Página dedicada a mi madre, julio de 2020

1.3  El humo

I

Apenas los azufreros subían del fondo del agujero extenuados, con los huesos rotos de cansancio, lo primero que buscaban con los ojos era el verde de la colina lejana, que cerraba a poniente el amplio valle.

Aquí, las laderas áridas, lívidas por las tobas abrasadas, no tenían desde hacía tiempo ni una brizna de hierba, agujereadas por las azufreras como por tantos enormes hormigueros y quemadas completamente por el humo.

En el verdor de aquella colina, los ojos inflamados, ofendidos por la luz después de tantas horas de tiniebla allá abajo, descansaban.

A quien esperaba llenar con mineral tosco los hornos o calcheroni,[1] a quien controlaba la fusión del azufre o se aplicaba bajo los mismos hornos a recibir dentro de las artesas que servían de molde el azufre quemado que fluía lento como un denso orujo negruzco, la vista de todo ese verdor lejano le aliviaba incluso la dificultad de la respiración, la agria opresión del humo que se agarraba a la garganta, hasta provocar los espasmos más crueles y las rabias de la asfixia.

Los zagales, dejando caer la carga de sus espaldas aplastadas y desolladas, sentados en los sacos, para tomar un poco de aire, todos sucios con el agua caliza estancada a lo largo de las galerías o a lo largo de la resbaladiza escalera con los peldaños gastados del agujero, rascándose la cabeza y mirando aquella colina a través de la vítrea respiración sulfúrea que temblaba al sol y que se evaporaba de los calcheroni encendidos o de los hornos, pensaban en la vida del campo, una vida alegre según ellos, sin riesgos, sin graves dificultades allí al aire libre, bajo el sol, y envidiaban a los campesinos.

– ¡Felices ellos!

Para todos, en fin, era como un país de sueño aquella colina lejana. De ahí venía el aceite hasta sus antorchas que a duras penas rompían la dura tiniebla de la azufrera; de ahí, el pan, ese pan sólido y negro que los tenía en pie durante todo el día, hasta el cansancio tremendo; de ahí, el vino, su único bien, el bien que les daba el coraje, la fuerza de perdurar en esa vida maldita, si vida podía llamarse, pues parecían, bajo tierra, tantos muertos atareados.

Los campesinos de la colina, en cambio, hasta escupían: – ¡Puh! – mirando esas laderas del valle.

Estaba allí su enemigo: el humo devastador.

Y cuando el viento soplaba de allí, trayendo el hedor asfixiante del azufre quemado, miraban los árboles como para defenderlos y lanzaban imprecaciones contra esos locos que se obstinaban en excavar las fosas a sus fortunas y que, no contentos con haber devastado el valle, casi envidiosos de ese único ojo verde, habrían querido invadir con sus azadones y sus hornos incluso los hermosos campos.

Todos, de hecho, decían que hasta debajo de la colina tenía que haber azufre. Esas crestas en las cimas, de silicio calcáreo y, más abajo, el yeso que afloraba lo dejaban ver; los ingenieros de mina habían confirmado varias veces la noticia.

Pero los propietarios de esos campos, aunque tentados insistentemente con ricas ofertas, no solo no habían querido ceder nunca en alquiler el subsuelo, sino ni siquiera a la tentación de realizar ellos mismos, por curiosidad, alguna prueba, así por encima.

El campo estaba allí, tendido al sol, y todos podían verlo: sometido a las malas cosechas, pero recompensado también por las buenas; la azufrera, en cambio, era ciega, y cuidado con resbalar dentro. Dejar lo seguro por lo inseguro sería negocio de locos.

Estas consideraciones, que cada uno de esos propietarios de la colina corroboraba continuamente en la mente del otro, querían ser como un compromiso de todos para resistir unidos a las tentaciones, sabiendo bien que si uno de ellos cedía, y una azufrera surgía ahí en medio, todos los demás lo padecerían; y entonces, comenzada la destrucción, otras bocas de infierno se abrirían y, en pocos años, todos los árboles, todas las plantas morirían, envenenados por el humo, ¡y adiós a los campos!

II

Uno de los más tentados era don Mattia Scala, quien poseía una pequeña finca con un puñado de almendros y de olivos en medio de la pendiente de la colina, donde, para su desgracia, afloraba con más rica promesa el mineral.

Diversos ingenieros del Real Cuerpo de las Minas habían venido a observar, a estudiar esos afloramientos y a hacer relieves. Scala los había acogido como un marido celoso puede acoger a un médico que viene a su casa para analizar cualquier mal secreto de la mujer.

No podía cerrarles la puerta en la cara a esos ingenieros del gobierno que venían por deber. Se desahogaba, en compensación, maltratando a esos otros que, por cuenta de algún rico productor de azufre o de alguna sociedad minera, venían a proponerle la cesión o el alquiler del subsuelo.

– ¡Un cuerno os cedo! – gritaba. –Ni siquiera si me ofrecierais los tesoros de Creso; ni siquiera si me dijerais: Mattia, escarba aquí con un pie, como  las gallinas, y encontrarás tanto azufre, que te volverás de golpe más rico que… ¿qué digo yo?, ¡que el rey Fàllari![2] ¡No escarbaría, palabra de honor!

Y si esos insistían un poco:

 – En fin, ¿os vais o llamo a los perros?

Le ocurría a menudo eso de repetir la amenaza de los perros, porque la cancela de su finca daba al sendero, es decir, al camino de herradura que atravesaba la colina, cabalgándola, y que servía de atajo a los obreros de las azufreras, a los jefes de obra, a los ingenieros directores, que desde la ciudad vecina venían al valle o volvían. Ahora, estos últimos parecían de modo señalado que le habían tomado gusto a irritarlo; y, al menos una vez a la semana, se paraban delante de la cancela al ver a don Mattia allí cerca, para preguntarle:

– ¿Todavía nada?

– ¡Bonito! ¡Reina!

Don Mattia, de broma, llamaba de verdad a los perros.

Había tenido también él la manía de las azufreras, por lo que se veía – realmente – ¡hundido en la miseria! Ahora no podía ver ni de lejos un pedazo de azufre, que en seguida, hablando con respeto, no sintiese que se le rompía el estómago.

– ¿Y qué es, el diablo?

Y él:

-¡Peor! ¡Porque este os condena el alma, pero os hace ricos, si quiere! Mientras que el azufre os hace más pobres que al Santo Job, ¡y el alma os la condena lo mismo!

Hablando parecía el telégrafo. (El telégrafo, se entiende, como el que se usaba antes, el de brazos.) Muy alto, enjuto, siempre con el sombrerucho blanco en la cabeza, echado hacia atrás, como una aureola; y llevaba en las orejas un par de zarcillos de oro, que mostraban lo que él, por lo demás, no se preocupaba por esconder, a saber, que procedía de una familia medio rural y medio burguesa.

En la cara lampiña, pálida, de la misma palidez que los biliosos, resaltaban extrañamente las cejas enormes, lacias, como un gran par de bigotes que se hubiese desahogado creciendo allí, visto que sobre el labio ni siquiera le había permitido que asomara. Y debajo, a la sombra de las pestañas, le centelleaban los ojos claros, cortantes, muy vivaces, mientras los orificios de la gran nariz aguileña, enérgica, se le dilataban continuamente y temblaban.

Todos los dueños de la colina lo querían.

Recordaban cómo él, muy rico un día, había llegado allí a tomar posesión de esas pocas hectáreas compradas tras su ruina, con el dinero recabado de la venta de la casa de la ciudad y de todo el ajuar de esta y de las joyas de la mujer muerta de pena; recordaban cómo se había encerrado en las cuatro habitaciones de la casa rústica anexa a la finca, sin querer ver a nadie, con una muchacha de unos dieciséis años, Jana, que todos en principio creyeron su hija y que luego se supo que era la hermana menor de un tal Dima Chiarenza, es decir, precisamente del infame que lo había traicionado y arruinado.

Había ahí una historia escondida.

Scala había conocido a Chiarenza cuando este era un muchacho, y lo había ayudado siempre, sabiendo que era huérfano de padre y madre y que tenía a su cargo a esa hermanita mucho menor que él; es más, lo había asumido para darle trabajo; luego, al comprobar que era hábil y amante del trabajo, lo había hecho incluso su socio en el alquiler de una azufrera. De todos los gastos del trabajo  se había hecho cargo él; Dima Chiarenza solo tenía que estar allí, en el lugar, y controlar la administración y los trabajos.

En tanto, Jana (Januzza, como la llamaban) crecía en su casa. Pero don Mattia tenía también un hijo (¡único!) casi de la misma edad, que se llamaba Neli. Ya se sabe, pronto el padre y la madre se dieron cuenta de que los dos muchachos habían comenzado a quererse, no como hermanos; y para no tener la paja al lado del fuego y dar tiempo al tiempo, pensaron juiciosamente alejar de casa a Neli, quien aún no tenía dieciocho años, y lo mandaron a la azufrera, para que acompañara y ayudara a Chiarenza. En dos o tres años los casarían, si todo, como parecía, iba bien.     

¿Podía acaso sospechar don Mattia Scala que Dima Chiarenza, del que se fiaba como de sí mismo, que Dima Chiarenza, a quien él había recogido de la calle, a quien había tratado como a un hijo y a quien le había encargado los negocios, que Dima Chiarenza podía traicionarlo, como Judas a Cristo?

¡Precisamente así! Se había puesto de acuerdo, el infame, con el ingeniero director de la azufrera, con los encargados, con los pesadores, con los carreteros, para robarle sin freno en los gastos de la administración, en el azufre extraído, incluso en el carbón que tenía que servir para alimentar las máquinas que absorbían las aguas subterráneas. Y la azufrera, una noche, se le inundó, irreparablemente, pues destruyó la instalación del plano inclinado, que a Scala le costaba más de trescientas mil liras.

