Página dedicada a mi madre, julio de 2020

XIII. PARINI O SOBRE LA GLORIA [7]

CAPÍTULO PRIMERO

Giuseppe Parini fue en nuestros recuerdos uno de los poquísimos italianos que a la excelencia en las letras unieron la profundidad de los pensamientos y mucho conocimiento y práctica de la filosofía presente, cosas ahora tan necesarias para las letras amenas, que no se comprendería cómo estas se pueden separar de aquellas, si de ello no se vieran en Italia infinitos ejemplos. Fue asimismo, como es sabido, de una singular inocencia, piadoso con los infelices y con la patria, fiel a los amigos, noble de ánimo y constante frente a las adversidades de la naturaleza y de la fortuna que atormentaron toda su vida desgraciada y humilde, hasta que la muerte lo sacó de la oscuridad. Tuvo muchos discípulos, a los que les enseñaba primero a conocer a los hombres y sus cosas, y después, los deleitaba con la elocuencia y con la poesía. Entre ellos, a un joven de índole y entusiasmo increíbles en los buenos estudios, y de expectativa maravillosa, que habiendo llegado no mucho antes a su disciplina, se puso a hablarle del siguiente modo.

Tú buscas, oh hijo, aquella única gloria que, puede decirse, entre todas las demás, es la única que pueden alcanzar los hombres de nacimiento humilde, es decir, aquella a la que se llega a veces con la sabiduría y con los estudios de las buenas doctrinas y de las buenas letras. En primer lugar, no ignoras que esta gloria, aunque no fue descuidada por nuestros grandes antepasados, fue tenida en poco comparada con las otras, y bien has visto en cuántos lugares y con cuánto cuidado Cicerón, su ferviente y felicísimo seguidor, se excusó ante sus conciudadanos del tiempo y de la obra que él empleaba para procurarla, bien alegando que el estudio de las letras y de la filosofía no lo entibiaban en modo alguno en las tareas públicas, bien que, forzado por la iniquidad de los tiempos a abstenerse de mayores asuntos, esperaba consumir dignamente su ocio en aquellos estudios, y siempre anteponiendo a la gloria de sus escritos la de su consulado y la de las cosas hechas por él en beneficio de la república. Y verdaderamente, si el tema principal de las letras es la vida humana, y la primera intención de la filosofía, ordenar nuestros actos, cierto es que obrar es tanto más digno y más noble que meditar o escribir, cuanto es más noble el fin que el medio, y cuanto las cosas y las personas importan más que las palabras y los razonamientos. Es más, la naturaleza no ha destinado ningún ingenio a los estudios; ni el hombre nace para escribir, sino para hacer. Por ello, vemos que la mayor parte de los escritores excelentes y máxime de los poetas ilustres de este mismo tiempo, como por ejemplo Vittorio Alfieri, se sintió extraordinariamente inclinada por las grandes acciones, pero, al repugnarles a estas nuestro tiempo, y al verse ellos quizás desfavorecidos por sus propias fortunas, se dedicaron a escribir grandes cosas. Y no están propiamente capacitados para escribir sobre ellas los que no tienen disposición ni virtudes para hacerlas. Y fácilmente puedes apreciar que en Italia, donde a casi todos les resultan ajenos los hechos egregios, son pocos los que alcanzan una fama duradera con la escritura. Pienso que la antigüedad, especialmente romana o griega, puede representarse convenientemente tal como fue esculpida en Argos la estatua de Telesilla, poetisa, guerrera y salvadora de la patria, a la que representaban con un yelmo en la mano que miraba fijamente, mostrando así que le complacía, queriendo llevárselo a la cabeza, y con algunos volúmenes a los pies, casi descuidados por ella, como pequeña parte de su gloria.[8]

Pero entre nosotros los modernos, excluidos comúnmente de cualquier otro camino de celebridad, los que se encaminan a los estudios muestran en su elección la mayor grandeza de ánimo que hoy pueda mostrarse, y no tienen necesidad de excusarse con su patria. De modo que, en cuanto a la magnanimidad, alabo sumamente tu propósito. Pero, puesto que este camino, como el que no es natural en los hombres, no puede seguirse sin perjuicio del cuerpo, ni sin multiplicar de diferentes maneras la infelicidad natural de la propia alma; por ello, ante todo, considero  que es conveniente y necesario, no menos por mi dedicación que por el gran amor que mereces y que siento por ti, hacerte saber tanto las diferentes dificultades que se interponen en la consecución de la gloria a la que aspiras, y también el fruto que ella podrá darte en el caso de que la alcances, de acuerdo con lo que hasta ahora he podido conocer con la experiencia o con el pensamiento; de modo que, midiendo tú mismo, por un lado, cuánta es la importancia y cuánto es el valor del fin y cuánta la esperanza de conseguirlo, y por otro lado, los daños, las fatigas y las molestias que ocasiona su búsqueda (de lo que te hablaré claramente en otra ocasión), tú puedas, con pleno conocimiento, considerar y resolver si te conviene más seguir o volverte a otro camino.

CAPÍTULO SEGUNDO

Aquí, al principio, podría extenderme detenidamente sobre las emulaciones, las envidias, las censuras acerbas, las calumnias, las parcialidades, las prácticas y las intrigas ocultas y manifiestas contra tu reputación, y los demás infinitos obstáculos que la maldad de los hombres sembrará en el camino que has emprendido. Obstáculos que, siempre dificilísimos de superar, a menudo insuperables, hacen que a más de a un escritor, no solo durante la vida, sino incluso después de la muerte, se le niegue totalmente el honor que se le debe. Pues el que ha vivido sin fama por el odio o la envidia ajenos, una vez muerto, se queda en la oscuridad por olvido; pudiendo suceder difícilmente que la gloria de alguien nazca o resurja en el tiempo en que,  fuera de las cartas por sí mismas inmóviles y mudas, nada se preocupa por ella. Pero quiero dejar aparte las dificultades que nacen de la malicia de los hombres, pues de ello han escrito abundantemente muchos a los que podrás recurrir. Tampoco tengo la intención de contar los impedimentos que tienen su origen en la fortuna particular del escritor o incluso el simple azar o ligerísimas causas, los cuales no raramente hacen que algunos escritos dignos de suma alabanza y fruto de sudores infinitos sean perpetuamente excluidos de la celebridad o, si han gozado de breve luz, caigan y se borren completamente de la memoria de los hombres, mientras que otros escritos, ya inferiores en valor, ya no superiores a aquellos, alcanzan y conservan gran honor. Te expondré solo las dificultades y los inconvenientes que, sin intervención de la maldad humana, disputan vigorosamente el premio de la gloria no a uno o a otro de modo extraordinario, sino ordinariamente, a la mayor parte de los grandes escritores.

Bien sabes que nadie se hace digno de este título ni se encamina a una gloria estable y verdadera, si no es a través de obras excelentes y perfectas o próximas, de algún modo, a la perfección. Así, tienes que atender a una sentencia muy verdadera de un escritor nuestro lombardo; me refiero al autor de El Cortesano,[9] a saber, «raras veces sucede que quien no está acostumbrado a escribir, por muy erudito que sea, pueda conocer perfectamente las fatigas y los trabajos de los escritores, ni gozar la dulzura y la excelencia de los estilos y las íntimas advertencias que a menudo se encuentran en los antiguos«. Y aquí primero piensa qué pequeño número de personas tiene la costumbre y el arte de escribir; y por tanto, de qué pocos hombres, presentes o futuros, puedes, de algún modo, esperar esa estimación magnífica que has decidido que sea el fruto de tu vida. Además de eso, considera cuánta es la fuerza del estilo en las escrituras, de cuya virtud principalmente y de cuya perfección depende la perpetuidad de las obras que se encuadran en cierto modo en el género de las letras amenas.  Y muy a menudo sucede que, si tú despojas de su estilo a una escritura famosa de la que pensabas que casi todo su valor estaba en el contenido, la reduces a tal estado que no te parece de estima alguna. Pues la lengua forma tanta parte del estilo, es más, está tan unida a él, que difícilmente se pueden juzgar una de estas dos cosas separada de la otra; continuamente ambas se confunden, no solo en las palabras de los hombres, sino asimismo en el pensamiento; y mil cualidades y mil valores o defectos, apenas y quizás en modo alguno, ni con el más sutil y cuidadoso análisis, se pueden distinguir y asignar a una u otra cosa, pues son comunes e inherentes a ambas. Mas, ciertamente, ningún extranjero está, volviendo a las palabras de Castiglione, acostumbrado a escribir elegantemente en tu lengua. Por ello, el estilo, parte tan importante y relevante de la escritura, y algo de inexplicable dificultad y trabajo, tanto para aprender su íntimo y perfecto artificio, como para ejercitarlo, una vez aprendido, no tiene propiamente más jueces, ni más oportunos críticos, ni personas más aptas para alabarlo según se merece, que quienes en una única nación del mundo tienen la costumbre de escribir. Y con respecto a todo el resto del género humano, esas inmensas dificultades y fatigas soportadas con respecto al estilo resultan, en buena o quizás en la mayor parte, inútiles y sembradas en el viento. Omito la infinita variedad de juicios y de inclinaciones de los literatos, que hace que el número de las personas capaces de sentir las cualidades encomiables de este o de aquel libro se reduzca a mucho menos.

