Página dedicada a mi madre, julio de 2020

V. «LLAME FUERTE»

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«… to rot itself with motion.»
SHAKESPEARE

En mí, Sumas de movimiento del universo; qué saber de ello… Saber un hecho importante: que si imagino cualquier cualidad en esos signos cuando me alcanzan, miento. Basta considerarlos como los considera la física, es decir, aislados, aparte de las masas que constituyen en los seres vivos.

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Fuera…

Una vibración de cosas, un movimiento de conjunto de cosas, o un movimiento desordenado de cosas me ha tocado. ¿Tocado? Todavía no es tocar. Encontrado. No hay cosas. Hay corpúsculo, pueblo oscilante, imperceptible existencia.

¿Es acaso-sonido, un futuro «la» del diapasón? En este caso la confusión agitada en que respiro vibra a 435 vibraciones por segundo en una largura de 76 centímetros renovada a todo su alrededor; y eso gana poco a poco, en 300 metros del mismo dibujo, el tiempo de decir «uno». ¿Es acaso-calor? La agitación de los puntos no sería ya regular; lo llamo «frío» si disminuye, y tengo calor durante cincuenta metros por segundo más. Pero si es acaso-luz, es en el límite de la rapidez, y es ordenado; y los elementos no son ya materia, sino lo que esta ha sido.

No hay «la», no hay «calor», no hay día fuera, no hay ningún color; si la seda es «dulce» al sentirla no es porque tenga «dulzura» (como tiene ternura un corazón). Esas verdades primeras las dicen algunos cronistas de ciencias, héroes impagables, – pero el mundo numérico en que lo pasean a usted en veinte líneas, parece reservado. Su voluntad no lo quiere, – y como el griego, regresa al mundo en el que los más pequeños fragmentos de la cosas tienen CUALIDADES.

Casi todo el mundo yerra aún en el mundo de Anaxágoras… Pero para que los pequeñísimos fragmentos de las cosas sean rojos o azules o dulces, se le necesita a usted. Es necesario YO, es necesaria la Masa móvil y vibrante, el vértigo que YO contiene como el agua. No es el movimiento de los órganos, de las células, de la sangre, (se coloca ahí, no viene), (es muy anterior a mí) (y cuando de pronto yo esté frío, no se detendrá), sino que es movimiento sin cosa, persistente al desnudo, como si el gesto que hacen los brazos continuara animando el aire cuando los brazos ya no están. Este movimiento sin nada más debajo venía del Universo, de Todo, y todo lo que enviaba es pasado. El movimiento se ha quedado. Hace regresos invisibles, me ha encadenado. Un día la cadena se abrirá, y caeré más bajo que la tierra, seré menos que un collar del que al menos persisten las piedras, ni siquiera seré definida como el polvo que me han prometido – pero el Movimiento que me habitaba durará en este universo. Durará, el trabajador, abrumado por mi última hora, vaciará mi felicidad y el último instante de horror, anillo tras anillo, al revés, mezclándome en sus viejos conciertos, sabe Dios sobre qué cosa con nervios…

La respuesta a la pregunta que importa más depende de la existencia permanente en cada uno de una suma de signos pasados, del mundo; pues estos signos no estaban aislados, fuera de cada uno, como están en el estado de suma en cada uno. Cuando cada instante que nos compone llegaba, este instante no era sino una acción de puntos, un número agitado. Así quinientos veinte mil millones de kilociclos, periodos por segundo; nada menos literario, nada menos emocionante, – es un signo que está aislado, lejos de la suma animada (lejos del cielo).

La Suma en cada uno es lo amarillo, está encantada. ¿Qué le ha pasado?

El movimiento del mundo en el instante no es amarillo: es un grano de acción, un reflejo del universo, una medida (el honorable Binet ni siquiera quería que se le llamara «un movimiento», palabra teñida de humanidad; pues no somos nosotros quienes hemos inventado que el universo no es calificado). Mantengámonos firmes en este curioso camino: cualquier instante solo es «eso». He ahí una palabra precisa, la piel del mismo presente.

Y he aquí el secreto del mundo: «eso» no cuenta. Nadie sabe nada de ello, ni usted, ni yo, ni el voluptuoso que se ha consagrado al instante, nadie ha visto «eso», ni lo ha gustado, ni lo ha gritado. Pero «eso» existe (su agitación es grande) y encuentra un cuerpo. Nada aún. Es necesario que turbe, más allá del cuerpo, la Masa hecha de «esos» preservados.

