Página dedicada a mi madre, julio de 2020

3.11  Noche

Pasada la estación de Sulmona, Silvestro Noli se quedó solo en el sórdido vagón de segunda clase.

Miró por última vez la llama humeante que vacilaba y casi desaparecía con los saltos de la carrera, a través del aceite que caía y chapoteaba en el cristal cóncavo de la pantalla, y cerró los ojos con la esperanza de que el sueño, con el cansancio del largo viaje (viajaba desde hacía un día y una noche), le quitara la angustia en la que sentía que se ahogaba cada vez más, conforme el tren lo acercaba al lugar de su exilio.

¡Nunca más!, ¡nunca más!, ¡nunca más! ¿Desde hacía cuánto tiempo el fragor cadencioso de la ruedas le repetía en la noche estas dos palabras?

Nunca más, sí, nunca más, la vida alegre de su juventud, nunca más, allí entre compañeros desenfadados, bajo los pórticos populosos de su Turín; nunca más el consuelo, ese cálido aliento familiar de su vieja casa paterna; nunca más los cuidados amorosos de la madre, nunca más la tierna sonrisa en la mirada protectora del padre.

¡Quizás no volvería a ver nunca más a sus queridos viejos! ¡A la madre, a la madre, especialmente! ¡Ay, cómo la había encontrado, después de siete años de lejanía! Encorvada, menguada, en tan pocos años, y como de cera y sin dientes. Solo los ojos aún vivos. ¡Pobres queridos y santos ojos hermosos!

Mirando a la madre, mirando al padre, escuchando sus diálogos, dando vueltas por las habitaciones y buscando a su alrededor, había sentido bien que no solo para él había acabado la vida de la casa paterna. Con su última partida, siete años atrás, la vida había acabado allí también para los demás.

¿Se la había llevado él consigo, pues? ¿Y qué había hecho con ella? ¿Dónde estaba ya la vida en él? Los demás habían podido creer que se la había llevado él; pero él, en cambio, sabía que había dejado allí la suya, al marcharse; y ahora, al no encontrarla ya, al sentirse decir que allí no podía encontrar ya nada, porque se lo había llevado todo, había sentido, en el vacío, un hielo de muerte.

Con este hielo en el corazón volvía ahora a Abruzzo, terminado el permiso de quince días que le había concedido el director de la Escuela Normal masculina de Città Sant´Angelo, donde desde hacía cinco años enseñaba dibujo.

Antes que en Abruzzo había trabajado como profesor un año en Calabria; otro año, en Basilicata. En Città sant´Angelo, vencido y ciego por la necesidad dolorosa y angustiosa de un afecto que llenase el vacío en el que se veía perdido, había cometido la locura de casarse; y se había quedado clavado allí, para siempre.

La mujer, nacida y crecida en ese alto y húmedo pueblecito, privado incluso de agua, con los prejuicios angustiosos, las bajezas mezquinas y el desabrimiento y la dejadez de la perezosa y boba vida provinciana, antes que darle compañía, había hecho que creciera a su alrededor la soledad, y que sintiera cada momento lo lejos que estaba de una familia que tendría que ser suya, y en la que, en cambio, ni un pensamiento suyo, ni un sentimiento suyo lograban nunca penetrar.

Tuvo un niño, y – ¡cosa atroz! – hasta ese niño suyo lo había sentido, desde el primer día, extraño a él, como si le perteneciera entero a la madre, y nada a él.

Quizás el hijo se habría vuelto suyo, si él hubiera podido arrancarlo de esa casa, de ese pueblo; e incluso la mujer quizás se habría vuelto su compañera verdaderamente, y él habría sentido la alegría de tener una casa, una familia, si hubiese podido pedir y obtener un traslado a otra parte. Pero se le negaba incluso la esperanza de poder salvarse en un tiempo lejano, porque su mujer, que no se había querido mover del pueblo ni siquiera por un breve viaje de novios, ni siquiera para ir a conocer a la madre y al padre de él y a los demás familiares de Turín, amenazaba con que, antes que de los suyos, se separaría de él en el caso de un traslado.

Por tanto, allí; a enmohecerse allí, a esperar allí, en esa horrenda soledad, que el espíritu, poco a poco, se le cubriera de una corteza de idiotez. Le gustaba mucho el teatro, la música, todas las artes, y casi no sabía hablar de otra cosa: ¡se quedaría siempre con sed de ello, incluso de ello, sí, como de un vaso de agua pura! ¡Ah, él no podía beber esa agua grave, cruda, arenosa de las cisternas. Decían que no hacía daño; pero él se sentía desde hacía tiempo incluso mal del estómago. ¿Imaginario? ¡Ya! Además, la burla.

