Página dedicada a mi madre, julio de 2020

La hornacina vacía

Apenas vieron desfilar a las mujeres, y luego a los sacerdotes, y al final, despacito, a su buen San Giuseppe en las andas doradas, en medio del centelleo de las antorchas encendidas, todas las monjas se arrodillaron tras las celosías. Cada año que salía en procesión era un gran acontecimiento festivo. Pero ¡cuántas preocupaciones! Si salía con el sol, temían que se le agrietara la cara y se destiñera el manto, amarillo y azul; si era muy tarde, y si el cielo estaba cubierto, temían que la humedad lo calara; y al regreso a la iglesia, se reunían tras el confesonario susurrándole al capellán mil recomendaciones: ¡que estuvieran atentos a cómo volvían a colocarlo en la hornacina!, ¡que no le estropearan los pliegues del manto!, ¡que cerrara él la vidriera! Bien temprano por la mañana, antes de que el sacristán llamase al torno para que le dieran las llaves, se deslizaban una tras otra, a gatas, en la iglesia, para observar con sus propios ojos, desde cerca, a San Giuseppe que – con el rostro bonachón de viejo tranquilo, con las mejillas blancas como la leche y rojas como el fuego, y la gran barba blanca, así, tan natural que se le podían contar los pelos – era la envidia de la misma Catedral.

Pero ese día estaban bastante preocupadas mirando el cielo encapotado que se nublaba y se oscurecía cada vez más. El gallo cantaba alto en el patio, alguna ventana se agitó, y los pájaros volaban bajos contra el viejo muro: justo amenazaba un temporal. Y fue una consternación cuando sor Orsola, acercándose a las celosías, exclamó:

– ¡Llueve!

– ¡¿Llueve?! – repitieron las monjas recogidas en la habitación grande, y la temerosa exclamación se repitió hasta la cocina, donde sor Dorotea preparaba la cena.

Llovía a cántaros. Cerraron deprisa las ventanas y se quedaron en la habitación con los ojos fijos en los vidrios por los que el agua se deslizaba como una cortina.

– ¡Dios mío! – exclamó sor Antonietta. – ¿Lo cubrirán al menos?

– ¿Y con qué? – dijo sor Tommasa.

– Con cualquier cosa… ¡la pedirán prestada!… Un saco, un mantel… ¡qué sé yo!

– ¡No deberíamos temer! El capellán es alguien que entiende.

– Encontrará un modo de protegerlo.

– ¡Dios, qué agua!

– ¡Mirad qué relámpagos!

Sanctus Deus, Sanctus Fortis, Sanctus immortalis!

Miserere nobis!

Susurraban todas a la vez, persignándose rápidamente, llenas de agitación. La superiora, en un rincón, rezaba tan absorta, que se sobresaltó cuando oyó la campana. Se quedó inmóvil, y siguió rezando con fervor hasta que oyó de nuevo el paso pesado de la monja portera.

– Era el sacristán – advirtió la monja, con la voz un poco jadeante tras subir las escaleras. Y añadió alegremente:

– Está al seguro.

– ¿Dónde?

– En la iglesia de San Domenico. Con los frailes. Ni siquiera se ha mojado.

– ¡Qué milagro, Virgen María!

– ¿Acaso podía mojarse un santo?

– Pero otra vez…

Y susurraron de nuevo todas a la vez, pero alegremente.

Entretanto el loco mes de marzo, desahogado el malhumor, se había calmado, y en el cielo ya en orden, el sol se asomaba entre dos grandes nubes grises, de modo que en la tierra la mitad estaba oscura y la otra mitad, clara.

     

Al alba, el primer pensamiento de la superiora fue mandar a que recogieran a San Giuseppe. Y por la tarde, la nueva procesión, con la banda, se dirigió alegremente a San Domenico. Pero en el patio del convento se dejaron ver solo cinco o seis frailes con el padre guardián, el cual le dijo limpiamente al capellán que el santo estaba bien en la iglesia, y que ellas, las monjas y los sacerdotes, no tenían ningún derecho a llevárselo. ¿Por la fuerza?, muy señores. Pero a la fuerza se responde con la fuerza; y los frailes no eran menos que los sacerdotes, y a cualquier precio harían que se respetara la voluntad de San Giuseppe que, milagrosamente, había pedido hospitalidad en la iglesia de ellos.

¡Cosas para maldecir! ¡Cosas para enloquecer!

Y no hubo manera. Detrás del convento, los sacerdotes, impacientes y desconcertados, murmuraban largo rato entre ellos sobre lo que harían, mientras las mujeres, más lejos, susurraban, y la banda callaba. ¡Qué escarnio regresar de ese modo! ¿Y qué estaba haciendo ahí esa música?, ¿y todas esas mujeres?, ¡bonita procesión! Se separaron en grupos, unos por la calle principal, otros por los atajos, comentando lo sucedido; y los sacerdotes se encaminaron de dos en dos, mudos, cabizbajos y apresurados, con los gabanes negros y las blancas sobrepellices blancas agitadas por el viento, por una callejuela enlodada, entre dos filas de melocotoneros rociados que parecía que se reían de su prisa.

