Página dedicada a mi madre, julio de 2020

V. DIÁLOGO DE UN DUENDE Y DE UN GNOMO [29]

DUENDE. ¿Oh, aquí estás tú, hijo de Sabacio? [30] ¿Adónde vamos?

GNOMO. Mi padre me ha enviado a indagar qué diablo están maquinando estos truhanes de los hombres; porque está muy preocupado, pues desde hace tiempo ni nos molestan, ni se ve a uno de ellos en todo su reino. Teme que estén preparando algo en su contra, a no ser que hayan vuelto a vender y a comprar con ovejas, y no con oro y plata, o que los pueblos civilizados se contenten con billetitos en lugar de monedas, como han hecho otras veces, o con cuentas de vidrio, como hacen los bárbaros, o que hayan sido restauradas las leyes de Licurgo, lo que le parece menos verosímil.

DUENDE. Los esperáis en vano; han muerto todos, decía el final de una tragedia en la que morían todos los personajes.

GNOMO. ¿Qué quieres decir?

DUENDE. Quiero decir que todos los hombres han muerto, que se ha perdido su especie.

GNOMO. Oh, esto es cosa de gacetas. Pero, hasta ahora, no se ha visto que hablen de ello.

DUENDE. Estúpido, ¿no te das cuenta de que, muertos los hombres, ya no se imprimen gacetas?

GNOMO. Es verdad.  Y ahora, ¿cómo haremos para saber las nuevas del mundo?

DUENDE. ¿Qué nuevas?, ¿que el sol ha salido o se ha puesto, que hace frío o calor, que aquí o allí ha llovido o ha nevado o ha azotado el viento? Porque, al faltar los hombres, la fortuna se ha quitado la venda y, con las gafas puestas y con la rueca colgada de un clavo, está con las manos en cruz, sentada, mirando las cosas del mundo sin meter más las manos. Ya no se encuentran ni reinos ni imperios que se inflen y estallen como burbujas, pues todos se han perdido, no hay guerras y todos los años se parecen los unos a los otros como un huevo a otro huevo.

GNOMO. Ni siquiera se podrá saber a cuánto estamos de mes, porque ya no se editarán lunarios.

DUENDE. Eso no será una desgracia, pues la luna no va a equivocarse de camino por eso.

GNOMO. Y los días de la semana ya no tendrán nombres.

DUENDE. ¿Y qué?, ¿tienes miedo de que no vengan si no los llamas por sus nombres?, ¿o quizás crees que, una vez que hayan pasado, van a volver si tú los llamas?

GNOMO. Y no se podrá llevar la cuenta de los años.

DUENDE. Así nos haremos pasar por jóvenes incluso si pasa el tiempo; y, al no contar el tiempo pasado, nos preocuparemos menos de él; y, cuando seamos viejísimos, no nos quedaremos esperando la muerte día tras día.

GNOMO. Pero ¿cómo han desaparecido esos granujas?

DUENDE. Una parte, haciéndose la guerra; otra, navegando; otra, comiéndose el uno al otro; otra, que no estaba formada por pocos, matándose con sus propias manos; otra, empapándose de ocio; otra, exprimiéndose el cerebro con los libros; otra, estando de francachela y enredando en mil cosas, y otra, finalmente, estudiando todas las maneras para atentar contra su propia naturaleza y acabar mal.

GNOMO. De todos modos, yo no logro entender cómo toda una especie de animales se puede perder de raíz, como tú dices.

DUENDE. Tú, que eres maestro en geología, deberías saber que el caso no es nuevo, y que varias clases de animales que existieron antes ya no existen, excepto unas pocas osamentas petrificadas. Y cierto es que aquellas pobres criaturas, tal como te decía antes, no se sirvieron de tantos artificios como los hombres para buscar su perdición.

GNOMO. Será como dices. Desearía que uno o dos de esa chusma resucitaran para saber lo que pensarían cuando vieran que las demás cosas, aunque el género humano haya desaparecido, aún viven y se comportan como antes, mientras que ellos creían que todo el mundo había sido hecho y mantenido para ellos solos.

DUENDE. Y no querían entender que está hecho y mantenido para los duendes.

GNOMO. Tú desvarías verdaderamente, si hablas en serio.

DUENDE. ¿Por qué?, hablo muy en serio.

GNOMO. Vamos, bufoncillo, vamos. ¿Quién no sabe que el mundo está hecho para los gnomos?

DUENDE. ¿Para los gnomos, que están siempre bajo tierra? ¡Oh, oír esto sí que es bueno! ¿Qué tienen que ver con los gnomos el sol, la luna, el aire, el mar y los campos?

GNOMO. ¿Qué tienen que ver con los duendes las cuevas de oro y de plata y todo el interior de la tierra, a no ser la primera piel?

