Página dedicada a mi madre, julio de 2020

3.13  Nana

Con la maleta en la mano, me lancé gritando en el tren que ya estaba a punto de partir: pude con dificultad agarrarme a un vagón de segunda clase y, después de abrir la puerta con la ayuda de un revisor que acudió encolerizado, me metí dentro.

¡Muy bien!

Cuatro mujeres, allí, dos niños y una niña de pecho, desnuda por añadidura, justo en ese momento, con las piernas al aire, en las rodillas de una desgarbada y enorme nodriza, que estaba tranquilamente cambiándola, con la máxima libertad.

– Mamá, aquí tenemos a otro pelmazo.

Así me acogió (y me lo merecía) el mayor de los niños, que podía tener cerca de seis años, delgadito, orejudo, con los pelos tiesos y la nariz respingona, volviéndose a la señora que leía en un rincón, con un amplio velo verdoso levantado sobre el sombrero, perfecta cornisa de la cara pálida y afilada.

La señora se turbó, pero fingió no escuchar y siguió leyendo. Tontamente, porque el niño – como era fácil suponer –volvió a anunciarle con el mismo tono:

– Mamá, aquí tenemos a otro pelmazo.

– ¡Calla, impertinente! – gritó, enfadada, la señora. Luego, volviéndose a mí con ostentosa mortificación: – Perdone, señor, se lo ruego.

– Figúrese, – exclamé yo, sonriendo.

El niño miró a la madre, sorprendido por el reproche, y pareció que le decía con esa mirada: – “Pero ¿cómo? ¡Si lo has dicho tú!” – Luego me miró a mí y sonrió tan turbado y, al mismo tiempo, con una actitud tan avispada, que no pude reprimir decirle:

– ¿Sabes, querido? Si no, perdía el tren.

El niño se puso serio, fijó la mirada; luego, sacudiéndose con un suspiro, me preguntó:

– ¿Y cómo lo perdías? El tren no se puede perder para nada. Camina solo, con agua hirviendo, sobre los raíles. Pero no es una cafetera. Porque la cafetera no tiene ruedas y no puede caminar.

Me pareció que el niño razonaba de maravillas. Pero la madre, con un gesto de cansancio y fastidio, le regañó de nuevo:

– No digas tonterías, Carlino.

La otra niña, de unos tres años, estaba en pie sobre el asiento, y miraba a través del cristal de la ventanilla el campo fugitivo. De vez en cuando, con la manita quitaba el vaho de su propio aliento del cristal, y permanecía muy callada mirando el prodigio de esa fuga ilusoria de árboles y de setos.

Me volví al otro lado para observar a las otras dos compañeras de viaje que estaban sentadas en las esquinas, una frente a la otra, las dos vestidas de negro.

Eran extranjeras: alemanas, como pude asegurarme poco después, al oírlas hablar.

Una, la joven, quizás lo estaba pasando mal en el viaje, debía de estar enferma, tenía los ojos cerrados, la cabeza rubia abandonada en el respaldo, y estaba muy pálida. La otra, vieja, con el torso erguido, macizo, de piel morena, parecía estar bajo la pesadilla de su rígido sombrerito de alas derechas, estiradas, parecía que lo llevaba como un castigo en equilibrio sobre los pocos cabellos grises recogidos y enmarañados en una redecilla negra.

Tan inmóvil, no cesaba un momento de mirar a la joven, que debía de ser su señora.

En cierto momento, de los ojos cerrados de la joven vi brotar dos grandes lágrimas, y enseguida miré la cara de la vieja, quien apretó los labios arrugados y contrajo las comisuras hacia arriba, evidentemente para frenar un ímpetu de conmoción, mientras los ojos, abriéndose y cerrándose muchas veces seguidas, frenaban las lágrimas.

¿Qué desconocido drama se encerraba en esas dos mujeres vestidas de negro, en viaje, lejos de su tierra? ¿A quién lloraba o por qué lloraba, tan pálida y abatida en su pesar, esa joven señora?

La vieja maciza, llena de fuerza, al mirarla, parecía que se atormentaba en la impotencia de ayudarla. En los ojos, sin embargo, no tenía esa desesperada entrega al dolor, que se suele tener por un caso de muerte, sino una dureza de rabia feroz, quizás contra alguno que hacía sufrir así a esa criatura adorada.

No sé cuántas veces suspiré imaginando cosas de esas dos extranjeras; sé que de vez en cuando, a cada suspiro, me sacudía para mirar a mi alrededor. El sol se había puesto hacía tiempo. Perduraba fuera un último, oscuro resplandor del crepúsculo: una hora angustiosa para quien viaja.

Los dos niños se habían dormido; la madre se había bajado el velo sobre la cara y quizás también ella dormía, con el libro en las rodillas. Solo la niña de pecho no lograba dormirse: sin lloriquear, se movía inquieta, se restregaba la cara con los puñitos, entre los bufidos de la nodriza, que le repetía en voz baja:

– La nana, niña bonita; la nana, niña…

Y señalaba, sin ganas, casi prolongando un suspiro de impaciencia, un motivo de una nana popular.

– ¡Aooh! ¡Aooh!

De pronto, en la oscura sombra de la tarde inminente, de los labios de esa basta campesinota brotó a media voz, con suavidad inverosímil, con fascinación de inefable amargura, la nana triste:

Velo, velo por ti, duérmete ya,
Quien te ama más que yo, hija, te engaña.

No sé por qué, mirando a la joven extranjera, abandonada allí en el rincón del coche, sentí que me oprimía la garganta un nudo angustioso de llanto. Ella, con el canto dulcísimo, había vuelto a abrir los hermosos ojos celestes y los tenía encendidos en la sombra. ¿Qué pensaba? ¿Qué lamentaba?

Lo comprendí poco después, cuando oí a la vieja despierta preguntarle despacio con voz oprimida por la conmoción:

Willst Du deine Amme nah?

¿Quieres a tu lado a tu nodriza?” Y se levantó: fue a sentarse a su lado y acercó a su árido seno la rubia cabeza que lloraba en silencio, mientras la otra nodriza, en la sombra, le repetía a la niña desconocida:

Quien te quiere más que yo, hija, te engaña.

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