Página dedicada a mi madre, julio de 2020

IX. LA APUESTA DE PROMETEO [56] 

El año ochocientos treinta y tres mil doscientos sesenta y cinco del reinado de Júpiter, la academia de las Musas publicó e hizo pegar, en los lugares públicos de la ciudad y de las aldeas de Hipernéfelo,[57] diversas cédulas en las que invitaba a todos los Dioses mayores y menores y a los demás habitantes de dicha ciudad que, ya recientemente, ya en la antigüedad, hubieran realizado una loable invención, a que la propusieran con una experimentación, con un modelo o por escrito, a algunos jueces elegidos de dicha academia. Y, excusándose de que, debido a su conocida pobreza, no se podía mostrar tan liberal como hubiera querido, prometía como premio, a aquel cuyo hallazgo fuera juzgado el más hermoso o el más fructífero, una corona de laurel, con el privilegio de poder llevarla en la cabeza día y noche, en privado y en público, en la ciudad y fuera de ella, y de poder ser pintado, esculpido, fundido, representado de cualquier modo y con cualquier materia, con la distinción de esa corona alrededor de la cabeza.

Concurrieron a este premio no pocos celestes por pasatiempo, lo cual no es menos necesario para los habitantes de Hipernéfelo que para los de otras ciudades; y sin ningún deseo deseo de la corona, que no valía ni lo que vale una gorra de estopa; y por lo que se refiere a la gloria, si los hombres, desde que se han hecho filósofos, la desprecian, ya podemos conjeturar en qué estima la tendrán los Dioses, que son mucho más sabios que los hombres, es más, los únicos sabios, según Pitágoras y Platón. Por tanto, ejemplo único y hasta entonces inaudito en similares casos de recompensas propuestas a los más merecedores, este premio fue adjudicado sin que intervinieran ni ruegos de favor, ni promesas ocultas, ni artificios. Y tres fueron los vencedores, a saber, Baco por la invención del vino, Minerva por la del aceite, necesario para las unciones que los Dioses acostumbran a hacer diariamente después del baño, y Vulcano por haber fabricado una olla de cobre, tipo económico, que sirve para cocer cualquier cosa con poco fuego y con rapidez. Así, al tenerse que dividir el premio en tres partes, le tocó a cada uno una ramita de laurel, pero los tres rechazaron tanto la parte como el todo. Vulcano alegó que, al estar la mayor parte del tiempo junto al fuego en la fragua, con fatiga y sudor, le resultaría muy inoportuno ese estorbo en la cabeza; además de que lo pondría en peligro de chamuscarse o quemarse, si por casualidad una chispa se pegaba a esas hojas secas y metía fuego. Minerva dijo que, al tener que llevar en la cabeza un yelmo, como escribe Homero, [58] tan grande que puede cubrir a los ejércitos de cien ciudades juntos, no le convenía de ningún modo aumentar ese peso. Baco no quiso cambiar su diadema y su corona de pámpanos por la de laurel, aunque la habría aceptado de grado, si se le hubiera permitido colocarla, como insignia, fuera de su taberna; pero las Musas no consintieron dársela para eso, de modo que se quedó en el erario público.

Ninguno de los competidores de este premio sintió envidia por los tres Dioses que lo habían conseguido y rechazado, ni se dolió de los jueces, ni criticó la sentencia, excepto uno, que fue Prometeo, que había participado en el concurso enviando un modelo de barro que había hecho y preparado para formar a los primeros hombres, al que adjuntó un escrito en el que exponía las cualidades y los servicios del género humano, y que había sido inventado por él. Despertó no poca maravilla el malestar mostrado por Prometeo en un caso que todos los otros,  tanto vencedores como vencidos, se habían tomado como un juego; por ello, tras haber sido investigada la causa, se supo que él deseaba intensamente no ya el honor, sino el privilegio que habría obtenido con la victoria. Algunos piensan que tenía la intención de protegerse con el laurel de las tormentas, como se cuenta de Tiberio, que, cada vez que oía tronar, se ponía la corona, considerando que el laurel no puede ser herido por los rayos.[59] Pero, en la ciudad de Hipernéfelo, ni caen rayos ni truena. Otros, con más credibilidad, afirman que Prometeo, a causa de los años, comenzó a perder los cabellos, desventura que, al soportarla, como les sucede a muchos, de muy mala gana, y al no haber leído las alabanzas a la calvicie escritas por Sinesio,[60] o al no estar resignado, que es lo más creíble, quería ocultar bajo la diadema, como César dictador, la desnudez de su cabeza.

