Página dedicada a mi madre, julio de 2020

I. UN MISMO CERO

«En el dominio del conocimiento, el error es de orden científico, solo la confusión no lo es.»
                                                                                               René QUINTON

«A perfect consistency can be nothing but an absolute truth.«
                                                                                                             POE

*

«Dirán: es una cartilla para lectores infantiles… «
Katherine MANSFIELD

ALGO estallaba, a lo que solo le faltaba, para ser ruido, un oído. ALGO aparecía, a lo que, para ser luz, solo le faltaba una mirada. El Universo enviaba signos y solo era signo; pero la vida no existía opuesta al signo, y hubo millones de años de signos perdidos.

¿No es esta su opinión?, es el Universo el que ha comenzado. El mismo auxiliar del laboratorio de psicología lo sabe sin haber pensado nunca en ello: es el Universo el que ha disparado primero.

¿Cuándo hubo un Sujeto opuesto? No se dice cuándo; era nuevo, y de la más fácil impresión. El Universo lo alcanzaba: ¡toma, un olor!, ¡toma, un rayo en el ojo!, ¡toma, el ruido de la tormenta!, ¡toma, lo duro, lo rugoso, lo dulce, lo glacial!

Tan bien, que, en fin, el Sujeto, si miraba dentro de él, veía doble la gran imagen sonora, ardiente, amarga, dulce, agitada.

– La primera edición del Mundo.

¡Ay!

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«Todo conocimiento al que no le ha precedido una sensación me resulta inútil.»
GIDE

Esta historia muy lejana y muy lenta se renueva todos los días, lo cual es muy feliz para la psicofisiología.

Todo vuelve a comenzar todos los días para alguien; hay una continua llegada de recién nacidos: esta ciencia lo cree, el sentido común, también, y no hay padre o psicólogo que no asista a la primera impresión del mundo.

Uno,

Dos,

Tres, cuatro, cinco, seis, diez, veinte… cien… mil…

Primer signo, la luz, sensación primera. Segundo signo, sensación segunda, un contacto. A la sensación número ciento cincuenta millones, el recién nacido, sin duda, comienza a conocer. A los treinta años, esta suma se llama, si es delicado, «enriquecer».

Una larga costumbre humana de este funcionamiento tan fiel y tan general ha hecho que se admita que el Universo y el Ser vivo podían corresponderse, y que la distancia entre ellos era la más pequeña posible: tan pequeña, que podía ser franqueada en un segundo; tan pequeña, que podía ser colmada por una mirada.

YO no avanzaría al borde de YO sin esfuerzo, atraparía el signo del mundo como coge una mariposa: es un olor, un color, un sonido…

Bastaría con que el signo fuera bastante fuerte, mediano; por debajo de una cierta importancia, YO no lo atraparía, – y eso no tiene importancia. O el signo enorme caería sobre YO como un sombrero: su ser está lleno de ello, llena  su piel, y la psicofisiología mide.

*

«De un mundo desconocido extraían su voluptuosidad.«
LECONTE DE LISLE

Si los sentidos son un poco engañosos, la estimulación no es menos segura; al psicofisiólogo no le gusta el misterio, solo necesita un instante: «Siento el Universo. Es un asunto convenido entre él y yo.» – Pero no, señor, se calumnia. Usted es para ese Objeto com-ple-ta-men-te extraño. No ocupa el mismo espacio. ¡Mírese!

NO ES VERDAD QUE LA DISTANCIA ENTRE UN SER VIVO Y EL UNIVERSO SEA PEQUEÑA.

NO ES VERDAD QUE ESTA SEA FRANQUEABLE POR EL SER VIVO.

NO ES VERDAD QUE UNA SENSACIÓN PUEDA CORRESPONDERSE NUNCA CON UNA SEÑAL DEL MUNDO.

NO ES VERDAD QUE UN SIGNO PUEDA PASAR NUNCA EL UMBRAL SENSIBLE.

NO ES VERDAD QUE HAYA SIGNOS PERDIDOS.

*

«Pues es necesaria una de estas dos cosas: o aprendemos de los otros lo real, o lo encontramos nosotros mismos.»
PLATON

Siento, luego existo.

¿Qué hace usted para explicar esto?

