Página dedicada a mi madre, julio de 2020

XXVII. AMOR Y MUERTE

    Hermanos, a un mismo tiempo, Amor y Muerte
Engendró la suerte.
Cosas aquí tan hermosas
El mundo no tiene, no tienen las estrellas.
Nace del uno el bien,
Nace el placer mayor
Que en el universo se encuentra;
La otra, todo gran dolor,
Todo gran mal anula.
Hermosísima doncella,
Dulce a la vista, no como
Se la imagina el vil vulgo,
Ama al joven Amor
Acompañar a menudo;
Y sobrevuelan juntos el mortal camino,
Primeros consuelos de todo corazón sabio.
Corazón no fue más sabio nunca
Que herido de Amor, ni con más fuerza
Despreció la infausta vida,
Ni por otro señor
Como por este estuvo pronto al peligro:           
Pues donde tú ayudas,
Amor, nace el valor
O se despierta; y, sabia en obras
Y no vana en pensamientos, como suele,
Se vuelve la humana prole.

     Cuando por primera vez
Nace en el corazón profundo
Un amoroso afecto,
Junto a él en el pecho, un lánguido y cansado
Deseo de morir se siente:
Cómo, no lo sé: pero tal
De amor verdadero y fuerte es el primer efecto.
Quizás a los ojos espanta
Entonces este desierto: ante él, el mortal
Quizás ya ve inhóspita
La tierra, sin aquella
Nueva, única, infinita
Felicidad que su mente imagina:
Pero, por ella,  grave batalla
Presintiendo en su corazón, anhela calma,
Anhela recogerse en un puerto
Ante deseo tan fiero,
Que ya, bramando, alrededor lo oscurece todo.

    Luego, cuando el temible poder
Lo envuelve todo,
Y fulmina en el corazón al invicto afán,
¡Cuántas veces eres implorada
Con deseo intenso,
Muerte, por el afanoso amante!
¡Cuántas, por la noche, y cuántas,
Al abandonar al alba el cuerpo cansado,
Feliz se llamó si de ahí nunca más
Se levantase,
Ni volviese a ver la luz amarga!
Y, a menudo, al son de la fúnebre campanilla,
Al son del canto que conduce
Al muerto al sempiterno olvido,
Con suspiros ardientes
Desde lo profundo del pecho envidió a aquel
Que se iba a habitar con los difuntos.
Incluso la despreocupada plebe,
El campesino, que ignora
Toda virtud que del saber deriva,
Incluso la doncellita tímida y esquiva,
Que solo al nombre de la muerte
Sintió erizársele el cabello,
Osa en la tumba, en los fúnebres velos
Detener la mirada, de constancia llena,
Osa en el hierro y en el veneno
Meditar largamente;
Y, en su indocta mente,
La gentileza del morir comprende.
Tanto a la muerte inclina
La disciplina de Amor. Y, a menudo,
A un punto llega el interior tormento,
Que no puede sostenerlo fuerza mortal,
O cede el cuerpo frágil
A los terribles asaltos y, de esta forma,
Por el fraterno poder prevalece la Muerte;
O tanto aflige Amor allá en lo hondo
Que por sí mismos el campesino,
La tierna doncella,
Con mano violenta,
Dejan sus juveniles miembros en la tierra.
Se ríe de sus casos el mundo,
Al que paz y vejez el cielo conceda.
 
    A los entusiastas, a los felices,
A los valerosos ingenios
Que lo uno o lo otro os conceda el hado,
Dulces señores, amigos
De la familia humana,
A cuyo poder ningún poder se parece
En la inmensidad del universo, y no lo supera,
Si no es el poder del hado.
Y tú, a quien ya desde mi infancia,
Siempre con devoción invoco,
Hermosa Muerte, piadosa
Tú sola en el mundo de los terrenos afanes,
Si alguna vez fuiste
Celebrada por mí, si tu divino estado
De la vergüenza del vulgo ingrato
Intenté recompensar,
No tardes más, inclínate
Ante estos desusados ruegos,
Cierra ya a la luz
Estos ojos tristes, oh reina del tiempo.
Me encontrarás seguro, sea cual sea la hora
En que tú abras las alas ante mi ruego,
Erguida la frente, armado,
Y rebelde al hado,
Sin colmar de alabanzas
Su mano que, flagelando, se colorea
De mi sangre inocente;
Sin bendecirla, como acostumbra
Por antigua vileza la humana gente;
Arrancándome toda vana esperanza
Con la que se consuela
El mundo como un niño,
Y todo aliento necio; sin esperar
Nada más en tiempo alguno, sino a ti sola;
Aguardando sereno
El día en que yo recline adormecido el rostro
En tu virgíneo seno.

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