Pero quiero que tengas por cierto que, para conocer perfectamente los valores de una obra perfecta o próxima a la perfección y merecedora verdaderamente de la inmortalidad, no basta con estar acostumbrado a escribir, sino que es necesario que se sepa escribir con tanta perfección como el mismo escritor que se va a juzgar. Por ello, la experiencia te mostrará que, según vayas conociendo más íntimamente esas virtudes en las que consiste escribir perfectamente y las dificultades infinitas que se sufren para conquistarlas, aprenderás mejor el modo de superar las unas y de alcanzar las otras, de tal modo que ningún intervalo ni ninguna diferencia habrá entre conocerlas y aprender y poseer ese estilo, es más, una y otra serán una misma cosa. Así, el hombre no llega a poder discernir y gozar cumplidamente la excelencia de los mejores escritores antes de adquirir la facultad de manifestarla en sus escritos, porque la excelencia ni se la conoce ni se la goza totalmente si no es a través del uso y del ejercicio propio, y casi, por decirlo así, una vez que uno se la ha comunicado a sí mismo. Y, antes de eso, nadie, en verdad, entiende qué y cómo es propiamente una escritura perfecta. Pero no entendiendo esto, no puede siquiera sentir la debida admiración por los escritores excelentes. Y la mayor parte de los que se dedican al estudio, escribiendo con facilidad y creyendo que escriben bien, tienen en verdad por establecido, aunque digan lo contrario, que escribir bien es algo fácil. Con ello, puedes ver a qué se reduce el número de quienes podrán admirarte y alabarte dignamente, cuando tú, con sudores y molestias increíbles, hayas logrado al fin crear una obra egregia y perfecta. Puedo decirte (y cree en mis canas) que apenas hay ahora en Italia dos o tres que tengan el modo y el arte de escribir muy bien.  Ese número, aunque te parezca excesivamente pequeño, no debes considerar que haya sido mucho mayor en ningún otro tiempo ni en ningún otro lugar.

Muchas veces yo me maravillo conmigo mismo de que, pongamos el caso de Virgilio, ejemplo supremo de perfección entre los escritores, haya alcanzado la cima de la gloria y se mantenga en ella. Pues, aunque yo presuma poco de mí mismo, y crea que no pueda gozar ni conocer nunca todo su valor y magisterio, sin embargo, tengo por muy cierto que la mayor parte de sus lectores y de sus admiradores no descubre en sus poemas más que un rasgo hermoso por cada diez o veinte que yo, después de releerlos y reflexionar mucho sobre ellos, logro descubrir. Verdaderamente estoy convencido de que la altura de la gran estima y de la reverencia que sentimos por los grandes escritores proviene, comúnmente, incluso entre los que los leen y los tratan, más de una costumbre ciegamente abrazada, que de un juicio propio o del conocimiento, en modo alguno, de tal merito. Y recuerdo que en mi juventud, cuando leía los poemas de Virgilio, por un lado con total libertad de juicio y sin ninguna atención a la autoridad de los demás, lo cual no es muy común, y por otro lado, con la inexperiencia propia de esa edad, aunque quizás no mayor que la que en muchísimos lectores es perpetua, rechazaba en mi interior aceptar la opinión universal, al no descubrir mayores virtudes en Virgilio que en los poetas mediocres. Casi incluso me maravilla que la fama de Virgilio haya podido prevalecer sobre la de Lucano. Mira que la mayor parte de los lectores, no solo en los siglos de juicio falso o corrompido, sino incluso en los de saludables y bien templadas letras, se deleita más con la belleza grosera y evidente que con la delicada y escondida, más con lo atrevido que con lo tímido, y a menudo incluso más con lo aparente que con lo sustancial, y en general más por lo mediocre que por lo excelente. Leyendo las cartas de cierto príncipe, de raro ingenio verdaderamente, pero acostumbrado a retener en la sal, en las astucias, en la inestabilidad, en la agudeza casi toda la excelencia del arte de escribir, me percato clarísimamente de que él, en lo más íntimo de sus pensamientos, anteponía La Henriade a la Eneida, aunque no se atreviera a manifestar esa opinión, solo por temor a ofender los oídos de los hombres. En fin, me asombra que el juicio de muy pocos, aunque recto, haya podido vencer al de los que son infinitos, y que haya podido producir de modo universal esa costumbre de estima no menos ciega que justa. Lo cual no sucede siempre, pero yo reputo que la fama de los grandes escritores suele depender más del azar que de sus méritos, como quizás te confirmará lo que te voy a decirte a lo largo de este razonamiento.

CAPÍTULO TERCERO

Ya se ha visto cuán pocos tendrán la facultad de admirarte cuando llegues a esa excelencia que te propones. Ahora advierte que más de un impedimento se puede interponer incluso entre estos pocos, que no se formen un concepto digno tu valor, aunque vean señales de él. No hay duda alguna de que los escritos elocuentes y poéticos, de cualquier tipo, no se juzgan tanto por sus cualidades en sí mismas, como por el efecto que provocan en el ánimo de quien los lee. De ese modo, el lector, al juzgarlos, los considera, por decirlo así, más en sí mismo que en ellos mismos. De aquí nace que los hombres que por naturaleza son lentos y fríos de corazón y de imaginación, aunque estén dotados de buen raciocinio, de mucha agudeza de ingenio y de doctrina no mediocre, son casi completamente nulos para opinar convenientemente sobre tales escritos, al no poder en modo alguno fundir su alma con la del escritor; y, generalmente, en su interior, los desprecian; porque, leyéndolos y sabiéndolos aún famosísimos, no descubren la causa de su fama, como a quienes no les despierta la lectura ninguna emoción, ninguna imagen ni, por tanto, ningún deleite notable. Además, los mismos que por naturaleza están dispuestos y prontos para recibir y renovar en sí mismos alguna imagen o afecto que los escritores han sabido expresar de manera cuidada sufren muchísimas épocas de frialdad, abandono, languidez de ánimo, insensibilidad y una disposición tal, que mientras dura los hacen conformes o semejantes a los nombrados anteriormente; y eso por diversísimas razones, intrínsecas o extrínsecas, relativas al espíritu o al cuerpo, transitorias o duraderas.  En estas épocas tales, ninguno, aunque sea por lo demás un gran escritor, es buen juez de los escritos que intentan conmover el corazón o la imaginación. Dejo la saciedad de los deleites sentidos poco antes en otras lecturas similares, y las pasiones, más o menos fuertes, que se despiertan de vez en cuando, las cuales, muy a menudo, al tener en gran parte ocupados los ánimos, no dan lugar a que se sientan las emociones que en otra ocasión se habrían avivado con la lectura. Así, por estas mismas causas u otras similares, vemos frecuentemente que esos mismos lugares, esos espectáculos naturales o de cualquier género, esas composiciones musicales y otras cien cosas similares que en otro tiempo nos conmovieron o nos habrían conmovido, si los hubiéramos visto u oído, ahora, al verlos u oírlos, no nos conmueven nada, ni nos deleitan; y no porque sean menos hermosos o menos eficaces en sí mismos de lo que lo fueron entonces.

