Página dedicada a mi madre, julio de 2020

5. 9   La Fe

En esa humilde salita de cura, llena de luz y de paz, con los viejos ladrillos de Valencia que aquí y allí habían perdido el esmalte y sobre los que se alargaba, tranquilo y vaporoso en el polvo de oro, el rectángulo de sol de la ventana con la sombra precisa de las cortinas bordadas, como estampadas allí, e incluso la de la jaulita verde que pendía del anaquel con el canario que saltaba dentro, un olor de pan recién sacado del horno del patinillo de abajo había llegado a difundirse caliente y a fundirse con el de la humedad del incienso de la iglesia vecina y con el intenso perfume de los ramos de espliego en la lencería del antiguo cantarano.

Parecía que ahora no podía suceder nada más en esa salita. Inmóvil, esa luz de sol; inmóvil, esa paz; tan inmóviles como abajo, si uno se asomaba a la ventana, entre los guijarros grises del patinillo, las briznas de hierba, las briznas de paja caídas del pesebre bajo el cobertizo del rincón, con tejas rojizas, y muchas piedrecillas que se habían deslizado desde la ribera que se extendía escabrosa allí arriba.

Dentro, las pequeñas y antiguas sillas barnizadas de negro, muy limpias, a un lado y otro del cantarano, tenían una crucecita plateada en el respaldo, que les daba un aire de monjitas entradas en años, contentas de estar allí bien guardadas, protegidas, nunca tocadas por nadie; y con placer parecía que estaban mirando la camita de hierro del cura, que tenía en el cabecero, en la pared blanqueada, una cruz negra con el viejo Crucifijo de marfil, grácil y amarillento.

Pero sobre todo un gran Niño Jesús de cera en un canastilla forrada de seda celeste, sobre el cantarano, protegido de las moscas por un tenue velo también celeste, parecía que se aprovechaba del silencio, en esa luz de sol, para dormir con una manita bajo la mejilla regordeta su rosado sueño entre esos olores mezclados de incienso, de espliego y de pan casero caliente.

Dormía también, en el silloncito de yute al pie de la cama, con la cabeza calva, apergaminada, reclinada hacia atrás penosamente sobre el respaldo, don Pietro. Pero el suyo era un sueño muy diferente. Sueño con la boca abierta, de viejo cansado y enfermo. Los párpados delgados parecían no tener ya fuerza siquiera para cerrarse sobre los duros globos dolientes de los ojos empañados. La nariz se le afilaba con la dificultad sibilante de la respiración irregular que manifestaba la enfermedad del corazón.

La cara amarilla, demacrada, afilada, había asumido en ese sueño, y parecía que a traición, una expresión malvada y grosera, como si, en la momentánea ausencia, el cuerpo quisiera vengarse del espíritu que durante tantos años, con austera voluntad, lo había martirizado y reducido a la esclavitud, tan desesperadamente extenuado y miserable. Con ese grosero abandono, con ese hilo de baba que colgaba del labio caído, quería demostrar que no podía más. Y así, obscenamente, representaba su sufrimiento de animal.

Don Angelino, que había entrado furioso en la salita, se había detenido de pronto y luego se había adelantado de puntillas. Ahora, desde hacía unos diez minutos, estaba contemplando al durmiente, en silencio, pero con una angustia que instante tras instante, exasperándose, se le transformaba en rabia; por ello abría y cerraba las manos hasta hundirse las uñas en la carne. Habría querido gritar para despertarlo.

– Lo he decidido, don Pietro: ¡cuelgo los hábitos!

Pero se esforzaba por retener incluso la respiración, por miedo a que, al despertarse, ese santo viejo se lo encontrara delante de improviso con esa angustia rabiosa que, ciertamente, tenía que vérsele en los ojos y en toda la cara disgustada; e incluso tenía la tentación de lanzar por la ventana de un manotazo esa jaulita que colgaba del anaquel, tanta irritación le causaba, en el miedo a que el viejo se despertara, el roce de las patitas de ese canario en el cinc del fondo.

