Página dedicada a mi madre, julio de 2020

Historias de la Tierra y del Mar: El silencio

Versión 25 de agosto de 2014

Texto original y versión española publicados
con la autorización de los herederos de la autora.

 

Era complicado. Primero echó los restos de la comida en el cubo de la basura. Después enjuagó los platos y los cubiertos con agua corriente bajo el grifo. Después los sumergió en un barreño con jabón y agua caliente y, con un estropajo, lo lavó todo muy bien. Después volvió a calentar agua y la echó en el fregadero con dos medidas de Sonasol y de nuevo lavó platos, cucharas, tenedores y cuchillos. Enseguida, enjuagó la loza y los cubiertos con agua limpia y los puso a escurrir en la encimera de piedra.

Sus manos se habían quedado ásperas, estaba cansada de estar de pie y le dolía un poco la espalda. Pero sentía dentro de sí una gran limpieza, como si en vez de estar lavando la loza estuviera lavando su alma.

La luz sin pantalla de la cocina hacía que brillaran los azulejos. Fuera, en la dulce noche de verano, un ciprés se mecía dulcemente.

El pan estaba en el cesto, la ropa en el cajón, los vasos en el armario. El vaivén, la agitación y el tumulto del día descansaban.

Había un gran sosiego. Todo estaba ordenado y el día estaba preparado.

Y Joana atravesó despacio su casa.

Iba abriendo y cerrando puertas, abriendo y cerrando luces. Los cuartos desaparecían en la oscuridad, y surgían de la oscuridad en la claridad.

Un dulce silencio flotaba como seda extendida.

El silencio dibujaba las paredes, cubría las mesas, enmarcaba los retratos. El silencio esculpía los volúmenes, recortaba las líneas, profundizaba los espacios. Todo era plástico y vibrante, denso de su propia realidad. El silencio, como un estremecimiento profundo, recorría la casa.

Las cosas conocidas – el muro, la puerta, el espejo – mostraban una tras otra su belleza y su serenidad. Y en las ventanas abiertas, la noche de junio mostraba su rostro constelado y suspendido.

Joana dio lentamente la vuelta a la sala. Tocó el cristal, la cal, la madera. Hacía mucho ya que cada cosa había encontrado allí su lugar. Y era como si ese lugar, como si la relación entre la mesa, el espejo, la puerta, fueran la expresión de un orden que rebasara la casa.

Las cosas parecían atentas. Y la mujer que había lavado la loza buscaba el centro de esa atención. Siempre lo había buscado, pero ¿quién puede captarlo?

El silencio ahora era mayor. Era como una flor que se hubiera abierto completamente y alisara todos sus pétalos.

Y, alrededor de este silencio, los astros de la noche exterior giraban lentamente, y su movimiento imperceptible volvía en sí el orden y el silencio de la casa.

Con las manos tocando la pared blanca, Joana respiró dulcemente. Estaba allí su reino, allí, en la paz de la contemplación nocturna. Del orden y del silencio del universo se levantaba una infinita libertad. Ella respiraba esa libertad, que era la ley de su vida, el alimento de su ser.

La paz que la cercaba era abierta y transparente. La forma de las cosas era una grafía, un escrito. Un escrito que ella no entendía, pero reconocía.

Atravesó la sala y se asomó a la ventana abierta, frente al puro instante azul de la noche.

Las estrellas brillaban, íntimas y distantes. Y le pareció que entre ella y la casa y las estrellas se había establecido desde siempre una alianza. Era como si el peso de su conciencia fuera necesario para el equilibrio de las constelaciones, como si una intensa unidad atravesara el universo entero.

Y ella habitaba esa unidad, estaba presente y viva en la relación de las cosas, y la propia realidad atenta la abrigaba en su inmensa y aguda presencia.

En el aire, en la cal, en el cristal tocaba su felicidad, y esa felicidad era, en su centro, unidad.

Se asomó a la ventana y apoyó los brazos en la piedra fresca del alféizar.

Una leve brisa agitó las ramas de los cedros. En el río, ronca, sonó una sirena. En la torre, la campana dio dos toques.

Fue entonces cuando se oyó el grito.

Un largo grito agudo, desmedido. Un grito que atravesaba las paredes, las puertas, la sala, las ramas de los cedros.