Pero cuando, por alguna de las razones referidas, el hombre no está en disposición de sentir los efectos de la elocuencia y de la poesía, no deja, no obstante, ni pospone el juicio sobre los libros concernientes a este o a aquel género que lee entonces por primera vez. A mí me sucede, no raramente, que vuelvo a coger entre las manos a Homero, a Cicerón o a Petrarca, y no sentirme emocionado con esa lectura en modo alguno. Sin embargo, como soy consciente y estoy seguro de la bondad de tales escritores, tanto por la fama antigua, como por la experiencia de las dulzuras que me han dado otras veces, no pienso, a causa de ese momento de insipidez, nada que sea contrario a su alabanza. Pero, en los escritos que se leen por primera vez y que, por ser nuevos, no se han hecho notar o no se han confirmado de modo que no dejen lugar a dudas sobre su valor, nada le impide al lector, juzgándolos por el efecto que suscitan en ese momento en su propio ánimo, y no encontrándose dicho ánimo en disposición de recibir los sentimientos e imágenes pretendidos por quien escribió, que se forme un juicio parcial de autores y de obras excelentes. Juicio que no es fácil cambiar después, cuando, en mejores tiempos, dichas obras se lean otra vez, porque, verosímilmente, el tedio sentido la primera vez lo desanimará las próximas veces. Y de todas formas, ¿quién ignora cuánto importan las primeras impresiones y el estar preocupado por un juicio, aun falso?

Por el contrario, algunas veces se encuentran los ánimos, por una u otra razón, en un estado tal de emotividad, sensibilidad, vigor y afectuosidad, o tan abiertos y dispuestos, que siguen hasta el menor impulso de la lectura, sienten vivamente hasta su más ligero toque y con la ocasión de lo que leen, crean en su interior mil emociones y mil imaginaciones, errando algunas veces en un delirio dulcísimo y casi arrobados fuera de sí mismos. De esto procede con facilidad que, considerando los deleites sentidos en la lectura o confundiendo los efectos de la propia fuerza y de la propia disposición con las que le pertenecen verdaderamente al libro, se queden prendados de un gran amor y de una gran admiración por ese y lo estimen más de lo que es justo, anteponiéndolo incluso a otros libros más dignos, pero leídos en una coyuntura menos propicia. Mira, pues, a cuánta inseguridad está sometida la verdad y la rectitud de los juicios, incluso entre las personas más idóneas, en torno a los escritos e ingenios ajenos, sin que intervenga malicia o favor alguno. Esa inseguridad es tal, que el hombre discrepa mucho consigo mismo al estimar obras de igual valor, e incluso la misma obra en diferentes edades, en diferentes casos, y hasta en diferentes horas del día.

CAPÍTULO CUARTO

Con el fin, además, de que tú no presumas de que las referidas dificultades, relacionadas con el ánimo no bien dispuesto de los lectores sobrevienen raras veces y contra lo habitual, considera que nada es más habitual en el hombre, con el paso del tiempo, que el debilitamiento de la disposición natural para sentir los deleites de la elocuencia y de la poesía, no menos que de las demás artes figurativas y de la belleza del mundo. Ese decaimiento del ánimo, prescrita por la misma naturaleza, para nuestra vida, hoy es mayor de lo que lo fuera en otros tiempos, y comienza antes y avanza de modo más rápido, especialmente entre los estudiosos, dado que a la experiencia de cada uno se añade mayor o menor parte de la ciencia nacida de la práctica y de las teorías de tantos siglos pasados. Por ello y por las presentes condiciones de la vida social, se desvanecen fácilmente en la imaginación de los hombres las larvas de la primera edad y, con ellas, las esperanzas del ánimo, y con las esperanzas, gran parte de los deseos, de las pasiones, del fervor, de la vida, de las facultades. Así, yo me maravillo más de que algunos hombres de edad madura, especialmente doctos y entregados a la meditación sobre las cosas humanas, se rindan aún a la virtud de la elocuencia y de la poesía, que no de que estas se encuentren, de vez en cuando, incapaces de causar en ellos efecto alguno. Por ello, ten por cierto que, para sentirse vigorosamente emocionado por lo bello y lo grande de la imaginación, es necesario creer que en la vida humana hay algo verdaderamente grande y bello, y que lo poético del mundo no es por completo una fábula. Cosas que el joven cree siempre, incluso cuando conoce lo contrario, hasta que su propia experiencia alcanza al conocimiento; pero difícilmente las creemos después de la mezquina disciplina de la realidad, máxime allí donde la experiencia se une al hábito de la reflexión y al saber.

De este discurso derivaría que los jóvenes, generalmente, son mejores jueces de las obras orientadas a despertar afectos e imágenes, que los hombres maduros y viejos. Pero, por otro lado, se ve que los jóvenes no habituados a leer buscan en esto un deleite más que humano, infinito y de características imposibles; y al no encontrar esto, desprecian a los escritores, cosa que, también en otras edades, por causas similares, les sucede algunas veces a los iletrados. Esos jóvenes, además, que están entregados a las letras prefieren fácilmente, tanto al escribir como al valorar los escritos ajenos, lo excesivo a lo moderado, lo soberbio y lo afectado de los modos y de los adornos a lo simple y a lo natural, y las bellezas falaces a las verdaderas, en parte por la falta de experiencia, en parte por el ímpetu de la edad. Por ello, los jóvenes, que son sin duda entre las personas quienes están más dispuestos a alabar lo que les parece bueno, pues son más sinceros y cándidos, raras veces son aptos para deleitarse con la madura y cumplida bondad de las obras literarias. Con el paso de los años, crece esa aptitud que procede del arte, y decrece la natural. No obstante, ambas son necesarias para ese fin.

Quien, además, vive en una gran ciudad, por muy cálido y despierto de corazón y de imaginación que sea por naturaleza, no sé (excepto si, como en tu caso, transcurre en soledad la mayor parte del tiempo) cómo puede recibir de la belleza, de la naturaleza o de las letras, algún sentimiento tierno o generoso, alguna imagen sublime o gentil. Pues pocas cosas son tan adversas a aquel estado de ánimo que nos hace capaces de tales deleites, como la compañía de estos hombres, el estrépito de estos lugares, el espectáculo de la magnificencia vana, de la ligereza de las mentes, de la falsedad perpetua, de las preocupaciones míseras y del ocio más mísero que allí reinan. En cuanto al conjunto de los literatos, estoy por decir que el de la gran ciudad sabe juzgar los libros menos que el de la ciudad pequeña, porque, en las grandes, al ser las demás cosas generalmente falsas y vanas, también la literatura es comúnmente falsa y vana, o superficial. Y si los antiguos reputaban el ejercicio de las letras y de las ciencias reposo y consuelo, en comparación con las actividades, hoy la mayor parte de los que en la gran ciudad se dedican a estudiar reputan y de hecho practican los estudios y la escritura, como distracción y reposo de las demás distracciones.

Pienso que las obras importantes de pintura, escultura y arquitectura nos deleitarían más si estuvieran distribuidas por las provincias, en las ciudades medianas y pequeñas, y no acumuladas, como están, en las metrópolis, donde los hombres, en parte llenos de infinitas preocupaciones, en parte ocupados en mil distracciones y con el ánimo hecho u obligado, aún a su pesar, a la diversión, a la frivolidad y a la vanidad, raras veces son capaces de sentir placeres íntimos del espíritu. Además, la multitud de tantas bellezas reunidas juntas distrae el ánimo, de modo que este, no atendiendo a ninguna, a no ser poco, no puede recibir un sentimiento vivo de ellas, o le genera tal saciedad, que son contempladas con la misma frialdad interior con la que se contempla cualquier objeto vulgar. Lo mismo digo de la música, que en las demás ciudades no se interpreta con tanta perfección y con tanto esplendor, como en las grandes, donde los ánimos están menos dispuestos que en cualquier otro lugar para sentir las emociones admirables de ese arte y, menos, por llamarlas así, las musicales. No obstante, las artes necesitan tener su sede en las grandes ciudades tanto para conseguir, como sobre todo para alcanzar su perfección; pero por esto, por otro lado, no es menos verdad que el deleite que estas ofrecen aquí en los hombres es bastante menor de lo que lo sería en otro lugar. Y puede decirse que los autores, en la soledad y en el silencio, procuran con constantes vigilias, ingenios y preocupaciones, el deleite de personas que, acostumbradas a moverse entre la muchedumbre y el ruido, no gozarán sino de una pequeñísima parte del fruto de tantas fatigas. Y esta suerte de los autores recae también, en algún modo proporcionado, sobre los escritores.

