Página dedicada a mi madre, julio de 2020

XVII. ELOGIO DE LOS PÁJAROS [41]

Amelio,[42]  filósofo solitario, una mañana de primavera estaba leyendo sus libros sentado a la sombra de su casa en el campo; impresionado por el canto de los pájaros, se puso a escucharlos y a pensar, de modo que dejó de leer y, finalmente, comenzó a escribir y, en aquel mismo instante, escribió las cosas que siguen.

Son los pájaros, por naturaleza, las más alegres criaturas del mundo. No lo digo por el hecho de que, cuando los ves o los oyes, siempre te a alegran, sino que me refiero a ellos en sí mismos, queriendo decir que sienten más júbilo y alegría que ningún otro animal. A los demás animales se les ve comúnmente serios y graves, y muchos de ellos parecen melancólicos, raras veces dan señales de alegría y estas, cuando se dan, son pequeñas y breves; en la mayor parte de sus gozos y deleites, ni hacen fiestas ni dan muestras de estar contentos, pues, incluso si les placen los campos verdes, las vistas amplias y hermosas, la luminosidad espléndida, los aires cristalinos y dulces, no suelen manifestarlo; excepto las liebres, de las que se dice que, por la noche, cuando aparece la luna y, sobre todo, la luna llena, saltan y juegan juntas, deleitándose con su claridad, según escribe Jenofonte.[43]  Los pájaros se muestran generalmente, en sus movimientos y en sus hechos, contentísimos; y no de otra cosa procede esa virtud que tienen de alegrarnos con su vista, que del hecho de que sus formas y sus actos, universalmente, son tales que por naturaleza denotan habilidad y disposición especial para sentir gozo y contento: apariencia que no hay que considerar vana ni engañosa. Por cualquier deleite o contento que tengan, cantan; y cuanto mayor es el deleite o el contento, tanto más vigor y cuidado ponen en el canto. Y dado que cantan buena parte del tiempo, se deduce que ordinariamente están de buen ánimo y que gozan. Y aunque se ha observado que, cuando aman, cantan mejor y más a menudo y más largamente que nunca, no hay que creer por ello que a cantar los muevan otros deleites y otras alegrías añadidas a las del amor. Se ve claramente que, si el día es sereno y tranquilo, cantan más que si es oscuro y desapacible, y que callan, durante la tormenta, tal como hacen mientras sienten cualquier otro temor, y que, cuando aquélla ha pasado, vuelven afuera cantando y jugueteando los unos con los otros. Del mismo modo, se ve que tienen la costumbre de cantar por la mañana al despertarse; y que a ello los mueve, en parte, la alegría que les trae el nuevo día, en parte, el placer que encuentran generalmente todos los animales al sentirse reparados y reconstituidos por el sueño. Incluso se alegran sumamente con el gozoso verdor, con los valles fértiles, con las aguas puras y transparentes, con el hermoso paisaje. En esas cosas, es notable que lo mismo que a nosotros nos parece ameno y agradable, les parece a ellos, como se puede saber por cuanto disponemos para atraerlos a las redes y al visco, a las trampas y a los lazos. Se puede saber también por la condición de esos lugares del campo en los que ordinariamente hay más pájaros, y por su canto ferviente y continuo. Por el contrario, de los demás animales, a no ser quizás los que están domesticados y viven con los hombres, ninguno o pocos suelen sentir lo que sentimos nosotros sobre la amenidad y la gracia de los lugares. Y no hay por qué maravillarse, pues ellos se regocijan solo con lo natural. Aunque, en estas cosas, una grandísima parte de lo que llamamos natural no lo es, sino que es artificial, a saber, los campos labrados, los árboles y las otras plantas colocadas y cuidadas en orden, los ríos encañonados en límites precisos y en cierto curso, y cosas parecidas no tienen aquel estado ni aquella semblanza que tendrían si fueran naturales. De modo que la vista de cualquier región habitada por cualquier generación de hombres civilizados, incluso sin considerar las ciudades y los demás lugares en los que los hombres suelen reunirse, es artificial y muy diferente a lo que sería por naturaleza. Dicen algunos, y viene aquí a propósito, que la voz de los pájaros es más gentil y dulce, y el canto más modulado en nuestras regiones que en aquellas en las que los hombres son salvajes y toscos; y concluyen que los pájaros, incluso si son libres, toman un poco de la cultura de los hombres en cuyas viviendas suelen estar.

