Página dedicada a mi madre, julio de 2020

3.9 Un extranjero

El señor Daniele Catellani, amigo mío, una hermosa cabeza rizada y nariguda – cabellos y nariz de raza – tiene un feo vicio: se ríe con la garganta de un modo tan irritante, que muchos, tantas veces, tienen la tentación de darle un bofetón. Y más cuando, poco después, aprueba lo que usted está diciéndole. Lo aprueba con la cabeza; lo aprueba con precipitados:

– ¡Ya, ya!, ¡ya, ya!

Como si poco antes no hubieran sido las palabras de usted las que le provocaron esa risa tan fastidiosa.

Naturalmente usted se queda irritado y desconcertado. Pero atento, que también es cierto que el señor Daniele Catellani hará lo que usted diga. No se da el caso de que se oponga a un juicio, a una propuesta, a una consideración de los demás.

Pero antes ríe.

Quizás porque, tomado de sorpresa, allí, en su mundo abstracto, tan diferente del que usted lo llama de imprevisto, siente esa misma impresión por la que a veces un caballo arruga la nariz y relincha.

De la docilidad del señor Catellani y de su buena voluntad de acercarse sin golpes al mundo de los otros, hay por lo demás no pocas pruebas, de cuya sinceridad sería, creo yo, indicio de exagerada desconfianza dudar.

Comencemos con que para no ofender con su distintivo semítico, demasiado abiertamente manifiesto por su primer apellido (Levi), se lo ha quitado y en cambio ha asumido el de Catellani.

Pero ha hecho incluso más.

Se ha emparentado con una familia católica, clerical entre las más clericales, contrayendo un matrimonio llamado mixto, es decir, a condición de que sus hijos (y ya tiene cinco) sean bautizados como la madre, y por ello, perdidos irremisiblemente para su fe.

Dicen, sin embargo, que esa risita tan irritante de mi amigo, el señor Catellani, tiene precisamente la fecha de este su matrimonio mixto.

Por lo que parece, no por culpa de su mujer, a pesar de todo, una estupenda señora, muy buena con él, sino por culpa del suegro, que es el señor Pietro Ambrini, sobrino del difunto cardenal Ambrini, hombre de muy intransigentes principios clericales.

¿Cómo puede ser, dice usted, que el señor Daniele Catellani fuera a meterse en una familia provista de un futuro suegro de tal fuerza?

¡Bah!

Se ve que, concebida la idea de contraer un matrimonio mixto, quiso realizarla sin medios términos; y quién sabe luego, quizás incluso con la ilusión de que la elección misma de la esposa de la familia tan notoriamente devota a la santa Iglesia católica, les demostrara a todos que él consideraba como un accidente involuntario, que no se debía tener en cuenta, que él hubiera nacido semita.

Luchas acérrimas tuvo que sostener por este matrimonio. Pero es un hecho que las mayores dificultades que tenemos que sufrir en la vida son siempre las que afrontamos para construirnos con nuestras mismas manos la horca.

Quizás, sin embargo, – al menos por lo que se dice – mi amigo Catellani no habría logrado colgarse, sin la ayuda no del todo desinteresada del joven Millino Ambrini, hermano de la señora, que huyó dos años después a América por razones muy delicadas, de las que es mejor no hablar.

El hecho es que el suegro, cediendo de mala gana a la boda, le impuso a la hija como condición imprescindible que no derogara ni un punto de su santa fe y que respetara con el mayor celo todos los preceptos de aquella, sin faltar nunca a ninguna de las prácticas religiosas. Pretendió, además, que se le reconociera como sacrosanto el derecho de vigilar para que los preceptos y las prácticas fueran todos, uno por uno, escrupulosamente observados, no solo por la nueva señora Catellani, sino incluso por los hijos que nacieran de ella.

Sin embargo, nueve años después, a pesar de la docilidad de la que el yerno le ha dado y sigue dándole las más claras pruebas, el señor Pietro Ambrini no se desarma. Frío, cadavérico y maquillado, con la ropa que desde hace años le queda encima como si fuera nueva y ese olor ambiguo de los polvos, que las mujeres se ponen después del baño, bajo las axilas y en otras partes, tiene el coraje de arrugar la nariz, al verlo pasar, como si, para su nariz ultracatólica, el yerno aún no se hubiera quitado su muy pestilente fœtor judaicus.

Lo sé porque a menudo hemos hablado de ello juntos.

El señor Daniele Catellani ríe a su manera, con la garganta, no tanto porque le parezca bufa esta vana obstinación del fiero suegro de ver en él, a la fuerza, a un enemigo de su fe, cuanto por lo que advierte en sí mismo desde un tiempo a esta parte.

