Página dedicada a mi madre, julio de 2020

Relatos para un año III

Textos del tercer volumen, La cabriola

        1. La cabriola
        2. Canta la epístola
        3. Sol y sombra 
        4. El avemaría de Bobbio
        5. El imbécil
        6. Su majestad
        7. Los tres pensamientos de la pequeña deforme
        8. Arriba y abajo
        9. Un extranjero
        10. La patente
        11. Noche
        12. O de uno o de ninguno
        13. Nana
        14. Nenè e niní
        15. «Requiem aeternam dona eis, domine!»

 

3.1  La cabriola

Apenas se fue el capataz, blasfemando más de lo habitual, Fofo se volvió a Nero, su compañero de pesebre, recién llegado, y suspiró:

– ¡He comprendido! Gualdrapas, borlas y penachos. ¡Comienzas bien, querido mío! Hoy es de primera clase.

Nero volvió la cabeza al otro lado. No babeaba, porque era un caballo bien educado. Pero no quería darle confianza a ese Fofo.

Venía de una caballeriza principesca, donde uno podía verse en las paredes como en un espejo: heniles de haya en cada puesto, campanitas de latón, tabiques acolchados de cuero y columnitas con el remate brillante.

¡Bah!

El joven príncipe, dedicado ahora del todo a esos coches estrepitosos, que expulsan – ¡paciencia!, peste – pero incluso humo por detrás y corren solos, no contento con que ya tres veces le hubieran hecho correr el riesgo de romperse el cuello, inmediatamente después de verse golpeada por la parálisis la vieja princesa (que de esos diablos, ¡oh, bendita!, nunca había querido saber nada), se había apresurado a deshacerse tanto de él, como de Corbino, los últimos que quedaban en la caballeriza y que servían para el plácido landó de la madre.

¡Pobre Corbino, quién sabe adónde había ido a parar, después de tan honrado servicio!

El buen Giuseppe, el viejo cochero, les había prometido que, cuando fuera a besarle la mano con los otros viejos sirvientes confiados a la princesa, relegada ya para siempre a un sillón, intercedería por ellos.

¡Qué va! Por el modo como el buen viejo, que había vuelto poco después, había acariciado sus cuellos y sus costados, en seguida uno y otro comprendieron que toda esperanza estaba perdida y su suerte, decidida. Serían vendidos.

Y de hecho…

Nero no comprendía aún adónde había llegado. Mal, precisamente mal, no. Cierto, no era la caballeriza de la princesa. Pero también esta era una buena caballeriza. Más de veinte caballos, todos moros y todos ancianotes, pero de buena presencia, dignos y llenos de gravedad. ¡Oh, en cuanto a gravedad, quizás tenían demasiada!

Nero dudaba que incluso ellos comprendieran bien el oficio al que estaban destinados. Le parecía que todos estaban pensando en ello constantemente, sin llegar, sin embargo, a ninguna conclusión. Ese balanceo lento de colas prolijas, ese restregar de los cascos, de vez en cuando, ciertamente era de caballos pensativos.

Solo Fofo estaba seguro, muy seguro de haberlo comprendido todo.

¡Animal vulgar y presuntuoso!

Rocín de regimiento, eliminado después de tres años de servicio, porque – según decía él – un paleto jinete de los Abruzzo lo había deslomado, no hacía más que hablar y hablar.

Nero, con el corazón todavía lleno de nostalgia por su viejo amigo, no podía soportarlo. Sobre todo le molestaba esa actitud confidencial, y luego la continua maledicencia contra los compañeros de caballeriza.

¡Dios, qué lengua!

¡De veinte no se salvaba ni uno! Este era así, aquel era asá.

– La cola… mira ahí, por favor, ¡si eso es una cola!, ¡si eso es un modo de mover la cola! Qué brío, ¿eh?

“Un mulo, te lo digo yo.

“Y allí, allí, mira allí ese buen caballito calabrés, cómo hunde con gracia las orejas de cerdo. ¡Y qué buen mechón!, ¡y qué buena barbada! Brioso también él, ¿no te parece?

