Página dedicada a mi madre, julio de 2020

3.3 Sol y sombra

I

Entre las ramas de los árboles que formaban casi un pórtico verde y leve en la alameda larguísima que rodeaba los muros de la vieja ciudad, la luna, apareciendo de pronto, por sorpresa, parecía que le decía a un hombre de altísima estatura que, a una hora tan insólita, se aventuraba solo por esa oscuridad tan insegura:

– Sí, pero yo te veo.

Y como si verdaderamente se viese descubierto, el hombre se paraba y, frotándose el pecho con las palmas, exclamaba con intensa exasperación:

– ¡Yo, claro!, ¡yo!, ¡Ciunna!

Mientras tanto, sobre su cabeza, todas las hojas, crujiendo infinitamente, parecía que se confiaban ese nombre: – Ciunna… Ciunna… – como si, al conocerlo desde hacía tantos años, supieran por qué paseaba a esa hora, tan solo por la temible alameda. Y seguían susurrando de él con misterio y de lo que había hecho… chisss… ¡Ciunna! ¡Ciunna!

Él, entonces, miraba detrás, en la oscuridad larga de la alameda interrumpida aquí y allá por tantas sombras de la luna; tal vez alguien… chisss… Miraba a su alrededor e, imponiéndose silencio a sí mismo y a las hojas… chisss… volvía a pasear, con las manos cogidas tras la espalda.

Muy callado, dos mil setecientas liras. Dos mil setecientas liras sustraídas de la caja del almacén general de tabacos. Por tanto, reo… chisss… de desfalco.

Al día siguiente vendría el Inspector.

– Ciunna, aquí faltan dos mil setecientas liras.

– Sí, señor. Las he cogido yo, señor Inspector.

– ¿Cogidas? ¿Cómo?

– Con dos dedos, señor Inspector.

– ¿Ah, sí? ¡Muy bien, Ciunna! ¿Cogidas como una pizca de rapé? Mis felicitaciones, por un lado; por otro, si no le importa, hágame el favor de pasar por la cárcel.

– Ah, no, ah, discúlpeme, señor caballero. Lo siento muchísimo. Tanto que, si me lo permite, mire: mañana mismo Ciunna bajará en coche a la Marina. Con las dos medallas del Sesenta en el pecho y un buen colgante de diez kilos atado al cuello como un escapulario, se tirará al mar, señor caballero. La muerte es fea; tiene las piernas secas; pero Ciunna, después de sesenta y dos años de vida íntegra, a la cárcel no va.

Desde hacía quince días, estos estrambóticos soliloquios dialogados, acompañados de gestos muy vivaces. Y, al igual que la luna entre las ramas, se asomaban a estos soliloquios un poco todos sus conocidos, que habitualmente se lo tomaban a broma debido a la cómica extrañeza de su carácter y a su modo de hablar.

– ¡Por ti, Niccolino! – seguía, de hecho, Ciunna, dirigiéndose mentalmente a su hijo.- ¡Por ti he robado! Pero no creas que me he arrepentido. ¡Cuatro niños, señor Dios, cuatro niños en medio de la calle! Y tu mujer, Niccolino, ¿qué hace? Nada, se ríe: encinta de nuevo. Cuatro y uno, cinco. ¡Bendita! Prolífica, hijo mío, prolífica; ¡puebla de pequeños Ciunna la ciudad! Visto que la miseria no te concede otra satisfacción, ¡prolífica, hijo! Los peces que mañana se comerán a tu papá tendrán luego la obligación de darte de comer a ti y a tu numerosa prole. ¡Barcas de pesca de la marina, una carga de peces cada día para mis nietos!

Esta obligación de los peces le llegaba ahora; porque, hasta hacía pocos días, en cambio se exhortaba así:

– ¡Veneno!, ¡veneno!, ¡la mejor muerte! ¡Una pildorita, y buenas noches!

Y se había procurado, por medio del mozo del Instituto químico, algunos pedacitos cristalinos de anhídrido arsenioso. Con esos pedacitos en el bolsillo, había ido incluso a confesarse.

– Morir está bien; pero en la gracia de Dios.

