Página dedicada a mi madre, julio de 2020

II. MI MAL, MI PLACER, MI TODO,
ES UN ASALTO Y HE AQUÍ TODO

*

«Cuando habla, nada crece»
Léon-Paul FARGUE

«Cuando se enfada, cree que piensa..»
Alphonse DAUDET

Las condiciones de la sensación son: un sujeto; un objeto, origen de un estímulo-signo.

Para la psicología, el estímulo-signo alcanzaría directamente la conciencia del sujeto y sería percibido si fuera de intensidad superior a un cierto valor; si fuera inferior, no pasaría el umbral de la conciencia.

Bastaría, pues, en todos los casos, con hacer crecer la intensidad del estímulo-signo hasta sobrepasar el valor límite: y sería percibido, sentido.

No obstante, la experiencia ha establecido que las conciencias que ya han recibido una cantidad (por lo demás, desconocida) de estímulos-signos eran de un umbral más bajo, eran más penetrables.

Pero todas las conciencias sin excepción, por herencia, han recibido un número (incalculable) de estímulos-signos del universo.

Todas las conciencias sin excepción tienen, pues, un umbral bajo ante el signo actual y, para que ese signo no pueda franquear absolutamente ninguna de ellas, bastaría con que ese número (incalculable) de signos precedentes no haya sido.

El catedrático perdió su dinamómetro en su barba y no respondió nada pues esto era hablar en su lenguaje. Y esto indicaba que el factor de intensidad de la sensación no era solo el signo presente, sino la masa precedente de los signos del mundo.

Sin embargo, para él como para el sentido común, esta Masa no importaba. Importaba en calidad de adorno, no importaba en calidad de Causa.

El sentido común y el psicólogo se comportaban completamente como si, una vez retirada la masa de los signos precedentes del universo, se hubieran encontrado de todos modos frente al universo. Pues, para el psicólogo y para usted, la percepción tenía la forma de un agujero.

Un agujero. Un anillo de espesor inapreciable que los signos de las cosas atravesaban antes de desvanecerse. (En contacto con los bordes, era el presente; por encima de los bordes, el futuro; por debajo, nada que retener.) ¿Adónde van los rayos que le alcanzan a usted?, ¿dónde están los olores? Y ¿adónde va la mirada hecha del signo de los rayos?

¿Al agujero, detrás de usted?

Coger, soltar. Coger, – soltar. Usted vive, espera, tiene, pierde. Sentir, olvidar. Lo que es el valor mismo, la importancia misma; eso a lo que está atento; lo que lo tiene prisionero desde sus vísceras hasta su vapor, – su valor decrece hasta nada y su importancia, como su corazón, no ha latido dos veces.

¿Dónde está? ¿Qué ha hecho con ello?

¿O qué ser vivo se encontrará en fin cansado de recibir sin retener?

Olvidar, sentir, olvidar, sentir. Cae, se deshace de usted a cada instante un sonido, un gusto.

……………………………………………………………..

… «Cuantos más estímulos análogos por causas análogas haya recibido el órgano en un tiempo precedente, menos intenso deberá ser el estímulo actual para ser percibido»…

¿Cómo aumenta el sabor pasado este sabor, si se ha perdido?

**

«En medio de ellas [las Parcas]  había
Un cofre en que el Tiempo ponía
Los husos de sus días,
Cortos, grandes, alargados,
Gruesos y muy
finos,
Como les gusta a los Destinos.»
RONSARD

Una condición de cuento de hadas, que por decencia mata a psicólogos, estaba en el origen del sentir: SENTIRÁS A CONDICIÓN DE HABER SENTIDO.

Hoy estaba no sabemos dónde, serpiente infinita, – no este rayo, no la voz de fuera, no el choque tan dulce del tiempo en tu cuerpo; estaba en otro lugar.

Lo que no privaba a la ciencia de las sensaciones de proceder como si algún estímulo primero, sin más, fuera percibido, con tal de que tuviera el acento querido: estimule y sirva caliente. El sujeto sentiría el objeto súbitamente, eso sería un fenómeno directo, el Todo-Presente recibiendo lo Todo-Hecho. Ahora bien, uno no era un YO más que la estatua de Condillac, el otro era un mito; y trabajos considerables, medidas de una precisión exquisita se aplicaban a este inexistente y a este imposible.

