Página dedicada a mi madre, julio de 2020

3.14 Nené y Niní

Nené tenía un año y algunos meses cuando el padre murió. Niní aún no había nacido, pero ya existía, lo esperaban.

En fin, si Niní no hubiera llegado, quizás la mamita, aunque hermosa y joven, no habría pensado casarse por segunda vez, se habría dedicado por completo a la pequeña Nené. Podía apañárselas sola, modestamente, en la casita que le había dejado el marido, y con el fruto de su dote.

El pensamiento de un hombrecito al que educar, tan inexperta como ella misma se consideraba y sin guía o consejo de parientes, ni próximos ni lejanos, la persuadió a aceptar la petición de un joven que prometía ser un padre afectuoso para los dos pobres huerfanitos.

Nené tenía casi tres años y Niní, uno y medio, cuando la mamita se casó por segunda vez.

Quizás por la gran preocupación por Niní, no prestó atención a que se podía dar el caso de tener otros hijos de este segundo marido. Pero no transcurrió un año siquiera, cuando se encontró en el riesgo mortal de un parto doble. Los médicos preguntaron a quién se tenía que salvar, si a la madre o a las criaturas. ¡Por supuesto, a la madre! Y las dos nuevas criaturas fueron sacrificadas. El sacrificio, sin embargo, no sirvió para nada porque, después de casi un mes de dolores atroces, la pobre mamita murió también, desesperada.

Así Nené y Niní se quedaron huérfanos incluso de madre, con uno de quien ni siquiera sabían cómo se llamaba, ni qué representaba allí en su casa.

En cuanto al nombre, si Nené y Niní querían justo saberlo, la respuesta era fácil: Erminio Del Donzello se llamaba; y era profesor, profesor de francés en las escuelas técnicas. Pero en cuanto a qué hacía allí, ni siquiera lo sabía, él. El profesor Erminio Del Donzello.

Muerta la mujer, muertas sus criaturas gemelas antes de nacer, la casa no era suya, la dote no era suya, esos niños no eran suyos. ¿Qué hacía allí? Él mismo se lo preguntaba. Pero ¿podía marcharse?

Se lo preguntaba con los ojos rojos y casi perdidos a toda la vecindad que, desde el momento de la desgracia, se le había metido en casa, como dueña, constituyéndose como tutora y protectora de los dos huérfanos. De lo que él, quizás, se habría declarado muy agradecido, si el modo, en verdad, no lo hubiera ofendido el modo.

Sí, sabía que muchos, desgraciadamente, juzgaban solo por la apariencia, y que los juicios que se daban de él quizás eran además inicuos, porque, efectivamente, la figura no lo ayudaba mucho. La excesiva delgadez lo hacía áspero, y tenía el cuello demasiado largo y además provisto de una formidable nuez, la única cosa gorda en medio de tanta delgadez; y rojizos los bigotes, rojizos los cabellos peinados a capas detrás de las orejas; y los ojos armados de gafas de patillas, puesto que la nariz no se le prestaba a sujetar un par de lentes más ligeras. Pero, por Dios, de ese cuello suyo tan largo él creía que sabía, sin embargo, sacar una voz muy seductora y acompañar las frases dulces y amables con mucha gracia en la mirada, en las sonrisas y en los gestos, con las manos constantemente abrigadas por guantes de hilo de Escocia, que no se quitaba ni en la escuela, impartiendo sus clases de francés a los muchachos de las escuelas técnicas, que naturalmente se reían.

¡Pues qué! Ninguna piedad, ninguna consideración por él, en toda la vecindad, por su doble desgracia. Es más, parecía que la muerte de la mujer y de sus dos criaturas gemelas era juzgada por todos como un justo y bien merecido castigo.

Toda la piedad era para los dos huerfanitos, cuyas suertes se consideraban en abstracto. En fin, ahora, el padrastro, sin duda alguna, volvería a casarse, con una arpía, ciertamente, una tirana; tendría no se sabe cuántos hijos, a los que Nené y Niní tendrían que servir, hasta que, a fuerza de maltratos, de torturas, antes una y luego el otro, fueran anulados.

Temblores de desdén, escalofríos de horror asaltaban con estos pensamientos a los hombres y a las mujeres de la vecindad; e impetuosamente los dos pequeños, en esta o aquella casa, eran abrazados e inundados en lágrimas.

