Página dedicada a mi madre, julio de 2020

5.3  Las sorpresas de la ciencia

Había comprendido bien que mi amigo Tucci, al invitarme con sus calurosas y apremiantes cartas a pasar el verano en Milocca, en el fondo no deseaba tanto procurarme un placer a mí, como a sí mismo el gusto de dejarme con la boca abierta al mostrarme lo que había logrado hacer, con mucho ánimo, en tantos años de infatigable trabajo.

Había tomado a su riesgo y ventura unos terrenos palustres que infestaban ese pueblo, y había hecho los campos más fecundos de todo el alrededor: ¡un paraíso!

No me hacía gracia en sus cartas ninguna de las muchas fatigas que ese saneamiento le había costado y ninguno de los muchos medios ideados, de las muchas luchas mantenidas, él solo contra toda Milocca: luchas rústicas y civiles.

Para inducirme quizás más, en la última carta me contaba, entre otras cosas, que se había casado con una sensata ama de casa, ama de casa en todo: ocho hijos en ocho años de matrimonio (dos en un parto), y el noveno en camino; que tenía también a la suegra en casa, una estupenda señora que lo quería extremadamente, y también al suegro, una perla de hombre, docto latinista y un apasionado admirador mío. Seguro. Porque mi fama de escritor había volado hasta Milocca, ya que en un periódico se había leído no sé qué artículo que hablaba de mí y de un libro mío, en el que un hombre moría dos veces. Al leer ese artículo del periódico, mi amigo Tucci se había acordado de pronto de que nosotros habíamos sido compañeros de escuela muchos años, en el Instituto y en la Universidad, y le había hablado con entusiasmo de mi extraordinario ingenio a su suegro, quien, enseguida, había hecho que le enviaran el libro del que hablaba el periódico.

Pues bien, confieso que justo esta última noticia fue la que me venció. No le sucede fácilmente a los escritores italianos la fortuna de ver la cara honesta de uno de los tres o cuatro compradores de algún bienaventurado libro suyo. Cogí el tren y partí para Milocca.

Ocho largas horas de tren y cinco de coche.

¡Pero lentamente, con este coche! Hace cien años, no digo que no, habrá sido incluso no muy viejo; hace cien años, quizás tenía que tener aún algún amortiguador, incluso si tres o cuatro radios de las ruedas delanteras y cinco o seis de las traseras estaban ya atadas con cordeles, tal y como se veían ahora. ¡De cojines, ni hablemos! Allí, en la madera desnuda; y era necesario sentarse de punta para evitar el riesgo de que la carne se quedara en alguna hendidura, ya que la madera, al correr, lo dislocaba todo. ¡Pero lentamente, con esta carrera! Tenía que decirlo el animal. Y ese animal no decía nada; se ayudaba hasta con el hocico para caminar. Sí, cien mil veces sí, en lugar de los pies, quería poner las narices por el suelo, como las ponía, pobre decrépito rocín. Y ese verdugo de cochero, en tanto, tenía el coraje de decir que era necesario saber llevarlo, dejarlo ir a su manera, porque se espantaba, se espantaba y, si lo golpeaba, ese animal se levantaba derecho como una liebre, algunas veces.

¡Y qué camino! No puedo decir que lo haya visto bien por completo, porque en unos precipicios vi mejor a la muerte con los ojos. Pero había luego pendientes que me dejaban admirarlo toda una eternidad, entre los crujidos de la madera y el resoplido de ese rocín derrengado que afligía. ¿Desde hacía cuántos siglos no se había arreglado ese camino?

– El pan de los coches es la grava, – me explicó el cochero. – Se la comen con las ruedas. Cuando falta la grava, se comen el camino.

¡Y tanto que se habían comido ese camino! ¡Unos surcos que, al tomarlos, no digo, se iba mejor que en unos raíles, pero a condición de no moverse más, sin embargo!, pero, si se caía dentro por un desvío del animal, se volcaba como Dios existe y era una gracia acabar con el hueso del cuello sano.

– Pero ¿por qué dejan a los coches así sin pan, en Milocca? – pregunté.

– ¿Por qué? Porque hay un proyecto, – me respondió el cochero.

– ¿Un…?