– ¡Con el veneno, sin embargo, no! – añadía ahora. – Demasiados espasmos. El hombre es vil; pide a gritos ayuda; ¿y si me salvan? No, no, allí, mejor: en el mar. Las medallas, en el pecho; el colgante, en el cuello, y pataplum. Luego: por completo de panza. Señores, un garibaldino flotando: ¡un cetáceo de una nueva especie! Di, Ciunna, ¿qué hay en el mar? Pececitos, Ciunna, que tienen hambre, como tus nietecitos en la tierra, como los pajaritos en el cielo.

Avisaría el coche para el día siguiente. A las siete de la mañana, con el fresquito, a la calle; una horita para bajar a la Marina; y, a las ocho y media, ¡adiós, Ciunna!

Entretanto, prosiguiendo por la alameda, pensaba en la carta que dejaría. ¿A quién se la dirigiría? ¿A la mujer, pobre vieja?, ¿al hijo?, ¿o a un amigo? ¡No, fuera los amigos! ¿Quién le había ayudado? Para decir la verdad, no le había pedido ayuda a nadie; pero porque sabía de antemano que ninguno tendría piedad con él. Y la prueba era esta: todo el pueblo lo veía desde hacía quince días ir por la calle desnortado; pues bien, ni siquiera un perro se había parado a preguntarle: – Ciunna, ¿qué tienes?

II

A la mañana siguiente, tras ser despertado por la criada a las siete en punto, se asombró de haber dormido profundamente toda la noche.

– ¿Ha llegado el coche?

– Sí, señor, está abajo esperando.

– ¡Ya estoy preparado! Pero, ¡oh, los zapatos, Rosa! Espera, abro la puerta.

Al bajar de la cama para coger los zapatos, otro estupor: la noche anterior había dejado, como de costumbre, los zapatos fuera de la puerta, para que la criada los limpiase. Como si le hubiera importado irse al otro mundo con los zapatos limpios.

Tercer estupor delante del armario, al que se dirigió para coger el traje que solía ponerse en las excursiones, para reservar el otro, el de la ciudad, un poco más nuevo, o menos viejo.

– ¿Y para qué lo reservo ahora?

En definitiva, todo como si él mismo, en el fondo, no se creyera aún que dentro de poco se iba a matar. El sueño… los zapatos… el traje… Y a decir verdad, ahora está lavándose la cara; y ahora se mira al espejo, como de costumbre, para hacerse con cuidado el nudo de la corbata.

– Pero ¿a qué juego?

No. La carta. ¿Dónde la había puesto? Aquí, en el cajón del comodín. ¡Aquí está!

Leyó el encabezamiento: “Para Niccolino”.

– ¿Dónde la pongo?

Pensó ponerla en la almohada de la cama, justo en el sitio donde había puesto la cabeza por última vez.

Aquí la verán mejor.

Sabía que la mujer y la criada no entraban antes de mediodía para hacer la cama.

– A mediodía ya habrán pasado más de tres horas…

No terminó la frase; dio una última mirada en redondo, como para despedirse de las cosas que dejaba para siempre; descubrió en el cabecero el viejo crucifijo de marfil amarillento, se quitó el sombrero y dobló las piernas como para arrodillarse.

Pero en el fondo aún no se sentía ni siquiera despierto del todo. Tenía aún en la nariz y en los ojos, pesado y profundo, el sueño.

– Dios mío… Dios mío… – dijo al final, imprevistamente perdido.

Y se apretó fuerte la frente con una mano.

Pero luego pensó que abajo el coche ya esperaba, y salió precipitadamente.

– Adiós, Rosa. Di que vuelvo antes de la noche.

Cruzando en coche, al trote, la ciudad (el animal del cochero les había puesto los cascabeles a los caballos como para ir a una fiesta campestre), Ciunna sintió, en el aire fresco, que se despertaba enseguida la inspiración cómica que era propia de su naturaleza, e imaginó que los músicos de la banda municipal, con penachos agitados en los yelmos, corrían detrás de él, gritando y haciendo señales con los brazos para que se parara o fuera más despacio, pues querían tocarle  la marcha fúnebre. Detrás, corriendo de ese modo, no podían.

“¡Muchas gracias! ¡Adiós, amigos! ¡Prefiero prescindir de ello! Me basta este estrépito de los cristales del coche, y esta alegría de los cascabeles!”

Pasadas las últimas casas, ensanchó el pecho a la vista del campo que parecía inundado de un rubio mar de mieses, en el que sobrenadaban aquí y allá almendros y olivos.