Porque el profesor Erminio Del Donzello, ahora, cada mañana, antes de ir a la escuela, para atraerse a la vecindad hostil y demostrar el cuidado y la solicitud que se daba por los dos huérfanos, después de lavarlos y vestirlos, los cogía por la mano, cada uno a un lado, e iba a dejarlos ya en casa de esta familia, ya en casa de otra entre las muchas que se habían ofrecido.

Había – se entiende – en cada una de estas familias más caritativas y preocupadas por la suerte de los pequeños que las demás, al menos una muchacha de marido; y todas estas muchachas de marido, sin excepción, habrían sido mamás visceralmente amorosas con estos dos huerfanitos; pérfida tirana, despiadada arpía sería solo una, la que el profesor Erminio Del Donzello eligiera entre ellas.

Porque era una necesidad ineluctable, que el profesor Erminio Del Donzello, volviera a tomar esposa. Eso esperaba día tras día toda la vecindad, y para decir la verdad en ello pensaba en serio hasta él mismo.

¿Podía acaso durar mucho tiempo así? Esas familias se prestaban con tanto celo de caridad a acoger a los niños, para pescarlo; no había duda. Si él hubiera hecho la vista gorda mucho tiempo, dentro de poco le cerrarían la puerta en la cara; tampoco de esto había duda. ¿Y entonces? ¿Podía acaso él solo atender a esos dos pequeños? Con la escuela todas las mañanas, las clases particulares a media tarde, las correcciones de los ejercicios todas las tardes… ¿Una criada en casa? Él era joven, y cálido, aunque por fuera no lo pareciera. ¿Una criada vieja? Pero él se había casado porque la vida de soltero, ese ir mendigando amor, no le pareció ya compatible con su edad y con su dignidad de profesor. Y ahora, con esos dos pequeños…

No, vamos; era, era verdaderamente una necesidad ineluctable.

El apuro de la elección, en tanto, crecía día tras día, día tras día lo exasperaba cada vez más.

¡Y pensar que en principio había creído que le iba a resultar muy difícil encontrar una segunda mujer, en esas condiciones suyas! ¿Necesitaba una? ¡Enseguida había encontrado diez, doce, quince, una más dispuesta e impaciente que la otra!

Sí, porque en el fondo, vamos, era viudo, pero apenas: se podía decir que casi no había tenido tiempo de estar casado. Y en cuanto a los hijos, sí, los tenía, pero no eran suyos. La casa, en tanto, hasta la mayoría de edad de estos, que eran aún tan pequeños, era para él, y así incluso el fruto de la dote, el cual, junto a su sueldo de profesor hacía una entrada más que discreta.

Esta cuenta se la habían hecho todas las mamás y las señoritas de la vecindad. Pero el profesor Erminio Del Donzello estaba seguro de que se atraería todas las furias del infierno, si hacía la elección en esa vecindad.

Sobre todo tenía, y con razón, miedo de las suegras. Porque cada una de esas madres desilusionadas se volvería para él una suegra; todas se constituirían como mamás póstumas de su pobre mujer difunta, y abuela de esos dos huerfanitos. ¡Y qué mamá, qué abuela, qué suegra no sería, por ejemplo, la señora Ninfa, de la casa de enfrente, quien más que las demás le había hecho y seguía haciéndole las más imperiosas pruebas de todo servicio, junto a la hija Romilda y al hijo Toto!

Venían los tres, cada mañana, a arrancarle los pequeños de casa, para que no los llevara a otra parte. ¡Vamos, uno al menos!, que les diese a ellos al menos uno, o a Nené, o a Niní; mejor a Nené, ¡oh, querida!, pero también a Niní, ¡oh, querido! Y besos y caramelos y caricias sin fin.

El profesor Erminio Del Donzello no sabía cómo protegerse; sonreía, angustiado; se volvía allí y aquí; se ponía delante del pecho las manos enguantadas; torcía el cuello como una cigüeña:

– Mire, querida señora… queridísima señora… no quisiera que… no quisiera que…

– Pero ¡déjelo, déjelo, profesor! ¡Puede estar seguro de que como están con nosotros no están con nadie! Mi Romilda está loca por ellos, ¿sabe?, precisamente loca, tanto de uno como del otro. ¡Y mire a mi Toto! Mírelo ahí…

El profesor Erminio Del Donzello, obligado a ceder, iba como sobre una maleza, volviéndose a sonreír aquí y allá, casi pidiéndoles perdón a las demás vecinas.