CAPÍTULO QUINTO

Que lo anterior sea dicho como en un inciso. Volviendo ahora al tema, digo que los escritos más cercanos a la perfección tienen esta propiedad: que generalmente en la segunda lectura gustan más que en la primera. Lo contrario sucede con muchos libros compuestos con arte y diligencia no más que mediocres, pero no privados, sin embargo, de algún valor externo y aparente, los cuales, al ser releídos, caen de la opinión que el hombre se había formado en la primera lectura. Pero, leídos los unos y los otros una sola vez, engañan de tal modo, incluso a los doctos y a los expertos, que a los mejores se anteponen los mediocres. Además, debes considerar que hoy, incluso las personas que se dedican a los estudios como norma de vida difícilmente se resuelven a leer libros recientes, máxime aquellos cuyo fin es el deleite. Eso no les sucedía a los antiguos, dado el menor número de libros. Pero, en este tiempo, rico en escritos heredados poco a poco de tantos siglos; con el número actual de naciones literarias; con esta excesiva abundancia de libros creados a diario por cada una de ellas; con este intercambio tan grande entre ellas; con tanta multitud y variedad, además, de lenguas escritas, antiguas y modernas; con tan gran número y amplitud de ciencias y doctrinas de todo tipo, y estas tan íntimamente conectadas y relacionadas entre sí que el estudioso está obligado a esforzarse por abrazar, según su posibilidad, bien puedes ver que falta el tiempo para la primera lectura, cuanto más para la segunda. Por ello, cualquier juicio que se hace una vez de los libros nuevos difícilmente se cambia. Añade que, por las mismas causas, incluso al leer por primera vez los referidos libros, máxime los de género ameno, poquísimos y rarísimas veces ponen la atención y el estudio que son necesarios para descubrir la trabajada perfección, el íntimo arte y las virtudes modestas y recónditas de los escritos. De modo que, en suma, hoy en día resulta peor la suerte de los libros perfectos que la de los mediocres, pues las bellezas o las cualidades de una gran parte de estos, verdaderas o falsas, se muestran de tal modo que, por pequeñas que sean, fácilmente se descubren a primera vista. Y podemos decir con seguridad que ahora esforzarse por escribir con perfección es casi inútil para alcanzar la fama. Pero, por otro lado, los libros compuestos, como lo están casi todos los modernos, apresuradamente y lejos de cualquier perfección, aunque sean celebrados durante algún tiempo, no pueden dejar de perecer pronto, como, de hecho, se ve continuamente. Bien es verdad que el uso que hoy hacemos de la escritura es tan grande, que incluso muchos escritos dignísimos de ser recordados, y ya reconocidos también, arrastrados poco después, antes de que hayan podido (por decirlo así) enraizar su propia celebridad, por el inmenso caudal de libros nuevos que salen a la luz cada día, perecen sin otra razón, cediendo su lugar a otros, dignos o indignos, que ocupan la fama durante poco tiempo. Así, a un mismo tiempo, una única gloria se nos ha concedido a nosotros seguir, de entre las muchas de las que dispusieron los antiguos, y esta con mucha mayor dificultad se consigue hoy que antiguamente.

Solos, en este naufragio continuo y común no menor de escritos nobles que de plebeyos, sobrenadan los libros antiguos, los cuales, por la fama ya establecida y corroborada por la duración del tiempo, no solo se leen aún diligentemente, sino que se releen y se estudian. Y observa que un libro moderno, aún de perfección comparable a la de los antiguos, difícilmente o de ningún modo podría, no digo ya poseer el mismo grado de gloria, sino causar en los demás la alegría que se recibe de los antiguos; y esto, por dos razones. La primera es que no sería leído con el cuidado y la sutileza que se usa en los escritos célebres desde hace tiempo, ni sería releído, a no ser por pocos, ni estudiado por ninguno, pues los libros que no son científicos no se estudian hasta que no son antiguos. La segunda es que la fama duradera y universal de los escritos, suponiendo que al principio no surgiera esta de otra causa que de su mérito propio e intrínseco, no obstante, una vez que ha nacido y crecido, multiplica de tal modo su valor, que estos se hacen más agradables y ligeros de lo que lo fueron antes; y algunas veces, la mayor parte del deleite que se siente con ellos nace simplemente de su misma fama. A propósito de esto, recuerdo algunas advertencias notables de un filósofo francés[10] que, en sustancia, discurriendo sobre el origen de los placeres humanos, dice así: Muchas causas de placer compone y crea nuestro propio ánimo para sí mismo, máxime relacionando diversas cosas. Por ello, muy a menudo sucede que lo que gustó una vez, guste de igual modo otra vez, solo por el hecho de que ha gustado antes, porque unimos la imagen pasada con la presente. A modo de ejemplo, una actriz que ha gustado a los espectadores en escena, les gustará verosímilmente a los mismos también en su habitación; pues ya del sonido de su voz, ya de su declamación, ya del hecho de haber estado presente en los aplausos que recibió la mujer, y de algún modo incluso del concepto de princesa que se ha unido a lo que propiamente le corresponde, se compondrá casi una mezcolanza de más causas, que producirán un placer único. Ciertamente la mente de cada uno abunda, todo el día, en imágenes y en consideraciones accesorias a las principales. De aquí nace que las mujeres dotadas de gran reputación y empañada por un ligero defecto, llevan a gala alguna vez tal defecto, originando que los otros lo consideren una gracia. Y verdaderamente el particular amor que profesamos, uno a una mujer, y otro a otra, se funda la mayor parte de las veces, solo en las preocupaciones que nacen en su favor, ya por la nobleza de la sangre, ya por las riquezas, ya por los honores que se le rinden, ya por la estima que muestran por ella otras personas; a menudo, incluso por la fama, verdadera o falsa, de la belleza o de la gracia, o por el mismo amor que otras personas han tenido por ella antes o en el presente. ¿Y quién ignora que casi todos los placeres proceden más de nuestra imaginación que de las propias cualidades de las cosas agradables?

Concordando muy bien estas advertencias con los escritos no menos que con las demás cosas, digo que si hoy saliera a la luz un poema igual o superior en valor intrínseco a la Ilíada, aunque fuera leído atentísimamente por el más perfecto crítico de libros poéticos, le resultaría menos agradable y menos deleitoso que aquel, y, por tanto, lo estimaría menos, porque las propias virtudes del poema nuevo no estarían secundadas por la fama de veintisiete siglos, ni por mil recuerdos y mil consideraciones, como lo están las de la Ilíada. Del mismo modo, digo que cualquiera que leyera cuidadosamente la Jerusalén o el Furioso, desconociendo completamente o en parte su celebridad, sentiría en la lectura mucho menos deleite que otros. Por tanto, en fin, hablando de modo general, los primeros lectores de cada obra egregia y los contemporáneos de quien la escribió, suponiendo que ella alcance luego la fama en la posteridad, son los que, al leerla, gozan menos que todos los demás, lo que resulta muy perjudicial para los escritores.

