Página dedicada a mi madre, julio de 2020

XVI. DIÁLOGO DE CRISTÓBAL COLÓN Y DE PEDRO GUTIÉRREZ [39]

COLÓN. Hermosa noche, amigo.

GUTIÉRREZ. Hermosa de verdad y creo que, vista desde la tierra, será más hermosa.

COLÓN. Muy bien, también tú estás cansado de navegar.

GUTIÉRREZ. De navegar, exactamente, no; pero esta navegación me resulta más larga de lo que había creído y me aburre un poco. Sin embargo, no debes pensar que yo me queje de ti, como hacen los demás. Es más, ten por seguro que, en cualquier decisión que con respecto a este viaje tomes, te secundaré, al igual que antes, con todas mis fuerzas. Pero, ya que estamos hablando, quisiera que me declararas, con precisión y con toda sinceridad, si aún estás tan seguro, como lo estabas al principio, de encontrar tierra por esta parte del mundo; o si, después de tanto tiempo y tanta experiencia adversa, comienzas a dudar.

COLÓN. Si te hablo con lealtad, tal como se puede hacer con una persona amiga y discreta, confieso que he comenzado a dudar; sobre todo porque, en el viaje, algunas señales que me habían dado una gran esperanza han resultado vanas, como fue la de los pájaros que pasaron por encima de nosotros al venir de poniente, pocos días después de que partiéramos de la Gomera, y que yo consideré que eran indicio de que la tierra no estaba lejos. Del mismo modo he visto, día tras día, que el efecto no se ha correspondido con lo que yo había conjeturado y pronosticado, antes de que nos echáramos a la mar, acerca de las diversas cosas que nos ocurrirían, creía yo, en el viaje. Por ello, estoy pensando que, del mismo modo que estos pronósticos me han engañado, a pesar de que me parecieron casi ciertos, podría ser que fuera vana incluso la conjetura principal, a saber, que encontraríamos tierra al otro lado del océano. Es verdad que esta tiene fundamentos tales que, incluso si es falsa, me parecería, por una parte, que no se puede tener fe en ningún juicio humano, a no ser que consista totalmente en cosas que se ven en el presente y se tocan. Pero, por otro lado, considero que la práctica se aparta a menudo, es más, la mayor parte de las veces, de la especulación; y, por ello, me pregunto: ¿cómo puedes saber tú que cada parte del mundo se parece a las demás, de tal modo que, estando el hemisferio oriental ocupado en parte por la tierra y en parte por el agua, debas deducir que también el occidental está dividido entre esta y aquella?, ¿cómo puedes saber que no está totalmente ocupado por un mar único e inmenso?, ¿o que en lugar de tierra o en lugar de tierra y agua, no contiene también cualquier otro elemento? Supuesto que tenga tierras y mares, como el otro, ¿no podría darse que esté deshabitado, es más, que fuera inhabitable? Supongamos que no está menos deshabitado que el nuestro, ¿qué certeza tienes de que haya criaturas racionales, como en este? Y supuesto que las haya, ¿cómo estás seguro de que son hombres y no cualquier otro género de animales inteligentes? Y supuesto que sean hombres, ¿no serán muy diferentes de los que tú conoces, es decir, mucho más grandes, más gallardos, más diestros, dotados de mayor ingenio y espíritu, incluso más civilizados y más ricos en ciencias y en artes? Estas cosas estoy pensando. Y, en verdad, la naturaleza se ve adornada de tanto poder, y sus efectos son tan variados y múltiples, que no solo no se puede pensar con certeza en cuanto ella haya realizado y realice en lugares lejanísimos y totalmente desconocidos por nuestro mundo, sino que también podemos temer que uno se engaña muchísimo cuando estudia aquellos lugares de acuerdo con estos; y no sería inverosímil imaginar que las cosas del mundo desconocido, en parte o totalmente, son maravillosas y extrañas si las comparamos con las del nuestro. He aquí que nosotros vemos con nuestros propios ojos que la aguja, en estos mares, baja de la estrella no poco espacio hacia poniente, cosa novísima y hasta ahora inaudita para todos los navegantes; y para la cual no puedo encontrar una razón que me satisfaga, por mucho que reflexione. No quiero decir con todo esto que se deba prestar oídos a las fábulas de los antiguos sobre las maravillas del mundo desconocido y de este océano, como, por ejemplo, a la fábula de los países de los que habla Hannón, [40]  según la cual, de noche estaban llenos de llamas y de torrentes de fuego que iban a desembocar en el mar. Es más, vemos que hasta hoy han sido vanos todos los temores de milagros y de novedades espantosas que tenía nuestra gente en este viaje, como cuando vieron aquella cantidad de algas que parecía hacer del mar casi un prado y que nos impedía avanzar, y pensaron que habíamos llegado a los últimos confines del mar navegable. Solo quiero deducir de todo esto, y para contestar a tu pregunta, que, aunque mi conjetura se funde en argumentos muy probables, no solo según yo, sino también según muchos geógrafos, astrónomos y navegantes excelentes, con los cuales he dialogado, como sabes, en España, en Italia y en Portugal, puede suceder, sin embargo, que falle, porque, vuelvo a decírtelo, vemos que muchas conclusiones deducidas con los mejores razonamientos no se sostienen en la experiencia. Y esto sucede sobre todo cuando estas conclusiones pertenecen a cosas sobre las cuales se tiene poquísima luz.

