Página dedicada a mi madre, julio de 2020

III. EL SILLÓN Y EL FOTÓN

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«Les advertimos a quienes lean estos escritos que deben esperar encontrar, en muchos lugares, materias muy sutiles cuya lectura les podrá fatigar… pero que no puedo poner en el espíritu de los hombres sin que  ellos presten atención, ni hacer que la atención no sea penosa.»
BOSSUET

«Newton estaba persuadido, como casi todos los buenos filósofos, de que el alma es una sustancia incomprensible.»
VOLTAIRE

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«En general, los caminos por los que se alcanza un fin son tanto más inteligentes cuanto más improbables son.»
Charles HENRY

El alma es el sujeto del verbo «amasar». No sabemos nada más. No queremos decir nada más. No estamos ni en filosofía ni en religión; no presentamos una revelación; rechazamos absolutamente hacer que el lector vaya al cielo con un truco nuevo.

No buscábamos el Alma. Hemos tropezado con ella.

El Alma no era el fin…

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El fin era explicar este bien, este mal, este momento que hace de mí su teatro, esta diversidad sobrecogedora que actúa donde estoy, en mi vida, este SENTIR, – esta resurrección segundo a segundo fuera de mí que se me ha impuesto, este azar, este placer; esta amenaza cuya posibilidad comienzo a conocer, este canto de mi carne que no puedo rehuir.

Mi pensamiento me resulta indiferente, lo evito, lo distraeré.

¡Pero cómo! Nada es capaz de distraerme de él; y si de pronto la resonancia de mi cuerpo me hace desgraciado, algunos venenos de algunas plantas la amortiguarán una hora o un día, pero mi música inevitable estará al final.

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Me llegaban estas percepciones mágicas de todos lados. Contactos, luces, gustos; en cada latido de corazón era arponeada, y todo el tiempo me dejaba hacer e incluso ayudaba, – y el arpón es dulce. Son las turbaciones que el Universo me envía; es de ello de lo que dependo; son las causas que el psicólogo mide, los «estímulos».

Me han llevado al alma.

¿Cómo?

Solo porque ha sido necesario reconocer que el estímulo se volvía más intenso al amasarse, – y que, solo, no tenía ninguna resonancia y ninguna cualidad: era, pues, acumulado, luego, transfigurado, en alguna superficie desconocida.

El primer hecho, la psicología lo conoce, y procede desatendiéndolo.

El segundo, toda la física lo grita, y no se ocupa de ello.

En realidad, esta historia está fundada en una noción más precisa del «estímulo», de «esto», «esto» que es sentido. ¿Es amarillo, es agudo, es pesado, amigo mío? Lo creemos, pues vivimos; al menos, simulamos. Sin embargo, «esto» no es nada tan hermoso; en esta triste constatación descansa, además, la fenomenología; – el estímulo que alcanza el cuerpo, que lo hace reaccionar, que se acumula y forma en usted un doble del mundo, una masa resonante sin la que su mundo no existiría, viene en efecto del mundo, pero no es. No es humanamente nada; llamamos nada a uno, dos, tres, cuatro, cinco, aunque llegáramos hasta millones de millones.

Nadie ha sentido nunca quinientos veinte, aunque estos fueran mil millones, – y todo el mundo percibe el amarillo; ahora bien, el amarillo es quinientos veinte mil millones en periodos por segundo, frecuencias de puntos, de número innumerable, idéntico, inhumano, vano; y cualquier cosa que se reúne en tal agitación incalificable: un contacto, un color, (un beso, ¡ah, cállate!), un sólido, un perfume.

El estado verdadero del lugar que usted defiende de la muerte es el torbellino imperceptible del número de fuera: no obstante, alcanza, a golpes discontinuos contados por el corazón y el reloj, un torbellino espejo que no es su cuerpo, que se preserva desde hace siglos, y que hace su suerte.

Entonces…

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Julio Verne escribía historias que se han hecho realidad: tenía menos ayuda que este cuento, no tenía ejemplos ante él.