– Proyecto, sí, señor. Es más, hay muchos proyectos. Hay quien quiere llevar la vía férrea hasta Milocca, y hay quien dice que el tren, y hay quien dice que el automóvil. En definitiva, se estudia, así es, para luego actuar como mejor convenga al caso.

– ¿Y entretanto?

– Entretanto, yo me privo de comprar otro coche y otro animal, porque, comprenderá, si ponen el tren o el tranvía o el automóvil, me puedo quedar a dos velas.

Llegué a Milocca bien entrada la noche,

No vi nada, porque según el calendario esa noche tenía que haber luna llena; la luna no estaba; las farolas de petróleo no estaban encendidas; y por tanto, no se veía ni siquiera maldiciendo.

La casa Tucci estaba a una media hora del pueblo. Pero, ya fuera que el rocín no pudiera más o que hubiese olido la cochera allí cerca, como decía maldiciendo el cochero, el hecho es que no quiso continuar ni siquiera un paso.

Y yo no pude decir que se equivocara.

Tras cinco horas de compañía, casi me había identificado con ese animal: tampoco yo hubiera querido continuar.

Pensaba:

– ¡Quién sabe, después de tantos años, cómo me encontraré a Merigo Tucci! Ya lo recuerdo como envuelto en la niebla. ¡Quién sabe cómo se habrá embrutecido a fuerza de golpearse la cabeza contra las duras, estúpidas realidades cotidianas de una mezquina vida provinciana! Cuando era mi compañero de escuela, me admiraba; pero ahora quiere que lo admire yo, porque – tras tirar los libros – se ha enriquecido; mientras que yo, ¡allí!, podré dejar que el docto latinista del suegro me atormente, quien, ¡figurémonos!, hará que sude sangre por las tres liras que ha gastado en mi libro. Y ocho enanos además, y la suegra, Dios inmortal, y la buena ama de casa de la nuera. Y este pueblo que Tucci me ha ensalzado por su riqueza y que, entretanto, se muestra en la oscuridad, después de ese mal camino y este carricoche para acoger a los huéspedes. ¿Dónde me he metido?

Mientras me alimentaba con estas reflexiones, el rocín, plantado en sus cuatro patas, se alimentaba, a su vez, de una tempestad de latigazos, imperturbablemente. Al final, el cochero, muerto de cansancio por ese esfuerzo suyo, desesperado y furibundo, me propuso ir a pie.

– Está aquí cerca. La maleta se la llevo yo.

– ¡Pues vamos! Estiraremos las piernas, – dije yo, mientras bajaba. – Pero ¿al menos el camino será bueno, no? Con esta oscuridad…

– No tema. Iré yo delante; usted me seguirá, lentamente, con prudencia.

¡Suerte que todo estaba oscuro! Ojos que no ven, corazón que no siente. Sin embargo, cuando al día siguiente vi ese camino, me quedé sorprendido, no tanto porque hubiera pasado por allí, sino por el pensamiento de que si Dios misericordioso había permitido que yo no me dejara allí la piel, quién sabe a qué terribles pruebas me había destinado.

Fue tan fuerte la impresión que me causó ese camino y luego el aspecto de ese pueblo – escuálido, desnudo, en un desolado abandono, como tras un saqueo o un horrendo cataclismo; sin calles, sin agua, sin luz – que la casa de mi amigo y la acogida que me dio con todos los suyos y la admiración del suegro y otras cosas semejantes me parecieron de color rosa, en comparación.

– ¡Pero cómo! – le dije a Tucci. – ¿Este es el pueblo más rico y feliz del mundo, entre todos los más ricos y felices?

Y Tucci, entornando los ojos:

– Este. Ya te darás cuenta.

Tuve la tentación de liarme con él a guantazos. Porque no se había embrutecido nada ese pedazo de hombretón; es más, parecía que el ingenio natural, con la alacridad y la experiencia de la vida, en las duras luchas contra la tierra y los hombres, se le había fortalecido y encendido; y resplandecía en sus ojos risueños, por los que yo, abatido y entristecido por las vanas y asiduas tareas de la ciudad, erosionado por las artificiosas preocupaciones intelectuales, me sentía, a la vez, compadecido y burlado.

