Página dedicada a mi madre, julio de 2020

XII. DIÁLOGO DE LA NATURALEZA Y DE UN ISLANDÉS [4]

Un islandés que había recorrido la mayor parte del mundo y que había residido en tierras muy diversas, yendo una vez por el interior de África, al atravesar, por debajo de la línea equinoccial, un lugar nunca visitado por hombre alguno, sufrió algo similar a lo que le sucedió a Vasco de Gama al pasar el Cabo de Buena Esperanza, cuando el mismo Cabo, guardián de los mares australes, le hizo frente, en forma de gigante, para disuadirlo de que surcase esas aguas. [5]  Vio desde lejos un busto grandísimo que al principio imaginó que sería de piedra, como las hermas colosales que había visto, muchos años antes, en la isla de Pascua. Pero, al acercarse, se encontró con que era una figura desmesurada de mujer sentada en el suelo, con el busto erguido, y con la espalda y el codo apoyados en una montaña, y no fingida, sino viva; su rostro, entre hermoso y terrible, con ojos y cabellos, negrísimos, que lo miraba fijamente, y después de estar un buen rato sin hablar, finalmente le dijo:

NATURALEZA. ¿Quién eres?, ¿qué buscas en estos lugares donde tu especie era desconocida?

ISLANDÉS. Soy un pobre islandés que voy huyendo de la Naturaleza; y habiendo huido de ella durante casi todo el tiempo de mi vida por cien partes de la tierra, ahora huyo de ella por aquí.

NATURALEZA. Así huye la ardilla de la serpiente de cascabel, hasta que cae por sí misma en la garganta de esta. Yo soy de quien huyes.

ISLANDÉS. ¿La Naturaleza?

NATURALEZA. No otra.

ISLANDÉS. Lo siento con toda mi alma, y creo firmemente que mayor desgracia que esta no hubiera podido ocurrirme.

NATURALEZA. Bien podías haber pensado que yo frecuentaba especialmente estos lugares, donde no ignoras que se muestra mi poder mejor que en cualquier otra parte. Pero ¿qué te movía a huir de mí?