“De vez en cuando olvida que no está castrado, y quiere cortejar a esa yegua de allá, tres puestos a la derecha, ¿la ves?, con cabeza de vieja, baja por delante y la panza por el suelo.

“Pero ¿esa es una yegua? Esa es una vaca, te lo digo yo. ¡Y si supiese cómo se mueve con paso de escuela! Parece que se quema los cascos cuando toca el suelo. Y sin embargo, ¡vaya sudores, amigo mío! Ya, porque es de boca fresca. Aún tiene que nivelar los incisivos, ¡figúrate!

En vano Nero le mostraba de todos los modos a ese Fofo que no quería escucharlo. Fofo perseveraba cada vez más.

Por desaire.

– ¿Sabes dónde estamos? Estamos en la oficina de expedición. Hay de muchas clases. Esta se llama de pompas fúnebres.

“¿Sabes qué quiere decir pompas fúnebres? Quiere decir tirar de un carro negro de forma curiosa, alto, con cuatro columnitas que sujetan el techo, todo adornado de volantes y paramentos y dorados. En definitiva, una buena carrozona de lujo. ¡Pero todo desperdiciado, no lo creas! Todo desperdiciado, porque dentro verás que no sube nunca nadie.

“Solo el cochero, muy serio, en el pescante.

“Y se va despacio, siempre al paso. ¡Ah, no hay peligro de que sudes y te refrieguen a la vuelta, ni de que el cochero te dé nunca un latigazo o te inquiete de cualquier otro modo!

“Lento- lento- lento.

“Adonde tienes que llegar, llegas siempre a tiempo.

“Y esa carroza – yo lo he comprendido bien – debe ser para los hombres objeto de particular veneración.

“Nadie, como te he dicho, se atreve a subir; y todos, apenas la ven quieta delante de una casa, se quedan mirándola con las caras largas y asustadas; y luego, apenas comenzamos a movernos, muchos la acompañan detrás, muy callados.

“A menudo, incluso, delante de nosotros, va la banda. Una banda, querido mío, que toca una música como para se nos caigan los intestinos por el suelo.

“Tú, escucha bien, tú tienes el vicio de babear y de mover demasiado la cabeza. Pues bien, esos vicios tienes que quitártelos. Si salpicas por nada, ¡figurémonos qué será cuando escuches esa música!

“El nuestro es un servicio lento, no se niega; pero se necesita compostura y solemnidad. Nada de salpicar, nada de cabecear. Es ya demasiado si te conceden que balancees la cola, apenas apenas.

“Porque la carroza de la que tiramos, vuelvo a decírtelo, es muy respetada. Verás que todos, en cuanto nos ven, se quitan el sombrero.

«¿Sabes cómo comprendí que se tiene que tratar de expedición? Lo comprendí por esto:

 “Hace cerca de dos años, estaba quieto, con una de nuestras carrozas de pabellón, delante de la gran cancela que es nuestra meta constante. ¡Ya verás esta gran cancela! Detrás de ella, hay muchos árboles negros, de punta, dispuestos muy derechos en dos filas interminables, dejando aquí y allá buenos prados verdes, con mucha hierba buena y grasa, desperdiciada también, porque ¡ay de ti si, al pasar, alargas los labios!

“Basta. Estaba allí quieto, cuando se me acercó un pobre compañero mío antiguo, de servicio en el regimiento, reducido a muy mal estado: a tirar, figúrate, un remolque herrado, de esos largos, bajos y sin muelle.

“Dice:

“- ¿Me ves? ¡Ah, Fofo, no puedo más!

“- ¿Qué haces?” – le pregunto yo.

“Y él:

“- Transporto cajas todo el día, de una oficina de expedición a la aduana.

“- ¿Cajas? – digo yo. – ¿Qué cajas?

“- ¡Pesadas! – dice él. – Cajas llenas de cosas que hay que expedir.

“Fue para mí una revelación.

“Porque tienes que saber, que una caja muy larga es lo que transportamos también nosotros. La meten lentamente (todo, siempre, lentamente) en nuestra carroza, por la parte de atrás; y mientras se hace esta operación, la gente alrededor se descubre la cabeza y mira aturdida. ¡Quién sabe por qué! Pero ciertamente, si también nosotros trabajamos con cajas, debe tratarse de expedición, ¿no te parece?