Vio a su derecha salir de un algarrobo a una campesina con tres niños; contempló un momento el gran árbol enano, y pensó: “Es como la gallina que tiene debajo a sus pollitos”. Lo saludó con la mano. Anhelaba saludar todas las cosas, por última vez, pero sin aflicción; como si con la alegría que sentía en ese momento se viera completamente recompensado.

El coche ahora bajaba con dificultad por el callejón polvoriento, más empinado que nunca. Subían y bajaban largas filas de carretas. No había prestado atención nunca a los característicos arreos de los mulos que tiran de esas carretas. Lo notó ahora, como si esos mulos se hubieran vestido, con todos esos flecos y esos lazos y borlas variopintas, para hacerle a él una fiesta.

A la derecha, a la izquierda, aquí y allá, en los montones de guijos, estaban sentados, descansando, algunos mendigos, tullidos o ciegos, que desde el barrio marino subían hasta la colina de la ciudad, o bajaban desde esta hacia aquel por una moneda o un trozo de pan que les habían prometido para tal día.

A la vista de estos se afligió, y enseguida se le ocurrió invitarlos a que subieran al coche con él: “¡Alegres!, ¡alegres! ¡Vamos a tirarnos al mar todos! ¡Un coche de desesperados! ¡Vamos, vamos, hijos!, ¡subid, subid! La vida es hermosa y no debemos afligirla con nuestra vista”.

Se contuvo, para no desvelarle al cochero la finalidad de la excursión. Sonrió, sin embargo, de nuevo, imaginándose a todos esos mendigos en el coche con él; y, como si verdaderamente estuvieran allí con él, viendo a otro por la calle, se repetía para sí mismo la invitación:

“¡Ven, tú también, sube! ¡Te doy un viaje gratis!”

III

En el barrio marino Ciunna era conocido por todos.

– ¡Gran Ciunna! – sintió, de hecho, que lo llamaban, apenas bajó del coche; y se encontró entre los brazos de un tal Tino Imbrò, su joven amigo, que le zampó dos sonoros besos, golpeándole con una mano la espalda.

– ¿Cómo está? ¿Cómo está? ¿Qué ha venido a hacer aquí a este poblachón de descalzos?

– Un asuntillo… – respondió Ciunna sonriendo con embarazo.

– ¿Este coche está a su disposición?

– ¡Sí, lo he tomado en alquiler!

– Muy bien. Por tanto, ¡cochero, suelta el caballo! Querido Ciunna, por muy mal que se encuentre, ojos pálidos, nariz pálida, labios pálidos, lo secuestro. Si le duele la cabeza, hago que se le pase; ¡y hago que se le pase cualquierísima cosa!

– Gracias, Tino mío, – dijo Ciunna, enternecido por la festiva acogida del alegre joven. – Mira, tengo que solucionar de verdad un asunto muy urgente. Luego es necesario que vuelva de prisa. Por lo demás, no sé, quizás hoy me llegue de golpe, de sopetón, el inspector.

– ¿El domingo? ¿Y eso, cómo?, ¿sin avisar?

– ¡Ah, sí! – replicó Ciunna. – ¿También quieres un aviso? Caen encima de ti cuando menos te lo esperas.

– No lo veo razonable, – protestó el otro. – Hoy es día de fiesta, y queremos reírnos. Yo lo secuestro. Estoy de nuevo soltero, ¿sabe? Mi mujer, la pobrecilla, lloraba noche y día… “¿Qué tienes, querida mía, qué tienes?” “¡Quiero a mi mamá!, ¡quiero a mi papá!” “Oh, ¿me lloras por esto? Tontona, vete con mamá, vete con papá, que te darán un caramelo, cositas muy buenas…” Dígame usted, que es mi maestro, ¿he hecho bien?

Rio incluso desde el pescante el cochero. Y entonces Imbrò:

– ¡Estúpido, aún estás ahí? ¡Marche! Te lo he dicho: ¡Suelta el caballo!

– Espera, -dijo de nuevo Ciunna, sacando del bolsillo del pecho la cartera. – Pago antes.

Pero Imbrò le sujetó el brazo:

– ¡Eso nunca! ¡Pagar y morir, lo más tarde que se pueda!