Neli, que esa noche de infierno se encontraba en el lugar y participó en los inútiles esfuerzos desesperados para impedir el desastre, presintiendo el odio que el padre desde ese momento sentiría por Chiarenza, y en el que quizás incluiría a Jana, la hermana inocente, su Jana; temiendo que lo consideraría también a él, quizás, responsable de la ruina por no darse cuenta o por no haber denunciado a tiempo la traición de ese Judas que tendría que ser en poco su cuñado; esa misma noche huyó como un loco, en medio de la tempestad; y desapareció, sin dejar ninguna huella tras sí.

Pocos días después, la madre murió, asistida amorosamente por Jana, y Scala se encontró solo en casa, arruinado, sin mujer, sin hijo, solo con esa muchacha, quien, como enloquecida por la vergüenza y la aflicción, se pegó a él, no quiso dejarlo, y amenazó con tirarse por una ventana si él la expulsaba a la casa del hermano.

Vencido por esa firmeza y reprimiendo la repulsión que su vista le despertaba ahora, Scala condescendió a llevársela con él, vestida de negro, como una hija dos veces huérfana, allá, a la finca comprada entonces.

Saliendo poco a poco, con el paso del tiempo, de su luto, comenzó a intercambiar algunas palabras con los vecinos y a hablar de él y de la muchacha.

-¡Ah!, ¿no es su hija?

– No. Pero como si lo fuese.

Se avergonzaba ante todo de decir quién era verdaderamente. Del hijo no decía nada. Era una espina demasiado grande. Por lo demás, ¿qué noticia podía contar de él? No tenía ninguna. Mucho lo había intentado la comisaría, pero sin resultado.

Pero unos años después, Jana, cansada de aguardar así sin esperanza el regreso del novio, quiso volver a la ciudad, a casa del hermano, quien, habiéndose casado con una mujer mayor de mucho dinero, una afamada usurera, se había dedicado también él a la usura, y era ahora uno de los más ricos del pueblo.

Así Scala se quedó solo, allí, en la finca. Ocho años habían pasado ya y, al menos aparentemente, había recuperado el humor de antes; se había hecho amigo de todos los propietarios de la colina que, a menudo, al atardecer venían a visitarlo desde las fincas vecinas.

Parecía que los campos querían recompensarlo de los daños de la azufrera.

Había sido,  por lo demás, una fortuna haber podido comprar esas pocas hectáreas, porque a uno de los propietarios de las seis fincas en que estaba dividida la colina, Butera, un ricachón, se le había metido en la cabeza hacerse con el tiempo dueño de todas esas tierras. Prestaba dinero e iba poco a poco alargando los límites de su finca. Ya se había anexionado casi media finca de un tal Nino Mo; y había reducido a otro propietario, Labiso, a vivir en un pedacito de tierra del tamaño de un pañuelo de la nariz, anticipándole la dote para cinco hijas; desde hacía tiempo le echaba el ojo también a las tierras de Lopes, pero este, por berrinche, teniendo que deshacerse tras una serie de malas cosechas de una parte de su propiedad, se había contentado con vendérsela, incluso a menor precio, a un extraño: a Scala.

En pocos años, entregado completamente al trabajo, para distraerse de sus desgracias, don Mattia había beneficiado de tal modo esas pocas hectáreas, que ahora los amigos, incluido el mismo Lopes, casi no podían reconocerlas, y se sorprendían.

Lopes, en verdad, se roía por dentro de los celos. Con el pelo rojo y la cara pecosa, completamente desordenado, tenía generalmente el sombrero echado sobre la nariz, como para no ver nada ni a nadie; pero, por debajo del ala de ese sombrero, se le escapaba de vez en cuando alguna mirada oblicua, como nadie se esperaba de esos grandes ojos verdosos que parecía que albergaban el sueño.

Tras dar una vuelta por la finca, los amigos se reunían en el claro, frente a la alquería.

Allí, Scala los invitaba a sentarse en la tapia que limitaba al alrededor, por delante, la pendiente donde la alquería estaba edificada. Al pie de la pendiente, por atrás, sobresalían, como para proteger la alquería, algunos chopos negros, muy altos, y, pensando en la razón por la que Lopes los había plantado allí, don Mattia no lograba tranquilizarse.

– ¿Qué hacen ahí? ¿Me lo podéis decir? No dan fruto y estorban.

– Pues échelos a tierra y haga carbón, – le respondía, indolente, Lopes.

Pero Butera aconsejaba:

– Mire un poco, antes de echarlos a tierra, si alguien se los lleva.

– ¿Y quién quiere que se los lleve?

– ¡Pues los que hacen las imágenes de madera!

– ¡Ah! ¡Las imágenes! ¡Mira, mira! ¡Ya comprendo, – concluía don Mattia – si las hacen con esta madera, por qué no hacen más milagros!

En esos chopos, al anochecer, se daban cita todos los pájaros de la colina, y con sus densos y  ensordecedores gorjeos molestaban a los amigos que se entretenían allí hablando, como de costumbre, de las azufreras y de los daños de los negocios  mineros.

Empezaba casi siempre el discurso Nocio Butera, quien, como era el propietario más rico, era también la panza más gorda de todas esas partes. Era abogado, pero una sola vez en su vida, poco después de licenciarse, había intentado ejercer su profesión: se había enredado en mitad de su primera arenga; perdido, con las lágrimas asomándole, como un niño, allí, delante de los jueces y del tribunal, había levantado los brazos, con los puños cerrados, contra la justicia representada en la bóveda con una balanza en la mano, gimiendo, exasperado: – ¡Eh, cómo! ¡Dios Santo! – porque, pobre joven, había sudado la gota gorda para aprenderse la arenga de memoria, y creía que podía recitarla muy bien, de un tirón, sin titubear.

De vez en cuando, todavía, alguien le recordaba aquel chasco famoso:

– ¡Eh, cómo, don No, Dios Santo!

Y Nocio Butera parecía sonreír también, ahora, masticando: – Ya… ya… – mientras se rascaba con las manos regordetas las patillas negras en las mejillas rubicundas o se colocaba bien las gafas de oro en la nariz en forma de ñoqui o en las orejas. Verdaderamente, habría podido reírse de corazón, porque, si como abogado había dado esa mala imagen, como agricultor y administrador de los bienes se llevaba la palma. Pero el hombre, ya se sabe, el hombre no se contenta nunca, y Nocio Butera parecía que disfrutaba solo sabiendo que otros, al igual que él, habían fracasado en algún negocio. Venía a la finca de Scala únicamente para anunciar la próxima o la pasada ruina de este o de aquel, o para explicar las razones y demostrar así que a él ciertamente no le habría pasado.

Tino Labiso, altísimo, enjuto, sacaba de los bolsillos de los pantalones un pañuelo de dados rojos y negros, se sonaba en él la nariz que parecía una bocina marina, luego doblaba diligentemente el pañuelo, se lo pasaba varias veces así doblado bajo la nariz, y se lo volvía a meter en el bolsillo; en fin, como hombre prudente, que no deja que se le escapen juicios temerarios, decía:

– Puede ser.

– ¿Puede ser? ¡Es y es! – saltaba Nino Mo, que no podía sufrir ese aire flemático de Labiso.

Lopes intentaba sacudirse el melancólico tedio y, bajo el sombrerucho echado sobre la nariz, aconsejaba con voz somnolienta:

– Deje hablar a don Mattia que entiende de eso más que usted.

Pero don Mattia, cada vez que iba a ponerse a hablar, se llegaba antes a la cantina para ofrecerles a los amigos una buena jarra de vino.

– ¡Vinagre, envenenaos!

Bebía también él, se sentaba, se enredaba las piernas y preguntaba:

– ¿De qué se trata?

– Se trata, -prorrumpía habitualmente Nino Mo – de que son unas bestias, ¡todos, uno tras otro!

– ¿Quién?

– ¡Pues esos hijos de perra! Los azufreros. Excavan, excavan, y el precio del azufre ¡baja, baja y baja! Sin comprender que causan su ruina y la nuestra; porque todo el dinero va a acabar allí, en esos agujeros, en esas bocas del infierno siempre hambrientas, ¡unas bocas que nos comen vivos!

– ¿Y el remedio, perdone?- volvía a preguntar Scala.

– Limitar – respondía entonces plácidamente Nocio Butera – limitar la producción de azufre. Lo único, para mí, sería esto.

– ¡Virgen Santa, qué loco! – exclamaba en seguida don Mattia Scala levantándose para gesticular con más libertad: – Perdone, don Noccio mío, ¡loco, sí, loco y os lo pruebo! Diga, ¿cuántas azufreras cree que han sido explotadas directamente, sin recurrir a otros, por los propietarios? ¡Apenas doscientas! Todas las demás han sido arrendadas. Tú, Tino Labiso, ¿estás de acuerdo?

– Puede ser – repetía Tino Labiso, atento y serio.

Y Nino Mo:

– ¿Puede ser? ¡Es y es!

Don Mattia extendía las manos para que se callara.

– Ahora, don Noccio mío, ¿cuánto cree que durará, con la avidez y la prepotencia de los propietarios barrigones como usted, el arrendamiento de una azufrera? ¡Dígalo! ¡Dígalo!

– ¿Diez años? – se arriesgaba, inseguro, Butera, sonriendo con aire de condescendiente superioridad.

– Doce – admitía Scala – es más, veinte, alguna vez. Bien, ¿qué hace usted así, qué fruto puede recoger en tan poco tiempo? Por muy rápido y afortunado que se sea, en veinte años no hay modo de reponerse de los gastos que se requieren para cultivar como Dios manda una azufrera. Esto para deciros que, cuando se da en el comercio una menor demanda, si es posible que el propietario frene la producción para no estropear el producto, no lo será nunca  para el arrendatario, a corto plazo, el cual, si lo hiciera, sacrificaría sus propios intereses a beneficio del sucesor. Por tanto, el empeño, el esfuerzo del arrendatario para producir la mayor cantidad posible, ¿me explico? Luego, desprovisto como está casi siempre de medios, tiene que malvender por fuerza su mercancía, a cualquier precio, para seguir con el trabajo; porque, si no trabaja –vosotros lo sabéis – el propietario le quita la azufrera. Y, en consecuencia, como dice Nino Mo: el azufre baja, baja y baja, como si fuera un pedrusco vil. Pero, por lo demás, usted, don Nocio, que ha estudiado, y tú, Tino Labiso: ¿me podríais decir qué diablos es el azufre y para qué sirve?