Pero volviendo a la narración, un día como otro, mientras Prometeo conversaba con Momo, se lamentaba ásperamente de que el vino, el aceite y las ollas hubieran sido antepuestos al género humano, del que decía que era la mejor obra de los inmortales que había en el mundo. Y, al parecerle que no convencía lo suficiente a Momo, pues este aducía no sé qué razones contrarias, le propuso que, juntos, descendieran a la tierra y visitaran al azar el primer lugar de cada una de las cinco partes de esta que observaran que estaba habitado por los hombres. Y para ello hicieron primero esta apuesta: si, en los cinco lugares o en la mayor parte de ellos, encontrarían o no evidentes argumentos de que el hombre es la más perfecta criatura del universo. Aceptado esto por Momo, y acordada la cuantía de la apuesta, descendieron sin más tardanza a la tierra, dirigiéndose en primer lugar al Nuevo Mundo, como a aquel que, por su mismo nombre y porque hasta entonces en él no había puesto el pie ningún inmortal, despertaba más su curiosidad. Detuvieron el vuelo en la región de Popaian, en la parte septentrional, no muy lejos del río Cauca, en un lugar en el que aparecían muchas señales de la presencia humana: huellas de cultivo por el campo; muchos senderos, aunque truncados en muchas partes y, generalmente, obstruidos; árboles talados y derribados y, particularmente, lo que parecían sepulturas y, a trechos, algunos huesos de hombre. Pero no por eso los dos celestiales, a pesar de poner oídos y aguzar la vista, pudieron oír una voz ni descubrir una sombra de hombre vivo. Continuaron, en parte caminando, en parte volando, a lo largo de muchas millas, atravesando montes y ríos, y encontrando, por todas partes, las mismas señales y la misma soledad. “¿Cómo es que están ahora desiertas estas regiones, a pesar de que muestran claramente que han estado habitadas?”, le decía Momo a Prometeo. Este recordó las inundaciones del mar, los terremotos, los temporales, las lluvias torrenciales que sabía que eran habituales en las regiones cálidas; y, verdaderamente, en ese mismo momento escuchaban, desde todas las espesuras cercanas, las ramas de los árboles que, agitadas por el viento, dejaban caer agua continuamente. Sin embargo, Momo no entendía cómo podía estar sometida esa región a las inundaciones del mar, que estaba tan lejos, que ni siquiera se veía nada de él desde ninguna parte; y menos entendía por qué razón los terremotos, los temporales y las lluvias tendrían que haber destruido a todos los hombres de la región, y no a los jaguares, a los monos, a los osos hormigueros, a las zarigüeyas, a las águilas, a los papagayos y a otras cien especies de animales terrestres y voladores que estaban por esos alrededores. Al final, al bajar a un valle inmenso, descubrieron, por decirlo así, un pequeño grupo de casas o cabañas de madera, cubiertas de hojas de palmera y rodeada cada una de ellas por un cerco a modo de vallado, delante de una de las cuales había muchas personas, unas en pie y otras sentadas, alrededor de una vasija de arcilla puesta al fuego. Se acercaron los dos celestiales tras adoptar forma humana, y Prometeo, habiéndolos saludado cortésmente a todos y dirigiéndose a uno que daba señales de ser el principal, le preguntó: «¿Qué hacemos?»

SALVAJE. Comemos, como ves.

PROMETEO. ¿Qué ricos alimentos tenéis?

SALVAJE. Esta poca carne.

PROMETEO. ¿Carne doméstica o salvaje?

SALVAJE. Doméstica, es más, es la de mi hijo.

PROMETEO. ¿Tienes por hijo a un ternero, como Pasífae?

SALVAJE. A un ternero, no, sino a un hombre, como tuvieron los demás.

PROMETEO. ¿Hablas en serio?, ¿te comes tu propia carne?

SALVAJE. La mía, no, sino la de este, a quien, con esta única intención, puse en el mundo y procuré alimentarlo.