El día antes, durante más de cuatro horas, yendo de arriba para abajo por esa salita, agitándose, doblándose por completo, como para separar y rechazar del contacto con su cuerpecillo rebelde el hábito talar, y moviendo bajo este las piernas como si quisiera liarse con él a patadas, había discutido apasionadamente con don Pietro sobre la decisión de abandonar el sacerdocio, no porque hubiera perdido la fe, no, sino porque con los estudios y la meditación estaba sinceramente convencido de haber adquirido otra más viva y más libre. Por esta, ahora, ya no podía aceptar ni soportar los dogmas, los vínculos, las mortificaciones que la antigua le imponía. La discusión se había hecho, solo por su parte, cada vez más violenta, no tanto por las respuestas que le había dado don Pietro, cuanto por un despecho poco a poco creciente contra sí mismo, por la necesidad que había sentido, invencible y absurda, de ir a confiarse con ese santo viejo, antes su primer preceptor y luego confesor durante tantos años, incluso reconociéndolo incapaz de entender sus tormentos, su angustia, su desesperación.

Y, de hecho, don Pietro había dejado que se desahogara, entrecerrando de vez en cuando los ojos y mostrando en los labios blancos una leve sonrisita, para la que no parecían adecuados esos labios suyos, una sonrisita bonachonamente irónica, o murmurando, sin desdén, con indulgencia:

– Vanidad… vanidad…

¿Otra fe? Pero ¿cuál, si solo hay una? ¿Más viva?, ¿más libre? He ahí precisamente dónde estaba la vanidad; y bien se habría dado cuenta de ello cuando, caído el ímpetu juvenil, apagado ese fervor diabólico, templada la sangre en las venas, ya no tuviera todo ese fuego en los ojillos atrevidos y, con los cabellos canos o calvo, ya no fuera tan guapito y orgulloso. En suma, lo había tratado como a un niño, eso era, un buen niño que seguramente daría el escándalo con el que amenazaba, incluso por consideración a la aflicción que le habría causado a su vieja madre, que había hecho tantos sacrificios por él.

Y verdaderamente, con el recuerdo de la madre, de nuevo don Angelino sintió que le subían las lágrimas a los ojos. Pero, entretanto, precisamente por ella, precisamente por su anciana madre había llegado a esa decisión; para no engañarla más; e incluso por el desgarro que le causaba ver que ella lo veneraba como a un pequeño santo. ¡Qué crueldad, qué crueldad de espectáculo, ese sueño del viejo! Estaba incluso, en la miseria infinita de ese cuerpo extenuado y abandonado, la demostración más clara de las nuevas verdades que se le habían revelado.

Pero en ese instante se abrió la puerta de la salita y entró la vieja hermana de don Pietro, pequeña, cérea, vestida de negro, con un pañuelo negro de lana en la cabeza, más encorvada y más temblorosa que el hermano. Le pareció a don Angelino que – llamada por sus lágrimas – entraba en la salita su madre, pequeña, cérea y vestida de negro como esta. Y levantó los ojos para mirarla, casi con desaliento, sin comprender al principio el ademán con que ella le preguntaba:

– ¿Qué hace, duerme?

Don Angelino dijo que sí con la cabeza.

– Y tú ¿por qué lloras?

Pero he aquí que el viejo abre los ojos atontados y, con la boca aún abierta, levanta la cabeza del respaldo del silloncito.

– ¿Ah, tú, Angelino?, ¿qué hay?

La hermana se le acercó e, inclinándose sobre el sillón, le dijo lentamente alguna palabra al oído. Entonces, don Pietro se levantó con dificultad y, arrastrando los pies, vino a colocar una mano en el hombro de don Angelino, y le preguntó:

– ¿Quieres hacerme un favor, hijo mío? Ha llegado del campo una pobre anciana que pregunta por mí. Ya ves que apenas me mantengo en pie. ¿Quisieras ir en mi lugar? Está abajo, en la sacristía. Puedes bajar por aquí, por la escalera interior. Ve, ve, que tú siempre eres mi buen hijo. ¡Y que Dios te bendiga!