Hasta Lopes, ante esta pregunta falaz, se volvía a mirar con ojos desencajados. Nino Mo se metía en el bolsillo las manos nerviosas, como si allí quisiera buscar rabiosamente la repuesta;  mientras Tino Labiso sacaba, como de costumbre, el pañuelo para sonarse la nariz y ganar tiempo, como hombre prudente.

– ¡Esta sí que es buena! – exclamaba entre tanto Nocio Butera, azorado también él. – Sirve… sirve para… para llenarnos de azufre las viñas, para eso sirve.

– Y… y también para… ya, para los fósforos de madera, creo, – añadía Tino Labiso doblando con suma diligencia el pañuelo.

– Creo… creo… – se ponía a burlarse don Mattia Scala. – ¿Qué creéis? ¡Es precisamente así! Solo estos dos usos conocemos nosotros. Preguntadle a quien queráis: nadie sabrá deciros para qué otra cosa sirve el azufre. Y en tanto trabajamos, nos matamos excavándolo, luego lo transportamos a los puertos, donde muchos vapores ingleses, americanos, alemanes, franceses, y hasta griegos están preparados con las bodegas abiertas como bocas para tragárselo; nos dan un buen silbido, ¡y adiós! ¿Qué harán con él allá,  en sus países? Nadie lo sabe; ¡nadie se preocupa por saberlo! Y nuestra riqueza, entre tanto, la que tendría que ser nuestra riqueza, se va así de las venas de nuestras montañas destripadas, y nosotros nos quedamos aquí, como  ciegos, como bobos, con los huesos rotos y los bolsillos vacíos. Única ganancia: nuestros campos quemados por el humo.

Los cuatro amigos, ante esta vivaz, brillantísima demostración de la ceguera con que se realizaba la industria y el comercio de ese tesoro concedido por la naturaleza a su región y en torno al cual bullía tanto incordio, tanta guerra de lucro, insidiosa y despiadada, se quedaron mudos, como oprimidos por una condena a perpetua miseria.

Entonces, Scala, retomando el primer tema, se ponía a explicarles todos los demás gravámenes a los que tenía que hacer frente un pobre arrendatario de azufreras. Él los conocía todos porque, desgraciadamente, los había soportado. Pues, además de la renta neta, estaba el impuesto sobre la producción, es decir, la cuota de renta que hay que pagarle en especie, sobre el producto total, al propietario del suelo, a quien no le importaba de hecho si el yacimiento era rico o pobre, si las zonas estériles eran raras o frecuentes, si el subsuelo estaba seco o anegado por las aguas, si el precio era alto o bajo, si, en definitiva, el negocio era rentable o no. Y, además de este impuesto, tasas al gobierno de toda índole; y luego la obligación de construir no solo galerías inclinadas para acceder a la azufrera y para ventilarla, y los pozos para la extracción y absorción de las aguas; sino también los calcheroni, los hornos, las calles, las casas y cuanto se necesitara en la superficie para la actividad de la azufrera. Y todas estas construcciones, al final del contrato, se las tenía que quedar el propietario del suelo, el cual, por añadidura, exigía que todo fuese consignado en buen orden y buen estado. Como si los gastos hubieran corrido a su cargo. ¡Faltaría más! Ni siquiera dentro de las galerías subterráneas el arrendatario era libre de trabajar a su manera, sino con arcos, o con columnas, o con pastos, como el propietario impusiera, y a veces incluso contra las mismas exigencias del terreno.

Se tenía que estar loco o desesperado, ¿no?, para aceptar tales condiciones, para dejarse poner así los pies en el cuello. ¿Quiénes eran, de hecho, en su mayor parte los productores de azufre? Pobres diablos, sin un céntimo en el bolsillo, obligados a buscarse los medios, para cultivar la azufrera arrendada, entre los mercaderes de azufre de la marina, quienes los sometían a otras usuras, y a otras supercherías.

Hechas las cuentas, ¿qué les quedaba, pues, a los productores? ¿Y cómo habrían podido darles ellos un menos triste salario a esos desgraciados que se esforzaban allí abajo, expuestos continuamente a la muerte? Guerra, por tanto, odio, hambre, miseria para todos; para los productores, para los picadores, para esos pobres muchachos oprimidos, aplastados por una carga superior a sus fuerzas, subiendo y bajando las galerías y las escaleras del agujero.

Cuando Scala terminaba de hablar y los vecinos se levantaban para volver a sus casas rurales, la luna, alta y como perdida en el cielo, casi como si no fuese de esa noche, sino la luna de un tiempo muy lejano, después de la narración de tantas miserias, iluminando las dos laderas del valle, hacía que surgiese más escuálida y más lúgubre la desolación.

Y cada uno, dirigiéndose a su casa, pensaba que allí, bajo esas laderas tan escuálidamente esclarecidas, a cien, a doscientos metros bajo tierra, había gente que se afanaba aún excavando y excavando, pobres picadores sepultados ahí abajo, a los que no les importaba si arriba era de día o de noche, puesto que noche era siempre para ellos.

III

Todos, cuando lo escuchaban, creían que Scala ya había olvidado los dolores pasados y no se preocupaba ya de nada, excepto de su pedazo de tierra, del que no se separaba desde hacía años, ni siquiera un día.

Del hijo desaparecido, perdido por el mundo – si alguna vez hablaba porque alguien le preguntara – se desahogaba hablando mal, por la ingratitud que le había mostrado, por el duro corazón del que había dado prueba.

– Si está vivo, – concluía – está vivo para él; para mí ha muerto, y ya ni pienso en él.

Hablaba así, pero, en tanto, no emigraba a América un campesino de todos aquellos alrededores, a casa del cual no se llegase a escondidas, la vigilia de su marcha, para entregarle en secreto una carta dirigida a ese hijo suyo.

– ¡No es por nada especial, oh! Si así como así te lo encontraras o supieras de él allí.

Muchas de esas cartas le llegaron de vuelta, con los emigrados repatriados tras cuatro o cinco años, estropeadas, amarillentas, ya casi ilegibles. Nadie había visto a Neli, ni había logrado saber nada de él, ni en Argentina, ni en Brasil, ni en los Estados Unidos.

Él escuchaba, luego sacudía los hombros.

– ¿Y qué me importa? Trae, trae. Ya ni siquiera me acordaba de haberte dado esta carta para él.

No quería mostrarles a los extraños la miseria de su corazón, el engaño en que aún necesitaba persistir: que el hijo, a saber, estaba allí, en América, en cualquier lugar remoto, y que un día u otro volvería y se enteraría de que su padre se había adaptado a su nueva condición y poseía un campo, donde vivía tranquilo, esperándolo.

Era poca, en verdad, esa tierra; pero desde hacía años don Mattia abrigaba, a escondidas del Butera, el proyecto de agrandarla, comprando la tierra de un vecino, con quien ya había establecido y acordado el precio. ¡Cuántas privaciones, cuántos sacrificios se había impuesto para ahorrar lo necesario para realizar ese proyecto! Era poca, sí, su tierra; pero desde hacía tiempo él, al asomarse al balcón de la alquería, se había acostumbrado a saltar con  los ojos al otro lado de la tapia que separaba su finca de la del vecino y a considerar suya toda esa tierra. Recogida la suma convenida, solo esperaba que el vecino se decidiese a firmar el contrato y a trasladarse de allí.

Le sabía a mil años, a Scala; pero, por desgracia, ¡le había tocado tener que tratar con un bendito! Bueno, ¡atentos!, tranquilo, amable, dócil era don Filippino Lo Cícero, pero desde luego un poco ido de cabeza. Leía de la mañana a la noche unos libros latinos, y vivía solo en el campo con una mona que le habían regalado.

La mona se llamaba Tita; era vieja y tísica por añadidura. Don Filippino la cuidaba como a una hija, la acariciaba, se sometía sin protestar a todos sus caprichos; con ella hablaba todo el día, segurísimo de ser comprendido. Y cuando ella, triste por la enfermedad, se quedaba encaramada en el pabellón de la cama, que era su sitio preferido, él, sentado en el sillón, se ponía a leerle algún fragmento de las Geórgicas o de las Bucólicas:

Tityre, tu patulae...

Pero esa lectura era de vez en cuando interrumpida por ciertos sobresaltos de admiración curiosísimos: ante una frase, ante una expresión, a veces incluso ante una simple palabra, de la que don Filippino comprendía la exquisita propiedad o apreciaba la dulzura, dejaba el libro sobre sus rodillas, cerraba los ojos y decía velozmente: – ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! – abandonándose poco a poco sobre el respaldo, como si se desmayara de placer. Tita, entonces, bajaba del pabellón y se le subía en el pecho, angustiada, consternada; don Filippino la abrazaba y le decía, en el colmo de la alegría:

– Escucha, Tita, escucha… ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Hermoso! Hermoso…

Ahora don Mattia Scala quería el campo: tenía prisa, comenzaba a cansarse y tenía razón: la suma convenida estaba ya lista – y hay que observar que ese dinero a don Filippino le vendría muy bien; pero, Dios bendito, ¿cómo podría disfrutar en la ciudad de la poesía pastoril y campestre de su divino Virgilio?

– ¡Ten paciencia, querido Mattia!

La primera vez que Scala sintió que le respondía así, se le desencajaron los ojos:

– ¿Se burla de mí o habla en serio?

¿Burlarse? ¡Ni en sueños! Lo decía muy en serio, don Filippino.

Ciertas cosas, en fin, Scala no podía comprenderlas. Y además estaba Tita, Tita se había acostumbrado a vivir en el campo, y quizás no podría ya vivir sin ello, pobrecita.

Cuando hacía buen día don Filippino la llevaba de paseo, un poco haciendo que caminara lentamente con sus pies, un poco llevándola en brazos, como si fuese una niña; luego se sentaba en algún pedrusco al pie de un árbol; Tita, entonces, trepaba a las ramas y colgándose, aferrada por la cola, intentaba arrancarle el birrete por la borla y despeinarle la peluca o  quitarle el Virgilio de las manos.