PROMETEO. ¿Con la intención de comértelo?

SALVAJE. ¿Qué te maravilla? También a la madre, que ya no sirve para hacer más hijos, pienso comérmela pronto.

MOMO. Tal como nos comemos a la gallina después de los huevos.

SALVAJE. Y a las demás mujeres que tengo, en cuanto no sirvan para parir, me las comeré de igual modo. Y a estos esclavos míos que veis, ¿los dejo vivir acaso a no ser para recibir, de vez en cuando, a sus hijos y comérmelos? Pero, en cuanto envejezcan, me los comeré también a ellos, uno a uno, si por entonces estoy vivo. [61]

PROMETEO. Dime, estos esclavos, ¿son de tu misma nación o de otra?

SALVAJE. De otra.

PROMETEO. ¿Muy lejana?

SALVAJE. Lejanísima, tanto que entre sus casas y las nuestras corría un riachuelo.

Y señalando una pequeña colina, añadió: «Mira, allí estaba, pero los nuestros la han destruido».[62]  En esto, le pareció a Prometeo que no sé cuántos de ellos lo estaban mirando con una mirada amorosa, como mira el gato al ratón, así que, para no ser comido por sus propias criaturas, levantó de inmediato el vuelo, y lo mismo hizo Momo, y fue tanto el temor que sintieron ambos, que, al marcharse, corrompieron la comida de los bárbaros con esa suerte de inmundicia que las harpías  liberaron, por envidia, en las mesas troyanas.[63] Pero estos, más famélicos y menos escrupulosos que los compañeros de Eneas, siguieron con su almuerzo; y Prometeo, nada satisfecho con el Nuevo Mundo, se dirigió enseguida al viejo, es decir, a Asia; y, recorrido casi en un instante el intervalo que separa las antiguas de las nuevas Indias, bajaron los dos cerca de Agra, en un campo lleno de infinita gente, reunida alrededor de una fosa colmada de leña, en cuyo borde, por un lado, se veían algunas antorchas encendidas dispuestas para prender la leña, y por otro, sobre un estrado, a una mujer joven, cubierta de vestidos muy suntuosos y de todo tipo de adornos bárbaros, que, bailando y gritando, mostraba una grandísima alegría. Prometeo, al ver esto, se imaginaba que era una nueva Lucrecia o una nueva Virginia o cualquier emuladora de las hijas de Ereteo, de las Ifigenias, de los Codros, de los Meneceos, de los Curcios y de los Decios, que, siguiendo la orden de un oráculo, se iba a inmolar voluntariamente por su patria. Al entender después que la razón del sacrificio de la mujer era la muerte del marido, pensó que ella, al igual que Alcestes, [64] quería con su propia muerte rescatar la vida del marido. Pero, al saber que ella no quería ser quemada sino porque esto se acostumbraba hacer con las viudas de su casta, y que siempre había odiado a su marido y que estaba borracha, y que el muerto, en lugar de resucitar, también sería quemado en el mismo fuego, volvió rápidamente la espalda a ese espectáculo y tomó el camino de Europa; y mientras iban hacia allá, mantuvo con su compañero el siguiente diálogo:

MOMO. ¿Te hubieras imaginado, cuando con grandísimo peligro robaste el fuego del cielo para dárselo a los hombres, que estos habrían de servirse de él para cocerse el uno al otro en ollas o para quemarse voluntariamente?

PROMETEO. Sin duda que no. Pero considera, querido Momo, que los que hemos visto hasta ahora son bárbaros, y a través de los bárbaros no se puede juzgar cómo es la naturaleza de los hombres, sino a través de los civilizados, hacia los cuales nos dirigimos ahora. Y creo firmemente que entre ellos encontraremos y oiremos cosas y palabras que te parecerán dignas no solo de alabanza, sino de estupor.

