Página dedicada a mi madre, julio de 2020

X. DIÁLOGO DE UN FÍSICO Y DE UN METAFÍSICO [66]

FÍSICO. ¡Eureka!, ¡eureka! [67]

METAFÍSICO. ¿Qué hay?, ¿qué has encontrado?

FÍSICO. El arte de vivir largamente. [68]

METAFÍSICO. ¿Y este libro que traes?

FÍSICO. En él lo explico; y, gracias a este descubrimiento, si los demás vivirán mucho tiempo, yo viviré, por lo menos, eternamente, quiero decir que alcanzaré gloria inmortal.

METAFÍSICO. Sigue mi consejo: busca una cajita de plomo, esconde allí este libro, entiérrala, y antes de morir, no te olvides de indicar el lugar, para que se pueda ir allí y sacar el libro cuando se haya encontrado el arte de vivir felizmente.

FÍSICO. ¿Y entretanto?

METAFÍSICO. Entretanto no servirá para nada. Más lo estimaría si expusiera el arte de vivir poco.

FÍSICO. Ese ya se conoce desde hace tiempo, y no fue difícil encontrarlo.

METAFÍSICO. De todas formas, lo estimo más que el tuyo.

FÍSICO. ¿Por qué?

METAFÍSICO. Porque, si la vida no es feliz, y hasta ahora no lo ha sido, mejor nos resulta tenerla breve que larga.

FÍSICO. ¡Oh, esto no!, pues la vida es un bien por sí misma, y cada uno la desea y la ama por naturaleza.

METAFÍSICO. Así creen los hombres, pero se engañan, como se engaña el vulgo al pensar que los colores son una cualidad de los objetos, cuando no son de ellos, sino de la luz. Digo que el hombre no desea ni ama sino la propia felicidad. Por ello, no ama la vida, sino en cuanto la considera instrumento y materia de dicha felicidad. De ese modo, viene a amar esta y no aquella, aunque muy a menudo le atribuye a una el amor que siente por la otra. Es verdad que este error y el de los colores son los dos naturales. Pero que el amor a la vida no es natural en los hombres, o si queremos decirlo de otro modo, que no es necesario, se ve en que muchísimos en los tiempos antiguos eligieron morir pudiendo vivir, y muchísimos en nuestro tiempo desean la muerte en diversos casos, y algunos se matan con su propia mano. Cosas que no podrían suceder si el amor a la vida en sí mismo fuera naturaleza del hombre.  Al ser natural en todo individuo el amor a la propia felicidad, antes se caería el mundo, que no que ellos dejaran de amarla y de buscarla a su manera. Que, además, la vida sea un bien por sí misma, espero que tú me lo demuestres, con razones físicas o metafísicas o procedentes de cualquier disciplina. En cuanto a mí, digo que la vida feliz sería un bien sin duda, pero en tanto que feliz, no en tanto que vida. La vida infeliz, para el ser infeliz, es un mal; y dado que la naturaleza, al menos la de los hombres, hace que la vida y la infelicidad no se puedan separar, examina tú mismo lo que se deduce.

FÍSICO. Por favor, dejemos este tema, que es demasiado melancólico, y, sin tantas sutilezas, respóndeme sinceramente. Si el hombre viviera y pudiera vivir eternamente, digo sin morir y no después de muerto, ¿crees que no le gustaría?