– ¡Sé buena, Tita, sé buena! ¡Hazme el favor, pobre Tita!

Pobre, pobre, sí, porque estaba condenado ese querido animal. Y Mattia Scala, por tanto, tenía que tener aún un poco de paciencia.

– Espera al menos, – le decía don Filippino – que este pobre animal se vaya. Luego, el campo será tuyo. ¿De acuerdo?

Pero había pasado ya más de un año fuera de plazo, y ese bruto animal no se decidía a morir.

– ¿Queremos hacer que se cure de una vez? – le dijo un día Scala.- ¡Tengo una receta excepcional!

Don Filippino lo miró sonriente, pero con cierta ansiedad, y preguntó:

– ¿Te burlas de mí?

– No. En serio. Me la ha dado un veterinario que ha estudiado en Nápoles: excelente.

– ¡Ojalá, querido Mattia!

– Bueno, se hace así. Coja un litro entero de aceite fino. ¿Tiene aceite del fino, pero del fino, precisamente del fino?

– Lo compro, incluso si tuviera que pagarlo son sangre de papa.

– Bien. Un litro entero. Póngalo a hervir con tres dientes de ajo dentro.

– ¿Ajo?    

– Tres dientes. Escúcheme a mí. Cuando el aceite comience a moverse, antes de que se levante el hervor, retírelo del fuego. Coja un buen puñado de harina de Mallorca y échesela dentro.

– ¿Harina de Mallorca?

– De Mallorca, sí señor. Mézclela; luego, cuando se haya hecho una pasta blanda, aceitosa, aplíquesela, aún caliente, en el pecho y en los hombros a ese feo animal; cúbralo muy bien con algodón, con mucho algodón, ¿comprende?

– Muy bien: con algodón, ¿y después?

– Después abra la ventana y tírela por allí.

– ¡Ayyy! – maulló don Filippino.- ¡Pobre Tita!

– ¡Pobre campo, digo yo! Usted no le presta atención; y yo tengo que mirarlo desde lejos, y entretanto ya no hay viña; los árboles esperan desde hace al menos una decena de años la escamonda; los frutales crecen sin injertos, con los brotes desparramados, chupándose la vida los unos a los otros, y parecen pedir ayuda por todos lados; de muchos olivos ya no se puede hacer sino leña. ¿Qué voy a comprar al final? ¿Es posible seguir así?

Don Filippino, ante estas quejas, ponía una cara tan afligida, que don Mattia no se sentía ya con fuerzas para añadir nada más.

¿Con quién estaba hablando, por lo demás? Ese pobre hombre no era de este mundo. El sol, el sol verdadero, el sol del día quizás nunca había nacido para él: para él nacían aún los soles del tiempo de Virgilio.

Había vivido siempre allí, en ese campo, primero junto al tío cura que, al morir, se lo había dejado en herencia, luego siempre solo. Huérfano desde los tres años, había sido acogido y  criado por ese tío, apasionado latinista y cazador en esta vida. Pero la caza a don Filippino nunca le había  deleitado, quizás por la experiencia hecha por su tío, quien, aunque cura, era terriblemente fogoso: a saber, la experiencia de dos dedos que al difunto le saltaron de la mano izquierda al cargar el fusil. Él, en cambio, se entregó completamente al latín, con pasión tranquila, contentándose con desmayarse de placer, varias veces, durante la lectura; mientras el otro, el tío cura, se ponía en pie, en sus sobresaltos de admiración, con la cara encendida, con las venas de la frente tan hinchadas, que parecía que le quisieran estallar, y leía en voz muy alta y al fin prorrumpía, tirando el libro al suelo o a la cara alelada de don Filippino:

– ¡Sublime, santo diablo!

Muerto de golpe este tío, don Filippino quedó dueño del campo; aunque dueño es un modo de hablar.

En vida, el tío cura había poseído también una casa en la ciudad vecina, y esta casa se la había dejado en el testamento al hijo de otra hermana suya, el cual se llamaba Saro Trigona. Ahora, quizás, este, considerando su propia condición de desafortunado corredor de azufre, de desafortunadísimo padre de familia con una caterva de hijos, se esperaba que el tío cura se lo dejaría todo a él, la casa y el campo, con la obligación, se comprende, de hacerse cargo, de por vida, del primo Lo Cícero, el cual, habiendo sido criado siempre como un hijo de la familia, era inepto, por lo demás, para administrar por sí mismo ese campo. Pero, puesto que el tío no había tenido con él esta consideración, Saro Trigona, no pudiendo por derecho, intentaba sacar provecho, de todos los modos, de la herencia del primo, y exprimía despiadadamente al pobre don Filippino. Casi todos los frutos del campo iban a parar a él: trigo, fruta, vino, hortalizas; y si don Filippino vendía una parte a escondidas, como si no fuese suyo, el primo Saro, al descubrir la venta, le caía encima en el campo furioso, como si hubiese descubierto un fraude en su perjuicio,  y en vano don Filippino le explicaba humildemente que ese dinero lo necesitaba para los muchos trabajos que era necesario hacer en el campo. Quería el dinero:

– ¡O me mato! – le decía, haciendo ademán de sacar el revólver del forro de la chaqueta. – ¡Me mato aquí, delante de ti, Filippino, ahora mismo! Porque no puedo  más, ¡créeme! ¡Nueve hijos, Santo Dios, nueve hijos que lloran pidiéndome pan!

¡Y menos mal cuando venía solo, al campo, a montar esas escenas! Algunas veces llevaba consigo a la mujer y la caterva de hijos. A don Filippino, acostumbrado a vivir siempre solo, le parecía que iba a perder la cabeza. Esos nueve sobrinos, todos varones, el mayor de los cuales aún no tenía catorce años, aunque “llorando por el pan” tomaban al asalto, como nueve demonios desencadenados, la tranquila casa campestre del tío; le ponían todo boca abajo: bailaban y bailaban precisamente esas habitaciones con los gritos, las risas, los llantos y las carreras desenfrenadas; luego se oía, sin falta, el alboroto, el fragor de alguna grave rotura, al menos de algún espejo de armario hecho trizas; entonces, Saro Trigona saltaba en pie, gritando:

– ¡Hago el órgano! ¡Hago el órgano!

Perseguía, agarraba a esos granujas; distribuía patadas, bofetones, puñetazos, tortas en el culo; luego, como ellos se ponían a gritar en todos los tonos, los colocaba en fila, de mayor a menor, y así hacían el órgano.

– ¡Quietos ahí! ¡Hermosos… hermosos de verdad, mira, Filippino! ¿No están para un retrato? ¡Qué sinfonía!

Don Filippino se tapaba los oídos, cerraba los ojos y se ponía a patalear por la desesperación.

– ¡Mándalos fuera! ¡Que rompan lo que quieran, que se lleven la casa, los árboles, todo, pero dejadme en paz, por caridad!

Se equivocaba, sin embargo, don Filippino. Porque la prima, por ejemplo, no llegaba nunca con las manos vacías a visitarlo al campo, le llevaba algún birrete bordado, con una gran borla de seda: ¿cómo no?, el que tenía en la cabeza; o un par de babuchas le llevaba, también bordadas por ella: las que tenía en los pies. ¿Y la peluca? Un regalo y una atención del primo, para protegerlo de los continuos resfriados a los que lo exponía la calvicie precoz.  ¡Peluca de Francia! Le había costado un ojo de la cara a Saro Trigona. ¿Y la mona, Tita? También ella era un regalo de la prima: un regalo sorpresa, para alegrar el tiempo de ocio y la soledad del buen primo exiliado en el campo. ¿Cómo no?

– ¡Burro, perdone, burro! – le gritaba don Mattia Scala. – Pero ¿por qué me hace esperar aún para tomar posesión? Firme el contrato, ¡y quítese de esa esclavitud! Con el dinero que le doy yo, usted, que no tiene vicios, usted, que tiene tan pocas necesidades, podría vivir tranquilo, en la ciudad, los años que le quedan. ¿Está loco? ¡Si pierde todavía más tiempo por amor a Tita y a Virgilio, se verá viviendo de  limosna, así se verá!

Porque don Mattia Scala, no queriendo que se malograra la finca que él ya consideraba suya, se había puesto a anticiparle a Lo Cícero parte de la suma convenida.

– Tanto, para la poda; tanto, para los injertos; tanto, para el abono… ¡Don Filippino, esto lo restamos!

– ¡Lo restamos! – suspiraba don Filippino. – Pero déjeme quedarme aquí. En la ciudad, cerca de esos demonios, me moriría en dos días. Además, a ti no te molesto. ¿No eres tú el dueño, querido Mattia? Puedes hacer lo que te parezca y guste. Yo no te diré nada. Basta con que me dejes tranquilo…

– Sí. Pero entretanto, – le respondía Scala – ¡los beneficios los disfruta su primo!

– ¿Y qué importa? – le hacía observar Cicerón.  – Ese dinero me lo tendrías que dar todo junto, ¿no es verdad? Así me lo das poco a poco; y pierdo yo, en el fondo, porque restando hoy y restando mañana, un día me faltará, mientras que tú lo habrás gastado aquí, para beneficiar la tierra que entonces será tuya.

IV

El razonamiento de don Filippino era, sin duda, convincente; pero ¿qué seguridad tenía Scala, entretanto, mientras gastaba ese dinero en su finca? Y si don Filippino faltara de pronto, ¡Dios nos libre!, sin haber tenido tiempo de firmar el acta de venta, por lo que ahora le correspondía, Saro Trigona, su único heredero, ¿reconocería esos gastos y el precedente acuerdo con el primo?