DUENDE. Bueno, bueno, tengan o no que ver, dejemos esta disputa, que yo estoy seguro de que incluso las lagartijas y los mosquitos se creen que todo el mundo se ha hecho aposta para que se sirvan de él sus propias especies. Así que cada uno se quede con su opinión, pues nadie se la quitaría de la cabeza; y, por mi parte, te digo solo esto, que, si yo no hubiera nacido duende, me desesperaría.

GNOMO. Lo mismo me sucedería a mí, si no hubiera nacido gnomo. Me gustaría saber lo que dirían los hombres de su presunción, por la cual, entre otras cosas que le hacían a este o a aquel, penetraban a mil brazas bajo tierra y nos robaban, a la fuerza, nuestras cosas, diciendo que le pertenecían al género humano y que la naturaleza se las había escondido y sepultado allá abajo para burlarse, queriendo saber si las encontrarían y las subirían hasta fuera.

DUENDE. No hay que maravillarse de esto. No solo se persuadían de que las cosas del mundo tenían el único objeto de estar a su servicio, sino que consideraban que todo junto, comparado con el género humano, era una bagatela. Y, por ello, a sus propias experiencias las llamaban revoluciones del mundo, a las historias de su gente, historias del mundo, aunque se podrían contar, aun dentro de los límites de la tierra, quizás tantas otras especies, no digo de criaturas, sino solo de animales, como de cabezas de hombres vivos, animales que, hechos expresamente para uso de ellos, no se daban cuenta nunca, sin embargo, de que el mundo se revolviera.

GNOMO. ¿También los mosquitos y las pulgas estaban hechos para beneficio de los hombres?

DUENDE. También.  Para ejercitarse en la paciencia, decían ellos.

GNOMO. Verdaderamente les faltaba ocasión de ejercitar la paciencia, a no ser por las pulgas.

DUENDE.  Y los cerdos, según Crisipo,[31] eran pedazos de carne preparados por la naturaleza justo para ser cocinados y almacenados por los hombres; y para que no se pudrieran, condimentados con la vida, en lugar de sal.

GNOMO. Pues yo, por el contrario, creo que si Crisipo hubiera tenido en el cerebro un poco de sal, en lugar de vida, no habría creído tal despropósito.

DUENDE.  También esta es graciosa: infinitas especies de animales nunca fueron vistas ni conocidas por sus dueños los hombres, bien porque viven en lugares en los que estos no pusieron nunca el pie, bien porque son tan pequeñas, que ellos no llegaron de ningún modo a descubrirlas. Y de muchísimas otras especies no se dieron cuenta hasta casi el final. Algo parecido se puede decir de las plantas y de otras mil cosas. De igual modo, de vez en cuando, gracias a sus catalejos, se percataban de alguna estrella o algún planeta que, hasta entonces, durante miles y miles de años no habían sabido que existieran, y, de pronto, los anotaban entre sus pertenencias, porque imaginaban que las estrellas y los planetas eran, por así decirlo, velillas plantadas allí en lo alto para iluminar a sus señorías cuando, por las noches, tenían gran faena.

GNOMO. De tal modo que, cuando durante el verano veían caer del cielo aquellas llamitas que algunas noches suelen caer por el aire, habrán dicho que algún espíritu iba quitándoles el moco a las estrellas para hacerles un servicio a los hombres.

DUENDE. Pero, ahora que han desaparecido todos, la tierra no siente que le falte nada, y los ríos no están cansados de correr y, aunque ya no sirva para la navegación ni el tráfico, no vemos que el mar se seque.

GNOMO. Y las estrellas y los planetas no han dejado de salir y ponerse, ni se han vestido de luto.

DUENDE. Ni el sol se ha enlucido la cara con orín, como hizo, según Virgilio, [32] por la muerte de César, de la cual, creo yo, se preocupó tanto como la estatua de Pompeyo. [33]

 

[29] Compuesto en Recanati, entre el 2 y el 6 de marzo de 1824. Entre 1820 y 1822, Leopardi redactó dos esbozos – Diálogo entre dos animales. P.E. un caballo y un toro y Diálogo entre un caballo y un buey – que son el precedente de esta obra.

[30] Dios frigio-tracio, identificado con Dionisio debido a los ritos de carácter orgiástico con que era venerado.

[31] “ ´Sus vero quid habet praeter escam? cui quidem, ne putisceret, animam ipsam, pro sale, datam dicit esse Chrisippus.` Cicerón, De natura deorum, lib. 2, cap. 64.” (N. del A.)

[32] Geórgicas, I, 466-467: » Él, también, se compadeció de Roma, cuando, tras haber sido asesinado César, cubrió de oscura herrumbre su límpida faz» (Bucólicas. Geórgicas, trad. de Alfonso Cuatrecasas, Planeta, Barcelona, 1988, pág. 83)

[33] El sol sintió por la muerte de César, tanta indiferencia como sintió la estatua de Pompeyo, junto a la cual fue asesinado; y siente, por la desaparición del género humano, la misma indiferencia que sienten los demás elementos del universo.

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