“¿Qué diablos contiene ese caja? ¡Pesar pesa, oh, no lo creas! Por fortuna, solo llevamos una a la vez.

“Algo que hay que expedir, cierto. Pero ¿qué?, no lo sé. Parece importante, porque la expedición sucede con mucha pompa y con mucho acompañamiento.

“En cierto momento, habitualmente (no siempre), nos paramos delante de un edificio majestuoso, que quizás sea la oficina de la aduana para nuestras expediciones. Por el portón se adelantan unos hombres vestidos con una falda negra y la camisa por fuera (que serán, supongo, los aduaneros); sacan la caja del carro; todos, de nuevo, se descubren la cabeza; y aquellos señalan en la caja el salvoconducto.

“Dónde va toda esta preciosidad que expedimos – esto, mira – no he logrado comprenderlo aún. Pero sospecho que ni siquiera lo comprenden bien los hombres; y me consuelo.

“Verdaderamente, la magnificencia de las cajas y la solemnidad de la pompa podrían hacer suponer que algo tienen que saber los hombres sobre estas expediciones. Pero los veo demasiado inseguros y aturdidos. Y por la larga costumbre, que ahora tengo con ellos, he deducido esta experiencia: ¡que los hombres hacen muchas cosas, querido mío, sin saber nada de por qué las hacen!”

Como Fofo, esa mañana, con las blasfemias del jefe de caballeriza se había figurado: gualdrapas, borlas y penachos. Tiro de cuatro. Era precisamente de primera clase.

– ¿Has visto? ¿No te lo decía yo?

Nero se encontró atado con Fofo al timón. Y Fofo, naturalmente, siguió molestándolo con sus eternas explicaciones.

Pero estaba molesto también él, esa mañana, con la arrogancia del jefe de la caballeriza, que en los tiros de cuatro lo ataba siempre en el timón y nunca en la balanza.

– ¡Qué perro! Porque, tú entiendes bien, estos dos delante de nosotros, no son más que una comparsa. ¿De qué tiran? ¡Tiran un cuerno! Tiramos nosotros. ¡Se va tan despacio! Ahora se dan un bonito paseo, para estirar las patas, vestidos de gala. ¡Y mira un poco qué raza de animal tengo que ver que prefieren antes que a mí! ¿Los reconoces?

Eran esos dos moros que Fofo había calificado como mulo y caballito calabrés.

– ¡Este calabrés del cuerno! ¡Lo tienes delante tú, por fortuna! Lo verás, querido; te darás cuenta de que de cerdo no solo tiene las orejas, y le darás gracias al jefe de la caballeriza, que lo protege y le da el doble de pienso. Es necesario tener suerte en este mundo, no babees. ¿Ya comienzas? ¡Quieto con la cabeza! Ay, si haces eso, querido mío, hoy, a fuerza de tirones de las bridas, te harás sangre en la boca, te lo digo yo. Hoy hay discursos. ¡Verás qué alegría! Un discurso, dos discursos, tres discursos… ¡Me ha sucedido el caso de una primera clase incluso con cinco discursos! Cosa de locos. Tres horas parados, con todas estas galas encima que te cortan la respiración: las patas maneadas, la cola apresada, las orejas entre dos agujeros. Alegre, ¡con las moscas comiéndote por debajo de la cola! ¿Qué son estos discursos? ¡Bah! Comprendo poco, digo la verdad. Estas expediciones de primera clase tienen que ser muy complicadas. Y quizás, con esos discursos, dan la explicación. Una no basta, pues dan dos; no bastan dos, pues dan tres. Llegan a dar hasta cinco, como te he dicho: me he visto yo allí, que me entraban ganas de dar patadas, a diestro y siniestro, y luego ponerme a rodar por el suelo como un loco. Quizás hoy será lo mismo. ¡Gran gala! ¿Has visto al cochero, cómo se ha arreglado también él? Y están hasta los criados, los candeleros. Di, ¿tú eres espantadizo?

