Página dedicada a mi madre, julio de 2020

1.2 Primera noche

     cuatro camisas,

     cuatro sábanas,

     cuatro faldas,

cuatro, en suma, de todo. Y ese ajuar de la hija, hecho así, una puntada hoy, una puntada mañana, con la paciencia de una araña, no se cansaba de enseñárselo a las vecinas.

– Cosas de pobres, pero limpias.

Con esas pobres manos descoloridas y ásperas que conocían todos los cansancios sacaba de la vieja arca de abeto, larga y estrecha como un ataúd, lentamente, como si tocase la hostia consagrada, la hermosa lencería, pieza por pieza, y los vestidos y los mantones dobles de lana: el de la boda, con las puntas bordadas y el festón de seda hasta el suelo; los otros tres, también de lana, pero más modestos; lo ponía todo a la vista sobre la cama, repitiendo, humilde y sonriente:  Cosas de pobres, y la alegría le temblaba en las manos y en la voz.

– Me he encontrado sola, -decía. – Todo con estas manos, que ya ni me las siento. Bajo el agua, bajo el sol; lavando en el río y en la fuente; ablandando almendras, recogiendo aceitunas, aquí  y allá por el campo; trabajando como criada y como aguadora… No importa. Dios, que ha contado mis lágrimas y conoce mi vida, me ha dado fuerza y salud. He hecho tanto, que lo he conseguido; y ahora puedo morir. A ese santo hombre que me espera en el otro mundo, si me pregunta por nuestra hija, podré decírselo: “Tranquilízate, pobre, no pienses más en ello: a tu hija la he dejado bien; penurias no sufrirá. Ya he padecido yo tantas por ella…” Lloro de alegría, no os preocupéis…

Y se secaba las lágrimas, Mamá Antó, con una punta del pañuelo negro que tenía en la cabeza, anudado bajo el mentón.

Casi casi no parecía ella misma, ese día, vestida completamente de nuevo, y causaba una curiosa impresión  escucharla hablar como siempre.

Las vecinas, a cual más, la alababan, la compadecían. Pero la hija Marastella, ya arreglada de novia con el traje gris de raso (¡una finura!) y el pañuelo de seda celeste en el cuello, en un rincón de la habitacioncilla preparada como mejor se pudo para el acontecimiento de ese día, viendo llorar a la madre, también  rompió en sollozos.

– Marasté, Marasté, ¿qué haces? – Las vecinas la rodearon, amables, dando cada una su opinión:

– ¡Tienes que estar alegre! ¿Qué haces? Hoy no se llora… ¿Sabes cómo se dice? Cien liras de melancolía no pagan la deuda de un céntimo.

– ¡Pensaba en mi padre! – dijo entonces Marastella, con la cara escondida entre las manos.

¡Muerto de mala muerte, siete años atrás! Aduanero del puerto, iba con la barca, de noche, vigilando. Una noche de tempestad, bordeando de cerca las Dos Riberas, la barca se había volcado y luego había desaparecido, con los tres hombres que la gobernaban.

Estaba aún vivo, en toda la gente de mar, el recuerdo de este naufragio. Y recordaban que Marastella, que acudió con la madre, las dos gritando, con los brazos levantados, entre el viento y las salpicaduras de las oleadas, al fondo de la escollera del nuevo puerto, sobre los cuales los cadáveres de los tres ahogados habían sido sacados tras dos días de búsquedas desesperadas, en lugar de echarse de rodillas sobre el cadáver del padre, se había quedado como petrificada delante de otro cadáver, murmurando, con las manos cruzadas sobre el pecho:

– ¡Ah! ¡Amor mío!, ¡amor mío! Ah, cómo has terminado…

Mamá Antó, los parientes del joven ahogado y la gente que acudió se habían detenido ante aquella inesperada revelación. Y la madre del ahogado, que se llamaba Tino Sparti (una verdadera joya de joven, ¡pobrecito!), al escucharla gritar así, le había echado los brazos al cuello en seguida y la había estrechado contra su corazón, muy fuerte, en presencia de todos, como para hacerla suya, suya y de él, del hijo muerto, llamándola con fuertes gritos:

– ¡Hija! ¡Hija!