El Tratado del anciano catedrático no tenía en cuenta ayer.

Sin embargo, NO SENTIRÁS NADA SI NADA EN TI HA SENTIDO YA. – Ningún final en esta aventura.

Pero como cada uno quería un sentir original, completamente nuevo, un sentir primero, que sirviera una vez, que lo dejara a usted viudo, del que salir desnudo, los más hermosos textos confirmaban el triste manual para pensar, – y no detenían, ay, el hilado de la Parca. «Pero una súbita sensación era de inmediato tan intensa, que no la aumentaba enseguida ninguna repetición», escribía André Gide, a pesar de sus dos mil generaciones de padres.

Súbita.

El ingrato.

*
**

Es así como SENTIR, suceso surgido de la vida, cubriéndola, volviéndola loca, la había ocupado hasta el punto en que los seres vivos más atentos creían sentir por el simple hecho de vivir, cuando sentir era un prodigio, una victoria.

Sentir no era natural.

Por desgracia para la solución del problema, sentir se había vuelto natural. Al menos, para los hombres. Así pues, la biología, tan poco mística, tan evolucionista como sea, colocando en largas tablas las especies que suben desde la primera oscuridad hasta el día, hasta ese milagro que arrojaría un vegetal tranquilo, un alga, un champiñón, al placer, – pero desde el champi-ñón hasta el sentir la biología no dejaba de inscribir tiempos considerables, y esos tiempos eran la expresión y como la confesión científica de que la vida no tiene verdaderamente nada que la una a la sensación.

Y además el hombre, que no tenía que esperar, que sentía inmediatamente, para este el primer golpe era el bueno. El hombre no se asombraba de sentir, y no se asombraba de que su ancestro más extremo, bajo el vaso de un cristalizador, no sintiera.

«Mi primera sensación, decía el hombre, era de inmediato tan intensa, que no la aumentaba enseguida ninguna repetición.»

No obstante, la biología, al poner a Adán fuera de sospecha, había guardado la herencia, ningún hombre era el primero; y la primera sensación actual estaba en el infinito.

Es difícil saber si el hombre «desciende» (¿por qué no, sube?) de especies más simples; la cuestión queda abierta, no importa para la explicación del sentir. Lo que importa es este hecho, tan tonto como la caída de las manzanas: que ningún ser sensitivo es el primero en sentir. La caída de las manzanas le había asombrado al menos a un espíritu, lo superbanal se halla aquí.

Nada avanza pues quien rebasa la experiencia escribiendo:

Todo sentir actual tiene lugar en la carne que ha sentido.

Pero eso se puede escribir mejor, ¿y quién no sabe que el diablo sale de los términos señalados si se los ha puesto en un orden secreto?

Así:

«Para obtener ese fenómeno que se llama sentir, es necesario:
               un estímulo actual,
               una carne que haya sentido

O más aún:

un estímulo actual,
una carne,
cierto valor de sentir acumulado que cargue esta carne.»

Ahora podemos avanzar.

¡Más filósofos, ingenieros!, ¡mecanos, manitas!

Sentir es un asunto de contacto, eso no pasa en la gramática. ¡Hermanos, aquí! Es necesario que hagamos el montaje con lo que está asegurado, es necesario que salgamos adelante con lo que tenemos, sin los viejos señores, a la desesperada…

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Una carne.
Un estímulo actual.
Una carga de sentir en la carne.
*

La carne en principio.

Pues bien, es protoplasma. Pero ¿qué más? Nada nuevo, los mismos cuatro átomos (H, O, C, N), a veces algún otro, pero estos cuatro ante todo, en disposiciones que no hemos terminado de contar, un puzzle abrumador. Están en otro lugar también, no carne, su particularidad en la carne es la de unirse en enormes moléculas. Mientras en una molécula de materia inerte apenas hay más de una docena (19 para las materias colorantes de anilina, es decir, que se repiten 19 veces tantas veces 19 como moléculas hay en la cantidad del producto), en la carne se repiten hasta ciento sesenta mil veces por molécula.

