Página dedicada a mi madre, julio de 2020

XVIII. CÁNTICO DEL GALLO SILVESTRE [44]

Afirman algunos maestros y escritores hebreos que entre el cielo y la tierra, es decir, una mitad en uno y la otra mitad en la otra, vive un cierto gallo salvaje que está con los pies en la tierra y toca con la cresta y con el pico el cielo. Este gallo gigante, además de otras particularidades que de él se pueden leer en los autores aludidos, tiene uso de razón o, ciertamente, como un papagayo ha sido amaestrado no sé por quién para proferir palabras como un hombre, pues se ha hallado en un pergamino antiguo, escrito con grafía hebrea y en una lengua entre caldea, targúmica, rabínica, cabalística y talmúdica, un cántico titulado Scir detarnegòl bara letzafra, es decir, Cántico matutino del gallo silvestre, el cual, no sin una gran fatiga e interrogando a más de un rabino, cabalista, teólogo, jurisconsulto y filósofo hebreo, he llegado a entender y a traducir a la lengua vulgar, como aquí se ve. No he podido por ahora comprender si este Cántico lo repite el gallo de tiempo en tiempo, o todas las mañanas, o bien fue cantado una sola vez, ni quién lo oye, ni quién lo ha oído, ni si dicha lengua es la del gallo o si el Cántico ha sido traducido de otra lengua. Por lo que se refiere a esta traducción infrascrita, para que fuera lo más fiel posible (y en ello me he esforzado sobremanera), me pareció que era mejor usar la prosa que el verso, aunque poética. El estilo interrumpido, y quizás alguna vez hinchado, no debe serme imputado, pues es conforme al original, el cual se corresponde con el uso de las lenguas y, sobre todo, de los poetas de Oriente.

Arriba, mortales, despertad. El día renace: vuelve la verdad a la tierra y se marchan las imágenes vanas. Surgid, tomad la carga de la vida, volved del mundo falso al verdadero.

Cada uno en este tiempo recoge y recorre con el ánimo todos los pensamientos de su vida presente, trae a la memoria los propósitos, las preocupaciones y los quehaceres, se propone deleites y afanes que han de venir a lo largo del nuevo día. Y cada uno, en este momento, está más deseoso que nunca de encontrar, incluso en su mente, expectativas alegres y dulces pensamientos. Pero pocos están satisfechos con este deseo: para todos, el despertar es un daño. El miserable, aún no ha despertado, y ya le vuelve a las manos la infelicidad. Dulcísima cosa es aquel sueño para cuya conciliación concurrió alegría o esperanza. La una y la otra, hasta el despertar del día siguiente, se conservan enteras e intactas; pero, llegado este, o falta o se debilita.

Si el sueño de los mortales fuera perpetuo y lo mismo que la vida; si, bajo el astro del día que languidece por la tierra en profundísima quietud a todos los seres vivos, no apareciera obra alguna; si no se propagara mugido de bueyes por los prados, ni estrépito de fieras por los bosques, ni canto de pájaros por el aire, ni susurros de abejas o de mariposas por los campos; si no surgiera en ningún lugar voz ni movimiento alguno, a no ser el de las aguas, el del viento y el de las tormentas, ciertamente el universo sería inútil, pero ¿quizás se encontraría en él menos felicidad o más miseria de la que hoy se encuentra? Yo te lo pregunto a ti, oh, sol, autor del día y señor del despertar: a lo largo de los siglos, distinguidos y consumidos hasta hoy por ti, que surges y caes, ¿viste tú alguna vez un solo ser vivo que fuera feliz? De las obras innumerables de los mortales que has visto hasta ahora, ¿crees que al menos una alcanzó su finalidad, o sea, la satisfacción, durable o transitoria, de la criatura que la realizó? Es más, ¿ves ahora o viste tú alguna vez la felicidad dentro de los confines del mundo?, ¿en qué campo reside, en qué bosque, en qué montaña, en qué valle, en qué país habitado o desierto, en qué planeta de entre todos aquellos que con tus rayos iluminas y calientas? ¿Quizás se esconde de tu mirada y reside en la sima de las cuevas o en la profundidad de la tierra o del mar? ¿Qué cosa animada participa de ella, qué planta o qué otro ser que tú vivifiques, qué criatura provista o desprovista de virtud vegetativa o animal? Y tú mismo, tú, que como un gigante incansable, velozmente, día y noche, sin sueño ni descanso, recorres el ilimitado camino que te está prescrito, ¿eres feliz o infeliz?[45]

Mortales, despertad. Aún no os habéis librado de la vida. Llegará el día en que ninguna fuerza extraña, ningún movimiento interior os sacuda de la quietud del sueño, sino que en ella siempre e insaciablemente reposaréis. Aún no se os ha concedido la muerte; solo de vez en cuando y por poco espacio de tiempo, se os consiente algo semejante a ella: pues la vida no podría conservarse si no es interrumpida frecuentemente. Una gran falta de este sueño breve y caduco es un mal mortífero, y causa de sueño eterno. Tal es la vida, que, para soportarla, es necesario de vez en cuando, abandonándola, retomar un poco de aliento y reponerse con el gusto y con una partícula de la muerte.