¿Es posible, vamos, que en un tiempo como el nuestro, en un país como el nuestro, tenga que sufrir una persecución religiosa uno como él, separado desde la infancia de toda fe religiosa y dispuesto a respetar la de los demás, ya sea china, hindú, luterana o mahometana?

Pues bien, así es precisamente. Hay poco que decir: el suegro lo persigue. Será ridícula, muy ridícula, pero una verdadera y propia persecución religiosa, en su casa, existe. Será solo por una parte y contra un pobre inerme, es más, que ha llegado adrede sin armas para rendirse; pero una verdadera y propia guerra religiosa este bendito hombre del suegro se la renueva en casa cada día, a cualquier precio, y con el ánimo inflexible y acérrimamente enemigo.

Ahora, dejemos a un lado que – dale que dale un día tras otro – a causa de la bilis que ya comienza a removérsele dentro, el homo judæus comienza poco a poco a renacer y a reconstituirse dentro de él, sin que él, por lo demás, quiera reconocerlo. Dejemos esto a un lado. Pero el desprestigio que él siente cada día, en la consideración y en el respeto de la gente, por todo ese exceso de prácticas religiosas de su familia, tan deliberadamente ostentado por el suegro, y no por un sentimiento sincero, sino por fastidiarlo a él y con la intención manifiesta de dirigirle una ofensa gratuita, no puede dejar de ser advertido por mi amigo el señor Daniele Catellani. Y hay más. Los hijos, esos pobres niños tan vejados por el abuelo, también comienzan a advertir confusamente que la razón de ese tormento continuo que el abuelo les inflige, tiene que estar en él, en su papá. No saben cuál, pero tiene que estar en él ciertamente. El buen Dios, el buen Jesús – (¡claro, el buen Jesús especialmente!) – pero también los Santos, hoy este y mañana el otro, a los que ellos van a rogar a la iglesia con el abuelo cada día, está claro ahora que necesitan todas esas oraciones porque él, papá, ciertamente tiene que haberles hecho algún gran mal. ¡Al buen Jesús, especialmente! Y antes de ir a la iglesia, arrastrados de la mano, se vuelven, pobres pequeños, a dirigirle unas miradas tan densas de perpleja angustia y de doloroso reproche, que mi pobre amigo Daniele Catellani se pondría a gritar quién sabe qué imprecaciones, si en cambio… si en cambio no prefiriera echar hacia atrás la cabeza rizada y nariguda y prorrumpir en esa su habitual risita en la garganta.

Pues sí, vamos! Tendría que admitir, en serio por lo contrario, que ha cometido una inútil bellaquería al volverle la espalda a la fe de sus padres, al renegar en sus hijos de su pueblo elegido: ´am olam, como dice el señor Rabino. Y en serio tendría que sentirse en medio de su familia un goi, un extranjero; y en serio, en fin, coger por el pecho a este señor, a su suegro, muy cristiano e imbécil, y obligarle a abrir bien los ojos y a considerar que, vamos, no es lícito continuar viendo en su yerno a un deicida, cuando en nombre de este Dios, al que hace dos mil años mataron los hebreos, los cristianos que tuvieron que sentirse en Cristo hermanos, durante cinco años se han degollado entre ellos alegremente en una guerra que, sin considerar las que llegarán, no había tenido hasta entonces igual en la historia.

¡No, no, vamos! Reír, reír. ¿Son cosas que en el día de hoy se pueden pensar y decir en serio?

Mi amigo, el señor Daniele Catellani, sabe bien cómo va el mundo. Jesús, sí, señores. Todos hermanos, para luego degollarse. Es natural. Y todo según la lógica, con la razón de cada lado: de modo que si se pone a este lado, no se puede sino aprobar lo que se niega si se está al otro lado.

Aprobar, aprobar, aprobar siempre.

A lo mejor, sí, antes tomárselo a risa, si se le coge por sorpresa. Pero luego aprobar, aprobar siempre, aprobarlo todo.

Incluso la guerra, sí, señores.

Sin embargo (¡Dios, qué risotada interminable, esa vez!), sin embargo, a decir verdad, el señor Daniele Catellani, el último año de la Primera Guerra Mundial, quiso gastarle una broma a su señor suegro, Pietro Ambrini, una broma de las que nunca se olvidan.