La consecuencia es que estas combinaciones son inestables en ciertas condiciones, más estables en otras: esto concierne a la vida y no al sentir. A su estado se le llama coloidal, se aglutinan alrededor de dos de ellos (H, O). Se aglutinan en una suerte de receta culinaria acuosa: la carne. La carne, puzzle de cuatro átomos que se pegan, repetidos en grupos de cien mil. Ninguna indicación de sensibilidad aquí.

El estímulo enseguida: es lo que viene del Objeto y turba al cuerpo.

Por ejemplo:

          Aria del estímulo
Hay amarillo de Kamtchatka
Y afilado en la valla
Hay sentido común, detrás,
Y donde no estoy, flama.
          Oh la la.

¡Pero no es verdad, tío Tomás!

No hay amarillo donde no hay ojo, hay frecuencias de puntos parecidos; no hay afilado sin tu dedo, sino números que vibran así; no hay perfume sin olfato, etc.

¿Qué hay?, lo ponderable que se da una vuelta, vea la ensalada; cantidad de grano que tiembla. Eso es el estímulo, lo que sientes.

Ahora bien, este grano lo es todo, puesto que la materia está hecha de granos. Dust. Polvo. La física lo sabe, y si la Biblia lo ha escrito, podemos explicar una biblia física por la arena perfecta del desierto que corría entre los dedos de los profetas; cada vez que la Biblia se case con la física las divorciaremos con diligencia, pues nos importa la estima de los colegas. Dicho esto, los granos y los subgranos que son el mundo ponen a los hombres frente a una situación extraordinaria.

Los granos no tienen color. No tienen sabor. No pueden rigurosamente hacer ruido. No son ni calientes ni fríos, ni pueden serlo.

Colega, agárrate, esto se vuelve horrible. Pongámonos todos a buscar el origen del encanto. Hablemos de ello lo más cerca…

Tengo calor, sin embargo, el cielo es azul. Oyes, sin embargo, el altavoz de enfrente; diferencias la sal del azúcar.

Pero los granos no son salados.

*
**

«Legousin a thelousin
A legousin ou melei moi…»
(Canción de griego antiguo.)

Escucha, estamos haciendo el tonto, dirán lo que quieran. Nosotros queremos comprender; para comprender, es necesario ver que no comprendemos. Avanza.

Hay materia, es grano. Eso, eso existe, sea o no introducido; y eso no tendrá nunca color, y nunca hará ruido. Sin embargo, apenas estamos, apenas estoy, – y no necesito ser Velázquez, ni Wagner, – es de color, es sonoro: es blando o resistente, dulce, odioso, encantador. Es estímulo. El psicólogo dice: «El estímulo», lo oyes.

Pero ¿dónde coge el amarillo este niño?, ¿dónde el sonido?

Jeanne compra una bola de azul y tiñe la tela; cree, por lo demás, que existe el azul en estado separado, en cantidad indiferente en la tierra; pero el azul no existe, al menos sin Jeanne y su prójimo; lo que existe es el grano, que nunca es azul ni sonoro.

Usted no parece creerme. Si no cree, como Jeanne, que el color sea una cosa, una cosa más que cubre a las otras con su película, cree, sin embargo, que el color está todo hecho en el rayo de sol. El tapón de la botella, el arco iris… Sin embargo, no hay más pruebas del arco iris que del Cielo. Cuando el grano estimula en usted una emoción azul, es tan extraño, tan poco grano, como si estimulara en usted la semblanza del ángel Gabriel. ¿Este lenguaje horroroso va a suscitar una réplica de la revista Études?, que envíe al físico con sus antepasados, no hemos dicho nada. Queremos saber precisamente dónde está el amarillo, ¡absolutamente! Pues no hay color en la materia.

Si el color está fuera de este universo, – nada de cielo visible; en otro lugar, impensablemente en otro lugar, – puede ser que sea allí donde el ángel es posible; entonces, Langevin y Picasso lo abandonan, eso se comprende.

Pero, como las demás cualidades son del mismo orden y tan ausentes del grano, resultarían pertenecer al mismo Otro lugar, con toda evidencia. ¿Qué otro lugar?

No nos estimulamos con esos estímulos, no están en el grano, única certeza. ¿Están en el Cielo de la revista Études? El  padre superior duda si aceptarlos, no es como el psicólogo,  no le atrae lo rosa, lo sonoro, lo dulce. No comprende nada de la última frase del Credo, ha nacido demasiado temprano.