Los párpados cerrados no lograron ya retener las lágrimas de las que se habían llenado. Mordiéndose los labios, como para impedir que le estallase en la garganta algún sollozo, Silvestro Noli se sacó del bolsillo un pañuelo.

No pensó que tenía la cara completamente renegrida por el largo viaje; y, mirando el pañuelo, se quedó ofendido e irritado por la sucia huella de su llanto. Vio en esa sucia huella su vida, y cogió entre los dientes el pañuelo casi para desgarrarlo.

Al final, el tren se paró en la estación de Castellammare Adriatico.

Para otros veinte minutos de camino, le tocaba esperar más de cinco horas en esa estación. Era la suerte de los viajeros que llegaban de Roma con ese tren nocturno y debían proseguir por las líneas de Ancona o de Foggia.

Menos mal que, en la estación, estaba abierto toda la noche el café, amplio, bien iluminado, con las mesas preparadas, en cuya luz y en cuyo movimiento se podía de algún modo engañar el ocio y la tristeza de la larga espera. Pero estaban pintados en los rostros hinchados, pálidos, sucios y vencidos de los viajeros una tétrica angustia, un fastidio opresor, una agria náusea de la vida que, lejos de los habituales afectos, fuera del rastro de las costumbres, se les mostraba a todos vacua, estulta, molesta.

Quizás tantos y tantos habían sentido que se les oprimía el corazón con el silbido lamentoso del tren corriendo en la noche. Cada uno de ellos estaba allí quizás pensando en los incordios humanos que no le dan tregua ni a la noche; y, dado que, sobre todo de noche, parecían vanas, privadas como están de las ilusiones de la luz, e incluso por ese sentido de precariedad angustiosa que suspende el ánimo de quien viaja y que hace que nos veamos perdidos en la tierra, cada uno de ellos, quizás, estaba allí pensando que la locura enciende fuegos en las máquinas negras, y que de noche, bajo las estrellas, los trenes corriendo por llanos oscuros, pasando estrepitosos bajo los puentes, entrando en largos túneles, gritan a veces el desesperado lamento de tener que arrastrar así en la noche la locura humana a lo largo de las vías, para darle un respiro a sus fieras inquietudes incansables.

Silvestro Noli, una vez bebida a lentos sorbos una taza de leche, se levantó para salir de la estación por la otra puerta del café al fondo de la sala. Quería ir a la playa, a respirar la brisa nocturna del mar, cruzando la larga avenida de la ciudad dormida.

Pero, al pasar por delante de una mesita, escuchó que lo llamaba una mujer de pequeñísima estatura, grácil, pálida, delgada, con el luto propio de una viuda.

– Profesor Noli…

Se paró perplejo, sorprendido:

– Señora… oh, ¿usted, señora Nina? ¿Cómo?

Era la mujer de un compañero, del profesor Ronchi, a quien había conocido hacía seis años, en Matera, en la Escuela técnica. Muerto, sí, sí, muerto – lo sabía – muerto pocos meses atrás, en Lanciano, aún joven. Había leído con doloroso estupor el anuncio en el boletín. Pobre Ronchi, apenas llegó al Instituto, después de tantos concursos desafortunados, muerto de imprevisto, de un síncope, por amar demasiado, decían, a esa su minúscula mujercita, que él, como un oso gigantesco, violento, testarudo, se llevaba siempre tras él, a cualquier lugar.

Ahora, la viudita, llevándose a la boca el pañuelo de luto, mirándolo con los ojos negros, hundidos en lívidas ojeras hinchadas, le decía con una leve oscilación de la cabeza la atrocidad de su tragedia reciente.

Al ver brotar de esos ojos dos grandes lágrimas, Noli invitó a la señora a levantarse y a salir con él del café, para hablar libremente, a lo largo de la avenida desierta hasta el mar al fondo.

Ella temblaba en toda su mísera personita nerviosa y parecía que iba a saltos y gesticulaba con brusquedad, con los hombros, con los brazos, con las larguísimas manos, casi descarnadas. Se puso a hablar alocadamente, y enseguida se le encendieron, aquí y allá, las sienes y los pómulos. Duplicaba, por un defecto en la pronunciación las efes al principio de las palabras, y parecía que resoplaba, y continuamente se pasaba el pañuelo sobre la punta de la nariz y sobre el labio superior que, extrañamente, en la furia del habla, se le llenaban de sudor; y la salivación se le activaba con tanta abundancia, que la voz, a veces, casi la ahogaba.