ISLANDÉS. Debes saber que yo desde la juventud, con poca experiencia, me persuadí y me esclarecí de la vanidad de la vida y de la estupidez de los hombres, los cuales combatiendo continuamente los unos con los otros para conseguir placeres que no deleitan y bienes que no benefician; soportando e causándose mutuamente infinitas preocupaciones e infinitas desgracias que oprimen y dañan de hecho, se alejan de la felicidad tanto más cuanto más la buscan. Por estas consideraciones, abandonando cualquier otro deseo, deliberé, sin molestar a nadie, sin intentar de modo alguno mejorar mi estado, sin enfrentarme a nadie por ningún bien del mundo, vivir una vida oscura y tranquila; y perdida la esperanza de gozar, como algo negado a nuestra especie, no me propuse otra cosa que mantenerme alejado de los sufrimientos. Con ello no intento decir que yo pensara abstenerme de las ocupaciones y de las fatigas corporales, pues bien sabes la diferencia que hay entre la fatiga y la incomodidad, entre vivir tranquilo y vivir ocioso. Y apenas puse en práctica esta resolución, supe de hecho lo vano que es pensar, si vivimos entre los hombres, que se puede, sin ofender a nadie, evitar que los demás nos ofendan; o cediendo siempre libremente y contentándonos con la más mínima cosa, conseguir que nos dejen cualquier lugar, y que esta nimiedad no nos sea disputada. Pero de la molestia de los hombres me liberé fácilmente separándome de la compañía de ellos y reduciéndome a la soledad, cosa que en mi isla natal se puede llevar a efecto sin dificultad. Hecho esto y viviendo sin casi ninguna imagen de placer, yo no podía mantenerme, sin embargo, sin sufrir,  pues la larga duración del invierno, la intensidad del frío, el ardor extremo del verano, que son característicos de aquel lugar, me atormentaban continuamente; y el fuego, cerca del cual era necesario que  pasara gran parte del tiempo, me secaba las carnes y me irritaba los ojos con el humo, de tal modo que, ni en la casa ni al aire libre, me podía librar de un perpetuo malestar. Tampoco podía conservar aquella tranquilidad de vida a la que principalmente se volvían mis pensamientos, pues las tempestades espantosas de tierra y mar, los rugidos y las amenazas del monte Ecla, el temor de los incendios, frecuentísimos en nuestras viviendas, como son las nuestras, hechas de madera, no dejaban nunca de turbarme. Incomodidades que, en una vida siempre conforme consigo misma y despojada de cualquier otro deseo y esperanza, y casi de cualquier otro cuidado, salvo el de estar tranquila, resultan muy duras, y mucho más graves de lo que suelen aparecer cuando la mayor parte de nuestro ánimo está ocupado en los pensamientos de la vida social y en las adversidades que provienen de los hombres. Por tanto, al ver que cuanto más me estrechaba y casi me contraía en mí mismo, con el fin de impedir que mi ser diera molestia ni daño a cosa alguna del mundo, menos lograba que las demás cosas no me inquietaran y atribularan; decidí cambiar de tierra y de clima, para ver si en alguna parte de la tierra era posible no ser ofendido no ofendiendo, y no sufrir no gozando. Y a esta deliberación me movió un pensamiento que tuve, que tal vez tú solamente hubieras destinado para el género humano un único clima de la tierra (como has hecho con los demás géneros de animales y con los de las plantas) y  unos lugares determinados, fuera de los cuales los hombres no podrían prosperar ni vivir sin dificultad y miseria, dificultad y miseria que no deberían, en este caso, serte imputadas a ti, sino solo a aquellos que hubieran despreciado y traspasado los límites prescritos por tus leyes para la vida humana. Por casi todo el mundo he buscado, y he conocido casi todos los países, respetando siempre mi propósito de no molestar a las demás criaturas, sino lo menos posible, y de procurar solo la tranquilidad de la vida. Pero me ha quemado el calor de los trópicos, me han helado los fríos polares, me han afligido los climas templados con la inconstancia del viento, me han angustiado las perturbaciones de los elementos por doquier. Muchos sitios he visto en los que no pasa ni un día sin que haya un temporal, que es como decir que tú, cada día, les das un asalto y una batalla verdadera a aquellos habitantes, los cuales nunca te han injuriado. En otros lugares, la serenidad ordinaria del cielo está compensada con la frecuencia de los terremotos, con la multitud y la furia de los volcanes, con el movimiento subterráneo de todo el país. Vientos y torbellinos desmesurados reinan en los lugares