MOMO. Por lo que a mí respecta, no veo, si los hombres son el género más perfecto del universo, cómo es necesario que sean civilizados para que no se quemen ellos mismos y para que no se coman a sus propios hijos, dado que todos los demás animales son bárbaros, y, no obstante, ninguno se quema deliberadamente, excepto el ave fénix, que no existe; muy pocos se comen a sus semejantes, y muchos menos se alimentan de sus hijos, por algún accidente insólito, y no por haberlos engendrado con ese propósito. Advierte además que, de las cinco partes del mundo, solo una y no entera, y no comparable por su tamaño a ninguna de las otras cuatro, está dotada de la civilización que tú alabas, y algunas pequeñas porcioncillas de otra parte del mundo. Y tú mismo no querrás afirmar que esta civilización esté culminada, de modo que hoy los hombres de París o de Filadelfia tengan generalmente toda la perfección que le conviene a su especie. Además, para llegar al presente estado de civilización, aún imperfecta, ¿cuánto han tenido que penar estos pueblos? Tantos años cuantos se pueden contar desde el origen del hombre hasta tiempos próximos. Y casi todos los inventos que eran o más necesarios, o más provechosos para conseguir este estado de civilización, han tenido su origen no en la razón, sino en en casos fortuitos, de modo que la civilización humana es obra de la suerte más que de la naturaleza; y allí donde estos casos no se han producido, vemos que los pueblos son aún bárbaros, a pesar de tener la misma edad que los pueblos civilizados. Por tanto, digo, si el hombre bárbaro muestra que es inferior, en muchos puntos, a cualquier otro animal; si la civilización, que es lo opuesto a la barbarie, no es poseída aún hoy sino por una pequeña parte del género humano; si, además de eso, esta parte no ha podido alcanzar el presente estado civilizado sino tras una cantidad innumerable de siglos, y gracias sobre todo a la casualidad, más que a cualquier otra causa, por último, si dicho estado civilizado no es totalmente perfecto, considera un poco si quizás tu opinión acerca del género humano no sería más verdadera enunciada así, a saber, que el género humano es verdaderamente supremo entre los géneros, como tú piensas, pero supremo en imperfección, más que en perfección,  aunque los hombres, cuando hablan y cuando piensan, confundan continuamente la una con la otra, argumentando con ciertas suposiciones que se han hechos ellos mismos y que tienen por verdades evidentes. Es verdad que las demás especies de las criaturas, desde el principio, fueron perfectísimas, cada una en sí misma. E incluso cuando no estuviera claro que el hombre bárbaro, considerado con respecto a los demás animales, es el menos bueno de todos, yo no me convenzo de que el hecho de ser un género imperfectísimo por naturaleza, como parece que es el del hombre, se tenga que considerar una perfección mayor que todas las demás. Añade que la civilización humana, tan difícil de obtener, y quizás imposible de realizarse, no es todavía tan estable, como para que no pueda caer, como de hecho ha sucedido muchas veces, y en diferentes pueblos que ya habían alcanzado una buena parte de ello. En definitiva, yo concluyo que si tu hermano Epimeteo les hubiera llevado a los jueces el modelo que debió utilizar cuando formó el primer asno o la primera rana, quizás se habría llevado el premio que tú no has conseguido. De todos modos, concederé de buena gana que el hombre es muy perfecto, si tú aceptas que esa perfección se parece a la que Plotino atribuía al mundo: que es óptimo y perfecto de manera absoluta; pero para que el mundo sea perfecto, conviene que contenga, entre las demás cosas, también todos los males posibles; por ello, de hecho, se encuentran en él tanto mal, cuanto puede contener. Y en esto, quizás le concedería de igual modo a Leibniz que el mundo presente sea el mejor de todos los mundos posibles.

No se duda que Prometeo no tuviera preparada una respuesta distinta, precisa y dialéctica para todas estas razones, pero es igualmente cierto que no la dio, porque en ese mismo instante se encontraron sobre la ciudad de Londres, en donde, una vez que habían descendido y habían visto una gran multitud de personas que concurrían a la puerta de una casa privada, se pusieron entre la muchedumbre y entraron en la casa. Encontraron, sobre un lecho, a un hombre tendido boca arriba, que tenía en su mano derecha una pistola, herido en el pecho y muerto; a su lado, yacían dos niños, también muertos. Estaban en la habitación muchas personas de la casa y algunos jueces que las interrogaban, mientras un oficial escribía.

PROMETEO. ¿Quiénes son estos desgraciados?

UN CRIADO. Mi señor y sus hijos.

PROMETEO. ¿Quién los ha matado?

UN CRIADO. El señor, a los tres.

PROMETEO. ¿Quieres decir a sus hijos y a sí mismo?