CAPÍTULO SEXTO

Estas son, en parte, las dificultades que te disputarán la conquista de la gloria entre los estudiosos y entre los mismos que son excelentes en el arte de escribir y en el saber. Y en cuanto a los que, aunque bastante instruidos en la erudición que hoy es parte, podemos decir, necesaria de la ciudadanía, no se dedican ni a estudiar ni a escribir, y solo leen por pasatiempo, bien sabes que no son aptos para gozar mucho de la bondad de los libros; y esto, además de por lo dicho antes, por otra causa que aún me resta por decir. A saber, que estos no buscan en lo que leen sino el deleite presente. Pero el presente es pequeño e insípido, por naturaleza, para todos los hombres. Por ello, la cosa más dulce, y como dice Homero,

Venus, el sueño, el canto y los bailes

pronto y necesariamente nos aburren, si a la ocupación presente no se le une la esperanza de algún placer o comodidad futura que dependa de ella. Así, la condición humana no es capaz de ningún goce notable que no consista sobre todo en la esperanza, cuya fuerza es tal, que muchísimas ocupaciones carentes por sí mismas de todo placer, y asimismo aburridas y fatigosas, al añadírseles la esperanza de algún fruto, resultan muy agradables y muy alegres, por largas que sean; y, por el contrario, las cosas que se estiman deleitables por sí mismas, separadas de la esperanza, nos fastidian, por decirlo así, apenas gustadas. Y entretanto vemos que los estudiosos son casi insaciables en la lectura, incluso aridísima a menudo, y que sienten un perpetuo deleite en sus estudios, realizados durante gran parte del día, mientras, en la una y en los otros, tienen ante los ojos una finalidad colocada en el futuro y una esperanza de progreso y de beneficio, sean cuales sean; y en las mismas lecturas que hacen algunas veces por ocio o por diversión, no dejan de proponerse, además del deleite presente, alguna otra utilidad, más o menos determinada. Mientras que los demás, no persiguiendo en la lectura otro fin que ella misma no contenga, por decirlo así, en sus propios límites, hasta en las primeras páginas de los libros más deleitables y más suaves, tras un vano placer, se encuentran saciados, por lo que suelen ir errando, llenos de náusea, de libro en libro, y, al final, la mayor parte de ellos se maravilla de que alguien pueda recibir de una larga lectura un gran deleite. De ese modo, también por esto puedes saber que cualquier arte, industria o fatiga de quien escribe se pierde casi por completo por lo que se refiere a estas personas, que son las que generalmente forman la mayoría de los lectores. Y aún los estudiosos, transformadas con el paso del tiempo, como a menudo sucede, la materia y la cualidad de sus estudios, apenas soportan la lectura de libros con los que en otro tiempo se deleitaron o se habrían deleitado sobre manera; y aunque tengan aún la inteligencia y la pericia necesaria para conocer su valor, sin embargo, no sienten con ellos más que tedio, pues no esperan de ellos ninguna utilidad.

CAPÍTULO SÉPTIMO

Hasta aquí hemos hablado de la escritura en general y de ciertas cosas que se refieren principalmente a las letras amenas, a cuyo estudio te veo más inclinado que a ningún otro. Hablemos ahora, en particular, de la filosofía, sin pretender, sin embargo, separar aquellas de esta, de la que dependen totalmente. Quizás pienses que, al proceder la filosofía de la razón, de la que la totalidad de los hombres civilizados participa quizás más que de la imaginación y de las facultades del corazón, el valor de las obras filosóficas debe de ser reconocido con más facilidad y por mayor número de personas, que el de los poemas y de los demás escritos que buscan lo deleitable y lo bello. Sin embargo, yo estimo que el juicio proporcionado y el perfecto entendimiento son algo menos raros en aquellas que en estas. En primer lugar, ten por seguro que, para avanzar de modo notable en la filosofía, no bastan sutileza de ingenio y gran facultad de razonamiento, sino que se requiere también mucha fuerza imaginativa; y que Descartes, Galileo, Leibnitz, Newton y Vico, por la innata disposición de sus ingenios, habrían podido ser sumos poetas; y por el contrario, sumos filósofos, Homero, Dante y Shakespeare. Pero, como para exponer y tratar este tema por completo se necesitarían muchas palabras, y eso nos alejaría bastante de nuestro propósito, contentándome con esta observación, y continuando, digo que solo los filósofos pueden conocer perfectamente el valor, y sentir el deleite de los libros filosóficos. Me refiero a la sustancia, no a cualquier ornamento que puedan tener, ya en las palabras, ya en el estilo, ya en otra cosa. Por tanto, así como los hombres de naturaleza, por decirlo así, no poética, aunque entienden las palabras y el sentido, no reciben las emociones y las imágenes de los poemas, así, muy a menudo, los que no están acostumbrados a meditar y a filosofar consigo mismos o que no están capacitados para pensar con profundidad, por muy verdaderos y cuidados que sean los discursos y las conclusiones del filósofo, y por muy claro que sea el modo que él use para exponer lo uno y lo otro, entienden las palabras y lo que quiere decir, pero no la verdad de sus dichos. Por ello, al no tener la facultad o el hábito de penetrar con los pensamientos en lo más íntimo de las cosas, ni de separar y dividir sus propias ideas en sus partes mínimas, ni de reunir y estrechar un buen número de ellas, ni de contemplar con la mente de inmediato muchas particularidades para poder deducir de ellas un principio general, ni de seguir infatigablemente con el ojo del intelecto un extenso orden de verdades relacionadas entre sí paso a paso, ni de descubrir las sutiles y recónditas conexiones que tiene cada verdad con otras cien, no pueden, fácilmente o de manera alguna, imitar y repetir en su propia mente las operaciones hechas, ni sentir las impresiones sentidas por el filósofo; único modo de ver, comprender y estimar convenientemente todas las causas que indujeron a tal filósofo a pronunciar este o aquel juicio, afirmar o negar esto o aquello, dudar de tal cosa o de tal otra. Así, aunque entiendan sus conceptos, no entienden si son verdaderos o probables, al no tener y no poder realizar una experiencia aproximada de la verdad o probabilidad de ellos. Cosa poco diferente de lo que a los hombres fríos por naturaleza les sucede con las imaginaciones y los afectos expresados por los poetas. Y bien sabes que es común al poeta y al filósofo el adentrarse en la profundidad de las almas humanas, y sacar a la luz sus íntimas cualidades y variedades, los cursos, las emociones y los sucesos ocultos, y las causas y los efectos de lo uno y de lo otro, cosas en las que, quienes no pueden sentir la correspondencia de los pensamientos poéticos con la verdad, tampoco sienten ni conocen la de los filosóficos.

De estas causas referidas nace lo que vemos cada día, que muchas obras egregias, igualmente claras e inteligibles para todos, no obstante, a algunos les parece que tienen mil verdades certísimas,  y a otros, mil manifiestos errores, por lo que son impugnadas en público o en privado, no solo por mezquindad o por interés o por otras mil razones, sino también por debilidad mental y por incapacidad para sentir y para comprender la certeza de sus principios, la rectitud de las deducciones y de las conclusiones y, en general, la conveniencia, la eficacia y la verdad de sus discursos. A menudo, a las obras filosóficas más estupendas se les imputa oscuridad, no por culpa de los escritores, sino, por un lado, por la profundidad o la novedad de los sentimientos, y por otro, por la oscuridad del intelecto de quien no podría comprenderlos en modo alguno. Considera, pues, también en el género filosófico, cuánta dificultad para ser elogiado, por muy debido que sea. Por ello, no puedes dudar, aunque yo no lo exprese, que el número de filósofos verdaderos y profundos, fuera de los cuales no hay quien sepa estimar convenientemente la obra de los que son como ellos, es pequeñísimo también en el tiempo presente, aunque esté entregada al amor a la filosofía más que las pasadas. Dejo las diferentes escuelas, o como quiera convengan ser llamadas, en que hoy se dividen, como se dividieron siempre, los que se dedican a filosofar, cada una de las cuales niega, generalmente, la debida alabanza y estima a los de las demás, no solo por voluntad, sino por tener el intelecto ocupado en otros principios.