– No, antes, – insistió Ciunna. – Tengo que pagar antes. Si me quedo, aunque solo sea un poco, en este barrio de caballeros, comprenderás que corro el peligro de que me roben incluso las suelas de los zapatos, apenas levante el pie para caminar.

– ¡Este es mi viejo maestro! ¡Al fin te reconozco! Pague, pague y vámonos.

Ciunna movió levemente la cabeza, con una sonrisa amarga en los labios; le pagó al cochero y luego le preguntó a Imbrò:

– ¿Dónde me llevas? Cuidado, solo media horita.

– Usted bromea. El coche está pagado, puede esperar hasta la noche. No vale decir no: ahora organizo yo el día. ¿Ve?, tengo aquí el bolso, iba a la playa. Venga conmigo.

– ¡Ni por asomo! – se negó enérgicamente Ciunna. – ¿Yo, a la playa? ¡Nada de playa, querido!

Tino Imbrò lo miró maravillado.

– ¿Hidrofobia?

– No, escucha, – replicó Ciunna, asentando los pies como un mulo. – Cuando te he dicho que no, es que no. A bañarme a la playa, si acaso, iré más tarde.

– ¡Pero es esta la hora! – exclamó Imbrò. – Un buen baño, y luego, con el hambre, corriendo al León de oro: ¡comilona y lingotazo! ¡Déjese servir!

– Un festín precisamente. ¡Vamos! Me haces reír. Por lo demás, mira, estoy desprovisto de todo: no tengo bañador, ni albornoz. Yo aún pienso en la decencia.

– ¡Vamos! – exclamó el otro, arrastrando a Ciunna por un brazo. – Encontrará todo lo necesario en el balneario.

Ciunna se sometió a la vivaz, afectuosa tiranía del jovencito.

Encerrado, poco después, en una cabina de la playa, se dejó caer en un silla y apoyó la cabeza doblada en la pared de madera, con todos los miembros abandonados, e impreso en la cara un sufrimiento casi rabioso.

– Una pequeña degustación del elemento, – murmuró.

Oyó unos golpes en las tablas de la cabina de al lado, y la voz de Imbrò:

– ¿Estamos ya? Yo ya estoy en bañador. ¡Tinino de las hermosas piernas!

Ciunna se puso en pie.

– Ya está, me desnudo.

Comenzó a desnudarse. Al sacar del bolsillo del chaleco el reloj, para esconderlo prudentemente dentro de un zapato, quiso mirar la hora. Aún eran las nueve y media, y pensó: “¡Una hora ganada!”. Se puso a bajar la escalera mojada, presa de la sensación de frío.

– ¡Abajo, abajo, al agua! – le gritó Imbrò, que ya se había zambullido, y amenazaba salpicarlo con una mano.

– ¡No, no! – gritó a su vez Ciunna, tembloroso y convulso, con esa angustia que confunde o frena ante la móvil, vítrea densidad del agua marina. – ¡Mira, que vuelvo a subir! No sería una broma… no lo soporto… ¡Brrr, qué fría está! – añadió, rozando el agua con la punta del pie retenido. Luego, como turbado de improviso por una idea, se zambulló por completo bajo el agua.

– ¡Excelente! – gritó el otro, apenas Ciunna se puso en pie, chorreando como una fuente.

– ¿Valiente, eh? – dijo Ciunna, pasándose las manos por la cabeza y por la cara.

– ¿Sabe nadar?

– No, me las arreglo.

– Yo me alejo un poco.

El agua en el recinto era baja. Ciunna se acuclilló, agarrándose con un brazo a un palo y golpeando ligeramente el agua con la otra mano, como si quisiera decirle: ¡sé buena!, ¡sé buena!, ¡más tarde!

Era verdaderamente una irrisión atroz ese baño: él, en calzoncillos, en cuclillas y sujeto a un palo, dialogando con el agua.

Poco después, sin embargo, Imbrò, volviendo al recinto y lanzando una mirada alrededor, ya no lo encontró. ¿Ya había subido? Y se dirigía para cerciorarse a la escalera de la cabina, cuando he ahí que de pronto, se lo vio delante, saliendo de estampía del agua, con la cara roja, babeando estrepitosamente.

– ¡Eh! Pero ¿está loco? ¿Qué ha hecho? ¿No sabe que así se le puede reventar una vena del cuello?