– Ah, Noli, ¿lo ve?, aquí, querido Noli, me ha dejado aquí, sola, con tres hijos, en un pueblo donde no conozco a nadie, adonde había llegado hacía apenas dos meses… Sola, sola… ¡Ah, qué hombre más terrible, Noli! Se ha destruido y me ha destruido incluso a mí, mi salud, mi vida… todo.. Encima, Noli, ¿lo sabe?, se me ha muerto encima… encima…

Se sacudió en un escalofrío largo, que acabó casi en un relincho.

Continuó:

– Me sacó de mi pueblo, donde ya no tengo a nadie, excepto a una hermana casada por su cuenta… ¿Qué voy a hacer allí? No quiero darles un espectáculo con mi miseria a todos los que me envidiaron un día… Pero aquí, sola con tres niños, desconocida para todos… ¿qué voy a hacer? Estoy desesperada… me siento perdida… He ido a Roma a solicitar alguna pensión… No tengo derecho a nada; solo once años de enseñanza, once mensualidades: unos pocos miles de liras… ¡No me las habían aún liquidado! He gritado tanto en el Ministerio, que me han tomado por loca… ¡Querida señora, dice, duchas ffrías, duchas ffrías! ¡Pues sí!, a lo mejor me vuelvo loca de verdad… Tengo aquí, perpetuo, un dolor, como un mordisco, un tirón, aquí, en el cerebro, Noli… Y estoy como irritada… como quemada por dentro… con un ffuego, con ffuego en todo el cuerpo… ¡Ah, qué ffresco está usted, Noli, qué ffresco está usted!

Y, diciendo esto, en medio de la húmeda alameda desierta, bajo las pálidas bombillas eléctricas que, demasiado distantes las unas de las otras, difundían apenas en la noche una tenue claridad opalina, se colgó del brazo de él, metió la cabeza en su pecho, cerrada en la cofia de crespón de viuda, hurgando, como para hundirla dentro, y rompió en angustiosos sollozos.

Noli, aturdido, consternado, conmovido, retrocedió instintivamente para quitársela de encima. Comprendió que esa pobre mujer, en el estado de desesperación en que se encontraba, se agarraría imprudentemente al primer hombre que conociera, que se le presentara delante.

– Ánimo, ánimo, señora, – le dijo. – ¿Fresco? Eh, sí, fresco. Estoy ya casado, señora mía.

– Ah, – dijo la mujercita, separándose enseguida. – ¿Esposa? ¿Tiene esposa?

– Desde hace cuatro años, señora. También tengo un niño.

– ¿Aquí?

– Aquí cerca. En Città Sant´Angelo.

La viudita le soltó incluso el brazo.

– Pero ¿usted no es piamontés?

– Sí, justo de Turín.

– ¿Y su señora?

– Ah, no, mi señora es de aquí.

Los dos se pararon bajo una de las bombillas eléctricas y se miraron y se comprendieron.

Ella era del borde extremo de Italia, de Bagnara Calabra.

Se vieron los dos, en la noche, perdidos en esa larga y amplia avenida, desierta y melancólica, que iba al mar, entre los pequeños chalés y las casas dormidas de esa ciudad tan lejana de sus primeros y verdaderos afectos, y sin embargo, tan cercana a los lugares donde la suerte cruel les había hecho asentarse. Y sintieron una profunda piedad el uno por el otro, que, antes que a unirse, los persuadía amargamente a mantenerse alejados el uno del otro, encerrado cada uno en su propia miseria inconsolable.

Fueron, callados, hasta la playa arenosa, y se acercaron al mar.

La noche era tranquilísima; el frescor de la brisa marina, deliciosa.

El mar, interminable, no se veía, pero se le sentía vivo y palpitante en la negra, infinita, tranquila vorágine de la noche.

Solo, por un lado, al fondo, se entreveía entre las brumas que llenaban el horizonte algo sanguíneo y turbio, temblando en las aguas. Era quizás el último cuarto de la luna que se hundía, envuelta en la neblina.

En la playa las olas se alargaban y se expandían sin espuma, como lenguas silenciosas, dejando aquí y allá en la arena lisa, brillante, toda empapada de agua, alguna concha que, enseguida, al retirarse el oleaje, se hundía.

En lo alto, todo ese silencio fascinante era herido por un destello agudo, incesante de innumerables estrellas, tan vivas, que parecía que querían decirle algo a la tierra, en el misterio profundo de la noche.