CAPÍTULO OCTAVO

Si además (pues no es algo que yo no pueda prometerme de este ingenio tuyo) tú subieras, con el saber y con la meditación, a tal altura, que se te diera, como se le dio a algún selecto ingenio, el descubrir alguna verdad importantísima, antes no solo desconocida siempre, sino del todo inesperada para los hombres, y del todo distinta o contraria a las opiniones presentes, incluso a las de los sabios, no pienses que recogerás en tu vida de este descubrimiento una alabanza extraordinaria. Es más, no se te alabará, ni por parte de los sabios (exceptuada, quizás, una mínima parte de ellos), hasta que, repetidas esas mismas verdades ya por uno, ya por otro, poco a poco y después de mucho tiempo, los hombres acostumbren a ella, primero, los oídos y luego el intelecto. Pues nunca ninguna verdad nueva y del todo extraña a los juicios corrientes, aunque el primero que se percatara de ella la demostrara con evidencia y certeza conforme o similar a la geométrica, pudo nunca, si las demostraciones no fueron experimentales, introducirse y establecerse en el mundo inmediatamente, sino solo con el paso del tiempo, mediante la costumbre y el ejemplo, según  los hombres se acostumbraban a creérsela como cualquier otra cosa; es más, creyéndola generalmente por costumbre, no por la certeza de las pruebas concebidas en el ánimo; así, al final, esa verdad, al comenzar a ser enseñada incluso a los niños, se aceptó comúnmente, recordándose con maravilla el desconocimiento de la misma y se ridiculizándose las opiniones diferentes ya de los antepasados, ya de los presentes. Pero ello con tanta mayor dificultad y duración, cuanto mayores y más capitales, y por ello, subversoras de mayor número de opiniones arraigadas en las almas, fueron tales verdades nuevas e increíbles. Ni siquiera los ánimos agudos y ejercitados sienten fácilmente toda la eficacia de las razones que demuestran similares verdades inauditas y que exceden demasiado los términos de los conocimientos y de la práctica de dichos intelectos, máxime cuando tales razones y tales verdades repugnan a las creencias inveteradas en los mismos. En su tiempo, Descartes, que amplió la geometría considerablemente, al adaptarla al álgebra y a otros hallazgos suyos, no fue ni siquiera entendido, excepto por unos pocos. Lo mismo le sucedió a Newton. En verdad, la condición de los hombres inusitadamente superiores en sabiduría a su tiempo no es muy diferente a la de los literatos o doctos que viven en ciudades o provincias desprovistas de estudios, pues ni a estos, como diré después, sus conciudadanos o comprovincianos, ni a aquellos, sus contemporáneos, los tienen en la estima que  merecerían; es más, muy a menudo, son vilipendiados porque su vida y sus opiniones son diferentes a las de los demás, y por la común insuficiencia para conocer el valor de sus facultades y de sus obras.

No hay duda de que el género humano, en estos tiempos, e incluso desde la restauración de la civilización, no progresa continuamente en el saber, sino que su proceder es lento y mesurado. Allí donde los espíritus elevados y singulares que se dedican a la especulación de este universo sensible para el hombre o inteligible, y a la búsqueda de la verdad, caminan y, a veces, corren velozmente y casi sin medida alguna. Y no por esto es posible que el mundo, al verlos avanzar tan decididos, apresure el paso para llegar con ellos o un poco más tarde adonde estos finalmente se detienen. Es más, el mundo no modifica su propio paso ni se dirige, algunas veces, a este o a aquel término, sino solo en el espacio de uno o más siglos después de que algún elevado espíritu se dirigiera.

Es opinión, puede decirse, universal, que el saber humano debe la mayor parte de su progreso a estos ingenios supremos que surgen de vez en cuando, ya uno, ya otro, como milagros de la naturaleza. Yo, por el contrario, estimo que se debe más a los ingenios ordinarios, y poquísimo a los extraordinarios. Uno de estos, supongamos, una vez provisto con la doctrina del espacio de los conocimientos de sus contemporáneos, avanza en el saber, por decirlo así, diez pasos adelante. Pero los otros hombres no solo no se disponen a seguirlo, sino que la mayor parte de las veces, para callar lo peor, se ríen de su progreso. Entretanto, muchos ingenios mediocres, quizás en parte ayudándose de los pensamientos y de los descubrimientos de aquel ingenio sumo, pero principalmente gracias a sus propios estudios, dan juntos un paso; así, por la brevedad del espacio, es decir, por la escasa novedad de las sentencias e incluso por la multitud de quienes son autores de estas, al cabo de algunos años, son seguidos universalmente. Así, procediendo, según la costumbre, poco a poco y mediante la obra y el ejemplo de otros intelectos mediocres, los hombres dan finalmente el décimo paso; y las sentencias de aquel ingenio sumo son comúnmente aceptadas como verdaderas en todas las naciones civilizadas. Pero él, ya apagado desde hace mucho tiempo, no consigue por tal éxito una tardía e intempestiva reputación; en parte, porque su memoria se ha perdido ya, o porque la opinión injusta que se tuvo de él mientras vivió, confirmada por el largo hábito, prevalece sobre cualquier otro aspecto; en parte, porque los hombres no han llegado a tal grado de conocimiento a través de su obra, y en parte, porque ya en el saber son iguales, pronto lo superarán, y quizás sean superiores aún en el presente, al haberse podido, con el paso del tiempo, demostrar y declarar mejor las verdades imaginadas por él, reducir sus conjeturas a certezas, dar un orden y una forma mejor a sus hallazgos y casi madurarlos. A no ser que algún estudioso, recorriendo las memorias de los tiempos pasados, considerando las opiniones de aquel gran ingenio y comparándolas con las de quienes vinieron después, advierta cómo y cuánto se adelantó al género humano, y le dirija algunas alabanzas que hacen poco ruido y se olvidan rápidamente.

Aunque el progreso del saber humano, como el retroceso de los males, adquiere cada vez más celeridad, no obstante, es muy difícil que una misma generación de hombres cambie de opinión o conozca sus propios errores, de modo que crea hoy lo contrario a lo que creyó en otro tiempo. Pero le prepara tales medios a la que le sucede, que esta luego conocerá y creerá en muchas cosas lo contrario a aquella. Pero así como nadie siente el perpetuo movimiento que nos hace girar en la tierra, así la generalidad de los hombres no advierte la continua marcha de sus conocimientos ni del constante cambio de sus juicios. Y nadie cambia nunca de opinión creyendo que ha cambiado. Pero, ciertamente, esto no podría dejar de creerlo y de advertirlo si abrazara súbitamente una sentencia muy ajena a la que ha mantenido hasta entonces. Por tanto, ninguna verdad de este género, a no ser que se refiera al mundo sensible, será nunca creída comúnmente por los contemporáneos del primero que la conoció.

CAPÍTULO NOVENO

Supongamos que, superado todo obstáculo, favorecido tu valor por la fortuna, consigues, de hecho, no solo celebridad, sino gloria, y no después de la muerte, sino en vida. Veamos qué fruto obtienes. Primero, ese deseo de los hombres de verte y conocerte personalmente, ese ser señalado con el dedo, ese honor y esa reverencia manifestada por los presentes en sus actos y en sus palabras, cosas en las que consiste la máxima utilidad de esta gloria que nace de la escritura, parecería que con más facilidad te deberían de llegar en las ciudades pequeñas, que en las grandes, donde los ojos y los ánimos están distraídos y cautivados en parte por el poder, en parte por la riqueza, y por último por las artes que sirven al entretenimiento y a la alegría de la vida inútil. Pero, como las ciudades pequeñas carecen, en general, de los medios y las ayudas para que alguien llegue a la excelencia en las letras y en el saber, y como todo lo raro y lo valioso concurre y se reúne en las grandes ciudades, por tanto, las pequeñas, raramente habitadas por los sabios y privadas, generalmente, de buenos estudios, suelen tener en tan poca consideración no solo a la doctrina y a la sabiduría, sino a la misma fama que alguien ha logrado con estos medios, pues ni esta ni aquellas son en esos lugares motivo de envidia. Y si por casualidad alguna persona respetable o incluso extraordinaria por su ingenio y por sus estudios vive en un pequeño lugar, el hecho de ser allí la única no solo no le beneficia, sino que le perjudica de tal modo que, a menudo, aún siendo famosa en el exterior, es, en los usos de esos hombres, la persona más despreciada y oscura de dicho lugar. Como allí donde se desconocieran y no se apreciaran el oro y la plata, quien, careciendo de cualquier otro bien, abundase en estos metales no sería más rico que los demás, sino pobrísimo y tenido por tal, así, allí donde el ingenio y el saber no se conocen y, al no ser conocidos, no se aprecian, aquí si alguien abunda en ello, este no tiene facultad para sobresalir de los demás y, si no tiene otros bienes, es tenido por vil. Y tan lejos está de ser honrado en similares lugares, que muy a menudo es reputado mayor de lo que es de hecho, y no por ello es tenido en ninguna estima. En el tiempo en que yo, jovencito, volvía a mi pequeña Bosisio, al saberse por el lugar que yo me dedicaba a los estudios, y que me ejercitaba algo en el arte de escribir, mis paisanos me reputaban poeta, filósofo, físico, matemático, médico, jurista, teólogo y experto en todas las lenguas del mundo; y me preguntaban, sin hacer la más mínima diferencia, sobre cualquier tema de cualquier disciplina o argumento que surgiera casualmente en el diálogo. Y no por esta opinión suya me estimaban mucho, es más, me creían bastante inferior a todos los hombres doctos de los demás lugares. Pero, si yo les dejaba sospechar que mi saber era un poco menos desmesurado de lo que pensaban, yo bajaba todavía más en su concepto, y por último se persuadían de que mi saber no se extendía nada más que el suyo.