– Deja que reviente, – dijo Ciunna jadeando, medio ahogado, con los ojos fuera de las órbitas.

– ¿Ha tragado agua?

– Un poco.

– Eh, digo, – dijo Imbrò y con la mano señaló de nuevo la duda de que su viejo amigo hubiera enloquecido. Lo miró un poco; le preguntó: – ¿Ha querido probar su respiración o se ha sentido mal?

– Probar mi respiración, – respondió sombrío Ciunna, pasándose de nuevo las manos por los cabellos mojados.

– ¡Matrícula de honor para el muchachito! – exclamó Imbrò. – ¡Vamos, vamos a vestirnos! Además, ya se nos ha despertado el apetito. Dígame la verdad: ¿se encuentra mal?

Ciunna se había puesto a arquear como un pavo.

– No, – dijo, cuando acabó. – ¡Me siento bien! ¡Ya ha pasado! ¡Vamos, vamos a vestirnos!

– Espaguetis con mejillones, y glu, glu, glu… ¡un vinito! Déjeme a mí; pienso yo. Regalo de los familiares de mi mujer, que en gloria esté. Me queda aún un barrilito. ¡Verá!

IV

Se levantaron de la mesa cuando ya eran cerca de las cuatro. El cochero se asomó a la puerta del mesón:

– ¿Tengo que enganchar el caballo?

– ¡Si no te vas! – amenazó Imbrò con la cara encendida, echándose con un brazo a Ciunna sobre el pecho y agarrando con la otra mano una botella vacía.

Ciunna, no menos encendido, se dejó atraer: sonrió, no replicó; feliz como un niño con esa protección.

– ¡Te he dicho que no volvemos hasta la noche! – continuó Imbrò.

– ¡Se sabe! ¡Se sabe! – aprobaron en coro muchas voces.

Porque el comedor se había llenado con una veintena de amigos de Ciunna y de Imbrò, y los demás clientes del mesón se habían puesto a comer juntos, formando así una gran mesa, alegre primero, luego cada vez más ruidosa: risas, gritos, brindis de burla, un jaleo de infierno.

Tino Imbrò subió a la silla. ¡Una propuesta! Todos a bordo del vapor inglés anclado en el puerto.

– ¡Con el capitán nos llevamos peor que con los hermanos!, es un joven de unos treinta años, lleno de barba y de virtud: ¡con unas botellas de Gin que ni os cuento!

La propuesta fue acogida por una turbamulta de aplausos.

Hacia las seis, disuelta la compañía tras la visita al vapor, Ciunna le dijo a Imbrò:

– ¡Querido Tinino, ya es hora de que nos vayamos! No sé cómo agradecértelo.

– Eso ni pensarlo, – lo interrumpió Imbrò. – Piense mejor que tiene que realizar aún el asuntillo del que me ha hablado esta mañana.

– ¡Ah, ya, tienes razón!, – dijo Ciunna frunciendo el ceño y buscando con una mano el hombro del amigo, como si estuviera a punto de caerse. – Sí, sí, tienes razón. Y decir que había bajado para esto. Es necesario que vaya.

– Pero puede dejarlo, – le comentó Imbrò.

– No, – respondió Ciunna, torvo; y repitió: – Es necesario que vaya. He bebido, he comido, y ahora… Adiós, Tinino. No puedo dejarlo.

– ¿Quiere que lo acompañe? – preguntó este.

– ¡No! Ah, ah, ¿querrías acompañarme? Sería curioso. No, no, gracias, Tinino mío, gracias. Voy solo, por mi cuenta. He bebido, he comido, y ahora… ¡Adiós, Tinino, eh!

– Entonces lo espero aquí, con el coche, y nos despediremos. ¡Hágalo rápido!

– ¡Muy rápido!, ¡muy rápido! ¡Adiós, Tinino!

Y se marchó.

Imbrò hizo un gesto de disgusto y pensó: “¡Ay, los años, los años! Parece imposible que Ciunna… A fin de cuentas, ¿qué habrá bebido?”

Ciunna se volvió y, levantando y agitando un dedo a la altura de los ojos que guiñaba con picardía le dijo:

– No me conoces.