Esta duda surgía de tanto en tanto en el ánimo de don Mattia; pero luego pensaba que, forzando a don Filippino a cederle la posesión de la finca, poniéndolo entre la espada y la pared por el dinero anticipado, podía correr el riesgo de tener que escuchar: “En fin, ¿quién te ha obligado a anticipármelo? Por mí, la finca podía quedarse tal como estaba, e incluso malograrse: nunca me he preocupado por ella. No puedes de ningún modo echarme ahora de mi casa, si yo no quiero”. – Pensaba Scala, además, que tenía que ver con un verdadero caballero, incapaz de hacer daño, ni siquiera a una mosca. En cuando al peligro de que muriese de pronto, ese peligro no existía: sin vicios, viviendo de un modo tan morigerado, siempre sano y lozano, prometía aún durar cien años. Por lo demás, el plazo estaba ya fijado: a la muerte de la mona, que ya poco se haría esperar.

Era tal fortuna, en fin, para él, poder comprar esa tierra a tan módico precio, que le convenía estar callado y confiar; es más, le convenía tener la mano encima con ese dinero que se iba gastando poco a poco, tranquilamente, y como le parecía y le gustaba. El verdadero dueño, allí, era él; estaba más allí, se puede decir, que en su propia finca.

– Haga esto, haga lo otro.

Ordenaba; se ponía más bonito el campo, y no pagaba impuestos. ¿Qué más quería?

Todo podía esperárselo el pobre don Mattia, excepto que esa mona maldita, que tanto le había hecho penar, ¡le hiciera la última!

Tenía la costumbre Scala de levantarse antes del alba, para controlar los preparativos del trabajo preestablecido la tarde antes con el zagal; no quería que este, teniendo, por ejemplo, que atender a la poda, volviese dos o tres veces de la ladera a la alquería ya por la escalera, ya por la piedra de afilar, la podadera o el hacha, ya por el agua, o por el desayuno: tenía que irse preparado y provisto absolutamente de todo, para no perder tiempo inútilmente.

– El cántaro, ¿lo tienes?, ¿y la comida? Ten, toma una cebolla. Y rápido, te lo ruego.

Pasaba luego, antes de que el sol asomase, por la finca de Lo Cícero.

Ese día, a causa de una carbonera que se tenía que encender, Scala se retrasó. Eran ya las diez pasadas. En tanto, la puerta de la alquería de don Filippino estaba aún cerrada, insólitamente. Don Mattia llamó: nadie le respondió; llamó de nuevo, en vano; miró hacia arriba, a los balcones y ventanas: cerrados aún, como durante la noche.

“¿Qué novedad es esta?” pensó, dirigiéndose a la casa de labranza de al lado, para pedirle información a la mujer del zagal.

Pero también esa la encontró cerrada. La finca parecía abandonada.

Scala, entonces, se llevó las manos a la boca para hacer bocina y, volviéndose hacia el campo, llamó fuerte al zagal. Como este, poco después, desde el fondo de la pendiente, le contestó, don Mattia le preguntó si don Filippino estaba allí con él. El zagal respondió que no se había dejado ver. Entonces, ya con un poco de aprensión, Scala volvió a llamar a la alquería; llamó varias veces: – ¡Don Filippino! ¡Don Filippino! – y, al no tener respuesta ni saber qué pensar, se puso a darse tirones con una mano en su narizota palpitante.

La tarde anterior había dejado al amigo con buena salud. Enfermo, pues, no podía estar, al menos hasta el punto de no poder dejar la cama un minuto. Pero quizás, eso sería, se había olvidado de abrir las ventanas de las habitaciones de la parte delantera, y había salido al campo con la mona: el portón quizás lo había cerrado, al ver que en la casa de labranza no había nadie de guardia.

Habiéndose tranquilizado con esta reflexión, se puso a buscarlo por el campo, pero parándose de vez en cuando aquí y allá, donde el ojo experto y previsor del agricultor descubría al vuelo la necesidad de algún arreglo, llamando de tiempo en tiempo:

– Don Filippino, eh, don Filippííí…

Llegó así hasta el fondo de la pendiente, donde el zagal lo esperaba con tres jornaleros zapando la viña.

– ¿Y don Filippino? ¿Qué ha sido de él? Yo no lo encuentro.

Dominado de nuevo por la consternación, frente a la inseguridad de esos hombres, a quienes les parecía extraño que él hubiera encontrado cerrada la casa, tal como ellos la habían dejado cuando se marcharon al trabajo, Scala propuso que subieran  todos juntos a ver qué había pasado.

– ¡Ya lo he comprendido bien! ¡Esta mañana viene torcida!

– ¡Qué extraño en él! – intentaba decir el zagal. – Habitualmente tan mañanero…

– ¡Seguro que se le ha puesto enferma la mona, ya lo veréis! – La tendrá en los brazos, y no querrá moverse para no molestarla.

– ¿Ni siquiera si oye que lo llaman, como lo he llamado yo, no sé cuántas veces? – observó don Mattia.- ¡Vamos! ¡Algo tiene que haberle sucedido!

Cuando llegaron al claro delante de la alquería, los cinco, ahora uno, ahora otro, intentaron llamarlo, pero fue inútil; dieron la vuelta a la alquería; por el lado norte, encontraron una ventana con los postigos abiertos; volvieron a animarse:

– ¡Ah!, exclamó el zagal. – ¡Por fin ha abierto! Es la ventana de la cocina.

– ¡Don Filippino! – gritó Scala.- ¡Maldita sea! ¡No nos desesperes!

Esperaron un tiempo con la nariz a la intemperie; volvieron a llamarlo de todos los modos; al fin, don Mattia, ya consternadísimo y furioso, tomó una resolución.

– ¡Una escalera!

El zagal corrió a la casa de labranza y volvió poco después con la escalera.

– ¡Subo yo! – dijo don Mattia, pálido y tembloroso como siempre, apartándolos a todos.

Cuando llegó a la altura de la ventana, se quitó el sombrerucho blanco, metió en él el puño y rompió el cristal, luego abrió la ventana y saltó dentro.

La chimenea, allí, en la cocina, estaba apagada. No se oía en la casa ni un ruido. Todo, allí dentro, estaba como si fuese de noche: solo por las fisuras de las puertas se adivinaba el día.

– ¡Don Filippino! – llamó una vez más Scala: pero el sonido de su misma voz, en ese silencio extraño, hizo que se estremeciera de los pelos  a la espalda.

Atravesó, a tientas, algunas habitaciones; llegó al dormitorio, también este a oscuras. Apenas hubo entrado, se paró de pronto. A la tenue luz que se filtraba por las puertas, le pareció distinguir algo, como una sombra, que se movía en la cama, deslizándose, y desaparecía.  Los pelos se le erizaron en la frente; le faltó la voz para gritar. De un salto fue al balcón, lo abrió, se volvió y desencajó los ojos y la boca, por el horror, agitando las manos en el aire. Sin aliento, sin voz, todo tembloroso, contraído por el terror, corrió hasta la ventana de la cocina.

– ¡Arriba… arriba, subid! ¡Asesinado! ¡Asesinado!

– ¿Asesinado? ¡Cómo! ¿Qué dice? – exclamaron los que esperaban ansiosamente, lanzándose los cuatro juntos para subir. El zagal quiso ir primero, gritando:

– ¡Despacio por la escalera! ¡Uno a uno!

Aturdido, desconcertado, don Mattia tenía las manos en la cabeza, aún con la boca abierta y los ojos llenos de esa horrenda vista.

Don Filippino yacía en la cama con la cabeza caída hacia atrás, hundida en la almohada, como por un estiramiento espasmódico, y mostraba la garganta estrangulada y sangrienta: tenía aún levantadas las manos, esas manos pequeñas que no le correspondían siquiera, de vista ahora horrendas, tan descompuestamente rígidas y lívidas.

Don Mattia y los cuatro campesinos lo miraron un tiempo, aterrorizados; de pronto, dieron un respingo los cinco, ante un ruido que vino de debajo de la cama: se miraron a los ojos; luego, uno de ellos se inclinó a mirar.

– ¡La mona! – dijo con suspiro de alivio, y casi estuvo a punto de reír.

Los otros cuatro, entonces, se inclinaron también para mirar.

Tita, cobijada bajo la cama, con la cabeza baja y los brazos cruzados en el pecho, al ver a esos cinco que la examinaban, a todo su alrededor, tan inclinados y descompuestos, tendió las manos a las tablas de la cama y saltó muchas veces dándose golpes, luego puso la boca en forma de o, y emitió un sonido amenazante:

– Chhhh…

– ¡Mirad! – gritó Scala. – Sangre… Tiene las manos… y el pecho ensangrentados… ¡ella lo ha matado!

Se acordó de lo que le había parecido distinguir al entrar, y volvió a afirmar convencido:

– ¡Ella, sí!, ¡la he visto con mis propios ojos! Estaba en la cama…

Y les mostró a los cuatro campesinos horrorizados las huellas en las mejillas y en la barbilla del pobre muerto:

– ¡Mirad!

Pero ¿cómo? ¿La mona? ¿Posible? ¿El animal que él tenía desde hacía tantos años, noche y día?

– ¿Se habría enfadado? – observó uno de los jornaleros, espantado.

Los cinco, a la vez, con el mismo pensamiento, se apartaron de la cama.

– ¡Esperad! Un bastón… – dijo don Mattia.

Y buscó con los ojos en la habitación por si había alguno, o si había al menos algún objeto que pudiera suplirlo.

El zagal cogió por el respaldo una silla y se inclinó; pero los otros, tan inermes, sin protección, tuvieron miedo y gritaron:

– ¡Espera! ¡Espera!

Se proveyeron también ellos de sillas. El zagal, entonces, empujó la suya varias veces bajo la cama: Tita saltó fuera por el otro lado, trepó con maravillosa agilidad hasta lo alto del pabellón, y allí, pacíficamente, como si no pasara nada, se puso a rascarse el vientre, y luego a jugar con las puntas de un pañuelo que el pobre don Filippino le había atado a la garganta.

Los cinco hombres se quedaron mirando esa indiferencia animal, atontados.

– ¿Qué hacemos, en tanto? – preguntó Scala, bajando los ojos sobre el cadáver; pero en seguida, a la vista de esa garganta estrangulada, volvió la cara. – ¿Y si lo cubriéramos con la misma sábana?