– No comprendo.

– Vamos ¿te espantas con los olores fácilmente? Porque verás que, dentro de poco, las velas encendidas te las pondrán precisamente bajo la nariz… ¡Lento, uf… lento! , ¿qué te pasa? ¿Ves? El primer tirón… ¿Te has hecho daño? Eh, tendrás tú muchos hoy, te lo digo yo. Pero ¿qué haces?, ¿estás loco? ¡No alargues así el cuello! (Estupendo, querido, ¿nadas?, ¿juegas a la morra?). Quédate quieto… ¿Ah, sí? Toma esta otra… ¡Ohé, digo, cuidado, que vas a arrancarme también a mí la boca! ¡Dios, Dios, este está loco de verdad! Jadea, gruñe, relincha, se enrosca, ¿qué pasa? ¡Mira, qué cabriola! ¡Está loco!, ¡está loco!, ¡da saltos de alegría, tirando de una carroza de primera clase!”

Nero, de hecho, parecía enloquecido de verdad: jadeaba, relinchaba, piafaba, temblaba por completo. De prisa, furiosos, del carro tuvieron que bajarse los criados para sujetarlo delante del portón del palacio, donde se habían parado, entre un gran gentío de señores boquiabiertos, con trajes largos y sombreros de copa.

– ¿Qué sucede? – gritaban por todos lados. – ¡Uf, mira, se encabrita un caballo de la carroza fúnebre!

Y toda la gente, en una gran confusión, se puso alrededor de la carroza, curiosa, maravillada, escandalizada. Los criados no lograban aún retener a Nero. El cochero se había puesto en pie y tiraba furiosamente de las bridas. En vano. Nero seguía pataleando, relinchando, se desesperaba, con la cabeza vuelta hacia el portón del edificio.

Se tranquilizó solo cuando llegó por ese portón un viejo sirviente en librea, el cual, apartando a los criados, lo cogió por las bridas, y en seguida, habiéndolo reconocido, se puso a exclamar con lágrimas en los ojos:

– ¡Pero si es Nero!, ¡es Nero! ¡Ay, pobre Nero, seguro que lo hace así! ¡El caballo de la señora!, ¡el caballo de la pobre princesa! ¡Ha reconocido el edificio, siente el olor de su caballeriza! Pobre Nero, pobre Nero… bueno, bueno… sí, ¿ves?, soy yo, tu viejo Giuseppe. Sé bueno, sí… Pobre Nero, te toca a ti llevártela, ¿ves?, a tu señora. Te toca a ti, pobrecito, que te acuerdas aún. Estará contenta con que tú la lleves por última vez.

Se volvió luego al cochero, que, encolerizado por el mal papel que la Casa de pompas estaba haciendo ante todos esos señores, seguía tirando furiosamente de las bridas, amenazando con el látigo, y le gritó:

– ¡Basta! ¡Déjalo ya! Lo sujeto yo aquí. Es manso como una oveja. Siéntate. Lo guiaré yo durante todo el trayecto. Iremos juntos, ¿eh, Nero?, a dejar a nuestra señora. Lentamente, como de costumbre, ¿eh? Serás bueno, para no hacerle daño, pobre viejo Nero, que aún te acuerdas. Ya han cerrado la caja; ahora la llevan abajo.

Fofo, que desde el otro lado del timón estaba escuchando, en este momento preguntó, sorprendido:

“¿Dentro de la caja está tu señora?

Nero le disparó una patada de través.

Pero Fofo estaba demasiado absorto en esa nueva revelación como para sentirse mal.

“Ah, por tanto, nosotros, – siguió diciéndose a sí mismo, – ah, por tanto, nosotros… mira, mira… quería decir… Este viejo llora; a muchos he visto llorar otras veces… y tantas caras espantadas… y esa música lánguida. Lo comprendo todo, ahora lo comprendo todo… ¡Por eso nuestro servicio es tan lento! Solo cuando los hombres lloran, podemos estar contentos e ir tranquilos nosotros…

Y también a él le vino la tentación de hacer cabriolas.

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