Página dedicada a mi madre, julio de 2020

XXIII. CANTO NOCTURNO DE UN PASTOR ERRANTE DE ASIA

 

   ¿Qué haces, luna, en el cielo?, dime, ¿qué haces,
Silenciosa luna?
Surges en la noche y vas
Contemplando los desiertos, luego descansas.
¿Aún no estás satisfecha
De recorrer los sempiternos caminos?
¿Todavía no te aburre, todavía anhelas
Mirar estos valles?                       
Se parece a tu vida
La vida del pastor.
Surge con el primer albor,
Guía la grey más allá de los campos y ve
Rebaños, fuentes y hierbas;
Luego, cansado, reposa en la noche:
Otra cosa no espera.
Dime, oh luna: ¿para qué  le sirve
Al pastor su vida,
A ti, la tuya? Dime: ¿adónde conduce
Este mi breve vagar,
Tu curso inmortal?

   Viejecillo blanco, enfermo,
Medio vestido y descalzo,
Con gravísimo fardo sobre la espalda,
Por montañas y por valles,
Por piedras agudas y profunda arena y simas,
Con el viento, con la tempestad y cuando arde
La hora y cuando luego hiela,
Corre, corre, jadea,
Atraviesa torrentes y estanques,
Cae, se alza y más y más se apresura,
Sin reposo ni alivio,
Lacerado, sangrante; hasta que llega
Allí adonde el camino
Y adonde tanto fatigar se dirigía:
Abismo hórrido, inmenso,
En el que él, al precipitarse, todo lo olvida.
Virgen luna, tal
Es la vida mortal.

   Nace el hombre con trabajo
Y corre el riesgo de morir en el nacimiento.
Siente pena y tormento
Como primera cosa; y en el inicio mismo
La madre y el padre
Lo consuelan de haber nacido.
Luego, conforme crece,
El uno y el otro lo sostienen, y así siempre,
Con actos y con palabras,
Se preocupan de darle ánimos,
Y de consolarlo del estado humano;
Otro oficio más grato
No tienen los padres con su prole.
Pero ¿por qué darle  al sol,
Por qué sujetar en la vida
A quien luego hay que consolar?
Si la vida es desventura,
¿Por qué persistimos?
Intacta luna, tal
Es el estado mortal.
Pero tú mortal no eres
Y quizás mi decir poco te afecta.

   Mas tú, solitaria, eterna peregrina,
Que tan pensativa estás, tú quizás entiendas
Este nuestro vivir terreno,
Nuestro padecer y suspirar qué son;
Qué es este morir, este supremo
Palidecer del semblante,
Desaparecer de la tierra y abandonar
Toda usada, amante compañía.
Y tú ciertamente comprendes
El porqué de las cosas y ves el fruto
De la mañana, de la noche,
Del callado, infinito andar del tiempo.
Tú sabes, tú, ciertamente, a qué dulce amor
Le sonríe la primavera,
A quién ayuda el ardor y qué bien procura
El invierno con sus hielos.
Mil cosas sabes tú, mil descubres,
Que están ocultas para el simple pastor.
A menudo, cuando contemplo
Que estás tan callada sobre el desierto llano,
Que, en su límite lejano, confina con el cielo,
O que con mi grey
Me sigues viajando poco a poco,
Y cuando veo en el cielo arder las estrellas,
Me digo a mí mismo, pensando,
¿Para qué tanta luz?
¿Qué hace el aire infinito y aquel profundo
Infinito sereno?, ¿qué significa
Esta soledad inmensa?, y yo ¿qué soy?
Así medito conmigo: y de la estancia
Desmesurada y soberbia
Y de la innumerable familia,
Después de tanto obrar, de tanto movimiento
De toda cosa celeste o terrena,
Que gira sin descanso
Para volver allá de donde partió,
Uso alguno, algún fruto
Adivinar no sé. Pero tú, ciertamente,
Jovencita inmortal, lo conoces todo.
Yo, esto sé y siento,
Que de los eternos giros,
Que de mi fragilidad,
Algún bien o contento
Tendrá quizás otro; para mí la vida es daño.

   ¡Oh, grey mía  que descansas, oh, tú, feliz,
Que la miseria tuya, creo, no conoces!
¡Cuánto te envidio!
No solo porque de afán
Vas casi libre,
Que todo sufrimiento, daño
O extremo temor olvidas pronto,
Sino porque jamás sientes tedio.
Cuando te sientas a la sombra, en la hierba,
Tú estás tranquila y contenta
Y gran parte del año
Sin enojo consumes en ese estado.
Y yo también me siento en la hierba, a la sombra,
Mas un fastidio me embarga
La razón, y un aguijón casi me hiere
Tal que, sentado, más que nunca estoy lejos
De encontrar paz o reposo.
Y sin embargo, nada deseo
Y hasta aquí no tengo razón de llanto.
Lo que tú gozas y cuánto
No sé decirlo ya, pero afortunada eres.
Y yo gozo bastante poco,
Oh, grey mía, y de ello solo no me quejo.
Si tú hablar supieses, yo preguntaría:
Dime, ¿por qué al yacer
Cómodo y ocioso
Se calma animal todo,
Y a mí, si reposo, me asalta el tedio?

   Quizás si tuviese alas
Para volar sobre las nubes
Y contar las estrellas una a una
Y, como el trueno, volar de cima en cima,
Sería más feliz, dulce grey mía,
Más feliz sería, cándida luna.
O quizás se aparta de lo cierto,
Al mirar la suerte ajena, mi pensamiento:
Quizás en cualquier forma, en cualquier
Estado, ya sea en cubil o en cuna,
Es funesto para quien nace el día natal.

 

©Todos los derechos reservados. Desarrollado por Centro Informático Millenium