Por esto, ahora, las vecinas, escuchando decir a Marastella: “Pienso en mi padre”, se intercambiaron una mirada de entendimiento, compadeciéndola en silencio. No, no lloraba por el padre, pobre muchacha. O quizás lloraba, sí, pensando  que el padre, vivo, no aceptaría ese partido que a la madre, en la miserable condición en que había quedado, le parecía ahora una fortuna.

¡Cuánto había tenido que luchar Mamá Antó para vencer la obstinación de la hija!

– ¿Me ves?, ya soy vieja, más de la muerte que de la vida. ¿Qué esperas?, ¿qué harás sola mañana, sin ayuda, en medio de la calle?

Sí. La madre tenía razón. Pero tantas otras consideraciones hacía ella, Marastella, por su parte. Sí era un buen hombre ese don Lisi Chírico que le querían dar por marido, no lo negaba, pero casi viejo, y viudo además. Se volvía a casar, pobrecillo, más por fuerza que por amor, tras un año apenas de viudez, porque necesitaba una mujer que cuidara la casa y le cocinara por la tarde. Era por eso por lo que volvía a casarse.

– ¿Y qué te importa? – le había respondido la madre.- Es más, eso debe darte confianza, pues piensa como hombre prudente. ¿Viejo? Aún no tiene cuarenta años. Con él no te faltará nada: tiene un sueldo fijo, un buen empleo. Cinco liras al día: ¡una fortuna!

– ¡Ah, sí,  un buen empleo!, ¡un buen empleo!

Este era el escollo, Mamá Antó lo había comprendido desde el principio: el tipo de empleo de Chírico.

Y un buen día de mayo había invitado a algunas vecinas, ella, ¡pobrecita!, a un paseo al altiplano que dominaba el pueblo.

Don Lisi Chírico, desde la cancela del pequeño cementerio blanco que se levanta arriba, sobre el pueblo, con el mar delante y el campo detrás, al ver la comitiva de las mujeres, las había invitado a entrar.

– ¿Ves? ¿Qué es? Parece un jardín, con muchas flores… – le había dicho Mamá Antó a Marastella, tras la visita al camposanto.- Flores  que no se marchitan nunca. Y aquí, todo  alrededor, campo. Si te asomas un poco por la cancela, ves todo el pueblo a tus pies; escuchas sus ruidos, sus voces… ¿Y has visto qué hermosa habitacioncita blanca, limpia y llena de aire? Por la tarde, cierras la puerta y la ventana, enciendes la luz, y estás en tu casa, una casa como cualquier otra. ¿Qué estás pensando?

Y las vecinas, por su parte:

– ¡Ya se sabe! Y además, todo es costumbre; ya verás, tras un par de días, ya no te impresionará. Los muertos, por lo demás, hija, no hacen daño; de los vivos tienes que guardarte. Y tú que eres menor que nosotras, nos tendrás a todas aquí, una tras otra. Esta casa es grande, y tú serás la dueña y la buena guarda.

Esa visita allá arriba, ese hermoso día de mayo, se había quedado en el alma de Marastella como una visión consoladora, durante los once meses de noviazgo: a ella volvía con el recuerdo en las horas de desconsuelo, especialmente al anochecer, cuando el alma se le ensombrecía y le temblaba de miedo.

Aún estaba secándose las lágrimas cuando don Lisi Chírico se presentó en la puerta con dos grandes cartuchos en los brazos, casi irreconocible.

– ¡Virgen Santa! –gritó Mamá Antó. – ¿Qué ha hecho, santo cristiano?

– ¿Yo? Ah, sí… La barba… – respondió don Lisi con una sonrisa escuálida que le temblaba perdida en los anchos y lívidos labios desnudos.