Coge a un ser vivo, no impresionado. Lo expone al universo, y va a pasearse. Cuando vuelve, el ser vivo está lleno de imágenes, de colores, de música, de formas, de olores y de temperatura. Cuanto más lo exponga, más tendrá él.

¿Acaso hay seres vivos que no se impresionen? No. Los hay indeterminados, pero nunca completamente malogrados; los malogrados no pueden vivir.

No existe nadie sobre quien la exposición no produzca nada. No existe nadie que no sea alcanzado por los signos del universo que el psicofisiólogo llama graciosamente «estímulos».

El Universo de repente da en el blanco sobre el ser vivo, y este siente. Para usted, es natural.

Sin embargo, ¿qué es usted, usted YO? Quítese lo que no es usted, quítese su nombre, sus elementos, y queda una presencia que SE ve. En frente está la diversidad del peso ciego, las «cosas», el Objeto. Lo que llama Universo. Lo que es incapaz de ver. Ahora bien, con usted, que no es objeto, y con él se hace una mágica mezcla, y usted siente.

SIENTE: el universo se casa con usted.

Vamos, ¿encuentra esto natural?

– Todo el mundo encuentra eso natural; los profesores, también.

Ay, sí. Ay, sí. Pero si comienzan por aceptar lo inaceptable, esta correspondencia fantástica entre el Objeto que solo es peso y el YO que solo es voto, para que una fracción del instante resuene, ¿qué otro problema intentan resolver?

*

Había un problema: este.

La metafísica acepta la sensación sin detenerse en ella y busca, aparte de este misterio, a un YO que no se revela, sin desvelarlo; la psicofisiología acepta la sensación como un viajero acepta el tren, y cree que, al medir su velocidad, mide la causa del viaje; el sentido común acepta la sensación como si el Objeto tuviera el deber de proveérsela, y además gratis, y, aunque a la medida, todo hecho.

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«Per non dormire…»
Gabriele D´ANNUNZIO

Casi nadie piensa en ello; pero, en fin, todos están de acuerdo para creer que en efecto tiene que existir una ley del sentir. Y sabemos que esta se busca en las Sorbonas.

Aislar una ley es observar unas condiciones, y las del sentir son evidentes. Demasiado, demasiado evidentes. La ciencia pasa de la evidencia, es un estado que no lleva a nada, un estado cerrado. Toda ciencia comienza por una hipótesis dirigida…

Pero las Sorbonas están cegadas por la evidencia: toman las dos condiciones necesarias y suficientes de la sensación, ALGO y alguien.

Y no hacen nada con ello.

Por tanto, es que esas condiciones necesarias no son suficientes y que el encuentro de algo y de alguien no produce un sentir en ningún caso, de ninguna experiencia, si falta un tercer término desconocido.

Y he aquí la hipótesis:

NINGÚN SER VIVO HA SENTIDO NUNCA UN PRIMER SIGNO DEL UNIVERSO.

*

**

*

¿Qué significa esta frase oscura?

Esto. Cojo a un ser vivo, no impresionado; lo expongo al Universo y espero, para ver lo que le hará el universo. ¡Maravilla de las maravillas!, el universo no lo alcanza.

– ¿Será, quizás, que el universo no ha hecho suficiente… ruido?

El profesor dice que por debajo de una cierta intensidad…

– Me habré explicado mal, entonces. En resumen: sujeto nuevo, Universo. ¡Universo, fuego!

– ¿Y bien?

– Y bien, nada.

Pero entonces, ¿por qué sentimos?

Hay un Sujeto; hay un Objeto; si, como intenta hacerlo entender, el universo yerra el sujeto, ¿cómo es que el sujeto es alcanzado?

– Y si es alcanzado, ¿por qué quiere que sea por este universo?

*

«Armarse con su propia sensualidad.»
SANTA  CATERINA DA SIENA.

El jardín de julio se extendía sin límites, pues los campesinos de esta región no elevan muros entre sus viñas, solo unos setos que tienen los pámpanos confundidos.

Un espacio de flores dividido por cuatro caminos derechos, donde dar cien pasos, dejaba volar la fantasía por cien hectáreas, de las cepas al cielo. Pero a sus pies, los amarantos, demasiado numerosos en cada tallo, redondos como mandarinas, con un abejorro en el interior, enviaban hasta sus rodillas un olor naranja; y en su mano el color de su sangre había hecho una sola rosa, y ella hacía más profundo el azul. Usted estaba sentado en un banco.