Bastantes variaciones: lo expuesto.

*

Existe el universo grano de los señores Langevin, Einstein, y el universo músico. A todo el mundo le gusta más, el universo dos… ¿Hay que considerarlo un sueño? Estoy soñando dulce, estoy soñando do sostenido, la bemol; estoy soñando verde.

En absoluto, pues no sueño por mí mismo solo. Para soñar este sueño despierto, se necesita el grano. ¡Cuidado!, he aquí la cuestión. Y mi sueño verde, mi sueño do sostenido, se corresponde siempre con ciertos estados del grano. Admirable observación.

¿Qué estados?

Lo que hace el grano para que lo respire dulce, para que lo sienta pesado, para que lo sienta insípido…

El grano y yo somos dos verdades, dos realidades. En busca de la realidad tercera sin la cual no hay placer… Si dejas de lado la pregunta, estás perdido.

*
**

Para el sentido común no hay pregunta: el estímulo está en todas partes. Para el pensador, lo tienes, como tienes fiebre: tienes un acceso de amarillo, de penetrante, de agudo. Eso vuelve a decir que para unos el estímulo existe en el grano de materia, y para otros, en ti solo.

La primera opinión queda invalidada con tal de que sepamos un poco de física; la segunda lo es con tal de que sepamos mucho.

¿Es necesario que nos volvamos locos?, ¿abrir las puertas de la filosofía? Queremos vivir, ¡evitémoslas!

Vivir es MIRAR, comprender y recrear.

¿Qué te ha sido dado?, el grano y tú.

Repara, arregla, mira cómo eso puede tener calidad…

*

«Plantear el problema de un estímulo, es plantearlo para todos. Rameau lo había comprendido»
Ch. HENRY, Cercle Chromatique.

Es el grano lo que nos ha salvado. En fin, salvado a medias, nos ha dejado entrever el estímulo aún desnudo; o mejor, son algunos estímulos los que se han traicionado: el «sonido», el «color», la «temperatura»… Somos Champollion ante los jeroglíficos: le ha bastado una palabra conocida. Somos el criptógrafo ante el mensaje cifrado: si tiene una letra, lo tiene todo.

¡Y nosotros! ¡Ah, querido idiota, si tienes el do, tienes lo salado, si tienes lo frío, tienes lo afilado! Pues evidentemente basta con reunir los estímulos incomprensibles con los estímulos que se comprenden: estos responden por los otros; con la ayuda de estos, podríamos descifrarlo.

Y he aquí lo que se ha encontrado.

El estímulo sonido es la acción de los granos consagrados al silencio, pero lo que hacen para que el sonido exista, lo sabemos; el estímulo color es la acción de los granos incoloros, pero sabemos lo que hacen para que exista el color; pero sabemos lo que hacen los granos para ser glaciales o tibios, ellos que nunca son calientes ni fríos.

Dan..

¿Qué?

– Tres vueltecitas.

– Te burlas de mí.

– ¿Nos burlamos del secreto del mundo?, ¿y cuando se da la vida por el saber, no comprendes que es preciso hablar sin cumplidos?

El estímulo es un asalto.

*

«¡Oh, perfumes balanceados!»
Anna DE NOAILLES

Sería interesante reunir cada estímulo con lo que es en su origen; desvelar lo real. El estudio del conocimiento comenzaría entonces por una tabla:

Estímulo temperatura: efecto producido en nosotros por la velocidad de las moléculas del medio ambiente (calor, frío, eso no es dado por el universo).

Estímulo peso: efecto producido en nosotros por las duraciones de la vibraciones atómicas (pesado, ligero, eso no es dado por el universo).

Estímulo sonido: efecto producido en nosotros por ciertos valores del movimiento vibratorio de las moléculas del medio ambiente (do, re, mi, – ruido, – eso no es dado por el universo).

Estímulo color: efecto producido en nosotros por ciertos valores de vibraciones no ya de moléculas, no ya de átomos, descendemos, sino de corpúsculos singulares irradiados por los átomos (rojo, azul, eso no es dado por el universo).

Etc, etc, etc.