En fin, más kilociclos, palabra que huele a droguería y a garaje. Para nosotros Julio Verne, las hadas, – ¡querida oruga, Literatura, para ti! – para recibir, resonando con millones y millones de instantes desastrosamente pasados, rechazados, arrojados, olvidados, resucitados, – una CUALIDAD.

El presente ha tocado al pasado.

Y bien, ¿qué ha pasado?

Ni un psicólogo del universo se lo pregunta. Con un desvanecimiento tan negro de la atención, este cuento no puede consolarse.

La experiencia da una suma de signos precedentes del mundo en cada uno. Estos signos, los «estímulos» no tienen cualidad fuera de cada uno.

En el estado de suma, están encantados. ¿Quién puede explicarlo?

Que todos los cuerpos vivos contuviesen «acumulaciones de movimiento» universales, ligadas, durables, sumas, masas, cargas vibrantes, era notable, pero no era inaceptable. En resumen, era un fenómeno del universo. Por ejemplo, el accidente que, en el hecho de la sensación, les sucedía a esas masas, no era ya un fenómeno del universo. La definición del universo es que él no es lo que no es número.

Si dice: «Está azucarado», usted no está ya en el universo.

Todo igual, querida. Pensaba que haría falta algo más que una chocolatina, para dar esta carrerilla.

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¿Estoy o no estoy en el espacio? Qué situación.

No podemos sentir sin estar en la extensión, ni sin abandonarla. Sin encontrar puntos, ni sin encontrarnos en el Gusto, en la Música, en el Perfume.

Hay que desvelar estos puntos, incluso si es demasiado fácil, incluso si es poco novedoso, – su vals es el amarillo, su danza es el calor, ¡abrid el fonógrafo!, su corro es el do. Todos los discos se usan para confesárselo: el sonido nunca ha existido. Hay que hablar alto; lo que los discos vaporizan no son «sonidos», son asaltos; los asaltos de aire del disco, pero no están dotados sino de viudez. Excepto si atraviesa (a usted por ejemplo) alguna Masa mágica en proximidad, movimientos parecidos que están encantados…

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No podemos sentir sin encontrar a la vez una vibración ponderable extendida y hacer con ello lo azul, que no tiene ni espacio ni peso; lo «azucarado», que ya no es una largura.

Ahora bien, la psicología, desde el instante en que ha querido ser ciencia, aproximadamente desde Helmholtz, ha encontrado naturalmente el espacio: – era imposible buscar de qué estaba hecha la sensación sin encontrar el universo ponderable y unirse a los sabios. El psicólogo, pues, se ha aliado con todo lo que la fisiología contaba de distinguido, ha instalado algunos instrumentos de física, y se ha puesto a medir, pues el sabio, ¡atención!, se distingue por la medida.

He aquí lo que ha ocurrido:

El psicólogo tenía lo que era necesario para ser un sabio: el generador eléctrico, el galvanómetro, y el sutil aparato con ranura que no tendrá la paciencia de considerar; todo; incluso número, fuera, un mogollón, «estímulo», que medir. Bien. Acciona este número para hacer que alcance a un sujeto, acciona el número, como quizás el colega físico hacía a la misma hora, a su lado.

¿Cómo…? ¡Ay!, el parecido no cesa. El número del físico de al lado no le hace sucias jugarretas: mete número en el tubo vacío, saca número; pero para el número que el psicólogo maneja apenas oso decirlo, es demasiado triste: el psicólogo lo pierde. El número es puesto por el psicólogo en el sujeto – saca azul azucarado dulce duro caliente redondo agudo amarga.

¡Qué caso!

¿Dónde está lo puro ponderable, diablos? Está en lo imponderable. Se ha fundido en el nirvana, se ha dilatado en el Paraíso. Mejor en el Paraíso: desgraciado Foucault, ha entrado en ti el número, ha salido INFINITO.

Entonces, encontramos que la suerte del psicólogo es horrible.

En modo alguno: está muy contento. Tiene tablas de asociaciones y curvas de corrientes nerviosas; está muy contento, señor. Este enorme accidente de la experiencia no lo ha herido; continúa hablando. Continúa publicando, ¡lo entendemos! Continúa MIDIENDO. Había número como «estímulo», ya no lo tiene, no se ha percatado. Su cuenta en el banco se ha cambiado por tabletas de chocolate, no lo ha sentido. Su actitud en la Bolsa no ha cambiado; ni en la FACULTAD.