Pero no solo se había afeitado, don Lisi, se había incluso herido completamente, tan híspidas y fuertes tenía las raíces de la barba en esas mejillas huecas que ahora le daban el aspecto de una vieja cabra despellejada.

– Yo, yo, he sido yo quien ha hecho que se afeite, – se apresuró a entrometerse, cuando llegó, completamente acalorada, doña Nela, la hermana del esposo, gorda e impetuosa.

Llevaba bajo el mantón algunas botellas, y pareció, al entrar, que ocupaba todo el cuartucho, con ese vestido de seda verde guisante, que murmuraba como una fuente. La seguía el marido, delgado como don Lisi, taciturno y enfadado.

– ¿He hecho mal? – continuó aquella, quitándose el mantón. – Debe decirlo la esposa. ¿Dónde está? Mira, Lisi: ¿no te lo decía yo? Llora… tienes razón, hija mía. Hemos tardado demasiado. Por su culpa, por culpa de Lisi. “¿Me la afeito? ¿No me la afeito?” Dos horas para decidirse. Dime, ¿no te parece más joven así? Con esa pelambre blanca, el día del matrimonio…

– Me la dejaré crecer, – dijo Chírico interrumpiendo a la hermana y mirando triste a la joven esposa. – Parezco un viejo de todas formas y, además, más feo.

– ¡El hombre es hombre, so asno, y no es ni guapo ni feo! – sentenció airada la hermana. – Mira en cambio ¡el traje nuevo! ¡Lo estás estrenando ahora, qué lástima!

Y comenzó a darle manotazos en las mangas para sacudirle la harina de las pastas que aún llevaba en los dos cartuchos.

Ya era tarde; tenían que ir primero al ayuntamiento, para no hacer esperar al concejal, luego, a la iglesia; y el convite tenía que terminar antes de que anocheciera. Don Lisi, celosísimo de su trabajo, lo imploraba, angustiado especialmente por la hermana intrigante y charlatana, máxime después del almuerzo y las abundantes libaciones.

– ¡Aquí falta música! ¿Se ha visto alguna vez una boda sin música? ¡Tenemos que bailar! Llamad a Sidoro el ciego… ¡Guitarras y mandolinas!

Gritaba tanto, que el hermano debió llamarla aparte.

– ¡Déjalo, Nela, déjalo! Tendrías que haber entendido que no quiero jaleo.

La hermana lo miró con los ojos completamente abiertos:

– ¿Cómo? Pero … ¿Por qué?

Don Lisi frunció el ceño y suspiró profundamente:

– Piensa que hace apenas un año que la pobrecilla…

– ¿Piensas aún en ello verdaderamente? – le interrumpió doña Nela con una risotada. – ¡Si te estás casando de nuevo! ¡Ay, pobre Nunziata!

– Me vuelvo a casar, – dijo don Lisi entrecerrando los ojos y palideciendo, – pero no quiero ni música ni bailes. Algo bien distinto es lo que quiero.

Y cuando a él le pareció que estaba a punto de anochecer, le rogó a la suegra que lo dispusiera todo para la despedida.

– Ya sabe, tengo que tocar el avemaría, allí.

Antes de dejar la casa, Marastella, agarrada al cuello de la madre, rompió de nuevo a llorar y a llorar, y parecía que no terminaría nunca. No se veía con fuerzas, no se sentía con fuerzas para marcharse allí arriba, sola con él…

– Te acompañaremos todos nosotros, no llores, – la consolaba la madre.- ¡No llores, tonta!

Pero lloraba también ella y lloraban incluso todas las vecinas. ¡Despedida amarga!

Solo doña Nela, la hermana de Chírico, más rubicunda que nunca, no se había conmovido. Decía que había asistido a doce bodas y que las lágrimas, al final, como los confetis, nunca habían faltado.