Eran las dalias lo que miraba, ellas se divertían ya en el otoño, estaban ya, esa mañana, en la fastuosa tarde; acompañaban ya con gritos abiertos las uvas que no estaban maduras, como en el canto de las vendimias pasadas.

De pronto comprendió los días pasados.

Resonaban bajo ese día, y no en su memoria; no estaban en su cuerpo, sino en las cosas, fuera, – mejor, estaban no se sabe dónde, entre las cosas y usted. No era recuerdo, sino sentir. Una fisura, una falla de tiempo, abierta más que en las entrañas de la conciencia, se reunía con un nuevo elemento, inagotable, turbación pura, donde los instantes pasados parecidos a este estaban prendidos.

Siento lo que ya he sentido.

Entonces ha pensado en la ley de Weber.

– ¿Qué ley de Weber? No he experimentado nada de eso. No estaba allí.

¡Oh, usted!, ¿qué importa si fue yo?, era un YO, y la historia es verdadera.

… Y entonces, ha percibido el pasado. (Este verbo y esta palabra nunca se han encontrado.)

En efecto, ante usted estaba el día, que nombraba una fecha, que tenía su edad; estaban, en efecto, la parra y el abejorro; y sobre el silencio lleno de cenizas ebrias y doradas, estaba, en efecto, la más alta nube que pasaba como una melodía de Schumann.

Pero esa cotidianidad terrestre, ese día de verano, no era nada, la magia no venía de su superficie, contenía más de lo que tenía ese día de julio.

No era la nube, tampoco la viña, el ala de oro, ni esas flores; y despertaba, nada más, octava tras octava precedente, otros cielos, otras flores, otros días multicolores que le cedían su color. Eran ellos los que se le mostraban como un signo, a través de un cristal encantado, – ellos, que todo lo teñían. Veo lo que ya he visto.

¿Qué le ha ocurrido? Hacía trampa, se salía del juego, sorprendía la verdadera materia: los universos engullidos recubrían a este. Consideraba este revestimiento del pasado en todas las cosas, que es transparente como el cristal, que es desconocido, que solo devuelve, cuando un corazón lo toca, el sonido que hace decir: «¡presente!», de los pies a la cabeza. En un latido de su corazón los días engullidos resonaban; su corazón era el que latía, los días eran inaccesibles, su corazón golpeaba el presente y el pasado vibraba. Latido de corazón tras latido de corazón, hacía que sus tesoros temblaran.

¿Estás ahí, Universo?

– Sí; me llamo «Ayer»…

En cuanto a la ley de Weber, esta dice que una impresión es más intensa si ha sido precedida de impresiones de su orden, y menos intensa, si impresiones de su orden son simultáneas. Ello sería aún una banalidad si Fechner no se hubiera servido de ello para buscar una ecuación del sentir, que al cabo de 24.576 observaciones estableció, y que es falsa.

Sin embargo, ese día, usted había pensado en Weber y en Fechner con ternura, pues estaba a unos centímetros de su secreto del mundo.

Sentir, sentir más. Sentimos más si hemos sentido. Sentimos lo que hemos sentido. ¿Cómo sentiríamos si nunca hubiéramos sentido?

¿SENTIRÍAMOS?

Un solo día sería agua clara, pero ahí se ha confundido el universo perdido: el agua suave, o bien amarga… ¡Hoy!,  te nombro «Ayer», y te hablo en verso.

Sí; y esos señores han buscado mucho lo que sería Hoy sin Ayer. La flor y nata de los profesores y un poco más: Herbert Spencer, Taine, William James… No entristezcamos a los seres vivos.

Hoy sin ayer, a esto lo llamaban sensación pura.

Incluso si era una sensación – en fin, usted comprende. Sin ayer, esta era pura, hiciera lo que hiciera. Desgraciadamente, era extremadamente difícil quitarle el ayer. En suma, que no se conseguía. Había que decidir coger a otro recién nacido; este, que nunca había sentido, partía de la sensación número uno.

Pero, aún más desafortunadamente, la sensación número uno era imposible.

Y si era imposible que una sensación fuera la primera, es que era imposible que un sujeto sintiera un signo del mundo que fuera el primero.

