Página dedicada a mi madre, julio de 2020

XXXIV. LA RETAMA O LA FLOR DEL DESIERTO

               Καὶ ἠγάπησαν οἱ ἄνθρωποι μᾶλλον τὸ σκότος ἢ τὸ φῶς
               «Y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz.»
                                                                                               JUAN, III, 19

 Aquí, en la árida falda
Del formidable monte
Devastador Vesubio,
Que otro árbol o flor no alegra,
Olorosa retama,
Esparces tus ramas solitarias,
Feliz con los desiertos. Otras veces te vi
Adornar con tus tallos los yermos
Que ciñen la ciudad, señora
De los mortales un tiempo,
Que con su grave y taciturno aspecto,
Parece confiarle al pasajero
Fe y recuerdo del perdido imperio.
Ahora vuelvo a verte en este suelo, amante
De espacios tristes y abandonados,
Y compañera siempre de afligidas suertes.
Estos campos sembrados
De infecundas cenizas, y cubiertos
De petrificada lava
Que al paso del peregrino resuena,
Donde anida y al sol se retuerce
La serpiente, y a su conocido
Abrigo cavernoso vuelve el conejo,
Fueron alegres fincas y labranzas,
Y brillaron con las espigas, y resonaron
Con el mugido del ganado;
Fueron jardines y palacios,
Grato albergue al recreo
Del poderoso; fueron ciudades famosas
Que el altivo monte de ígnea boca,
Con sus torrentes, fulminó y oprimió
Junto a su gente. Ahora la ruina
Todo en torno lo envuelve,
Donde tú estás, oh, flor gentil, y casi
Apiadándote del daño ajeno, al cielo
Envías un perfume de dulcísimo olor
Que consuela al desierto. A estos lugares
Venga quien con alabanzas exalta
Nuestro estado, y vea cuánto
Cuida a nuestro género
La amante naturaleza.
Y aquí también en justa medida
Estimará la pujanza del linaje humano
Al que la cruel nodriza, cuando él menos
La teme, anula en parte en un instante
Y con leve impulso, y puede con otros
Menos leves, aun súbitamente,
Aniquilar del todo.
Pintadas en estas tierras                                             
Están de la familia humana
Las magníficas y progresivas suertes.[1]

    Mírate y reconócete aquí,
Siglo soberbio y necio,
Que el camino del resurgido pensamiento
Ya entonces trazado hacia delante
Dejaste, y volviendo atrás los pasos,
Te jactas del retorno
Y lo llamas progreso.
Tus niñadas, todos los ingenios,
De cuya suerte cruel eres padre,
Van adulando, aun
Cuando en secreto a veces
Te escarnecen. Mas yo
No bajaré con tal vergüenza bajo tierra;
Pues el desprecio que por ti
Se esconde en mi pecho
Tan claro mostraré como se pueda,
Aunque sé que el olvido
Cubre a quien censuró mucho su tiempo.
De este mal, que contigo
Compartiré, desde ahora me río.
Libertad sueñas, pero a la vez siervo
Quieres de nuevo el único
Pensamiento por el que en parte
De la barbarie resurgimos
Y se crece en cultura, que sola al bien
Guía la suerte de los pueblos.
Tanto te repugnó la verdad
De la áspera suerte y del lugar mísero
Que naturaleza nos dio. Por esto le diste
Ruinmente la espalda a la luz
Que la reveló. Y, huyendo, llamas
Vil a quien la sigue, y solo
Magnánimo a aquel
Que se mofa de sí y de todos, astuto o loco,
Y encumbra el grado mortal hasta los astros.