Cuántos obstáculos se interpondrán, en las grandes ciudades, tanto para lograr la gloria, como para poder gozar del fruto de la lograda, no te resultará difícil de juzgar por las cosas dichas antes. Ahora añado que, aunque no hay fama más difícil de merecer que la de egregio poeta o de escritor literario o de filósofo, a las que tú aspiras principalmente, ninguna, por todo esto, resulta más infructuosa para quien la posee. No ignoras los lamentos perpetuos, los antiguos y los modernos ejemplos de la pobreza y de las desventuras de los sumos poetas. En Homero, todo (por decirlo así) es vago y gentilmente indefinido, tanto con respecto a su poesía como a su persona: su patria, su vida y todas sus cosas son un arcano impenetrable para los hombres. Entre tanta inseguridad e ignorancia, solo se sabe, por una tradición muy constante, que Homero fue pobre e infeliz, como si la fama y la memoria de los siglos no hubieran querido dejar lugar a duda que la fortuna de los demás poetas excelentes es común al príncipe de la poesía. Mas dejando los otros bienes y refiriéndonos solo al honor, ninguna fama suele ser en la práctica de la vida menos honorable y menos útil para que los otros lo tengan a uno en más, que las especificadas ahora mismo. Ya sea porque la mayoría de las personas que la obtiene sin mérito, y la misma inmensa dificultad para merecerla le quitara valor y fe a tal reputación; o mejor porque todos los hombres de ingenio ligeramente culto creen que ellos mismos tienen o que pueden lograr fácilmente tanto conocimiento y facultad ya en la literatura, ya en la filosofía, que no reconocen superiores a los que verdaderamente valen para estas; en parte por una razón, en parte por otra, ciertamente tener el nombre de mediocre matemático, físico, filólogo, arqueólogo, pintor, escultor, músico, o estar medianamente versado en una única lengua antigua o peregrina es una razón para obtener, entre la mayoría de los hombres, incluso en las mejores ciudades, mucha más consideración y estima que la que se obtiene siendo conocido y celebrado por buenos jueces como filósofo o poeta insigne, o como hombre excelente en el arte de escribir bien. Así, las dos metas más nobles, más duras de alcanzar, más extraordinarias, más estupendas, las dos cimas, por decirlo así, del arte y de la ciencia humana, digo la poesía y la filosofía, son, en quien las profesa, especialmente hoy, las facultades más despreciadas por el mundo; pospuestas incluso a las artes manuales, entre otros motivos porque nadie presume de dominar ninguna de estas sin haberla procurado, ni de poder procurarla sin estudio y esfuerzo. En fin, el poeta y el filósofo no tienen en vida otro fruto de su ingenio, otro premio por sus estudios sino tal vez una gloria nacida y contenida entre un pequeñísimo número de personas. Y también esta es una de las muchas cosas en las que concuerda con la poesía la filosofía, pobre también ella y desnuda, como canta Petrarca,[11] no solo de todo otro bien, sino de reverencia y de honor.

CAPÍTULO DÉCIMO

Al no poder, en el trato con los hombres, gozar de casi ningún beneficio de tu gloria, la mayor utilidad que obtendrás será la de girarla en tu ánimo y complacerte contigo mismo en el silencio de tu soledad, sacando de ello estímulo y consuelo para nuevas fatigas y confiando por ello en nuevas esperanzas. Pues la gloria de los escritores no solo, como todos los bienes de los hombres, resulta más grata de lejos que de cerca, sino que no está, puede decirse, presente en quien la posee, y no se encuentra en ningún lugar.

Por tanto, por último, recurrirás con la imaginación a ese extremo refugio y consuelo de las almas grandes, que es la posteridad. Así, Cicerón, que no gozó de una gloria simple ni vulgar y débil, sino de una múltiple e insólita, y tanta cuanta era adecuado que le llegara a un gran escritor antiguo y romano entre hombres romanos y antiguos, no obstante, se dirige a las generaciones futuras para decirles, aunque a través de otra persona:[12]  ¿Crees que yo me habría podido inducir a pasar y soportar tantas fatigas día y noche, en la ciudad y en el campo, si hubiera creído que mi gloria no sobrepasaría los términos de mi vida? ¿No era mucho más fácil elegir una vida ociosa y tranquila, sin fatiga o preocupación alguna? Pero mi alma, no sé cómo, casi elevada por encima de la cabeza, aspiraba continuamente a la posteridad, como si, habiendo atravesado la vida, tuviera que vivir allí. Con ello se refiere Cicerón a un sentimiento de inmortalidad de las propias almas, creado por la naturaleza en los pechos humanos. Pero la razón verdadera es que todos los bienes del mundo, apenas se consiguen, se consideran indignos de las preocupaciones y de las fatigas soportadas para procurarlos, máxime la gloria, que entre todas las demás es la que se obtiene a mayor valor y la que se posee con menos utilidad. Pero, como dice Semónides,[13]

La hermosa esperanza a todos nos nutre
De felices semblanzas,
Por las que en vano se afana cada uno;
Uno espera a la aurora,
Amiga; otro, a la estación;
Y nadie en la tierra apresura
El mortal curso, cuya mente no crea,
El año venidero, fáciles y piadosos,
A Pluto y a los demás dioses. [14]

así, mientras alguien confirma con pruebas la vanidad de la gloria, la esperanza, casi expulsada y perseguida por cualquier lugar, al final, al no tener ya dónde descansar por todo el espacio de la vida, no obstante, no decae, sino que, traspasando la misma muerte, se detiene en la posteridad. Pues el hombre está siempre inclinado y necesitado de apoyarse en el bien futuro, del mismo modo que está muy insatisfecho con el bien presente. Por tanto, los que desean la gloria, si la han obtenido en vida, se alimentan sobre todo de la que esperan poseer tras la muerte, del mismo modo que nadie es tan feliz hoy como cuando, despreciando la vana felicidad presente, se consuela con el pensamiento de aquella, igualmente vana, que espera en el futuro.

CAPÍTULO UNDÉCIMO

Pero, en fin, ¿qué es esta apelación que hacemos a la posteridad? Ciertamente, la naturaleza de la imaginación humana nos lleva a hacernos de las quienes vendrán después un concepto mayor y mejor que el que se hace de los presentes, e incluso que de los pasados; solo porque de los hombres que aún no están no podemos tener conocimiento alguno ni por los hechos ni por la fama. Pero, si atendemos a la razón, y no a la imaginación, ¿creemos que, de hecho, los que han de venir serán mejores que los presentes? Yo creo mejor lo contrario, y tengo por verdadero proverbio que el mundo envejece empeorando. Mejor condición me parecería la de los hombres egregios, si pudieran apelar a los pasados, los cuales, según Cicerón, [9] no fueron menos de lo que serán los posteriores, y fueron bastante más virtuosos. Pero ciertamente el más valioso hombre de este siglo no recibirá de los antiguos ninguna alabanza. Admitamos que los futuros, en tanto estén libres de la emulación, de la envidia, del amor y del odio, no ya entre ellos mismos, sino con respecto a nosotros, serán críticos más justos con nuestras cosas que los contemporáneos. ¿Quizás también serán mejores jueces con respecto a lo demás? ¿Pensamos nosotros, solo por lo que se refiere a los estudios, que los venideros han de tener un mayor número de poetas excelentes, de escritores buenísimos, de filósofos verdaderos y profundos? Pues ya hemos visto que solo estos pueden valorar de modo digno a sus iguales. ¿O bien pensamos que el juicio de estos tendrá más eficacia entre la gente de entonces que el de los nuestros en la presente? ¿Creemos que en la mayoría de los hombres las facultades del corazón, de la imaginación, del intelecto serán mayores de lo que lo son hoy?