– ¡No, señor! – dijo en seguida el zagal. – Usted, escúcheme a mí. Hay que dejarlo como está. Yo soy de aquí, de la casa, y no quiero líos con la justicia. Es más, todos sois testigos míos.

– ¡Qué tendrá que ver eso! – exclamó don Mattia, encogiéndose de hombros.

Pero el zagal continuó, justificándose:

¡Con la justicia, nunca se sabe, señor mío! Nosotros somos pobres, y con nosotros… yo sé lo que me digo…

– Yo, en cambio, pienso, – gritó don Mattia, exasperado, – pienso que él, ahí, pobre loco, ha muerto como un papanatas, por su estupidez, y que yo, en tanto, más loco y más estúpido que él ¡estoy bien arruinado! Oh, pero – todos vosotros aquí sois testigos en verdad – que en este campo yo he gastado mi dinero, mi sangre: lo diréis… ahora id a advertir a ese caballero de Saro Trigona y al pretor y al delegado, que vengan a ver las proezas de esta… ¡Maldita! – gritó, con un arrebato improviso, arrancándose de la cabeza el sombrerucho y lanzándolo contra la mona.

Tita lo cogió al vuelo, lo examinó atentamente, se refregó la cara, como para sonarse la nariz, y luego se lo puso debajo y se sentó encima. Los cuatro campesinos rompieron a reír sin querer.

V

Nada: ni una línea de testamento, ni una nota, aunque solo fuera en algún registro o algún pedazo de papel suelto.

Y no bastaba el daño: le tocaban por añadidura a don Mattia Scala las burlas de los amigos. Claro, porque de hecho, Nocio Butera, por ejemplo, se habría imaginado fácilmente que don Filippino Lo Cícero moriría de ese modo, matado por la mona.

– Tú, Tino Labiso, ¿qué opinas, eh? ¿Puede ser, no? ¡Qué animal! ¡Qué animal! ¡Qué animal!

Y don Mattia se metía hasta los ojos, con las manos aferradas al ala, el sombrerucho blanco, y pataleaba de rabia.

Saro Trigona, hasta que el primo no fue enterrado, después de los exámenes del médico y del pretor, no quiso escucharlo, declarando que la desgracia no le permitía hablar de negocios.

– ¡Sí! ¡Como si la mona no se la hubiera regalado él, aposta! – se desahogaba diciendo Scala, a escondidas.

Habría tenido que acuñarle una medalla a esa mona, y en cambio, ingrato, hizo que la fusilaran: exactamente así, fu-si-la-ran, al día siguiente, a pesar de que el joven médico, que vino al campo junto al pretor, había encontrado una graciosa explicación al delito inconsciente del animal. Tita, enferma de tisis, quizás sentía que le faltaba la respiración, incluso a causa, probablemente, del pañuelo que el pobre don Filippino le había atado al cuello, quizás un poco apretado, o porque se lo hubiera apretado ella misma intentando desatárselo. Pues bien: quizás había saltado a la cama para indicarle al dueño dónde sentía que le faltaba la respiración, allí, en el cuello, y se lo había cogido con las manos; luego, con la presión, al no lograr respirar, exasperada, quizás se puso a clavarle la uñas al dueño allí, en la garganta. ¡Y hecho! Animal era, al fin y al cabo. ¿Qué entendía?

Y el pretor, muy serio, ceñudo, con la cabezota calva, roja, sudada, había hecho repetidas señales de aprobación ante la rara perspicacia del joven médico. ¡Qué lindo!

Basta. Enterrado el primo, fusilada la mona, Saro Trigona se puso a disposición de don Mattia Scala.

– Querido don Mattia, hablemos.

Había poco que hablar. Scala, con esa manera suya de actuar a borbotones, le expuso brevemente su acuerdo con Lo Cícero, y cómo, esperando día tras día que ese maldito animalucho muriera para tomar posesión, había gastado en la finca, en diversas campañas, con el consentimiento del mismo Lo Cícero, por supuesto, bastantes miles de liras, que, en consecuencia, tenían que detraerse de la suma convenida. ¿Claro, eh?

– ¡Clarísimo! – respondió Trigona, que había escuchado con mucha atención la narración de Scala, aprobando con la cabeza, muy serio, como el pretor. – ¡Clarísimo! Y yo, por mi parte, querido don Mattia, estoy dispuesto a respetar el acuerdo. Soy corredor; y usted lo sabe: ¡son malos tiempos! Para colocar una partida de azufre se necesita la mano de Dios: la correduría se va en sellos y en telegramas. Esto, para deciros que yo, con mi profesión, no podría ocuparme del campo, en el que no sabría hacer nada. Tengo, además, como sabe, querido don Mattia, nueve hijos varones, que tienen que ir a la escuela: animales, uno más que el otro, pero van a la escuela. Debo, por tanto, estar por fuerza en la ciudad. Vengamos a nosotros. Hay un problema, lo hay. Eh, querido don Mattia, ¡desgraciadamente! Un problema gordo. Nueve hijos, decíamos, y usted no sabe, no puede hacerse una idea de cuánto me cuestan: solo en zapatos… pero ya, ¡es inútil que se lo cuente!  Enloquecería. Por decirle, querido don Mattia…

– No me diga nada más, por caridad, querido don Mattia, – prorrumpió Scala, irritado por ese interminable discurso que no iba a ninguna parte. – Querido don Mattia… querido don Mattia… ¡basta! ¡He perdido ya demasiado tiempo con la mona y con don Filippino!

– En fin, – continuó Trigona, sin alterarse. – Quería decirle que siempre he necesitado recurrir a ciertos señores, que Dios nos libre de ello, por… ¿me explico?, y se comprende, me han puesto los pies en el cuello. Usted sabe quién se lleva la palma, en nuestra ciudad, en esta especie de operación…

– ¿Dima Chiarenza? – exclamó en seguida Scala, poniéndose en pie de un salto, palidísimo. Arrojó el sombrero al suelo, se pasó furiosamente una mano por los cabellos; luego, con la mano detrás  de la nuca, abriendo de par en par los ojos y apuntando con el índice de la otra mano, como arma, hacia Trigona:

– ¿Usted? – añadió. – ¿Usted, a la casa de ese verdugo?, ¿de ese asesino que me ha comido vivo? ¿Cuánto ha cogido?

– Espere, se lo contaré, – respondió Trigona, con calma doliente, justificándose. – ¡Yo no!, porque ese verdugo, como usted bien dice, nunca ha querido saber nada de mi firma…

– Y entonces… ¿don Filippino? – preguntó Scala cubriéndose la cara con las manos, como para no ver las palabras que le salían de la boca.

– El aval…  – suspiró Trigona, moviendo la cabeza amargamente.

Don Mattia se puso a dar vueltas por la habitación, exclamando, con las manos por el aire:

– ¡Arruinado! ¡Arruinado! ¡Arruinado!

– Espere, – repitió Trigona.- No desespere. Intentemos remediarlo. ¿Cuánto había acordado darle usted a don Filippino por la tierra?

– ¿Yo? – gritó Scala, parándose de pronto, con las manos en el pecho. – Dieciocho mil liras, yo: ¡contantes! Son cerca de seis hectáreas de tierra: ocho fanegas justas, de nuestra medida: dos mil doscientas cincuenta mil liras la fanega, ¡contantes! Dios sabe lo que he penado para juntarlas:  y ahora, ahora veo que se me escapa el negocio, la tierra bajo los pies, ¡la tierra que ya consideraba mía!

Mientras don Mattia se desahogaba así, Saro Trigona se tocaba los dedos, ceñudo, haciendo cuentas:

– Dieciocho mil… oh, por tanto, se dice…

– Despacio, – lo interrumpió Scala. – dieciocho mil, si el difunto me hubiera dejado en seguida la posesión de la finca. Pero más de seis mil ya las he gastado. Y esta es la cuenta que se puede hacer en seguida, en el lugar. Tengo testigos: este mismo año he plantado dos mil vides americanas, ¡espantosas!, y además…

Saro Trigona se puso en pie para cortar esa discusión, declarando:

– Pero doce mil no bastan, querido don Mattia. Le debo más de veinte mil a ese verdugo, ¡figúrese!

– ¿Veinte mil liras? – exclamó Scala, tambaleándose. –  Pero ¿es que han comido dinero usted y sus hijos?

Trigona suspiró profundamente y, tocando con la mano el brazo de Scala, dijo:

– ¿Y mis desgracias, don Mattia? No hace aún un mes que me ha tocado pagar nueve mil liras a un comerciante de Licata, por la diferencia de precio sobre una partida de azufre. ¡Déjeme! Fueron las últimas letras que me avaló el pobre Filippino, ¡Dios lo tenga en su gloria!

Después de otras inútiles protestas, convinieron en llegarse ese mismo día, con las doce mil liras en las manos, a casa de Chiarenza, para intentar llegar a un acuerdo.

VI

La casa de Dima Chiarenza se levantaba en la plaza principal de la ciudad. Era una casa antigua, de dos plantas, ennegrecida por el tiempo, ante la cual solían pararse con sus cámaras fotográficas los forasteros ingleses y alemanes que iban a ver las azufreras, despertando una cierta maravilla, mezcla de deleite y de conmiseración en los habitantes de la ciudad, para quienes esa casa no era sino una oscura y decrépita pocilga que estropeaba la armonía de la plaza, con el ayuntamiento en frente, estucado y brillante, que parecía de mármol, y hasta majestuoso, con ese pórtico de ocho columnas; la Catedral a este lado, el Palacio de la Banca Comercial, al otro, que tenía en la planta baja un espléndido café en una parte, y en la otra, un casino.

El Municipio, según los socios de este casino, debería enmendar esta indecencia, obligando a Chiarenza a darle al menos una mano de pintura decente a su casa. Le vendría bien incluso a él, decían: se le aclararía un poco la cara que, desde que había entrado en esa casa, se le había puesto del mismo color. – Sin embargo –añadían – para ser justos,  era la mujer quien había llevado esa casa en dote, y él, al pronunciar el sí sagrado, quizás se había obligado a respetar la doble antigüedad.

