Página dedicada a mi madre, julio de 2020

La Mérica

Di poi, passaru l’autri cchiu di trenta:
li picciotti sciamaru comu l’api;
Mi parsi ca lu scum ad uno ad uno
si l’avissi agghiuttutu, e ca lu ventu,
‘ntra dda negghia tirrana ‘mpiccicusa
l’avissi straminatu pri lu munnu.
Lu scum li tirava, una centona,
un ciarmulizzu, e nomi, e vuci, e chianti:
unu cantava cu tuttu lu ciatu
ma c’era tanta rabbia ‘tra dda vuci
la dispirazioni e lu duluri
paria mrnalidicissi e celu e terra. [17]

VITO MERCADANTE, Focu di Mungibeddu

 

Mariano lo dijo la tarde de San Michele al volver de Baronia con el padre anciano. Catena, que amamantaba al niño, se puso pálida como una muerta, y respondió:

– ¡Ya consiguieron esos bribones metértelo en la cabeza! ¡Pero, si justo quieres ir, piensa que yo no me he casado para quedarme ni viuda ni soltera después de un año de matrimonio!

Mariano tiró la laya en un rincón con rabia, blasfemando; Catena, con los labios pálidos, desaprobaba repitiendo:

– Yo voy. O voy o me tiro del Castillo.

Mamá Vita, volviendo a subir desde el establo, los encontró discutiendo. Cuando peleaban, ella no hablaba nunca, por prudencia; pero, como los vio encendidos y oyó nombrar América, le pareció que le atenazaban el corazón, y murmuró:

– Hijo, ¿qué estás diciendo?

Estaba encorvada en la entrada, negra y pequeñita, con un puñado de heno en el delantal levantado, y Mariano, al sentirse mirado por esos ojos claros abatidos, se calmó y dijo:

– Hago lo que hacen todos en Amarelli. Y esta me está martirizando con su queja. Mira si es posible que alguien como Catena pueda ir.

Mamá Vita permanecía inmóvil, como si no comprendiera; luego se dobló sobre el baúl cubriéndose la cara entre las manos. Catena, con el niño dormido en las rodillas, miraba, sin ver, delante de ella, con los grandes ojos negros apasionados y dolorosos. Luego subió también el anciano; él conocía la triste decisión del hijo y se quedó en la escalera sin hablar.

Todos, en el barrio de Amarilli, se iban; no había casa que no llorara. Parecía la guerra; y al igual que cuando hay guerra, las mujeres se quedaban sin marido, y las madres, sin hijos.

La señá Maria, la vieja con la cabeza blanca y despeinada como el copo de una rueca, gritaba delante de la puerta su pena, sin preocuparse de que la oyeran, gritaba los nombres de sus dos hijos maldiciendo América con toda el alma, con las manos levantadas. Varvarissa se quedaba muy joven sin marido, con una criatura de pecho; y luego se iba el hijo único de maese Antonino, y Ciccio Spiga, y el marido de Maruzza la rubita… ¿Quién podía contarlos? Se iban todos, y en las casas de luto las mujeres se quedaban llorando. Aunque cada uno tenía un pedazo de tierra, una quota, una casa; sin embargo, todos se iban. Y los mejores jóvenes del pueblo se marchaban a trabajar a esa tierra encantada que los atraía como una mala mujer.

Ahora también Mariano. Y Mariano tenía una pequeña finca que daba pan y aceite, una pequeña finca labrada y trabajada como un jardín, y una mujer joven, guapa, dulce como la miel. Lo que habían hecho para sujetarlo, para quitarle ese pensamiento de América, ya ni lo recordaban.

Había querido un mulo, y el señó ´Ntoni se lo había comprado; mamá Vita le había hecho otro traje de terciopelo, y Catena no había sabido qué más decirle para mantenerlo a su lado.

Pero América, decía la señá Maria, es una carcoma que roe, una enfermedad que se pega; y si llega el tiempo en que uno debe comprarse la maleta, no hay nada que lo sujete.

En esa tarde gris de San Michele, los viejos pensaron que este tiempo había llegado también para Mariano.