¡Gracias a Dios! La T.S.F. existe para que el verbo «emitir» ilustre un acto que viaja; e «irradiar» no se dice solo de la luna y del sol ante esos tubos que estallan lo penetrante y bombardean lo muy poderoso que no podemos mirar.

Emitir, enviar…

Lector, debemos preservarte. No te fatigaremos; quizás seas mi resobrino, un poco perezoso, un poco desafortunado, que quiere de hecho la manzana y no los trabajos.

Los lectores infantiles de Julio Verne tenían una atención más valiente que la tuya, oh, resobrino: estamos perplejos con lo que tragaban; pero tú, si te llevamos a la luna, necesitas que la carga sea ligera.

Te llevamos a tu universo, con precauciones de enfermero…

El Universo es materia-energía, más o menos como el agua es líquido y vapor. Esta imagen no es excelente; el señor Boll, que felizmente ha publicado la nueva enciclopedia, no dejará de señalarlo, pues elimina para usted, con un punto de exclamación en plena cara, a los amantes de la ciencia demasiado apresurados.

Sí; la emanación de la materia en energía tiene efectos violentos, incomparables a la del agua en vapor; y ni el grosor de los elementos en juego ni las velocidades se parecen tampoco, – no obstante, usamos la imagen por lo que tiene de común: basta con que sea parcialmente fiel; la parte considerada es el cambio de estado. Una sustancia se envía lejos de ella misma bajo una forma más sutil y se gasta; podría recuperarse. Que el vapor se haga de nuevo agua es ordinario; que la energía se haga de nuevo materia se admite, aunque no se dé ante nuestros ojos.

Vamos, no es necesario que vayamos tan lejos, resobrino mío. Lo poco que hay que recordar es que la materia, es decir, el grano agitado, se envía constantemente fuera de sí bajo la forma de otros granos más sutiles.

Pero, los primeros, los electrones, Dios mío, están ya en los salones. Los segundos son los fotones de la física ondulatoria.

Se agita el electrón, sale fotón; se calienta el agua (es agitar sus moléculas) sale vapor.

Pues bien, la materia se agita, valiente lector; te envía fotones a millones de millones, y los recibes en algún lado.

Estábamos en el «estímulo». Algo estallaba, a lo que solo le faltaba, para ser ruido, tu oído; algo aparecía, a lo que para ser luz solo le faltaba tu mirada: era energía; era solo energía, era necesario saberlo.

La materia existe; la energía te alcanza: cuidado con la distinción, (el señor Boll retiene, suspendido de un hilo, su punto de exclamación) sin que ellas dejen de ser la misma, (¡cuánto se parece la física, llevada a su extremo, a la religión!)

El punto se ha caído: observe que somos nosotros quienes lo hemos arrojado.

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Que do sostenido sea energía, el lector lo quería de hecho. El estímulo sería energía cuando llega al oído; también cuando quema; y cada vez que pincha, empuja, rompe, estalla, pasma.

El lector, dulce, repetía: «El estímulo te alcanza.»

Es energía cuando eso se mueve, en fin; cuando eso me toca pero no se mueve es materia, pensaba el lector y todos tus hermanos y todas sus hermanas, – qué error.

La materia existe, no te alcanza; son sus actos los que te alcanzan cuando Ella se arroja fuera de Ella misma en el estado extraviado. Ninguna materia te ha tocado nunca.

«¡La toco!», insiste el lector.

– No, señor. Al menos, no como lo entiende. Aparte de su espíritu, ante todo, que algo no se mueve; pues si lo inmóvil existiera, usted no sabría nada de ello, por la razón suficiente, aunque extraña, de que no la sentiría.

Quizás sea un postulado; quizás haya un Dios ahí abajo; aquí, lo inmóvil no existe.

El objeto de la sensación es movimiento; y si los átomos del sillón no oscilaran un número calculable de veces por segundo, su trasero estaría precisamente tan inseguro de la existencia del sillón, como lo está de la existencia de la divinidad. Ahora bien, el movimiento no es la Materia: es su Palabra, si así lo quiere.

– ¿El sillón emite fotón?