METAFÍSICO. A una pregunta fabulosa, responderé con una fábula, tanto más cuanto que nunca he vivido eternamente, así que no puedo responder de acuerdo con la experiencia; ni he hablado con ninguno que fuese inmortal; excepto en las fábulas, no encuentro noticias de personas de tal especie. Si estuviera aquí presente el conde Cagliostro, [69]  quizás nos podría orientar un poco, al haber vivido bastantes siglos, aunque, ya que luego murió como los demás, no parece que fuera inmortal. Te diré, pues, que el sabio Quirón, [70]  que era un dios, con el paso del tiempo se aburrió de la vida y tomó licencia de Júpiter para poder morir, y murió. [71] Entonces, piensa, si la inmortalidad les desagrada a los dioses, ¿qué no ha de suscitar en los hombres?  Los hiperbóreos, [72]  pueblo desconocido pero famoso, hasta los cuales no se puede llegar ni por tierra ni por agua, ricos en todo bien y, especialmente, en hermosos asnos, con los cuales suelen hacer hecatombes, a pesar de que pueden, si no me engaño, ser inmortales, pues no padecen enfermedades ni fatigas ni guerras ni discordias ni carestías ni vicios ni culpas, sin embargo, mueren todos, porque al cabo de mil años de vida, más o menos, cansados de la tierra, saltan espontáneamente al mar desde una roca y se ahogan. [73]  Añade esta otra fábula. Los hermanos Bitón y Cleobis, un día de fiesta en el que las mulas del carro de su madre, sacerdotisa de Juno, no estaban preparadas, las sustituyeron, y, cuando llegaron al templo, la madre suplicó a la diosa que pagara la piedad de sus hijos con el mayor bien que pudiera llegarles a los hombres. Juno, en lugar de hacerlos inmortales, como habría podido hacer, y entonces era costumbre, hizo que ambos poco a poco se murieran en ese mismo instante. Algo similar les sucedió a Agamedes y a Trofonio. Acabado el templo de Delfos, le pidieron a Apolo que les pagara, y este les respondió que les pagaría en siete días, y que entre tanto se dedicaran a las francachelas por cuenta de ellos. La séptima noche les mandó un dulce sueño del que aún tienen que despertarse, y recibida esta recompensa, no pidieron otra. Pero, ya que estamos con fábulas, he aquí otra, en torno a la cual te quiero plantear una cuestión. Sé que hoy tus semejantes creen firmemente que la vida humana, en cualquier lugar habitado y bajo cualquier cielo, dura por naturaleza, excepto pequeñas diferencias, la misma cantidad de tiempo, considerando cada pueblo en general. Pero algún excelente antiguo[74]  cuenta que los hombres de algunas partes de la India y de Etiopía no viven más de cuarenta años, y que quien muere a esa edad muere viejísimo, y que las niñas de siete años ya están en edad de casarse.  Sabemos que esto último, más o menos, se verifica en Guinea, en Decán y en otros lugares de la zona tórrida. Así, suponiendo que sea verdad que haya una o más naciones en las que los hombres no sobrepasen regularmente los cuarenta años, y que eso sea por naturaleza y no por otras razones, como creyeron los hotentotes, te pregunto, ¿te parece, teniendo en cuenta esto, que dichos pueblos son más miserables o más felices que los demás?

FÍSICO. Más miserables, sin duda, pues mueren antes.