Pero Catena, con los ojos fijos delante de ella, no quería convencerse de que se iba a quedar sola; con la pequeña cara olivácea oscurecida por la pasión y el miedo, pensaba seguir al marido. Pensaba: y parecía que el pensamiento era una herida, una fiebre, tanto le dolían las sienes y el corazón.

Después de esa mala tarde, los demás días aún siguió diciendo, implorando con los ojos y amenazando con la voz:

– Me voy. Si te marchas, me marcho yo también. O me tiro del Castillo.

Mamá Vita no pudo contradecirla:

– Es justo, es justo… – repetía con voz resignada.

– Pero ¡y el niño! – gritaba Mariano enfadado al verse contrariado también por su madre.

¡El niño! Era verdad. ¿Se podía matar a un pequeñín con un viaje tan largo?

– ¡Oh! – imploraba Catena. – ¿No soy yo madre? Lo tendré en mi mantón, lo tendré en los brazos como a un pajarito en el nido. No os preocupéis.

¡Tristes días! Marido y mujer no hicieron más que pelear. Pero luego ganó Catena, y cuando Mariano compró la maleta con fuelle y comenzó a preparar sus cosas, Catena, temblando, ordenó las suyas y las del pequeño.

 

Tenía en el rostro una palidez de niña asustada. Lo espiaba todo, y a todos, continuamente, con la aprensión de que en el último momento algo imprevisto, una traición de Mariano, hiciera que se quedara. Y en la maleta confundía furiosamente su lencería con la del marido para establecer de verdad su propia marcha.

Solo la tarde en que las maletas estuvieron preparadas y Mariano le mostró los dos billetes, se serenó y los ojos volvieron a ser dulces y risueños como siempre.

Solo entonces comenzó a sentir la pena de la ida y le parecieron mil años que llegara la hora de separarse de la casita donde había sido feliz un año – después de los maltratos sufridos en la casa del padrastro y de la hermanastra – para apartarse de las lágrimas de la señá Vita, quien le había hecho de madre, y del dolor mudo y profundo de papá ´Ntoni.

Cuando se marcharon, el señó ´Ntoni volvió a la finca: la tierra no puede abandonarse.

Mamá Vita lo ayudó – como era habitual – a encabestrar el asno, y le dio un pan.

– Yo no voy – añadió. – Es como si me hubieran dado una paliza.

Regresó encorvada a la casa, y cerró la puerta y la ventana como cuando hay luto.

– ¿Qué haré a partir de ahora? – pensaba mirando a su alrededor – tenía dos pajaritos, y han volado.

¿Para qué servía trabajar la tierra? ¿Para qué servía hilar el lino y tejer la tela a partir de ahora? Se imaginó tristemente al viejo ´Ntoni, solo y afligido, sembrando el buen trigo de oro allí arriba, en Baronia, en la hermosa tierra soleada que el hijo había apreciado poco. Y volvió a ver la escena de la tarde anterior; se habían marchado a medianoche; no había luna y apenas se distinguían los dos carros preparados, en el callejón, ya ocupados por los demás emigrantes; los carros llenos se habían alejado en la noche oscura, con el canto de los jóvenes y el tintineo de los cascabeles.

– ¡Pobres hijos! – suspiró profundamente con el corazón oprimido.

El señó ´Ntoni, por la tarde, quitándole las bridas al asno, repitió:

– Vita, la tierra necesita brazos, y yo, que soy viejo, no basto.

– Sí – respondió la señá Vita -, pero yo quiero esperar la carta. ¿Cómo puedo pensar en la finca, mientras no sé siquiera si esas criaturas están ya de viaje?

El corazón se lo decía; de hecho, la carta desde Palermo le trajo una noticia inesperada.

Se la leyó el cartero; y ella la tuvo un buen rato entre las manos – entre las pobres manos ignorantes, oscuras y arrugadas por el trabajo y la vejez – mirando las pocas líneas negras y torcidas como si hubiera podido entender su sentido.

– Lo malo no tiene final – le dijo tristemente al marido por la tarde. – ¡Nuestro hijo, hermoso como un ángel, se marcha, y la mujer vuelve!