Pero en las horas en que él, siempre con los guantes de hilo de Escocia, les enseñaba francés a los muchachos de las escuelas técnicas, ¿qué escuela les daban esas vecinas, y señaladamente la señora Ninfa con la hija Romilda y el hijo Toto, a Nené y a Niní?, ¿qué prevenciones y qué sospechas infundían en sus pequeñas almas?, ¿y qué miedos?

Ya Nené, que se había hecho una bonita muñequita avispada y fuerte, con los hoyitos en las mejillas, la boquita picuda, los ojillos centelleantes, agudos y listos, completamente ímpetus entre risitas nerviosas, con los cabellos negros, movidos, siempre delante de los ojos, por mucho que de vez en cuando se los apartase con rápidas, rabiosas sacudidas, se presentaba fieramente contra las amenazas imaginarias, contra los maltratos, las humillaciones de la futura madrastra que las vecinas le hacían entrever; y mostrando el puñito cerrado, gritaba:

– ¡Y la mato!

Inmediatamente, ante ese hecho, esas se le arrojaban encima, se la arrancaban, para sofocarla a besos y caricias.

– ¡Oh, querida! ¡Amor! ¡Ángel! ¡Sí, querida, así! Porque todo es tuyo, ¿sabes? La casa es tuya, la dote de tu mamita es tuya, tuya y de tu hermanito, ¿comprendes? ¡Y tú tienes que defender a tu hermanito! Y si no puedes sola, aquí estamos nosotros, a hacer que se cumpla con su deber, tanto ella como él, ¡no lo dudes, aquí estamos nosotros para ti y para Niní!

Niní era un zampabollos muy grande, bonachón, con las piernas un poco arqueadas y la lengua aún liada. Cuando Nené, la hermanita, levantaba el puño y gritaba: ¡La mato!, se volvía despacio a mirarla y preguntaba con voz triste y con serena seriedad:

– ¿La matas de verdad?

Y ante esta pregunta, nuevas manifestaciones de frenéticas carantoñas de todas esas buenas vecinas.

De los frutos de esta escuela, el profesor Erminio Del Donzello se dio buena cuenta, cuando, después de un año de titubeos y angustiosas perplejidades, elegida al fin la casta solterona envejecida, de nombre Caterina, sobrina de un cura, se casó con ella y la llevó a casa.

Esa pobrecita parecía que seguía rezando sus oraciones incluso cuando, con la mirada baja, hablaba de la compra o de la colada. Sin embargo, el profesor Erminio Del Donzello, cada mañana, antes de ir a la escuela, le decía:

– ¡Caterina mía, te lo ruego! Conozco, conozco tu mansedumbre, querida. Pero procura, por favor, no darle pábulo por nada a todas estas víboras de nuestro alrededor, para que arrojen su veneno. Haz que estos angelitos no griten ni lloren por ninguna razón. Te lo ruego.

Está bien; pero Nené, a decir verdad, tenía los cabellos enredados, ¿no tenía que peinarla? El comilón de Niní tenía los morritos sucios, y sucias también las rodillas, ¿no tenía que lavarlo?

– Nené, ven, amorcito, que te peine.

Y Nené,

– ¡No quiero peinarme!

– ¡Niní, vamos, ven al menos tú, querido mío!, enséñale a la hermanita cómo te lavas.

Y Niní, sereno y triste, imitando torpemente el gesto de la hermana:

– ¡No quiero lavarme!

Y si Caterina apenas lo obligaba, o se acercaba a ellos con el peine o con la palangana, ¡gritos que llegaban al cielo!

Enseguida, las vecinas:

– ¡Ya comienza de nuevo! ¡Ah, pobres criaturas! ¡Dios misericordioso, oye, oye! Pero ¿qué hace? ¡Uff!, ¡le arranca los cabellos a la grande! ¡Oye qué bofetones le da al pequeñín! ¡Ah, qué suplicio, Dios, Dios, ten piedad de estos dos pobres inocentes!

Si luego Caterina, para que no gritaran dejaba a Nené despeinada y sucio a Niní:

– Pero mirad a estos dos amorcitos cómo han terminado: ¡una perrita desgreñada y un cerdito!

Nené algunas mañanas se escapaba de casa en pijama, con los pies descalzos; se sentaba en el escalón de la entrada, en la calle, se cruzaba las piernas y sacudiendo la cabeza para quitarse de los ojos los mechones rebeldes, reía y les anunciaba a todos:

– ¡Estoy castigada!