Parece que la esencia de las cosas tiene su propia y única finalidad en el morir. No pudiendo morir lo que no existe, es de la nada de donde brotó cuanto existe. Ciertamente, la última causa del ser no es la felicidad, pues ninguna cosa es feliz. Verdad es que las criaturas animadas se proponen este fin en cada una de sus obras, pero de ninguna la obtienen; y a lo largo de toda su vida, ingeniándoselas, trabajando y penando siempre, no sufren por otra cosa, ni se cansan, sino para alcanzar este único fin de la naturaleza, que es la muerte.

De todos modos, la primera parte del día suele ser para los mortales la más soportable. Pocos, al despertar, encuentran en sus mentes imágenes deleitosas y alegres, pero casi todos las producen y las forman en ese instante, pues los ánimos, a esa hora, aun sin una materia especial y determinada, se inclinan sobre todo a la alegría o están dispuestos más que a cualquier otra hora a soportar los males. Por ello, si alguno, cuando fue invadido por el sueño, se encontraba dominado por la desesperación, al despertar, acepta nuevamente en su ánimo la esperanza, aunque esta no le afecte de ningún modo. Muchos infortunios y sufrimientos, muchas causas de temor y de preocupación, a esa hora, parecen bastante menores de lo que parecieron la noche anterior. A menudo, incluso, las angustias del día pasado resultan despreciables y, por poco, casi risibles, como si hubieran sido el efecto de errores o de vanas imaginaciones. La noche es comparable a la vejez; por el contrario, el principio de la mañana se parece a la juventud, pues este momento consuela y conforta; y la noche es triste, apocada e inclinada a esperar el mal. Pero, al igual que la juventud de la vida entera, la que los mortales sienten cada día es brevísima y huidiza, y rápidamente incluso el día se reduce para ellos a la vejez.

La flor de los años, aunque es lo mejor de la vida, es, sin embargo, algo pobre. Y además, incluso este escaso bien falta en tan poco tiempo, pues cuando el ser vivo se da cuenta, a través del mayor número de señales, del declinar de su propio ser, apenas ha experimentado la perfección, ni ha podido sentir ni conocer plenamente sus propias fuerzas, que ya merman. En cualquier género de criaturas mortales, la mayor parte del vivir es un languidecer. Pues tanto, en cada una de sus obras, la naturaleza tiende y se dirige a la muerte: no por otra razón la vejez prevalece tan manifiesta y abundantemente en la vida y en el mundo. Cada parte del universo se apresura infatigablemente hacia la muerte, con solicitud y celeridad admirables. Solo el universo mismo parece inmune a la decadencia y al abatimiento; pues, si en el otoño y en el invierno se muestra casi enfermo y viejo, no menos rejuvenece en la estación nueva. Pero, al igual que los mortales que, aunque al principio de cada día recuperan parte de la juventud, envejecen cada día y, finalmente, se extinguen, también el universo, aunque al principio de cada año rejuvenece, continuamente envejece. Y llegará la hora en que el universo y la naturaleza misma se apagarán. Del mismo modo que de grandísimos reinos e imperios humanos y de sus maravillosas empresas, que fueron famosísimas en otras edades, no queda hoy señal ni fama alguna, de igual modo del mundo entero y de las infinitas vicisitudes y calamidades de las cosas creadas no quedará ningún vestigio, sino un silencio desnudo, y una quietud altísima que llenarán el inmenso espacio. Así, este arcano admirable y espantoso de la existencia universal, antes de ser explicado ni entendido, se desvanecerá y se perderá.

 

[44] Compuesto en Recanati, entre el 10 y el 16 de noviembre de 1824.

[45] «Al igual que un buen número de gentiles y de cristianos antiguos, también muchos judíos (entre ellos, Filón de Alejandría y el rabino Mosén Maimónides) creyeron que el sol y los planetas tenían alma y vida.» (N. del A.)

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