METAFÍSICO. Pues por la misma razón creo yo lo contrario. Pero en esto no consiste la cuestión. Atiende un poco. Yo negaba que la simple vida, es decir, el simple sentimiento de existir, fuera algo digno de ser amado o deseado por naturaleza. Pero lo que quizás con mayor dignidad se llama también vida, quiero decir, la eficacia y la abundancia de sensaciones es naturalmente amado y deseado por todos los hombres, porque cualquier acción o pasión intensa y fuerte, con tal de que no nos resulte desagradable o dolorosa, solo por ser intensa y fuerte nos resulta grata, incluso si carece de cualquier otra cualidad deleitable. Así, en aquella especie de hombres cuya vida se consumiera por naturaleza en el espacio de cuarenta años, es decir, en la mitad del tiempo destinado por la naturaleza a los demás hombres, esa vida sería en cada uno de sus momentos el doble de intensa que la nuestra, porque, al deber ellos crecer y alcanzar la perfección y, de igual modo, marchitarse y morir en la mitad de tiempo, las operaciones vitales de su naturaleza, en proporción a esta celeridad, tendrían en cada instante el doble de fuerzas con respecto a lo que sucede en los demás; e incluso sus acciones voluntarias, su movimiento y vitalidad extrínseca se corresponderían con esta mayor eficacia. Por tanto, ellos tendrían en menor espacio de tiempo la misma cantidad de vida que tenemos nosotros, la cual, al distribuirse en menor número de años, bastaría para colmarlos, o les dejaría pequeños vacíos, mientras que, en un espacio de tiempo doble, no basta. Y sus actos y sus sensaciones, al ser más fuertes y al estar recogidos en un círculo más estrecho, serían suficientes para ocupar y vivificar todo su tiempo, mientras que en el nuestra, mucho más largo, quedan abundantísimos y grandes intervalos vacíos de toda acción y afecto vigoroso. Y ya que no el simple existir, sino solo el ser feliz es deseable, y que la buena o mala suerte de quien quiera que sea no se mide por el número de días, concluyo que la vida de esas naciones, que cuanto más breve es, tanto menos pobre es en placeres o en aquello que así es llamado con este nombre, sería preferible a la nuestra, e incluso a aquélla de los primeros reyes de Asiria, de Egipto, de China, de la India y de otros países, quienes vivieron, para volver a las fábulas, miles de años. Por ello, no solo yo no me preocupo de la inmortalidad y me contento con dejársela a los peces, a los cuales se la atribuye Leewenhoek, siempre que no se los coman los hombres o las ballenas, sino que, en lugar de retardar o interrumpir la actividad vegetativa de nuestro cuerpo para alargar la vida, como propone Maupertuis, yo quisiera que la aceleráramos de tal modo que nuestra vida se redujera a la de los insectos llamados efímeros, de los que se dice que los más viejos no llegan a la edad de un día y, a pesar de ello, mueren bisabuelos y tatarabuelos. En este caso, considero que no nos quedaría tiempo para el aburrimiento. ¿Qué piensas de este razonamiento?

FÍSICO. Pienso que no me convence. Y que si tú amas la metafísica, yo me atengo a la física, quiero decir que si tú consideras esto por lo sutil, yo lo considero en general; y con ello estoy satisfecho. Por ello, sin usar el microscopio, juzgo que la vida es más hermosa que la muerte, y le doy la manzana a aquélla, mirándolas vestidas a las dos.

METAFÍSICO. Así lo considero también yo. Pero, cuando recuerdo la costumbre de aquellos bárbaros que cada día infeliz de sus vidas arrojaban una piedrecilla negra en un estuche, y cada día feliz, una blanca,[75] pienso qué pequeño número de blancas se encontraría verosímilmente en aquellas aljabas a la muerte de cada uno, y qué gran multitud de negras.  Y deseo ver ante mí todas las piedrecillas de los días que me quedan y, después de separarlas, poder arrojar todas las negras y restarlas de mi vida, reservándome solo las blancas, aunque sé que no formarían un gran cúmulo, y que serían de un blanco turbio.

FÍSICO. Muchos, por el contrario, incluso si todas las piedrecillas fueran negras, e incluso más negras que el azabache, quisieran poder añadir algunas, aun del mismo color, porque creen firmemente que ninguna piedrecilla será tan negra como la última. Y estos, a cuyo número pertenezco yo, podrán, en efecto, añadir muchas piedrecillas a sus vidas con el arte que se expone en este libro.

METAFÍSICO. Que cada cual piense y obre a su gusto, pues incluso la muerte no dejará de actuar a su modo. Pero, si tú quieres, al prolongar la vida de los hombres, ayudarlos de verdad, descubre un arte por el que se multipliquen la cantidad y la intensidad de sus sensaciones y de sus acciones. De ese modo, acrecentarás precisa-mente la vida humana, y llenando aquellos desmesurados intervalos de tiempo en los que nuestro ser dura más que vive, te podrás jactar de prolongarla. Y eso sin ir en busca de lo imposible o de usar la violencia en la naturaleza, antes secundándola. ¿No te parece que los antiguos vivieron más que nosotros, dado que con los graves y continuos peligros que solían correr morían por lo común antes? Y les harás un gran beneficio a los hombres, cuya vida fue siempre, no diré feliz, sino tanto menos infeliz cuanto más turbulentamente agitada y más ocupada, sin dolor ni malestar. Pero, llena de ocio y de tedio, que es como decir vacía, da lugar a que se crea verdadera aquella sentencia de Pirrón, que entre la vida y la muerte no hay diferencia. Cosa que si yo la creyera, te juro que la muerte me espantaría mucho. Pero, en fin, la vida debe ser vida, es decir, verdadera vida, o la muerte la supera incomparablemente en valor.