Don Angelino, sin decir nada, fue. Quizás ni siquiera había comprendido bien. Por la escalera interior de la rectoral, estrechísima, de caracol, se detuvo; apoyó la cabeza en la mano que, al bajar, deslizaba a lo largo de la pared, y volvió a llorar, como un niño. Un llanto que le escocía en los ojos y lo estrangulaba. Llanto de humillación, llanto de rabia y de piedad a la vez. Cuando al final llegó a la sacristía, se sintió de imprevisto como enajenado de todo. La sacristía le pareció otra, como si entrara por primera vez. Fría, escuálida y luminosa. Y al encontrar sentada a la anciana, casi no comprendió qué estaba esperando, y casi no le pareció verdadera.

Era una decrépita campesina, toda arrebujada y mugrienta, con los párpados sanguinolentos horriblemente caídos. Al mascullar, le saltaba la barbilla aguda hasta casi bajo la nariz. Sujetaba en una mano dos gallitos por las patas, y mostraba en la palma de la otra mano tres liras de plata, guardadas quién sabe desde hacía cuánto tiempo. En el suelo, delante de los pies embarcados en dos gastados y enormes zapatones de hombre, tenía una sucia alforja de almendras secas y de nueces.

Don Angelino la escudriñó con repugnancia.

– ¿Qué quiere?

La anciana, esforzándose por darle un vistazo, farfulló algo con la lengua liada dentro de las mejillas flojas y hundidas, entre las encías desdentadas.

– ¿Cómo dice? No oigo. ¿Se llama tía Croce?

Sí, tía Croce. Era la tía Croce, don Pietro la conocía bien. La tía Croce Scoma, cuyo marido se había muerto hacía tantos años, en el río Naro, ahogado. Venía a pie, con esa alforja en los hombros, desde las llanuras del Cannatello. Más de siete millas de camino. Y con esa oferta de dos gallitos y de esa alforja de almendras y nueces y con las tres liras de la misa tenía que calmar (don Pietro lo sabía) a San Calògero, el santo de todas las gracias, que había hecho que se curara su hijo de una enfermedad mortal. Apenas curado, sin embargo, ese hijo se había ido a América. Le había prometido que desde allí le escribiría y le mandaría una cantidad con la que mantenerse. Habían pasado dieciséis meses; no tenía ninguna noticia de él; no sabía siquiera si estaba vivo o muerto. Si lo hubiera sabido al menos vivo, paciencia para ella, si no le mandaba nada. ¡Ni siquiera una línea! ¡Nada! Pero ahora todos en el campo le habían dicho que eso se debía a que ella, apenas se hubo curado el hijo, no había cumplido el voto a San Calògero. Y ciertamente tenía que ser así: lo reconocía incluso ella. El voto, sin embargo, no lo había cumplido (don Pietro lo sabía) porque se había despojado de todo por la enfermedad del hijo y le habían quedado apenas los ojos para llorar: ¡llorar sangre!, ¡así era, sangre! Luego, al marcharse el hijo, anciana como era y sin ayuda de nadie, ¿cómo podía reunir la ofrenda y esas tres liras de la misa, si apenas ganaba lo suficiente para no morirse de hambre? Dieciséis meses había necesitado, y con cuántas penurias, ¡solo Dios lo sabía! Pero ahora, he aquí estos dos gallitos, y he aquí las tres liras y las almendras y las nueces. San Calògero misericordioso se calmaría, y dentro de poco, sin duda, le llegaría de América la noticia de que el hijo estaba vivo y prosperaba.

Don Agostino, mientras la vieja hablaba así, caminaba de un lado para otro en la sacristía, volviendo aquí y allá miradas feroces y abriendo y cerrando las manos, porque tenía la tentación de aferrar por los hombros a esa anciana y sacudirla furiosamente, gritándole a la cara:

– ¿Esta es tu fe?

Pero no: a otros, a otros, no a esa pobre anciana; a otros, a sus compañeros, los sacerdotes, querría aferrar por los hombros y sacudirlos, a sus compañeros, los sacerdotes, que tenían en esa abyección de fe a tanta pobre gente, y sobre esa abyección traficaban. Ah, Dios, ¿cómo podían coger por una misa las tres liras de esa anciana, los gallitos, las almendras y las nueces?

– ¡Recoja esta alforja y váyase! – le gritó, todo tembloroso.