¡Adiós siembra, adiós finca! Con las manos y los pies atados, no podía ya siquiera acompañar al viejo allá arriba a Baronia, que necesitaba brazos. ¿Qué iba a hacer con una joven y un niño?

Catena volvió por la tarde, en la diligencia; amarilla, despeinada, con los labios blancos y los ojos brillantes, parecía enferma, parecía que tenía fiebre.

Puso al niño en la cama y se dejó caer sobre el arca con los brazos en las rodillas desconsoladamente.

Mamá Vita cogió en los brazos al niño que lloraba, para tranquilizarlo; y al notarlo de nuevo en el pecho, sintió una gran dulzura, como si con esa pequeña criatura hubiera vuelto algo de Mariano.

– Pero ¿qué ha pasado, Catena? – le preguntó.

La nuera callaba.

– ¿Y los otros, Catena?

La nuera callaba. El niño lloró más fuerte, por el hambre.

– Dámelo – dijo bruscamente la joven.

– No. Tienes la leche mala en este momento. ¿Crees que yo no te comprendo?

La voz lenta y temblorosa de la vieja le bajó al corazón, y Catena comenzó a llorar y a contar de modo confuso, calmándose poco a poco con el beneficio del desahogo.

Había sido un día de infierno. Eran veinticinco, con ese demonio de la hermanastra. Y todos, en la calle, en las calles grandes de la ciudad; aturdidos por el ruido, cegados por el polvo y cansados, muy cansados, como para tirarse a dormir en el suelo, y todos unidos y sobrecogidos como almas del purgatorio, como si ellos no tuvieran también, en el pueblo, sus propias casas; sorteando carrozas con caballos, y carrozas sin caballos que arrollaban a un cristiano como si no fuera nada, echados del barco de vapor, echados a casa del médico que tenía que verlos. Finalmente los examinaron, uno tras otro. Ella había sido la última y ¡había ido tan segura, después de que todos habían sido aceptados!

– Y luego… ¿Comprendes? – gritó – después, la vergüenza de dejar que te viera ese médico forastero, ¡oír que te decía que tienes los ojos enfermos! ¡Mis ojos que han sido la envidia de todos!

Hablaba entrecortadamente, sin terminar las palabras rotas por los sollozos que le desgarraban el pecho.

– No he llorado, allí. No. Te he escrito. No tengo a nadie, yo. Ni madre, ni hermanos, nadie. Los he visto subir al vapor, a todos, uno tras otro. ¡Incluso a esa, comprendes!, ¡que se reía en mi propia cara despidiéndose!

¿Y Mariano? ¡Ni siquiera una palabra hermosa, una única palabra de ánimo! Se preocupó por comprarle el billete de regreso, ¡oh, eso sí! De modo que, apenas partió el vapor, uno de la estación la acompañó hasta el tren.

– ¿Y tus cosas?

¡Sus cosas! ¡Cómo se veía que mamá Vita no tenía idea de lo que era una ciudad! ¿Quién podía abrir la maleta y buscar sus cosas en ese infierno?

Le mostró a la suegra una receta. Se la había hecho el médico. Era necesario que se pusiera cada mañana unas pocas gotas del remedio prescrito, en los ojos; se los podía medicar un farmacéutico, cualquier persona que entendiera.

– Me ha asegurado que en un mes me curaré.

– ¿Has visto? – exclamó la anciana meciendo al pequeño para que estuviera tranquilo – el mundo no se ha acabado…

Catena hundió la cabeza. ¿Y el tiempo que tendría que pasar entre la cura y el viaje? ¿Y ellos, allí?, ¿y ese demonio de Rosa que había arrastrado a Mariano con un hilo de seda, que le había metido en la cabeza la idea de América? Ante sus ojos apareció la figura cimbreante de la hermanastra, el hermoso cuerpo de cintura delgada y pecho procaz,  la cara olivácea con los labios rojos y la risa descarada.