Pero si, a despecho de mis previsiones, tenía que reconocer que él, Merigo Tucci, era verdaderamente digno de admiración, ¡ese pueblo, no y no, por Dios,! ¿Rico?, ¿feliz?

– ¿Te burlas de mí? – le grité. – Ni siquiera tenéis agua para beber y lavaros la cara, ni casas en que vivir, ni caminos para caminar, ni luz por la noche para saber dónde vais a romperos el cuello, ¿y sois ricos y felices? Vamos, ya lo he comprendido. ¡La retórica de siempre! La riqueza y la felicidad de la bendita ignorancia, ¿no? ¿Esto es lo que quieres decirme?

– No, al contrario, – me respondió Merigo Tucci, con una sonrisa, oponiendo estudiadamente a mi ira tanta calma. – ¡En la ciencia, querido! Nuestra felicidad se funda en la ciencia más gafuda que haya socorrido a la pobre, industriosa humanidad. ¡Oh, sí, frescos estaríamos verdaderamente, si fueran ignorantes nuestros administradores! Tú me enseñas. ¿Qué salvaguardia puede haber ya en la ignorancia en tiempos como los nuestros? Prométeme que no me preguntarás nada más hasta esta tarde. Haré que asistas a una sesión del consejo de nuestro ayuntamiento. Precisamente esta tarde se discutirá una cuestión de capital importancia: la iluminación del pueblo. Tendrás, en las mismas cosas que verás y oirás, la demostración más clara y más convincente de lo que he dicho. Entretanto, nuestra riqueza está en las maravillosas cascadas de Chiarenza que te mostraré, y en las tierras que son, gracias a Dios, tan fértiles, que nos dan tres cosechas al año.

Pasó todo; me sometí a todo; me bebí como infusiones en ayuno todos los paseos y distracciones del día, con el pensamiento fijo en la demostración que tenía que tener esa tarde en el Ayuntamiento de la riqueza y de la felicidad de Milocca.

¿Que Tucci, por ejemplo, me hizo visitar palmo a palmo sus campos? Le sonreí. ¿Que me dio una nueva y más difusa explicación de su gran negocio allí, en ese lugar? Le sonreí. ¿Y que, en verdad, con el ímpetu de las corrientes se habían desprendido todas las tierras y a él le había tocado tener que secar y levantar los campos, proveyéndolos de limo, de estiércol precioso? ¿Sí? ¿De verdad? ¡Oh, qué placer! Le sonreí. Pero hacer las cosas no es nada: ¡quiero verte cuidándolas! ¿Y que, por tanto, los olivos se cuidan cada tres años con tres o cuatro cestas de estiércol sustancioso, de oveja? ¿Sí? ¿De verdad? ¡Oh, qué placer! Y le sonreí incluso cuando en la bodega, con aire de Carlo Magno, me mostró cuatro largas filas de botas, e incluso allí me explicó que es más importante saber cuidar el lagar que la bota, y que él hacía que el vino se coloreara más, y que tuviera más fuerza y más cuerpo, mezclando unas calidades de uvas seleccionadas, separadas del peciolo y pisadas aparte, sin hierbas, hojas de saúco o tilo, sin tanino, yeso o alquitrán.

Y sonreí incluso cuando, más muerto que vivo, volví a la casa y vi que venía a mi encuentro la tribu de los enanos en procesión, los cuales, mostrándome rotos los juguetes que les había regalado la tarde anterior, me preguntaban con un largo, tedioso lamento, uno tras otro, entre lágrimas sin fin:

– ¿Pooorqué me has traííído eeesto?

– ¿Pooorqué me has traííído eeesto?

¡Qué lindos! ¡Qué lindos! ¡Qué lindos!

Y le sonreí incluso al suegro, mi admirador, el cual – sí, señores – estaba ciego, ciego desde hacía cerca de diez años, y de mi libro no conocía sino alguna triste página que el yerno había podido leerle, después de la cena. ¿Acaso quería ahora que se lo leyera yo? ¡Enseguida! Y fue una verdadera suerte para él no poder ver mi sonrisa, y todas las demás que le dirigí después, cada vez que el pobre hombre, que era extraordinariamente erudito, me interrumpía en la lectura (¡oh, en casi cada línea!) para preguntarme con amabilidad si no creía por ventura si hubiera hecho mejor usando otra palabra en lugar de la que había usado, u otra frase, u otra construcción, pues Daniello Bartoli, seguramente, Daniello Bartoli…

¡Por fin llegó la tarde! Aún estaba vivo, no habría sabido decir cómo, pero estaba vivo, y podía tener la famosa demostración que Tucci me había prometido.

