Luca…

– Cargada, – respondió frío Fazio. – Has dicho que no tienes miedo.

– No… pero, si, Dios nos libre..

– ¡Apártate! Espera… Me había encerrado en la habitación, en Roma, para acabar. Cuando, con el revólver ya apuntándome las sienes, he aquí que llaman a la puerta…

– ¿Tú, en Roma?

– En Roma. Abro. ¿Y sabes a quién me veo delante? A Guido Mazzarini.

– ¿Él?, ¿en tu casa?

Luca Fazio dijo que sí, varias veces, con la cabeza. Luego siguió:

– Me vio con el revólver en el puño, y en seguida, incluso por mi cara, comprendió lo que estaba a punto de hacer; corrió a mi encuentro; me agarró los brazos; me sacudió y me dijo: «Pero ¿cómo?, ¿así te matas? Oh, Luca, ¿tan imbécil eres? Pero ve… si quieres hacer esto… te pago el viaje; corre a Costanova, y mátame antes a Leopoldo Paroni!»

Paroni, atentísimo hasta entonces al torvo y extraño discurso, con el alma en vilo ante la tremenda expectativa de una atroz violencia cualquiera delante de él, sintió de pronto que se le soltaban los miembros; y abrió la boca con una sonrisa escuálida, vana:

– ¿… Bromeas?

Luca Fazio dio un paso hacia atrás; sintió como un tirón convulso en una mejilla, cerca de la nariz, y dijo, con la boca torcida:

– No bromeo. Mazzarini me ha pagado el viaje; y aquí estoy. Ahora yo, primero te mato a ti, y luego me mato yo.

Diciendo esto, levantó el brazo con el arma, y apuntó.

Paroni, aterrorizado, con las manos delante de la cara, trató de sustraerse a la puntería:

– ¿Estás loco?… Luca… ¿estás loco?

– ¡No te muevas! – lo intimidó Luca fazio. – ¿Loco, eh?, ¿te parezco loco? ¿Y no has gritado en el café durante tres horas que Pulino ha sido un imbécil porque, antes de ahorcarse, no ha ido a Roma para matar a Mazzarini?

Leopoldo Paroni intentó rebelarse:

– ¡Pero hay una diferencia, por Dios! ¡Yo no soy Mazzarini!

– ¿Diferencia? – exclamó Fazio, teniendo siempre apuntado a Paroni. – ¿Qué diferencia quiere que haya entre tú y Mazzarini, para uno como yo o como Pulino, a los que no nos importa ya nada de vuestra vida y de todas vuestras payasadas?  ¡Matarte a ti o a otro, al primero que pasa por la calle, todo es igual para nosotros! Ah, ¿somos imbéciles para ti, si no nos convertimos en un instrumento, al final, de tu odio o del de otro, de vuestras peleas y de vuestras bufonadas? Pues bien: ¡yo no quiero ser un imbécil como Pulino, y te mato!

– Por favor, Luca… ¿qué haces? ¡He sido siempre tu amigo! – continuó rogando Paroni, torciéndose, para apartar la boca del revólver.

Se agitaba verdaderamente en los ojos de Fazio la loca tentación de apretar el gatillo del arma.

– Eh, – dijo con la habitual mueca fría en los labios. – Cuando uno no sabe ya qué hacer con su propia vida… ¡Bufón! Tranquilo; no te mataré. Como buen republicano, serás libre pensador, ¿no? ¡Ateo! Ciertamente… Si no, no habrías podido llamar imbécil a Pulino. Ahora tú crees que no te mato, porque espero alegrías y recompensas en el mundo del más allá… Pues no, ¿sabes? Sería para mí lo más atroz creer que tengo que llevarme conmigo el peso de las experiencias que me ha tocado tener en estos veintiséis años de vida. ¡No creo en nada! Y sin embargo, no te mato. Siento piedad por ti, por tu bufonería, en fin. Te veo desde lejos, y me pareces tan pequeño y miserable. Pero tu bufonería la quiero patentar.

– ¿Cómo? – dijo Paroni, con una mano en el oído, pues no había escuchado la última palabra en el aturdimiento en que se había hundido.

– Pa-ten-tar, – silabeó Fazio. – Tengo el derecho, dado que he llegado al final. Y tú no puedes rebelarte. Siéntate ahí, y escribe.

Le indicó el escritorio con el revólver, es más, casi lo cogió y lo llevó para que se sentara allí con el arma apuntada contra el pecho.

– ¿Qué… qué quieres que escriba? – balbució Paroni, aniquilado.

– Lo que voy a dictarte. Ahora estás debajo; pero mañana, cuando sepas que me he matado, levantarás la cresta; te conozco; y en el café gritarás que he sido un imbécil también yo. ¿No? Pero no lo hago por mí. ¿Qué quieres que me importen tus juicios? Quiero vengar a Pulino. Escribe pues… Ahí, ahí, está bien. Dos palabras. Una pequeña declaración. «Yo, el infrascrito, me arrepiento…» ¡Ah, no por Dios!, ¡escribe, vamos! ¡Solo así te ahorro la vida! O escribe o te mato… «Me arrepiento de haber llamado imbécil a Pulino, esta tarde, en el café, entre los amigos, porque, antes de matarse, no ha ido a Roma a matar a Mazzarini.» Esta es la pura verdad: no sobra ni una palabra. Es más, dejo que le habrías pagado el viaje. ¿Lo has escrito? Ahora sigue: «Luca Fazio, antes de matarse, ha venido a visitarme…» ¿Quieres escribir armado con un revólver? Pues ponlo: «armado con un revólver». Además no tendré que pagar una multa por tenencia ilícita de armas. Por tanto: «Luca Fazio ha venido a visitarme, armado con un revólver», ¿lo has escrito?, «y me ha dicho que, consecuentemente, también él, para que no lo llamara imbécil ni Mazzarini ni ningún otro, tendría que matarme a mí como a un perro». Has escrito como a un perro? Bien. Continuemos. «Podía hacerlo, y no lo ha hecho. No lo ha hecho porque ha sentido asco y piedad por mí y por mi miedo. Le ha bastado que le declarara que el verdadero imbécil soy yo.«

Paroni, en este punto, congestionado, apartó con furia el papel, y se echó hacia atrás protestando:

– Esto además…

– Que el verdadero imbécil soy yo, – repitió frío, perentoriamente, Luca Fazio. – Tu dignidad, sálvala mejor, querido, mirando el papel en el que escribes, y no esta arma que tienes encima. ¿Lo has escrito? Firma ahora.

Hizo que le entregara la carta; la leyó atentamente; dijo:

– Está bien. La encontrarán conmigo, mañana.

La plegó en cuatro y se la metió en el bolsillo.

– Consuélate, Leopoldo, con el pensamiento de que voy a hacer una cosa un poquito más difícil que la que tú acabas de hacer ahora. Buenas noches.

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