Don Mattia Scala y Saro Trigona encontraron en la vasta antecámara casi oscura a una veintena de campesinos, vestidos todos, más o menos, del mismo modo: con un grave traje de paño turquesa oscuro, zapatones de cuero basto tachonados, en los pies; en la cabeza, una gorra negra de punto con la borla de punta; algunos llevaban zarcillos; todos, por ser domingo, recién afeitados.

– Anúnciame, – le dijo Trigona al criado que estaba sentado junto a la puerta, delante de una mesita cuya superficie estaba completamente llena de cifras y de nombres.

– Tengan paciencia un momento, – respondió el criado, quien miraba asombrado a Scala, pues conocía la antigua enemistad de este con su señor. – Está dentro don Tino Labiso.

– ¿También él? ¡Desgraciado! – borbotó don Mattia, mirando a los campesinos que esperaban, asombrados como el criado por su presencia en esa casa.

Poco a poco, por la expresión de sus caras, Scala pudo fácilmente deducir quién de ellos venía a saldar su deuda, quién venía solo con una parte de la suma tomada en préstamo y tenía ya en los ojos el ruego que dirigiría al usurero para que tuviese paciencia para el resto hasta el mes siguiente; quién no llevaba nada y parecía aplastado bajo la amenaza del hambre, porque Chiarenza, sin misericordia, lo despojaría de todo y lo tiraría en medio de la calle.

De pronto, la puerta del despacho se abrió, y Tino Labiso, con la cara llena de fuego, casi amoratado, con los ojos brillantes, como si hubiera llorado, huyó sin ver a nadie, con el pañuelo de dados rojos y negros, el  emblema de su desafortunada prudencia, en la mano.

Scala y Trigona entraron en la sala del despacho.

Estaba también esta casi a oscuras, con una sola ventana con rejas que daba a una estrecha callejuela. En pleno día, Chiarenza tenía que tener en el escritorio la luz encendida, cubierta por una mantilla verde.

Sentado en un viejo sillón de cuero delante del escritorio, cuyo casillero estaba atiborrado de papeles, Chiarenza tenía en los hombros una toca, un birrete en la cabeza, y un par de medios guantes de lana en las manos horriblemente deformadas por la artritis. Aunque aún no tuviese cuarenta años, aparentaba más de cincuenta, con la cara amarilla, ictérica, los cabellos grises, espesos, áridos que se le alargaban como a un enfermo sobre las sienes. Tenía, en ese momento, las gafas levantadas sobre la estrecha frente, arrugada, y miraba hacia delante con los ojos turbios, casi apagados bajo los párpados grandes y pesados. Evidentemente, se esforzaba por dominar la agitación interior y por parecer tranquilo frente a Scala.

La conciencia de su propia infamia no le inspiraba ahora más que odio, odio oscuro y duro, contra todos y señaladamente contra su antiguo benefactor, su primera víctima. Aún no sabía qué quería Scala de él; pero estaba decidido a no concederle nada, para no parecer arrepentido de una culpa que él siempre, desdeñosamente, había negado, representando a Scala como a un loco.

Este, que desde hacía años no lo había visto más, ni siquiera de lejos, se quedó primero asombrado al mirarlo. No lo habría reconocido, reducido a tal estado, si se lo hubiera encontrado por la calle.

“El castigo de Dios”, pensó; y frunció las cejas, comprendiendo en seguida que, así reducido, ese hombre creería que ya había pagado el delito y que ya no le debía nada, por tanto, ninguna reparación.

Dima Chiarenza, con los ojos bajos, se puso una mano detrás de los riñones para levantarse lentamente del sillón de cuero, con la cara contraída por el dolor; pero Saro Trigona lo obligó a permanecer sentado y, en seguida, con su habitual y oprimente enredo de frases, comenzó a exponer la finalidad de su visita: él, vendiendo el campo heredado del primo al querido don Mattia allí presente, pagaría, en seguida, doce mil liras, con detracción de su deuda, al queridísimo don Dima, el cual, por su parte, tenía que obligarse a no emprender ninguna acción judicial contra la herencia de Lo Cícero, esperando…

– Despacio, hijo, – lo interrumpió en este punto Chiarenza, colocándose las gafas en la nariz. – Ya la he emprendido hoy mismo, rechazando las letras firmadas por su primo, vencidas hace tiempo. ¡Cura en salud!

– ¿Y mi dinero? – saltó entonces Scala.- La finca de Lo Cícero no valía más de dieciocho mil liras; pero ya he gastado más de seis mil; por tanto, haciendo una estimación honesta, tú no podrías tenerla por menos de veinticuatro mil.

– Bien – respondió, tranquilísimo, Chiarenza. – Como Trigona me debe veinticinco mil, quiere decir que yo, al quedarme con la finca, vengo a perder mil, además de los intereses.

– Por tanto… ¿veinticinco? – exclamó entonces don Mattia, vuelto a Trigona, con los ojos abiertos de par en par.

Este se agitó en el sillón, como en una silla de tortura, balbuciendo:

– Pero…¿có… cómo?

– En fin, hijo mío, se lo explico, – respondió sin descomponerse Chiarenza, llevándose las manos de nuevo a los riñones e incorporándose con dificultad. – Hay registros. Hablan con claridad.

– ¡Deja los registros! – gritó Scala, adelantándose.- Aquí ahora se trata de mi dinero: el que he gastado en la finca…

– ¿Y yo qué sé de ello? – dijo Chiarenza, encogiéndose y cerrando los ojos.- ¿Quién le ha obligado a gastarlo?

Don Mattia Scala repitió, fuera de sí, a Chiarenza su acuerdo con Lo Cícero.

– Mal, – añadió, cerrando los ojos, Chiarenza, por el esfuerzo que le costaba la calma que quería demostrar; pero casi no tenía más aliento.- Mal. Veo que usted, como de costumbre, no sabe llevar los negocios.

– ¿Y me lo echas en cara tú? – gritó Scala, – ¡Tú!

– No le echo en cara nada; pero, Dios Santo, habría tenido que saber al menos, antes de gastar este dinero que usted dice, que Lo Cícero ya no podía venderle a nadie la finca, porque me había firmado muchas letras por un valor que superaba el de la misma finca.

– Y así, respondió Scala, ¿tú te aprovecharías también de mi dinero?

– Yo no me aprovecho de nada – respondió, rápido, Chiarenza.- Me parece que le he demostrado que, incluso con la estimación que usted hace de la tierra, yo vengo a perder más de mil liras.

Saro Trigona intentó interponerse, haciendo que relampaguearan ante Chiarenza las doce mil liras contantes que don Mattia tenía en la cartera.

– ¡El dinero es dinero!

– ¡Y vuela! – añadió en seguida Chiarenza. – Donde mejor se puede emplear hoy el dinero es en las tierras, sépalo, querido mío. Las letras son armas de guerra, de doble filo: la renta sube y baja; la tierra, en cambio, está ahí, y no se mueve.

Don Mattia convino y, cambiando de tono y modo, habló a Chiarenza de su gran amor por ese campo contiguo, añadiendo que no sabría adaptarse nunca a ver que se lo quitaban, después de tantas privaciones sufridas por ello. Que se contentase, por tanto, Chiarenza, por el momento, con el dinero que él llevaba encima; le daría el resto, hasta el último céntimo, él mismo, no Trigona, manteniendo incluso firmemente la estimación de veinticuatro mil liras, como si las otras seis mil él no las hubiese dado, y, si quería, llegaría incluso hasta la suma de las veinticinco mil, es decir, de la deuda completa de Trigona.

– ¿Qué más puedo decirte?

Dima Chiarenza escuchó, con los ojos cerrados, impasible, el discurso apasionado de Scala. Luego le dijo, asumiendo también él otro tono, más fúnebre y más grave:

– Oiga, don Mattia. Veo que quiere mucho esa tierra, y de grado se la dejaría, para contentarle, si no me encontrase en estas condiciones de salud. ¿Ve cómo estoy? Los médicos me han aconsejado reposo y aire del campo…

– ¡Ah! – exclamó Scala tembloroso.- ¿Te vienes allí, por tanto, a mi lado?

– Además, – continuó Chiarenza – usted ahora no me dará ni siquiera la mitad de cuanto me corresponde. ¿Quién sabe, pues, cuánto tendría que esperar para que me pagara? Mientras que ahora, con un pequeño sacrificio, al tomar esa tierra, puedo recobrar en seguida lo mío y proveer a mi salud. Yo quiero dejárselo todo en regla a mis herederos.

– ¡No hables así! – prorrumpió Scala, indignado y furioso. – ¿Piensas en tus herederos? ¡Tú no tienes hijos! ¿Piensas en tus sobrinos? ¿Precisamente ahora? Nunca has pensado en ellos. Dilo francamente: ¡Quiero perjudicarte, como siempre te he perjudicado! Ay, ¿no te ha bastado haber destruido mi casa, haber matado a mi mujer y haber provocado la fuga por desesperación de mi único hijo?, ¿no te ha bastado haberme reducido a la miseria como recompensa del bien recibido?, ¿incluso la tierra quieres quitarme ahora, la tierra donde me he dejado la sangre? Pero ¿por qué, por qué eres tan feroz contra mí? ¿Qué te he hecho yo? No he protestado siquiera después de tu traición de Judas: tenía que pensar en mi mujer que se estaba muriendo por tu culpa, en mi hijo que desapareció por tu culpa: pruebas, pruebas materiales del robo no tenía, para mandarte a la cárcel; y por tanto, me callé; me fui de allí, a esos tres palmos de tierra; mientras aquí todos en la ciudad, a una voz, te acusaban, te gritaban: ¡Ladrón! ¡Judas! ¡No yo, no yo! Pero hay Dios, ¿sabes? Y te ha castigado; mira tus manos ladronas cómo están ahora… ¿Te las escondes? ¡Estás muerto! ¡Estás muerto!, ¿y te obstinas aún en hacerme daño? Oh, pero, ¿sabes? Esta vez, no, ¡no lo conseguirás! Te he contado los sacrificios que estaría dispuesto a hacer por esa tierra. En fin, pues, responde: – ¿Quieres dejármela?