Si eso es verdad o no, no lo sé, pero ciertamente es notable disposición de la naturaleza haberle atribuido a un mismo género de animales el canto y el vuelo, de manera que aquellos que tenían que recrear a los demás seres vivos con su voz, estuvieran comúnmente en lugares altos, desde donde esta se expandiera en derredor por mayor espacio y llegara al mayor número de oyentes, y que el aire, que es el elemento destinado al sonido, estuviera poblado por criaturas vocales y musicales. Verdaderamente, mucho ánimo y deleite nos ofrece, y no menos, a mi parecer, a los demás animales, oír el canto de los pájaros. Y eso creo que nace principalmente no de la suavidad de los sonidos, por mucha que ella sea, ni de su variedad, ni de la armonía entre ellos, sino del significado de alegría que está contenido, por naturaleza, en el canto en general y, en particular, en el canto de los pájaros, el cual es, por decirlo de algún modo, una risa que el pájaro expresa cuando se siente bien y a gusto.

Así pues, se podría decir, de algún modo, que los pájaros participan del privilegio que tiene el hombre de reír, privilegio que no tienen los demás animales; y por ello, algunos pensaron que, del mismo modo que el hombre se define como ser inteligente o racional, se podría definir como ser que ríe, al parecerles que la risa no es menos propia y particular del hombre que la razón. Cosa ciertamente admirable es que en el hombre, la criatura más sufrida y miserable de cuantas existen, se encuentre la facultad de reír, ajena a todo otro animal. Más admirable es aún cómo usamos esta facultad: pues ríen muchos en un accidente horrible; otros en una gran tristeza, y otros, que casi no sienten ningún amor por la vida, convencidos de la vanidad de todos los bienes humanos, casi incapaces de sentir alegría, y privados de toda esperanza, también ríen. Es más, cuanto más conocen la vanidad de los bienes y la infelicidad de la vida, y cuanto menos esperan y menos capacitados están para gozar, más predispuestos suelen estar los hombres para reírse. Apenas se podría definir y explicar la naturaleza de la risa en general y los principios y modos íntimos con que afecta a los ánimos, a no ser diciendo que es una especie de locura no duradera, o bien un desatino y delirio. Pues los hombres, al no estar nunca satisfechos ni deleitados verdaderamente por cosa alguna, no pueden tener una causa para reírse que sea razonable o apropiada. Además, sería curioso investigar cuándo, dónde y en qué ocasión con más verosimilitud el hombre llegó a usar y a conocer esta facultad suya. No hay dudas de que, en la edad primitiva y salvaje, el hombre se muestra generalmente serio, como los demás animales, e incluso se le ve melancólico. Por eso, yo creo que la risa no solo apareció después del llanto, cosa que no se puede discutir, sino que tardó bastante tiempo en ser experimentada y vista por primera vez. Y durante aquel tiempo, ni la madre sonreía al niño, ni este la reconocía por su sonrisa, como dice Virgilio. Y si hoy, al menos donde la gente está civilizada, los hombres comienzan a reír poco después de haber nacido, lo hacen principalmente en virtud del ejemplo, porque ven que los demás ríen. Y creería que la primera ocasión y causa de la risa es la embriaguez, que es otra experiencia propia y particular del género humano. Esta tuvo origen mucho antes de que el hombre alcanzara ninguna clase de civilización, pues sabemos que no se encuentra ningún pueblo tan tosco, que no se haya proveído de alguna bebida o de alguna otra manera de embriagarse, y que no suela servirse de ella ávidamente. De estas cosas no hay que maravillarse, si consideramos que los hombres, dado que son mucho más infelices que los demás animales, se deleitan más que cualquier otro con cualquier descuidada enajenación de sus mentes, con el olvido de sí mismos, con la intermitencia, por decirlo de alguna manera, de la vida; pues, ya interrumpiendo, ya olvidando por algún tiempo el sentido y el conocimiento de sus propios males, reciben no poco beneficio. Y, por lo que se refiere a la risa, se ve que los hombres salvajes, aunque de aspecto serio y triste en los demás momentos, también en la embriaguez ríen con profusión, y hablan mucho y cantan, en contra de su costumbre. Pero estas cosas las trataré con más amplitud en una historia de la risa que tengo intención de hacer, en la cual, una vez que haya investigado su origen, narraré sus hechos, sus casos y su fortuna, desde entonces hasta el presente, momento en el cual goza de una dignidad y de un estado mayor que los que haya gozado nunca, pues en las naciones civilizadas ocupa tal lugar y desempeña tal función, que sustituye, en cierta medida, a la ejercida en otros tiempos por la virtud, por la justicia, por el honor y similares; y en otras cosas, refrena y aparta a los hombres de las malas acciones. Así, para concluir el tema del canto de los pájaros, digo que, aunque el regocijo que conocemos y vemos en los demás, cuando no lo envidiamos, suele confortarnos y alegrarnos, muy laudablemente la naturaleza dispuso que el canto de los pájaros, que es muestra de alegría y, especialmente, de risa, fuera público, mientras que el canto y la risa de los hombres, con respecto al resto de la creación, son privados; y sabiamente hizo que la tierra y el aire estuvieran llenos de animales que, durante todo el día y con sonoras y alegres voces, aplauden la vida universal e incitan a los demás seres a la alegría, ofreciendo continuos testimonios, aunque falsos, de la felicidad de las cosas.