No hay para nosotros primer signo del universo.

Pues, como decía Perrault, «esta llave estaba encantada.»

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«¿Cuándo se arrancará el velo
Que arroja sobre todo el universo una noche tan oscura?»
                                                                                             RACINE

Inclínese más cerca, hay un inconveniente: hoy no se siente. Nadie ha sentido hoy, no hay hoy para nuestro mundo. El primer signo venido de NO-YO es para las especies a las que no pertenecemos. – ¿Animales?, tampoco: «Animales» contiene «ánima».

La psicología cabalga las edades, y no lo sabe. Cree medir Hoy: Hoy, ¿estás aquí? Pero el recién nacido al que aguijonea duerme en milenios de atención, el recién nacido que coge como la primera edición, el recién nacido aglomeración, compilación. –

¿Dónde está hoy?, ¿en un tarro, con la ameba?, ¿junto a una jalea con patas, en el océano?, ¿bajo una sola célula, en su sangre?

No obstante, el recién nacido agitaba un débil puño furioso y se quitaba de encima un velo, ¿era de tul, según la apariencia, era de tiempo…? Había caído ahí dentro desde el vientre de su madre, y como un nadador inexperto flotaba sobre antiguas miradas y seculares rumores. Y la voz del psicólogo solo le llegaba con la resonancia de las voces de la Historia.

*
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«… Y vertió frases sobre termiteros y hormigueros»
Léon-Paul FARGUE

El psicólogo se me acerca y me dice: «Lo que escribe no es divertido.

Sin embargo, corrija, por favor: es falso que ignore los estímulos (no se dice «signos») precedentes; pero estos no cambian nada en cuanto a que la sensación sea un hecho simple, como se establece en mis trabajos. Hay sensación cuando un estímulo de intensidad suficiente golpea los sentidos; la sensación depende de la intensidad del estímulo; un estímulo de intensidad suficiente siempre es percibido. Su asunto es propio de una novela.»

-Amén, amén, señor, ¿así es?, ¿el estímulo está en mi puerta, y entra o no entra?, ¿si no es bastante fuerte, se queda abajo, y me quedo sin conocerlo?

– «Hay un umbral de la conciencia, lo hemos establecido con Fechner. Si se tomara el trabajo de leernos, sabría el mínimo de intensidad que debe tener un determinado estímulo para ser percibido, para atravesar el umbral.»

Oh, señor, no le he leído de modo extensivo, pero lo respiro, usted es estadísticamente millares de individuos, lo único que tiene de más es un dinamómetro. Es el sentido común, está tan acostumbrado a estar vivo, que no comprende nada de ello. Dice que el estímulo golpea el nervio, y que la conciencia está al final del nervio, completamente al final, ¡no en la antecámara, ni en la galería del quinto! «Golpee fuerte». En efecto, es verdad que cuanto más ruido hace el universo, con mayor certeza abre la conciencia. Eso le ha engañado; no encontrará el secreto del mundo.

.

La conciencia está tan lejos, tan lejos, tan lejos del mundo, señor, que nunca le abre la primera vez.

Sin embargo, estaba cerca del secreto, profesor; ¡busquémoslo, pues, en su lenguaje!

He aquí la ley del umbral, de Fechner el ancestro: «Un estímulo solo es percibido si alcanza un cierto punto de intensidad. Por debajo de ese punto de intensidad, no atraviesa el umbral de la conciencia.»

He aquí el corolario peligroso que le ha perdido: «Para que la sensación aumente de intensidad, el estímulo debe aumentar de intensidad.» (Aspecto inocente del corolario peligroso.)

Y, tras haber usado el laboratorio a 24.000 pacientes (casi un sacrificio de aztecas) en la primera parte de la ley de Weber, he aquí, he aquí la segunda de la que hasta ahora nadie se ha ocupado: LA SENSACIÓN AUMENTA DE INTENSIDAD SIN AUMENTO DE INTENSIDAD DEL ESTÍMULO SI EL SUJETO YA HA SUFRIDO ESTÍMULOS ANÁLOGOS. Parece que eso se aplica a un catador de vinos. ¡Oh, profesor! ¿Acaso es una ley que representa ALGO que siente científicamente un asado?