Los dos siguieron caminando callados un largo espacio sobre la arena húmeda, blanda. La huella de sus pasos duraba un instante; una se desvanecía, apenas la otra se imprimía. Se oía solo el roce de sus vestidos.

Una lancha blanquecina en la sombra, varada y volcada sobre la arena, los atrajo. Se sentaron allí, ella a un lado, él al otro, y se quedaron todavía un rato en silencio mirando las olas que se alargaban plácidas, vítreas sobre la oscura arena blanda. Luego, la mujer levantó los hermosos ojos negros al cielo, y le descubrió a él, a la luz de las estrellas, la palidez de la frente torturada, de la garganta oprimida ciertamente por la angustia.

– Noli, ¿ya no canta?

– ¿Yo… cantar?

– Claro, usted antes cantaba, en las hermosas noches… ¿No se acuerda, en Matera? Cantaba… Aún guardo en mis oídos el sonido de su voz entonada… Cantaba en ffalsete… con tanta dulzura… con tanta gracia apasionada… ¿Ya no se acuerda?…

Él sintió que se le agitaba todo el fondo de su ser con la evocación imprevista de ese recuerdo y notó en los cabellos, por la espalda, los escalofríos de una ternura inefable.

Sí, sí… era verdad: él cantaba, entonces… hasta allí, en Matera, aún tenía en el alma los dulces cantos apasionados de su juventud y, en las hermosas tardes, paseando con algún amigo, bajo las estrellas, esos cantos le volvían a aflorar en los labios.

Era, pues, verdad que él se había llevado consigo la vida de la casa paterna de Turín; aún allí la tenía consigo, cierto, si cantaba… al lado de esta pobre y pequeña amiga, a la que quizás había cortejado un poco, en esos días lejanos, oh, así, por simpatía, sin malicia… por necesidad de sentir a su lado la tibieza de un poco de afecto, la ternura blanda de una mujer amiga.

– ¿Se acuerda, Noli?

Él, con los ojos en el vacío de la noche, susurró:

– Sí… sí, señora, lo recuerdo…

– ¿Llora?

– Recuerdo…

Callaron de nuevo. Mirando ambos en la noche, sentían ahora que su infelicidad casi se evaporaba, ya no era solo de ellos, sino de todo el mundo, de todos los seres y de todas las cosas, de ese mar tenebroso e insomne, de esas estrellas centelleantes en el cielo, de toda la vida que no puede saber por qué se debe nacer, por qué se debe amar, por qué se debe morir.

La fresca, plácida tiniebla, herida por tantas estrellas, sobre el mar, envolvía su pesar, que se irradiaba en la noche y palpitaba con esas estrellas y se abatía lento, leve, monótono con esas olas sobre la playa silenciosa. También las estrellas, lanzando sus destellos de luz en los abismos del espacio preguntaban por qué; lo preguntaba el mar con esos embates lentos, e incluso las pequeñas conchas dejadas aquí y allá en la arena.

Pero poco a poco la tiniebla comenzó a despejarse, comenzó a abrirse sobre el mar una primera y fría palidez del alba. Entonces, cuanto había de vaporoso, de arcano, casi de aterciopelado en ese pesar de ellos dos, que permanecían apoyados a los lados de la lancha volcada en la playa, se encogió, se precisó con desnuda dureza, como las facciones de sus rostros en la primera luz del día, incierta, escuálida.

Él se sintió atrapado del todo por la miseria habitual de su casa cercana, donde pronto llegaría: la volvió a ver, como si ya estuviera allí, con todos sus colores, con todos sus detalles, con la mujer y su pequeño que lo recibirían con los brazos abiertos a su llegada. E incluso ella, la viudita, ya no vio tan negra y desesperada su suerte: tenía varios miles de liras, es decir, asegurada la vida durante algún tiempo; encontraría el modo de proveer al futuro suyo y de sus pequeños. Se ordenó con las manos los cabellos sobre la frente, y le dijo, sonriendo, a Noli:

– Vaya cara que tendré, querido amigo, ¿no es verdad?

Y ambos se movieron para volver a la estación.

En lo más profundo de sus almas, el recuerdo de esa noche se había cerrado; quizás, ¡quién sabe!, para volver a asomarse luego, alguna vez, en la lejana memoria, con todo ese mar plácido, negro, con todas esas estrellas centelleantes, como un destello de arcana poesía y de arcana amargura.

©Todos los derechos reservados. Desarrollado por Centro Informático Millenium