Para emitir fotón, hijo mío, es necesario estar muy turbado.

He aquí el lugar en el que inscribir algunas indicaciones modestamente primarias, agradablemente superiores… ¡Escribo para Ti, alma mía futura! Lector, te he cansado. No sé si sabrás algo de lo real que la vida disfraza; pierdes tus oídos y pierdes tus ojos: la ciencia le devuelve su desnudez.

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La materia no te alcanza nunca. Es una desconocida. Déjala donde está. Es lo que viene de ella lo que conoces.

– Pero ¿y el sillón?, ¿eso donde me siento? ¡No recibo rayos del sillón! Él está ahí, ahí, por mucho que diga.

– Oh, alma mía, tu trasero te engaña. Sientes el sillón por su energía, estás en contacto con su energía; nada tranquilizador que no se mueve te sostiene por abajo.

En cuanto al fotón, es un procedimiento. La materia tira con perdigón pequeño o grande; sus proyectiles son tan sutiles, que solo crees en ellos con dificultad, aunque solo ellos te hieren, – y lo contrario, ay.

Cualquier cosa, eso es.

La energía copia a la materia, su otro estado, está en granos irreductibles, o grandes, – en ese caso lo llamaremos «fragmentos». Y ciertamente «fragmento» no es un término excelente, pues hace pensar en la materia que precisamente la energía no es ya: sin embargo, decimos «fragmento de música»; es en esta acepción como hay que tomar «fragmento de energía».

Tenemos, pues, el grano de materia (electrón, positrón, protón, neutrón), y el grano de energía (fotón).

(El grano de materia constituye un grano por encima, el átomo, que los antiguos creyeron que era el último grano. No nos desviamos.)

Tenemos el fragmento de materia (molécula), y el fragmento de energía que no tiene nombre, o mejor, que tiene todos los nombres de nuestros hechos.

Ahora bien, como en los cuentos policíacos, este cuento tiene un buen final, que no hay que abandonar: un lugar de partida que solo lleva al lugar de llegada. El lugar de partida es el «estímulo»-

El lugar de llegada: explicar «yo siento».

El estímulo es grano o fragmento de energía. Se adquiere para la solución.

La diferencia entre el grano y el fragmento es simple: es la velocidad. El grano tiene una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, o cerca; el fragmento es más lento.

El grano de energía es el estímulo radiante, visible o invisible. Los fragmentos de energía son los estímulos-signos dotados de todas las velocidades inferiores: un choque es un fragmento de energía, también un ruido, un sonido, una temperatura.

Solo el grano de energía te llega directamente, arrojado por el dedo de un dios… «Aparece, pues, luz, la más hermosa de las criaturas…»

El fragmento de energía es indirecto. Se ha perdido cien veces antes de turbarte. Qué cuento, corazón mío.

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«Su masa indestructible ha cansado al tiempo.»
DELILLE

¡En fin! ¡En fin, aquí está la puerta del jardín!, aquí está la manzana, querido sobrino, lee aún un poco.

Te he agotado, sin embargo, sabes que donde el profesor solo veía en ti decoración, hay una Masa activa, mucho más parecida a lo que contiene un acumulador, que a lo que presenta un álbum.

Ahora bien, esta Masa había sido puesta en ti por los movimientos del mundo, era su energía: el movimiento-sonido, el movimiento-color, el movimiento-dulzura. La blandura también, la dureza, el frío: y lo que parece cualidad inmóvil: la impenetrabilidad, el peso…

Para que sientas, es necesaria en ti esta acumulación precedente: una sensación es el efecto del contacto del instante con Ella.

Admira la pequeñez de lo poco que amasas como inmensa fortuna: la materia de una diez millonésima parte de miligramo de sal marina, esa nada, su movimiento te alcanza, y la energía infinitesimal que trae, apenas en contacto con la Suma parecida que te viene de los siglos, estalla en color y resuena «amarillo».