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«… Un cierto punto de intensidad…»

«Por debajo de ese punto de intensidad…»

«… Para que aumente, aumentar la intensidad…»

Así, la comunicación del universo con usted se reduce a una cuestión de intensidad: pero cree que esta intensidad que le permite percibir ALGO solo depende del signo actual.

La intensidad de lo que está ahí (sea lo que sea).

Usted se comporta humanamente, lo que es natural, y científicamente, lo que es más grave, como si lo creyera, cuando la ley de Weber en la que cree igualmente le demuestra que la intensidad del signo estimulador que va enseguida a ser quemadura, pinchazo, luz, peso, depende extremadamente de lo que no está ahí.

El universo brilla, quema, suena, existe en el instante (¡quién no lo supone!), pero no alcanza al YO con un puñetazo del instante (quién no lo iba a creer): en ningún caso puede alcanzar al YO en un punto en el que este aún no ha atesorado nada, lo que sería la sensación «pura». A quien está intacto no se le alcanza. Quien no está revestido de un depósito de signos precedentes no resuena.

Cualquiera que sea la intensidad del signo presente del universo, si ese signo no encuentra en usted un signo precedente, es igual a cero.

Si no admite que un único signo que viene del mundo, aislado de una suma de innumerables signos anteriores preservados, es igual a cero y no puede en modo alguno ser percibido, intentará constituir la sensibilidad sin esta suma precedente, – es lo que hace, – y fallará, que es lo que le sucede.

De este «mismo cero» depende el hecho de que anime al universo. Le desafiamos a que se vista de una sensibilidad, si no lo admite. Nada de azul, ni de rojo, ni de caricia, señor: se quedará helado, se quedará helada. Es necesario, para asegurar estas delicias, que funde su ciencia como las otras ciencias, en fin, sobre una hipótesis no verificable. Es necesario ir a las consecuencias de la ley que expone que la intensidad del presente es aumentada por un pasado similar, y eso es lo que ha verificado: es necesario que llevemos hasta el extremo las consecuencias del hecho más frecuente, es necesario que escribamos que sin pasado no habría presente.

La hipótesis no es verificable porque no existe sensibilidad alguna sin pasado: esta inexistencia nos permite imaginar literariamente que existe, pero nos autoriza a inducir científicamente, dado que una sensibilidad sin pasado es imposible, que no existe.

Y esta relación entre la inexistencia y la imposibilidad, para el hecho más vital que exista, conduce a un dominio tan existente como desconocido.

«Es usted la que tendrá un cero», respondió él.

En cuanto al sentido común, hacia cualquier punto de interrogación que se girara, aún no había comprendido lo que el cuento buscaba. El cuento le parecía embrollar una cuestión simple. ¿Sentir? En torno al sentido común, en efecto, había algo que sentir, había mucho que sentir, más de lo necesario, más de lo que se quisiera, tanto, que sin el cansancio y algunos venenos no habría habido medio de salir de ello y de dormir. Si estuviera en un medio de abigarrados colores, de ensordecedores sonidos, insidiosamente lleno de sabor, cuya blanda dureza solo lo sostuviera para asaltarlo, que lo agobiara con dulces invitaciones, con presencias poligonales y con neuralgia, pregunta imbécil, ¿acaso se podría dejar de sentir, con ese azul rojo verde pesado afilado frío agudo cálido dulce boom amargo lanzado en serie por el universo? Para no sentir habría sido necesario no entrar dentro, si se estaba dentro, nada que hacer. Si no está contento, no haga que los demás sientan aversión.

Pues el sentido común tenía tanta inclinación por el estímulo como el psicólogo, ya es decir. Y ellos dos no se consideraban separados de ese desorden cualificado sino por un cabello.

No obstante, los instrumentos de la física, controladores de los sentidos, y las negras tablas de la química, en el espacio, indicaban inútilmente que ni el cielo era azul, ni la sangre roja, ni el suelo duro, ni la nieve fría, ni la piel dulce, ni el azúcar azucarado.

Abandonado por el psicólogo, por el metafísico y por el sentido común, el cuento se detuvo. Para proseguir este camino. Ahora bien, el camino pasaba por medio de las circunstancias de la vida, todas incomprensibles: no podíamos comprenderlas porque sentíamos. Al final de este camino estaba la muerte: ya no sentíamos.

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