Fuimos juntos al Ayuntamiento, para la sesión del consejo del mismo.

Era, como la dueña y señora de todas las casas del pueblo, la más escuálida y la más oscura: una casucha en un claro lleno de hojarasca, con una oscura cisterna abandonada en medio. Se subía por una escalera oscura, con hedor a humedad, alumbrada a duras penas por dos tísicas candilejas filamentosas, de esas con la pantalla de lata, colgadas de la pared como para mostrar que adornada de estuco, no, para decir la verdad, no lo estaba, ¡pero con incrustaciones de moho, sí, y muchas!

Subía con nosotros un gentío, atraído por la importante discusión que tenía que desarrollarse esa tarde; subía con una seriedad, es más, con una severidad que por fuerza tenía que maravillar a uno como yo, acostumbrado a no ver nunca que nadie se tomara en serio las sesiones de un Consejo del ayuntamiento.

Mi maravilla había aumentado luego, por el aire, por el aspecto de esa gente que para nada me parecía tan tonta como para que con tanta facilidad se contentara con que el Ayuntamiento la tratara así, es decir, como a perros.

Tucci paró en la escalera a un pedazo de hombretón ceñudo, barbudo, rosado, que, evidentemente, no quería que lo distrajeran de los pensamientos que lo llenaban.

– Zagardi, te presento a mi amigo…

Y pronunció mi nombre. Él se volvió de mala gana y apenas respondió, con un gruñido, a la presentación. Luego me preguntó a bocajarro:

– Perdón, ¿cómo está iluminada su ciudad?

– Con luz eléctrica, – respondí.

Y él, sombrío:

– Lo compadezco. Esta tarde escuchará. Perdone, tengo prisa.

Y adelante, a saltos, por el resto de la escalera.

– Escucharás, – me repitió Tucci, apretándome el brazo. – ¡Es formidable! Elocuencia mordaz, impetuosa. ¡Escucharás!

– ¿Y entretanto tiene el valor de compadecerme?

– Tendrá sus razones. Vamos, vamos, apresurémonos, o no encontraremos sitio.

La sala principal, la sala del consejo, alumbrada por otras candilejas a las que las de la escalera tenían poco que envidiarles, parecía un aula de juzgado de las más sucias y polvorientas. Los bancos de los consejeros y los sillones de cuero eran de la más venerable antigüedad; pero, considerándolos bien, en relación a los que dentro de poco tomarían asiento en ellos y que ahora paseaban por la sala, absortos, taciturnos, híspidos como pepinillos del diablo ya prontos a salpicar al mínimo golpe su zumo purgativo, parecía que no por los años se habían consumido así, sino por el cuidado sombríamente austero del bien público, por los pensamientos roedores que en ellos, naturalmente, se habían convertido en carcoma.

Tucci me mostró y me nombró a los consejeros más autorizados: Ansatti, entre los jóvenes, rival de Zagardi, basto y barbudo también él, pero moreno; Colacci, viejo gigantesco, calvo, sin barba, de una gordura flácida; Maganza, guapo, de aire militar, que los miraba a todos con rigidez desdeñosa. Pero he aquí, he aquí al alcalde con retraso. ¿Ese? Sí, Anselmo Placci. Redondo, rubio, rubicundo: ese alcalde desentonaba.

– No desentona, ya verás, – me dijo Tucci. – Es el alcalde que necesitamos.

Nadie lo saludaba; solo el gigantesco Colacci se le acercó para golpearle fuerte con la mano en el hombro. Él sonrió, corrió a sentarse en su sillón, secándose el sudor, y sonó la campanilla, mientras el ujier principal le extendía la nota de los consejeros presentes. No faltaba ninguno.

El secretario, sin esperar la orden, se había puesto a leer el acta de la sesión anterior, que tenía que ser redactada con la más escrupulosa diligencia, porque los consejeros que lo escuchaban ceñudos aprobaban de vez en cuando con la cabeza, y en fin no encontraron nada que comentar.