Para la cura no quiso perder tiempo. Y al día siguiente, apenas papá ´Ntoni se dirigió a Baronia, la señá Vita se puso la mantilla en la cabeza y el niño en los brazos para acompañar a la nuera a la farmacia de don Graziano.

Insistieron para que comenzara la medicación enseguida, esa misma mañana. El viejo se ajustó las gafas, y tras haber hecho que la joven se sentara, cogiéndole la frente con una mano, con la otra le puso en los ojos unas gotas de un medicamento que había preparado.

– Pocas gotas, ha dicho – murmuró Catena mordiéndose los labios, mientras el medicamento le inundaba las sienes y las orejas.

– Don Graziano – repitió mamá Vita más fuerte, pues el viejo estaba medio sordo – pocas, pocas gotas.

– Callad, vosotras – respondió irritado el farmacéutico – si no tenéis confianza en mí, buscad otro médico.

– Usía nos disculpe – rogó la joven – es que había leído la receta.

Y siguió a la suegra con el pañuelo en los ojos por el gran ardor que sentía.

Mañana tras mañana, las dos mujeres iban a la farmacia de don Graziano. Tras una semana de esa tortura, la suegra preguntó:

– Pero ¿te beneficia ese medicamento? A mí me parece que te hace más mal que bien.

– Yo también quería decirlo – suspiró la nuera. – Los ojos no me habían hecho daño nunca, y ahora siento que me clavan cien alfileres.

¿Qué hacer? Quizás lo mejor era dejar la medicación y pedirle consejo a un médico. Por ello, mamá Vita fue sola a darle las gracias al farmacéutico y le llevó un par de pollastras rojas, elegidas entre las mejores del gallinero, y luego fue con la nuera a casa de don Pidduzzu Saitta, que era el médico más viejo del pueblo.

Él observó a Catena, quien lo miraba abatida, luego le levantó un poco, delicadamente, los párpados doloridos.

– ¿Quién se los ha curado? – preguntó.

– Don Graziano.

– ¿El farmacéutico?

– Sí, señor.

– ¡Benditos villanos! – murmuró el médico. – ¿Y usted quiere ir a América?

– Sí, señor.

– Esperemos. Volved mañana por la mañana, a las nueve. Intentaremos cauterizar.

Catena siguió a la suegra con la muerte en el corazón; apenas en casa, tiró la mantilla en la cama y, escondiéndose la cara entre los colchones enrollados, comenzó a llorar angustiosamente, como la tarde en que había vuelto de Palermo.

Mamá Vita, en pie, con el niño dormido entre los brazos, no sabía qué decir para calmar ese llanto.

– Oye – dijo después decidida, – Saitta es un cuervo de mal agüero. Ve las cosas peor de lo que son. Yo no volvería más. Está Panebianco, ¿sabes? ¡Ese es el médico de los pobres!

Catena levantó la cara llena de lágrimas y miró a la suegra con un poco de esperanza.

– Después del almuerzo vamos – aseguró la anciana, – ánimo, hija, ¿crees que no te comprendo?

Y la miró con mucha tristeza en los pequeños ojos claros, porque ella justo la quería bien, como a una hija.

– Mira qué pimpollo – dijo inclinando la cabeza sobre el niño dormido – ¡y cómo se le parece! ¿Por qué lloras tú?, – la consoló suspirando – tú tienes a tu pequeñín, y volverás a ver a tu marido. Yo soy vieja, mira, y me he separado viva de ese hijo que ya no volveré a ver. Y yo que pensaba que siempre estaría a mi lado, y tejía la tela para su familia. Ahora ha terminado. ¿No ves cómo se ha puesto el señó ´Ntoni?, ¿y lo desolada que está la hermosa tierra de Baronia?

A media tarde fueron a ver a Panebianco para la última prueba. Panebiando, un cebón con pantalones, se rio como cuando se le llevaba un regalo, y luego observó largo tiempo los ojos de Catena, palpándole las mejillas con los dedos macizos y ligeros.

– ¿Arruinados? – iba repitiendo con su modo de hacer de hombre que lo encuentra todo fácil. – ¿Arruinados? ¡Ya lo veremos! A final de mes se marchará.