 

[66] Compuesto en Recanati, entre el 14 y el 19 de mayo de 1824.

[67]  «Famosas palabras de Arquímedes, cuando encontró el modo de conocer el robo realizado por el orfebre que fabricó la corona votiva del rey Hierón.» (N. del A.)

[68] «Las intenciones de este arte se podrán, en efecto, no sé si aprender, pero sí estudiar en diversos libros, tanto modernos como antiguos, como, por ejemplo, en las Lecciones del arte de prolongar la vida humana escritas, en nuestros tiempos, en alemán por el Sr. Hufeland, que también han sido traducidas y publicadas en Italia. Un nuevo modo de adulación fue la de Tommaso Giannotti, médico de Rávena, apodado el filólogo y famoso en sus tiempos, que escribió en el año 1550 a Julio III, quien subió al pontificado ese mismo año, un libro De vita hominis ultra CXX annos protrahenda, muy a propósito de los Papas, como aquéllos que, cuando comienzan a reinar, suelen ser de avanzada edad. Sería un libro digno de risa, si no fuera oscurísimo. Dice el médico que lo escribió con el fin, principalmente, de prolongar la vida del nuevo pontífice, necesaria para el mundo, y que fue impulsado a escribirlo por dos cardenales, que deseaban mucho el mismo efecto. En la dedicatoria, vives igitur, dice, beatissime pater, ni fallor, diutissime. Y en el cuerpo de la obra, habiendo buscado un capítulo entero cur Ponfificum supremorum nullus ad Petri annos pervenerit, titula del modo siguiente otro: Iulius III papa videbit annos Petri el ultra; huius libri, pro longaeva hominis vita ac chistianae religionis commodo, immensa utilitate. Pero el papa murió cinco años después, a la edad de sesenta y siete años. Por lo que se refiere a sí mismo, el médico prueba que si por casualidad no sobrepasa o no alcanza los ciento veinte años, no será por su culpa, y que, por ello, no se deberán despreciar sus reglas. Concluye el libro con una receta titulada Iulii III vitae longaevae ac semper sanae consilium.» (N. del A.)

[69] Giuseppe Balsamo, llamado Alessandro, conde de Cagliostro (1743-1795). Médico siciliano y célebre aventurero relacionado con la masonería. Recorrió Oriente y casi todas las ciudades de Europa, pregonando sus secretos medicinales, especialmente «el agua de la juventud».

[70] Centauro hijo de Cronos que, tras ser herido accidentalmente por Heracles con una flecha envenenada, cedió su inmortalidad a Prometeo.

[71] ”Véase Luciano, Dial.  Menip. et Chiron. opp. tom. 1, p. 514” (N. del A.)

[72] Pueblo mítico del que se decía que habitaba feliz, al Norte, en un lugar inaccesible.

[73] “Píndaro, Pyth. Od. 10, v. 46 y ss. Estrabón, lib.15, p. 710 y ss.  Mela, lib. 3, cap. 5. Plinio, lib. 4, cap.12 al final.” (N. del A.)

[74]  “Plinio, lib. 6, cap. 30; lib. 7, cap. 2. Arriano, Indic., cap. 9.” (N del A.)

[75]  Suidas, voc.  Leukh hmera.” (N. del A.)

©Todos los derechos reservados. Desarrollado por Centro Informático Millenium