¿No vemos cuántos siglos ha habido en la escritura de juicio tan perverso, que, despreciando la verdadera excelencia del escribir, olvidando o ridiculizando a los mejores escritores antiguos o nuevos, han amado y apreciado constantemente este o aquel modo bárbaro, teniéndolo además por el único conveniente y natural, puesto que cualquier costumbre, aun corrompida y pésima, con dificultad se distingue de lo natural?  ¿Y no resulta que eso ha sucedido en siglos y naciones, por lo demás, cultos y nobles? ¿Qué seguridad tenemos nosotros de que la posteridad vaya a alabar siempre los modos de escribir que alabamos hoy? Si es que hoy se alaban verdaderamente los que son dignos de alabanza. Ciertamente los juicios y las inclinaciones de los hombres en torno a la belleza de la escritura son muy mudables y variados según los tiempos, la naturaleza de los lugares y de los pueblos, las costumbres, los usos, las personas. Entonces, a esta misma variedad e inconstancia es necesario que se someta de igual forma la gloria de los escritores.

Incluso más variada y mudable es la condición de la filosofía y de las demás ciencias, aunque a primera vista nos parezca lo contrario, porque la literatura se refiere a lo bello, que depende en gran parte de las costumbres y de las opiniones, y las ciencias, a la verdad, que es inmóvil y no sufre cambios. Pero, dado que esta verdad permanece oculta para los mortales, excepto lo que poco a poco se descubre de ella, por una parte los hombres, al esforzarse por conocerla, al conjeturar y abrazar a esta o a aquella apariencia en su lugar, se dividen entre muchas opiniones y muchas escuelas, con lo que se genera en las ciencias no pequeña variedad. Por otra parte, con los nuevos conocimientos y con los nuevos atisbos de la verdad que se van alcanzando poco a poco, las ciencias crecen continuamente, por ello y porque durante algún tiempo prevalecen diversas opiniones que se tienen por certezas, sucede que estas, sin durar mucho o nada en un mismo estado, cambian de forma y de cualidad de vez en cuando. Omito el primer punto, es decir, la variedad, de la que quizás no reciba menos daño la gloria de los filósofos y de los científicos entre las generaciones venideras que entre sus contemporáneos.  Pero la inconstancia de las ciencias y de la filosofía, ¿cuánto crees tú que puede dañar esta gloria en la posteridad? Cuando, gracias a nuevos descubrimientos o a nuevas suposiciones y conjeturas, el estado de una u otra ciencia haya cambiado notablemente con respecto a lo que es en nuestro siglo, ¿en qué estima serán tenidos los escritos y pensamientos de esos hombres que hoy gozan en esa ciencia de más alabanza? ¿Quién lee hoy las obras de Galileo? Pero ciertamente fueron en su tiempo muy admiradas; ni mejores, quizás, ni más dignas de un gran intelecto, ni llenas de mayores hallazgos y de conceptos más nobles se podían escribir entonces en esas materias. No obstante, cualquier mediano físico o matemático del presente es, en una y otra ciencia, muy superior a Galileo. ¿Cuántos leen hoy los escritos del canciller Bacon?, ¿quién se preocupa por los de Mallebranche?, y la misma obra de Locke, si el avance de la ciencia casi fundada por él es tan rápido en el futuro, como se muestra que debe ser, ¿cuánto tiempo permanecerá en las manos de los hombres?

Verdaderamente, la misma fuerza de ingenio, la misma industria y el mismo esfuerzo que los filósofos y los científicos emplean para procurar la gloria, con el paso del tiempo, son la causa por la que se apaga o se oscurece. Porque del avance que ellos les dan a sus ciencias, que es por lo que fueron conocidos, nacen otros avances que harán que su nombre y sus escritos se olviden poco a poco. Y ciertamente a la mayor parte de los hombres le resulta difícil admirar y venerar en otros una ciencia muy inferior a la suya. Así, ¿quién puede dudar que la edad próxima conocerá la falsedad de muchísimas cosas afirmadas hoy o creídas por quienes son los primeros en sabiduría, y que superará, y no poco, en el conocimiento de la verdad, a la edad presente?

CAPÍTULO DUODÉCIMO

Quizás, al final, intentarás entender mi parecer y consejo expreso: si a ti, por tu bien, te conviene más continuar o abandonar el camino de esta gloria tan pobre en utilidad, tan difícil e insegura de retener como de conseguir, similar a la sombra, que cuando la tienes entre las manos no puedes ni sentirla ni evitar que se aleje. Te diré brevemente, sin disimulación alguna, mi parecer. Estimo que tu maravillosa agudeza y fuerza de entendimiento, esta tu nobleza, sensibilidad y fecundidad de corazón y de imaginación son, entre todas las cualidades que la suerte otorga a las almas humanas, las más dañinas y lastimosas para quien las recibe. Pero, una vez recibidas, difícilmente se puede huir de su daño, y por otra parte, en estos tiempos, casi la única utilidad que pueden dar es la de alcanzar esta gloria que alguna vez se obtiene si se las usa en las letras o en el conocimiento. Así, al igual que esos pobres que al estar, por algún accidente, mutilado o maltrecho de algún miembro, se las ingenian para convertir su infortunio en el mayor provecho que pueden, sirviéndose de él para despertar a través de la misericordia la generosidad de los hombres, mi parecer es que tú debes ingeniártelas para obtener a toda costa de tus cualidades el único bien, aun pequeño e incierto, que ellas pueden darte. Generalmente, se las tiene por beneficios y dones de la naturaleza, y a menudo quien carece de ellas las envidió a los pasados y presentes a quienes les tocaron en suerte.  Nada más contrario a lo sensato, como si alguien sano envidiara las calamidades del cuerpo de aquellos desgraciados a los que me refería; como si el daño de estas fuera digno de ser elegido libremente a cambio de la infeliz ganancia a la que dan a luz. Los demás se preocupan de obrar de acuerdo con lo que conceden los tiempos, y de gozar cuanto nuestra condición mortal comporta. Los grandes escritores, incapaces, por naturaleza o por costumbre de muchos placeres humanos, privados de otros muchos por voluntad, despreciados, no pocas veces, por la sociedad, a no ser por pocos que siguen sus mismos estudios, tienen destinada una vida similar a la muerte y una vida, si la obtienen, tras ser sepultados. Pero nuestro destino, adondequiera que él nos lleve, hay que seguirlo con ánimo fuerte y grande, cosa que se le pide sobre todo a tu virtud y a la de aquellos que se parecen a ti.

 

[7] Compuesto en Recanati, entre el 6 de julio y el 13 de agosto de 1824.

[8] ”Pausanias, lib. 2, cap. 20, p. 157.” (N. del A.)

[9] Baldassar Castiglione. “Lib. 1, ed. de Milán, vol. 1, p. 79.” (N. del A.)

[10] ”Montesquieu, Fragment sur le Goût: de la sensibilité.” (N. del A.)

[11] «Pobre y desnuda vas, Filosofía, Petrarca, parte 4, son. 1, La gula y el sueño.” (N. del A.)

[12]De senect.  cap. 23.” (N. del A.)

[13] “En Estobeo, ed. Gesner. Tigur. 1559, serm. 96, p. 529.” (N. del A.)

[14] Es este un fragmento del poema XL: Del griego Semónides de los Cantos, una versión realizada probablemente en 1823 o en 1824.

 [15]Somn. Scip. cap. 7” (N. del A.)

©Todos los derechos reservados. Desarrollado por Centro Informático Millenium