Luego se dirigió hacia el brazo más ancho del puerto, el de poniente, aún sin muelle, lleno de escollos amontonados los unos sobre los otros, entre los cuales el mar se lanzaba con oscuras zambullidas, seguidas de profundos remolinos. Se mantenía de pie con dificultad. Pero saltaba de un escollo a otro, quizás con la intención, no precisa, de resbalar, de romperse una espinilla, o de rodar, así casi sin quererlo, en el mar. Jadeaba, resoplaba, sacudía la cabeza como para quitarse de la nariz cierto fastidio, que no sabía si le venía del sudor, de las lágrimas o de los salpicones de las olas que se metían entre los escollos. Cuando estuvo en la punta de la escollera, se cayó sentado, se quitó el sombrero, cerró los ojos, la boca, e hinchó las mejillas, como para prepararse para expulsar, con todo el aliento que tenía en el cuerpo, la angustia, la desesperación, la bilis que había acumulado.

– Ufff…, veamos, – dijo al final, después de resollar, volviendo a abrir los ojos.

El sol se ponía. El mar, de un verde vítreo cerca de la orilla, se doraba intensamente en toda la extensión trémula del horizonte. El cielo estaba todo en llamas, y el aire muy limpio, en la viva luz, sobre todo ese temblor de aguas incendiadas.

– ¿Yo allí? – se preguntó Ciunna poco después, mirando el mar, más allá de los escollos. – ¿Por dos mil setecientas liras?

Le parecieron poquísimas. Como quitarle al mar un barril de agua.

– No tenemos derecho a robar, lo sé. Pero habría que ver si no tenemos el deber, por Dios, cuando cuatro niños te lloran por el pan, y uno tiene este asqueroso dinero entre las manos y lo está contando. La sociedad no nos da ese derecho; pero, tú, padre, tienes el deber de robar en semejantes casos. ¡Y yo soy dos veces padre de esos cuatro inocentes! Y si muero, ¿qué será de ellos? ¿Mendigarán por las calles? Ah, no, señor inspector; le haré llorar con mi caso. Y si usted, señor inspector, tiene el corazón tan duro como este escollo, pues bien, mándeme ante los jueces: quiero ver si tienen el valor de condenarme. ¿Que pierdo el trabajo? ¡Encontraré otro, señor Inspector! No se confunda. ¡Ahí yo no me tiro! ¡Aquí están las barcas! ¡Me compro un kilo de salmonetes grandes, y me vuelvo a casa a comérmelos con mis nietos!

Se levantó. Las barcas entraban a toda vela, virando. Se movió rápido para llegar a tiempo al mercado del pescado. Compró, entre peleas y gritos, los salmonetes aún vivos, saltando. Pero – ¿dónde los metería? Una cesta barata: con algas, dentro; y no lo dude, señor Ciunna, llegarán aún muy vivos a la ciudad.

En la calle, delante del León de oro, encontró a Imbrò, que, enseguida, le hizo con la mano una señal expresiva:

– ¿Evaporado?

– ¿Qué? Ah, el vino… ¿Qué creías? ¡Vamos! – dijo Ciunna. – Ya ves, he comprado salmonetes. Un beso, Tinino mío, y un millón de gracias.

– ¿Por qué?

– Quizás un día te lo diga. Oh, cochero, eche la capota, que no quiero que me vean.

V

Apenas fuera del barrio, comenzó la penosa pendiente.

Los dos caballos tiraban del coche con la capota echada, acompañando con un movimiento de la cabeza inclinada cada paso que daban con dificultad, y los cascabeles que colgaban parecía que medían la lentitud y la pena.

El cochero, de vez en cuando, exhortaba a los pobres animales delgados con una voz larga y lamentosa.

A mitad del camino, ya era noche cerrada.

La oscuridad sobrevenida, el silencio casi a la espera de un leve rumor en la soledad yerma de esos lugares mal guardados, despertaron el espíritu de Ciunna, aún nublado por los vapores del vino y cegado por el esplendor del ocaso en el mar.

Poco a poco, al crecer la sombra, había cerrado los ojos, casi para lisonjearse a sí mismo con la idea de que podía dormir. Ahora, en cambio, se encontraba con los ojos abiertos en la oscuridad del coche, fijos en el cristal de enfrente, que hacía ruido continuamente.