Para las monjas fue un duelo. El capellán, un pobre viejo, iba y venía del convento al colegio, permaneciendo largas horas en el locutorio, aunque hubiera humedad y él padeciera reumatismo. Lo habían intentado por las buenas, por las malas, con amenazas, con persuasiones, sin obtener nada; duros como piedras, los frailes respondían que San Giuseppe había querido pararse en su convento, y que ellos lo tenían como buenos cristianos, y que si el santo hubiera querido volverse al colegio, ya habría pensado hacer otro milagro. El capellán estaba humillado:

– Pero ¿qué se podía hacer? – repetía apesadumbrada la superiora a través de la celosía.- ¿Si usía ofreciera una suma… una suma grande?…

– Lo he intentado ya. A riesgo de empobrecer el colegio. Pero los frailes son ricos, y dicen que lo hacen por respeto a San Giuseppe…

– Es verdad… Pero ¡entonces, lo que quieren es justo a nuestro santo! ¿No se podría intentar otra cosa? Ellos no están encariñados con él como nosotros, que son ya tantos los años que lo custodiamos, y lo hemos mantenido nuevo, ¡que parece que lo hicieron ayer!

– ¡Cómo no! – decía sor Dorotea, más lejos, entre las hermanas que escuchaban. – ¿Dónde iban a encontrar a otro San Giuseppe como el nuestro? Y además, ¡bendecido por el Cardenal! ¡En modo alguno es fácil una bendición de este modo!

– ¿Qué piensa, sor Immacolata? A mí me parece que fue ayer. Qué fiesta… La iglesia era un jardín, el coro, entero con festones de laurel y arrayán…

– Y la música fuera de la puerta, y por la tarde los fuegos artificiales en el Castillo…

Y una tras otra, las monjas, agrupadas al fondo del locutorio, recordaban cada detalle de la fiesta, conmoviéndose hasta llorar.

– Una querella… – le dijo una vez el capellán a la superiora, lentamente, como si la sugerencia le supusiera un gran esfuerzo.

– ¿Ponernos en manos de la justicia? ¡Jesús María! ¿Entre monjes y monjas? ¿Por cosas de santos?… ¿Y quién se haría cargo?

– Eh, quizás yo…

– ¿Usía?… – Y la superiora suspiró profundamente. Vamos, no. No era un asunto que había que poner en manos de la justicia de los hombres; ¡solo Dios podía hacer que se arrepintieran esos benditos frailes! ¿¡Si la Virgen hiciera el milagro!?  ¡¿Si de pronto, mientras menos se lo esperaran, oyeran la música y vieran asomarse la procesión que traía al santo a su pequeña iglesia?!

Tuvieron que resignarse; pero en el pequeño coro no sabían rezar viendo en frente, vacía y escuálida, la hornacina del altar mayor, que parecía la órbita de un ojo, sí, precisamente una órbita de un ojo, como había dicho sor Immacolata, porque San Giuseppe era verdaderamente la mirada benévola de la pequeña iglesia.

– ¡Jesús María! – murmuró un día sor Dorotea después de la novena. – Así no puede estar la hornacina de San Giuseppe. Además, ya no hay esperanza.

– ¿Y qué vamos a hacer?

– ¿Acaso lo sé yo? Pero aquí se necesita un santo.

– ¡Un santo! ¡Cómo vamos a meter a otro en la hornacina de San Giuseppe!

– ¡Tiene que decir mejor en la iglesia, en el colegio de San Giuseppe!

El colegio era pobre y no había esperanza de comprar otra estatua. Era necesario que se las ingeniaran. Sor Immacolata fue la que supo encontrar algo.

¿Arriba, en el pequeño coro viejo, no había un San Giuda Taddeo abandonado?

La propuesta, acogida con mucho pesar, fue luego discutida con entusiasmo; y las monjas más jóvenes corrieron alegremente al viejo coro húmedo y oscuro a apoderarse de la estatua abandonada; y arrastrándola con gran esfuerzo, la llevaron abajo, a un rincón del refectorio. Estaba estropeado, el santo, un poco agrietado, no era hermoso… Y tardaron un mes largo en limpiarlo y raspar. Cada monja tenía algo que hacer. Una se ocupó de darle color muy bien a las mejillas, y fue difícil, pues una vez eran demasiado rojas, otra, demasiado pálidas. Para que se pareciera al otro, muchas bordaron el manto, amarillo y azul. Otra hizo tres lirios para que se lo pusieran encima del mazo que llevaría el santo en la mano; otra le blanqueó la barba y los cabellos.

Y finalmente – con el abundante manto drapeado encima y la maza apoyada en un brazo – colocaron la estatua en la hornacina; y las monjas, cuando rezaban, se ilusionaban con que tenían delante a San Giuseppe. Pero, cuando hablaban, a menudo se liaban llamándolo:

– San Giuda…

Entonces otra le sugería rápida, con un suspiro:

– San Giuseppe…

Pero, al pasar por el pequeño coro y ver ese rostro desencajado, a pesar de los lirios, a pesar de los pelos blanqueados y las mejillas rojas, ¡oh, cómo añoraban el rostro bonachón y la actitud inclinada y dócil de su buen San Giuseppe que estaba en poder de los frailes!

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