y en las estaciones que están tranquilas de otros furores del aire. Alguna vez he sentido que el techo se me venía encima por la cantidad de nieve caída; otra vez, por la abundante lluvia, he visto desaparecer bajo mis pies la misma tierra, que se abría; otras veces, he tenido que huir, con todo el aliento, de ríos que me perseguían, como si fuera culpable de alguna injuria hacia ellos. Muchos animales salvajes, que no fueron provocados por mí con ninguna ofensa, han querido devorarme, y envenenarme muchas serpientes; en diversos sitios, ha faltado poco para que los insectos me consumieran hasta los huesos. Dejo los peligros diarios que siempre acechan al hombre y que son infinitos, tantos que un filósofo antiguo[6]  no encuentra contra el temor otro remedio más válido que la consideración de que hay que temer todas las cosas. Ni siquiera las enfermedades me han perdonado, a pesar de que fui, como lo soy ahora, no digo templado, sino moderado en lo que se refiere a los placeres del cuerpo. Me suele maravillar muchísimo considerar que tú nos hayas infundido tanta y tan firme e insaciable avidez de placer, alejada del cual la vida es imperfecta pues está privada de lo que ella desea naturalmente; y por otra parte, que hayas ordenado que el uso de ese placer sea la cosa humana más nociva para las fuerzas y la salud del cuerpo, la más calamitosa por los efectos que tiene en cualquier persona, y la más contraria a la duración de la misma vida. Pero, de cualquier modo, absteniéndome casi siempre o totalmente del deleite, yo no he podido evitar caer en muchas y diversas enfermedades, algunas de las cuales me han puesto en peligro de muerte; otras, de perder el uso de algún miembro o de llevar, para siempre, una vida más miserable que la pasada, y todas, durante días y meses, me han oprimido el cuerpo y el alma con mil privaciones y mil dolores. Y, ciertamente, a pesar de que cada uno de nosotros siente, durante las enfermedades, padecimientos nuevos y desusados para él, y una infelicidad mayor a la habitual (como si la vida humana no fuera lo suficientemente miserable comúnmente), tú no le has dado al hombre, para compensarlo, épocas en las que su salud sea tan desbordante e insólita que le haga sentir algún deleite extraordinario por su cualidad y su grandeza. En los países cubiertos generalmente por la nieve, he estado a punto de perder la vista, como les sucede ordinariamente a los lapones en su patria. Por el sol y por el aire, elementos vitales, es más, necesarios para nuestra vida, y por tanto, tales que de ellos no podemos huir, somos continuamente injuriados: por el aire, con la humedad, con el rigor y con otras disposiciones; por el sol, con el calor y con la misma luz; tanto que el hombre no puede exponerse al uno o al otro sin tener que sufrir mayor o menor incomodidad y daño. En conclusión, yo no recuerdo haber pasado ni un solo día de la vida sin alguna pena, mientras que no podría contar los días que he pasado sin ni siquiera una sombra de gozo; por ello me doy cuenta de que tan destinados inexorablemente estamos al padecimiento como a la ausencia de goces, de que tan imposible nos resulta vivir tranquilos, sea del modo que fuere, como vivir intranquilos sin miseria. Así pues deduzco que tú eres enemiga declarada de los hombres y de los demás animales y de todas tus obras, pues ya nos insidias, ya nos amenazas, ya nos asaltas, ya nos hieres, ya nos sacudes, ya nos laceras, y siempre o nos ofendes, o nos persigues; y deduzco que, por costumbre o por disposición, eres el verdugo de tu propia familia, de tus hijos y, por decirlo así, de tu sangre y de tus entrañas. Por tanto, me he quedado sin esperanzas, al haber comprendido que los hombres dejan de perseguir a quien escapa o se oculta de ellos con voluntad verdadera de escapar y de ocultarse, y que tú, en cambio, por ninguna razón dejas de acecharnos hasta que nos oprimes. Ya veo que se me acerca la edad amarga y lúgubre de la vejez, verdadero y manifiesto mal, es más, cúmulo de males y miserias gravísimas, y comprendo, sin embargo, que esto no es accidental, sino que tu ley se lo ha destinado a todos los seres vivos, un final previsto por cada uno de nosotros desde la niñez, y para el que nos preparamos continuamente desde el quinto lustro, a través de una crudelísima decadencia y un debilitamiento no merecidos; así, apenas un tercio de la vida de los hombres está asignado a su crecimiento, unos pocos instantes a su madurez y perfección, y todo el resto a la decadencia y a todas las incomodidades que esta trae.