Poco después, despacio, bajaba con las piernecitas arqueadas Niní, en pijama y descalzo también, agarrando por el mango el orinal de lata; lo colocaba junto a la hermana, se sentaba en él, y repetía muy serio, enfadado y con su media lengua:

– ¡To catigao!

¡Figuraos alrededor qué gritos de compasión y de desdén de las vecinas indignadas!

¡Ahí estaban, desnudos!, ¡desnudos! ¡Qué barbarie, con este frío! ¡Matar de una bronquitis, de una pulmonía a estas dos criaturitas! ¿Cómo podía Dios permitir esto? Ah, sí, a escondidas, ¿no es verdad?, ellos, a escondidas, ¿se habían escapado de la cama? ¿Y por qué se habían escapado? ¡Señal de que los pequeños eran tratados quién sabe cómo! Ah, ya, nada… ¡Gente de iglesia, figurémonos! ¡Damos el suplicio sin que griten! ¡Oh, Dios, he aquí ahora las lágrimas, he aquí las lágrimas de cocodrilo!

Una santa, incluso una santa hubiera perdido la paciencia. Esa pobre mujer sentía que se le volvía el corazón en el pecho, no solo por la cruel injusticia, sino también por el suplicio de ver a esa niña, Nené, tan bonita, crecer como un diablo, predispuesta por esas pérfidas cotillas, sin modales, sin respeto por nadie.

– ¡La casa es mía! ¡La dote es mía!

¡Señor Dios, la dote! ¡Una pequeñaja de un palmo de altura que gritaba y levantaba los puños y zapateaba por la dote!

El profesor Erminio Del Donzello parecía haber envejecido en unos meses diez años.

Miraba a la pobre mujer que lloraba delante de él desesperada, y no sabía decirle nada, como no sabía decirles nada a esos dos torbellinos.

¿Estaba atontado? No. No hablaba, porque se sentía mal. Y se sentía mal, porque… ¡porque precisamente esos dos pequeños llevaban consigo este destino!

El padre había muerto; y la madre, para atenderlos, se había vuelto a casar y había muerto. Ahora… ahora le tocaba a él.

Estaba profundamente convencido de ello el profesor Erminio Del Donzello.

¡Le tocaba a él!

Mañana, su viuda, esa pobre Caterina, para darles una guía a Nené y a Niní, un sostén, se casaría, a su vez, por segunda vez, y también ella moriría; y a ese segundo marido le tocaría volverse a casar; y así, uno tras otro, una infinita serie de sustitutos padres pasarían en poco tiempo por esa casa.

La prueba evidente estaba en el hecho de que él ya se sentía muy, muy mal.

Era el destino, y no había, por tanto, nada que decir ni que hacer.

La mujer, viendo que no lograba sacudirlo de ningún modo de esa obsesión que lo atontaba, fue a pedirle consejo a su tío cura. Este, sin más, le impuso que obedeciera a su deber y a su conciencia, sin atender a las protestas infames de esos malvados. ¡Si con la bondad no se volvían razonables esos dos pequeños, que usara la fuerza!

El consejo fue sabio; pero, ay, no tuvo otro efecto que aligerar el fin del pobre profesor.

La primera vez que Caterina lo puso en práctica, Erminio Del Donzello, al volver de la escuela, vio que venía a su encuentro con las manos en la cara ese Toto seguido por todas las vecinas vociferando con los brazos levantados.

La mujer había tenido que encerrarse en casa. Y había guardias y policías delante de la puerta.

Toda la vecindad había depositado la firma en una protesta que tenían que presentar en la Comisaría por las torturas que les causaban a esos dos angelitos.

La vergüenza, la ansiedad por el escándalo enorme fueron tales y tanta la rabia por esa obstinada, feroz iniquidad, que Erminio Del Donzello estuvo en pocos día a las puertas de la muerte, por un derrame de bilis imprevisto y tremendo.

Antes de cerrar los ojos para siempre, llamó a la mujer a su lado y con un hilo de voz le dijo:

– Caterina mía, ¿quieres un consejo? Cásate, cásate con ese Toto, querida, de la señora Ninfa. No temas; pronto vendrás conmigo. Y entonces deja que se cuide él, junto a la otra, de esos dos pequeños. Quédate segura, querida, de que morirá pronto también él.

Nené y Niní, en tanto, en casa de una vecina habían encontrado una gatita mansa y un papagayo embalsamado, y jugaban con ellos, ignorantes y felices.

– ¡Mao, te estrangulo! – decía Nené.

Y Niní, volviéndose, con la lengua liada:

¿Lo trangulas de verdad?

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