Una cien millonésima parte de miligramo de yodoformo por centímetro cúbico de aire, su movimiento te aporta la energía de un «olor» si alcanza en ti a sus semejantes…

En cuanto a la energía que libera, al límite de lo perceptible, el choque de una pequeña bola de corcho que pese un miligramo y que caiga un milímetro sobre un plato de cristal, el oído que esté a noventa y un milímetros «la oye» si se agita el pasado formidable hecho de los mismos instantes.

Entonces, gritemos lo capital: la energía se disipa siempre; ¿con qué, en qué, sobre qué la amasas a lo largo del día?

La energía directa parece ser absorbida de nuevo por el universo que la ha emitido: así los granos que constituyen la luz determinan las reacciones químicas; Perrin lo ha mostrado.

La energía que ya no está en granos, los «fragmentos» de energía más lentos, los fragmentos de acción en cuyo centro vives, son tan débiles, que el Mundo los vomita.

Los acumulas, hijo mío…

Es con lo que no cuenta para el universo con lo que haces el secreto de tu carne.

Todos los choques, todos los encuentros, los «perfumes», las «músicas», los «gustos», lo «penetrante», lo «punzante», lo «sólido», lo «pesado», lo «cálido», lo «sonoro», lo «dulce», lo que es para ti el mundo exterior, ¡es tan poco, corazón mío!

Y si un choque puede ser fuerte con respecto a ti, y un sonido, aunque sus velocidades no sean sino unos metros por segundo, si algunas veces hay que concederles, en relación a ti, alguna velocidad a esas demoras, si hay que excusarte por creer que un puñetazo en la cara o un concierto son más «fuertes» que el amarillo o el verde, – ve, toma el ejemplo del señor Boll, que es tan preciso y al que no le gustan estos versos…

El choque de la pequeña bola de corcho cae un milímetro sobre el plato; si su energía fuera absorbida (pero esta se pierde) por un gramo de agua, sería necesario, para que se elevara un grado la temperatura de esta agua, que el signo se prolongara durante doscientos mil siglos.

Estás ahí, cerca del agua, «la oyes» al instante, ¡esa nada espantosa!

La sientes, porque ella está de acuerdo con una suma agitada innumerable, y porque los signos están en ti y animan la nada, y porque no necesitas esperar para poner unos siglos delante.

Has constituido, cero más cero, un tesoro hecho de todo lo que pasaba; ¿cómo lo has hecho?

Los griegos llamaban al Mundo: «El Otro», porque cambiaba.

A la energía que no es sino la volatilización del mundo la llamamos «la Desaparecida».

Toda la física no es sino un drama en que el sabio busca a esta loca, evaporada abajo, cada vez más cerca del abismo desde donde no se la recupera. Toda la física evalúa la caída. ¿Remontará o no remontará? ¡Proserpina cien veces perdida! Y, sin embargo, ha encontrado su sitio y su paraíso muy estrecho donde no se sumirá más; te ha encontrado a ti, miserable TÚ.

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«Un fantasma resplandeciente se presenta a su vista.»
VOLTAIRE

Número agitado, número pesado se emite; es sin cualidad, gris. Se emite con una gran velocidad y una gran fuerza en unidades irreductibles y directas; o con menos fuerza en expediciones más confusas y más «grandes», indirectas.

Apenas emitido, se aparta, se pierde, se hunde, nada lo recibe.

Ese número lo es todo. No hay nada más. Todo, pues, va a la nada.

Todo irá a la nada.

Sin embargo, existe una superficie de parada, no parece formar parte de este todo que se aparta de sí y se evapora.

Capta el número. Lo capta en la más extrema nada de su valor; lo preserva; hace de él sumas; y esas sumas terminan por tener un valor extremo, en el otro sentido. La superficie de parada se recubre así de número – el número que es energía del que no hay nada que decir y que no distingue sino por la forma de su movimiento.

No sabemos casi nada de esta superficie, salvo que es necesario que exista para que la acumulación sea posible. La llamamos Superficie, y hemos escrito que «no parece formar parte del Todo», lo que sería contradictorio, pues si es una superficie, está «en» el Todo.

Pero en verdad ELLA parece estar ahí y no estar.

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