NATURALEZA. ¿Acaso te imaginabas que se hubiera hecho el mundo para vosotros? Ahora debes saber que en mis trabajos, órdenes y operaciones, excepto en escasísimas ocasiones, siempre tuve y tengo una intención muy distinta a la felicidad de los hombres o a la infelicidad. Si os ofendo, sean cuales sean el modo y el medio, no me doy cuenta sino rarísimas veces, del mismo modo que, por lo general, tampoco sé si os deleito y os beneficio. Yo no he hecho tales cosas, como creéis vosotros, ni acometo tales acciones para deleitaros o satisfaceros. Y finalmente, incluso si llegara el caso de que extinguiera a toda vuestra especie, yo no me percataría.

ISLANDÉS. Supongamos que alguien me invitara espontáneamente a su casa, insistiendo mucho, y que yo, para complacerlo, fuera. Que aquí me ofreciera una celda destrozada y ruinosa en la que yo estuviera siempre en peligro de ser aplastado, y húmeda, fétida, expuesta al viento y a la lluvia. Que él no se preocupara de entretenerme con ningún pasatiempo ni de ofrecerme ninguna comodidad, sino que, al contrario, apenas me suministrara lo necesario para sustentarme, y, además de eso, que permitiera que me insultaran, escarnecieran, amenazaran y golpearan sus hijos y demás familiares; que, querellándome con él de estos malos tratos, él me respondiera: “¿Quizás he construido esta casa para ti?, ¿acaso mantengo a mis hijos y a mi gente para que te sirvan? Tengo otras cosas en las que pensar, que no en entretenerte y preocuparme por ti”.  A lo que yo replicaría: “Mira, amigo, del mismo modo que no has hecho esta casa para mí, también tuviste la facultad de no invitarme. Pero, ya que libremente has querido que yo me aloje aquí, ¿no eres responsable de procurar, en la medida que puedas, que yo viva al menos sin angustia y sin peligro?” Lo mismo digo ahora. Sé bien que tú no has hecho el mundo al servicio del hombre. Es más, pienso que lo has hecho y ordenado expresamente para atormentarlos. Y entonces pregunto: ¿te he rogado yo que me pongas en este universo?, ¿me he entrometido aquí violentamente y contra tu voluntad? Pero, si por tu voluntad y sin mi conocimiento, y sin que yo pudiera ni aceptarlo ni rechazarlo, tú misma con tus manos me has colocado aquí, ¿no estás, pues, obligada, si no a tenerme alegre y contento en este reino tuyo, al menos a impedir que me atribulen y me hieran, y a que residir aquí no me dañe? Y esto que digo de mí, lo digo de todo el género humano, lo digo de los demás animales y de todas las criaturas.

NATURALEZA. Parece que no has pensado que la vida de este universo es un perpetuo círculo de producción y destrucción, unidas las dos de manera que continuamente cada una de ellas le sirve a la otra y para que se conserve el mundo, el cual, si cesara una de ellas, se disolvería. Por tanto, le resultaría perjudicial que existiera en él algo libre de sufrimientos.

ISLANDÉS.  Eso mismo oigo que dicen todos los filósofos. Pero, puesto que lo que es destruido, sufre, y que lo que destruye, no goza y al poco tiempo es destruido del mismo modo, dime lo que ningún filósofo sabe decirme, ¿a quién le place o a quién le satisface esta vida infelicísima del universo que se conserva gracias a los daños y a las muertes de todas las cosas que lo componen?

Mientras se decían estas cosas y otras similares, es sabido que aparecieron de improviso dos leones, tan destruidos y consumidos de inanición, que apenas tuvieron fuerza para comerse a aquel islandés, como hicieron, los cuales, habiéndose restablecido así un poco, sobrevivieron aquel día. Pero hay quienes niegan este caso y cuentan que, mientras el islandés hablaba, un viento ferocísimo se levantó y lo abatió por tierra y sobre él edificó un muy soberbio mausoleo de arena, bajo el cual, disecado perfectamente y convertido en momia, fue luego encontrado por ciertos viajeros y llevado al museo de no sé qué ciudad de Europa.

 

[4] Compuesto en Recanati, entre el 21 y el 30 de mayo de 1824.

[5] “Camoens, Lusiad., canto 5.” (N. del A.). En las octavas 39-40, Vasco de Gama se encuentra con dicho Cabo en forma de gigante, al que describe así: «No acababa, cuando una figura / se nos muestra en el aire, robusta y valerosa, /  de deforme y grandísima estatura; / el rostro sombrío, la barba escuálida, / los ojos hundidos, y la postura / temerosa y cruel, y el color terroso y pálido; / llenos de tierra y rizados los cabellos, / la boca negra, los dientes amarillos. // Tan grande era de miembros, que bien puedo / asegurar que este era el segundo / extrañísimo Coloso de Rodas, / que fue una de las siete maravillas. / Con tono de voz nos habla horrendo y fuerte, / que parecía salir del mar profundo. / Se nos estremecían las carnes y el cabello / a mí y a todos, sólo de oírlo y verlo.»

[6] ”Séneca, Natural. Quaestion.  lib. 6, cap. 2.” (N. del A.) En dicho capítulo, encontramos la sentencia «si no queréis temer nada, pensad que todo se ha de temer».

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