Y que los pájaros son y se muestran más contentos que los demás animales no es sino por una gran razón. Pues, verdaderamente, como apunté al principio, tienen una naturaleza más apta para el placer y para ser felices. Primero, parece que no están sometidos al tedio. Cambian de lugar a cada instante, pasan de unos países a otros, tan lejanos como quieras, y de lo más bajo a lo más alto del aire, en poco tiempo y con facilidad admirable; ven y sienten que en la vida las cosas son infinitas y muy diversas; ejercitan continuamente su cuerpo, y tienen, sobre todo, una rica vida exterior. A los demás animales, una vez que han satisfecho sus necesidades, les gusta quedarse quietos y ociosos; ninguno, a no ser los peces y algunos insectos voladores, camina mucho solo por pasear. Así, el hombre salvaje apenas acostumbra a caminar, a no ser para satisfacer cada día sus necesidades, las cuales requieren poco y breve trabajo, o bien porque la tormenta o alguna fiera u otra razón lo expulsen; le gusta principalmente el ocio y el abandono, y casi consume sus días enteros sentado perezosamente y en silencio en sus pequeñas cabañas deformes, o al aire libre, o en las oquedades y en las cavernas de las rocas y de las piedras. Los pájaros, por el contrario, muy poco tiempo están en un mismo lugar, pues van y vienen sin necesidad alguna, solo por placer; y algunas veces, tras haber volado por diversión a un país que dista cientos de millas del país en el que suelen vivir, el mismo día, al atardecer, vuelven a recogerse a su lugar. Incluso durante el breve espacio de tiempo que permanecen en un lugar, nunca se los ve quietos, sino que siempre van de acá para allá, siempre dan vueltas, se inclinan, se adelantan, bajan, se agitan, con esa viveza, esa agilidad, esa rapidez de movimientos indecibles. En definitiva, el pájaro, desde que sale del huevo y hasta que muere, salvo en los intervalos del sueño, no se detiene ni un momento. Con estas consideraciones, se podría afirmar que naturalmente el estado habitual de los demás animales, comprendidos los hombres, es la quietud; el de los pájaros, el movimiento.