– ¡No! – gritó, rápido, rabiosamente, Chiarenza, torvo, descompuesto.

– Pues entonces, ¡ni tú, ni yo!

Y Scala se dispuso a salir.

– ¿Qué hará? – preguntó Chiarenza, permaneciendo sentado y abriendo los labios en una mueca escuálida.

Scala se volvió, levantó una mano para hacer un violento gesto de amenaza y respondió, mirándolo fieramente a los ojos:

– ¡Te quemo!

VII

Tras salir de la casa de Chiarenza y tras librarse, con una furiosa sacudida de espalda, de Trigona que quería demostrarle, muy doliente, su buena intención, don Mattia Scala se llegó primero a casa de un abogado amigo suyo para exponerle el caso del que era víctima, y preguntarle si, al actuar judicialmente por el reconocimiento de su crédito, lograría impedir que Chiarenza se hiciera dueño de la finca.

El abogado no comprendió nada al principio, agotado por el nerviosismo con que Scala había hablado. Intentó calmarlo, pero fue en vano.

– En suma, las pruebas, los documentos, ¿los tiene?

– ¡Un cuerno tengo!

– ¡Entonces vaya a que le bendigan! ¿Qué quiere de mí?

– Espere, – le dijo don Mattia, antes de irse. – ¿sabría acaso indicarme dónde está la casa del ingeniero Scelzi, de la Sociedad de las Azufreras de Comitini?

El abogado le indicó la calle y el número de la casa, y don Mattia Scala, ya decidido, fue rápidamente.

Scelzi era uno de esos ingenieros que, al pasar cada mañana por el camino de herradura delante de su cancela para dirigirse a las azufreras del valle, le habían pedido con mayor insistencia que cediera el subsuelo. ¡Cuántas veces Scala, de broma, lo había amenazado con llamar a los perros para que se fuera!

Aunque Scelzi no recibía visitas de negocio los domingos, se apresuró a dejar pasar al estudio al insólito visitante.

– ¿Usted, don Mattia? ¿Qué viento le trae?

Scala, con las enormes cejas fruncidas, se plantó frente al joven ingeniero sonriente, lo miró a los ojos, y respondió:

– Estoy listo.

– ¡Ah! ¡Muy bien! ¿Cede?

– No cedo. Quiero hacer un contrato. Veamos los pactos.

– ¿Y no los conoce? – exclamó Scelzi. – Se los he repetido muchas veces.

– ¿Necesita hacer otros relieves allí? – preguntó don Mattia, lúgubre, impetuoso.

– ¡No, no! Mire… – respondió el ingeniero indicando el gran mapa geológico colgado de la pared, donde se había trazado a cargo del Real Cuerpo de las Minas todo el campo mineral de la región. Señaló con el dedo un punto en el mapa y añadió: – Es aquí: no se necesita nada más…

– Entonces, ¿podemos hacer el contrato en seguida?

– ¿En seguida?… Mañana. Mañana por la mañana yo mismo hablaré con el Consejo de Administración. En tanto, si quiere, aquí, ahora, podemos redactar la propuesta, que sin duda será aceptada, si usted no pone otras condiciones.

– ¡Necesito comprometerme en seguida! – Saltó Scala.- Todo, todo destruido, ¿no es verdad?… ¿quedará allí todo destruido?

Scelzi lo miró maravillado: conocía desde hacía tiempo la índole extraña, impulsiva de Scala; pero no recordaba haberlo visto nunca así.

– Pero los daños del humo, – dijo – serán contemplados en el contrato y compensados…

– ¡Lo sé! ¡No me importa! – añadió Scala. – Los campos, digo, los campos, todos destruidos… ¿no es verdad?

– Eh… – exclamó Scelzi, encogiéndose de hombros.

– ¡Eso, eso es lo que quiero! – exclamó entonces don Mattia, dando un puñetazo en el escritorio. – Aquí, ingeniero, ¡escriba, escriba! ¡Ni él, ni yo! Lo quemo… Escriba. No se preocupe por lo que digo.

Scelzi se sentó delante del escritorio y se puso a redactar la propuesta, exponiendo primero, una a una, las condiciones ventajosas, antes tantas veces rechazadas por Scala y que ahora, en cambio, oscuro, ceñudo, afirmaba con la cabeza, una a una.

Redactada la propuesta al fin, el ingeniero Scelzi no supo resistirse al deseo de conocer la razón de esa resolución improvisa, inesperada.

– ¿Mala cosecha?

– Pero ¿qué mala cosecha? ¡La que vendrá, – le respondió Scala – cuando usted abra la azufrera!

Sospechó entonces Scelzi que don Mattia Scala había recibido malas noticias del hijo desaparecido: sabía que, unos meses atrás, había dirigido una súplica a Roma para que, por medio de los agentes consulares, se hicieran investigaciones por todos lados. Pero no quiso tocar en esa herida.

Scala, antes de irse, recomendó de nuevo a Scelzi que gestionara el negocio con la máxima diligencia.

– Como un rayo. ¡Y áteme bien!

Pero tuvieron que pasar dos días para la deliberación del Consejo de la Sociedad de las azufreras, para la escritura del auto en el estudio del notario y para el registro del mismo auto: dos días tremendos para don Mattia Scala. No comió, no durmió, fue como un continuo delirio, yendo y viniendo a casa de Scelzi, a quien le repetía continuamente:

– ¡Áteme bien! ¡Áteme bien!

– No lo dudes, – le respondía sonriendo el ingeniero. – ¡Ahora no podrá escapársenos!

Firmado y registrado por fin el contrato de cesión, don Mattia Scala salió como un loco del estudio del notario; corrió hacia el almacén, a la salida de la ciudad, donde, al venir, tres días antes, había dejado la yegua; cabalgó y desapareció.

El sol se estaba poniendo. Por la avenida polvorienta, don Mattia se topó con una larga fila de carros cargados de azufre, los cuales desde las lejanas azufreras del valle, al otro lado de la colina que aún no se divisaba, se dirigían, lentos y pesados, a la estación ferroviaria en la parte baja de la ciudad.

Desde la grupa de la yegua, Scala lanzó una mirada de odio a todo ese azufre que chirriaba y crujía continuamente con los golpes y los saltos de los carros sin amortiguador.

La avenida estaba flanqueada por dos interminables setos de chumberas cuyas palas, por el continuo tránsito de esos carros, estaban completamente empolvadas de azufre.

A su vista, la náusea de don Mattia se acrecentó. ¡No se veía más que azufre, por todos lados, en esa ciudad! El azufre estaba incluso en el aire que se respiraba, y cortaba la respiración, y quemaba los ojos.

Finalmente, en una curva de la avenida, apareció la colina completamente verde. El sol investía con los últimos rayos.

Scala fijó los ojos y apretó en el puño las bridas hasta hacerse daño. Le pareció que el sol saludaba por última vez el verde de la colina. Quizás él, desde lo alto de la avenida, no volvería a ver nunca más la colina tal como la veía ahora. Dentro de veinte años, los que vendrían tras él, desde ese punto de la avenida, verían un cerro calvo, quemado, lívido, agujereado por las azufreras.

“¿Y dónde estaré yo, entonces?” pensó, sintiendo un sensación de vacío, que en seguida le trajo el recuerdo del hijo lejano, perdido, vagabundo por el mundo, si aún estaba vivo. Un ímpetu de conmoción lo venció, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Por él, por él, él había encontrado la fuerza de volver a levantarse de la miseria en que lo había arrojado Chiarenza, ese ladrón infame que ahora le quitaba el campo.

– ¡No, no! – rugió, entre dientes, ante el pensamiento de Chiarenza.- ¡Ni yo, ni él!

Y espoleó la yegua, como para volar allí y destruir de un golpe el campo que ya no podía ser suyo.

Era ya de noche cuando llegó al pie de la colina. Debió rodearla por un tramo, antes de desembocar en el camino de herradura. Pero había salido la luna, y parecía que poco a poco volvía el día. Los grillos, todo alrededor, saludaban frenéticamente a esa alba lunar.

Atravesando los campos, Scala se sintió herido por un agudo remordimiento, pensando en los propietarios de esas tierras, todos amigos suyos, quienes, en ese momento, ciertamente, no sospechaban la traición que él les había hecho.

Ah, todos esos campos desaparecerían dentro de poco: ni siquiera una brizna de hierba crecería más allí; y él, ¡él habría sido el devastador de la verde colina! Pensó en el balcón de su próxima alquería, volvió a ver el límite de su estrecha tierra, pensó que sus ojos tendrían que pararse allí, sin atravesar esa tapia ni mirar la tierra de al lado: y se sintió como en prisión, casi sin aire, sin libertad en ese campito suyo, con su enemigo que vendría a vivir allí. ¡No! ¡No!

– ¡Destrucción!, ¡destrucción! ¡Ni yo ni él! ¡Que lo quemen!

Y miró a su alrededor los árboles, con la garganta atenazada de angustia: esos olivos centenarios, con un gris y poderoso tronco retorcido, inmóviles, como absortos en un sueño misterioso en el claro lunar. Imaginó cómo todas esas hojas, ahora vivas, se fruncirían con los primeros soplos agrios de la azufrera, abierta allí como una boca del infierno; luego caerían; luego los árboles desnudos se ennegrecerían, luego morirían, intoxicados por el humo de los hornos. El hacha, allí, entonces. Leña para quemar, todos esos árboles.

Una brisa leve se levantó, al subir la luna. Y entonces las hojas de todos esos árboles, como si hubieran escuchado su condena a muerte, se sacudieron como por un escalofrío largo, que se contagió hasta la espalda de don Mattia Scala, encorvado sobre la yegua blanca.

 

[1] Voz siciliana ( it. calcaroni). Antiguos hornos donde se fundía el azufre.

[2] Deformación popular siciliana de Falaride, tirano de Agrigento (siglo VI a.C)

©Todos los derechos reservados. Desarrollado por Centro Informático Millenium