– Llora la hija al dejar a la madre; llora la madre al dejar a la hija. ¡Esto se sabe! Otro vasito para calmar la conmoción, y nos vamos, que Lisi tiene prisas.

Se pusieron en camino. Parecía más un entierro que un cortejo nupcial. Y al verlo pasar, la gente, asomada a las puertas, a las ventanas, o parándose por la calle, suspiraba: – ¡Pobre novia!

Allí arriba, en el pequeño claro delante de la cancela, los invitados se entretuvieron un poco, antes de despedirse, para pedirle a Marastella que se animase. El sol se ponía ya, y el cielo estaba todo rojo, en llamas, y el mar, abajo, parecía arder. Desde el pueblo, allá abajo, subía un vocerío incesante, indistinto, como de un tumulto lejano, y esas olas de voces pendencieras se desvanecían contra la pared blanca, basta, que rodeaba el cementerio perdido allá arriba en el silencio.

El tañido aéreo y plateado de la campanilla tocada por don Lisi para anunciar el avemaría fue como la señal de la partida para los invitados. Al oír la campanilla, a todos les pareció más blanca esa pared del camposanto. Quizás porque el aire se había hecho más oscuro. Era necesario irse para que no se les hiciera muy tarde. Y todos empezaron a despedirse, deseándole mucha felicidad a la novia.

Se quedaron con Marastella, aturdida y helada, la madre y dos de entre las más íntimas amigas. Allá arriba, las nubes, antes de llamas, se habían vuelto ahora oscuras, como de humo.

– ¿Queréis entrar? – les dijo don Lisi a las mujeres, en el umbral de la cancela.

Pero en seguida Mamá Antó con una mano le indicó que callara y esperara. Marastella lloraba, suplicándole entre lágrimas que se la llevara a la ciudad con ella.

– ¡Por caridad! ¡Por caridad!

No gritaba, se lo decía así, despacio y con tanto temblor en la voz, que la pobre madre sentía que le arrancaban el corazón. El temblor de la hija, lo comprendía ella, era porque por la cancela había entrevisto el interior del camposanto, todas aquellas cruces allí, sobre las que caía la sombra de la tarde.

Don Lisi fue a encender la luz en la habitación a la izquierda de la entrada; volvió alrededor una mirada para ver si todo estaba en orden, y se quedó un poco incierto entre ir o esperar que la esposa se dejase persuadir por la madre, y entrara.

Comprendía y compadecía. Era consciente de que su persona triste, envejecida y afeada no podía inspirar en la esposa ni afecto ni confianza. Sentía incluso el corazón lleno de lágrimas.

Hasta la noche anterior se había arrodillado a llorar como un niño ante una crucecilla de ese camposanto, para despedirse de su primera esposa. No tenía que pensar más en ella, ahora sería todo de esta otra, padre y marido a la vez; pero los nuevos cuidados a la esposa no le harían descuidar los que desde hacía tantos años se tomaba amorosamente por todos ellos, amigos o desconocidos, que dormían allí bajo su custodia.

Se lo había prometido a todas las cruces durante esa vuelta nocturna la tarde anterior.

Al final, Marastella se dejó persuadir a entrar. La madre cerró en seguida la puerta casi para aislar a la hija en la intimidad de la habitación, dejando fuera el miedo del lugar. Y verdaderamente la vista de los objetos familiares pareció reconfortar algo a Marastella.

– Vamos, quítate el mantón, – dijo Mamá Antó. – Espera, te lo quito yo. Ahora estás en tu casa…

– La señora, – añadió don Lisi, tímidamente, con una sonrisa triste y afectuosa.

– ¿Lo oyes? – continuó Mamá Antó para incitar al yerno a que hablara de nuevo.

– Señora mía y de todo, – continuó don Lisi. – Ella tiene que saberlo ya. Aquí tendrá a uno que la respetará y que la querrá como su propia madre. Y no tiene que tener miedo de nada.