Con estas sus cualidades y condiciones externas se corresponden las internas, es decir, las del ánimo, por las cuales también están mejor dispuestos para la felicidad que los demás animales. Teniendo el oído agudísimo y la vista eficiente y perfecta, tanto, que difícilmente nos podemos hacer una idea justa, gozan durante todo el día de inmensos y variadísimos espectáculos; y desde lo alto descubren, a un mismo tiempo, mucho espacio de tierra, y claramente reconocen muchos países, tantos, cuantos ni siquiera mentalmente el hombre puede abarcar de una vez; de ello se infiere que deben de tener una grandísima fuerza y vivacidad y una grandísima imaginación. No aquella imaginación profunda, fervorosa y atormentada que tuvieron Dante y Tasso, la cual es muy funesta dote y principio de preocupaciones y angustias gravísimas y perpetuas, sino la imaginación rica, variada, ligera, inestable e infantil, la cual es una abundantísima fuente de pensamientos amenos y gozosos, de dulces errores, de variados deleites y consuelos, y el mayor y más fructífero don que la naturaleza pueda ofrecer a los seres vivos. Por tanto, los pájaros tienen de esta facultad, en gran abundancia, lo bueno y lo beneficioso para el regocijo del ánimo, sin participar, sin embargo, de lo nocivo y penoso. Y así como abundan en vida exterior, también tienen una rica vida interior, pero de tal modo que tal abundancia les resulta beneficiosa y deleitable, como en los niños, y no muy dañina y muy mísera, como en los hombres. Por ello, si el pájaro guarda con el niño una semejanza manifiesta en cuanto a la vivacidad y la movilidad externas, también es razonable que la guarde en cuanto a las cualidades anímicas. Si los bienes de esta edad fueran comunes a las demás edades y las desgracias de estas no fueran mayores a los de aquella, quizás el hombre tendría razón para sobrellevar la vida con paciencia.

En mi opinión, la naturaleza de los pájaros, si la consideramos de acuerdo con ciertas perspectivas, supera en perfección a la de los demás animales. A modo de ejemplo, si consideramos que el pájaro supera a los demás en las facultades de ver y de oír, que, según el orden natural correspondiente al género de las criaturas animadas, son las facultades principales, se deduce que la naturaleza del pájaro es más perfecta que la de las demás criaturas de dicho género. Es más, al estar los demás animales, como se ha dicho arriba, inclinados a la quietud, y los pájaros al movimiento; y al ser el movimiento algo más vivaz que la quietud, es más, si la vida es movimiento y los pájaros gozan de más abundante movimiento exterior que ningún otro animal; y si a ello le añadimos que la vista y el oído, en los que exceden a los demás animales, , son los sentidos que sobresalen entre sus facultades, y son los sentidos esenciales de los seres vivos, los más vivaces y dinámicos, tanto en sí mismos como por las costumbres y otros efectos que brindan a la vida exterior e interior del animal; y, finalmente, teniendo en cuenta todas las cosas dichas antes, se concluye que el pájaro tiene una vida exterior e interior más rica que la de los demás animales. Asimismo, si la vida es más perfecta que su contrario, al menos en los seres vivos, y si, por ello, la mayor vitalidad es señal de mayor perfección, también de esto se infiere que la naturaleza de los pájaros es más perfecta. Y, por ello, no hay que silenciar que los pájaros de igual modo pueden soportar mejor el frío o el calor más extremados, incluso si pasan del uno al otro en brevísimo intervalo de tiempo: pues vemos frecuentemente que desde la tierra, en un instante, se levantan por el aire hasta una parte altísima, que es como decir a un lugar extremadamente frío; y muchos de ellos, en breve espacio de tiempo, atraviesan volando diversos climas.

En fin, así como Anacreonte deseaba transformarse en espejo para ser mirado continuamente por aquella que él amaba, o en falda para cubrirla, o en ungüento para ungirla, o en agua para lavarla, o en corsé para que ella lo estrechara a su seno, o en perla para que lo llevara al cuello, o en zapato para que ella, al menos, lo oprimiera con el pie, del mismo modo yo quisiera, durante un poco de tiempo, convertirme en pájaro para sentir aquel contento y regocijo de su vida.

 

[41] Compuesto en Recanati, entre el 29 de octubre y el 5 de noviembre de 1824.

[42] Sobrenombre de Gentiliano (siglo III a. C.), filósofo discípulo de Plotino. Este sobrenombre significa ´que no tiene preocupaciones`. Según Ruffilli, la elección de este nombre se adecua a la atmósfera de plácida alegría en la que viven los pájaros en este Elogio.

[43]Cyneget. Cap. 5, & 4” (N. del A.)

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