Reunidos así los diversos estímulos en una particularidad de la materia (y que esa sea, con diferencias de valor, siempre la misma, enseña lo que es el mundo al fin y al cabo), podríamos al menos intentar comprender cómo nos alcanza esta particularidad; pero la psicología no quiere estas investiga-ciones cándidas, ni ocuparse de los montajes, ¡manitas! Ella se ocupa de test. ¿Sabes qué es un test? Es hacerte recitar el alfabeto en orden inverso lanzándote un tiro de revólver entre los pies, lo que permite, en medio de un cálculo simple, establecer que eres un cretino.

Prosigamos el camino. Planteemos las grandes preguntas. El estímulo es un asalto, ¿cómo lo recibimos?

Esta búsqueda solo puede tener un final feliz si nos metemos en la cabeza la prohibición de no llamar nunca al estímulo por su nombre, como hace el psicólogo, ese niño. No decir nunca «sonido» o «color», «do», «pesado», «dulce»: es darse la solución, y esta es falsa. Llamar al estímulo como se quiera con tal de que el nombre no indique que ha resonado. Llamarlo «eso» si se quiere, o hacer que su nombre esté precedido por una duda que lo coloque en el futuro: «Quizás rosa», «quizás do», «quizás duro», pues en cada instante, antes de alcanzarte, no es rosa, no es duro, es una especie de anillo ondulante.

¿Dónde va el anillo? Es simple para todo el mundo: entra en contacto con los sentidos, y ya está.

Tan simple, que si esta opinión correspondiera a la verdad, el Universo sería el caos.

Por ellos mismos, los sentidos no pueden sentir; sin una carga precedente de sentir, al menos, eso no tiene lugar; no sabemos nada sobre si este suceso se realiza en algún otro Universo; como es de este del que se trata, tomaremos las condiciones de aquí:

Una carne de cuatro átomos principales, un estímulo, es decir, un asalto, y una carga extraña, inlocalizable, innombrable, que podemos llamar en neutro «algo ya sentido».

Algo ya sentido… es decir, lo inimaginable, lo gratuito, literatura, todo-lo-que-podemos-imaginar…

De lo cual deslumbrarse, sin nada que explicar.

*
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Sin nada que resolver. Pues es un problema.

No nos lo planteamos, porque estamos en medio de la danza; incluso los autores de laboriosos trabajos no lo plantean; incluso la admirable paciencia del ANNÉE PSICHOLOGIQUE no lo plantea, – cuando desde la primera molécula hasta el último cuerpo de este Universo de desgracia, todo quisiera saber, pero ¿qué, señor?, ¿la distancia de usted a la nebulosa de Andrómeda?, ¿la acción del neumogástrico en el genio?, ¿por qué 1/2 mv2 se ha perdido? ¿Con qué rayo bombardear la clara del huevo? ¡Oh, hay un punto de interrogación por hombre y tantos investigadores como estrellas, y el Problema, entre las estrellas, sin cabeza-refugio donde ponerse!

Es demasiado simple; nadie lo ha enunciado.

Problema:

El color amarillo no existe fuera de mí,

La nota do no existe fuera de mí,

El calor, el frío no existen fuera de mí,

Etcétera… etcétera…

Pero:

En lugar del color amarillo hay 520 mil millones de kilociclos.

En lugar de la nota do hay 261 vibraciones por segundo.

En lugar del frío, del calor, hay cincuenta metros por segundo de más o de menos, frecuencia y velocidad de granos.

Y como no existe una cualidad, una sola en que yo no sea,

existe rigurosa, exclusiva, absolutamente: 1, 2, 3, 4, 5, etcétera. Y ocurre que exclusiva, rigurosamente cuando aparezco con 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9,

hago do, calor, azul, duro, blando, dulce, etcétera.

Puedo decir que una sensación es una danza de números; que los diferentes valores de la agitación de todos esos corpúsculos-números, y nada más que esos valores de agitación, me turban, me encantan, me deprimen, hacen que me queje. Pero no puedo explicar ese poder de la multiplicidad sobre mí hasta que ella dance, ni mi poder para transfigurarla. En fin, con 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, siento el mundo.

*
*
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Aquí intervienen Jean y el fonógrafo.

Era hace mucho tiempo, éramos muy pequeños, el que te habla se las daba de listo, ha cambiado mucho.