Mañana tras mañana, con el niño en los brazos, fueron a ver a Panebianco; y siempre mamá Vita llevaba bajo la mantilla un cestillo de huevos o de frutas, un saquito de trigo, un pollo, un par de pichones salvajes, porque Panebianco, el médico de los pobres, aceptaba cualquier cosa.

Pero los ojos iban de mal en peor; y Catena, al levantarse, tenía un rato sobre ellos el pañuelo, para que se habituaran a la luz. No podía más; comenzó a desconfiar también de Panebianco y quiso cambiar de médico.

Hacia final de mes llegó la carta de Mariano. Comenzaba a ganar; eran treintaicinco, todos de Mistretta, y estaban juntos; también las mujeres se habían colocado. Todas las noticias le parecieron bofetones. Leyó y releyó la carta varias veces, llena de rabia. Él parecía alegre, y la señá Vita volvió a pensar en las amargas palabras de la señá Maria cuando dijo, un día, que los hijos, una vez allí, se olvidaban de la madre que los había hecho.

Catena desesperaba de su marcha y no creyó más en los médicos; todos unos bribones, todos unos liantes, buenos para exprimirles la sangre a los pobres. Solo Panebianco se había llevado seis pollos y no se sabe cuánta fruta y cuántos huevos.

En la pequeña casa del señó ´Ntoni los días pasaban llenos de melancolía. No había fiesta ni procesión para las dos mujeres; siempre, casa y más casa; el domingo, a la iglesia a rezar ante el altar de Santa Lucia. El señó ´Ntoni, dado que la mujer no pudo acompañarlo, se había buscado un medianero, un compañero que lo ayudara a trabajar la tierra. Hablaba cada vez menos, con el pensamiento fijo en el hijo hermoso y fuerte como un roble que trabajaba para otros.

El pequeño crecía mal, con mucha dificultad, un poco porque había mamado leche mala, un poco porque, en lugar de jugar con los demás pequeños, pasaba de los brazos de la abuela a los de la madre, al ser él todo lo que les había quedado de Mariano.

Catena, que se había vuelto salvaje, huía de las vecinas. En su pequeña cara olivácea, enflaquecida como si tuviera dentro un fuego que la consumiera, los ojos parecían más grandes, más negros por las ojeras lívidas que los cercaban.

No quería ya ni siquiera trabajar, aunque siempre hubiera sido la más diligente de Amarelli. Se pasaba los días en cuclillas en el escalón delante de la puerta, mientras mamá Vita hilaba o zurcía, escuchando parlotear al niño, que había aprendido a llamar a papá; y las dos sin decírselo nunca, tenían los ojos en la esquina por la que solía asomar el cartero, estremeciéndose si lo veían acercarse a su casa.

Pero las cartas llegaban cada vez más raramente. Y Catena no se desahogaba ya ni siquiera con la suegra; en la cabeza se le agitaban tantos pensamientos, que le latían las sienes como si tuviera fiebre; pensaba en la Mérica, en las casas altas y en las calles oscuras, pensaba en Mariano, joven y fuerte, en la hermosa tierra de Baronia, y volvía a ver la hermosa y descarada figura de la hermanastra.

Las vecinas no lograban nunca hacerla hablar un poco. Pero algunas veces oían su voz, que se había vuelto muy extraña y aguda; la oían hablarle a su niño, como si este pudiera comprenderla, dándole un runrún de sobrenombres extraños, con acento alterado, mudable y frenético.

– Estrella, tesoro, Cavaleri finu, San Giorgiu biunnu, Apuzza nica. Tu mi ristasti. Chiamalu, papà, chiamalu ca è luntanu… [18]

El pequeño al principio, levantado en los brazos nerviosos de la madre, se reía, pero, sofocado por las impetuosas caricias, acababa llorando.

Una mañana, viendo pasar a la señá Maria, le preguntó si tenía dos canastas para meter uva e higos  para llevárselos a Mariano.

– Los higos le gustan tanto, y allí no hay… Sí, me marcho con el niño – dijo abriendo desmesuradamente los grandes ojos negros asustados.