Porque es necesario saber que, a pesar de la gran carnicería, con una magnífica cara dura, el señor Pietro Ambrini, ese año, había pensado festejar, por los queridos nietos, la festividad de navidad con más pomposidad que nunca. Y se había hecho fabricar muchísimos pastorcillos de arcilla: los pastorcillos que le llevan sus humildes ofrendas al portal de Belén al Niño Jesús recién nacido: cestillas de cándido requesón, cestas de huevo y queso fresco, e incluso muchos rebaños de blandos corderitos y burritos cargados también ellos de otras ofrendas más ricas, seguidos de viejos campesinos y guardas. Y en los camellos, con capas, coronados y solemnes, los Tres Reyes Magos, que vienen con su séquito desde muy lejos tras la estrella que se ha parado en el portal de corcho donde, sobre un poco de paja verdadera, está el rosado Niño de cera entre María y San José; y San José tiene en la mano el báculo florido, y detrás están el buey y el asno.

Había querido el amado abuelo que el pesebre fuera muy grande ese año, y todo de relieve, con colinas y precipicios, pitas y palmeras, y senderos de campos por los que se tenían que ver llegar a todos esos pastorcillos que eran, por ello, de varias dimensiones, con sus rebaños de corderos y los asnos y los Reyes Magos.

Había trabajado a escondidas durante más de un mes, con la ayuda de dos obreros que habían levantado un palco en una habitación para sostener el plástico. Y había querido que estuviera iluminado por una guirnalda de bombillitas azules; y que vinieran de Sabina dos músicos para que tocaran el triángulo y las zampoñas.

Los nietecitos no tenían que saber nada.

En Navidad, al volver todos arropados y ateridos de la Misa del Gallo, encontrarían en casa la gran sorpresa: el sonido de las zampoñas, el olor a incienso y a mirra, y el pesebre allí, como un sueño, iluminado por toda la guirnalda de bombillitas azules. Y todos los vecinos vendrían a ver, con los familiares y los amigos invitados a la cena, esta gran maravilla que le había costado al abuelo Pietro tantos cuidados y tanto dinero.

El señor Daniele lo había visto por casa completamente absorto en estas misteriosas tareas, y se había reído; había oído los martillazos de los dos obreros que colocaban allí el palco, y se había reído.

El demonio, que se le ha domiciliado en la garganta, ese año, por navidad, no había querido dejarlo tranquilo: venga risotadas y risotadas sin fin. En vano, levantando las manos, le indicaba que se calmara; en vano le había regañado para que no exagerara, ni se excediera.

– ¡No exageraremos, no! – le había respondido dentro el demonio. – Estate seguro de que no nos excederemos. Estos pastorcillos con las cestillas de requesón y las cestas de huevo y el queso fresco son una bonita broma, ¿quién puede negarlo?, ¡así, todos camino del portal de Belén! Pues bien, también nosotros nos quedaremos en la broma, ¡no lo dudes! Será una broma también la nuestra, y no menos bonita. Lo verás.

Así, el señor Daniele se había dejado tentar por su demonio; vencido sobre todo por esta capciosa consideración, a saber, que también él se quedaría en la broma.

Llegada la noche de Navidad, apenas el señor Pietro Ambrini, con la hija y los nietecitos y toda la servidumbre, se fue a la iglesia para la Misa del gallo, el señor Daniele Catellani entró temblando del todo por una alegría casi enloquecida en la habitación del pesebre: quitó de prisa y con furia los reyes magos y los camellos, los corderos y los burritos, los pastorcillos con el queso fresco y las cestas de hueva y las cestillas de requesón – personajes y ofrendas al buen Jesús, que su demonio no había considerado convenientes en la Navidad de un año de guerra como ese – y en su lugar puso precisamente, ¿qué?, nada, otros juguetes: soldaditos de estaño, de cada nación, franceses y alemanes, italianos y austriacos, rusos e ingleses, serbios y rumanos, búlgaros y turcos, belgas y americanos y húngaros y montenegrinos, todos apuntando con sus fusiles contra el portal de Belén, y además, muchos cañoncitos de plomo, baterías completas, de todo tipo, de todas las dimensiones, apuntando todas hacia abajo, hacia arriba, desde todas partes, todos contra el portal de Belén, que harían verdaderamente un nuevo y graciosísimo espectáculo.

Luego se escondió detrás del pesebre.

Dejo que se imagine usted cómo se rio allí detrás, cuando, al final de la misa nocturna, se encontraron con la maravillosa sorpresa el abuelo Pietro y los nietecitos y todo el gentío de los invitados, mientras el incienso humeaba y los músicos tocaban sus zampoñas.

©Todos los derechos reservados. Desarrollado por Centro Informático Millenium