Ella lo miró aturdida.

– ¡Puede irse, se lo digo yo! – añadió don Angelino, enfureciéndose cada vez más. – ¡San Calògero no necesita ni gallitos ni higos secos! Si su hijo tiene que escribirle, quédese segura de que le escribirá. En cuanto a la misa, le digo que don Pietro está enfermo. ¡Váyase!, ¡váyase!

Como turbada por esas palabras furiosas, la anciana le preguntó:

– Pero ¿qué dice? ¿No ha comprendido que es un voto? ¡Es un voto!

Y había en la palabra, incluso firme, un aturdimiento tal por la incomprensión de él, casi increíble, que don Angelino se vio obligado a fijar la atención. Pensó que estaba allí en lugar de don Pietro, y se frenó. Con palabras menos furiosas trató de persuadir a la anciana de que se volviera a llevar los gallitos y las almendras y las nueces, y le dijo que, en cuanto a la misa, vamos, si precisamente la quería, quizás se la daría él, en lugar de don Pietro, pero a condición de que conservara las tres liras.

La anciana volvió a mirarlo, casi aterrorizada, y repitió:

– ¡Pero cómo! ¿Qué dice? ¿Y entonces qué voto es? Si no doy lo que he prometido, ¿qué vale? Pero perdone, ¿a quién le hablo? ¿No le hablo quizás a un sacerdote? ¿Y por qué, entonces, me trata así? ¿O es que no cree que le doy a San Calògero milagroso de todo corazón lo que le he prometido? ¡Oh, Dios!, ¡oh, Dios! ¿Quizás porque le he contado lo que he penado para reunirlo?

Y diciendo esto, se echó a llorar perdidamente, con esos horribles ojos ensangrentados.

Conmovido y lleno de remordimiento por ese llanto, don Angelino se arrepintió de su dureza, vencido de imprevisto por un respeto, que casi lo humillaba de vergüenza, por esa anciana que lloraba delante de él por su fe ofendida. Se le acercó, la consoló, le dijo que no había pensado lo que ella sospechaba, y que lo dejara todo allí; incluso las tres liras, sí; y entretanto, que entrara en la iglesia, que inmediatamente le diría la misa.

Llamó al sacristán; corrió al lavabo; y mientras este lo ayudaba a prepararse, pensó que encontraría el modo de devolverle a la anciana, después de la misa, las tres liras y los gallitos y esa otra ofrenda de la alforja. Pero he aquí, ¿para que esta caridad tuviera el valor que pudiese hacerla grata a esa pobre anciana, no requería quizás algo que él ya sentía que no tenía dentro de sí? ¿Qué caridad sería el precio de una misa, si para todas las penurias y los sacrificios soportados por esa anciana para cumplir el voto, él no hubiera celebrado esa misa con el más sincero y encendido fervor? ¿Una ficción indigna, por una limosna de tres liras?

Y don Angelino, ya vestido, con el cáliz en la mano, se detuvo un instante, inseguro y oprimido por la angustia, en el umbral de la sacristía a mirar en la iglesia desierta; si le convenía, así sin fe, subir al altar. Pero vio ante ese altar, prosternada con la frente en el suelo, a la anciana, y sintió, como por una respiración no suya, que se le levantaba todo el pecho, y que un escalofrío nuevo le hendía la espalda. ¿Oh, por qué se había imaginado la fe hermosa y radiante como un sol, hasta ahora? ¡Ahí, ahí estaba la fe, en la miseria de ese dolor arrodillado, en la escuálida angustia de ese miedo prosternado!

Y don Angelino subió como empujado al altar, exaltado por tanta caridad, que las manos le temblaban y toda el alma le temblaba, como la primera vez que se había acercado a él.

Y por esa fe rogó, con los ojos cerrados, al entrar en el alma de esa anciana como en un oscuro y estrecho templo, donde ella ardía; le rogó al Dios de ese templo, como él era, como podía ser: bien único, a pesar de todo, consuelo único para esa miseria.

Y acabada la misa, conservó la ofrenda y las tres liras, para no disminuir, con una pequeña caridad, la caridad grande de esa fe.

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