Joana se giró en la ventana. Hubo una pausa. Un pequeño momento inmóvil, suspendido, dudoso. Pero luego nuevos gritos se levantaron, traspasando la noche. Estaban gritando en la calle, al otro lado de la casa. Era una voz de mujer. Una voz desnuda, desgarrada, solitaria. Una voz que de grito en grito se iba deformando, desfigurando, hasta quedar transformada en aullido. Aullido ronco y ciego. Después la voz enflaqueció, bajó, tomó un ritmo de sollozo, un tono de lamento. Pero luego volvió a crecer, con furia, rabia, desesperación, violencia.

En la paz de la noche, de arriba abajo, los gritos abrieron una gran hendidura, una herida. Y así como el agua comienza a invadir el interior enjuto cuando se abre una grieta en el casco de un barco, así, ahora, por la hendidura que los gritos habían abierto, el terror, el desorden, la división, el pánico penetraban en el interior de la casa, del mundo, de la noche.

Joana se apartó de la ventana que daba al jardín, atravesó la sala, el corredor y el cuarto y, al otro lado de la casa, se asomó a la ventana que daba a la calle.

La mujer se veía mal, pegada a la pared, en la media luz, al otro lado del paseo. Sus gritos desnudos, próximos, desmedidos llenaban la penumbra. En su voz, la tierra y la vida se habían quitado sus velos, su pudor, y mostraban su abismo, revelaban su desorden, sus tinieblas. De una punta a otra de la calle, los gritos corrían golpeándose contra las puertas cerradas.

Era una calle estrecha, apretada entre edificios sin color, pesados y tristes. Allí la noche era gris, el aire empañado, parado y pegajoso.

Perros vagabundos husmeaban el suelo de los paseos y rebuscaban en los contenedores de basura intentando coger, bajo las tapas, los restos, las cáscaras, el pescuezo de la gallina degollada.

El edificio enorme de la prisión llenaba todo el lado izquierdo de la calle, con las altas paredes recortadas por pequeñas ventanas de rejas. En esa pared estaba apoyada la mujer. A veces levantaba la cara, y entonces se veía el rostro torcido y desfigurado por el grito. A su lado, se dibujaba el bulto de un hombre.

Era tarde. Las puertas y las ventanas estaban cerradas sobre gente dormida, y por la calle no pasaba nadie más. Solo de vez en cuando se oía un rechinar de coches al volver las esquinas.

El hombre procuraba arrastrar a la mujer y, cuando los gritos disminuían un instante, le imploraba que se callara, le pedía:

– Vámonos.

Pero ella no lo oía. Gritaba como si estuviera sola en el mundo, como si hubiera rebasado toda la compañía y toda la razón, y hubiera encontrado la pura soledad. Gritaba contra las paredes, contra las piedras, contra la sombra de la noche. Levantaba su voz como si la arrancara del suelo, como si su desesperación y su dolor brotaran del propio suelo que la soportaba. Levantaba su voz como si quisiera alcanzar con ella los confines del universo y, allí, tocar a alguien, despertar a alguien, obligar a alguien a responder. Gritaba contra el silencio.

A veces se callaba un momento y echaba la cabeza hacia atrás como quien espera oír una respuesta.

Entonces, de nuevo, el hombre imploraba:

– Cállate, cállate. Vámonos de aquí.

Pero ella volvía a gritar y golpeaba con los puños la pared de la prisión, como si quisiera forzar la piedra para que respondiera. Gritaba como si quisiera alcanzar a un ausente, despertar a un dormido, sacudir una conciencia impasible y enajenada, tocar el corazón de un muerto.

A través de las paredes, de las puertas, de las calles, de la ciudad, gritaba hacia el fondo del universo, hacia el fondo del espacio, hacia el fondo de la ocultación de la noche, hacia el fondo del silencio.

De repente se calló, inclinó la cabeza, se ocultó el rostro entre las manos. Entonces, el hombre le cubrió los cabellos con el chal, la apartó de la pared, le pasó un brazo alrededor de los hombros y, despacio, juntos, bajaron la calle y volvieron la esquina.

Durante algún tiempo flotó en el aire pesado de la calle un eco de sollozos y de pasos que se alejaban y disminuían. Después volvió el silencio.

Un silencio opaco y siniestro, en el que se oía escarbar a los perros.

Joana volvió a la sala. Todo ahora, desde el fuego de la estrella hasta el brillo terso de la mesa, se había vuelto desconocido. Todo se había vuelto un accidente absurdo, sin relación, sin reino. Las cosas no eran de ella, ni eran ella, ni estaban con ella. Todo se había vuelto ajeno, todo se había vuelto una ruina irreconocible.

Y, tocando, sin sentirlos, el cristal, la madera, la cal, Joana atravesó como una extranjera su casa.

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