– ¡De nada, de nada, claro! – apremió la madre. – ¿Acaso es ya una niña? ¡Qué miedo! Tendrá tanto que hacer, ahora… ¿No es cierto? ¿No es cierto?

Marastella inclinó varias veces la cabeza, afirmando; pero apenas Mamá Antó y las dos vecinas se dispusieron a irse, rompió de nuevo a llorar y se echó de nuevo al cuello de la madre, agarrándose. Esta, con dulce violencia, se soltó de los brazos de la hija, le dio los últimos consejos para que confiara en el marido y en Dios, y se fue con las vecinas, llorando también ella.

Marastella se quedó cerca de la puerta, que la madre, al salir, había entornado, y con las manos en la cara se esforzaba por sofocar los sollozos que irrumpían, cuando un golpe de aire abrió un poco, silenciosamente, esa puerta.

Aún con las manos en la cara, ella no se dio cuenta. En cambio, le pareció que de pronto, quién sabe por qué, se le abría dentro como un vacío silencioso, de sueño; sintió un lejano, tembloroso campanilleo de grillos, una fresca y embriagadora fragancia de flores. Se quitó las manos de los ojos, entrevió en el cementerio una claridad mayor que la del alba, que parecía que encantase todas las cosas, allí, inmóviles y precisas.

Don Lisi corrió a cerrar la puerta. Pero,  entonces, Marastella, estremeciéndose de pronto y cobijándose en el rincón, entre la puerta y la pared, le gritó:

– ¡Por caridad, no me toque!

Don Lisi, herido por ese movimiento instintivo de repulsión, se detuvo.

– No iba a tocarte, – dijo. – Quería cerrar la puerta.

– No, no, – respondió en seguida Marastella, para mantenerlo lejos. – Déjela abierta. ¡No tengo miedo!

– ¿Y entonces?… – balbució don Lisi, sintiendo que se le caían los brazos.

En el silencio, a través de la puerta medio cerrada, llegó el canto lejano de un campesino que volvía despreocupado al campo, allá, bajo la luna, en el frescor impregnado del olor del heno verde, recién cortado.

– Si quieres que pase, – continuó don Lisi humillado, profundamente entristecido, – voy a cerrar la cancela que se ha quedado abierta.

Marastella no se movió del rincón en que se había cobijado. Lisi Chirico se acercó lentamente a cerrar la cancela; estaba a punto de volver, cuando la vio venir a su encuentro, como enloquecida del todo de pronto.

– ¿Dónde está, dónde está mi padre? ¡Dígamelo! Quiero ir adonde está mi padre.

– De acuerdo, ¿por qué no?, es justo; te llevo allí, le respondió con gravedad. – Cada tarde doy una vuelta antes de acostarme. Es mi obligación. Esta tarde no lo iba a hacer por ti. Vamos. No necesitamos linterna. Hoy tenemos la linterna del cielo.

Y fueron por los senderos de guijarros entre los setos de espino en flor.

Destacaban blancas todo alrededor, bajo la luz de la luna, las tumbas gentilicias, y negras y en el suelo, con su sombra a un lado, como yacentes, las cruces de hierro de los pobres.

Más preciso, más claro, llegaba de los campos vecinos el tembloroso canto de los grillos y, de lejos, el borboteo continuo del mar.

– Aquí, – dijo Chirico, indicando una baja y rústica tumba, en la que estaba colocada una lápida que recordaba el naufragio y las tres víctimas del deber. – Está también Sparti, – añadió viendo a Marastella caer de rodillas ante la tumba, sollozando. – Tú llora aquí… Yo iré a otro sitio; no está lejos…

La luna miraba desde el cielo el pequeño camposanto en el altiplano. Ella sola vio a esas dos sombras negras sobre las guijas amarillas de un sendero cerca de dos tumbas, en esa dulce noche de abril.

Don Lisi, inclinado sobre la fosa de su primera mujer, sollozaba:

– Nunzia, Nunzia, ¿me oyes?

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