Los primeros fonógrafos, de inscripción mecánica, eran reversibles; podíamos divertirnos grabando nosotros mismos la cera, cantando ante el pabellón, y luego oyéndonos. Jean no acababa de asombrarse, en lo que sobrepasaba al otro con toda la distancia que hay de la pregunta a la seguridad.

«Lo que no comprenderé nunca, decía, es que estas huellas hagan mi voz…»

– Es muy simple, veamos, respondía el listo, la membrana vibra, las vibraciones son sonoras.

«… ¡Desde luego!… «, suspiraba Jean.

Y tenía mucha razón.

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La carne de Jean era el átomo insensible; el estímulo era un asalto… Resultado: la obertura de Los Maestros Cantores.

Jean no sabía nada de su propio polvo, y no se figuraba nada de un movimiento vibratorio; si se hubiera representado precisamente lo uno y lo otro, su asombro habría aumentado. ¡Una onda hace que unos átomos sientan! ¿Te das cuenta?

– Es que están vivos.

– ¿Cómo, vivos?, ¿acaso un árbol oye El Danubio azul?

– Se necesitan los sentidos… hummm…

Los sentidos serían animalitos muy malignos de secreción encantada, el animal ojo, el animal oreja, la bestia de tu nariz, la bestia de tu gusto comerían exclusivamente asaltos, los digieren en azul, los digieren en dulce. – Esta noción no es cien-tí-fica. Entonces, simplemente constatar: los sentidos, es decir, los átomos mecánicamente dispuestos, si reciben asaltos de cierto valor, escuchan la obertura de Los Maestros Cantores.

Sí. Pero… ¿En virtud de qué? Voy a confesarte una cosa encantadora: es que crees que el ingeniero sabe en virtud de qué; pero el ingeniero cree que el fisiólogo lo sabe, pues él no lo sabe; y el fisiólogo cree que el físico lo sabe; y el físico no lo pregunta.

*
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Queda por mirar la CARGA.

En cuanto a la carga, sin embargo, estamos en la oscuridad. Una acumulación de sentir es casi tan vaga como esta invención que es tan poco explicable como clásica en la enseñanza: la asociación de ideas. «¡El club de las ideas!», no, nos hacen daño. Ven conmigo, Émile. Escucha un poco, la carga del sentir es lo que hemos sentido, ¿estás de acuerdo?

Hemos sentido el estímulo, esa no es la cuestión. Entonces, la carga del sentir es una acumulación de estímulos. Sígueme bien, esto va a funcionar: el Universo te estimula, ¿con qué?, ¿con lo amarillo, lo salado, lo agudo?, ya no lo crees, es 1880, es cucú. Envía su acción, menda, movimiento, eso es todo.

En consecuencia, la carga del sentir es materialmente una acumulación de movimientos, y si «movimiento material» te molesta, observa que, a propósito de cualquier cosa, dices que «no tienes el tiempo material», lo que aún es más fuerte (tan fuerte, que alcanzas entonces los cálculos más fuertes).

Al prohibirse cualquier imaginación gratuita, es necesario ver a un ser vivo así: es un edificio de átomos, los mismos que los del mundo; una vez asociada una Existencia móvil debemos preguntarnos cómo se encuentra, una vez acumulada, debemos buscar dónde se encuentra; está hecha de torbellinos.

Ahora el ajuste se va a volver muy enojoso para los pensadores, pues se va a volver preciso.

Admitido que existe en toda carne esta carga móvil hecha de estímulos pasados, hay un fenómeno más general, universal que da el modelo de funcionamiento de la sensación. Es la resonancia.- Física, tercer curso.

No se trata de ruido. La resonancia es solo el matrimonio perfecto (y por tanto, la suma) de dos formas semejantes de la energía. Para hablar claro: dos movimientos se pegan. Por ejemplo, dos péndulos de la misma  largura entran en resonancia; un columpio entra en resonancia con el impulso, si el impulso tiene la forma de su movimiento. Que si empujas un columpio cuyo movimiento tiene un cierto periodo, tu movimiento se pegará al suyo, si tiene el mismo periodo; el columpio «resonará», se tragará tu impulso como una foca el pan. Bien. ¿Sabes de dónde viene eso? Viene del gran principio de Maupertuis, de Hamilton, de Einstein, ay. Simplemente. Y en el fondo es triste, compañero. Eso viene de la naturaleza de la naturaleza, pospongo el momento de decírtelo, felizmente has volado al fondo del rincón, nadie sabrá nada. Es el principio de la mínima acción. Expresa una baja aventura, la de la materia, la de lo que ha sido: A LA MATERIA LE GUSTA VOLVER A COMENZAR. No a mí. El hombre cambia sus designios. Ahora bien, en el Universo, todos los designios parecidos se aman: es el mejor medio para no esforzarse: lo que está pre-hecho se hace.

