Página dedicada a mi madre, julio de 2020

VI

Por el viaje de la vida en caravana personal,
Exploradora del tiempo blanco;
Por las etapas y el albergue en esta aventura carnal;
Por los retozos más abrumadores,
Están estos abandonados, arrojados en las horas eternas…
Instantes de un éxtasis sin remordimientos.
– He visto mejor y con mis ojos visto cincuenta grandes yaks de ojos                                    [muertos,
Peñascos resecos que el agua abreva;
Bloques siniestros y frutos del frío cogidos en el abrazo de la suerte,
Cincuenta incrustados dentro del Río.
Al querer atravesarlo los atraparon antes del puerto;
¡Hermosas cabezas de grandes cuernos!
Cincuenta hocicos disecados y llenos de vacío y huecos de muerte…
Pero más espantoso por siniestro,
He contemplado con mis ojos muy trémulos por una ruda duda
Este monje helado, bloque irascible,
Ahí desamparado por su grupo antes de la agonía imposible:
– He visto al hombre vivo preso en el hielo.1

1. En esta secuencia se recrea un episodio contado por el padre Huc en Souvenirs d´un voyage dans la Tartarie.

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VII

¿Qué hombre habría esculpido este esfuerzo? ¿Qué ser-dios habría esbozado
Este cuerpo innumerable y sin figura?
– Ahí están todos, tallando, puliendo y tragando en sus envergaduras
La superabundancia del bloque muy retocado.
Estos buenos alfareros que vuelven y vuelven sus lindos dioses como vasijas,
Niños balbucientes con sus manos grises,
Colando sin reír una máscara en llanto y bajo el perfil de un cómplice,
Rehaciendo siempre la forma aprendida;
Necios artesanos que solo se atreven a imitar al vividor:
No trabajan sobre ellos mismos;
– Pero tú, Tíbet, te has moldeado, elevado en lo más fuerte de ti mismo,
Héroe excavador y emocionante:
No alfarero, sino poeta; y no artesano, sino poema,
No desde fuera, sino desde dentro;
Dios estatuario y dios surgido, cincel y fuego y roca ardiente,
Hiciste tu medalla planetaria,
Tu propia obra maestra erigida a tu divisa que escala:
«Montañas, escultura de la tierra.»

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VIII

Todo el pueblo se ha levantado, alegre, presa de la aventura:
Van divisando el espacio amigo
Con la cabeza erguida sobre el cielo hollado por su desenvoltura
¡Caminan – y yo – hacia el Monte Omi!1
Han adornado sus hermosas ropas, matadas de nuevo, con azalea
Que celebra la mayor ida.
Huelen a bestia cocida, me olfatean saltando,
Sin ver – miro a estos viandantes.
Leves y alegres y parlanchines, hombres-rojos, mujeres-turquesa
Sus piernas, vivas reinas del salto…
Sus colgantes ondulando con un aspecto tan cortés
¡Estos aires de soberanos vagabundos!
– ¡Oh, Muchacha que has volado tan pronto!, ¡Oh, peregrina acorazada,
Esperanza de una etapa agotada!
Gacela fuerte de arneses azules – ¡ah! no es esta mirada de impulso,
Ni celo o incluso abrazo místico…
Te lo ruego, oh, caminante implorada: ¡ayúdame! ¡Ante tu impulso
Subir con este gran paso elástico!

1. Monte Omi: Otro nombre del monte Emei, montaña sagrada del budismo, situada en la región de Sichuan, China, cercana al Tíbet.

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IX

En el rumor y la niebla gris, en la vergüenza algodonada, terrosa y sórdida
Invoco tu inmenso adorno,
Colgantes de bello metal y de piedras hechas por ti,
Cubriendo el seno de tu peregrina,
Muchacha acorazada de plata, corona engalanada, diadema y abrigo                                   [engastado
Tíbet, diosa hecha cabujón,
Te evalúo y te río tal comerciante de Ladakh babeando en su presa brillante,
Pero más avaramente que él,
Sujeto con las dos [manos] mis riquezas: tus metales y tus piedras… tus                               [montes y lagos y rocas…
Que ya nunca más
Podamos pensar en ti ni pronunciar el grito «¡Tíbet!»,
Sin oír en medio del oído
El despiadado tintineo de este adorno labrado,
El séquito de mis palabras preciosas,
La secuencia encastrada de mis piedras, la caída de mis cristales                                              [tintineantes,
Y que, no espantado por mi obra,
Pequeño, abajo, pero no borrado, ni demasiado humillado,
¡Mi nombre como un troquel se descifre!

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X

Hija de la fuerza, hija de los montes, señora de un cuerpo agotado,
Cansancio, – he aquí la hora embriagada.
Que el cantor hindú y negro1 destile su hierba especiada,
Líquido piadoso, ardiente, astuto,
Ofrecido-oferente y veneno-dios y chispeante candelabro…
– Bebo el cansancio de mi ídolo.
En un ritmo preparador, conjuro: «¡Oh, mortero! ¡Oh, maza!
Instrumentos de un ebrio sacrificio;
Siervos en camino mecidos en el cotidiano suplicio,
¡Oh, Rodillas, oh, plantas, oh, talones!
Moled y sacad de mi carne ¡oh! el único jugo que lo vigoriza
Absorbed mi humana mandrágora:
¡Prensad, pisad y vendimiad la ofrenda para ti solo, Tíbet-Rey,
Ganado entero abatido por un séquito!
Rebaño jadeante de mis miembros; devoción insaciable:
Mi piel se vacía de mi vida…
Te la consagro y cuelgo como un trofeo, en un único voto:
Único don de mi ser que se mueve.»

1. cantor hindú: se refiere a la figura del rsi, que recitaba los textos védicos. En  Rig-Veda, se lee: «¡Oh, mortero!, ¡oh, mazo!, instrumentos del sacrificio…».

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