Le parecía que había salido hacía bien poco, inadvertidamente, de un sueño. Y, entretanto, no encontraba la fuerza de sacudirse, de mover un dedo. Tenía los miembros como de plomo y una tétrica gravedad en la cabeza. Estaba sentado casi sobre la espalda, abandonado, con la barbilla en el pecho, las piernas contra el asiento de enfrente, y la mano izquierda hundida en el bolsillo de los pantalones.

¡Oh, cómo! ¿Estaba de verdad borracho?

– Pare, – farfulló con la lengua pesada.

E imaginó, sin descomponerse, que bajaba del coche y se ponía a errar por los campos, en la noche, sin dirección. Oyó a lo lejos ladrar, y pensó que ese perro le ladraba a él errando allí abajo, por el valle.

– Pare, – repitió poco después, casi sin voz, bajando sobre los ojos los párpados lentos.

¡No! – él, muy callado, tenía que saltar del coche, sin hacerlo parar, sin que el cochero se diera cuenta; esperar que el coche se alejara un poco por el empinado callejón, y luego echarse a correr por el campo, correr hasta el mar allí al fondo.

Entretanto no se movía.

– ¡Plum! – intentó hacer con la lengua torpe.

De pronto una vibración en el cerebro hizo que se sobrecogiera, y con la mano derecha convulsa comenzó a rascarse rápidamente la frente:

– La carta… la carta…

Había dejado la carta para el hijo en la almohada de la cama. La veía. A esa hora, en casa lo lloraban muerto. Todo el pueblo, a esa hora, se había hecho eco de la noticia de su suicidio. ¿Y el inspector? El inspector seguro que había venido: “Le habrán entregado las llaves; se habrá dado cuenta del vacío de la caja. La suspensión sin honor, la miseria, el ridículo, la cárcel.”

Y el coche, entretanto, seguía hacia adelante, lentamente, con pena.

No. No. Presa de un temblor angustioso, Ciunna habría querido pararlo. ¿Y entonces? No, no. ¿Saltar del coche? Sacó la mano izquierda del bolsillo y con el pulgar y el índice se cogió el labio inferior, como reflexionando, mientras con los otros dedos apretaba, destrozaba algo. Abrió la mano, sacándola por la ventanilla, al claro de luna, y se miró  la palma. Se detuvo. El veneno. Allí, en el bolsillo, el veneno olvidado. Apretó los ojos, se lo metió en la boca: tragó. Rápidamente volvió a meter la mano en el bolsillo, sacó otros pedacitos: se los tragó. Vacío. Vértigo. El pecho, el vientre se le abrían, desgarrados. Sintió que le faltaba el aliento y sacó la cabeza por la ventanilla.

– Ahora muero.

El amplio valle de abajo estaba inundado de un fresco y leve claro de luna; las altas colinas de enfrente sobresalían negras y se dibujaban nítidamente en el cielo opalino.

Ante el espectáculo de esa deliciosa quietud lunar sintió una gran calma dentro de él. Apoyó la mano en la puerta, apoyó la barbilla sobre la mano y esperó, mirando hacia fuera. Subía desde el fondo del valle un claro y constante campanilleo de grillos, que parecía la voz del tembloroso reflejo lunar en las aguas corrientes de un plácido río invisible.

Levantó los ojos al cielo, sin separar la barbilla de la mano, luego miró las colinas negras y el valle de nuevo, como para ver cuánto les quedaba ahora a los demás, puesto que ya nada era para él. Dentro de poco, no vería, no oiría ya nada. ¿Acaso se había detenido el tiempo? ¿Cómo era que no sentía aún ningún atisbo de dolor?

– ¿No me muero?

Y enseguida, como si el pensamiento le hubiera dado la sensación esperada, se apartó, y con una mano se oprimió el vientre. No, aún no sentía nada. Sin embargo… Se pasó una mano por la frente: ¡ah!, ¡estaba cubierta de un sudor frío! El terror de la muerte, con la sensación de ese hielo, lo venció: tembló entero bajo la enorme, negra, hórrida inminencia irreparable, y se contrajo en el coche, mordiendo un cojín para sofocar el grito del primer espasmo que le cortaba las vísceras.

Silencio. Una voz. ¿Quién cantaba? Y esa luna…

Cantaba el cochero monótonamente, mientras los caballos cansados arrastraban con dificultad el coche negro por el callejón polvoriento, blanco de luna.

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