     Hombre de pobre estado y enfermo,
Si es de alma generoso y alto,
No se llama ni se estima
Rico en oro ni gallardo,
Ni ostenta, irrisorio, espléndida
Vida y valiosa figura
Entre las gentes;
Sino que mendigo de fuerza y tesoro
Se muestra sin pudor, y habla
Sincero de sí mismo, y estima
Sus cosas con igual verdad.
Magnánimo animal
No lo creo ya, sino necio,
A quien nacido para morir, nutrido en penas,
Dice para gozar me hicieron,
Y llena hojas de orgullo
Fétido, prometiendo en la tierra
Excelsos hados y felicidades nuevas
Que el cielo ignora, no solo nuestro orbe,
A los pueblos a los que una ola
De mar agitado, un hálito de aire
Maligno o un temblor subterráneo
Destruye de tal modo, que apenas
Queda su recuerdo.
Noble naturaleza es aquella
Que osa elevar los ojos
Mortales al común destino
Y que, con franca lengua,
Sin ocultar nada a la verdad,
Confiesa el mal que nos tocó en suerte,
Y el estado humilde y frágil;
Esa que, grande y fuerte,
Se muestra en el sufrir, que odios e iras
Fraternas, aún más graves
Que otro daño, no añade
A sus miserias, culpando al hombre
De su dolor, pues culpa a aquella
En verdad cruel, la que de los mortales
Es madre de parto y, de grado, madrastra.
A esta llama enemiga; y pensando
Que contra ella, como es verdad,
Está aliada y armada ya en su origen
La familia humana,
Estima confederados entre sí a todos
Los hombres, y a todos los abraza
Con verdadero amor, y ofrece
Y espera pronta y eficaz ayuda
En los alternos peligros y en las angustias
De la guerra común. Y armar la diestra
Para ofender al hombre, o poner celada
Y estorbo al vecino,
Cree necio, como lo es en un campo
Ceñido de tropa contraria, en la hora
Álgida del asalto,
Quien olvida al enemigo y emprende
Acerbas disputas con los amigos
Y siembra la huida y fulmina con la espada
A sus propios guerreros.
Cuando tales ideas,
Sean, como antes, claras para el vulgo,
Y cuando el horror primero
Que contra la impía naturaleza
En sociedad unió a los mortales,
Sea reconducido en parte,
Por verdadero saber, el honesto y recto
Conversar ciudadano
Y justicia y piedad tendrán entonces
Otra raíz, no las soberbias locuras
En que la bondad del vulgo
Suele estar en pie
Como puede estar el que en error se funda.

   A menudo en estas tierras,
Que, desoladas, viste de oscuro
El flujo endurecido que parece ondear,
Me siento de noche; y sobre el triste yermo
En un purísimo azul
Veo en lo alto titilar las estrellas
Que desde lejos se reflejan
En el mar, y brillar con las centellas,
Que giran en el vacío sereno, todo el mundo.
Y cuando fijo los ojos en aquellas luces
Que parecen un punto,
Mas son inmensas, como un punto,
Al igual que ellas, son mar y tierra
Verdaderamente, y que
No solo al hombre sino a este globo,
Donde el hombre no es nada,
Ignoran del todo; y cuando miro
Aquellos aún más sin ningún fin remotos
Nudos casi de estrellas,
Que nos parecen niebla, y que no solo al hombre
Y a la tierra, mas junto a ellos a todas
Las estrellas, infinitas en número
Y volumen, con el sol dorado,
Desconocen o las ven
Como ellos se ven en la tierra, un punto
De luz nebulosa, a mi pensamiento
¿Qué le pareces tú, entonces, oh prole
Del hombre? Y cuando considero
Tu estado aquí abajo, que revela
El suelo que piso y, además, por otro lado,
Que tú te crees destinada
A ser señora y fin del Todo, y cuántas veces
Te gustó fabular en este oscuro
Grano de arena que se llama tierra,
Que los autores de todas las cosas
Por ti bajaron y a menudo conversaron
A gusto con los tuyos, y que, renovando
Risibles sueños, a los sabios insulta
La edad presente
Que en saber y civil costumbre
Parece superar a las demás, ¿qué afecto,
Mortal prole infeliz, o qué pensamiento
Hacia ti asalta en fin mi corazón?
No sé si vence la risa o la piedad.