GUTIÉRREZ. De modo que tú, en definitiva, has puesto tu vida y la de tus compañeros en manos de una simple opinión especulativa.

COLÓN. Así es, no lo puedo negar. Pero, dejemos de lado que los hombres, en todo momento, ponen su vida en peligro con fundamentos muchísimo más débiles y por cosas de poquísimo interés o incluso sin pensarlo, y piensa un poco. Si ahora tú y yo y todos nuestros compañeros no estuviéramos en estas naves, en medio de este mar, en esta soledad desconocida, en este estado, tan incierto y tan peligroso como se quiera considerar, ¿qué condición de vida tendríamos?, ¿en qué estaríamos ocupados?, ¿de qué modo pasaríamos estos días? ¿Quizás con más alegría?, ¿no estaríamos incluso más angustiados y preocupados, o bien aburridos? ¿Qué quiere decir un estado libre de incertidumbre y de peligro? Si se está contento y feliz, ese estado es preferible a cualquier otro; si se está aburrido e infeliz, no veo a qué otro no se pueda posponer. Yo no quiero recordar la gloria y la utilidad que alcanzaremos si la empresa sucede tal como esperamos. Aunque otro fruto no saquemos de esta navegación, me parece que ella es muy provechosa, en tanto que, durante un tiempo, nos ha mantenido lejos del aburrimiento, nos ha hecho amar la vida, nos ha hecho estimar muchas cosas que, de otro modo, ni siquiera tendríamos en consideración. Escriben los antiguos, como habrás leído u oído, que los amantes infelices, al arrojarse al mar desde la roca de Santa Maura (que entonces se llamaba Léucade), si quedaban ilesos, se libraban, gracias a Apolo, de la pasión amorosa. Yo no sé si se deba creer que ellos obtuvieran este don, pero sé bien que, después de haber salido del peligro, habrán amado, durante algún tiempo e incluso sin el favor de Apolo, la vida que antes odiaban, o que la habrán amado y apreciado más de lo que antes la amaran y apreciaran. Toda navegación es, a mi juicio, como un salto desde la roca de Léucade, y produce el mismo bien, pero más duradero del que aquel produciría, por lo cual es bastante superior. Generalmente, se cree que los hombres de mar y de guerra, al estar continuamente en peligro de muerte, estiman su vida menos que los demás la suya. Yo, en cambio, y por estas mismas razones, considero que de pocas personas es tan amada y apreciada la vida como lo es por los navegantes y por los soldados. ¡Cuántos bienes hay que no importan porque se tienen! ¡Cuántas cosas que ni siquiera tienen el nombre de bienes parecen muy agradables y muy preciosas a los navegantes, solo porque no las tienen! ¿Quién consideró nunca, entre los bienes humanos, el tener un poco de tierra en el que sostenerse? Nadie, excepto los navegantes, y mayormente nosotros que, por la gran incertidumbre sobre el resultado de este viaje, no tenemos deseo mayor que el de ver un pedacillo de tierra; este es el primer pensamiento que tenemos al despertar, con él nos dormimos; y, si alguna vez descubrimos desde lejos la cima de un monte o de un bosque o algo similar, no cabremos en nosotros mismos de la alegría; y, una vez vista la tierra, solo por el hecho de pensar que nos encontramos en suelo estable y que andamos aquí y allá y caminamos a nuestro gusto, nos consideraremos felices durante bastantes días.

GUTIÉRREZ.  Todo esto es verdad, tanto que si tu conjetura inicial resulta tan verdadera como es la justificación de haberla seguido, no podremos dejar de gozar esta felicidad un día u otro.

COLÓN. Yo creo, aunque no me atrevo a prometérmelo más con seguridad, que estamos a punto de gozarla bien pronto. Desde hace algunos días, el escandallo, como sabes, toca fondo, y la cualidad de aquella materia que arrastra me parece un buen indicio. Por la tarde, las nubes, alrededor del sol, se muestran de una forma y de un color diferentes a las de días anteriores. El aire, como puedes comprobar, es más dulce y tibio que antes. El viento no corre, como anteriormente, tan lleno, tan derecho ni constante, sino sobre todo incierto y vario y como si se viera interrumpido por algún obstáculo. Añade aquella caña que flotaba en el mar y que parecía estar cortada hacía poco tiempo, y aquella ramita de árbol con las bayas rojas y frescas. Incluso las bandadas de pájaros, aunque ya me engañaron una vez, ahora son tantas y tan grandes las que pasan, y se multiplican de tal modo día tras día, que pienso que puede ser un fundamento, sobre todo cuando se ve que se les han unido algunos pájaros que, por su forma, no me parecen marítimos. En suma, todas estas señales juntas, por mucho que yo quiera permanecer incrédulo, me tienen en un estado de expectativa grande y buena.

GUTIÉRREZ. Quiera Dios, esta vez, que esta se cumpla.

 

[39] Compuesto en Recanati, entre el 19 y el 25 de octubre de 1824.

[40]Peripl. en Geogr. graec. min. P.5” (N. del A.) La fuente a la que se refiere es el Periplo del navegante cartaginés Hannón (siglo V a. C.), fruto de una navegación por la costa del África occidental.

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