Con atención escuché también yo esa acta, volviéndome de vez en cuando, perdido y consternado, a mirar a mi amigo Tucci. A propósito de las calles de Milocca, se hablaba como si nada de Londres, de París, de Berlín, de New York, de Chicago, en esa acta, y salían a la luz nombres de ilustres científicos de cada nación y cálculos complicadísimos y recónditas disquisiciones, con los que los cabellos del delgado y pálido secretario parecía que se retraían hacia la nuca, conforme leía, y que la frente le crecía monstruosamente. Entretanto, dos o tres ujieres, muy callados, de puntillas, llevaban a este o a aquel banco pilas enormes de libros y grandes legajos.

– ¿Alguien tiene alguna observación que hacer a esta acta? – preguntó al final el alcalde, restregándose las manos rollizas y mirando a su alrededor. – Entonces, queda aprobada. El orden del día trae: – Discusión del Proyecto presentado por la Junta acerca de una instalación hidro-termo-eléctrica en el ayuntamiento de Milocca. – ¡Señores Consejeros! Vosotros ya conocéis este proyecto y habéis tenido todo el tiempo para examinarlo y estudiarlo en cada una de sus partes. Antes de comenzar la discusión, consentid que yo, incluso en nombre de los compañeros de la Junta, declare que hemos hecho de todo para resolver en el menor tiempo y en el modo que nos ha parecido más conveniente, ya sea por el decoro y por el beneficio del pueblo, ya sea con respecto a las condiciones económicas de nuestro Ayuntamiento, el gravísimo problema de la iluminación. Esperamos, por tanto, confiados y serenos, vuestro juicio, que ciertamente será ecuánime; y prometemos ya que acogeremos de grado todos los consejos, todas las modificaciones que gustéis proponer, inspirándoos, como nosotros, en el bien y en la prosperidad de nuestro pueblo.

Ninguna señal de aprobación.

En primer lugar se levantó para hablar el consejero Maganza, el de aspecto militar. Antepuso que sería muy breve, como era habitual en él. Tanto más que para destruir y abatir ese fantástico edificio de cartón (sic), como era el proyecto de la Junta, pocas palabras bastarían. Pocas palabras y alguna cifra.

Y punto por punto el consejero Maganza se puso a criticar el proyecto, con extraordinaria lucidez de ideas y palabra aguda, incisiva: el conjunto de trabajos y de gastos, la sanción que se debía dar para adquirir la concesión del agua de Chiarenza; los riesgos tan graves que correría con ello el Ayuntamiento: el riesgo de la construcción y el riesgo del ejercicio; la insuficiencia de la suma presupuestada, que saltaba a los ojos de todos los que habían hecho instalaciones mecánicas y sabían que era imposible contener los gastos en los límites de los presupuestos, especialmente cuando estos presupuestos estaban hechos sobre proyectos de máxima y con el evidente propósito de mostrar pequeños los gastos; el carácter arduo que tenía la oferta del adjudicatario, entendiendo los datos sobre los que la oferta misma estaba fundada; datos que por fuerza el Consejo tendría que alterar con variantes y añadidos a los trabajos hidráulicos, con variantes y añadidos a las instalaciones mecánicas; y ello además de todos los casos imprevistos e imprevisibles, de fuerza mayor, y a todas las contingencias, obstáculos y estorbos que ciertamente no faltarían. ¿Cómo, además, hacer anotaciones particulares sin tener a disposición los proyectos de ejecución y los datos necesarios? Y sin embargo, dos enormes lagunas aparecían ya muy evidentes en el proyecto: ninguna suma para los gastos generales, mientras cada uno comprendía que no se podían ejecutar trabajos tan grandiosos, tan extensos, tan variados y delicados, sin graves gastos de dirección y de vigilancia y gastos legales y administrativos; y la otra laguna mucho más vasta y profunda: la reserva térmica que, en principio, la Junta consideraba innecesaria y que luego, al final, admitía.