     Como al caer del árbol un diminuto fruto
Que en el tardo otoño
Madurez y no otra fuerza derriba,
Los dulces albergues de unas hormigas,
Cavados con gran trabajo
En blanda tierra, y las obras
Y las riquezas que, a porfía
Y con larga fatiga, el laborioso pueblo
Con previsión reuniera en el verano,
Aplasta, asola o cubre
En un momento; así, al desplomarse
Noche y ruina
De cenizas, lava y piedras
Que lanzó al profundo cielo
El útero tronante, confundidas
Con arroyos hirviendo,
O al bajar por el lomo del monte,
Furiosa entre las hierbas,
Una riolada inmensa
De piedras fundidas y metales
Y arena ardiendo
Confundieron, quebraron y cubrieron
En pocos instantes
Las ciudades que el mar bañaba
En la última ribera. Ahora pace en ellas
La cabra, y ciudades nuevas
Surgen al otro lado, con asiento
En las sepultadas, y los postrados muros
Con su pie casi aplasta el arduo monte.
Naturaleza no estima
Al hombre, ni lo protege
Más que a la hormiga: y si más raro
En aquel es el estrago,
Razón de ello es solo
Que son menos fecundas sus estirpes.

   Mil ochocientos años
Hace que estas ciudades, oprimidas
Por la ígnea fuerza, se borraron.
Y el campesino, atento a los viñedos
Que nutre con fatiga en estos campos
La muerta tierra incinerada,
Aún eleva  la mirada
Temerosa a la cumbre
Fatal, mas no más blanda,
Que se alza aún tremenda y con estragos
Aún lo amenaza, a él y a sus hijos
Y a sus pobres cosas. Y a menudo
El mezquino, en el techo
De su rústico albergue, a la intemperie
Yace insomne toda la noche
Y temblando a menudo, explora el curso
Del temido hervor que se derrama
Desde el inagotable seno
Por la falda arenosa, y con él brilla
La marina de Capri
Y en Nápoles, el puerto y Mergellina.
Y si lo ve acercarse o si en el fondo
Del doméstico pozo oye que el agua
Hirviendo borbollea, despierta a los hijos,
Despierta deprisa a la mujer, y así,
Con cuanto puede coger, huyendo,
Ve a lo lejos su nido
Fiel, y el pequeño campo,
Defensa única ante el hambre,
Presos del flujo incandescente,
Que crepitando llega e, inexorable,
Sobre ellos se extiende para siempre.
Vuelve al celeste rayo,
Después del largo olvido, la extinguida
Pompeya, como sepultado
Esqueleto, que la avaricia
O la piedad de la tierra devuelve al aire;
Y desde el desierto foro,
Erguido entre las filas
De las rotas columnas, el peregrino
Largamente contempla la doble cumbre
Y la cresta humeante,
Que aún amenaza a la dispersa ruina.
Y en el horror de la secreta noche
Por teatros vacíos,
Por templos ya sin forma y arruinadas
Casas, donde el murciélago esconde sus crías,
Como siniestra llama
Que, oscura, gira por vacíos palacios,
Corre el resplandor de la fúnebre lava,
Que desde lejos entre sombras
Rojea y tiñe el espacio en torno.
Así, ignorante del hombre y de las edades
Que él llama antiguas, y de la sucesión
De abuelos a nietos,
Está la naturaleza siempre verde y aún avanza
Por tan largo camino,
Que parece eterna. Mientras, caen reinos,
Pasan gentes y culturas: ella no los ve,
Mas el hombre la eternidad se arroga.

     Y tú, lenta retama,
Que con matas olorosas
Estos campos despojados adornas,
Aun tú sucumbirás pronto
Al cruel poder del subterráneo fuego,
Que, volviendo al lugar
Ya conocido, extenderá su avaro manto
Por tus blandas florestas. E inclinarás
Bajo el peso mortal, sin resistencia,
Tu cabeza inocente:
Nunca inclinada hasta hoy en vano
Vilmente para suplicarle
Al futuro opresor; pero no erguida
Con imprudente orgullo ante las estrellas,
Ni en el desierto, donde
La sede y el nacimiento
No por voluntad sino por azar tuviste;
Pues más sabia y mucho
Menos enferma que el hombre, tus frágiles
Estirpes no creíste,
O por ti o por el hado, inmortales.

 

[1]  Verso de Terenzio Mamiani, primo del poeta.

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