Cualquier cosa ponderable (material) es así esclava, por la mínima acción, de la resonancia, al ser coalescente de dos movimientos que tienen la misma forma, es decir que no tienen, en cierto modo, nada que «hacer» para recubrirse.

Y eso sería el montaje del SENTIR.

Ante todo, incluso cuando su objeto está «inmóvil», toda sensación es un fenómeno debido a una emisión. Y es por eso por lo que su montaje es el de la resonancia. Circuito acordado.

La sensación ha permanecido como un prodigio insoluble a causa de la ilusión de la inmovilidad, eso no podía ser de otro modo en el tiempo de la física precedente; sin duda, la extrema dificultad de la física de hoy disculpa que la psicología de hoy no se interese por sus problemas; el gran Charles Henry solo, tenido por maníaco, trataba, ayudándose de sus conjeturas por fin adquiridas en los movimientos ondulatorios, de encontrar ALGO que en el cuerpo pudiera resonar con los signos del mundo.

Pero creía tener el derecho de representar al resonador como un elemento celular, es decir, exclusivamente ponderable, lo que supondría por un lado dificultades termodinámicas de las que no ha salido, y dificultades… mágicas, por otro lado, que volverán a encontrarse aquí. En todo caso, sabía perfectamente que el estímulo-signo, «eso» que hace sentir, es una pequeña forma danzante, y que sentir es resonar: poseer alguna forma que pueda danzar con… Sabía que todo objeto emite. No solo el radio, no solo el transmisor T.S.F: ¡todo objeto!

El signo de materia, la acción del número, la danza imperceptible revestirá toda animación parecida a ella. Y lo otro, la animación del circuito vivo, resonará; admitirá el encuentro, hará que este dure en el espacio disipándola. El signo del mundo es una forma, la última, o la primera, de todas, emitida por el movimiento de lo que se pesa, sea lo que sea. Nada está inmóvil, ninguna existencia que no emita fuera de ella su anillo extremo; sin embargo, el anillo es recibido: he aquí por qué se equivoca el agujero; ella reviste un anillo-hermano. ¿Dónde, hijo?, en Ti. ¡Te casarás con él, con el mundo exterior!

Su signo ondulante instantáneo, ese menos que nada, ese más que todo, es para tu corazón. Al menos se supone que ahí existe esta carga, carga acumulada que todo instante nuevo alcanza nuevo así como caería una piedra.

Hay una gravitación del sentir.

Lo que vemos es curioso; sin embargo, no estamos tranquilos. Se han alzado, de hecho, una Existencia y un problema; solo la Existencia responde a la pregunta que no planteábamos.

La existencia es el extraño crecimiento acumulado en cada uno y está hecha de asaltos danzantes que indefinidamente enviaba el Universo. Esta cosa-otra-cosa explica el acuerdo entre YO y las cosas: cuando una cosa escupe su asalto, este se pega, y ella suena – («suena» es un modo de hablar, no me dé patadas) – es el espasmo. Oh, un espasmo discreto, un esbozo, una aproximación de espasmo; en fin, una sensación sin cualidad.

¡Tú que te habías ido – o yo – a buscar el do, el azul, lo dulce!

El asalto-de-grano puede, en efecto, atacar los nervios, ¡ve mejor al laboratorio de fisiología!, pero eso resonará sin más singularidad que un péndulo: aunque se lo metas en el oído. El oído recibe n vibraciones, es YO quien recibe do. Pues bien, te lo digo, hermoso: sabes muy bien que el oído no recibe do, por mucho que lo digas en la academia.

¿Por qué?, ¿cómo? Pero el oído es grano, como tu teléfono; pues como él recibe el asalto-de-grano.

¡Ay!, hacer que se encuentren do y el oído es tan malicioso como hacer que se encuentren el átomo y los celos.

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