Y aquí, el consejero Maganza, con la ayuda de los libros que le habían acercado los ujieres, se sumió en una muy intrincada, minuciosa confutación científica, hablando de la fuerza de los torrentes y de las cascadas y de presas y de canales y de conductos forzados y de maquinarias y de conductos eléctricos y de las relaciones que había que establecer entre reserva térmica y fuerza hidráulica, además de las reservas de los acumuladores; citando la Sociedad Edison de Milán y la Alta Italia de Turín y lo que con semejantes instalaciones se había hecho en Viena, en San Petersburgo, en Berlín.

Habían pasado cerca de dos horas y el breve discurso no daba señal de acabar. El público apiñado pendía de los labios del orador, para nada oprimido por tanta abundancia de ardua, espantosa erudición. Yo casi no respiraba; sin embargo, el estupor me tenía allí, con los ojos en blanco y la boca abierta. Pero, al final, Maganza, mientras el público se agitaba, no ya por alivio, sino por viva admiración, concluyó así:

– La dura experiencia en otras ciudades, oh señores, desgraciadamente ha demostrado que las instalaciones hidro-termo-eléctricas son de la máxima dificultad y guardan dolorosísimas sorpresas. ¡Nadie puede hacer milagros, y tanto menos, sobre la base de un proyecto hecho así, podrá hacerlos el Ayuntamiento de Milocca!

Rompieron frenéticos aplausos y el consejero Ansatti se precipitó de su banco a abrazar a Maganza; luego, dirigiéndose al público y volviendo a su sitio, se puso a gritar todo encendido, con violentos gestos:

– ¡Se atreven a proponer, oh señores, hoy, hoy, como si nos encontráramos diez o veinte años atrás, en el tiempo de Galileo Ferraris, se atreven a proponer una instalación hidro-termo-eléctrica en Milocca! ¡Ah, cómo me echaría a reír, si pudiera parecerme una broma! ¡Pero con el dinero de los contribuyentes, oh señores de la Junta, no es lícito bromear, y yo no me río, sino que me inflamo de desdén! ¿Una instalación hidro-termo-eléctrica en Milocca, cuando ya se asoma en el horizonte científico la gloria consagrada de Pictet? ¡No os perderé el respeto si creo, oh señores, que ustedes ignoran que es el ilustre profesor Pictet, quien, con un proceso de producción económica del oxígeno industrial, prepara una memorable revolución en el mundo de la ciencia, de la técnica y de la industria, una revolución que alterará toda la mecánica de la vida moderna, al sustituir este nuevo elemento de luz y de calor a todos los que, de menor potencia, están hasta ahora en uso!

Y con este tono y con creciente fuego, el consejero Ansatti le explicó al público atónito y fascinado el descubrimiento de Pictet, y cómo, con el sistema por él inventado, las llamas de las redecillas Auer llegarían a las altas temperaturas de tres mil grados, aumentando veinte veces su luminosidad; y que la luz así obtenida sería, a diferencia de las demás, muy similar a la solar; y que si luego, en lugar del gas, se pusiera otra mezcla procedente de un tratamiento de carbón fósil con vapor de agua y oxígeno industrial, ¡el poder calorífico aumentaría otras seis veces!

Mientras él explicaba estos prodigios, el consejero Zagardi, su rival, el que me había compadecido en la escalera, se reía con sarcasmo por lo bajo. Ansatti se dio cuenta y le gritó:

¡Hay poco de lo que reírse, compañero Zagardi! ¡Lo digo y lo mantengo: otras seis veces! Aquí tengo los libros; ¡te lo demostraré!

Y se lo demostró, de hecho; y al final, saltando de esa terrible demostración más vivo y encendido que antes, concluyó, dirigiéndose a la Junta:

Ahora ¿en qué condiciones, oh ciegos administradores, en qué condiciones de inferioridad se encontraría el Ayuntamiento y el pueblo de Milocca, con sus 1000 miserables caballos de fuerza eléctrica, cuando esta enorme alteración sea en la industria y en la vida un hecho cumplido?

– Perdóname, – le dije en voz baja a mi amigo Tucci, mientras los aplausos atronaban en la sala con tal ímpetu que el techo parecía que iba a hundirse, – sácame de esta duda: ¿no está entretanto a oscuras el pueblo de Milocca?

Pero Tucci no quiso responderme:

– ¡Calla! ¡calla! ¡Ya está hablando Zagardi! ¡Escucha!