Un contacto, un perfume de antes, pero estos estímulos no contaban ya puesto que habían huido… El psicólogo (¿me has oído?) no pensaba en la irradiación, pensaba en la geografía. (Eso no es ceguera, es patología.)

El psicólogo no se distinguía por su originalidad en las imaginaciones que tenía sobre el Sentir. Lo llevaba todo al cerebro, y su cerebro no era un circuito, perdón, perdón, era una región. Una región retorcida, un poco blanda, que el estímulo marcaba tristemente, con la mayor frecuencia, y luego, se volvía viento.

¡Desgraciado!, confundía el camino con el coche.

Es tan grave, que es necesario explicar cómo se hizo eso. Antes, el cerebro del señor.

El cerebro del señor era un atlas psicológico de vías de gran comunicación; la estimulación que venía de un nervio llegaba allí. Los fisiólogos franceses Lapicque y Bourguignon en vano han hecho aquí trabajos admirables: pues lo propio de un trabajo admirable es inspirar una seguridad admirable en los espíritus que suben encima para no ver nada.

Y he aquí lo que ve la psicología: cuanto más numerosas son las huellas dejadas por precedentes estímulos, más intensa es la estimulación actual.

Qué extraña región: cuantos más caminos se recorren, más crece el coche.

Enséñelo y salvémonos: «Si la carga crece, no es el camino el que entra en causa.» Confiéselo en lengua absurda; si la estimulación aumenta en el cerebro ya recorrido, es que se le cae una Masa encima. ¿Qué? Pues la gran suma de signos que el señor Foucault ha perdido y que busca desde hace treinta años con un pequeño mondadientes.

Esta Masa les da vida a los centros cerebrales; todo el tejido nervioso está cargado por ella. Esta no tiene sede particular, como creían los antiguos. Ha especializado los matorrales nerviosos de los sentidos, que no hacen más que exponer, cada uno, su suma particular de movimientos pasados del mundo.

Solo en esta acepción podemos decir que el dominio del sentir está a una cierta «altura»; pues es la desigualdad esencial; todo sentido es una pirámide de pasado; no es el cuerpo lo que toca el instante, es la cima del tiempo.

En casa del profesor, sin embargo, todo pasaba sin precedente: y es inmediatamente, con el alma entre los dientes, como ahuecaba el instante y mostraba cómo:

Su conciencia, bajo una carpa de cabellos, bien establecida en su buen cerebro ricamente adornado de recuerdos de viaje, ricordo di Venezia, Gruss aus Tyrol! – y en todo rincón los receptores afectados en cada mensaje, esperaba simplemente que el universo sonara, – pique, ultraje o brille.

Ahora bien, el profesor no había dejado de observar que la disposición del decorado favorecía al fenómeno, y que las cosas pasaban más fácilmente en un cerebro amueblado por Lévitan. El decorado, el decorado, hijos. También, en su Facultad de Midi, desde su boca gris, vertía decoración en los cerebros de quince alumnos atónitos, gentiles, educados, sepultados.

Y el decorado se asociaba con la estimulación.

Sin embargo, la Conciencia del profesor no estaba tranquila.

Le llegaban accidentes a la estimulación, apenas entraba. Crecía, disminuía, y, pasado el umbral, no muy alto, se volvía azul, penetrante, aromatizada, de golpe.

Lo que hacía dos bien contados con el señor Foucault.

Pues no se trataba de ASOCIACIÓN sino de SUMA.

Pues no se trataba, cuando la estimulación le llegaba, de compararla con fotografías ni de presentársela a unos recuerdos: SE TRATABA DE SENTIRLA.

No se trataba de acercar cierto azul de todos sus Mediterráneos, ni de encontrar, en un perfume, al amante difunto, ni de reanimar un viejo aire en un nuevo universo. Se trataba de recibir lo que el instante le sirve.

El instante le sirve el estímulo, de CUALQUIER COSA que oscila.

No se trataba de saber si el estímulo iba a tener un efecto más o menos feliz en el decorado, sino de saber si existía por completo. No es nada, pero lo es todo.

Se trataba de saber si el estímulo se bastaría (perdón, señor) a sí mismo; si era por sí mismo perceptible, y el profesor creía que sí, qué espíritu, – llame fuerte, dice él, llame y basta.

¿Llame fuerte sobre qué? Es un efecto de resonancia; toca sin violín, el inocente, con su estímulo. Pues la resonancia fantástica no es dada por su cuerpo conocido, pobre carbono con piel, pobre nitrógeno de tejido, sino por la SUMA ENCANTADA que tiene precisamente el valor del paraíso perdido.

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