UN CRIADO. Exactamente.

PROMETEO. ¡Oh, qué es esto! Alguna grandísima desventura le ha debido de sobrevenir.

UN CRIADO. Ninguna, que yo sepa.

PROMETEO. ¿Quizás era pobre o se sentía despreciado por todos o desventurado en amores o en la corte?

UN CRIADO. Al contrario, era riquísimo, y creo que todos lo estimaban; del amor, no se preocupaba, y en la corte gozaba de mucho favor.

PROMETEO. Entonces, ¿cómo ha caído en tal desesperación?

UN CRIADO. Por tedio de la vida, según ha dejado escrito.

PROMETEO. ¿Y estos jueces qué hacen?

UN CRIADO. Se informan de si el dueño enloqueció o no; pues, si él no enloqueció, sus bienes le corresponden por ley al erario público: y verdaderamente esto no se podrá hacer que no le correspondan.

PROMETEO. Pero dime, ¿no tenía ningún amigo o pariente a quien confiarle estos niños, en lugar de matarlos?

UN CRIADO. Sí, los tenía; y, entre ellos, a uno que era muy íntimo, al que le ha confiado su perro. [65]

Momo estaba a punto de felicitar a Prometeo por los buenos efectos de la civilización y por la satisfacción que esta parecía proporcionar en nuestras vidas; y quería incluso recordarle que ningún otro animal, excepto el hombre, se mata voluntariamente a sí mismo ni, por desesperación, acaba con la vida de sus hijos, pero Prometeo lo previno y, sin interesarse ya por ver las dos partes del mundo que quedaban, le pagó la apuesta.

 

[56] Compuesto en Recanati, entre el 30 de abril y el 8 de mayo de 1824.

[57] Lugar imaginario cuyo nombre quiere decir «sobre las nubes». En Hipernéfelo, título segundo del Icaromenipo de Luciano de Samosata, éste es el lugar en el que residen los dioses.

[58] Cfr., según una anotación de Leopardi, Ilíada, V, vv. 743-744: «Se caló un casco de oro de doble cimera y de cuatro / anteojeras, que ornaban soldados de a pie de cien villas.» (Homero, Ilíada, traducción de Fernando Gutiérrez, Planeta, Barcelona, 1980).

[59]  “Plinio, lib. 16, cap. 30; lib. 2, cap. 55;  Suetonio, Tiber. cap. 69.” (N. del A.)

[60]  Sinesio de Cirene (ss. IV-V a.C.) fue autor de un Elogio de la calvicie.