El basto hombretón barbudo se había levantado, de hecho, aún con la expresión de sarcasmo, torciéndose en la barbilla, con gesto de desdén, el rizado pelo rojizo.

– Me he reído con sarcasmo, – dijo, – y me río, compañero Ansatti, al verte tan encendido de oxígeno industrial, ¡cálido paladín del profesor Pictet! Me he reído con sarcasmo y me río, compañero Ansatti, no tanto de desdén como de dolor, al ver cómo tú, tan avisado, tú, joven y vigilante guardián de la ciencia, te has detenido en el nuevo descubrimiento de ese profesor francés y, cegado por la luz veinte veces aumentada de las redecillas Auer, no has visto un más reciente sistema de iluminación que el Ayuntamiento de París está experimentando para aplicarlo luego en general en la ville lumière. Hablo de Lusol, compañero Ansatti, y no le entonaré himnos de gloria al nuevo descubrimiento, porque con himnos de gloria no se hacen las revoluciones en el campo de la ciencia, de la técnica y de la industria, sino con cálculos reposados y rigurosos.

Y aquí Zagardi, sin dejar de atormentarse la barbilla rojiza, lentamente, con su actitud mordaz y desdeñosa, habló de la simplicidad maravillosa de las bombillas de lusol, en las que el calor de combustión de la mecha y la capilaridad bastaban para determinar sin ningún mecanismo la subida del líquido iluminador, su vaporización y su mezcla con la fuerte proporción de aire que volvía la llama más viva y centelleante que la obtenida con ningún otro sistema. Y por un miserabilísimo céntimo se tendría ahora la misma luz que se tenía por cuatro o cinco céntimos con el vil petróleo, por ocho o diez con la ambiciosa electricidad, por quince o veinte con el pacífico aceite. Y el Lusol no requería ni construcciones de talleres, ni instalaciones, ni canalizaciones. ¿No tenía, por tanto, razón para reírse?

Ya fuese por la tempestad que se levantó en el poco aire de la sala por las delirantes aclamaciones o por los aplausos del público, ya fuese por la falta de alimento, al haberse prolongado la sesión más allá de toda previsión, el hecho es que, al final del discurso de Zagardi, las luces bajaron tanto, que casi estábamos a oscuras cuando se levantó por último, para hablar, Colacci, el viejo gigantesco de gordura flácida. Pero he aquí: antes un ujier y luego otro y luego un tercero entraron como fantasmas en la sala, sujetando cada uno una vela. La expectación en el público era intensa; inolvidable la escena que ofrecía esa tétrica sala repleta, en la semioscuridad, con esas tres velas encendidas cerca del viejo gigantesco que con amplios gestos y voz tonante magnificaba la Ciencia, fecunda madre de luz inextinguible, productora inagotable de nuevas energías y de mas espléndida vida. Tras los descubrimientos admirables de los que habían hablado Ansatti y Zagardi, ¿era ya posible defender la instalación hidro-termo-eléctrica propuesta por la Junta? ¿Qué papel jugaría el pueblo de Milocca iluminado solo por la luz eléctrica? Este era el tiempo de los grandes descubrimientos, y cada Administración a la que de verdad le importara el decoro del pueblo y el bien de los ciudadanos tenía que estar en guardia ante las sorpresas continuas de la Ciencia. El consejero Colacci, por tanto, seguro de interpretar los votos del buen pueblo de Milocca y de todos los compañeros consejeros, proponía la suspensión del proyecto de la Junta, a la vista de los nuevos estudios y de los nuevos descubrimientos que finalmente le darían la luz al pueblo de Milocca.

– ¿Has comprendido? – me preguntó Tucci, al salir poco después a las tinieblas del claro brozoso frente al Ayuntamiento. – Y así para el agua, y así para las calles, y así para todo. Desde hace unos veinte años, Colacci se levanta al final de cada sesión para entonar un himno a la Ciencia y a la luz, mientras las luces se apagan, y propone la suspensión de cada proyecto, a la vista de los nuevos estudios y los nuevos descubrimientos. ¡Así nosotros estamos salvados, amigo mío! Puedes estar seguro de que la Ciencia, en Milocca, no entrará nunca. ¿Tienes una cajetilla de cerillas? Sácala y alúmbrate tú mismo.

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