– ¡Yo sé, ahora, cómo se viaja!

Y como la señá Maria sacudía la cabeza, ella le volvió la espalda, airada, y se sentó de nuevo ante la puerta.

Cartas no llegaban, y los ojos no se curaban. Sin embargo, habían hecho tres novenas y habían ofrecido dos antorchas a Santa Lucia, pero la santa no había querido concederle la gracia.

Ahora ya no había esperanza de curarse. Y Catena se había vuelto tan colérica, que la pobre mamá Vita solo por la gran piedad y el afecto no la contrariaba nunca.

Una mañana, era precisamente otra vez el día de San Michele, la señá Vita cerró la puerta porque hacía frío.

La nuera que, no se sabe por qué, había bajado al establo, le dijo al volver:

– Mamá, ve a recoger las canastas que me ha prometido la señá Maria para meter los tomates y los higos.

– ¿Qué dices, Catena ?, ¡este no es el tiempo de los tomates!

Catena abrió la puerta con violencia llevando al niño de la mano.

– ¿Qué haces ? ¡Ya no es verano, viene el frío! ¡Qué fastidiosa te has vuelto, hija! ¡Ya no tienes corazón en el pecho!

Catena la miró. En la cara olivácea no se le veían sino los ojos con los párpados hinchados y lívidos como dos manchas.

Se sentó en la puerta, se puso al pequeño en las rodillas y haciéndolo bailar, comenzó a decirle, primero despacio, luego más fuerte, luego con su extraña y aguda voz que hería los oídos.

– Estrella, tesoro, apuzza nica, spica d’oro! Chiamalu, papà! chiamalu ca è luntanu! Stella! Cavaleri finu…[19]

Lo estrechaba fuerte entre las pequeñas manos nerviosas, levantándolo en el aire, y el niño se debatía y lloraba.

La señá Vita, asustada, se acercó para quitárselo, pero Catena lo estrechaba fuerte, como entre dos mordiscos, y la pobre vieja no podía.

Acudieron también las vecinas, curiosas por las voces de las mujeres y por el llanto del niño; rogándole, amenazándola, se lo arrancaron de las manos, a costa de hacerle daño, mientras Catena repetía, riendo, con los grandes ojos desencajados:

– ¡Tesoro! ¡Estrella!, llámalo, llámalo…

Creían que se iba a morir con las convulsiones, como se había muerto su madre. Pero luego se calmó. Y nunca más se repitieron los furores de esa mañana.

No reconocía al hijo, no reconocía a la suegra, pero no molestaba a nadie. Se pasaba los días enteros en cuclillas en la puerta, sin sentir el frío del cierzo, con el mentón entre las manos; y si una vecina se le acercaba, ella le explicaba – con una sonrisa extraña en la pequeña cara oscura – como si esperara el vapor, de allí.

– ¿Veis?, – indicaba – allí en el gran mar el vapor echa humo y silba…

Las canastas con la uva y los higos estaban preparados.

– Me marcho mañana. Me he curado – añadía tocándose los ojos con las palmas abiertas. – Me he curado. ¿Veis? Me marcho mañana…

 

[17] Más tarde, pasaron otros, más de treinta: / los jóvenes se movían como las abejas; / Me pareció que la oscuridad, uno tras otro, / se los había tragado, y que el viento, / en la niebla baja y pegajosa / los había esparcido por el mundo. / La oscuridad los atraía, un ruido confuso, / un charloteo, y nombres, y gritos, y llantos: / uno cantaba con todo el aliento / pero había tanta ira en esas voces / desesperación y dolor, / que parecía que maldecían cielo y tierra. //

[18] Se suceden palabras italianas (las dos primeras) y sicilianas: Estrella, tesoro, lindo caballero, San Jorge rubio, pequeña Abeja. Tú te has quedado conmigo. Llama a papá, llámalo, que está lejos.

[19] ¡Estrella, tesoro, pequeña abeja, espiga de oro! ¡Llama a papá!, ¡llámalo que está lejos! ¡Estrella! Lindo caballero…

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