[61]  «Quiero traer aquí un pasaje verdaderamente poco agradable y poco noble por el tema, pero muy curioso para ser leído por la forma tan naturalísima de escribir que tiene el autor. Éste es un tal Pedro Cieza de León, español, que vivió en el tiempo de los primeros descubrimientos y conquistas realizados por sus compatriotas en América, donde sirvió como soldado y donde estuvo diecisiete años. Sobre la veracidad y fe de sus narraciones, se puede ver la primera nota de Robertson al sexto libro de la Historia de América. Transcribo el texto de acuerdo con la ortografía actual: ´La segunda vez que volvímos por aquellos valles, cuando la ciudad de Antiocha fué poblada en las sierras que están por encima dellos, oí decir, que los señores ó caciques destos valles de Nore buscaban por las tierras de sus enemigos todas las mugeres que podian; las quales traidas á sus casas, usaban con ellas como las suyas proprias; y si se empreñaban dellos, los hijos que nacian los criaban con mucho regalo, hasta que habian doce ó trece años; y desta edad, estando bien gordos, los comian con gran sabor, sin mirar que eran su substancia y carne propria: y desta manera tenien mugeres para solamente engendrar hijos en ellas para despues comer; pecado mayor que todos los que ellos hacen. Y háceme tener por cierto lo que digo, ver lo que pasó con el licenciado Juan de Vadillo (que en este año está en España; y si le preguntan lo que digo dirá ser verdad): y es, que la primera vez que entraron Christianos españoles en estos valles, que fuímos yo y mis compañeros, vino de paz un señorote, que habia por nombre Nabonuco, y traia consigo tres mugeres; y viniendo la noche, dos dellas se echaron á la larga encima de un tapete ó estera, y la otra atraversada para servir de almohada; y el Indio se echó encima de los cuerpos dellas, muy tendido; y tomó de la mano otra muger hermosa, que quedaba atras con otra gente suya, que luego vino. Y como el licenciado Juan de Vadillo le viese de aquella suerte, preguntóle que para qué habia traido aquella muger que tenia de la mano: y, mirandolo al rostro el Indio, respondió mansamente, que para comerla; y que si él no hubiera venido, lo hubiera yá hecho. Vadillo, oido esto, mostrando espantárse, le dijo: ¿pues como, siendo tu muger, la has de comer? El cacique, alzando la voz, tornó a responder diciendo: mira mira; y aun al hijo que pariere tengo tambien de comer. Esto que he dicho, pasó en el valle de Nore; y en él de Guaca, que es él que dije quedar atras, oí decir á este licenciado Vadillo algunas vezes, como supo por dicho de algunos Indios viejos, por las lenguas que traíamos, que cuando los naturales dél iban á la guerra, á los Indios que prendian en ella, hacian sus esclavos; a los quales casaban con sus parientas y vecinas; y los hijos que habian en ellas aquellos esclavos, los comian: y que despues que los mismos esclavos eran muy viejos, y sin potencia para engendrar, los comian tambien á ellos. Y á la verdad, como estos Indios no tenian fe, ni conocian al demonio, que tales pecados les hacia hacer, cuan malo y perverso era; no me espanto dello: porque hacer esto, más lo tenian ellos por valentia, que por pecado.` Parte primera de la Crónica del Perú hecha por Pedro de Cieza, cap. 12, ed. de Amberes, 1554, hoja 30 y siguiente.” (N. del A.)

[62]  » ´El número de los indígenas independientes que habitan las dos Américas decrece cada año.  Se cuentan alrededor de 500.000 en el norte y en el oeste de los Estados Unidos, y 400.00 al sur de las repúblicas de Río de la Plata y de Chile. Es menos a las guerras que tienen que sostener los gobiernos americanos, que a su funesta pasión por los licores fuertes y a los combates de exterminio que mantienen entre ellos, a lo que se debe atribuir su decrecimiento rápido. Ellos llevan tan lejos esos dos excesos, que se puede predecir, con certeza, que antes de un siglo habrán desaparecido completamente de esta parte del globo. La obra de M. Schoolcraft (titulada Travels in the central portions of the Mississipi valley, publicado en Nueva York, el año 1825) está repleta de detalles curiosos sobre estos propietarios primitivos del Nuevo Mundo; será más buscada en tanto que es, por decirlo así, la historia del último periodo de existencia de un pueblo que se perderá [texto francés].` Revista Enciclopédica, tom. 28, noviembre de 1825, pág. 444.”  (N. del A.)

[63] Cfr. Virgilio, Eneida, III, v. 225 y ss.: «Mas de pronto con espantoso salto de los montes se presentan / las harpías y baten con estridencia sus alas, / y nos roban la comida y ensucian todo con su contacto / inmundo, y un grito feroz entre el olor repugnante.» (ed. cit., pág. 83)

[64] Lucrecia: Esposa del cónsul romano Tarquino, se suicidó por honor, tras ser violada por Sexto; Virginia fue asesinada por su padre para que no fuera violada por el decenviro Apio Claudio; las hijas de Ereteo se inmolaron libremente para aplacar la ira de Neptuno contra su padre; Ifigenia, hija de Agamenón, fue sacrificada por su padre, en honor de Artemisa, para que esta cambiara la dirección de los vientos, de modo que los barcos contra Troya pudieran zarpar; Codro, rey ateniense, se sacrificó por la victoria de la patria en guerra; Meneceo, hijo de Creonte, fue sacrificado por su padre (o se inmoló libremente, según otras versiones) ante el asedio de los Siete Reyes que sufría Tebas; Curcio se arrojó desde el caballo a un abismo del foro, para aplacar la ira de los dioses; los Decios: Nombre que reciben tres romanos que se sacrificaron por la victoria de Roma; Alcestes: Esposa de Admeto, rey de Tesalia, que ofreció su vida a los dioses en lugar de la de su esposo.

[65] “Este hecho es real.” (N. del A.)

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